ÁCIDO V

Sonidos de cavernas, huesos, rocas, polvo.

Recesos en los cánticos de la tribu, excesos de silencio, cantatas y brujos a la vista.

Qué resquicios mentales suponen esas palabras, las conocidas pero no recordadas, las censuradas metáforas que convocaban a los antiguos dioses, mejunjes deshabitados de humanidad (no deshumanizados, abandonados poco a poco) y dientes no del todo colmillos, en formación, manos casi garras y uñas casi punzones.

La criatura -Lovecraft dixit– era desechada mediante un gesto y escogida otra. La corrupta perfección de la epifanía que a la belleza derrota.

Truenos enmarañados de verdes sentencias, legajos, recuerdos.

Luces de otros tiempos, miradas de otras salas sin medicación, páramos recorridos por cruentos vientos y pelambreras acartonadas por la ajena y sanguinolenta semilla del hambre.

Cuajadas, las estrellas forman un paño agujereado en el celestial abismo que no siempre en descenso está.

Newborn, de Odd Nerdrum

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ÁCIDO V

ÁCIDO IV

La marca de la bestia supuso en cambio, un placer corporal.

Las deidades digirieron el golpe porque supieron que uno de sus hermanos -esos idólatras e inconformistas demonios de la piel que fueron como ellos, y sólo eligieron el camino difícil y arduo de la espina en vez del aroma- reclamaba un espacio. Nada dijeron, se retiraron en silencio y contemplaron.

Abajo, muy abajo, donde la luz es iris de oscuridad y brillan sin chillar los cadáveres de las ratas, compungidas criaturas recovequearon un aria. No pregunté con mi boca cosida: el sabor del esparto, en esas situaciones, siempre excitaba a una mente enferma.

Ya sin pulpos en las manos, aprendí de memoria el olvido de los amigos, la ingratitud de la familia, el sinsabor de la verdadera patria. Y la literatura se hizo presente como un color de sinestesias táctiles.

Sin embargo, Beckett aullaba silencios y Pound condicionaba a los negros de entrañas brillantes, purificadas por el vanadio, la plata, la zirconita: espantaba el color de la hiel de los vendedores, en puestos mugrientos que a voces mercadean aún sobre mis cejas: la mirada habla sin demasiados rencores, animal, venado que huye de la hipocresía, sin heridas del otro.

Aumenta el calor, dije. Mañana será peor, contestó el mexicano Huayáscar: piel derruida, cabellos largos y entramados a la cara, ojos verdes de un negror que enfilaba bosques de obsidianas en peregrinación a los más esbeltos cuellos.

El sudor espera una reacción soporífera, de hombre maduro o mujer expectante por sabia.

El perdón no recurre a los niños porque ellos sumergen el odio en leche azul de madres de coral. Esto vi cuando me enviaron abajo, muy abajo. No fue el viaje de mi vida, pero como todos, acabó en mitad del bosque, donde musgos hablaban de las setas y hongos que jamás, escuchad, jamás, me oí gritar, dejaré de lamer, oh, hembra devoradora de otras hembras, oh tú, embridada mujer que a mis ojos reclamas la luz que succionaste a caricias.

Sin el otro mundo que cabalga en estómagos de pétrea falange, las ojeras son argollas que ofuscan el deseo.

De Diane Arbus, en americansuburbx.com

ÁCIDO IV

ACIDO III

…ya sería por las burbujas efervescentes -las hay dóciles, tristes- que los labios aparentaban o los reproches que reverberaban en sus tuétanos: algo le pasaba a aquel conejo y yo, desgraciadamente no era un especialista. Ni siquiera me sentí como tal, cuando, prematuramente en nuestra longeva enemistad me intentó argumentar el mal trato que sufría su mujer, la coneja, una coneja, no era, pensé, oh, las conejas del mundo, me dio por pensar en esa coneja, -que conocí, de poco, lo admito, pero un conejo hembra, un conejo, la presentación de sus hijos es fundamento básico y regular para hablarle de lo demás, o ¿es que no lo sabemos?, pensé, por eso, esto-  por la soledad y todo eso, dijo, por la cochambre de verdes que padecemos en nuestros campos. Desentendido me he.

Huayáscar me convoca, dije. Y allá me fui, sin preocuparme de la mujer del conejo, de sus hijos, de lo que padeciera, de los verdes sin sombra que todos vivimos y de los que no hablamos, y de esas cosas que parece que por poner a un conejo de propaganda, siempre el electorado va a seguir más, piensas: si era mujer, si hubiera sido hembra y lo que es peor: nadie tocaba una flauta en aquel ambiente, todos estaban dormidos, se les notaba pendientes del capricho de quien entraba, rasurando el aire con la carmesí cortina -todo dicho queda- y aumentábamos el dejar pasar el aire, sin estar al quite, sin un poco de miedo, sin volanderas que dieran que hablar. “¿Dónde -pregunté en voz alta, pero sin gritar- … dónde David Lynch, dónde Rammstein?” Las caras fueron de traca.

Ahí, delante de una copa que no era de cerveza -sin gas, tibia a pesar del hielo- pensé, me di cuenta: algún amigo, corrosivo hasta las entrañas con un régimen que no era el suyo, despertará. O hará como si. Y quizá champagne, o cerveza tibia. También lo pensé. Y como lo pensé, pasó.

Sin conejos. Algo raro había en el ambiente, ya dije.

ACIDO III

ACIDO II

…de una esperanza sin frontera, de un amor más puro que la caída del ángel mitológico…

Hablaba sin pensar en Beckett, discernía poco, o nada, entre la seminal ansiedad de la palabra y el esquizoide contraste que el silencio ofrece. Quién o qué iba a recordarle que el fuego yacía en sus más que impuras venas. Nada diré -pienso- de sus cicatrices de magenta mirada, sus estropicios viscerales, sus manos, arruga pura defendida por asesinos nunca hallados, siempre entre el poder y la olvidad mancha que resiste en la conciencia.

…las voces, bellísimas y maquinales: del pasado adquirimos una falta de resistencia que traducimos en rencor y oprobio.

Seguía inútil su monólogo: la vanadinita de sus labios lechosos, nada añadía a mi malestar, tampoco lo saciaba: comencé preámbulos de venganza, incipientes destierros de su nuca, hepáticos deseo de malevolencia entristecida, después de lágrimas dulces de belladona.

Seguía inútilmente la discordia de la ignorancia y el férreo y rutinario -por explicativo- deseo de poner palabras a sensaciones que no lo merecen. Mis parpadeos decía “franjas”, “colores”, líneas malvas”. ¿Dónde, pensé o dije al aire, el silencio, dónde el roto panorama mental que esculpe vanidades a la espera de los dioses y sus heraldo que nos sajen la lengua?

Como la muerte de un ser querido, hielo en la conciencia. Como el amor aferrado a la garganta tras el adiós, adiós: y únicamente escupes los líquidos albos del amanecer todavía no parido. Y expandes sacrificios en tus iris.

Cuándo lluvia, nieve, lava u obsidianas… importó algo alguna vez, importó nada siempre.

De hacheron-fasediez.blogspot.com

ACIDO II

Ácido I

…de los carmesíes entrevistos, líquidos por las aguas ahora en la orilla: diría dios de neón si pudiera hablar. Así, el pensamiento de un deseo a ras de suelo, y la sonrisa macabra de los zancos de mi compañero -o era enemigo, la memoria no se presentó- dilucida el problema: agua desconocida, narcisos en los dientes, frescas caricias de perros callejeros en medio de las calles abarrotadas, celebrando nuestra decadencia en medio de máscaras sin Ribeyro.

Incorporarse es un mundo alternativo y una decisión de dimensiones antropomórficas, desnudos tras cortinas empapadas de machismo racial, somos lo que fuimos siempre: animales al borde de la extinción, preñados los ojos de marineros recién extasiados con nuestras espaldas.

No huelo la sangre en mis labios: reconozco el dolor del ritual, las finas melodías del aceptado acompañamiento de lo que habría sido el miedo.

Y esa noche, alejada ya en la cercana desmemoria -presente en todo momento- difumina los brazos mutantes del cariño. Me recogen por pena, supongo: por pena literaria, oleaginosa, caprina.

Mis líquidos carmesíes preñan el ambiente, y el vals no cesa.

Archivo:El Aquelarre.jpg
Aquelarre, Goya.

Ácido I