Siempre soy cualquiera: a propósito de ‘Esta bruma insensata’ de Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, Esta bruma insensata, Seix Barral, 2019.

Contar algo a estas alturas de Vila-Matas es casi una imprudencia. Decir algo original porque ya sabemos que el escritor es capaz, como decía Fresán, de hacer que sus obsesiones pasen a ser nuestras desde el momento en que abrimos el libro, leemos la primera frase del artista citador –ya hay que tener confianza en que todo sea normal, para que haya un citador que sea artista- y descubramos que lo anormal es lo que no entra entre páginas y párrafos cuyas líneas expresan la amable concupiscencia de la literatura.

Porque de lo que se trata, entre florestas que no existen y fuego fatuos de Barcelona y provincia, es de insinuar que la lectura es tan importante para la formación de personas e individuales pensamientos que siempre estará la literatura: qué importa quién y cómo y cuándo y por qué.

La literatura sobrepasa al arcipreste de Hita o a Cervantes. O no se habría escrito nada sin citarlos.

Santa Teresa habló de la confianza y la fe viva y que la gloria del mundo es vana: nada más cerca, al leer a Vila-Matas, a veces. Nada más lejana de su impostura. La grandeza de la literatura es confirmar que otros mundos son posibles, que la fe existe en Pynchon y qué, preguntamos, si Pynchon no existe pero alguien creó lo que leemos, ¿no es así como formamos mitologías y héroes y heroínas y nos colocamos en la posición del otro como lectores al comprobar que la experiencia lectora es una, personal e indiscutible para probar que entendemos la historia, que somos parte de ella y que al final, si hubiera solo uno, podemos compartir el trofeo?

Pero qué trofeo, parece contarnos Enrique Vila-Matas. ¿Hay algún premio en comprender que nuestra historia o la de otras personas sobreviene gracias a la invención, la memoria y que la ficción compone y desentona esa memoria y esas invenciones que tanto bien nos hicieron?

Vila-Matas estructura una ficción desde cero. Al menos nadie soporta, por gusto literario, la presión de componer un agónico y bellísimo canto a uno de los escritores más invisibles pero presentes del momento como lo hace el catalán.

Vila-Matas sigue, como siempre que abrimos al azar una página cualquiera de sus libros, provocando la curiosidad, las ganas de leer, el sentimiento de querer seguir leyendo por si alguna vez se le ocurre a alguien escribir —y ya aventuro, que la osadía se convertirá, como casi siempre en humildad—  que se plantee la laboriosidad de ser escritor, el encuentro con la más experimental serendipia y tener la capacidad de oh, sí, trasladarlo a lenguaje literario, con las precisas herramientas y de verdad, de verdad, creernos absolutamente que Vila-Matas no existe, que siempre ha sido traducido por otra gente, que, en definitiva, llegan manuscritos de Nueva York a Barcelona, vía, cómo no, Layetana, Florencia, Manhattan…

Importa algo si ‘Esta bruma insensata’ es una más, de las vilamateces geniales…

Siempre soy cualquiera: a propósito de ‘Esta bruma insensata’ de Vila-Matas

La culpa fue de Miguel Arnas: Pynchon, Anderson y Phoenix: Puro vicio

Inherente vice, Paul Thomas Anderson, 2014

Miedo me daba esta película, sabiendo quién era el autor del libro. Pánico, los ojos de Phoenix, mírenlos, mírenlos en el cartel…

Quería leerme la novela -una de las pocas que no conozco aún de Thomas Pynchon- pero Joaquin Phoenix y Anderson (Magnolia, The master)… juntos… Buf, imposible resistirse.

Como las novelas de Pynchon (que hay que volver a ellas, después de quedarse medio lelo al leerlas), la película hay que verla un par de veces o más, porque el ambiente hippy, la atmósfera canábica y los silencios del personaje de Phoenix -Doc Sportello, extraño y fumado detective- hacen que la película sea un zambullirse en sensaciones visuales y auditivas de espectacularidad brutal.

La violencia no falta, las reflexiones sobre el sistema -Pynchon, ya saben- no dejan indiferente al espectador al conocer o recordar una época gloriosa de la incoherencia, las drogas y la revolución social de U.S.A. y los pensamientos y las palabras se convierten en fluidos de coctelera.

Cada vez me parece más interesante Joaquin Phoenix: lo veo como un actor en crecimiento y los personajes a los que consigue dar vida en la pantalla, me parecen de lo mejorcito que últimamente se ha logrado en cine: definidos, coherentes y equilibrados.

Y hablar de equilibrio en esta película de casi dos horas y media es complicado: el sexo, las libertades que se oyen lingüísticamente, sin la política correcta del “bien hablar” y el pensamiento o la moral caducos de hoy día, cuando se dicen y hacen “cosas” contradictorias: Doc Sportello es un derrotado que se sabe muerto, acabado, y que quizá, utilizando las pocas neuronas que le van quedando entre juerga y juerga -no premeditadas algunas- puede hacer el bien sin recibir nada a cambio, o al menos, nada material para él mismo. Esta grandeza lo convierten en uno de los personajes que hacen reflexionar, pensar que en el mundo, en cualquier época, hasta un fantoche -como lo ven los demás- enamorado -como se siente él- puede ser un buen tipo, una persona que lucha por los demás, dejándose por el camino mandíbulas y costillas en puños y patadas que le llegan a través de una mental niebla musical deliciosa, deliberadamente transmitida.

Leeré el libro –La subasta del lote 69, V, Vineand, El arco iris de la gravedad… hay posibilidades de elegir (Mason y Dixon, que no conozco…)- y hagan lo mismo si les apetece. Empecé por La subasta creo: me lo regaló el gran novelista Miguel Arnas, y es uno de los presentes que guardo, tras leerlo, con más cariño: ¡gracias, Arnas, por introducirme en ese raro y vital universo de Pynchon!

Ahora: si entran en esos mundos, quizá no quieran salir… quizá no puedan, y quieran más.

Avisados quedan.

De histeriasdecine.wordpress.com

La culpa fue de Miguel Arnas: Pynchon, Anderson y Phoenix: Puro vicio