Joaquin Phoenix. I’m still here.

I’m still here, Casey Affleck, 2010

El plano secuencia con que Casey Affleck remata esta delirante tortura visual no tiene desperdicio. En general, el film completo es una maravilla porque bajo la técnica del falso documental, contemplamos cómo un actor se reinterpreta a sí mismo.

La excusa de dejar el cine y su mundo, sirve para que Affleck y Phoenix tomen 2008 y 2009 como años del apocalipsis personal del segundo. Una apuesta por el hip hop, la incomprensión de los medios y una película -Two lovers- recién estrenada. BUM: “dejo esto” parece querer decir el actor, pero no puede, lo dice a medias, entre porros, putas, rayas de coca y un carácter de mierda (hay escatología también, como no podía ser de otra manera).

Pienso en otras películas de Phoenix: Inherent vice o The master, con esa otra bestia parda que es Philip Seymour Hoffman, en la que nuestro Joaquin interpreta a un Popeye horrendo, un marinero alcohólico que se bebe hasta los preparos de los motores si pueden ir mezclados con alcohol y hacen mucho daño en el estómago, en el cerebro y la conciencia.

Invento que Phoenix en un gran actor porque me recuerda a Paul Newman, a quien le tengo fe en todos sus papeles; Mastroianni cuando lo dirige Fellini, Jack Nicholson -con quien comparte el papel del desequilibrado enemigo del murciélago-.

Fantástico el desquicie que se palpa en esta película, con los pelos asquerosos y la obesidad a pleno rendimiento, desmitificando al hombre que está en la cumbre, haciéndolo llorar y descender hasta lamer las llamas de su propio infierno. Es ese último plano el que me hace pensar, delirar.

Tras descubrirse como un despojo, tremendo con los amigos, irresponsable en su vida cotidiana, violento, irracional y sometido a los instintos, Joaquin Phoenix va en busca del exorcismo final: viaja a Panamá -o donde sea- en busca de verde, agua y paz. Esas aguas que atraviesa en ese plano final son el umbral de la vida, de la regeneración: son más importantes las partes que no se ven, es decir, lo que cubre cada vez más el agua, pies, piernas, cintura, que lo que contemplamos: una espalda fofa y un contorno facial barbadísimo. Los pasos, el caminar -con todo lo que podemos imaginar por debajo del horizonte líquido- es lo fundamental: el regreso al agua, si del agua partimos, será la gran metáfora de la existencia.

Importa poco que no sea un documental verdadero. Es verosímil que es lo que cuenta en lo que se cuenta, sea cual sea el lenguaje utilizado para contar.

La ficción de Joaquin Phoenix es preocupante. Casi tanto como nuestra realidad.

Joaquin Phoenix. I’m still here.

Baricco y Novecento: un cuento memorable.

Alessandro Baricco, Novecento, Barcelona, Anagrama, 1999

Entre picos, palas y azadones, como dicen que dijo el Gran Capitán (“por picos, palas y azadones, cien millones de ducados”) este libro tiene 70 páginas mal contadas: y es que en tan breve espacio, un monólogo escrito para un actor, sirve para que Alessandro Baricco exhiba un derroche de imaginación, toneladas de ternura y una gran historia contada con ironía, distanciamiento y elegancia. Qué personaje se saca de la manga il signore Baricco. Qué inteligencia y simpatía propaga(n) el personaje y por extensión, su autor. Que no es Baricco, o sí, qué importa. Que desaparece, o está presente, qué más da: no nos da tiempo a buscarlo. La magia de la brevedad, las elipsis y los sobrentendidos juegan papeles cruciales y nos despreocupa tanto la autoría del texto como la verosimilitud de la trama.

Esta historia es un cuento hermosísimo, de una factura impecable del que Baricco nos muestra el escenario, personajes, principio, desarrollo y resolución. El conflicto externo e interno del personaje, su origen, sus amistades, sus fobias, filias y folias: su piano.

Y como de pasada nos habla del sacrificio de la música, que le pone banda sonora a otro sacrificio imparable, inabarcable, muy triste y real, nada de ficción y sus trucos: la inmigración, la vida nómada, la distancia del hogar y las muertes que aparecen en mares y tierras.

El azar y el destino provocarán que las reflexiones sobre conceptos que no teníamos muy meditados surjan en la lectura de esta breve historia: Baricco no necesita mucho espacio, mucha palabrería para contarnos metamorfosis, decepciones y alegrías del personaje.

Novecento es una historia fabulosa. Es un cuento preciosista sobre la amistad. No hay posible desperdicio, el léxico está perfectamente seleccionado para que funciona a la primera. Pero también a la segunda y tercera lectura, es simbólico, metafórico.

Es una tragedia de fondo existencial, una maravilla de la brevedad y un espectáculo imaginístico compuesto de fantasía y recuerdos ya que a veces “para salvarte, no hay nada más”.

Es la historia de una enorme desposesión, de un desgarrador encuentro con la vida.

Es una posible explicación de que todas las historias necesitan un final y de la libertad que nos conceden los creadores para que lo elijamos quienes leemos. Un agradecido homenaje a la escritura y la lectura.

Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque si no puedes acabar volviéndote loco. Como cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra. Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras en el espejo y te das cuenta de que eres viejo. Cuando, en mitad del océano, Novecento levantó la mirada de su plato y me dijo…

Baricco y Novecento: un cuento memorable.

Bradbury alucinante: Fantasmas de lo nuevo (I sing the body electric!)

Ray Bradbury, Fantasmas de lo nuevo, Buenos Aires, Minotauro, 1974

Algo sorprendente enfrentarse a la lectura de Ray Bradbury. La expectativas quebradas y altas y fuertes parecían haber llegado.

Tras la lectura de Farenheit 451 y Cuentos espaciales con una diferencia entre ambos libros, de unos veinte años, leo Fantasmas de lo nuevo (con ese título whitmaniano I sing the body electric!) y la sensación de haberme estado perdiendo en otras lares, en otros libros, no me abandona, cuando Bradbury estaba ahí, aquí. Es de suponer que quien lo ha leído más, dirá “qué envidia que lo puedas descubrir”, como me dijo un día Antonio César Morón sobre Valle-Inclán.

Tremendas metáforas, viajes e intertextualidades: Hemingway, una abuela mecánica, o recién nacidos de otra dimensión. Impredecible y de una libertad apabullante.

Divertido y caótico, Bradbury es capaz de transportarnos a otro tiempo como en el relato ‘Terrible conflagración en la casa’: el argumento parece simple, la resolución, lo fascinante del estilo, la vuelta que el escritor es capaz de darle a un castigo, es alucinante. La ruptura entre el pueblo y la nobleza, la lucha entre clases, el no poder asumir la carga —por parte del populacho— de lo que sostiene el noble y este de poder salvar el pellejo, la casa, el arte… en nombre de su patria, la ironía escondida y terrible que hay en lo que parece un único destino: la conflagración. Impresionante.

La paternidad, la maternidad y el ser hijo: la extrañeza del deseo superior a cualquier cosa y el asistir a las metamorfosis necesarias tanto temporales como espaciales, guiándonos con un poderoso bagaje de lecturas y escritura: se nota la comodidad del escritor al contar lo que la imaginación le dicta sin preocuparse más que por hacer disfrutar a quien lo lea.

Encontraremos sirenas y dudas, máquinas humanas o humanos robotizados y política, historia de Estados Unidos y un culturista joven, solitario, preocupado por el interior que no consigue compartir por la pasión viril que impone el músculo. Aparecerá Dickens también, aplicará una técnica descriptiva de personajes tan efectiva que casi olvidaremos la primera parte del relato ‘La ciudad perdida de Marte’, olvidaremos Marte, el espacio. La trama se impone y cómo construye esa trama nos atrapará.

‘El hombre de la camisa de Rorschach’. Poderoso, libérrimo, los monólogos del protagonista conforman el pensamiento de los demás, el nuestro: al describir lo que se ve, quienes leen el cuento ya lo han imaginado, ya lo vislumbraron por las sugerencias ofrecidas. Cristo Apolo, el poema donde todo empieza y todo termina: imágenes de secuencias temporales y negación construida sobre Dios y su Hijo y la desaparición de ambos.

La destrucción de lo antiguo, de las tradiciones y la naturaleza, en ‘Sí, nos reuniremos en el Río”, puede leerse en clave de denuncia sobre lo que estamos viviendo ahora, cuando pesa más la rentabilidad de las operaciones financieras que un resto verde de vida en el campo.  

Una historia bellísima es ‘Fantasmas de lo nuevo’: la decadencia y la vejez, muy a lo lejos, se asoman para saludar desde una Irlanda que tenemos que conocer leyéndola. Una maravilla de elipsis nos acompañan, deslumbrándonos, cegándonos, aclarando prístinas las dudas.

Hay un relato de esos que habría que salvar si alguien, por fin, lograra silenciar lecturas e imponer un gusto único, un sentido lector, una dictadura cultural. He imaginado tantas veces que alguien asistía a la quema de libros, a la violencia que vemos por las calles, que ‘El motel de la Gallina Inspirada’ merece un sitio en el hueco de nuestros corazones lectores.  Como si un viaje alucinatorio y familiar nos poseyera. Como si habláramos desde otro cuerpo a nuestro cuerpo sabiendo que no es el nuestro.

Salvación para el libro entero, sinceramente.

Bradbury alucinante: Fantasmas de lo nuevo (I sing the body electric!)

David Roas: sobre Poe y la literatura fantástica en España en el siglo XIX.

David Roas, La sombra del cuervo. Edgar Allan Poe y la literatura fantástica española del siglo XIX, Devenir, 2011.

Desde el título, este libro ya promete lo que va a ser: un gran estudio sobre la influencia del genial escritor estadounidense Edgar Allan Poe en la literatura española del siglo XIX, en concreto, en el género fantástico, en el que es especialista el autor, David Roas, cuyos trabajos se recogen en otros volúmenes en solitario, volúmenes en conjunto y obras que recogen colaboraciones varias como las que tiene publicadas en E.D.A. Libros o aquella tremenda recopilación de artículos de autoras y autores diversos sobre el monstruo. Son ejemplos del trabajo de Roas, que además de creador, es crítico: hace poco, recordaba en una charla cómo se siente algo Jekyll & Hide al enfrentarse a sus dos posiciones, la de crítico y la de escritor.

En este caso, comentamos un ensayo muy completo: tiene cualidades como ser informativo, entretenido y además anima a la lectura. Encontraremos a Poe, y si no lo hemos leído, Roas hará que nos entren ganas de conocer a Berenice, Morella y compañía, Usher o el Maelström. Además nos contará cómo la crítica se volcó en comentar los relatos del escritor de Boston y cómo recogieron el guante, tanto en recursos como ambientación, los escritores que quisieron aportar ese toque extraño, esa atmósfera que dibujan los relatos fantásticos y cómo fue la recepción de esas obras por el público de nuestro país durante esa época. Y hasta encontraremos, si estamos atentos, algún guiño irónico marca de la casa, con los que Roas despeja el velo de la seriedad en muy contadas ocasiones: porque este libro es riguroso, pero no por eso, pienso que piensa Roas, debe ser la literatura gris e insípida.

En la introducción nos hablará sobre las primeras recepciones de Poe y de paso tratará de cierta crítica mientras nos habla de los objetivos de su investigación al compartir sus hallazgos sobre la recepción de la obra de Poe, y como decíamos antes, cómo se trató esa obra, diferenciando a críticos que aportan más bien poco y a quienes se centran en rasgos importantes de los cuentos del americano y que influirán realmente en los escritores españoles. También nos introducirá en la literatura fantástica española antes de que Poe ejerciera su influencia: otros países y otras literaturas, como El monje de Lewis o Melmoth el errabundo de Maturin, serán grandes historias que serán de gran importancia entonces.

Así escribe sobre las revistas especializadas del momento que publicaban a los autores y traductores españoles —algunos homenajeaban y otros por lo que se entiende, se acercaban demasiado al texto ajeno—nos explicará el cuento gótico y las características de lo fantástico legendario y nos contará algo maravilloso como fue la aparición de E.T.A. Hoffmann —del que por cierto, Roas tiene un trabajo escrito también—; la transgresión amenazante será muy bien explicada como la característica fundamental de lo fantástico y conoceremos también conceptos como lo pseudofantástico.

Bécquer, Serrano Alcázar, Alarcón y Escamilla serán tratados en profundidad cuando se llegue a España, pasando antes por lo que Poe pensaba sobre lo fantástico y cómo lo practicaba, así como las versiones y adaptaciones que del mismo se hicieron. Las traducciones y las imitaciones ya comentadas y las influencias completan este valioso ensayo.

No quiero dejar pasar la ocasión para hablar de la edición, a manos de Juan Pastor, editor de Devenir: el libro es una belleza, como siempre que este editor se pone manos a la obra.

Y por último, elogiar la sabiduría —ya conocida— del autor: Roas se empeña es esclarecer tanto que las notas a pie de página por sí solas son como microensayos de lo tratado; añade unos apéndices con un catálogo de traducciones españolas —con alguna traducción de relato apócrifo y adaptaciones— de las obras de Poe y el listado de títulos traducidos. Y concluye con una bibliografía que hará las delicias de aficionados y especialistas del tema.

Un hermoso libro que contiene un magnífico estudio y que, a poco que nos guste la literatura, disfrutaremos: si ya, como es el caso, nos gusta Poe, la literatura fantástica y sus códigos, y de dónde venimos en España y hacia dónde nos dirigimos, será un verdadero estímulo intelectual su lectura.

David Roas: sobre Poe y la literatura fantástica en España en el siglo XIX.

FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez, en E.D.A.: literatura, juego, diversión.

Pablo Martín Sánchez, FrICCIONES, Benalmádena, E.D.A libros, 2011

No es la primera vez que comento algo de E.D.A. libros, ya que tienen libros interesantes y propuestas como la que traigo hoy y que tenía muchas ganas de leer.

Pablo Martín Sánchez —‘El anarquista que se llamaba como yo’, por ejemplo— es un escritor preocupado por la forma que le da a sus textos y por cómo esta puede hacer que nos lleguen a quienes lo leemos. Hasta aquí, parecería que hay gente que se dedica a escribir a la que no le importa la forma: muy bien, hemos llegado a la misma conclusión. No es este el caso, decía, porque el lenguaje le sirve al autor para, desde el mismo título, crear sensaciones: sé que es amante de palabras y significados y juegos y variaciones y permutaciones -digno miembro de OuLiPo- así que empezaremos haciendo algo que creo intentó él mismo: la palabra FrICCIONES atenta contra la unilateralidad de significado. Restregar, rozar (se) dos cuerpos: mucha fricción provoca calor y ahí lo dejo. Pero ¿y el cálido roce de la inventio, la dispositio y la elocutio? La ficción, el relato, la historia, el placer de contar, una vez pensado un argumento y derivar hacia la lengua y la literatura todo el interés probable. De esos roces, ya se encarga Martín Sánchez -al igual que de la calidez, lo sensual que acecha en el libro en espera de que lo hallemos y lo hagamos nuestro- en la estructura del libro, dividido en tres partes, quizá de menor a mayor intensidad: me refiero a los términos, no a calidad o importancia de lo tratado, porque en esto, nos ha salido exquisito don Pablo: cuida hasta el último detalle, sin pedantería ni aspavientos, el lenguaje, sus múltiples funciones y las tramas y finales de los cuentos.

27 piezas, si no me fallan las cuentas, entre Roces, Caricias y Abrazos. Es una relación de amor la que intenta entablar el autor mediante la vía de la literatura hacia quien lo está leyendo, y viceversa: nos entrega amorosamente el lenguaje -pulcro, literario, listo para fascinar- para arroparnos hasta que el libro concluye. Así, consigue un libro digno, entretenido, inverosímil, divertidísimo en ciertos momentos absolutamente desquiciados y muy literario.

Para empezar con lo irónico cita a Monterroso, como prologuista, con un texto de este escritor como es La letra e. Algo sobre la unidad, y su imposición en la obra de arte. Por si todo lo anterior que escribí no sirviera para nada, empezamos la reseña de nuevo.

Tras Monterroso -¿dijimos que prologa el libro hablando de la unidad que ciertos elementos de ficción han de poseer para realizar una tarea mayor como (dice Monterroso) si la vida fuera de tal manera y no nos sorprendiéramos de lo deslavazado que es todo?- comienza la juerga literaria, el festival de palabras, tramas, personajes y finales.

No destripo por costumbre, no lo voy a hacer ahora: nombraré solo algunas de las maravillas que logra Pablo Martín Sánchez para encandilarnos mediante FrICCIONES cada vez más certeras, porque en esto hay gradación, y la técnica aparece para conseguir que nos impresionemos del placer literario que sentimos.

Casi todo lo peor que le pueda pasar a alguien aparece en la primera parte, temáticamente hablando: los recursos son diversos y el autor no deja que decaiga en ningún momento la acción y los conflictos a lo que someten: la soledad y Borges, hasta dónde podemos llevar un texto en su interpretación, la infancia y sus momentos, la memoria y sus lagunas queridas o la composición de un beso integran esta parte. Hay mucho más, pero hay que leerlo y descubrirlo: los engranajes están perfectamente engrasados y unos ayudan a girar a otros, una delicia descubrir recovecos que ha ido abriendo el escritor por los que nos podemos asomar para ver al protagonista sonriendo extrañado que no corresponde en ese cuento mientras que respira en su pieza de manera normal. Uno de los recursos que más me fascinan, la historia dentro de otra historia, dentro de otra…, el de la mise en abyme, aparece en De sueños y versos, y por favor, retengamos versos, retengamos sueños. Por eso son Roces, a veces duelen, a veces cicatrizan.

En Caricias, aparece una ironía tremenda, un buen humor que nos invade como suponemos que poseyó al autor: los nombres, las metamorfosis, los hechos que padecen personajes y ambientes surgen en una bacanal literaria: Vila-Matas, la composición de la obra literaria, rodrigo Fresán asoma el ojo, Carpentier el nacimiento y las citas, la metaliteratura y los apoyos, verdaderos o ficticios, recordados o nuevos, dejan paso a la teoría de cómo ha de escribirse un relato. O no. Al final de alguna pieza, pensé muerto de risa: qué poca vergüenza, qué humor qué derroche de simpatía como una corriente común que compartimos, mediante palabras y frases, tramas y soluciones magistrales, quien escribe y quien lee: esto, como antes, retengámoslo también. El tiempo y erotismo cobran protagonismo: del roce a la caricia hay unas páginas.

Los Abrazos son la constatación de la buena intencionalidad del autor: armar un pequeño puzle literario-lingüístico para que nos lo pasemos muy bien desarmándolo y volviéndolo a armar en nuestra (s) lectura (s): por ejemplo, en Faustine, la fabulación es bilateral y va desde el narrador a la narrataria, que se convierte en narradora para hacer narratario al narrador. Más metamorfosis, más juego, más literatura. Encontramos cuentistas de lo que otros contaron, revistas literarias, humorismo, el lenguaje diverso y sus usos, y la pieza Accidente, que hay que leerla, releerla y ponerle un piso en el Parnaso.

El volumen concluye con Entropía, -el tiempo de nuevo, o siempre- otra pieza para enmarcar.

Todo lo escrito se resume, y mejor, en la ilustración de cubierta de Chema Lumbreras: un conejo escuálido vestido como un runner atraviesa un espejo que a la vez es un reloj, que ha sido de-fragmentado de una pared donde hay un agujero negro, y a sus pies un cubo de Rubik. El conejo introduciéndose, acción pura, y debajo, o detrás o ahí, el hueco de una pieza de puzle.

Eso es la literatura. Al menos esa es la que escribe Pablo Martín Sánchez. Y ahora, leo por ahí con alegría, que los franceses dicen que oui, monsieur Martín: c’est la grande littérature!

FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez, en E.D.A.: literatura, juego, diversión.