Herida, poema de Jesús Montalvo

Herida

A Isaías Gálvez

Es lejana y disiento de la cicatriz,

la daga es síntoma no enferma calidez:

uníos, insensatas memorias,

corred solas, leves criaturas del perdón.

 

El recuerdo muere entre pagodas de cristal.

 

Felicitad al órgano que respira

las condecoraciones salinas del otro,

porque escozor, tremebundia y resurrección

son los nombres

del bronce que avisa el cortejo,

del hombre, la mujer y el niño:

en definitiva

el animal que posee nuestro germen,

lleva tiempo avisando del fin.

 

Sordos a la naturaleza,

meditamos guerras y heridas más profundas.

 

Nada cambia si la palabra es sangre infecunda

y el ojo silencia la flecha

sin la solidaria complicidad el gesto.

Herida, poema de Jesús Montalvo

Un café con un maestro: Jesús Montalvo

Por definición, un maestro es aquella persona que elige una forma de vida basada en transmitir las enseñanzas que ha recogido a lo largo de su vida, y tras contrastarlas con pruebas, verificaciones, ejemplos contrarios y decepciones -muchas-, decide seguir en sus trece: informarse todos los días, renovarse como el Fénix y retener lo que puede -o no- servir para que el futuro sea más apacible, más sabio, más humano.

Por definición, Jesús Montalvo es un maestro: su cabello cano alumbra los comentarios que resuelve en un minuto cuando me gustaría que nos explayáramos en críticas, desvíos, hojarasca. Él no es amigo de perder el tiempo en repetir viejas fórmulas que no sirvieron.

Apareció y me llamó desde una cabina -ignoraba que existieran todavía, la verdad-, quedamos en Recogidas lateralmente, en uno de sus bares preferidos de Granada, al que ya no suele ir si no es para visitar a Mario, el camarero de toda la vida, que cuenta con artritis polirreumatoide desde hace unos lustros, y atiende a cualquier cliente como si lo conociera de toda la vida, respetuoso, cómplice: cerveza y té.

Montalvo desdice mis ambiciones al preguntarme:

-¿Qué… no te animas a hablar con quien tendrías que hablar, no?- y sonríe.

Uno de sus antiguos poemas decía -en parte-:

“Si por luces vendieras artificios,

no extraños sinsabores de tu vida,

no te extrañes del uso

que el poderoso hiciera de los mismos:

magnifica la azul palabrería

con un silencio oscuro”

Me habla de algunos amigos míos que él conoce sólo por los libros que publicaron. Me habla de muertos también. Recuerda mis orígenes y se extraña de que algunos que fueron amigos míos no estén muertos.

-No temas al olvido. Míranos a algunos. Somos libres. Hay que acercarse más a los planteamientos de tu querido Vila-Matas. De Pablo del Águila. De tu admirado Egea. De tu amado  Vallejo. No temas, entonces, por el triunfo del mediocre.

El té se acaba, la conversación muere. Me hace un encargo:

-Lee a Víctor Sosa, Rimbaud, Mallarmé, Góngora, Quevedo, Lorca, Narzeo Antino. No olvides -continúa, mientras apunto como un loco- a Lautréamont, algo de Gil de Biedma y Carnero. Olvida a Panero, hazme el favor. Contempla a Tintoretto y Tiziano… a Caravaggio… sí… y Velázquez , y Bacon y Magritte: repasa los minotauros de Picasso y mira lo de Ukiyo, te divertirá. Revisa a Pasolini y Bergman, déjate de cine de charla de hoy o vete a Truffaut, que no lo vas a hacer ¿eh?. Olvida a Fellini de una vez: olvida a la Ekberg y a Mastroianni… incluso a Paul Newman. No te hace bien tanta autorreferencialidad ni tanta belleza… y mira quién te lo dice. El romancero… ahí está casi todo. Y Villamediana. No olvides a Villamediana ni a Garcilaso. Lee a Cervantes.

Me mira con cariño y me da la mano.

-No te digo nada de Gálvez, ya sabes.

-Pero ¿otra vez…?

-No -me corta-: él pensaba que algo cambiaría después de diciembre… pero todo sigue igual en Granada. Era de esperar. Uno lo sabía y el otro también, pero el otro es Gálvez. Por eso te mandó esa carta. Qué te digo de Isaías.

Asiento mirando a un poeta y me subo el cuello del saquito. Le entrego las Cantatas. Lo agradece. Me dice adiós. Se aleja a través del frío sin volverse, como siempre. Termino de prepararme para el combate con la soledad y este clima horrendo: estoy tentado de seguirlo, a ver dónde va, con quién se ve, qué está leyendo: cruzar la helada muchedumbre de nadie que nos va separando cada vez más.

Pero para qué. No tendría qué decirle, pienso. Y repaso mentalmente los nombres que me dijo.

Y sonrío.

Self-portrait as the Sick Bacchus by Caravaggio.jpg

1593-1594 aproximadamente. Baco enfermo, o Michelangelo Merisi convalenciente.

Un café con un maestro: Jesús Montalvo