Víctor Sosa, uno de los maestros de la lírica contemporánea

Causa respeto pensar en Víctor; incluso, a veces, me atemoriza no llamarlo “don” Víctor, aunque él supongo que decirle “Víctor Sosa” estará contento.

Víctor Sosa es uruguayo-mexicano y con todo el cariño, español. Es hijo -o padre- de su tiempo y su mundo, dueño de un universo propio al que deberíamos asomarnos todos más a menudo. Llamarlo poeta se queda corto. Humanista, quizá: maestro, escritor… todos esos títulos por los que luchan a menudo algunos que no pasarán, él ya los consiguió hace rato.

Bajó de un tren, en le otoño de 2011, y lo recogimos Fernando Soriano y yo en la estación de Granada. Aquella noche, sin que nosotros sospechásemos nada, marcaría un antes y un después con la poesía, con Hispanoamérica y nuestra forma de leer: ahí comenzaron los Encuentros Literarios.

Las prosas de Nagasakipanema (tomo la foto de mario-sketchbook-mario.blogspot.com). Las reflexiones sobre el arte. Su Saga del Sordo. Sus Lodos Lotos. Su mundo.

Yo pensaba en los textos de Pablo Acevedo, en las vanguardias que me faltaban por leer, en la sorpresa que provocaba aquel hombre de bufanda a cuello, barbado, alto, delgado, de penetrante mirada y sonrisa amable.

Paseamos por el Albaycín y tomamos unas tapas en una plaza. Víctor era accesible, un conversador especial, un culto lector. Venía de la Tertulia Rascamán, de estar con Javier Díaz Gil y María Juristo y Rocío Díaz Gómez, y María Antonia Copado, entre tantos otros.

Estos recuerdos están dedicados a todos ellos, por supuesto.

Presentamos a Víctor con la in-consciencia de tener entre nosotros a alguien especial, cuya prosa poética fluía a raudales, con un acento limpio y característico, con un barroquismo surrealista o viceversa, con un alto estilo poético de la prosa o viceversa, en intervenciones respetuosas con la tradición y aprovechando la palabra como si fuera el último reducto del ser humano, lo que nos salvaría a todos del Apocalipsis que pronto sobrevendrá si nos seguimos comportando como lo hacemos.

Aquí conoció a Jesús Santana, Enrique Vercher y José Ortega Torres, por ejemplo.

Aquel 19 de octubre de 2011, Soriano y yo, tuvimos el privilegio de presentar un libro, una obra, a una persona, que está todavía -y o que queda- muy presente en nuestras vidas.

Hoy es premio Sabines, por ejemplo, por Gladis Monogatari del que el jurado dijo: “Delirante compendio de realidades y voces, un ejemplo gozoso de la libertad poética que sólo el rigor otorga. De Voluntad ecuménica, incorpora temas y retóricas aparentemente irreconciliables que, por un logrado efecto de oposición, le descubre a los lectores la verdadera naturaleza del poema”; mantiene Zona uno; escribe si cesar y denuncia las injusticias que se producen en México.

Aquella noche me permitió comenzar algo con Fernando Soriano (parecido a lo que tantos años ha, realicé junto a otro gran amigo, el dramaturgo y poeta Antonio César Morón, que a finales de los 90, en el Rara Avis, se animó a homenajear -conmigo a su vera- a poetas como Egea, Juan J. León, Enrique Morón, Fernando de Villena, Lupiáñez y otros).

Lo que realizamos Fernando y yo, lo seguimos manteniendo, sin actos ya, pero con la amistad encendida: gracias a Soriano por aguantarme a su lado en este camino de lírica trasnochada.

Víctor Sosa prendió la mecha y la explosión se siente a través de los años. Soriano no deja de leerlo; yo no dejo de repasarlo: no dejamos de buscar sus libros en la red.

Así que ¡salud y poesía, maestro!

Y un abrazo fuerte.

                                                                       VII

Goya mirando majas ve caprichos
y ve desastres, guerras y destierro
en ilustrados monstruos razonables.
sonsaca el pus del mármol de Minerva
amasándolo en manicomio, en aquelarre.
ni duquesa ni alba en su negrura
lo salva de ese instinto de la especie
saturnal y antropófaga: santo hospicio
de España. ve un perro semihundido
sin un dios que le ladre y averno ve
y cuchillos -con Buñuel— en el aire.
¡qué mundo tan goyesco y descendientes!
viéndolo bien Quevedo nos lo advierte:
“fantásticas escorias eminentes”.

                                                  De Lodos lotos
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