Jim, el artista de las calaveras

Jim, artista que utiliza diferentes materiales como poliéster o crin de caballo.

Espectacular el resultado. Uno piensa en aquellas interminables conversaciones que tenía el viajero y antropólogo checo Mizlaov con su cuñado, el poeta Neovki, que este resumió en su poema “Desde el principio”, publicado en Bratislava en 1933, en la revista Yesurev:

Huesos de estirpes olvidadas, siembran

el caos en la fe evolutiva:

miríadas de ángeles persiguen

sus dioses o los nuestros,

¿quién conoció jamás al mensajero?

Late el mundo, fragor de rosas: lava

que muestra un corazón petrificado.

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Jim, el artista de las calaveras

Piero Manzoni y su merda d’artista

Tríptico  Sforza

Me detengo, ahora que estoy admirando la obra de Rogier van der Weiden (h.1400-1464), en el tríptico de los Sforza; escuchando el don Juan de Gluck, me planteo cómo funciona la cabeza, cómo conecta y desconecta el cerebro y cómo, sin tener la más ligera idea, he llegado a recordar algo que me comentaron hace un tiempo: es de imaginar que por el contraste entre lo que ahora estoy oyendo y disfrutando con la vista.

La noticia es de arte y no muy actual (de los ’60): el artista que se hace famoso por envasar sus deposiciones en tarros cerrados. Es de suponer que la misma cara del que lea esto, es la que a un servidor se le quedó: patttti-diffffuso. Muy difuso y muy pati, la verdad.

A mí que me emociona el Greco, Velázquez, Picasso, Caravaggio (del que por cierto, Christie’s no ha logrado vender uno de sus últimos cuadros que han salido a subasta, entre 3 y 5 millones $)… no me explico cómo alguien, en pleno siglo XXI, sea capaz de querer tomar el pelo así al prójimo.

Pero aún es más surrealista (un respeto a Breton, Eluard, Dalí y compañía) la problemática que acompaña al susodicho Manzoni y sus polémicas piezas: la gente que lo ha comprado no sabe si realmente, dentro del tarrete, viene la… bueno, el… vamos, lo que tiene que venir… pero claro, la segunda parte es que si lo abren, pierde el valor artístico porque la pieza ya no tendría el sentido que el artista le quiso dar. Es decir, que sería como mutilar a Rodin, o escupir en una tela de Beksinski o de Magritte.

Me pareció curioso. Mierda de artista nombró Piero Manzoni (dice que fue una crítica al mercado de arte: lo de firmar y que una obra adquiera un elevado valor económico) a las 90 latas que hoy se cotizan como algo espectacular por lo visto. Ver para creer. Y un cuadro de Caravaggio sin compradores. Mamma mia. Por cierto, Manzoni no llegó a los treinta: un adelantado. La foto es de cultura colectiva.

Es de suponer que Piero Manzoni logró su objetivo. En wikipedia leo que un amigo suyo dijo que sólo contenían yeso las dichosas latitas . Pero claro, nadie se anima a abrir una.

(Tomo la foto de abajo de un curioso blog sobre arte y literatura, de Ronald Alfonso Guido: se llama por la mierda del artista)

No quiero ni imaginar después de 50 años, la conservación de la obra de arte. Ni qué restauradores se animarían a arreglar los desaguisados que el tiempo haya cometido con tan singular material.

Piero Manzoni y su merda d’artista