Días de septiembre, 2015

De en.wikipedia.org

Evoluciona el cráter en la memoria: leo en Fresán algo que ya reconocí, que contemplamos mi hermano y yo. La decadencia familiar es un decir, un poner, un ejemplo. La decadencia familiar o laboral: la gran decadencia del amor o la amistad. Y la favorita de quien esto escribe, la decadencia cultural, moral, lectora. La decadencia de Auster, la de Onetti, Cervantes, Vila-Matas, Bonilla, Aleixandre… Pensar que leer tiene consecuencias como pensar críticamente, como ser solidario y ofrecer paz al otro, cuidado a quien lo necesita, valores a quienes están desprotegidos.

Cualquiera que haya contemplado el final de la borrachera de un abandonado es partícipe de las más mísera etapa del principio del fin de una vida digna. Sentirse abandonado por todo y por todos, es lo más parecido a encontrar una nota en esa cabaña inesperada en mitad del blanco atronador de la montaña nevada, cuando dábamos por terminada la caminata que nos hubiera llevado hasta el cielo -y sí, para los que sean sensatos y piensen que hay otra alternativa- o infierno, por muy albo que fuera el panorama-. La nota dice: “Tuve que salir. Me ahogaba este silencio”.

Entonces, salir a la calle se resume en un par de canciones y las zapaterías llenas de ciempiés quejicas, librerías hirviendo de gente y futuras pavesas, que no promesas, porque a saber: ¿cuándo un libro procura el mismo placer que un combate entre un hombre y un toro o veintidós gladiadores en calzoncillos, y etcétera, etcétera…?

Así que no nos quedan casi razones a los que nos gusta leer, a quienes leen, a esas personas que se sienten bien -o mal, o preocupados, o dudan, o padecen con el protagonista y maldicen a la secundaria…- leyendo, aprendiendo, pasando un rato en soledad y con un libro entre las manos.

Es de ser un freak o un rarito o una de esas a quienes les gusta la poesía, “ya ves, yo no leo ni la etiqueta del champú” o la gran frase de las frases: “¿que tú has publicado un libro… y dónde se compra?”, “bueno, en la charcutería, no, te lo aseguro”. Después pienso en Vian, y estaría a la altura del francés una ristra de morcillas y chorizos y un poemario junto a un guarro muerto, la lengua, las carrilleras, las manitas: hay que consumir de todo.

Me han hablado de un grupo de médicos que recetan lecturas y libros: tres páginas de García Márquez en ayunas para la falta de imaginación; unas frases del Quijote para las indigestiones modernas o un chorrito en la leche del líquido Foster Wallace para los ataques de patriotismo antiguo. Están muy avanzados en las curas de ginebra de la poesía o viceversa, experimentan con niños malcriados que prefieren atorar los culos de los gatitos con los libros en vez de leérselos y publican una revista que tiene un título muy sugerente: Leer salva y no Jesucristo. Se ve que les va Cioran más que los Testigos. Pero bueno, algunos tratamientos los intentaron promocionar en escuelas y colegios,  y están a la espera de que maestros y profesores, directores y padres se lean la cuartilla que les mandaron hace meses.

Salvemos a los lectores. Cada vez más, parece que son asociados a un templo de Cthulhu: extraños, siniestros, paseando volúmenes de páginas y páginas, con ritos particulares de los que no se puede esperar nada más que la invocación de un ente maligno porque todos sabemos que tanto libro, no puede traer nada bueno.

Salvemos la raza lectora: eduquemos a nuestros vástagos, leámosles y que escuchen, grabemos poemas en sus pequeñas memorias para que de mayores no se plante en sus caras el dos de oros cuando les preguntemos “¿recuerdas a Ribeyro?” y tras la sorpresa inicial, ya repuestos nos digan: “ah, claro: te refieres al delantero del Bayern”.

Ánimo. Ya queda menos para el fin del mundo. Que nos coja leyendo o amando porque si nos “pilla” sin hacer ninguna de las dos cosas nos convertiremos, justo antes de morir, en animales odiosos y odiados para y por los dioses.

Compañía: Beardsley y Tom Waits cantando What keeps mankind alive?, de Kurt Weill y Bertolt Brecht.

Días de septiembre, 2015

Animación a la lectura (III): libros e ilustración

Algunos de los libros que siguen dándome guerra personal: cuatro de los que me encandilaron por lo escrito y lo ilustrado.

Empiezo recordando otra vez a Joaquím Carbó y Mónica Echevarría: Felipe Marlot, detective, de 1987. En este libro genial, el detective consigue hacer frente a cinco retos, disparatados y extraños, como la vida que lleva y nos cuenta en primera persona, con una simpatía e ingenio dignos de la novela negra para adultos. Dejo algunas ilustraciones y los nombres de las partes: es un gran libro para niños y no tan niños.

-Yo, Felipe Marlot

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Genio y figura…

-Todoloquiere, ¿duerme cuando quiere?

La historia de un ricachón que afirma que le han robado el sueño: divertidísima historia con una crítica de fondo muy actual.

EL rico Todoloquiere, eterno insomne
EL rico Todoloquiere, eterno insomne

-El hombre que lo perdió todo

Triste, muy triste… Solidaridad y compasión.

-El juego del espejo

Sin duda, la historia que no olvido jamás, siempre presente esa casa donde hay de todo y no se encuentra nada: la búsqueda de un niño llevará a Marlot a conocer algunos recovecos de las personas.

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Sin palabras…

-El espíritu del bosque.

Al amigo pintor de Marlot, si no recuerdo mal, le roban la naturaleza… y los nervios afloran… ahí es nada.

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De Todoloquiere…

Joan Aiken y otros autores como Adèle eras, Gwen Grant… escriben 12 relatos inquietantes, de 1982, y algunos son sinceramente, para no dormir. Hay de todo: criaturas, fantasmas y personas que no están demasiado bien de la cabeza; encontramos misterios y alta sociedad, perros y loros, guerras y avisos… Impactante libro ilustrado por el gran Tony Ross.

De El taller de muñecas:

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Tía Avril en su taller…

De Jack Saltarín:

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Aparición de Jack…

De Bienvenida, Navidad:

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Espléndido relato navideño

Y la cubierta a color:

Cubierta del libro
Cubierta del libro

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Otros dos pequeños libritos Atrapando ladrones y Robos y falsificaciones, (Guía del buen detective): me divertían porque eran parecidos a los librojuegos que posteriormente se pusieron de moda. Fueron los primeros creo, que leí y miré y busqué y jugué con mi familia: los juegos eran sobre claves, falsedades, encontrar sospechosos…

De Angela WIlkes, adaptado por Antonio Zorita
De Angela WIlkes, adaptado por Antonio Zorita

Angela Wilkes escribe el primero y el segundo es de Judy Hindley (y Zorita adapta ambos) escriben sobre todo lo que tenemos que hacer para “atrapar a los malos”:  están ilustrados por Colin King. Dejo algunos pasatiempos para quien se anime.

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Fijándose en la gente
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¿Cuál es la ruta más segura?
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Taller de falsificación de billetes
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¿Alguien se anima a buscar los fallos del falsificador de este cuadro…?

De 1979 el de los ladrones y del 78 el de las falsificaciones.

No me los quito de la cabeza: si alguien encuentra alguno de estos… que no lo deje escapar, para la familia o como lectores. Disfrutarán mucho.

Animación a la lectura (III): libros e ilustración

Animación a la lectura (II): libros e ilustración

Joaquin Carbó, de lletra.com

 Así como hay libros que marcan cuando llegamos a la edad adulta, disfrutándolos quizá de otra manera a la que lo hicimos cuando éramos jóvenes o puede que tiernos infantes, hay lecturas que recordaremos toda la vida. Creo que algunos de estos libros, han sido recuerdos que han contribuido a mi formación como lector, al igual que algunas de las divertidas ilustraciones que acompañaban al relato, que configuraban una especie de mundo acabado al que mi imaginación se plegaba o añadía elementos, reconstruyendo lo imaginado por este que escribe.

 La lectura. No es la primera vez que intento escribir sobre esta apasionante actividad, y pienso en editoriales, ilustradoras, escritoras y autores casi olvidados.

 Anaya, con Frankenstein, Drácula y El gato negro de Poe (con ilustraciones de Harry Clarke -exquisitas-, Rackham o en impresionante Aubrey Beardsley) fue una de las editoriales que recuerdo con más cariño y todavía hoy busco esa colección llamada “Tus libros”, que tan bien me lo hacía pasar.

 Recuerdo los libros de El pequeño Nicolás, de Sempé y Gosciny, y por supuesto recuerdo  a Angela Sommer-Bodenburg y su inolvidable serie de El pequeño vampiro. Ese Der kleine vampir y Anton y Ana y el matón de Lumpi… y la serie de ilustraciones (las primeras) me acompañaron muchos días en mi infancia.

 Los libros de Mif, el mifense, Fray Perico, Gretchen… Los libros de aventuras, primero los rojos de Timun Mas, luego los azules, después los de fichas: Spiderman, Dungeons and Dragons…

 Los de detectives, algunos con los que había que usar un espejo para descubrir la solución; los de pruebas, espías e inventos… Qué época.

 Olvido muchos porque quiero hacer un repaso mental y más adelante, fotografiaré -contra el olvido, siempre- algunas ilustraciones, cubiertas y subiré fotos de algunos autores.

 Sigo enganchado a Felipe Malot, versión del clásico de Carbó e ilustrado por Mónica Echeverría. Quién me iba a decir que me llevaría a disfrutar de mayor, después de conocer el original, como si fuera, no para niños, sino para adultos que conociendo a los grandes autores de novela negra -algo, no tanto- volvieran a releerlo con pasión.

 Ya sigo.

Animación a la lectura (II): libros e ilustración

Animación a la lectura: humildad

Leer es uno de los placeres más hermosos de los que disponemos.

Ir a una biblioteca, escoger entre cientos de libros, sentarse, tumbarse, abrir el volumen, acariciar con la mirada las páginas y empezar a vivir otros puntos de vista, aventuras, historias, vidas y muertes.

La humildad ante los libros es fundamental: reconocer nuestra incapacidad ante algunos libros porque todavía no ha llegado el momento es un recurso del que somos dueños. La lectura -nuestra historia como lectores- está plagada de subidas, bajadas, altos en el camino y desesperaciones, sí: pero también de descubrimientos, de ánimos víricos que transmiten a nuestras entrañas una curiosidad no saciada, y enseña al intelecto a lucirse consigo mismo: como un viaje, la música clásica, una escultura, un cuadro, la contemplación de un edificio de proporciones perfectas…

También podemos echar mano de los amigos lectores: nunca fallan; alguna lectura de última o primerísima hora, puede ser aconsejada por los que saben más que nosotros. Cuidado con el préstamo de libros: no es una opción recomendada, a no ser que el que nos pida el libro goce de total confianza por nuestra parte… y aun así, no es seguro que nos devuelva el libro, del que previamente -como un avaro calvo de mediana edad, apunta el pequeño préstamo realizado a ese amigo que realmente necesita lo solicitado- habremos garrapateado en un papelito el título y puesto en cualquier lado, que posteriormente no encontraremos pero rondará por la memoria, ya en nuestra biblioteca, como un aroma funesto de libro absolutamente perdido… creo que cualquiera ha sentido ese olor en algún momento de su vida lectora.

No hay que dejarse llevar por la emoción de copiar -aunque quién no ha plagiado a sus autores favoritos- lo que leemos. La escritura viene después. Me refiero a la buena escritura, como decía Capote: la excelsa ya es algo digno de muy buenos lectores, y a lo que pocos llegan.

A mí me animó mucho a seguir leyendo (leyéndolo también) Boris Vian. Y Milan Kundera. Y Paul Auster. No descubro nada si digo que Calvino, Borges, Monterroso o Cortázar -más o menos complejos, más o menos llevaderos-, pueden llevarnos a otros, y que aparezcan los cuentos de García Márquez o los de Fresán, o Sábato, o Bolaño o Bonilla o Vila-Matas. Y Cervantes. Y Galdós. Y Valle-Inclán. Y tantos otros, claro.

Estos nos llevarán a los que necesitemos. Aparecen los americanos y los europeos. Aparece la poesía de Góngora y Garcilaso, algo de Herrera, Villamediana… pero antes, Vallejo, Lorca, Hernández, Cernuda, Aleixandre, el primer Benedetti, el primer Brines, Leopoldo María Panero, hasta dos mil y pico, Juan Luis Panero y Javier Egea.

Descubriste El pequeño vampiro (Sommer-Bodenburg), El pequeño Nicolás (Sempé y Goscinny), Alicia y Peter Pan. Descubres a Poe y Harry Clarke. Y a Rackham y Beardsley. Bram Stoker aparece de la nada junto con Stevenson y Mary Shelley. Aparecen Tolkien, Lovecraft y Lumley. Te asusta Quiroga, Onetti es un mundo y Ayala, un futuro prometedor.

Tus amigos escriben, y claro, te los lees con pasión, amor y una falta de crítica equiparable al amor que sentimos por la otra persona que nos mantiene vivos.

Lo mejor de todo es la epifanía de la ignorancia: te falta mucho por leer. Y ahí, precisamente en ese momento, descubres que todo lo disfrutado hasta el momento, es casi nada, comparado con lo que te espera en la estantería, en la biblioteca, en la conversación con tu amigo o en el cartel del último premio desconocido de literatura que viene a un acto de tu ciudad casi secreto al que no asiste casi nadie a contemplar a un escritor o escritora que te atrapa.

Tanto por leer y tan poco tiempo.

El gato negro, original de Juan Francisco Martínez Camacho
El gato negro, original de Juan Francisco Martínez Camacho

Animación a la lectura: humildad