Una historia de la lectura, Alberto Manguel

Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Círculo de lectores, 1998

De Alberto Manguel y su larguísima trayectoria como autor, rescato hoy su faceta como amante de libros, lector, bibliófilo, un poco loco por las páginas escritas desde que era muy pequeño y aprendió a leer para poder disfrutar historias, aventuras, dramas y experiencias ajenas: porque sobre todo, si de algo sirve leer, puede ser para tener la capacidad de decirle a alguien que no conoce a esta autora o a aquel autor: “qué suerte, vas a poder leer sus libros, conocerlos, vivirlos por vez primera” y eso, que a todo el mundo nos ha pasado con algún escritor, es ciertamente una suerte.

La edición de este libro es una maravilla: cuidada, ilustrada con ilustraciones tanto en texto como en páginas completas, de tapa dura, con sobrecubierta también ilustrada y con unas maravillosas guardas queya avisan de lo que vamos a ir encontrando en su interior.

Manguel es especialista en libros y aporta muchísimos datos, bastantes fechas y contrastadas interpretaciones que serán relevantes y fundamentales para saciar nuestra curiosidad como lectores, tanto si queremos recopilar información o simplemente somos enfermos de la lectura, de esa ralea que piensa que a veces un libro es mejor que una conversación depende de con quién.

Guardas del libro

Las partes del libro son ‘La última página’, ‘Lecturas’, ‘Los poderes del lector’, y ‘Las guardas del libro’; se incluyen unas Notas plagadas de reflexiones y lo más interesante, una bibliografía que nos ayudará a investigar o curiosear más el tema por Manguel estudiado; el libro termina con un Índice onomástico que facilita la tarea de buscar nombres, que en el libro los hay y muchos, de todas las épocas, categorías y pelaje.

EL autor escribe una historia de la lectura, desde los orígenes hasta hoy, pasando por la parte oral -y fundamental- de la historia literaria hasta la invención de la imprenta, lo popular llevado al libro -o viceversa- y los libros electrónicos. Aquí aparece el antiguo Egipto y Oscar Wilde, las perdidas y desparecidas y quemadas bibliotecas de la antigüedad y Borges, concilios cristianos y la Inquisición, fetuas y nazis, bombardeos y páginas exquisitas de escritoras desconocidas.

Un escritor ha de contar su historia y Manguel la describe con elegancia y sin pedantería: cómo aprendió a leer, cómo trabajo en librerías y cómo oh, Borges le pidió que le leyera. Quizá eso sea lo más llamativo. Lo profundo es cómo alguien escribe un libro como este: cuánta lectura hay que tener detrás para recordar vívidamente cuando se aprendió a leer, cuando se empezó a escribir y cómo disfrutamos enterándonos de algo más sobre el cerebro, las capacidades cognitivas, qué significó la lectura en las diferentes épocas de la humanidad y sobre todo, la importancia -o no- de la figura de quien escribe.

James Hillman y los cuentos infantiles -conocidos en nuestra niñez-: Maguel afirma que vuelve una y otra vez a esas lecturas. La literatura conocida en nuestra verdadera patria, como afirmaba el poeta Rilke, que también deambula por estas páginas, hace mella en nuestra cabeza y Hillman afirma como psicólogo que es, que quien se acerca a lecturas desde temprano se enfrenta a la vida de otra manera, con otra disposición.

Ilustraciones magníficas que ejemplifican las actividades lectora y escritora

La manera de leer también aparece en el libro: las maneras de leer sería más apropiado escribir, la del disfrute y la del análisis, por resumirlas pronta y quizá groseramente: dejarse llevar o escudriñar cada palabra, cada frase, cada combinación de párrafos o estrofas y versos, intentando dilucidar lo que esa persona ha querido decir en lo más profundo del significado. Lo ideal, como siempre, es hacer copular estas dos maneras para que den a luz una nueva manera de leer.

Qué supone leer, tener un libro u otro en la mano, una edición u otra: este papel, ese crujido de cubierta: ese aroma a nuevo, que es divino, o a viejo, que es más divino todavía como decía Bradbury, alguien a quien -como afirma el mismo autor en el prólogo a Crónicas marcianas-, los libros electrónicos no le preocupaban lo más mínimo pero sí los libros físicos, la lectura, el tacto, el olor, la vista. Y de la vista habla Manguel también: de los anteojos y gafas que ayudan, y la ceguera y las enfermedades que impiden. Pero también de escuchar: equizá fue Bradbury del que Fresán cuenta que aprendió a leer a los siete años, no por pereza sino por el disfrute de escuchar y escuchar cómo le leían las historias que en breve él conocería por sí mismo.

Manguel nos habla de cómo recordamos al leer: de cómo revivimos nuestra vida, otras lecturas, fenómenos que no conocemos y partes de nuestra existencia que quizá fueran de otra manera, escenas de otras novelas, partes de ese poema que brilla en lo más oscuro de nuestro pecho y que salta como una pantera en la noche de nuestros sentimientos. De la memoria y sus complejos mecanismos: de sus palacios, brillantes y elevados, de sus húmedas mazmorras que se hunden.

Y nos habla, entre otras muchas cosas, de cómo el poder está enfrentado con la cultura, la literatura, la lectura: del control que ejercen sobre nuestra libertad lectora quienes no nos quieren bien. De la censura, de la falta de pensamiento libre. Del poderoso que teme más un libro que una contestación.

A nosotros, los lectores de hoy, todavía nos queda por aprender qué es la lectura.

Un libro que es muchos libros: donde aparecen las primeras manifestaciones de la escritura y las últimas adquisiciones de libros por parte de bibliófilos de manos largas; donde los reyes y los papas se codean con Sherezade, Italo Calvino aparece con cuentos metaliterarios o Umberto Eco desfila entre sus ejemplares: yo, desde que vi en un documental el piso del italiano atestado de libros, no dejo de imaginarme al autor de El nombre de la rosa o Baudolino recorriendo esos pasillos enormes con estanterías a un lado y a otro, buscando un ensayo de la Sontag o encontrando el Godot de Beckett.

De Durero, para La nave de los locos de Sebastian Brant

Una invitación magnífica a conocer la pasión de la escritura y la lectura, un libro exquisito y amable, de difusión bibliófila y de advertencias severas contra el poder; de rescate de algunas escritoras omitidas por la historia y la animación a su descubrimiento y lectura: un ejercico espléndido de recuperación de la memoria donde Flaubert, Mansfield, la literatura japonesa femenina o el poder de la palabra, son unos pocos de los cientos de temas que toca Manguel.

Una historia de la lectura, Alberto Manguel

Entrevista a Miguel A. Zapata

Uno de los escritores más interesantes de su generación es Miguel A. Zapata (Granada, 1974): cuentista, microrrelatista y novelista, ha sido reconocido con multitud de premios y por la crítica especializada. Publica en las mejores editoriales españolas y es divertido, rebosa creatividad y su imaginación parece no tener límite. Esta entrevista es una de las más sugerentes que he realizado por lo que dice el entrevistado y por cómo lo dice, así que le vuelvo a agradecer esa disposición tan buena y que me haya concedido un rato meditado y genial.

Fotografía de autor de Lola C.

-Querido Miguel Ángel, empiezo preguntándote por la salud, la familia, el trabajo… Esta época está siendo especialmente dura y complicada: ¿cómo estás tú, cómo sigue tu gente?

         Muchas gracias por el interés, Juan. Toquemos madera: hasta la fecha no hemos vivido directamente el drama vírico. Eso sí, tengo sensaciones ambivalentes con respecto a estos tiempos de mascarillas e hidroalcoholes: por un lado, siento que se ha roto de forma irreparable el mundo en el que vivía hasta marzo de 2020, o al menos ha cambiado bruscamente de dirección hacia un destino poco previsible; por otro lado, viví el confinamiento como una flexibilización desconocida de mi tiempo que me permitió acabar mi última novela. Como si ese período excepcional de reclusión hubiera desbloqueado las inercias de la vida cómoda y reglada, dándome un tiempo distinto, casi monacal, que me permitió escribir de madrugada en un silencio tan inquietante como agradecido, con la música de Thom Yorke o Corrina Repp de fondo o la compañía también silenciosa de mi mujer, profesora y filóloga, trabajando en su propia burbuja de tiempo y en la misma habitación que yo. Raro.

-Entrando en materia, repasamos tu obra si te parece bien: desde el primer libro Ternuras interrumpidas, de 2003, llevas casi veinte años dedicado a la ficción: ¿cómo recuerdas esa primera etapa de reconocimientos, premios y publicación de tu primera obra?

           Hace ya una eternidad de esa época, y yo hasta hace relativamente poco pensaba que era otro distinto, eso me parecía. Cuando empecé a escribir con la intención de hacer literatura con calidad suficiente como para ser publicado, no tenía más ambición (fíjate qué aspiraciones) que quedar segundo en un certamen de Pinto para ver publicado mi relato en una edición no venal de difusión cero. Ni ganar un primer premio modesto me parecía posible. Luego fueron apareciendo textos míos en revistas y diarios locales, empecé a ganar algunos premios de cuento, me publicaron mi primer libro en una editorial diminuta que no me pagó ni un euro en royalties, luego en editoriales independientes de prestigio, la recepción crítica creciente… Y así hasta hoy, siete libros publicados después, pero sin volvernos locos, eh, que a uno no le paran por la calle ni le reconocen en la cola del cine.

          Sea como sea, cada fase, cada pequeño escaloncito, parecía difuminar al Zapata anterior. Dos décadas después, me veo no lejos de mí, sino casi emparejado con aquel veinteañero primerizo: compartimos la misma necesidad de ser valorados por los otros. Idéntica justificación de existir. El ansia de no sentirse uno excesivamente solo.

           Es curioso: llega un tiempo (o llegas tú hasta él) en que percibes la evolución como una forma barroca de engaño: sigues siendo el mismo perro con los collares distintos de algún Babelia, El Cultural, reconocimientos no universales aunque golosos y reconocimientos al fin y al cabo… Pero, ¿el perro? Exactamente el mismo animal, el mismo deseo bobo de un hueso.

-“Este es un libro de marionetas”: así se abre Propósito y advertencia, que es el pórtico de este volumen de cuentos: ya vemos el juego, lo ficcional, la infancia, la manipulación.

            Sí. Verás, Juan, uno se empeña en hacerse adulto, pero esto es más bien una cuestión cultural y crematística: haces creer al mundo que creces porque ya nadie se va a ocupar de tu indolencia, nada más. Por lo demás, sigues acojonado por casi todo como hace treinta años, sigues jugando cuando sales de dar clase y bromeas con un compañero hasta llorar de risa por una anécdota con los alumnos, sigues siendo un chaval malcriado que reclama atención.

            ‘Ternuras interrumpidas’, y ese pórtico del que hablas lo ejemplifica, es un primer libro con la ingenuidad, la rabia y la despreocupación de las primeras obras. Convertir a los personajes en marionetas tenía dos propósitos: la reafirmación de mi yo autoral como un deus ex machina que maneja los hilos de sus ficciones y realizar un primer esbozo de algo que me ha obsesionado a lo largo de toda mi obra: el estudio de la condición humana como una lucha entre la voluntad individual y las fuerzas que se empeñan en dinamitar ese impulso voluntarista, que con frecuencia parten del propio individuo. Si no nos jode algo, somos expertos en jodernos nosotros mismos, parece. Y el milagro es salir indemne, lo que se le da muy mal a los personajes de ese primer libro mío. En su descargo diré que, a pesar de ello, saben engañarse muy bien y encontrar oro entre las cenizas de su propia existencia. ¿No es eso vivir, al fin y al cabo?

-Títulos tan llamativos como ‘Radiografía de luchas y lluvias (introito)’, ‘Persistencia de la víscera’ o ‘Toxitruédano (boutade a modo de epílogo)’, son de relatos que componen esta obra: la sugerencia desde el título, la insinuación, el doble sentido, el juego lingüístico… ¿qué es necesario para despertar la curiosidad de quienes leemos?

            No lo sé. No me gustaría pensar en una fórmula mágica, alquímica o aritmética en mis textos. Sí que doy mucha importancia a los títulos de cuentos, microrrelatos y novelas, porque son una puerta de entrada o un ventanuco de salida de la obra. La ambigüedad léxica, el juego verbal, el gambeteo semántico forman parte de mi formación lectora (Gómez de la Serna, Ayala, Jarnés, Arconada, la gente del OuLiPo…) y de mi humilde aproximación al arte de la escritura, porque sustentan mi idea de que fondo y forma deben complementarse en un equilibrio casi místico. Un texto meramente informativo, sin más aspiración que narrar hechos, no es literatura; a lo sumo, puede aspirar a ser una escritura notarial. Un texto que sólo sirva para recrearse en los logros de su virtuosismo es una paja para nadie, ni siquiera para uno mismo.

          ¿Son esta certeza y ese equilibrio del que hablaba antes suficientes para atraer al público hacia mis libros? Ni idea. A veces, es una música que suena sólo para uno, tocas su fibra exclusiva. Hay mucho de azar en esto de escribir y ser leído. Sobre todo, porque hay tantos lectores como textos que quieren ser leídos.

-La extrañeza, lo raro que vemos poco a poco moldear tu narrativa será parte importante en tu obra futura.

        Si miro hacia atrás, a lo ya escrito, percibo esa querencia por lo extraño cotidiano de la que hablas, y que también obsesionó a Queneau o Breton, por ejemplo. Pero no hay en mí ni un átomo del escritor con calculadora que sabe cómo epatar al lector. Lo que ocurre es que cuando intento circular por el carril de lo convencional, mi narrativa me tuerce siempre el volante a la vía de servicio de la rareza y la extrañeza del mundo. Ojo, esto no sirve sólo a los intereses del género fantástico, como pueda pensarse con trazo grueso. Mis novelas son realistas pero están preñadas de sucesos inauditos y tramas casi inverosímiles. Es decir, todo lo que sucede en ellas entra dentro de lo poco probable, pero es perfectamente plausible. Ese es el punto de cocción al que yo quería llevar mis guisos literarios: contar las cosas que pueden ocurrirnos cuando pensamos que eso mismo nunca va a pasarnos, llevar la realidad hasta sus extremos, hasta ese punto en que se deforma sin dejar de ser tan tangible como nuestra cara abotargada por el sueño después de una mala noche.

          Puede que mis primeras obras adscritas a mi personal visión de un fantástico poético estén de alguna manera en la base de mi producción novelística, en ese sustrato de extrañeza de lo real. Hay mundos extravagantes en el espacio exterior o en otras dimensiones, no lo pongo en duda, es más, los frecuenté a menudo y con placer en no pocos de mis textos. Pero lo verdaderamente raro e inquietante es lo que le ocurre al ser humano cuando cree que tiene todo bajo control. Quizá porque él mismo es a menudo el responsable de apretar el botón que deshace el orden natural de las cosas.

Sus libros de cuentos Ternuras interrumpidas y Esquina inferior del cuadro

-Tu siguiente obra, cuatro años después, es Baúl de prodigios, donde el título de nuevo es fundamental, como también lo es el cambio de género: abres un mundo de microrrelatos: ¿fue necesidad, experimentación…?

             Cuando era un crío, yo era fan de los dibujos animados del Sr. Rossi, un set dentro de ‘El show de la Pantera Rosa’. Eran dos minutos de minimalismo casi sin diálogos, de un señor con bigote y sombrero y un perro llamado Gastón y que vive deliciosas aventuras en su cotidianeidad descacharrante. Por la misma época, mis abuelos me regalaron un puzle naíf de las cuatro estaciones, colorista y lírico. Bien, pues yo quería vivir en aquellos dos mundos tan sencillos, tan esenciales, como dentro de esas bolas de cristal con copos de nieve que flotan al agitarlas.

            Tengo para mí que esas dos imágenes conforman la raíz de gran parte de los microrrelatos de ‘Baúl de prodigios’: el universo expansivo del juego, la imagen como portadora de significados a los que la palabra sola no basta, la búsqueda de un lenguaje plástico que sólo pudiera existir efímeramente, un copo de nieve en un universo irreal. El microrrelato también satisface, como género híbrido, la necesidad de experimentación de cualquier escritor eminentemente imaginativo, sobre todo por las restricciones en la extensión y la condensación expresiva.

           Mi carpeta rebosante de ideas con alas encontró salida gracias a un género poco transitado en España aunque con brillantes creadores fuera de nuestras fronteras, desde Borges, Denevi o Ramos Sucre en Hispanoamérica a Örkény o Mrozek en la literatura europea. ¿Puedes escribir un cuento largo con un vencejo narcoléptico o luchadores de sumo que devoran niños o ancianos en el parque? No creo. Yo al menos, no. Pero sí brevísimos textos, casi apólogos o poemas narrativos con la misma y libre ingenuidad de los dibujos animados del Sr. Rossi o el puzle naíf de mis abuelos.

-Hablando del micro: ha sido y es uno de los géneros más interesantes por las posibilidades que posee y las mutaciones que ha sufrido: como lector, ¿qué tiene que ofrecerte un microrrelato para que te atrape?

            Condensar un mundo justificado en sí mismo en el que siempre quede la sombra de un misterio, la duda de si ha ocurrido todo lo que parece estar ahí escrito o ha dejado de ocurrir algo que es esencial pero que quizá se nos ha escapado. Esa naturaleza nerviosa e inaprensible. Ese temblor en una naturaleza muerta.

-Realizas espléndidos homenajes a la lectura y a escritores como Perec con ese “Me gusta…” reiterativo que recuerda tanto al “Je me souviens” del francés, o la pieza ‘Bibliofagia’ con su frase inicial: “Yo los libros los devoro. Con fruición. Kafka, Perec, Poe, Buzzati, Capote, Lorca, Zapata(¡!)…” Las exclamaciones son mías: de nuevo el juego, las autorreferencias (o no), Boris Vian, el OuLiPo, la ironía, el humor… ¿es necesario pararse y tomarse la vida un poco a broma siendo la literatura algo tan serio?

             Es que a veces la literatura no tiene ninguna relevancia cuando se pone estupenda y es trascendente cuando juega a desordenar el mundo. No es soportable la escritura que subraya el melodrama o que trampea las emociones. La vida misma no admite tragedias full time sin terminar negándose a sí misma. La ironía o el humor, aun cuando no estén visibles, deben subyacer a todo empeño literario, bien sea a través del argumento, el trazo de los personajes o lo que puede sugerir u ocultar el lenguaje. Y sí, gente como Vian, Crevel, Ramón, Gorey o el propio Kafka lo sabían, quizá porque intuían la fatalidad detrás de cada paso dado.

-Aparecen niñas raras, dementes, el sueño, la memoria, perversidades bajo la nieve… Todo lo oculto y extraño como decía antes, con una precisión y riqueza léxicas que causaron asombro ya a los especialistas, por lo delicado que es el género y las reglas que ha de cumplir.

             Creo que el reto es ese: aunar precisión y rigor técnico con argumentos o iconografía bombásticos. No me seduce la perfección técnica fría con los temas consabidos en el fantástico breve: espacio, tiempo, desdoblamientos, laberintos, mitologías, mundos inauditos… Bufff, qué agotamiento. En el ámbito loco y sin límites de la ficción muy breve, prefiero un jardín en el que crecen zapatos o un árbol de resfriados a un universo paralelo y metafísico quién sabe dónde.

            Prefiero seguir ciertas reglas pero hacerlo en pelotas y con un tricornio verde en la cabeza a entrar tembloroso y reverente en los salones aristocráticos del género. El olvido está lleno de correctos y frondosos fabuladores de la ortodoxia. Para seducir a la literatura, tienes que perderle un poco el respeto. Es la única forma de honrarla, qué coño.

-Cuando en 2009 publicas Revelaciones y magias continúas ofreciendo un microrrelato que hace que uno de los maestros de lo breve, Hipólito G. Navarro escriba que es la “confirmación” de Zapata, J.J. Muñoz Rengel hable de tu “talento” y Ángel Olgoso te llame entre otros elogios “funambulista de lo onírico”: este libro es un estallido hermosísimo de literatura: ¿lo sentiste así cuando lo terminaste, sentiste un avance en tu narrativa?

            Sí que hay un pulido en la escritura, los textos son más precisos y afilados tal vez. Pero el ‘sello Zapata’ (si es que esta cosa existe) ya estaba conformado en ‘Baúl de prodigios’, y mi literatura se apoya en la fuerza expresiva de mi estilo, no tanto en mis posibles estilemas, en los que intento no caer para no ser una copia de mí mismo.

            Un reseñista dijo que despojar del título a los microrrelatos de esta obra (están simplemente numerados) era un riesgo que había salvado muy bien, y mi intención era, precisamente, no dirigir al lector desde el propio título, no engañarle con ese señuelo que lo convierte en aquel concepto cortazariano (lamentable, según suena hoy) del “lector-hembra”. Creo que esa decisión dotó a los textos de la parte de “Magias” de una desnudez a tumba abierta que hace participar a quien los lea de una mayor cuota de interpretación y co-creación de la obra.

-Hay mucho cine, metaliteratura, criaturas inenarrables, fantasmas y un entrañable personaje llamado Priscilla.

           El auténtico salto adelante, según creo, fue la segunda parte del libro, “Revelaciones” (Miguel Ángel Cáliz, mi editor, me sugirió, acertadamente, cambiar el orden de las partes a las que alude el título, para darle una continuidad lógica a ‘Baúl de prodigios’, sobre todo de cara a los lectores de esa obra anterior y seminal). Podríamos considerarla como una obra independiente de “Magias” y adscribirla al género de la micronovela. No es una novela fragmentaria, como se afirma en la contracubierta (cuestión de marketing de la época), sino un trabajo novelístico en el que cada texto breve complementa y a menudo condiciona y modifica el sentido del resto de textos, de tal manera que terminan configurando facetas complementarias o contradictorias de la biografía extraña de Priscilla, esa mujer a veces sometida y otras independiente, perversa y dulce, metafísica y banal.

           Pretendía dibujar una vida con trazos simples, casi impresionistas: cada pieza responde a un rasgo identitario que influye en los demás al tiempo que completa la supuesta unidad que parece ser toda vida humana. La novela fragmentaria es otra cosa, un epítome de la posmodernidad: caleidoscópica, desbrozada, hecha con partes heteróclitas que se desentienden del resto, displicente, descosida, desatenta, abúlica, amateur, a medio terminar o empezar. “Revelaciones” busca la unidad de las partes de principio a fin. Una micronovela, sí, me vale.

Microrrelatos: Revelaciones y Magias; Baúl de prodigios

-De Traspiés, pasas a formar parte del catálogo de Menoscuarto, en la colección que el especialista Fernando Valls dirigía: Esquina inferior del cuadro es la nueva propuesta: visual, pictórica, sensorial. Regresas al cuento, al relato de extensión más larga.

            Yo era un fanático de los libros de Menoscuarto, de esas ediciones elegantes de cuentos de Aldecoa, Delibes, Aparicio o Moyano. Así que fue una satisfacción literaria y estética ser fichado por un sello tan prestigioso. Esos nuevos cuentos eran ya obra de un escritor adulto, sin dubitaciones ni tentativas, así lo veía yo. De hecho, hay una anécdota referente al asunto. El editor, José Ángel Zapatero, me dijo que mi original le llegó tan limpio que la corrección fue insignificante, y eso se tradujo en un texto de contracubierta que decía que yo era “uno de los autores de narrativa breve más cuajados del actual panorama hispano”. Yo le dije a Zapatero que agradecía el elogio, pero que “cuajado” en mi tierra era sinónimo de “atontado” o “despistado” (“estás cuajao, chavea”). Se cambió por el más aséptico “interesantes”. Todos contentos. Y Zapata en la nómina de autores de Menoscuarto.

-A partir de este libro el cuerpo, los miembros, los sentidos… se vuelven especialmente interesantes en tus libros, si no lo eran ya, y de hecho una de las partes de este libro se titula Cuerpos extraños en la periferia del ojo (después serán las manos y posteriormente el oído…). Aparecen entonces temas graves que ya aparecieron antes, como la memoria y el olvido, la senilidad, la fragilidad que quizá avisa lo que en tus novelas aparecerá… ¿Por qué vuelves al cuento y qué destacas de este libro? Por ejemplo, que fue finalista del Premio Setenil, ahí es nada.

            Las historias de ‘Esquina inferior del cuadro’ demandaban un trabajo exhaustivo de personajes, algo que la síntesis extrema del microrrelato no me permitía. Uno debe adaptarse a lo que pide cada historia, no forzar el género para embutir lo que quiere contar. Es un libro cruel, porque muestra la flaqueza y la miseria de los orillados, los freaks, los inadaptados, los viejos, los mutilados que todos llegamos a ser en algún momento de nuestra vida. Pero no juzgo, no condeno, ni siquiera les ofrezco una coartada. Pongo una cámara y filmo fragmentos de sus vidas, como si acabaran de pasar azarosamente ante mis ojos. O les trazo esa atmósfera que muy bien apuntas de textos pictóricos.

           Por eso son cuentos que tienen un enfoque de pintor ante el lienzo o una visión cinematográfica, casi películas en blanco y negro y con apenas sonido. No me interesaba plasmar la figura del marginal literario, del arrinconado por la perversidad del sistema. Mis perdedores no son antihéroes porque no se perciben como víctimas de nada ni nadie: la derrota es lo que los otros ven, mientras que por su parte ellos viven dentro de formas inauditas de vindicación que les puedan ofrecer su particular momento de gloria warholiana. Ese es su triunfo. Personal, exquisito, quizá sólo visible para ellos, lo que no les importa lo más mínimo. Por esa misma razón, pueden ser adorablemente perversos, magnéticamente malignos.

-Aprovecha y sugiere títulos y escritores o escritoras de cuentos y de micros: quiénes te apasionan, quiénes te vuelven la cabeza del revés como lector, en lengua española o extranjera.

            Ufff. Cuando lo he hecho con autores españoles contemporáneos, siempre me he metido en algún lío por las inevitables omisiones, así que quien lea esto debe entenderlo como una aproximación, no como un canon. Aprecio mucho la obra breve de José María Merino, Eloy Tizón, Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Fernando Clemot, Andrés Neuman, Jesús Ortega, Ernesto Calabuig, David Roas, Hipólito Navarro, Trifón Abad, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Miguel Ángel Muñoz, Rubén Abella, Elena Casero, Cristina Cerrada, Pepe Cervera, Juan Carlos Márquez, Manu Espada, Patricia Esteban, Maite Núñez, Andrés Ortiz Tafur, Santiago Eximeno, Almudena Sánchez, Cristina Gálvez, Pilar Adón o Cristian Crusat. De allende la piel de toro destacaría a George Saunders, Ana Blandiana o Gonçalo Tavares.

Las dos novelas de Zapata: en breve publicará la tercera

-En 2014 irrumpes con tu primera novela y además, publicas en Candaya, editorial de referencia también, que edita Las manos, libro en el que consigues un personaje memorable, obsesivo y entrañable…

          Hasta el año 2010 consideraba que no era necesario escribir novela para tener una trayectoria literaria solvente. Pero me di cuenta de que en realidad era pánico a dedicar demasiadas horas a la literatura fuera de mi zona de confort y con la posibilidad de que ese esfuerzo no viera jamás la luz. Me propuse intentar el género de géneros pero con la premisa de que se me presentase un personaje rotundo, incontestable, de esos que te demandan contar su vida como si fuera la tuya.

           El desfile triunfal de la Selección tras la conquista del Mundial, la cara ausente de Fernando Torres en un plano furtivo de televisión y la posibilidad imaginada de que entre el gentío informe que aclamaba a los héroes surgiera un hombre de aspiraciones vulgares buscando una heroicidad que justificara el bostezo de sus días, esos fueron los ingredientes principales y casi azarosos que parecían destinados a encontrarse en el mismo plato.

          Y así nació Mario Parreño, detective amateur, perdedor indolente, neurótico, infantil, inconsciente, tierno. Había novela. Y Candaya, una editorial admirable que según la leyenda sólo publicaba obras singulares y arriesgadas, tuvo a bien ficharme para dar larga vida a mi obra. Una pasada para un novelista principiante y un riesgo editorial que mereció la pena, al menos para mí.

-De nuevo, la realidad y la ficción se entremezclan, así como el recuerdo, la interpretación e incluso la aventura…

              Sí, Juan, como te dije, ese es el leitmotiv de mi obra, breve o extensa, esa línea que desdibuja las fronteras entre lo lógico y lo plausible. La singularidad de Mario Parreño reside en que no es consciente de sus límites, de la pequeñez de sus medios. Es un tipo con gorra de ‘I love Picasso’, camiseta de la Selección y su multidiccionario ‘Idiomas en una hora’ que recorre medio mundo en pos de un trofeo robado, una suerte de grial neopagano y futbolero, y ni siquiera sabe cómo reservar una habitación de hotel. Es el triunfo del infantilismo contemporáneo, de la pérdida de identidad del individuo en pos de logros colectivos de naturaleza banal en los que cree afirmarse personalmente. Esa paradoja irresoluble que es el hombre actual y la idea de no ser más que la proyección de otros me parecían muy atractivas para desarrollarlas como ficción. Y también la concepción del recuerdo falseado como piedra angular en la construcción de un futuro improbable.

         Mario es un jodido fractal con corte de pelo en la peluquería de los chinos de su barrio. Que además sea amante del saxo de Sonny Rollins o el piano de Michel Petrucciani es circunstancial. Es un paria que cree ser un elegido.

-Nos hacen falta héroes y heroínas, búsquedas, objetivos, sueños, griales… Esperanzas en una palabra, ¿verdad? ¿Es la literatura uno de los caminos para vislumbrar algo de eso?

           No lo creo, Juan. La narrativa de la esperanza suele tener poca chicha literaria. Otra cosa es que los personajes de una obra vivan esperanzados o fiados a un milagro, como mi Mario Parreño. Pero el objetivo del escritor serio debería ser mostrar las aristas que se esconden detrás de cada proyecto ilusionante, desenmascarar la impostura de los planes perfectos de ese universo desconocido que conspira para hacernos felices.

           Sin embargo, ojo, esto no debe invitar a la gravedad acartonada en la literatura, todo lo contrario: el humor melancólico nos puede mostrar la miseria más abyecta pero dejándonos claro, muy a lo Manrique, que no importa mucho, que todo pasa. O que nosotros pasaremos y el mundo seguirá en pie.

-¿Cómo recuerdas la publicación de esta primera novela? Críticos como Ayala-Dip o Calabuig ya habían hablado de tu obra en términos de honestidad lingüística y sobre tu imaginación. Con la publicación de ‘Las manos’ se multiplicaron las críticas elogiosas para una primera obra larga e imagino que estarías contento.

           Si echo la vista atrás, recuerdo que recibí el correo con el “sí” de Candaya en el verano de 2013, inmerso en la escritura de mi segunda novela y esperando el nacimiento inminente de mi hijo, así que imagina mi estado emocional. Sentí que me hipervitaminaba como escritor, como hombre, como todo. Luego llegaron, sí, críticas elogiosas, pero también una constatación: publicar una novela no te cambia la vida, no se agolpan multitudes enloquecidas a la puerta de tu casa y ese vecino cabrón sigue mirándote con asco al salir del ascensor. En el mundo literario, eres otro tío más que ha publicado una novela. Pero yo sí me sentí realizado porque se ponía la primera piedra de un proyecto novelístico de largo aliento y la recepción fue muy satisfactoria.

           En la fiesta del X aniversario de Candaya se hizo una pre-presentación de ‘Las manos’ y fue precioso estar junto a numerosos lectores y compañeros de editorial en ese casi bautizo: Jorge Carrión, Carlos Skliar, Sergio Chejfec, Carlos Vitale, Eduardo Ruiz Sosa, Miguel Serrano Larraz y Agustín Fernández Mallo por videoconferencia… La vida se justifica también con momentos así. Todo pasa, pero joder, la memoria no.

-En 2016 recalas en Talentura y de la mano de Mariano Zurdo publicas Voces para un tímpano muerto, un espectacular regreso al microrrelato: es un libro para disfrutar y para aprender, pues vuelves a tocar todos los temas, utilizas multitud de técnicas…

           Mariano Zurdo es un editor heroico, admirable. Construye un palacio con una caja de cerillas. Y se mostró dispuesto desde el primer momento a incluir en el libro los collages prodigiosos de mi padre, fundamentales en la concepción de la obra como objeto físico.

           Creo que ‘Voces para un tímpano muerto’ culmina mi proceso creativo dentro del género ultrabreve, aunque en el volumen se mezclen microrrelatos, cuentos de mayor extensión, poemas en prosa, reflexiones metafísicas… Como dices, el laboratorio se expande y me sentía con ganas de experimentar. Cuando dominas la técnica, te quitas el corsé de las dudas y las inercias del género, desaparecen los lastres de las deudas y “lo que debe hacerse”. De hecho, una de las apreciaciones críticas más elogiosas que me han hecho es la de considerar que lo que yo hacía no era estrictamente microrrelato, sino otra cosa ajena a los condicionamientos del molde genérico. Supongo que sólo así se pueden dar las condiciones idóneas para escribir fábulas sobre una anciana que riega macetas llenas de pollas, la madre que acuna a su bebé-oreja o una muralla hecha con niños para detener una inundación.

-Lo bizarro, lo onírico, la libertad narrativa más absoluta, los temas dispares que eliges, la selección minuciosa del léxico, la impresionante capacidad imaginativa que posees, y todo ello, sin que se note la maestría de las herramientas que utilizas.

           Muchas gracias. Siempre hay bordes que pulir y textos que rematar mejor, uno siempre aprende, como en aquel grabado crepuscular de Goya. Pero supe que había cuadrado una obra decente cuando el maestro José María Merino hizo una reseña elogiosa en Leer, subrayando esos supuestos valores que dices. Aunar fondo y forma en equilibrio me permitió narrar sin límites, sin preocuparme por la verosimilitud de las historias ni por la corrección política de lo narrado, alimentando mi tendencia natural como autor a la extravagancia, lo raro, lo perverso, lo excéntrico y lo insólito. De hecho, no escribiré más microrrelato, he dicho todo lo que tenía que decir en el género, sea excelso o deficiente. Y contento por alcanzar con ese libro algo que bien apuntas tú: libertad. Mi forma de ser completamente libre no es escribir, sino escribiendo.

-Y llegamos a 2018, año de aparición de Arquitectura secreta de las ruinas, tu última novela hasta el momento, editada en Baile del Sol. De nuevo, un hermoso título que nos habla de decadencia, de acabamiento.

           Sí. Hay algo hermoso en la decadencia, en los estragos del paso del tiempo en las personas y las cosas. No me refiero a lo decrépito, sino a la posibilidad de leer las historias que se acumulan en las arrugas y las grietas. También me atrae la posibilidad de la reconstrucción tras cada derrumbe. ‘Arquitectura secreta de las ruinas’ es una obra a mitad de camino entre el informe pericial de un edificio en ruinas y la radiografía espiritual de la debacle o la reconstrucción de sus inquilinos. Quería indagar en la relación que existe entre las personas y los espacios físicos en que se desarrolla su vida, ese hilo umbilical con el tiempo como matrona. Sólo es posible un balance cuando algo llega a su fin, a su disolución última.

          Pero el título de la obra también nos avisa: dentro de cada desplome se encuentran las claves para interpretar la vida de aquello que se vino abajo, sea un edificio o una persona. Indagar en el fin de algo o alguien es conocer la verdadera naturaleza de sus orígenes, de su vida entera. Cartografías del desastre.

-Sin destripar el argumento, aunque lo importante es cómo lo cuentas, digamos que hay un bloque de viviendas donde viven personas: ¿qué o cuánto hay de Perec y ‘La vida. Instrucciones…’ (si es que hay algo)?

          ‘La vida. Instrucciones de uso’ es una obra monumental. Pero también lo es ‘Historia de una escalera’ de Buero Vallejo o ‘El condominio’ de Stanley Elkin. Y no menos apasionantes son las tiras cómicas de ‘13, Rue del Percebe’. O películas como ‘La comunidad’ de Álex de la Iglesia o ‘El fulgor’ de Craig R. Baxley. Todas ellas son obras en torno a las interrelaciones en una comunidad de vecinos, desde lo costumbrista a lo sobrenatural, de la crítica social al humor negro.

           A mí lo que me interesaba era crear para mi segunda novela una estructura asimilable a una escalera de caracol y situarme en su eje para ver las evoluciones piso por piso, inquilino a inquilino, confundir y mezclar sus alturas, sus confidencias, sus secretos confesables o no, atisbar en ese caracoleo engañoso, en el juego intercambiable de subidas y bajadas la forma en que cada personaje se crea y crea a los demás cruzando parte de su biografía con la de otros, de manera que sus identidades se desdibujan y su voluntad individual depende en gran medida de azares y voluntades ajenas.

           Creo que nos construimos de forma deficiente o discontinua, imposibilitados para un proyecto lineal y de una pieza. Nos hacemos a saltos, dejando huecos, fisuras y agujeros en nuestra biografía, como esos materiales porosos que generan con el tiempo amenazadoras grietas en los edificios de cimentación poco firme. La disolución o el derrumbe son inevitables.

-Entonces, la disolución de lo material y lo personal es lo que te preocupaba en esos momentos.

         Entre otras cosas, sí. Y cómo la fragilidad de nuestro entorno vivencial, paralela a nuestro derrumbe íntimo, pone en duda el sacrosanto derecho burgués de propiedad, pilar de nuestra cultura. Cuando la estabilidad de nuestras cuatro paredes se tambalea o se desploman los tabiques, ¿qué queda de ese proyecto de vida que parecía indestructible, cómo mantenernos en pie si se vienen abajo las muletas materiales que sostenían la propia identidad?

          La contemporaneidad fía tanto nuestra vida al sentido de propiedad y a la posesión que al desaparecer la seguridad de lo tangible (nuestra casa, pongamos por caso) quedamos también desposeídos de nosotros mismos, de nuestra individualidad. ¿Qué es entonces disfrutar de algo en propiedad, dónde está el límite de lo privado, qué principio universal garantiza o no su permanencia y cuál es su duración en el tiempo? ¿Qué queda del tallercito derruido en el semiático de Nicolás Maldini y en qué convierte su desaparición al que hasta ese momento era un solvente sastre argentino? Esta novela analiza esa naturaleza porosa y dependiente de apoyos externos propia de las sociedades nacidas y crecidas en épocas de bonanza que tocan a su fin. Y agradezco enormemente a Tito Expósito, uno de los más generosos editores que un escritor pueda tener, y a mi editorial, la luminosa e insular Baile del Sol, el respeto con el que trataron desde el principio una novela escrita en seis meses febriles por un tipo acojonado y emocionado ante el inminente giro que la paternidad iba a dar a su vida. Construí una obra sobre la destrucción de toda obra. Una paradoja bien rica.

-Has comentado en redes sociales que vuelves en 2021 a la novela: ¿puedes adelantar algo sobre el tema, el proceso de trabajo o algo que quieras y puedas comentar? Si no recuerdo mal, escribiste que cierra un ciclo junto a Las manos y Arquitectura…

            Así es. Esta tercera novela que publicaré en 2021 si la virología nos lo permite, cierra lo que podríamos llamar mi “ciclo de la degradación”, un tríptico sobre las diversas formas que adopta la degradación en nuestra cultura y que me ha llevado una década culminar.

            ‘Las manos’ se centró en la decadencia de los iconos y los símbolos representativos de nuestro tiempo como reflejo de la fragilidad identitaria. ‘Arquitectura secreta de las ruinas’ analiza el declive material y emocional de un mundo edificado para ser poseído antes de su caída inevitable. Y de esta tercera obra, que me ha llevado tres años de trabajo y estudio, puedo decir vagamente por ahora que es una fábula prospectiva sobre los límites autoimpuestos a nuestra libertad, los fundamentos del Estado, la perversión del concepto de soberanía popular, la deriva ideológica, política y económica de nuestra época, el lenguaje como manifestación engañosa del poder o la opinión pública como generadora de una nueva moral privada.

           Una vez que se publique la novela creo que habré dicho todo lo que tenía que decir con mis libros, sean chorradas catedralicias o alguna que otra perla lúcida. Depende de los lectores valorarlo. Y después, no sé. Tal vez vuelva a viajar. O me interese por la pesca.

(Voces para un tímpano muerto es el último libro de microrrelatos de Zapata hasta la fecha: en su interior encontramos unos deliciosos collages del padre del autor que convierten la edición en un objeto bellísimo.)

-No podemos terminar esta entrevista, si te parece bien, sin unas cuantas recomendaciones de novelistas y novelas.

             Entiendo que no hay restricción cronológica ni me pides actualidad. Así que nombro, de entre mis cientos de favoritos, ‘El aprendiz de brujo’ de Benjamín Jarnés, ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, ‘Celestino antes del alba’ de Reinaldo Arenas, ‘El tambor de hojalata’ de Gunter Grass y ‘Los helechos arborescentes’ de Francisco Umbral. Porque resumen mis aspiraciones literarias: imaginación, lirismo, ambición artística y libertad absoluta. Entendiendo que esos cinco tipos son inalcanzables, claro.

-Antes de retirarnos cada uno a sus aposentos, una facilita: ¿la literatura ha muerto?

            ¡No, qué va, está más viva que nunca! Pero hoy vive más allá de los libros, se multiplica como un virus: en las redes, en las tertulias televisivas, en la cola de gente separada por mascarillas y distancias de seguridad. Todo el mundo es escritor porque tiene en sus manos lo que tenemos los escritores: una idea y medios para hacerla de dominio público. Ahora el trabajo es arduo: separar nuevamente el grano de la paja, a los auténticos Homeros de los aedos de pega. Casi da pereza pensar en semejante trabajo hercúleo. Mejor yo sigo a lo mío: escribir y que otros me digan si sí o si no, Juan.

-Consejos breves para quienes quieran dedicarse al arte largo de la escritura.

           Paciencia y dos atuendos a vestir de forma alterna: ropa de diario para empaparse de gente en la calle y hábito de monje para volcar pacientemente esos apuntes del natural al procesador de textos, en la soledad del estudio o despachito o cuarto de los trastos. Espero, claro, que nadie tome esto de forma literal. Basta con que piensen que escribir es una pérdida de tiempo gozosa, como todas las cosas innecesarias y, por eso mismo, imprescindibles.

Muy agradecido por tu buenísima disposición y esperando tu novela quedo, querido Zapata. Un placer.

         El placer es mío, Juan. Mil gracias a ti por el trabajo ingente con el que radiografías a tus colegas de letras. Es difícil encontrar entrevistas tan minuciosa y profundamente elaboradas como las que tú haces. Has diseccionado de forma maravillosa mi trabajo creativo de dos décadas. Un abrazo en la distancia que hoy tanto has acortado tú.

Entrevista a Miguel A. Zapata

‘Los defectos de la anestesia’ de Ernesto Ortega, en Enkuadres.

Ernesto Ortega, Los defectos de la anestesia, Enkuadres, 2019.

El microrrelato se ha afianzado durante los últimos años con figuras y prácticas ilustres como podemos ver, por ejemplo, con la proliferación de antologías, estudios y reseñas sobre el mismo.

Uno de esos nombres es Ernesto Ortega que con ‘Los defectos de la anestesia’ se ha colado entre los finalistas del Setenil de este año 2020. Quizá eso sea lo de menos, que se lo lleve o no: más allá de lo personal y económico, el relumbrón que aporta un premio así, el verdadero premio es que quienes leen podamos conocer o reconocer a un autor como este, que no se disipe su obra en el tráfago y la bruma de la montaña de libros que se publican en España o tenemos por leer en nuestras estanterías.

En su libro anterior, ‘Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor’, publicada en Talentura, ya se notaba algo, la maestría imagino, que destacaba en los micros de este autor: la presencia de Manu Espada, entre otros escritores y referencias, entre sus páginas -Espada es otro microrrelatista, que además publicó un manual de herramientas del género muy útil- me llamó la atención y es que Dios los cría y ya sabemos qué hacen ellos.

Ernesto Ortega domina esas herramientas y armas retóricas del micro, ya queda dicho. Después, hay que saber precisar el uso, matizar las historias con literatura, aportar imaginación y conseguir emocionar a quien abre el libro con intención de leerlo. Y también, lo digo ya, prueba superada.

Desde la primera página -en realidad, desde el mismo título-, Ortega juega como un niño, disfruta de esto que es la literatura y no olvida que la calidad del juego es lo importante no lo vacío del mismo, la risa fácil o la complacencia del chiste cómodo: mantiene la tensión necesaria, concluye de manera extraordinaria los micros al saber lo importante que es el final de los mismos y nos da las pinceladas justas en otros para que nos creamos que estamos leyendo a un clásico. Nos reverberan palabras, nos recuerdan a otras, el estilo se mezcla con el de alguna figura literaria que ronda nuestra cabeza… Y eso se llama trabajo, nula improvisación o al menos, apariencia de que esa naturalidad tiene mucho de organización detrás, entre bambalinas. ¿Hemos de recordar que escribir es una solitaria acción que procura llegar con su resultado a una colectividad lectora?

Hay un ‘Consentimiento de lectura’ al principio del libro: para que sepamos que si se acepta la lectura, el autor, los narradores, las que cuentan, no tendrán responsabilidad alguna y esto, más allá de ser una divertida entrada a un libro que desde el título presume de ‘defectos’, tiene otra lectura que me atrae muchísimo: somos responsables cuando leemos de lo que leemos y de cómo lo leemos. Aunque después perviva el silencio, el angustioso e incomprensible despertar de esa ficción o, por qué no, el abandono del libro por falta de empatía. Que también es una posibilidad, nos dice el autor.

No quiero destripar los micros: solo nombro los temas que toca -algunos- Ortega. El repaso de mitos, la crítica al machismo, la maldad, la extrañeza y la metaliteratura están presentes. El libro está plagado de guiños literarios, concreciones espeluznantes, preocupaciones que provocan miedo y mucha técnica que oculta el autor con habilidad y maestría: historias que avanzan al revés, el manejo del tiempo y la fabulación, la diseminación-recolección, la historia que se deja abierta o cerrada con la última frase, la metamorfosis total de quien protagoniza la acción (pura) del micro (no puedo dejar de citar el antológico “Adaptación”), el aviso de que cuantas más lecturas, menos dificultad tendremos para interpretar micros o cualquier tipo de discurso (es decir, menos seremos engañados, más aprenderemos y más libres y felices seremos)…

En fin, un gran libro, entretenido, diverso, divertido y literario. Y los “defectos” duran gracias a la anestesia orteguiana: el escritor consigue fijar en nuestra memoria algunos textos, gracias a la delicada manera de hacer avanzar la historia, al material léxico elegido y sobre todo, por el tratamiento que le impone, aderezándolo con una naturalidad que es envidiable.

Esos defectos, que son los mismos que descubrimos sobre nuestra personalidad, cuando nos los ofrece Ernesto Ortega de manera literaria, y que aceptamos con una sonrisa al disfrutar unos textos tan pulidos, tan bien escritos y con tanto cariño y amor hacia la literatura.

‘Los defectos de la anestesia’ de Ernesto Ortega, en Enkuadres.

Cualquier cosa que esto quiera decir: sobre Chejfec y su Teoría del ascensor

Sergio Chejfec,, Teoría del ascensor, Madrid, Jekyll & Jill, 2016.

(Lo que sigue son las pocas cosas que logro rescatar de una historia que conozco.)

Hay escritores que recuerdan a otros, que nos trasladan a otras propuestas y consiguen que expandamos nuestras expectativas lectoras, reflexivas, literarias.

Sergio Chejfec es un privilegio lector.

Es la expansión de la conciencia lectora en nuestras manos: tomo ‘Teoría del ascensor’ y abra por donde abra el libro, sus ensayos son diferentes y uno, diversos y unitarios, sencillos y complejos. Con razón afirma Vila-Matas en la contraportada que es “adicto a Chejfec”. Conociendo la literatura que propone el autor de ‘Bartleby y compañía’, tanto en sus cuentos y novelas como los ensayos -expansivos, regresivos, múltiples, plenos de referencias y autorreferencias-, por ejemplo, de ‘Impón tu suerte’, el tejer y destejer referencias, crónicas, prólogos, arte, literatura… lo multidisciplinar es marca de la casa vilamatesca. Y Chejfec, en un afán personal por abarcar varios temas, termina por abarcarlo todo: el dibujo, la pintura, la arquitectura, la descripción de (posibles) ciudades, los libros y la poesía, los narradores, las poetas, el universo mínimo de un paisaje tan enorme como su palabra y las metáforas que utiliza.

Da un poco de vértigo enfrentarse a un libro de Sergio Chejfec: el detalle nimio y aparentemente líquido se coagula en una visión, el rastro de tradición al recoger elogios justificados a otros artistas, el replantearse su pensamiento por si estuviera equivocado, ante la lectura de versos, poemas o novelas.

“Desprecio lo claro y lo explícito”, escribe en referencia a la ciudad, a la literatura: al todo que compone nuestro mirar, añadiría yo. Deja algo anonadado este tipo de literatura hipnótica: hablaba antes del detalle pero no es únicamente eso lo que hace que crezca por momentos mi admiración por Chejfec: es, cómo decirlo, esa fijación que tiene el escritor por alimentar la realidad con su lenguaje. Todo está ahí, pero no lo vemos, parece decirnos: por eso hay que practicar una literatura total, sin aspavientos ni intenciones de cerrar el círculo. Más bien, diría yo, Chejfec quiere ampliar nuestra visión de todos y cada uno de los temas que toca, maneja, sugiere.

Como una de esas sustancias psicoactivas que permite ver y vernos, nos contemplamos contemplando lo escrito por Chejfec como si fuera algo totalmente nuevo.

La literatura investiga problemas de revelación: pero lo mas misterioso de todo es que no la muestra, no la descubre. La verdadera literatura, parece decir, insinúa pero no desvela, dejándonos la maravillosa sensación de ser nosotros quienes descubrimos al asesino tras las cortinas, la oculta estrella tras las nubes, el deseo que no soporta más estar atrapado en el cuerpo deseante.

Hacer de lo estético una presencia sacra.

Es un libro enorme, extenso por lo que propone y profundo por cómo lo dispone. Un ejemplo sería las reflexiones sobre Barreto y su historia literaria, que es de antología.

La sensación es que hay mucho más: todo lo que no dice, escribe Chejfec y que hemos de componer los lectores. Como si la libertad otorgada nos supiera a poco, queremos más, sin darnos cuenta de que nos ha ofrecido lo más preciado que un escritor tiene: su desnudez ante la diversidad cultural que el mundo revela para él. Es un compromiso tanto para sí mismo, de honestas funciones investigadoras, como para quienes lo leemos, ya que decidimos en un momento prestar atención a algo que ni nos habíamos planteado que pudiera tener conexiones, poniéndonos en marcha mentalmente, o físicamente ya que leemos y buscamos informaciones, libros… que completen lo que el autor ha dejado en el aire.

No podía dejar de pensar en ‘Manual del distraído’ de Alejandro Rossi, del que guardo un magnífico recuerdo y multitud de notas.

Cualquier cosa que esto quiera decir.

Cualquier cosa que esto quiera decir: sobre Chejfec y su Teoría del ascensor

‘Herido leve’ de Eloy Tizón

Eloy Tizón, Herido leve, Madrid, Páginas de espuma, 2019

Referirse a Eloy Tizón, nombrarlo como artista, meditar sobre su papel en la literatura como lector, comentarista de textos ajenos, engrandecer textos y alentar el pacto entre lector y escritor, convertir la actividad lectora en mejor acción cada día.

Eso trataré de escribir, profundizando en la importante misión que alguien con una resonancia cultural bastante brillante posee: una responsabilidad de guía, a mi juicio, de corresponsable en los libros que recomienda en ‘Herido leve’, una especie de historia literaria alternativa, jugosa y diversa, pero sin esa pretensión de canonizar nada y dejar inmóvil el patio clásico de la literatura española o universal. El trabajo en este libro de Tizón me recuerda mucho a lo que Claudio Guillén postulaba sobre la tarea del comparatista (‘Entre lo uno y lo diverso’ es una maravilla altamente recomendable): Tizón no teoriza demasiado y es impresión mía pero enlazo el ingente trabajo de aquel, a la belleza con que este logra plasmar sus impresiones al comparar libros diferentes cuyas vibraciones hacen que, por medio de un hilo conductor aparentemente tenue, lleguen a buen puerto a la vez, sin perder la frescura crítica y resguardando las diferencias y características que hacen propias a cada autora, a cada libro, al autor mencionado por Eloy Tizón.

El lector ofrece una multitud de ejemplos, algunos de los cuales conoceremos o habremos incluso releído. Otros no. El libro se divide en ocho partes, y da la sensación de que nuestro escritor pretende pergeñar una extensa biografía literario-lectora. Sus impresiones, recuerdos, multiplicidades lectoras, reconocimientos y sugerencias brillan como destellos sabios y atractivos, en ningún momentos impertinentes o aburridos y esto, ya es bastante en un libro de reseñas de casi seiscientas páginas. Así que la diversión, la sorpresa y el amor por la literatura están presentes en todo el volumen, siendo algunas reseñas espectaculares ejercicios de teoría, ficción, imágenes sorprendentes o verdaderas lecciones de historia literaria.

No desgranaré el libro por completo: pero auguro que en unos años se hará, o al menos, partes de él, porque al ir haciendo calas pequeñas, descubriremos que esos pequeños agujeros que había en el estudio de algún autor, Eloy Tizón los rellena con el platino del cariño por ciertas expresiones y el oro del dominio técnico de la repetición de las ideas fundamentales, el dogmatismo indetectable que utiliza al nombrar sus convicciones de manera franca y plausible. Se convierte el libro en un dechado de lagunas cálidas donde nos sumergimos sin miedo a la incomprensión, a estar equivocados en nuestras lecturas: parecemos más libres de elegir -o no- esos libros que Tizón se demora primorosamente en acariciar con palabras de brujo literario, pero sin trucos baratos, con los mejores recursos de la alta literatura mágica de nuestro tiempo: la claridad, la profundidad, un comedimiento inaudito y una ejemplar falta de arrogancia.

Solo por estas razones, pensé, he de escribir algo sobre Herido leve: todo esto -no soy tan inocente de pensar lo contrario-, no sorprenderá a nadie que conozca la obra de Tizón, ni a él mismo. Los elogios a su obra son legión, como sus lectores. Pero quizá sirva utilizar ciertas herramientas tizonianas para entender sus escritos mejor o disfrutar de su pensamiento literario para conocer sus pócimas secretas, sus pases maravillosos que hipnotizan y que nos hacen leer página tras página sin darnos cuenta de que además de entretenernos, muestra saberes y los comparte con nosotros.

Así que he decidido dar unas cuantas pistas de lo que vamos a encontrar en este libro: podrían ser más, pero ya digo que son mis divagaciones en torno a un libro cuya riqueza es la sugerencia, por lo que a otra persona, le inspirará otras reflexiones, quizá más serias y rigurosas. Pero también podrían ser menos, qué importa. Si algo saco en claro de lo que -y cómo lo- escribe Tizón, es que importa poco tener todo claro sobre la literatura: es recomendable dejar un amplio margen para suposiciones, nuevas disquisiciones e ir poniendo en claro de a poquito férreas y rígidas convicciones intocables. ¿Es la vida así? parece preguntarse Tizón. Nos puede gustar Boris Vian, pero no por eso dejaremos de reconocer el magisterio de Artaud en algunos frentes; podemos idolatrar a Stendhal y no olvidarnos de Hoffmann. En fin, múltiples posibilidades, apertura mental y nada de quemas organizadas. Incluso cuando Tizón escribe una crítica deja un regusto amable en el paladar lector. Y eso ya tiene mérito. Lo que a continuación viene son impresiones después de acabar el libro: una pena, sí; releeremos los cuentos y buscaremos las novelas de este autor, qué vamos a hacer.

1-No perdamos la infancia. Las lecturas de nuestros años mozos y adolescencia marcarán sin duda nuestra memoria plena de recuerdos primerizos: superamos unos encontronazos literarios. Otros nos marcan de por vida.

2-Encontraremos en estas páginas terremotos de sensaciones sobre diversas autoras -por ejemplo, Lispector- que nos harán comprender que la emoción es fundamental al compartir ficciones. Esto es ficción, la crítica de Eloy Tizón, pues no ha de ser de otra manera el contar su experiencia lectora, tan diferente de todas las demás. Lo único es que su experiencia emite juicios más válidos que los de otras personas. Es lo que se llama un experto, como los hay en otros ámbitos, en el derecho o la medicina, y no vamos por ahí interpretando las leyes o sanando enfermos (bueno, algunos sí van por ahí, reventando la mesa con la maza de su opinión o conocen al dedillo la fórmula magistral para ayudar a un gobierno y sus expertos en cómo curar una pandemia; mundial; con dos cojones. Pero esto es otra historia). Así que la emoción, la formación y el conocer los recursos de contar, concluyamos, es importante en la escritura. Emocionar, enganchar y saber cómo hacer ambas cosas, hablando en plata, es cosa de la escritura verdadera. Algo así.

3-Los libros se acaban, pero no se agotan. Como este de Tizón al que volveré unas cuantas veces, por su bibliografía y teoría literaria sin querer ejercer de crítico. Por sus consejos como lector profesional que extrae el jugo literario de las novelas que comenta con total libertad.

4-Tizón no elude las vulgaridades de algunos autores: hay una frase atribuida a Flaubert que dejaré que quien se acerque al libro descubra, una comparación con un cigarro, maravillosa: las biografías de los autores -siempre recuerdo la frase de L. M. Panero- tienen su interés y aunque ya sabemos que no depende la creación del entorno, únicamente, es curioso comprobar ciertos datos de la vida de quienes maquinan historias y relatos extraños, fijados en un punto, desconectados de la realidad en algún sentido y en otros absolutamente dependientes de ella.

5-Somos relatos en medio de otros relatos, todos somos ficciones. No hay más preguntas, señoría: soberbias frases.

6-“Solo nos queda una cosa que hacer por nuestros mayores: escribir bien”. Schwob. Y Tizón cumple. Nos encontramos ante un despliegue de medios retórico que parecen naturales, imágenes de desbordante sensualidad, y sí, metáforas que contienen el sabor añejo y los materiales tradicionales tamizados por esa modernidad tan post que vivimos hoy día, según algunos. No pierde frescura el texto firmado en los años noventa. Por algo será.

7-La ejemplar selección, sin seguir modas, de autores y autoras: hay una gran cantidad de escritoras en estas páginas. Desde hace mucho, lo cual es llamativo y dice mucho de las amplias miras que el autor posee. Y aunque parezca una perogrullada, conozco “intelectuales” que atraviesan esa fase de misoginia, porque sí, querida lecturalia, como en todos sitios, entre ellas también existen malas escritoras que reciben reconocimientos: ya, ya sabemos que hasta hace poco eran ellos solamente quienes recibían los mismos reconocimientos, siendo igual de malos: así se reparte algo el pastel: cada quien sabe cómo escribe, cuál es su calidad, y cuál es la de quien tiene al lado. Y también hay escritoras buenas, y muy buenas. Y excelentes. Vaya, como entre los hombres. En fin, debates aparte de coraje macho: un gran acierto que personalmente, en medio de la vorágine de clásicos y falta de lecturas, me viene bien para conocer mujeres que no conocía y ya tengo ganas de leer.

8-Entre las muchas notas que decoran mi ejemplar de ‘Herido leve’, señalo “qué belleza”: Toda biblioteca es un trabajo de amor. Los libros se merecen (o no), como el mar o la risa.

Por frases como esta, analicémosla con afecto, es Tizón un peligro para la deshonesta capacidad de engañarnos que tenemos. No dice una “acción”, dice un “trabajo”. De amor. Algo que cuesta, un esfuerzo que culmina en un orgasmo y una felicidad. O eso leo yo. porque nos merecemos esas historias como el mar -el todo azul, la dicha marina, la sal que cura, el oleaje que somete y la vida del pez- o esa marca de primates diferenciados y felices que es la risa, y que ya condenara el venerable Jorge ante Guillermo de Baskerville. Nos lo merecemos: ambas potencias, ambas geometrías perfectas -el mar, la risa-. O no. Qué carga de profundidad ese llamamiento sin palabras a herejes que no sientan el amor por los libros. Parece decir que sufrirán las consecuencias de su rebelión ante la cultura. O no.

9-Los rusos, los diarios de Tolstoi, el recordarnos la historia. Siempre que leo sobre la muerte provocada por fascistas y comunistas del siglo pasado, pienso en las dictaduras, los refugiados y en los campos de concentración. (Recuerdo la visita a Sachsenhausen. Recuerdo lo que una mujer alemana nos dijo cuando le pregunté -imbécilmente, sin vocabulario en inglés apenas- si estaba bien para visitarlo: “No —nos dijo en un inglés totalmente comprensible—: no está bien, pero tenéis que verlo”. Lamentable contemplar como un turista los hornos para niños. Lamentable enterarse de que años después del final de la guerra, utilizaran estos con los mismos fines que los nazis, pero con su gente).

La historia no se olvida, o no debiera de olvidarse. Tizón lo sabe.

10-Definiciones posibles de literatura, sucedáneos y modernuras: podremos estar de acuerdo o no, pero es divertidísimo comprobar cómo toca la tecla Tizón y acierta en la melodía de los tiempos. Somos tan modernos que a veces no dejamos pasar una novedad a costa de los clásicos.

11-La literatura fantástica. Sus hallazgos, sus límites. Después, recordar a Roas, por ejemplo, o echarle un vistazo a sus cuentos. Leer la teoría de Todorov, lo que piensa sobre lo neofantástico Alazraki… Un mundo, ya digo, la dispersión organizada que imprime Tizón en estos formidables minicompendios de insinuaciones, veladuras y artificios literarios. Nos conduce ante unas cuantas puertas y nos impele a abrirlas todas, disipa el miedo, fomenta la curiosidad: más no se puede hacer.

12-La felicidad del lector. Miguel Arnas, novelista catalán, hace poco me hablaba de lo mismo: el disfrute de la lectura. Si no hay divertimento, hay que dejar ese libro. Y de nuevo, Tizón lo sabe, y sabe que en la variedad está el gusto, la alegría y no hay un monocorde sentido en este libro por lo que nos hará sonreír cuando impregne de literatura la reseña que leamos. Disfrute estético.

13-Conoceremos los best-sellers, su atractivo, su calidad y por qué leerlos o no. ¿Es la lectura siempre recomendable? Me ciño a los que decían Faemino y Cansado sobre la asistencia a sus espectáculos: “mejor estar aquí que delinquiendo”.

14-Poe y el cuento moderno: no me canso de leer sobre la relación, las implicaciones y los esfuerzos del americano por superar el cuento tradicional. Tizón lo explica a las mil maravillas. Sus reflexiones sobre el cuento en general, en los artículos inéditos que este libro contiene, son oro puro. También la lista de cuentistas jóvenes que da: una lista de la que a mí, conociendo algunos nombres que ahí aparecen, sin menospreciar a nadie pero ensalzando en mi humilde opinión a dos que he leído, Daniel Monedero y Juan Gómez Bárcena son espectaculares o al menos realizan el tipo de espectáculo que a mí me gusta ahora: me enfadan, sorprenden, sojuzgan y maravillan: hablo de ‘Manual de jardinería (para gente sin jardín)’ y ‘Los que duermen’. Para cuentistas y lectores con el interés de leer cada vez mejor.

Porque de eso se trata: de comprender que leyendo cada vez mejor, seremos más libres, nos impondrán menos y podremos ser más felices y vivir con mayor autonomía.

Tengo más notas, pero, como diría un amigo argentino “che, dejate algo para los demás, boludo…”

‘Herido leve’ de Eloy Tizón