Entrevista a Esther Peñas

Ha mantenido conversaciones con cantautoras como Rosana o Julieta Venegas, “folklóricas” como Martirio o escritores como Vila-Matas, políticos como Leguina, poetas como Chantal Maillard, filósofos como Savater, escritoras y directoras de cine… Luis Mateo Díez, Merino o Silvio Rodríguez han charlado con ella, Chema Madoz, Gioconda Belli, Luis Aguilé… gente tan diversa de la cultura española como Pasión Vega, Luis Alberto de Cuenca, Javier Ruibal, Mayte Martín o Rosa Montero forman parte de la estupenda serie de Entrevistos, un monumento al arte de entrevistar; escribe sobre personas con discapacidad, mantiene el espíritu de la curiosidad vivito y coleando, es novelista, poeta y disfruta con la lectura como nadie. En su obra narrativa visibiliza la homosexualidad, el respeto y la tolerancia por la diferencia y de sus páginas emanan el jazz, la copla o la música clásica, cosa que hacen que se se le alegren las pajarillas.

En el poema que da título al poemario El paso que se habita (Chamán Ediciones) pide:

Puentes de algas,
de melancólica sospecha,
de paisaje con savia de bruma
y afilados dientes.
Puentes
para este pequeño reino de la fiebre,
puentes.
También primavera.

De su novela La vida, contigo (Editorial Adeshoras) dice Daniel J. Rodríguez en Zenda que “es un libro con la anatomía de un cesto de esparto; natural y antiguo, de centenares de extremos en diálogo, una historia de esquejes verdes de existencia.”

Poco más que añadir, salvo que tiene mucho realizado y aquí no cabe todo.

Las fotos de la escritora son de Lurdes Martínez.

Es un honor para este que escribe que haya accedido a ser entrevistada y formar parte de la galería de honor de este Me no know nothing que hoy, es mucho más grande y feliz y crece como blog.

Con todas y todos ustedes: Esther Peñas.

-Querida Esther, muchísimas gracias por prestarte a esta entrevista: la primera pregunta es obligada después del añito que llevamos: ¿cómo estás, cómo está tu gente?

Qué extraño se me hace contestar en vez de preguntar, querido Juan. Permíteme estas palabras iniciales de agradecimiento por tu generosidad y tu (deliciosa) insensatez de entrevistarme… Estoy… en contemplación de prodigio, a pesar de todo, manteniendo la lumbre de lo alegre. Y mi familia y aquellos a quienes quiero está razonablemente bien, que no es pequeña la trucha…

-Me hacía especial ilusión repasar tu trabajo: eres periodista, tienes ensayo publicado, novelas, libros de poemas… ¿hay algo en la escritura que se te resista?

Sonrío ante esa ilusión tuya y envido: sí, el cuento. Soy una pésima zurcidora de relatos.

-Cuéntame lo importante que es y ha sido la lectura en tu vida. ¿Cómo empiezas a leer y qué libros lee la Esther niña y adolescente?

Leer me salva. Salva el amor, la fe, la belleza, y la lectura. Pocas cosas más. Recuerdo mi primer libro, cortesía del Ratón Pérez, un libro extraño, con ilustraciones, que hablaba de la importancia de mantener vínculos con la naturaleza. Pero el texto con en el que descubrí la fascinación de la lectura, su poder redentor, seductor, vivificador fue un libro que me prestó mi amiga Silvia Botán, con diez u once años, El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fernández Flórez, editado por Espasa Calpe, un texto divertidísimo, que me llevó en mi adolescencia a autores para mí vitales Jardiel, Mihura, Neville, Castelao, Camba…

-¿Por qué tu interés en el periodismo?

No sabría qué decirte… Cuando aguardaba turno para matricularme en la universidad, aún no había escogido qué estudiar… me gustaba Antropología, Psicología, Filología… y de pronto vi allí esa carrera, Periodismo, con un ramillete de asignaturas variadísimas y pensé que eso era lo que quería estudiar, para aprender un poco de todo… En esos años aprendí a caldear el amor a las palabras y a las historias. Y a reconocer la verdad del cuento.  

-Empiezo destacando el Cermi, ¿puedes explicar qué es para quien no lo conozca?

En su acrónimo, Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (en origen, de Minusválidos), es una entidad que representa al movimiento asociativo y preserva sus derechos. Estoy vincula a él desde hace años, por motivos laborales, políticos y sentimentales.

-De esa época salieron varias publicaciones: un trabajo en el que contabas qué quería conseguir el Cermi y tres libros de entrevistas (Entrevistos I, II y III).

Sí, Hoy empieza todo que, tomando en préstamo el título de la maravillosa película de Tavernier, conté, como dices, no solo el devenir de la institución sino a grandes rasgos el de las personas con discapacidad en nuestro país. Entrevistos, juego de palabras entre el adjetivo de la misma grafía y la palabra «entrevista», recogen las conversaciones aparecidas en el periódico del Cermi, en la sección ‘Cuarto de invitados’ que regento mensualmente desde 2003, y por la que han pasado tantísimos escritores, fotógrafos, actores, cantantes…

-Cómo y cuánto ha cambiado, desde la terminología hasta el trato, nuestra relación con las personas con discapacidad: pero queda mucho camino, ¿qué destacas de los avances y dónde tenemos que mejorar?

España es uno de los países más adelantados en materia normativa referida a derechos de personas con discapacidad. Me asombra cuando la realidad se impone y tiene su reflejo en el lenguaje. Sin carga alguna, fueron cayendo de nuestro vocabulario términos como «subnormal», «tullido», «inválido», porque habíamos desterrado a las personas con discapacidad de la esfera vocativa del paternalismo. Creo que el esfuerzo ahora hay que concentrarlo en la formación del colectivo, en estimular su inclusión en los estudios superiores.

-¿Qué piensas de películas como Campeones o series como American Horror Story, o el último anuncio de la ONCE de Campeonas, por citar algunos ejemplos, donde se visibiliza la discapacidad?

Me parece que todavía queda la rémora en ellos de ciertos tics que remiten a convencionalismos o tópicos… la mayor parte de las apariciones de personas con discapacidad en el mundo audiovisual y literario resaltan bien su «capacidad de héroes», bien su lado menos luminoso (como el binomio discapacidad-cierta amargura de personajes como House, por ejemplo). Ambas son extremos de los que hay que huir, ni todos los autistas son Dustin Hoffman en Rain Man, ni los ciegos son seres perversos como los que retrató Sabato en su Informe. Pero esta inclusión de personas con discapacidad como representación de la diversidad existente terminará más pronto que tarde en una normalización del colectivo, con sus bondades y sus impertinencias, propias de cualquier grupo humano.

-¿La entrevista es una manera de conocer a la otra persona?

La entrevista es una manera de entrever (de ahí, entrevistos) a alguien, es una maravillosa forma de practicar la escucha activa, un privilegio, ya que de qué otro modo uno podría conversar con determinadas personas, y una danza sutil en la que todo el tiempo se ponen en juego intuiciones, conocimientos y afectos.

-Te lo preguntaba porque tu manera de entrevistar es, por momentos, personal y directa, nada de objetiva: pasional, si me lo permites, como diciéndole al otro “confíame un secreto”.

Por lo general, conozco bastante bien al entrevistado, ya sea porque hayamos coincidido en otras ocasiones (eso me recuerda la de años que llevo ejerciendo…), ya porque he leído, escuchado o visto la obra que defiende. Eso me permite conseguir pronto el ingrediente indispensable para una buena entrevista: que el entrevistado confíe en ti, que se abandone a las respuestas que le broten, no a las que acciona como resorte. Salvo excepciones de rigor, los asuntos limítrofes con lo sensacionalista, la casquería, el amarillismo, no me interesan los más mínimo; eso ayuda mucho, tanto como suspender cualquier juicio de valor previo, y tener claro que todos podemos tener un mal día (y, por tanto, que alguien sea áspero en la entrevista no significa que sea hirsuto en su día a día).

-De Entrevistos, de esos cientos de conversaciones con personas como Chantal Maillard, Jordi Savall, Joaquín Leguina, Martirio… ¿cuál es el mejor recuerdo si puedes salvar solo uno?

Lo mucho que me han enseñado y las amistades profundas que han surgido de ellas. La vez en que Susana Rinaldi me cantó un trocito de Porque vas a venir, ese tema colosal de Mandy, o cuando en casa de Martirio cantamos por Soledad Bravo, cuando Carmen Calvo me envío al cabo de los días una litografía suya o Mingote me hizo un dibujo en el cuaderno… El modo en cuenta atrás de la emoción absoluta cuando Buero Vallejo me abrió la puerta de su casa disculpándose por recibirme en batín (fue mi primera entrevista), que Hugo Mujica me ungiera la señal de la cruz en la frente, compartir un cigarro con Jaime Urrutia… o un desayuno con Teresa Salgueiro… hay tantos momentos así de bellos, Juan…

-Poetas como Ernesto Cardenal o Jenaro Talens, escritores de la talla de Vila-Matas o José María Merino, poetas como Julia Uceda, directoras como Coixet… ¿cómo se consigue preguntar lo importante a cada quien en su disciplina?

Suponiendo que sea capaz de eso que dices, conociendo bien al personaje, y en mi caso, como marca de la casa, forjando preguntas que le lleven al confín. Por supuesto, teniendo claro que el protagonista no es quien pregunta sino siempre quien responde.

-De tu trabajo de narrativa, destaco la libertad de tus historias, la frescura en el tratamiento de temas como la homosexualidad, las tramas tan cambiantes… ¿qué referentes sigues al escribir tus historias?

Hay dos escritoras que me fascinan, Martín Gaite y Rosa Chacel, a quienes dediqué mi última novela, La vida, contigo. Toda la narrativa de Menchu Gutiérrez me parece un don, como la de Gabriela Llansol, y Mil mamíferos ciegos, de la Isabel González, un templo. Bobin, Quignard, Modiano… sin olvidar Tirano Banderas, las Sonatas, o los pecios impagables de Sánchez Ferlosio. Y después de todo ello, Cortázar, siempre.

-En la novela Los silencios de Babel de 2008, aparecen el engaño y la traición como parte de una historia cotidiana que se convierte en toda una aventura para la protagonista: ¿cómo consigues ser tan natural en ese mencionado cambio de registros?

Pues… gracias por el requiebro… de ser así, como dices, supongo que confiando en mi inconsciente, en todo momento. No sé pensar, en el sentido de que no hago fichas, ni cuando escribo un reportaje ni para una novela, mucho menos para un poema. Tampoco esbozos, ni esquemas, ni borradores. Hay una antorcha que se enciende de pronto en algún lado de mi cabeza y que me habla. Yo transcribo. Ex caelis oblato. Un regalo del cielo. De alguna manera. Pero el poema es la vida misma, es allí donde uno (yo, en este caso) se juega.

-Las mujeres siempre protagonistas, fuertes, decididas, proteicas, sensibles… como en la vida misma, con sus negros y sus blancos.

Las amo, qué le voy a hacer… también porque son frágiles, y están llenas de ternura y sensualidad.

-En El peso de una sombra, novela de 2010, la memoria juega un papel fundamental: ¿es lo que nos queda cuando todo arde, la memoria y el recuerdo?

«Cuando nuestra riqueza sea solo la memoria…», canta Fernando Márquez, el Zurdo, en la canción de La Mode ‘En cualquier fiesta’, un antídoto musical para prevenir la soberbia y egolatría, por cierto. La memoria, sí, nuestro único patrimonio inalienable porque, como dice el poema de Gottfried Benn, «En esta casa no se puede entrar/ en esta casa hay que haber nacido».

-Entre ambas novelas también sobresale el uso de la música como parte de las descripciones, del ambiente y de la constitución de los personajes: el jazz, las grandes señoras de voz negra y deje reconocible, la copla nuestra: el amor, en general, por la canción, el sonido, la otra realidad que significa la música.

Ay, es que soy muy coplera…Es algo que tengo pendiente, escribir un acercamiento a la copla… hay tantísimas imágenes bellas en sus textos… “que se me paren los pulsos si te dejo de querer”, “y así, mirando y mirando, así empezó mi ceguera”, “miente más que parpadea”, “con carbones encendidos, que le quemen esa boca”, “por mi salud yo te juro que eres para mí lo primero, y me duele hasta la sangre de lo mucho que te quiero…” Qué intensidad… qué bien lo dijo Carlos Cano, «se llama copla y cabe dentro la vida». Y la música, así, en general, creo que no sabría, ni podría ni querría vivir sin ella. Como toda belleza, la música hace que la vida merezca la alegría de ser vivida.

-Las relaciones familiares difíciles también aparecen en esta novela: como cuando señalas, nombras y escribes sobre el mundo femenino ¿es una manera de visibilizar ciertos elementos sociales que damos por hecho y que en cambio son más complicados?

No descubro nada si digo que todo es mucho más sencillo y complejo de lo que parece. Seis años de psicoanálisis me han enseñado a escuchar lo que no se dice y a ver lo que no se muestra.

-En 2011, publicas Sesión continua, una divertida historia de personas que hablan y hablan con una profesional de la mente para que les ayude a superar traumas referentes a la homosexualidad, a ver si superan ese “lío” personal y social que su cabeza no es capaz de desenredar por sí sola: aparte de los disparates que pones en boca de algunos personajes, con los que nos reímos mucho, ¿lo más importante son las metamorfosis de los pacientes?

Una de las cosas más importantes, de eso habla esta novela, es el humor. El humor nos coloca allí donde las cosas son (o pueden ser) de una manera muy distinta a como las pensamos. El humor resta gravedad y dignifica derrotas. El humor, etimológicamente, nos abrocha a la tierra. Creo que Sesión continua, junto con La vida, contigo, son los textos narrativos en los que más me reconozco, siendo casi antitéticos. Y sí, se trata de cambiar aquello que nos aleja de nosotros mismos, de cambiar aquello que nos mantiene en el engaño. El cambio lo produce el asombro. Después, uno sonríe. «Ah, era esto», piensa…

-En Una vista inesperada, nouvelle de tema y ambientación griegos, míticos, aparece más acusadamente el tejido de la novela, el texto como tapiz con esa imagen tan hermosa de tejer con hilo púrpura: ¿son importantes los clásicos en nuestra formación lectora? ¿La metaliteratura es una manera de advertir la belleza, la importancia de la disciplina literaria?

Además de esto que dices, que ilumina la belleza, en lo que concuerdo, la metaliteratura nos recuerda que antes de nosotros estuvo Cervantes, y Quevedo, y Unamuno, y Machado, y Gerardo Diego, y Cirlot, y Bachelard… nos ayuda a no perder la cabeza. Y a ser agradecidos. A eso también nos enseña la metaliteratura, al tiempo que es un reflejo del modo en que en el universo queda interrelacionado, en un inmenso rizoma, en el que todo se habla y se contesta.

-No me resisto a reconocer lo sutil, la hermosura, la alegría y la elegancia en las escenas amatorias de cualquier libro tuyo, como si el erotismo fuera tan sagrado que fuera un deber ser tierna y salvaje, feliz y heroica al describirlo literariamente.

Ay, que me sacas los colores… pues sí, soy una rijosa, qué le vamos a hacer… el cristianismo me enseñó que el cuerpo es templo, y que si dios, el dios al que venero, se hizo cuerpo, hombre, el mundo entero alberga constantemente la posibilidad del encuentro con lo sagrado. Dicho esto, ¿qué sería el amor sin el erotismo, sin la fuerza enloquecida, desquiciada, desaforada del sexo?

Espectacular ilustración de Luis Ortega para La vida, contigo

-¿Te parece que hablemos algo sobre tu poesía? Qué libros tan bien construidos: ¿te resulta natural cambiar de género?

Con humildad te digo que me parece que, en la medida en la que eso es posible, mi «género», mi «modo de estar en el mundo» es la poesía. Todo el tiempo. Hay una voluntad poética y un instinto poético en todo aquello que hago. Un peso de lo inútil como brújula, y un paso que busca constantemente el otro lado, habitar el naufragio, escuchar las ruinas, cantar el salmo.

-En 2005, Juan Pastor, en la Editorial Devenir publica De este ungido modo con prólogo de José Jiménez Lozano… Vaya bienvenida.

Jiménez Lozano me fascinaba por sus escritos sobre Simone Weil, especialmente analíticos con el aspecto político de la filósofa judía. Gracias a él conocí el modo en que Weil hace de la clase obrera el epicentro de su palabra y de su acción. Y la vida, como siempre, me regaló la oportunidad. Cuando le dieron el Cervantes, me mandaron a entrevistarle, a Valladolid. Y fue una no-entrevista muy atribulada, dificilísima, en la que al final terminamos hablando de poesía (en concreto de Szymborska). Antes de regresar a Madrid, me pidió que le enviara aquel manuscrito; lo hice, y él me contestó escribiéndome ¡el prólogo!

-…y el epílogo bellísimo también de Ubach Medina.

Ah, Antonio. Un fantástico profesor de los que te hace amar la lectura, los libros. ¡Y que, además, te hace reír! Fue de las mejores cosas que me deparó la universidad, conocerle.

-Este libro pertenece a un yo lírico que, desconcertado, atraviesa la realidad y se pierde pero mantiene un hálito de esperanza siempre.

El hombre es un ser esperanzado, de esto escribió mucho (y de un modo bellísimo) Laín Entralgo. Y como soy una mujer de fe, custodio lo que queda de esa tinaja ovalada que abrió Pandora.

-Esos dioses inactivos, contempladores que aparecen en estas páginas… ¿tienen algo que ver con nuestros deseos, nuestras frustraciones?

Me intriga el hecho de que siendo monoteísta los dioses que aparecen en mis poemas y en mi prosa tienden a ser ramillete… una vez, hablando con un filósofo marxista que admiro mucho, Jacobo Muñoz, me comentó: «qué suerte la suya que puede creer en la divina providencia al tiempo que en el libre albedrío sin que entren en colisión». Pues eso mismo.

-Años después, en 2011, repites con la editorial y aparece Penumbra, un libro de luz y oscuridad, con un rigor léxico tremendo y un despliegue de recursos bellísimos: ¿qué supuso este libro en tu carrera literaria?

Ja, ja, ja, ¡madre mía, «carrera literaria», qué grande me viene la expresión…! en cualquier caso, Penumbra supuso una manera distinta de decir la palabra. Más sencilla, menos maniquea, más libre, mucho más frágil.

-Aparecen la maravilla y lo terrible del mundo: ¿necesitabas nombrar esa doble conciencia que nos habita, la lucha eterna entre la realidad y el deseo como ya escribiera Cernuda?

Los antropólogos hablan de la tendencia de la mente humana a entenderse con esferas binarias de significado, y aunque ahora se habla mucho de que hay que quebrar lo binario me parece que a estas alturas aún no hemos asimilado que todos, en grado distintos, somos una cosa y su contraria. Sí, la realidad y el deseo, el ser y el deber ser kantiano. Las obras y los amores.  

-¿Qué poetas te emocionan?

Juan de la Cruz, María Negroni, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, Lurdes Martínez, Vicente Huidobro, Rafael Soler, Javier Lostalé, Julio Monteverde, Alejandra Pizarnik, Javier Gálvez, Francisco Javier Guerrero, Ina Olvera, Noelia Illán, Olga Orozco, Leticia Vera, Pedro Salinas, Ulalume González de León, Juarroz…

-¿En qué andas metida ahora? Veo tus entrevistas en Youtube, no dejas de escribir: ¿algún poemario a punto, alguna novela en desarrollo?

Estoy muy contenta porque hay tres proyectos hermosísimos para este año, uno, la plaquette Visto así, con la poeta Lurdes Martínez, a quien tanto admiro; el poemario Historia de la lluvia, que editará Chamán, escrito en prosa poética, que creo es lo mejor que he escrito, un prontuario de hallazgos y fulgores, y un sorprendente ensayo sobre amazonas, que aparecerá en Wunderkammer, bajo la advocación de Elisabet Riera, después de verano.

-¿Algún deseo para este año 2021, o “Virgencita, Virgencita que me quede como estoy…”?

Hay una canción de Ángela Muro que dice «Ay, Virgencita bonita (…) yo no te pido nada más que su boca cerquita, arrullando de amor…», pues algo así. Que no me falte nunca el espliego de los días. Eso pido.

 -Quería agradecerte tu magnífica disposición hacia este intento de entrevista: después de leer tus libros y escucharte, sé que es de principiante, pero aun así quería extraer parte de todo lo que sabes sobre la escritura y la lectura: es siempre un privilegio contar contigo, querida Esther.

Juan… has sido tremendamente generoso conmigo desde el primer momento que nos conocimos… y parece mentira, con lo poco que nos hemos visto, lo cerquita que hemos ido estando a través de los años… qué ganas de abrazarte hasta que se ponga el sol… ¡y de brindar con un buen brandy!

Entrevista a Esther Peñas

Entrevista a Miguel A. Zapata

Uno de los escritores más interesantes de su generación es Miguel A. Zapata (Granada, 1974): cuentista, microrrelatista y novelista, ha sido reconocido con multitud de premios y por la crítica especializada. Publica en las mejores editoriales españolas y es divertido, rebosa creatividad y su imaginación parece no tener límite. Esta entrevista es una de las más sugerentes que he realizado por lo que dice el entrevistado y por cómo lo dice, así que le vuelvo a agradecer esa disposición tan buena y que me haya concedido un rato meditado y genial.

Fotografía de autor de Lola C.

-Querido Miguel Ángel, empiezo preguntándote por la salud, la familia, el trabajo… Esta época está siendo especialmente dura y complicada: ¿cómo estás tú, cómo sigue tu gente?

         Muchas gracias por el interés, Juan. Toquemos madera: hasta la fecha no hemos vivido directamente el drama vírico. Eso sí, tengo sensaciones ambivalentes con respecto a estos tiempos de mascarillas e hidroalcoholes: por un lado, siento que se ha roto de forma irreparable el mundo en el que vivía hasta marzo de 2020, o al menos ha cambiado bruscamente de dirección hacia un destino poco previsible; por otro lado, viví el confinamiento como una flexibilización desconocida de mi tiempo que me permitió acabar mi última novela. Como si ese período excepcional de reclusión hubiera desbloqueado las inercias de la vida cómoda y reglada, dándome un tiempo distinto, casi monacal, que me permitió escribir de madrugada en un silencio tan inquietante como agradecido, con la música de Thom Yorke o Corrina Repp de fondo o la compañía también silenciosa de mi mujer, profesora y filóloga, trabajando en su propia burbuja de tiempo y en la misma habitación que yo. Raro.

-Entrando en materia, repasamos tu obra si te parece bien: desde el primer libro Ternuras interrumpidas, de 2003, llevas casi veinte años dedicado a la ficción: ¿cómo recuerdas esa primera etapa de reconocimientos, premios y publicación de tu primera obra?

           Hace ya una eternidad de esa época, y yo hasta hace relativamente poco pensaba que era otro distinto, eso me parecía. Cuando empecé a escribir con la intención de hacer literatura con calidad suficiente como para ser publicado, no tenía más ambición (fíjate qué aspiraciones) que quedar segundo en un certamen de Pinto para ver publicado mi relato en una edición no venal de difusión cero. Ni ganar un primer premio modesto me parecía posible. Luego fueron apareciendo textos míos en revistas y diarios locales, empecé a ganar algunos premios de cuento, me publicaron mi primer libro en una editorial diminuta que no me pagó ni un euro en royalties, luego en editoriales independientes de prestigio, la recepción crítica creciente… Y así hasta hoy, siete libros publicados después, pero sin volvernos locos, eh, que a uno no le paran por la calle ni le reconocen en la cola del cine.

          Sea como sea, cada fase, cada pequeño escaloncito, parecía difuminar al Zapata anterior. Dos décadas después, me veo no lejos de mí, sino casi emparejado con aquel veinteañero primerizo: compartimos la misma necesidad de ser valorados por los otros. Idéntica justificación de existir. El ansia de no sentirse uno excesivamente solo.

           Es curioso: llega un tiempo (o llegas tú hasta él) en que percibes la evolución como una forma barroca de engaño: sigues siendo el mismo perro con los collares distintos de algún Babelia, El Cultural, reconocimientos no universales aunque golosos y reconocimientos al fin y al cabo… Pero, ¿el perro? Exactamente el mismo animal, el mismo deseo bobo de un hueso.

-“Este es un libro de marionetas”: así se abre Propósito y advertencia, que es el pórtico de este volumen de cuentos: ya vemos el juego, lo ficcional, la infancia, la manipulación.

            Sí. Verás, Juan, uno se empeña en hacerse adulto, pero esto es más bien una cuestión cultural y crematística: haces creer al mundo que creces porque ya nadie se va a ocupar de tu indolencia, nada más. Por lo demás, sigues acojonado por casi todo como hace treinta años, sigues jugando cuando sales de dar clase y bromeas con un compañero hasta llorar de risa por una anécdota con los alumnos, sigues siendo un chaval malcriado que reclama atención.

            ‘Ternuras interrumpidas’, y ese pórtico del que hablas lo ejemplifica, es un primer libro con la ingenuidad, la rabia y la despreocupación de las primeras obras. Convertir a los personajes en marionetas tenía dos propósitos: la reafirmación de mi yo autoral como un deus ex machina que maneja los hilos de sus ficciones y realizar un primer esbozo de algo que me ha obsesionado a lo largo de toda mi obra: el estudio de la condición humana como una lucha entre la voluntad individual y las fuerzas que se empeñan en dinamitar ese impulso voluntarista, que con frecuencia parten del propio individuo. Si no nos jode algo, somos expertos en jodernos nosotros mismos, parece. Y el milagro es salir indemne, lo que se le da muy mal a los personajes de ese primer libro mío. En su descargo diré que, a pesar de ello, saben engañarse muy bien y encontrar oro entre las cenizas de su propia existencia. ¿No es eso vivir, al fin y al cabo?

-Títulos tan llamativos como ‘Radiografía de luchas y lluvias (introito)’, ‘Persistencia de la víscera’ o ‘Toxitruédano (boutade a modo de epílogo)’, son de relatos que componen esta obra: la sugerencia desde el título, la insinuación, el doble sentido, el juego lingüístico… ¿qué es necesario para despertar la curiosidad de quienes leemos?

            No lo sé. No me gustaría pensar en una fórmula mágica, alquímica o aritmética en mis textos. Sí que doy mucha importancia a los títulos de cuentos, microrrelatos y novelas, porque son una puerta de entrada o un ventanuco de salida de la obra. La ambigüedad léxica, el juego verbal, el gambeteo semántico forman parte de mi formación lectora (Gómez de la Serna, Ayala, Jarnés, Arconada, la gente del OuLiPo…) y de mi humilde aproximación al arte de la escritura, porque sustentan mi idea de que fondo y forma deben complementarse en un equilibrio casi místico. Un texto meramente informativo, sin más aspiración que narrar hechos, no es literatura; a lo sumo, puede aspirar a ser una escritura notarial. Un texto que sólo sirva para recrearse en los logros de su virtuosismo es una paja para nadie, ni siquiera para uno mismo.

          ¿Son esta certeza y ese equilibrio del que hablaba antes suficientes para atraer al público hacia mis libros? Ni idea. A veces, es una música que suena sólo para uno, tocas su fibra exclusiva. Hay mucho de azar en esto de escribir y ser leído. Sobre todo, porque hay tantos lectores como textos que quieren ser leídos.

-La extrañeza, lo raro que vemos poco a poco moldear tu narrativa será parte importante en tu obra futura.

        Si miro hacia atrás, a lo ya escrito, percibo esa querencia por lo extraño cotidiano de la que hablas, y que también obsesionó a Queneau o Breton, por ejemplo. Pero no hay en mí ni un átomo del escritor con calculadora que sabe cómo epatar al lector. Lo que ocurre es que cuando intento circular por el carril de lo convencional, mi narrativa me tuerce siempre el volante a la vía de servicio de la rareza y la extrañeza del mundo. Ojo, esto no sirve sólo a los intereses del género fantástico, como pueda pensarse con trazo grueso. Mis novelas son realistas pero están preñadas de sucesos inauditos y tramas casi inverosímiles. Es decir, todo lo que sucede en ellas entra dentro de lo poco probable, pero es perfectamente plausible. Ese es el punto de cocción al que yo quería llevar mis guisos literarios: contar las cosas que pueden ocurrirnos cuando pensamos que eso mismo nunca va a pasarnos, llevar la realidad hasta sus extremos, hasta ese punto en que se deforma sin dejar de ser tan tangible como nuestra cara abotargada por el sueño después de una mala noche.

          Puede que mis primeras obras adscritas a mi personal visión de un fantástico poético estén de alguna manera en la base de mi producción novelística, en ese sustrato de extrañeza de lo real. Hay mundos extravagantes en el espacio exterior o en otras dimensiones, no lo pongo en duda, es más, los frecuenté a menudo y con placer en no pocos de mis textos. Pero lo verdaderamente raro e inquietante es lo que le ocurre al ser humano cuando cree que tiene todo bajo control. Quizá porque él mismo es a menudo el responsable de apretar el botón que deshace el orden natural de las cosas.

Sus libros de cuentos Ternuras interrumpidas y Esquina inferior del cuadro

-Tu siguiente obra, cuatro años después, es Baúl de prodigios, donde el título de nuevo es fundamental, como también lo es el cambio de género: abres un mundo de microrrelatos: ¿fue necesidad, experimentación…?

             Cuando era un crío, yo era fan de los dibujos animados del Sr. Rossi, un set dentro de ‘El show de la Pantera Rosa’. Eran dos minutos de minimalismo casi sin diálogos, de un señor con bigote y sombrero y un perro llamado Gastón y que vive deliciosas aventuras en su cotidianeidad descacharrante. Por la misma época, mis abuelos me regalaron un puzle naíf de las cuatro estaciones, colorista y lírico. Bien, pues yo quería vivir en aquellos dos mundos tan sencillos, tan esenciales, como dentro de esas bolas de cristal con copos de nieve que flotan al agitarlas.

            Tengo para mí que esas dos imágenes conforman la raíz de gran parte de los microrrelatos de ‘Baúl de prodigios’: el universo expansivo del juego, la imagen como portadora de significados a los que la palabra sola no basta, la búsqueda de un lenguaje plástico que sólo pudiera existir efímeramente, un copo de nieve en un universo irreal. El microrrelato también satisface, como género híbrido, la necesidad de experimentación de cualquier escritor eminentemente imaginativo, sobre todo por las restricciones en la extensión y la condensación expresiva.

           Mi carpeta rebosante de ideas con alas encontró salida gracias a un género poco transitado en España aunque con brillantes creadores fuera de nuestras fronteras, desde Borges, Denevi o Ramos Sucre en Hispanoamérica a Örkény o Mrozek en la literatura europea. ¿Puedes escribir un cuento largo con un vencejo narcoléptico o luchadores de sumo que devoran niños o ancianos en el parque? No creo. Yo al menos, no. Pero sí brevísimos textos, casi apólogos o poemas narrativos con la misma y libre ingenuidad de los dibujos animados del Sr. Rossi o el puzle naíf de mis abuelos.

-Hablando del micro: ha sido y es uno de los géneros más interesantes por las posibilidades que posee y las mutaciones que ha sufrido: como lector, ¿qué tiene que ofrecerte un microrrelato para que te atrape?

            Condensar un mundo justificado en sí mismo en el que siempre quede la sombra de un misterio, la duda de si ha ocurrido todo lo que parece estar ahí escrito o ha dejado de ocurrir algo que es esencial pero que quizá se nos ha escapado. Esa naturaleza nerviosa e inaprensible. Ese temblor en una naturaleza muerta.

-Realizas espléndidos homenajes a la lectura y a escritores como Perec con ese “Me gusta…” reiterativo que recuerda tanto al “Je me souviens” del francés, o la pieza ‘Bibliofagia’ con su frase inicial: “Yo los libros los devoro. Con fruición. Kafka, Perec, Poe, Buzzati, Capote, Lorca, Zapata(¡!)…” Las exclamaciones son mías: de nuevo el juego, las autorreferencias (o no), Boris Vian, el OuLiPo, la ironía, el humor… ¿es necesario pararse y tomarse la vida un poco a broma siendo la literatura algo tan serio?

             Es que a veces la literatura no tiene ninguna relevancia cuando se pone estupenda y es trascendente cuando juega a desordenar el mundo. No es soportable la escritura que subraya el melodrama o que trampea las emociones. La vida misma no admite tragedias full time sin terminar negándose a sí misma. La ironía o el humor, aun cuando no estén visibles, deben subyacer a todo empeño literario, bien sea a través del argumento, el trazo de los personajes o lo que puede sugerir u ocultar el lenguaje. Y sí, gente como Vian, Crevel, Ramón, Gorey o el propio Kafka lo sabían, quizá porque intuían la fatalidad detrás de cada paso dado.

-Aparecen niñas raras, dementes, el sueño, la memoria, perversidades bajo la nieve… Todo lo oculto y extraño como decía antes, con una precisión y riqueza léxicas que causaron asombro ya a los especialistas, por lo delicado que es el género y las reglas que ha de cumplir.

             Creo que el reto es ese: aunar precisión y rigor técnico con argumentos o iconografía bombásticos. No me seduce la perfección técnica fría con los temas consabidos en el fantástico breve: espacio, tiempo, desdoblamientos, laberintos, mitologías, mundos inauditos… Bufff, qué agotamiento. En el ámbito loco y sin límites de la ficción muy breve, prefiero un jardín en el que crecen zapatos o un árbol de resfriados a un universo paralelo y metafísico quién sabe dónde.

            Prefiero seguir ciertas reglas pero hacerlo en pelotas y con un tricornio verde en la cabeza a entrar tembloroso y reverente en los salones aristocráticos del género. El olvido está lleno de correctos y frondosos fabuladores de la ortodoxia. Para seducir a la literatura, tienes que perderle un poco el respeto. Es la única forma de honrarla, qué coño.

-Cuando en 2009 publicas Revelaciones y magias continúas ofreciendo un microrrelato que hace que uno de los maestros de lo breve, Hipólito G. Navarro escriba que es la “confirmación” de Zapata, J.J. Muñoz Rengel hable de tu “talento” y Ángel Olgoso te llame entre otros elogios “funambulista de lo onírico”: este libro es un estallido hermosísimo de literatura: ¿lo sentiste así cuando lo terminaste, sentiste un avance en tu narrativa?

            Sí que hay un pulido en la escritura, los textos son más precisos y afilados tal vez. Pero el ‘sello Zapata’ (si es que esta cosa existe) ya estaba conformado en ‘Baúl de prodigios’, y mi literatura se apoya en la fuerza expresiva de mi estilo, no tanto en mis posibles estilemas, en los que intento no caer para no ser una copia de mí mismo.

            Un reseñista dijo que despojar del título a los microrrelatos de esta obra (están simplemente numerados) era un riesgo que había salvado muy bien, y mi intención era, precisamente, no dirigir al lector desde el propio título, no engañarle con ese señuelo que lo convierte en aquel concepto cortazariano (lamentable, según suena hoy) del “lector-hembra”. Creo que esa decisión dotó a los textos de la parte de “Magias” de una desnudez a tumba abierta que hace participar a quien los lea de una mayor cuota de interpretación y co-creación de la obra.

-Hay mucho cine, metaliteratura, criaturas inenarrables, fantasmas y un entrañable personaje llamado Priscilla.

           El auténtico salto adelante, según creo, fue la segunda parte del libro, “Revelaciones” (Miguel Ángel Cáliz, mi editor, me sugirió, acertadamente, cambiar el orden de las partes a las que alude el título, para darle una continuidad lógica a ‘Baúl de prodigios’, sobre todo de cara a los lectores de esa obra anterior y seminal). Podríamos considerarla como una obra independiente de “Magias” y adscribirla al género de la micronovela. No es una novela fragmentaria, como se afirma en la contracubierta (cuestión de marketing de la época), sino un trabajo novelístico en el que cada texto breve complementa y a menudo condiciona y modifica el sentido del resto de textos, de tal manera que terminan configurando facetas complementarias o contradictorias de la biografía extraña de Priscilla, esa mujer a veces sometida y otras independiente, perversa y dulce, metafísica y banal.

           Pretendía dibujar una vida con trazos simples, casi impresionistas: cada pieza responde a un rasgo identitario que influye en los demás al tiempo que completa la supuesta unidad que parece ser toda vida humana. La novela fragmentaria es otra cosa, un epítome de la posmodernidad: caleidoscópica, desbrozada, hecha con partes heteróclitas que se desentienden del resto, displicente, descosida, desatenta, abúlica, amateur, a medio terminar o empezar. “Revelaciones” busca la unidad de las partes de principio a fin. Una micronovela, sí, me vale.

Microrrelatos: Revelaciones y Magias; Baúl de prodigios

-De Traspiés, pasas a formar parte del catálogo de Menoscuarto, en la colección que el especialista Fernando Valls dirigía: Esquina inferior del cuadro es la nueva propuesta: visual, pictórica, sensorial. Regresas al cuento, al relato de extensión más larga.

            Yo era un fanático de los libros de Menoscuarto, de esas ediciones elegantes de cuentos de Aldecoa, Delibes, Aparicio o Moyano. Así que fue una satisfacción literaria y estética ser fichado por un sello tan prestigioso. Esos nuevos cuentos eran ya obra de un escritor adulto, sin dubitaciones ni tentativas, así lo veía yo. De hecho, hay una anécdota referente al asunto. El editor, José Ángel Zapatero, me dijo que mi original le llegó tan limpio que la corrección fue insignificante, y eso se tradujo en un texto de contracubierta que decía que yo era “uno de los autores de narrativa breve más cuajados del actual panorama hispano”. Yo le dije a Zapatero que agradecía el elogio, pero que “cuajado” en mi tierra era sinónimo de “atontado” o “despistado” (“estás cuajao, chavea”). Se cambió por el más aséptico “interesantes”. Todos contentos. Y Zapata en la nómina de autores de Menoscuarto.

-A partir de este libro el cuerpo, los miembros, los sentidos… se vuelven especialmente interesantes en tus libros, si no lo eran ya, y de hecho una de las partes de este libro se titula Cuerpos extraños en la periferia del ojo (después serán las manos y posteriormente el oído…). Aparecen entonces temas graves que ya aparecieron antes, como la memoria y el olvido, la senilidad, la fragilidad que quizá avisa lo que en tus novelas aparecerá… ¿Por qué vuelves al cuento y qué destacas de este libro? Por ejemplo, que fue finalista del Premio Setenil, ahí es nada.

            Las historias de ‘Esquina inferior del cuadro’ demandaban un trabajo exhaustivo de personajes, algo que la síntesis extrema del microrrelato no me permitía. Uno debe adaptarse a lo que pide cada historia, no forzar el género para embutir lo que quiere contar. Es un libro cruel, porque muestra la flaqueza y la miseria de los orillados, los freaks, los inadaptados, los viejos, los mutilados que todos llegamos a ser en algún momento de nuestra vida. Pero no juzgo, no condeno, ni siquiera les ofrezco una coartada. Pongo una cámara y filmo fragmentos de sus vidas, como si acabaran de pasar azarosamente ante mis ojos. O les trazo esa atmósfera que muy bien apuntas de textos pictóricos.

           Por eso son cuentos que tienen un enfoque de pintor ante el lienzo o una visión cinematográfica, casi películas en blanco y negro y con apenas sonido. No me interesaba plasmar la figura del marginal literario, del arrinconado por la perversidad del sistema. Mis perdedores no son antihéroes porque no se perciben como víctimas de nada ni nadie: la derrota es lo que los otros ven, mientras que por su parte ellos viven dentro de formas inauditas de vindicación que les puedan ofrecer su particular momento de gloria warholiana. Ese es su triunfo. Personal, exquisito, quizá sólo visible para ellos, lo que no les importa lo más mínimo. Por esa misma razón, pueden ser adorablemente perversos, magnéticamente malignos.

-Aprovecha y sugiere títulos y escritores o escritoras de cuentos y de micros: quiénes te apasionan, quiénes te vuelven la cabeza del revés como lector, en lengua española o extranjera.

            Ufff. Cuando lo he hecho con autores españoles contemporáneos, siempre me he metido en algún lío por las inevitables omisiones, así que quien lea esto debe entenderlo como una aproximación, no como un canon. Aprecio mucho la obra breve de José María Merino, Eloy Tizón, Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Fernando Clemot, Andrés Neuman, Jesús Ortega, Ernesto Calabuig, David Roas, Hipólito Navarro, Trifón Abad, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Miguel Ángel Muñoz, Rubén Abella, Elena Casero, Cristina Cerrada, Pepe Cervera, Juan Carlos Márquez, Manu Espada, Patricia Esteban, Maite Núñez, Andrés Ortiz Tafur, Santiago Eximeno, Almudena Sánchez, Cristina Gálvez, Pilar Adón o Cristian Crusat. De allende la piel de toro destacaría a George Saunders, Ana Blandiana o Gonçalo Tavares.

Las dos novelas de Zapata: en breve publicará la tercera

-En 2014 irrumpes con tu primera novela y además, publicas en Candaya, editorial de referencia también, que edita Las manos, libro en el que consigues un personaje memorable, obsesivo y entrañable…

          Hasta el año 2010 consideraba que no era necesario escribir novela para tener una trayectoria literaria solvente. Pero me di cuenta de que en realidad era pánico a dedicar demasiadas horas a la literatura fuera de mi zona de confort y con la posibilidad de que ese esfuerzo no viera jamás la luz. Me propuse intentar el género de géneros pero con la premisa de que se me presentase un personaje rotundo, incontestable, de esos que te demandan contar su vida como si fuera la tuya.

           El desfile triunfal de la Selección tras la conquista del Mundial, la cara ausente de Fernando Torres en un plano furtivo de televisión y la posibilidad imaginada de que entre el gentío informe que aclamaba a los héroes surgiera un hombre de aspiraciones vulgares buscando una heroicidad que justificara el bostezo de sus días, esos fueron los ingredientes principales y casi azarosos que parecían destinados a encontrarse en el mismo plato.

          Y así nació Mario Parreño, detective amateur, perdedor indolente, neurótico, infantil, inconsciente, tierno. Había novela. Y Candaya, una editorial admirable que según la leyenda sólo publicaba obras singulares y arriesgadas, tuvo a bien ficharme para dar larga vida a mi obra. Una pasada para un novelista principiante y un riesgo editorial que mereció la pena, al menos para mí.

-De nuevo, la realidad y la ficción se entremezclan, así como el recuerdo, la interpretación e incluso la aventura…

              Sí, Juan, como te dije, ese es el leitmotiv de mi obra, breve o extensa, esa línea que desdibuja las fronteras entre lo lógico y lo plausible. La singularidad de Mario Parreño reside en que no es consciente de sus límites, de la pequeñez de sus medios. Es un tipo con gorra de ‘I love Picasso’, camiseta de la Selección y su multidiccionario ‘Idiomas en una hora’ que recorre medio mundo en pos de un trofeo robado, una suerte de grial neopagano y futbolero, y ni siquiera sabe cómo reservar una habitación de hotel. Es el triunfo del infantilismo contemporáneo, de la pérdida de identidad del individuo en pos de logros colectivos de naturaleza banal en los que cree afirmarse personalmente. Esa paradoja irresoluble que es el hombre actual y la idea de no ser más que la proyección de otros me parecían muy atractivas para desarrollarlas como ficción. Y también la concepción del recuerdo falseado como piedra angular en la construcción de un futuro improbable.

         Mario es un jodido fractal con corte de pelo en la peluquería de los chinos de su barrio. Que además sea amante del saxo de Sonny Rollins o el piano de Michel Petrucciani es circunstancial. Es un paria que cree ser un elegido.

-Nos hacen falta héroes y heroínas, búsquedas, objetivos, sueños, griales… Esperanzas en una palabra, ¿verdad? ¿Es la literatura uno de los caminos para vislumbrar algo de eso?

           No lo creo, Juan. La narrativa de la esperanza suele tener poca chicha literaria. Otra cosa es que los personajes de una obra vivan esperanzados o fiados a un milagro, como mi Mario Parreño. Pero el objetivo del escritor serio debería ser mostrar las aristas que se esconden detrás de cada proyecto ilusionante, desenmascarar la impostura de los planes perfectos de ese universo desconocido que conspira para hacernos felices.

           Sin embargo, ojo, esto no debe invitar a la gravedad acartonada en la literatura, todo lo contrario: el humor melancólico nos puede mostrar la miseria más abyecta pero dejándonos claro, muy a lo Manrique, que no importa mucho, que todo pasa. O que nosotros pasaremos y el mundo seguirá en pie.

-¿Cómo recuerdas la publicación de esta primera novela? Críticos como Ayala-Dip o Calabuig ya habían hablado de tu obra en términos de honestidad lingüística y sobre tu imaginación. Con la publicación de ‘Las manos’ se multiplicaron las críticas elogiosas para una primera obra larga e imagino que estarías contento.

           Si echo la vista atrás, recuerdo que recibí el correo con el “sí” de Candaya en el verano de 2013, inmerso en la escritura de mi segunda novela y esperando el nacimiento inminente de mi hijo, así que imagina mi estado emocional. Sentí que me hipervitaminaba como escritor, como hombre, como todo. Luego llegaron, sí, críticas elogiosas, pero también una constatación: publicar una novela no te cambia la vida, no se agolpan multitudes enloquecidas a la puerta de tu casa y ese vecino cabrón sigue mirándote con asco al salir del ascensor. En el mundo literario, eres otro tío más que ha publicado una novela. Pero yo sí me sentí realizado porque se ponía la primera piedra de un proyecto novelístico de largo aliento y la recepción fue muy satisfactoria.

           En la fiesta del X aniversario de Candaya se hizo una pre-presentación de ‘Las manos’ y fue precioso estar junto a numerosos lectores y compañeros de editorial en ese casi bautizo: Jorge Carrión, Carlos Skliar, Sergio Chejfec, Carlos Vitale, Eduardo Ruiz Sosa, Miguel Serrano Larraz y Agustín Fernández Mallo por videoconferencia… La vida se justifica también con momentos así. Todo pasa, pero joder, la memoria no.

-En 2016 recalas en Talentura y de la mano de Mariano Zurdo publicas Voces para un tímpano muerto, un espectacular regreso al microrrelato: es un libro para disfrutar y para aprender, pues vuelves a tocar todos los temas, utilizas multitud de técnicas…

           Mariano Zurdo es un editor heroico, admirable. Construye un palacio con una caja de cerillas. Y se mostró dispuesto desde el primer momento a incluir en el libro los collages prodigiosos de mi padre, fundamentales en la concepción de la obra como objeto físico.

           Creo que ‘Voces para un tímpano muerto’ culmina mi proceso creativo dentro del género ultrabreve, aunque en el volumen se mezclen microrrelatos, cuentos de mayor extensión, poemas en prosa, reflexiones metafísicas… Como dices, el laboratorio se expande y me sentía con ganas de experimentar. Cuando dominas la técnica, te quitas el corsé de las dudas y las inercias del género, desaparecen los lastres de las deudas y “lo que debe hacerse”. De hecho, una de las apreciaciones críticas más elogiosas que me han hecho es la de considerar que lo que yo hacía no era estrictamente microrrelato, sino otra cosa ajena a los condicionamientos del molde genérico. Supongo que sólo así se pueden dar las condiciones idóneas para escribir fábulas sobre una anciana que riega macetas llenas de pollas, la madre que acuna a su bebé-oreja o una muralla hecha con niños para detener una inundación.

-Lo bizarro, lo onírico, la libertad narrativa más absoluta, los temas dispares que eliges, la selección minuciosa del léxico, la impresionante capacidad imaginativa que posees, y todo ello, sin que se note la maestría de las herramientas que utilizas.

           Muchas gracias. Siempre hay bordes que pulir y textos que rematar mejor, uno siempre aprende, como en aquel grabado crepuscular de Goya. Pero supe que había cuadrado una obra decente cuando el maestro José María Merino hizo una reseña elogiosa en Leer, subrayando esos supuestos valores que dices. Aunar fondo y forma en equilibrio me permitió narrar sin límites, sin preocuparme por la verosimilitud de las historias ni por la corrección política de lo narrado, alimentando mi tendencia natural como autor a la extravagancia, lo raro, lo perverso, lo excéntrico y lo insólito. De hecho, no escribiré más microrrelato, he dicho todo lo que tenía que decir en el género, sea excelso o deficiente. Y contento por alcanzar con ese libro algo que bien apuntas tú: libertad. Mi forma de ser completamente libre no es escribir, sino escribiendo.

-Y llegamos a 2018, año de aparición de Arquitectura secreta de las ruinas, tu última novela hasta el momento, editada en Baile del Sol. De nuevo, un hermoso título que nos habla de decadencia, de acabamiento.

           Sí. Hay algo hermoso en la decadencia, en los estragos del paso del tiempo en las personas y las cosas. No me refiero a lo decrépito, sino a la posibilidad de leer las historias que se acumulan en las arrugas y las grietas. También me atrae la posibilidad de la reconstrucción tras cada derrumbe. ‘Arquitectura secreta de las ruinas’ es una obra a mitad de camino entre el informe pericial de un edificio en ruinas y la radiografía espiritual de la debacle o la reconstrucción de sus inquilinos. Quería indagar en la relación que existe entre las personas y los espacios físicos en que se desarrolla su vida, ese hilo umbilical con el tiempo como matrona. Sólo es posible un balance cuando algo llega a su fin, a su disolución última.

          Pero el título de la obra también nos avisa: dentro de cada desplome se encuentran las claves para interpretar la vida de aquello que se vino abajo, sea un edificio o una persona. Indagar en el fin de algo o alguien es conocer la verdadera naturaleza de sus orígenes, de su vida entera. Cartografías del desastre.

-Sin destripar el argumento, aunque lo importante es cómo lo cuentas, digamos que hay un bloque de viviendas donde viven personas: ¿qué o cuánto hay de Perec y ‘La vida. Instrucciones…’ (si es que hay algo)?

          ‘La vida. Instrucciones de uso’ es una obra monumental. Pero también lo es ‘Historia de una escalera’ de Buero Vallejo o ‘El condominio’ de Stanley Elkin. Y no menos apasionantes son las tiras cómicas de ‘13, Rue del Percebe’. O películas como ‘La comunidad’ de Álex de la Iglesia o ‘El fulgor’ de Craig R. Baxley. Todas ellas son obras en torno a las interrelaciones en una comunidad de vecinos, desde lo costumbrista a lo sobrenatural, de la crítica social al humor negro.

           A mí lo que me interesaba era crear para mi segunda novela una estructura asimilable a una escalera de caracol y situarme en su eje para ver las evoluciones piso por piso, inquilino a inquilino, confundir y mezclar sus alturas, sus confidencias, sus secretos confesables o no, atisbar en ese caracoleo engañoso, en el juego intercambiable de subidas y bajadas la forma en que cada personaje se crea y crea a los demás cruzando parte de su biografía con la de otros, de manera que sus identidades se desdibujan y su voluntad individual depende en gran medida de azares y voluntades ajenas.

           Creo que nos construimos de forma deficiente o discontinua, imposibilitados para un proyecto lineal y de una pieza. Nos hacemos a saltos, dejando huecos, fisuras y agujeros en nuestra biografía, como esos materiales porosos que generan con el tiempo amenazadoras grietas en los edificios de cimentación poco firme. La disolución o el derrumbe son inevitables.

-Entonces, la disolución de lo material y lo personal es lo que te preocupaba en esos momentos.

         Entre otras cosas, sí. Y cómo la fragilidad de nuestro entorno vivencial, paralela a nuestro derrumbe íntimo, pone en duda el sacrosanto derecho burgués de propiedad, pilar de nuestra cultura. Cuando la estabilidad de nuestras cuatro paredes se tambalea o se desploman los tabiques, ¿qué queda de ese proyecto de vida que parecía indestructible, cómo mantenernos en pie si se vienen abajo las muletas materiales que sostenían la propia identidad?

          La contemporaneidad fía tanto nuestra vida al sentido de propiedad y a la posesión que al desaparecer la seguridad de lo tangible (nuestra casa, pongamos por caso) quedamos también desposeídos de nosotros mismos, de nuestra individualidad. ¿Qué es entonces disfrutar de algo en propiedad, dónde está el límite de lo privado, qué principio universal garantiza o no su permanencia y cuál es su duración en el tiempo? ¿Qué queda del tallercito derruido en el semiático de Nicolás Maldini y en qué convierte su desaparición al que hasta ese momento era un solvente sastre argentino? Esta novela analiza esa naturaleza porosa y dependiente de apoyos externos propia de las sociedades nacidas y crecidas en épocas de bonanza que tocan a su fin. Y agradezco enormemente a Tito Expósito, uno de los más generosos editores que un escritor pueda tener, y a mi editorial, la luminosa e insular Baile del Sol, el respeto con el que trataron desde el principio una novela escrita en seis meses febriles por un tipo acojonado y emocionado ante el inminente giro que la paternidad iba a dar a su vida. Construí una obra sobre la destrucción de toda obra. Una paradoja bien rica.

-Has comentado en redes sociales que vuelves en 2021 a la novela: ¿puedes adelantar algo sobre el tema, el proceso de trabajo o algo que quieras y puedas comentar? Si no recuerdo mal, escribiste que cierra un ciclo junto a Las manos y Arquitectura…

            Así es. Esta tercera novela que publicaré en 2021 si la virología nos lo permite, cierra lo que podríamos llamar mi “ciclo de la degradación”, un tríptico sobre las diversas formas que adopta la degradación en nuestra cultura y que me ha llevado una década culminar.

            ‘Las manos’ se centró en la decadencia de los iconos y los símbolos representativos de nuestro tiempo como reflejo de la fragilidad identitaria. ‘Arquitectura secreta de las ruinas’ analiza el declive material y emocional de un mundo edificado para ser poseído antes de su caída inevitable. Y de esta tercera obra, que me ha llevado tres años de trabajo y estudio, puedo decir vagamente por ahora que es una fábula prospectiva sobre los límites autoimpuestos a nuestra libertad, los fundamentos del Estado, la perversión del concepto de soberanía popular, la deriva ideológica, política y económica de nuestra época, el lenguaje como manifestación engañosa del poder o la opinión pública como generadora de una nueva moral privada.

           Una vez que se publique la novela creo que habré dicho todo lo que tenía que decir con mis libros, sean chorradas catedralicias o alguna que otra perla lúcida. Depende de los lectores valorarlo. Y después, no sé. Tal vez vuelva a viajar. O me interese por la pesca.

(Voces para un tímpano muerto es el último libro de microrrelatos de Zapata hasta la fecha: en su interior encontramos unos deliciosos collages del padre del autor que convierten la edición en un objeto bellísimo.)

-No podemos terminar esta entrevista, si te parece bien, sin unas cuantas recomendaciones de novelistas y novelas.

             Entiendo que no hay restricción cronológica ni me pides actualidad. Así que nombro, de entre mis cientos de favoritos, ‘El aprendiz de brujo’ de Benjamín Jarnés, ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, ‘Celestino antes del alba’ de Reinaldo Arenas, ‘El tambor de hojalata’ de Gunter Grass y ‘Los helechos arborescentes’ de Francisco Umbral. Porque resumen mis aspiraciones literarias: imaginación, lirismo, ambición artística y libertad absoluta. Entendiendo que esos cinco tipos son inalcanzables, claro.

-Antes de retirarnos cada uno a sus aposentos, una facilita: ¿la literatura ha muerto?

            ¡No, qué va, está más viva que nunca! Pero hoy vive más allá de los libros, se multiplica como un virus: en las redes, en las tertulias televisivas, en la cola de gente separada por mascarillas y distancias de seguridad. Todo el mundo es escritor porque tiene en sus manos lo que tenemos los escritores: una idea y medios para hacerla de dominio público. Ahora el trabajo es arduo: separar nuevamente el grano de la paja, a los auténticos Homeros de los aedos de pega. Casi da pereza pensar en semejante trabajo hercúleo. Mejor yo sigo a lo mío: escribir y que otros me digan si sí o si no, Juan.

-Consejos breves para quienes quieran dedicarse al arte largo de la escritura.

           Paciencia y dos atuendos a vestir de forma alterna: ropa de diario para empaparse de gente en la calle y hábito de monje para volcar pacientemente esos apuntes del natural al procesador de textos, en la soledad del estudio o despachito o cuarto de los trastos. Espero, claro, que nadie tome esto de forma literal. Basta con que piensen que escribir es una pérdida de tiempo gozosa, como todas las cosas innecesarias y, por eso mismo, imprescindibles.

Muy agradecido por tu buenísima disposición y esperando tu novela quedo, querido Zapata. Un placer.

         El placer es mío, Juan. Mil gracias a ti por el trabajo ingente con el que radiografías a tus colegas de letras. Es difícil encontrar entrevistas tan minuciosa y profundamente elaboradas como las que tú haces. Has diseccionado de forma maravillosa mi trabajo creativo de dos décadas. Un abrazo en la distancia que hoy tanto has acortado tú.

Entrevista a Miguel A. Zapata

Entrevista a Agustín Márquez: sobre su novela ‘La última vez que fue ayer’, en Candaya.

De conversación amable y carácter conciliador, las ideas muy claras sobre lo que se nos ha venido encima, Agustín Márquez es y noes, como él mismo dice en la entrevista, muchas cosas: escribidor, ingeniero de telecomunicaciones, creador junto a otras dos amistades literarias la Editorial La Navaja Suiza…

Cuando iba a salir esta novela, en Candaya tuvieron que “fabricar” más ejemplares antes de la primera presentación porque lo había vendido todo. Su novela ‘La última vez que fue ayer’ es literariamente de una potencia salvaje a ratos, divertida y tierna: el barrio manda y los personajes crecen, viven y aman en él, como buenamente pueden.

-Agustín, muchísimas gracias por aceptar esta especie de entrevista. ¿Te parece empezar contando quién eres y a qué te dedicas?

Ahora mismo soy y no soy muchas cosas, tal vez demasiadas. Soy ingeniero de telecomunicaciones, y a ello me dedico. Por otra parte, soy uno de los editores de La Navaja Suiza, un proyecto que comenzamos hace dos años y medio, en el que vamos publicando basado en nuestros gustos lectores, por eso publicamos tanto en castellano como traducciones. Y por último, de momento no me atrevo a decir que soy escritor, al menos por ahora, prefiero decir, como dice mi sobrino, que soy escribidor. Por supuesto, esto que digo ser no está en orden de importancia.

-Cuéntame cómo se da el paso a dedicarse a las letras, tener un blog, fundar una editorial, publicar una novela… ¿qué te queda por hacer?

Me quedan por hacer muchas cosas, casi todas. Esta es la suerte que tenemos, que podemos hacer innumerables cosas e interesantes. Pero por no salirme por la tangente, lo que ahora mismo me queda por hacer, o más bien, lo que quiero hacer es dar continuidad a mis proyectos de letras, tanto al de escritura como al de edición.

-Alberto Olmos en Zenda hace poco te ha realizado una entrevista en la que comenta la tardía publicación de tu primera novela, respecto a las edades y formación de otras figuras literarias: es importante leer, formarse, conocer… ¿no te da la sensación de que la prisa y la fama acompañan demasiado a la literatura última?

Lo de la fama… creo que es un error hacer algo, ya sea escribir u cualquier otra actividad, pensando en la fama. Sobre las prisas, estoy de acuerdo contigo, hoy en día no solo pasa con la literatura, ocurre con todo, tenemos prisa, aunque si preguntásemos a las personas que para qué tienen prisa posiblemente no sabrían que contestar. Y no me refiero a las prisas para coger al autobús. Vivimos en un momento en el que a la gente les parece que esperan demasiado tiempo para que se caliente una Nespresso, o que ver un anuncio de treinta segundos de Youtube es algo inaceptable, cuando antiguamente nos tragábamos sí o sí entre cinco y diez minutos de anuncios. Esto que puede parecer una tontería, creo que afecta, y bastante, a la paciencia. Estamos aprendiendo que todo ha de ser inmediato, y si no es inmediato no es bueno. Creo que hemos pasado del utilitarismo al inmediatismo, es decir, es bueno porque es inmediato.

-Te lo decía también porque hay diferentes técnicas, perspectivas… en tu novela: y eso es algo que es premeditado, no por obra del espíritu santo o la inspiración (tan de moda también).

Posiblemente los genios tengan esa inspiración, pero los que no lo somos tenemos que echarle a lo que hacemos pasión y perseverancia. No veo que haya otra forma de conseguir algo.

-En la presentación de Granada, Alejandro Pedregosa y tú matizasteis que a pesar de ser una novela de barrio, con sus toques sociales, no solo es una novela social.

No está escrita con la pretensión de una novela social, sin ser esto ni bueno ni malo. Ahora bien, como la acción ocurre en un espacio y un tiempo en el que los cambios sociales fueron importantes, los temas sociales atraviesan la novela.

-La novela adquiere tintes duros de vez en cuando. La vida es así y te acercas al realismo pero el tratamiento es diferente, ya que utilizas el humor, la distorsión… ¿se acerca uno mejor a la verdad mediante la ironía y la hipérbole?

He intentado acércame a la realidad tal y como la recuerdo. Es decir, en la vida no existe la tristeza o la alegría de forma continuada, hay momentos alegres que a veces se ven interrumpidos por momentos tristes, y viceversa. Eso es lo que he intentado plasmar en la novela, esos momentos que considero auténticos.

-El anonimato de los personajes es fundamental durante la historia: ¿puedes contarnos algo más sobre tu intención al no nombrar a quienes desfilan por ese barrio?

La intención está relacionada con la idea subterránea, que es la del progreso. Si algo nos ha traído el progreso es la cosificación de las personas y la personificación de las cosas. Por eso, las personas no tienen nombre (incluso Yessi al principio era Chica A, pero decidí ponerle un apodo para que no pudiese haber confusión entre Chico A y Chica A), y los únicos que tienen nombres son el perro y el pez.

-Me interesó mucho escucharte hablar sobre el progreso: los barrios cambian, las personas mutan pero el futuro ¿es como nos lo imaginábamos?

Sería hipócrita decir que el progreso no ha traído cosas positivas; sin embargo, tampoco creo que el progreso sea la panacea, es decir, el progreso ha dejado en la cuneta a muchas personas que no han sabido amoldarse a la velocidad a la que el progreso avanza. Esto se deja entrever en un momento de la novela donde dice: «El barrio continúa progre- sando, como si el progreso fuese una máquina de apartar nieve, avanza a velocidad constante sin importar la nieve que se queda a los lados».

El arranque la historia promete…

-La educación es otro tema que apuntas mediante varios ejemplos en el libro: ¿podemos ser optimistas y pensar que leer, formarnos… nos puede ayudar a sobrevivir? ¿Está tan equivocada la gente que solo piensa en hacer negocio, que también aparece en varias partes del relato –para sobrevivir-, y ganar más y más dinero –por codicia o hábito?

Siempre he pensado que he sido (o soy) muy idealista con el tema de la lectura y la formación, pero cada vez estoy más convencido de que no es idealismo, sino que lo que pienso es así, es decir, leer nos hace ser menos manejables, menos moldeables, al menos, nos permite darnos cuenta, poco o mucho, de lo que están haciendo con nosotros. A veces en los medios o en los discursos de los políticos lanzan alguna frase a modo de titular que parece decir algo y en realidad no están aportando información, pero no nos damos cuenta. Creo que leer nos permite leer entre líneas y darnos cuenta de estos asuntos. Como digo, leer al menos nos sirve para ser conscientes de que nos están engañando.

-La religión en España es un tema candente que aparece y desaparece. Hay otras tendencias que amalgaman a los habitantes de una zona o una barriada. ¿El poder condiciona que nos juntemos, que tengamos reuniones y discutamos sobre posibilidades de mejora o son los condicionantes tan fuertes que al final no sirve para nada? Pienso en el 15M, sus consecuencias y los resultados de hoy.

El capitalismo es el poder de hoy en día y se enfoca en el individuo y no en el grupo. El capitalismo no podría sobrevivir sin las individualidades. Siempre cuento que en el bloque de vecinos donde crecí había una máquina taladradora para todo el bloque. Ahora eso ya no es posible, porque el capitalismo necesita que cada uno tengamos nuestra máquina, si no, el capitalismo no se sostiene.

-Todo lo que cuentas, en mi opinión, está convertido al lenguaje literario: utilizas metáforas, imágenes, descripciones divertidísimas… pero no dejas de comunicar en ningún momento. ¿Qué referentes tienes para construir tu discurso literario sin apartarte de la comunicación?

Me gusta mucho Ángel Gabilondo, el filósofo. Como político no puedo opinar mucho sobre él, pero como comunicador me parece excelente y para mí es un referente.

-Nos ofreces un compendio de ‘El perfume’ parece: ¿puedes decirnos por qué es tan importante el olfato en las vivencias de los personajes?

Creo que tengo un trauma con el olfato, y eso hace que este sentido sea muy importante para mí, fundamental, por eso introduje ese trauma en el narrador de la novela. Aparte, el olfato me hace rememorar situaciones que no consigo con otros sentidos. El olfato es un sentido muy intenso, para lo bueno y para lo malo.

-Esa deshumanización que en algunos momentos muestras, mediante el olvido, los cambios de los lugares y las metamorfosis personales… ¿crees que ha concluido o está en proceso? Pensaba en Boris Vian cuando animaba objetos y el punto de vista cambia de la persona al objeto: ¿el supuesto progreso nos permite la contradicción de conceder más importancia a las cosas que a las personas?

Pues de momento creo que vamos a más, así que no creo que haya concluido. Cuándo concluirá, espero que pronto.

Contraportada

-Añade si quieres algo más, Agustín, como si tienes futuros proyectos tanto de La navaja suiza, tu editorial o si hay algo ya rondando en tu mente como autor.

Como autor ando metido en un segundo proyecto, que tenía más o menos centrado, pero ahora se me ha metido un narrador en medio que va a cambiar un poco el texto. Esto es algo que me gusta mucho, para mí es lo bonito de escribir, cuando el propio texto vuelque tus ideas.

Sobre La Navaja Suiza, en septiembre publicamos la primera novela de William H. Gass, La suerte de Omensetter. Nunca he dicho de nuestros textos que sean obras maestras, más que nada porque tengo mucho respeto a utilizar este apelativo sobre cualquier texto, se utiliza demasiado a la ligera; pero en el caso de La suerte de Omensetter, tengo que decir que es una auténtica obra maestra.

En octubre vamos a publicar a una autora novel de nacionalidad ecuatoriana, Natalia G. Freire. Su novela tiene por título Nuestra piel muerta. Es una obra breve, pero tiene embrujo y unas imágenes vívidas que te dejan poso. En cuanto la leímos los tres tuvimos claro que queríamos publicarla.

-Gracias por tu tiempo, Agustín, y muchísimo ánimo con lo que te propongas.

Entrevista a Agustín Márquez: sobre su novela ‘La última vez que fue ayer’, en Candaya.

Entrevista a Patricia Esteban Erlés (A propósito de ‘Fondo de armario’, Editorial Contraseña).

Patricia Esteban Erlés, foto de Josián Pastor

Patricia Esteban Erlés nace en Zaragoza en 1972, es profesora y escritora: ha tocado el cuento, el microrrelato y la novela y en los tres géneros ha conocido las mieles del triunfo. Su última obra, una apuesta de Editorial COntraseña, se titula ‘Fondo de armario’, lleva una pedazo de ilustración de cubierta de Elisa Arguilé y es un hermoso libro donde se recogen algunas de las columnas que publica en el Heraldo de Aragón, donde como veremos, habla de todo lo que le gusta, detesta, apasiona o sorprende: feminismo, educación, literatura, defensa de los animales, violación de los derechos humanos, arte, música, cine… parece que nada escapa al interés de una mujer preocupada por lo que le rodea, consciente de la situación actual y el mundo en el que vivimos y con muchísimas ganas de transmitirle a su alumnado recursos y herramientas para pensar por sí mismo y defenderse ante el mundo que llega.

-Querida Patricia: vaya ‘Fondo de armario’ que tienes: no hay mejor presentación que la contraportada de tu libro, en la que escribes que ciertos ropajes, estilos, tonos y armas se repiten.

Muchas gracias, Juan. Es un texto el de la contraportada que define lo que puede encontrarse dentro del libro antes de abrir el armario que en realidad es. Se me ha dado la posibilidad desde Contraseña de elegir las prendas que quería mostrar a modo casi de manifiesto personal. Lo que pienso, lo que siento, lo que percibo al mirar a mi alrededor. Hay “ropa” que me define como ser social, como individua que vive en un determinado tiempo y en ocasiones se rebela contra lo que ocurre o aplaude a determinados héroes de lo cotidiano porque muestran justamente la actitud vital que más admiro: la rebeldía justificada. También prendas más personales, que tienen que ver con mis gustos, mi admiración hacia determinados hombres y mujeres que han ido conformando una mitología íntima para mí. Me alegra que te guste.

-El Heraldo de Aragón es el medio en el que escribes. Las personas que lo leen: estarán contentas contigo, ¿no?

Habrá de todo, imagino, creo que los lectores y lectoras de periódicos  vamos encontrando en ellos aquellas voces que sentimos próximas. La columna de opinión es un espacio que te permite mostrarte en una versión exprés de ti misma, son muy poquitos caracteres pero procuro que cada texto sea significativo, que me represente. Me pasa con frecuencia que en charlas o en las ferias del libro se acerquen personas a las que no conozco para saludarme y hacerme saber que me leen cada semana. Esa fidelidad es conmovedora y reconfortante, porque realmente quien escribe no sabe nunca si hay alguien al otro lado hasta que ese público lector te comenta que está ahí, que a veces recorta una columna para uso y disfrute propio o, en el caso de colegas profesores, la llevan a clase y la comentan con sus estudiantes. Siempre defiendo que la literatura es diálogo. Cuando conversas de esta forma con tus lectores y lectoras, si tu voz llega aún más lejos gracias a que difunden el racimo de palabras que cabe en ese espacio quincenal del que dispongo en Heraldo, me siento plenamente satisfecha.

-Editorial Contraseña ha creado una belleza de libro con ilustración de portada de Elisa Arguilé. Cuenta lo que quieras de esa híbrida y maravillosa criatura cérvida con tacones.

Así es. Elisa Arguilé es una talentosa creadora aragonesa que en cada una de sus obras es capaz de crear una red de sentido a partir de una ilustración. Es habitual en las cubiertas de Contraseña encontrar su trabajo, que siempre encierra un pequeño enigma, una clave que debes desentrañar. En el caso de mi gacela, Elisa reflejó claramente la importancia que tiene en el interior del libro la figura del frágil, del personaje vulnerable, de aquel o aquella que puede convertirse en víctima, en “presa” de predadores varios. Esa gacela que mira al frente es cualquier indefenso, cualquier mujer, niño o niña, cualquier animal maltratado en este país supuestamente desarrollado pero que todavía no ha encontrado, o no ha aceptado que necesita, mecanismos para controlar y penalizar la violencia que se ejerce sobre colectivos que aún, y es lamentable decirlo, necesitan protección. Pero creo que además esa pequeña gacela mira desde la confianza y la resistencia, mira plantado cara a quienes se acercan al  libro, casi como en una toma de postura, casi interrogándoles. “¿Qué vas a hacer ante esto, cómo vas a actuar ante lo que se te cuenta en estas páginas?”, me da la sensación que pregunta. Me gustaría mucho que cada persona que lee Fondo de armario fuera capaz de responder de alguna forma a esta gacela preguntona. Por otro lado, esa naturaleza híbrida, esa apariencia a medio camino entre el animal y la mujer puede explicarse también. La falda estrecha, los tacones altos, son los impedimentos que no dejan a cualquiera de esas víctimas sociales echar a correr, librarse de sus verdugos, escapar ilesa. Es una obligación moral de todos y todas, creo, facilitar instrumentos de defensa a quienes los necesitan tanto, en lugar de ponerles trabas. 

Como comentábamos hay temas que te preocupan y eres capaz de inflamar dulcemente tu voz en algunos pero en otros no: ¿cuál es el límite de la columnista?

Supongo que en ocasiones me puede la pasión del momento, la cercanía de una noticia, su impacto emocional, lo que me lleva a escribir como desahogo. Entonces la columna es alguien que me escucha y al que le puedo contar mi rabia, mi tristeza, el dolor que causa el abuso del indefenso, el asco que me produce la injusticia tolerada, normalizada por la sociedad, compuesta por ciudadanos respetables y no azotados por esas situaciones, que, me incluyo, tantas veces nos limitamos a encogernos de hombros. Otras veces he descubierto que el mejor tono para escribir es una aparente frialdad, la distancia que te permite mirar y contar sin que se interpongan filtros. De alguna forma cuando redacto una columna entran en juego diferentes parámetros, el tema, el tono, yo misma, que se van combinando y dan diferentes resultados.

-Imaginabas mundos, infancias, amores y adolescencias: ¿tenías fe en tu escritura al empezar a publicar? ¿Hay actos de fe en esto de escribir, es trabajo, inspiración…?

Tenía unas interminables ganas de contar. Mi afición favorita siempre ha sido que me cuenten y contar. No hay nada más placentero para mí que sentarme y dejar que la escritura fluya hacia alguna parte que casi siempre desconoces. Y desde luego cuando alguien me relata una gran historia, un cuento acerca de su vida, una anécdota que quizás le parece trivial, siempre ando a la caza de detalles, de personajes, de tramas. Más que fe yo lo llamaría una circunstancia necesaria, algo sin lo que mi vida sería desde luego mucho más aburrida.  Publicar es un escalón que subes después, cuando querías escribir y has escrito. Nunca me lo he planteado como objetivo central, es algo que se dio, que ha sucedido y que me ayuda a seguir, porque el diálogo que entiendo es la literatura se completa cuando encuentras a un lector al otro lado de tu libro. Sin el trabajo previo, sin la angustia, el bloqueo, la historia que se te despista o se esconde, sin la ilusión, la fiebre que te invade cuando sabes que ya la tienes, que es tuya, escribir sería menos divertido, menos apasionante, menos adictivo. Pero es necesaria también esa revelación que ocurre a veces, ese leer una palabra o ver a un desconocido en un café haciendo un gesto, mantener una conversación telefónica, que hace que sepas que ahí está alguien que merece ser contado. Y junto a todo ello, la suerte, la dosis exacta de fortuna o azar que hace que a un libro le vaya bien en ese camino que empieza cuando tú entregas las pruebas corregidas al editor y te separas de él. 

-Las mujeres siempre, las niñas, las actrices, las escritoras, las protagonistas femeninas.

Sí, pero si supieras que ni siquiera hay una voluntad consciente de hablar de ellas en exclusiva. Me ocurre que desde hace años leo, sin habérmelo planteado como tarea, a muchas más autoras que autores. Y que seguramente en sus universos encuentro puntos en común, lugares interesantes que analizo mientras disfruto de la lectura. Por otro lado, me salen al paso infinidad de casos reales protagonizados por mujeres que viven situaciones extremas, que mueren a manos de un agresor, o que mueren metafóricamente como creadoras porque no se les da el prestigio, la zona iluminada que merecerían. De esta forma lo no intencionado y la repulsa, la tendencia natural que me lleva a hablar de ellas, junto con la protesta hacia cualquier violencia ejercida sobre la mujer simplemente por serlo, es lo que hace que predomine como asunto nuclear de mis columnas, pero también de mi novela o mis cuentos.

-Una de las maravillas que cualquiera puede encontrar en los textos son el par principio-final: abres y cierras como una auténtica maestra del interés, la curiosidad y el informar. ¿Quiénes son tus referentes en estas enormes reflexiones breves?

Quizás ese interés por el principio y el final eficaces  tenga que ver con mi filiación al microcuento, que es un género que no puede permitirse desperdiciar ni una conjunción. El efecto que produce el inicio y la conclusión en una historia que avanza contra el tiempo y el espacio es parecido al que busca producir cada una de mis columnas. Una frase de arranque que haga que el lector decida quedarse contigo las líneas que siguen. Un final de viaje que le  lleve a pensar que valió la pena. Yo dispongo de 1750 caracteres y ahí debe estar contenido todo lo que quiero contar. Podría decirte que hay muchos autores de microrrelatos que parecen partir del mismo angustioso límite, por lo brillante que es su capacidad de síntesis que no tiene nada que ver con la simplicidad, sino con la sugerencia, con la sustancia narrativa oculta, con el misterio de la elipsis que el lector es el encargado de resolver. Cuando lees un texto hiperbreve hay muchas palabras que no se han dicho y sin embargo están. Cuando acabo una columna quiero pensar que dejo al lector completando el sentido por su cuenta. En ese sentido, me valdría cualquiera de los grandes nombres del género, como Arreola por ejemplo, para responder a tu pregunta acerca de referentes. Ya en el medio propiamente periodístico podría nombrarte a autoras muy interesantes, como Leila Guerriero, que en sus crónicas hibrida muy bien la autobiografía con la actualidad, contando historias muy breves que tiran de ti desde el título, o en Aragón Cristina Grande, una gran autora de relato que usa la sutileza, el final abierto, como reclamo, e Irene Vallejo, que mezcla pasado y presente en unos textos adictivos en los que un ejemplo del mundo clásico sirve para establecer un paralelismo con algún asunto contemporáneo. Ambas son columnistas en Heraldo y unas maestras en el arte de agarrarte de las solapas y arrastrarte al interior de sus textos.

-Hay una posición clara respecto a la belleza impostada. Tu énfasis es terrible en pos de la naturalidad, el envejecimiento sin operaciones recauchutadas… ¿hay alguna manera de contar una vejez digna?

Deberíamos encontrarla si no partiéramos de la idea de que lo mejor de la vida ha pasado y de que en la última etapa no puede darse una evolución, no hay proyectos, emociones, vida que merece la pena disfrutar. El problema parte de ese culto a la juventud como época gloriosa, de esa simplificación del valor de alguien por su aspecto físico, la tersura de la piel o la belleza de un cuerpo. Pareciera que nada memorable ni enriquecedor puede ocurrir cuando ese periodo acaba y el mundo del espectáculo es un ejemplo claro que yo trato en mis columnas, muy gráfico, pero no el único. Resulta difícil en el caso de la mujer conseguir un papel protagonista a una determinada edad. Da la sensación de que las actrices estén condenadas a desaparecer del mapa cuando envejecen, de que la vida de una mujer madura o directamente anciana no puede resultar de interés. Y eso lleva, en el cine pero también fuera de él, a intentar que la juventud sea más larga, que la vejez no llegue nunca a golpe de bisturí. Admiro la belleza de las arrugas que no ocultó Audrey Hepburn, por ejemplo, su dignidad al afrontar el paso del tiempo. Continuó siendo hermosa y atesoraba toda una vida de experiencia, pero ellas, en general,  lo tienen más difícil que sus compañeros, que siguen encontrando su hueco en los repartos, papeles interesantes, como los que protagonizó Paul Newman en la recta final de su vida. El hombre técnicamente más guapo del mundo del cine pudo despedirse de su profesión como un actor formidable. Ninguna edad de la vida del ser humano es poco interesante, nos concierne el paso del tiempo como tema, como asunto filosófico y artístico. No tiene sentido hacer como que no ocurre, como que no envejecemos del mismo modo que una vez crecimos y otra maduramos. Ese veto a la vejez se proyecta a la vida de las mujeres en todos los ámbitos y no debería suceder.

M.M es un texto sobre una fascinante mujer como fue Marilyn Monroe que también fascina a Esteban Erlés. Casualidad que otra mujer sobre la que escribe y a quien admira muchísimo sea María Moliner, cuyas iniciales son las mismas que las de la actriz.

-Te lo preguntaba porque para tratar cualquier tema, recurres a la palabra y sus recovecos, su enseñanza como profesora, su práctica como ficción ya que eres cuentista, y hasta llegar a este libro en que la usas para opinar y posicionarte en ciertas latitudes, crees que es la mejor de las armas que poseemos como animales racionales.

Sin dudarlo. La palabra es el arma más eficaz con la que contamos, para ordenar nuestro mundo interior, para expresarlo, para protestar, para reivindicar, para gustar, para atacar, para ser. Siempre les digo a mis alumnos y mis alumnas que pensamos con palabras, que las necesitan para muchos más cometidos de los que creen, que deben aprender a valerse de ellas para defenderse, para matizar, para negar o afirmar, para argumentar. Cada acto de nuestra vida es puro verbo. No tenemos por qué desperdiciar o infravalorar ese tesoro que es el lenguaje.

-La defensa de los animales que no hablan como nosotros pero se comunican. Algo que se nota al leer tu libro: ¿somos conscientes de lo que puede aportar un perro, un gato respecto al daño que se le hace a un caballo porque no gana una carrera?

Creo que los animales son nuestros compañeros de vida. Se les trata muchas veces como objetos, como instrumentos y eso me cuesta soportarlo. Yo los veo como secundarios de lujo, como vidas que acompañan las nuestras. No confiaría nunca en alguien que maltrata a un animal porque esa vileza revela un fondo siniestro, una crueldad gratuita, extensiva a otros seres. Querría en especial que en nuestro país se empezara a tomar en serio que la cobardía y la maldad del maltrato animal merece penas estrictas y todo un proceso de reeducación en el respeto. Mi galgo aún tiembla de miedo en la calle, cuando ve a un hombre con algo en la mano. Ese terror se lo ha producido alguien porque sí, porque seguramente no es capaz de sentir algo al mirar a los ojos a un perro, porque necesitará tal vez sentir que en algún lugar, con alguien, es el amo de la situación. Me parece intolerable, miserable, que se mire a otro lado, que no se detecte la gravedad del problema que padecemos en España, lo atrasados que estamos en algo tan elemental como el respeto a cualquier criatura. Me avergüenza que se llame espectáculo a una matanza lenta y perversa de un becerro, que se llame tradición a las corridas de toros o a la matanza de cerdos. Me aterra el nivel de perversidad, la ingeniería del mal que se aplica en mataderos, en granjas. Y hay pocas cosas tan espantosas como el final que espera a miles de galgos al final de la temporada de caza.

-Querría saber tu opinión sobre las redes sociales. ¿Cómo llevas lo de que cualquiera pueda hablar sobre cualquier tema? ¿Es democracia, tiranía o el bienestar que pretenden desmontar unos sectores, tan defendido por otros?

Creo que internet ha concedido un terreno de libertad inaudita que muchas veces se utiliza mal, para dañar, para atormentar, para abusar de otros. El insulto, la difusión de imágenes privadas, los bulos… Hay todo un repertorio de conductas inaceptables que devienen de esa falta de límites, de la facilidad con la que accedemos a un mundo dentro de nuestro mundo, muy poderoso, útil tantas veces y productivo si se suman fuerzas. Pero este poder  infinito tiene la contraprestación de una impunidad también infinita.

Una de las columnas más tremendas escritas por la autora donde narra la historia de un caballo que no llegó
primero a la meta.

-¿Qué te sugieren plataformas como youtube, liveleaks…?

Apenas las conozco, la verdad, la primera en todo caso para escuchar música de fondo mientras trabajo. No soy adicta a ningún youtuber ni consigue interesarme demasiado. Observo con curiosidad los efectos que despiertan en las nuevas generaciones, quizás porque logran empatizar con esa necesidad de ser visto, fotografiado, a tiempo real. Casi todo el mundo parece tener algo fundamental que decir, que enseñar, que compartir, con una cámara delante. Creo que muchas veces eso convierte la información en trivial, se le concede un espacio insólito a actos banales de la vida, a rituales cotidianos. No soy lo suficientemente “voyeur” para hacerme adepta de ese nuevo canal de comunicación que casi entiendo más como mera exhibición, la mayoría de las veces.

-Es importante, porque escribes sobre algunos medios, como si te fuera la vida en ello, por lo que dicen y sobre todo, por cómo lo dicen. ¿Seguimos pensando que lo que se cuenta es más importante que cómo se cuenta?

Creo que los medios están pervirtiendo en muchas ocasiones su función. Hay intereses que hacen que la información sea un instrumento de poder y que se “photosopee” a voluntad lo que se cuenta y cómo se cuenta. Esto deja al espectador, al lector, al usuario de internet, en una indefensión e incertidumbre absoluta. Muchas veces no sabemos cuál es la verdad, o qué parte de ella se muestra o se oculta. Ya en un plano lingüístico, el maltrato que sufre la palabra en beneficio de esta dictadura de la imagen como explicación autosuficiente me parece preocupante. Titulares ambiguos, faltas ortográficas sangrantes, inexactitudes… Todo vale con tal de ser el primero que lanza la bomba informativa.

-Metámonos en honduras si no lo estamos ya: ¿feminazis, feministas o “yo no soy ni feminista ni machista” como alguien de la clase política quiere darnos a entender?

Soy feminista porque creo que no se puede dejar de serlo en un mundo donde cada derecho, cada libertad, no se da por supuesta, sino que ha habido que  conquistarla (y así seguirá siendo, me temo), enfrentándose a una oposición frontal por parte de un sistema que se ha basado en el desequilibrio entre los sexos para monopolizar el poder. Cada vez que hablo con una amiga, con una compañera, acerca de episodios en los que hemos sufrido el  machismo de alguna manera me doy cuenta de hasta qué punto es algo general, algo que nos ha afectado en asuntos tan simples como los juegos infantiles, la ropa que usamos, las palabras que empleamos y las que nos son vedadas, las conductas que mantenemos con miembros del sexo opuesto, la concepción del amor, la maternidad, el trabajo… Y podría seguir. Vivimos en un mundo en el que se nos concedió un lugar secundario cuando somos tan primordiales, tan protagonistas, como el varón. Y no debemos permitir que se nos haga creer lo contrario.

-Hay una lucha desde tus escritos por enseñar sin dogmatismos: expones casos de violaciones, abusos y maltratos. ¿Cómo es que no se impone la lógica de una vez en ciertos temas? En el 8M uno de los lemas era “El patriarcado me da patriarcadas”. ¿Cómo no ponerse de acuerdo en algo básico como es la violencia machista? Hablo de partidos políticos, claro.

Creo que todos y todas hemos recibido una educación patriarcal de la que cuesta librarse. O de la que no interesa librarse, porque de esta forma se hace perpetuo un modo de entender las relaciones humanas basado en el poder de unos sobre otras. Y hay partidos que presumen de su visión tradicional, que rechazan frontalmente que existe un problema llamado violencia de género, así, con toda su desvergüenza del mundo.

-No puedo terminar esta sarta de preguntas que tan amablemente contestas sin decir que las metáforas, las imágenes y los símiles, acompañan las descripciones y las situaciones que comentas: ¿es la literatura el camino, o al menos tu camino para defender, atacar o compartir?

La literatura es una de las grandes felicidades de mi vida. Creo que es primordial entender que contar la realidad no tiene por qué implicar descuido en la forma, ni un desdén de la belleza formal. A mí me atrapa el ropaje en que está envuelta una historia, su textura verbal, igual que el propio fondo, que el asunto del que habla. Defiendo que eso se puede hacer en periodismo, ofrecer un contenido usando una metáfora, cuidando los adjetivos, la tensión de la prosa, haciendo que suene bien incluso un mensaje meramente informativo. Sin perder de vista la claridad, la necesidad de que se entienda, pero sin caer en la simpleza o la incorrección.

-‘Silencio de mujer’ es la hermosa pieza narrativa que abre el libro: con tu permiso recomiendo emocionado ‘Nagore’, ‘Bowie’, ‘Casa de muñecas’ y ‘Follarse a alguien’. Sin olvidar ‘La dama de los monstruos’ en la que hablas de Diane Arbus. Como ves, esto no ha terminado: ¿qué textos son los que más te han elogiado y cuáles son tus preferidos –si es que puedes elegir entre tantas criaturitas?

A mí me gusta mucho M.M, la semblanza que escribí sobre uno de mis mitos más queridos, Marilyn Monroe. Me gusta el repaso a datos de su vida que siempre me han estremecido y que reflejan que nunca dejó de ser una criatura desvalida, una niña de orfanato a la que nadie se llevaba a casa, una joven despampanante en un mundo en el que se obvió su inteligencia, su sensibilidad y talento, una mujer deseada pero nunca amada del todo que murió sola, aferrada a un teléfono. Capote, uno de mis escritores favoritos, escribió un cuento sobre ella con una ternura casi paradójica en un mal bicho como él que me sirvió de modelo. Hay otras muchas columnas que me gustan, como la dedicada a María Moliner, que demostró cómo una mujer es capaz hasta de construir un diccionario ella solita, sentada en su jardín, con toda la paciencia y la ambición de saber del mundo. Me gustan aquellas en las que denuncio el silencio como arma mortífera que nos ha anulado durante siglos, que ha opacado nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de trabajo, nuestras inquietudes, nuestra creación. Esas me parecen, sin duda, las más necesarias.

“Las palabras casi siempre cuentan una historia…” frase inicial de la autora
para la contraportada.

-Homenajeas a mujeres capaces, criaturas hermosas y elegantes damas del celuloide; nombras atroces actos cometidos contra vosotras y matizas frustraciones de algunas por los sometimientos de la época y el poder masculino que les tocó vivir. Le pegas duro a los violadores, a la ignominia de no aprender o al desprecio de la cultura y la lectura, criticas a los maltratadores de animales y no dejas de acordarte de Mary Shelley, los monstruos, lo horripilante, la belleza, la literatura como discurso sutil de la memoria para no repetir ciertas abominaciones…  ¿qué es lo que no le interesa a Patricia Esteban Erlés?

Pienso que casi todo puede interesarme, hacer que surjan preguntas, búsqueda de respuestas. Cuando un tema tiene que ver con el ser humano siempre encuentro un aspecto que me parece atractivo, sugerente. Todo lo bueno y lo malo, la suma de luz y sombras que somos me atrae. Prefiero creer que somos más luminosos que oscuros, pero en el mal, en la perversidad, encuentro un ingrediente que nos define, que es parte de nosotros mismos. Que es necesario admitir hasta para combatirlo. Podría decirte que no me interesa el fútbol, pero si pienso en un partido contado por Valdano, que casi convertía en literatura la retransmisión de una jugada,  eso ya no sería cierto. Si me planteo la pregunta de qué tiene ese juego para resultar tan trascendente me encuentro sin más interesada en ello, en su potencia colectiva, en su parecido con la guerra, en su capacidad para calmar dolores o preocupaciones y convertirse en el centro de la vida de mucha gente. Así que cualquier día me ves hablando de un mundial.

-Disculpa si ha sido más larga esta entrevista de lo normal: muchos son tus intereses y aprovechando que has sido tan amable, quería compartir con quien lea esto, las curiosidades que surgen de mi lectura. Gracias eternas.

-Gracias a ti, siempre, por tu lectura tan detallada y las preguntas que me han hecho pensar tanto en el porqué de algunas cosas.

Entrevista a Patricia Esteban Erlés (A propósito de ‘Fondo de armario’, Editorial Contraseña).