Baricco y Novecento: un cuento memorable.

Alessandro Baricco, Novecento, Barcelona, Anagrama, 1999

Entre picos, palas y azadones, como dicen que dijo el Gran Capitán (“por picos, palas y azadones, cien millones de ducados”) este libro tiene 70 páginas mal contadas: y es que en tan breve espacio, un monólogo escrito para un actor, sirve para que Alessandro Baricco exhiba un derroche de imaginación, toneladas de ternura y una gran historia contada con ironía, distanciamiento y elegancia. Qué personaje se saca de la manga il signore Baricco. Qué inteligencia y simpatía propaga(n) el personaje y por extensión, su autor. Que no es Baricco, o sí, qué importa. Que desaparece, o está presente, qué más da: no nos da tiempo a buscarlo. La magia de la brevedad, las elipsis y los sobrentendidos juegan papeles cruciales y nos despreocupa tanto la autoría del texto como la verosimilitud de la trama.

Esta historia es un cuento hermosísimo, de una factura impecable del que Baricco nos muestra el escenario, personajes, principio, desarrollo y resolución. El conflicto externo e interno del personaje, su origen, sus amistades, sus fobias, filias y folias: su piano.

Y como de pasada nos habla del sacrificio de la música, que le pone banda sonora a otro sacrificio imparable, inabarcable, muy triste y real, nada de ficción y sus trucos: la inmigración, la vida nómada, la distancia del hogar y las muertes que aparecen en mares y tierras.

El azar y el destino provocarán que las reflexiones sobre conceptos que no teníamos muy meditados surjan en la lectura de esta breve historia: Baricco no necesita mucho espacio, mucha palabrería para contarnos metamorfosis, decepciones y alegrías del personaje.

Novecento es una historia fabulosa. Es un cuento preciosista sobre la amistad. No hay posible desperdicio, el léxico está perfectamente seleccionado para que funciona a la primera. Pero también a la segunda y tercera lectura, es simbólico, metafórico.

Es una tragedia de fondo existencial, una maravilla de la brevedad y un espectáculo imaginístico compuesto de fantasía y recuerdos ya que a veces “para salvarte, no hay nada más”.

Es la historia de una enorme desposesión, de un desgarrador encuentro con la vida.

Es una posible explicación de que todas las historias necesitan un final y de la libertad que nos conceden los creadores para que lo elijamos quienes leemos. Un agradecido homenaje a la escritura y la lectura.

Es una de esas cosas que es mejor no pensarlas, porque si no puedes acabar volviéndote loco. Como cuando se cae un cuadro. Cuando despiertas una mañana y ya no la amas. Cuando abres el periódico y lees que ha estallado la guerra. Cuando ves un tren y piensas tengo que largarme de aquí. Cuando te miras en el espejo y te das cuenta de que eres viejo. Cuando, en mitad del océano, Novecento levantó la mirada de su plato y me dijo…

Baricco y Novecento: un cuento memorable.

Siempre soy cualquiera: a propósito de ‘Esta bruma insensata’ de Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, Esta bruma insensata, Seix Barral, 2019.

Contar algo a estas alturas de Vila-Matas es casi una imprudencia. Decir algo original porque ya sabemos que el escritor es capaz, como decía Fresán, de hacer que sus obsesiones pasen a ser nuestras desde el momento en que abrimos el libro, leemos la primera frase del artista citador –ya hay que tener confianza en que todo sea normal, para que haya un citador que sea artista- y descubramos que lo anormal es lo que no entra entre páginas y párrafos cuyas líneas expresan la amable concupiscencia de la literatura.

Porque de lo que se trata, entre florestas que no existen y fuego fatuos de Barcelona y provincia, es de insinuar que la lectura es tan importante para la formación de personas e individuales pensamientos que siempre estará la literatura: qué importa quién y cómo y cuándo y por qué.

La literatura sobrepasa al arcipreste de Hita o a Cervantes. O no se habría escrito nada sin citarlos.

Santa Teresa habló de la confianza y la fe viva y que la gloria del mundo es vana: nada más cerca, al leer a Vila-Matas, a veces. Nada más lejana de su impostura. La grandeza de la literatura es confirmar que otros mundos son posibles, que la fe existe en Pynchon y qué, preguntamos, si Pynchon no existe pero alguien creó lo que leemos, ¿no es así como formamos mitologías y héroes y heroínas y nos colocamos en la posición del otro como lectores al comprobar que la experiencia lectora es una, personal e indiscutible para probar que entendemos la historia, que somos parte de ella y que al final, si hubiera solo uno, podemos compartir el trofeo?

Pero qué trofeo, parece contarnos Enrique Vila-Matas. ¿Hay algún premio en comprender que nuestra historia o la de otras personas sobreviene gracias a la invención, la memoria y que la ficción compone y desentona esa memoria y esas invenciones que tanto bien nos hicieron?

Vila-Matas estructura una ficción desde cero. Al menos nadie soporta, por gusto literario, la presión de componer un agónico y bellísimo canto a uno de los escritores más invisibles pero presentes del momento como lo hace el catalán.

Vila-Matas sigue, como siempre que abrimos al azar una página cualquiera de sus libros, provocando la curiosidad, las ganas de leer, el sentimiento de querer seguir leyendo por si alguna vez se le ocurre a alguien escribir —y ya aventuro, que la osadía se convertirá, como casi siempre en humildad—  que se plantee la laboriosidad de ser escritor, el encuentro con la más experimental serendipia y tener la capacidad de oh, sí, trasladarlo a lenguaje literario, con las precisas herramientas y de verdad, de verdad, creernos absolutamente que Vila-Matas no existe, que siempre ha sido traducido por otra gente, que, en definitiva, llegan manuscritos de Nueva York a Barcelona, vía, cómo no, Layetana, Florencia, Manhattan…

Importa algo si ‘Esta bruma insensata’ es una más, de las vilamateces geniales…

Siempre soy cualquiera: a propósito de ‘Esta bruma insensata’ de Vila-Matas

La entreplanta, Nicholson Baker, La navaja suiza

Nicholson Baker, La entreplanta, traducción de Ce Santiago, Madrid, La navaja suiza, 2018.

Este será un libro muy especial para quien se anime a leerlo. Así que no me limitaré a hablar únicamente de lo que es, una novela, sino de la edición y la traducción y el prólogo.

Digo que es una novela por acotar: es mucho más, pero para empezar con orden y concierto, empezaremos por la edición: La navaja suiza, sus integrantes, tienen un gusto exquisito y es un placer tener un libro de la editorial en las manos. Cubierta y contracubierta ilustradas, a dos colores —alguno más hay intermedio— al igual que entre el título y el autor: negro y verde predominan sobre los grises. Además, tras las páginas de cortesía y una falsa guarda verde, en realidad es una hoja, ya que no llega a ser guarda, pero parece acompañar perfectamente el diseño del libro, por el color. Y justo antes la portada, Laura Moreno realiza una magnífica ilustración del autor -parte izquierda del rostro- que se repite al final -parte derecha de la faz- sin ser el mismo gesto.

Así que ya tenemos algo bastante importante y aún no hemos entrado en materia: ¿o sí? Por supuesto: tan importante es la estructura externa de un libro como la interna, lo agradable y gustoso que es disfrutar de la vista, el tacto… que hacen que lleguemos a aspirar las cubiertas del libro, y nos preparemos para su lectura, es fundamental como entrada a esta joya.

Esta edición de ‘La entreplanta’ de Nicholson Baker, viene precedida por ‘And yes I said yes I will Yes. Siete notas sobre La entreplanta’ de Patricio Pron, casi nada. La frase, nos recuerda este autor es la que dice Molly Bloom en el Ulises, y despierta el afán por la disposición que hemos de tener para enfrentarnos al arte, en este caso, la literatura. Es muy potente esta parte escrita por Pron, como no podía ser de otra manera y da una lección magistral sobre cómo introducir un libro sin reventarlo. Es mejor leerlo, claro, pero apunto algunos temas que siempre me han interesado: el argumento, la forma, la conciencia que se contradice a sí misma, la obra literaria como tal ¿qué necesita para serlo?, la crítica literaria y su trato a Nicholson Baker, en fin, un conjunto de cuestiones fundamentales que Pron acerca a nuestros ojos.

La novela. Ah sí, la novela: la novela, ese artefacto narrativo donde prima todo lo narrativo, acción, reflexión -aunque parezca que me contradigo-, diálogos… se ha hablado tanto y escrito más sobre el género, que no hay nada como un libro parecido a este para desmentir todo, divertirse de lo lindo y asombrarse -creo que es lo más destacable de su lectura- cuando el autor se plantea algo. Porque es un planteamiento de planteamientos el libro: dudas, preguntas, aseveraciones para ser cuestionadas, negadas o vueltas del revés. De hecho, muchas de las sorpresas que el libro tiene reservadas para quien lo lea, es la historia de la evolución moderna que más o menos habremos vivido todo el mundo. La aparición de cosas, objetos, enseres… y las actitudes que acompañan a esas cosas, diferentes, totales, parciales… que hemos tenido o no, serán los puntos fuertes con los que Baker no deja de hacerse/nos preguntas. Cómo ha cambiado todo, desde una melancolía a ratos irónica y siempre lúcida, con esa conciencia que se contradice -que ya advertía Pron- y que, oh, sorpresa, nos añade información como quien no quiere en las notas a pie de página -otro punto fuerte según el escritor que introduce la obra-.

El detalle por el detalle, la minuciosidad con la que Baker nos coge de la mano y después nos suelta y somos, quienes lo leemos, quienes queremos seguir de la mano de ese guía, para no perdernos, hasta que descubrimos que no importa, no importa la trama, el argumento, porque lo realmente sagrado es la palabra. Encontramos analepsis (flashbacks orgullosos de serlo) que nos llevan a un tiempo que inmediatamente se utiliza para hablarnos del presente, compara ambos momentos y decir si la cosa ha mejorado (la Historia, nuestra historia, cualquier tipo de historia paralela o circundante al objeto o a lo que se le venga a la cabeza al protagonista) o ha empeorado, si nos hemos dado cuenta de su mejoría o su empeoramiento y todo esto, con una cantidad de detalles, como decía, que forman por sí solos el estilo del autor, al menos en esta obra.

El papel, el plástico, el medio ambiente. Las tiendas, el instituto, los hogares. Está todo porque de todo se puede escribir al tener esa mirada: la mirada curiosa que observa, fotografía, decide escribirlo a través de un discurso literario y llega la conciencia y promueve descargas en forma de recuerdos, o aprovechar la sabiduría y los hechos actuales del narrador.

Si nos fijamos, por decir algo apasionante pero no necesario para disfrutar la historia [(¿qué historia? -diría alguien-)] es esto mismo que he tratado de reflejar, sin conseguirlo, porque no es una nota a pie de página el primer signo, el corchete, que he utilizado: en algunas partes, Baker es capaz de inaugurar un segundo nivel, que a su vez tiene un tercero, que se completa con un cuarto nivel narrativo. Y se entiende. Ya digo, algo sorprendente y que exige ser celebrado, pues nos hunde o eleva en diferentes lugares, para extraer pepitas de oro literarias y regalárnoslas.

Tengo decenas de notas. Creo que mejor leer este libro, es una aventura, una apuesta y una alegría. Un personaje, definido por un pensamiento recurrente del que nos hace partícipes (quiere pensar más, y mejor) no es para abandonarlo a su suerte.

Termino felicitando a Ce Santiago -gesto que no creo que le haga falta, pues sabe qué ha hecho, qué ha conseguido: pero es impresionante-: no soy experto en traducción pero las palabras que coloca el traductor al final de la novela, son precisas, hermosas y de enamorado. Enamorado del arte, la literatura y el compromiso con los lectores y lectoras que se acerquen al libro.

Me quedo con lo de que al acabar la traducción, Ce Santiago tuvo “agujetas mentales”.

Qué grande.

La entreplanta, Nicholson Baker, La navaja suiza

Los insignes, (o no tanto) de David Pérez Vega

David Pérez Vega, Los insignes, Sloper, 2015.

Qué felicidad se esconde en estas páginas: la cara de, lo dice todo

Si es que al final, de eso se trata: de reírnos de nosotros mismos.

David Pérez Vega es poeta y novelista y alguna que otra cosa más, y se le nota. Ferocísima y dulce crítica la que hace al mundo de la cultura, centrada en la escritura de poemas, en el mundo de la lírica actual y pasado porque como diría Javier Krahe, cualquier tiempo pasado fue anterior.

Un poeta verdadero, o así se siente él, entabla comunicación y amistad con Kim Jong-un. Y esta es la premisa para repasar unos tiempos grises y oscurísimos sobre nuestra concepción de lo que es la literatura, y como decía antes, la cultura en general, plagada de pobreza crítica, mucho ayuntamiento carnal y primate (de primos/as) e intereses extraliterarios.

Y con un fino sentido del humor que provoca a quienes leemos esta novela, maravillosamente estructura entre una inverosímil relación, el buen carácter de un dictador y las penalidades de un poeta exquisitamente poco atractivo, pero preparado, leído y con ganas de triunfar como el que más, merecedor de coronas y laureles que no llegan pero que nos suenan.

La facilidad que Pérez Vega tiene de componer un drama es apabullante, la verdad. Nos -me- invade raudamente la vergüenza al reconocer ajenas formas y reacciones propias en esto de escribir. Y una envidia poco sana al reconocer a un buen novelista que es capaz de transportarnos al otro lado de mí mismo, es decir, reconozco la calidad de lo intentado, que llega a ser un triunfo de la aparente sencillez y pocas ínfulas que el escritor tiene, comparado con el narrador, el protagonista de la historia y su compañero de fatigas.

Muy recomendable lectura para quienes quiera saber de qué va la película lírica que nos obligan a ver en el cine de la actualidad cultural. Y me atrevo a decir que el arco de edad para leer estas páginas es muy elástico, algo que no es fácil de hacer si tenemos en cuenta que lo que quiere comunicar Pérez Vega es una desazón que podemos sentir desde tempranas edades -cuando vemos que la suerte en premio o publicaciones de nuestro amigo avanzan, como avanzan sus visitas al despacho de, o la casa de, pero no sus calidad de sus versos- o ya mayorcitos si lo que queremos es tomárnoslo como una radiografía divertidísima de lo que nos esperará cuando crezcamos. Más de un/a artista se sentirá reconocido/a.

Y es que somos “unos artistas, todos”, como decía un amigo de Cádiz: o como decimos en Granada, que “hay más Lorcas que panes” y no leemos a Federico. En fin, Bolaño, los poetas chinos y españoles, poetas hispanoamericanas, la decadencia y un pasacalles surrealista de editores, hacedoras de versos, supuestos escritores y otros seres del sinvivir poético que componen un mosaico que despierta simpatía y pena, miradas crueles y sensatas, paradojas entre el bien y el mal y las eternas preguntas que nos hacemos todos los días, algunas como las siguientes:

-¿vendería yo, poeta puro que no me vendo -ni vendo veinte ejemplares de mi último poemario- vendería yo, pregunto, clamo al cielo, a mi madre por un premio literario? Mejor no contestamos.

-¿recomendaría a mi amigo si es mejor que yo a una editora que me propone publicar un par de poemas en una revista extranjera?

-¿se contribuye desde las editoriales a forzar un tipo de lectura para mantener a flote una empresa?

-¿es la autoedición digna y sabemos qué hacemos al mencionar a JRJ o a Lorca?

-¿puede alguien contar con tanta gracia la desaparición de Kafka de la historia de la literatura?

-¿la corrupción moral es inherente al ser humano; al español y al mundo de la economía, la cultura…? ¿en cualquier ámbito está normaliza la corruptela?

-¿dudamos sobre la limpieza de los premios?

-¿sinceramente es para tanto escribir libros?

A leer, malditos seres hermosos que disfrutáis con la lectura: horas de diversión y reflexiones os aguardan tras la carita feliz del amado y supremo líder.

Y no, no sabemos quiénes serán esos insignes de los que nos habla el señor Pérez Vega. La risa nos impide hablar a veces.

Gran frase de contraportada
Los insignes, (o no tanto) de David Pérez Vega

Carne de carnaval de David Monthiel

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David Monthiel, Carne de carnaval, El Paseo Editorial, Sevilla, 2017.

 

Una novela del carnaval, sobre el carnaval, para el carnaval, por el carnaval.

El carnaval de Cádiz reflejado en una historia de trama deliciosa y clásica -la novela negra bien escrita no tiene por qué ser repetitiva- con un detective guasón, melancólico y cargado de memoria, una ambientación de las que hay que vivir pero muy bien contada y cómo no, anécdotas, chirigotas y vivencias gaditanas, todo aderezado con un leguaje particular y una filosofía muy “del sur del sur”.

Este año que El equipo A ha ganado en la modalidad de cuartetos, reivindicando un personaje (“el Trinchera”) a “don Antonio” Martínez Ares, el niño de Santa María, y otro, (“el Gadita” ) a su tierra, Cádiz y sus tópicos, con la frasecita de: ¿que no te gusta…? ¡Tú no eres de Cádiz! (cuarteto del Morera), es también digno de reconocer una novela como esta de David Monthiel, autor de poemarios y un libro de cuentos, y que ya tiene en marcha la casi publicación de la segunda novela protagonizada por el detective Bechiarelli, amante de las coplas carnavaleras y porreta sempiternamente melancólico de su tierra y sus años, sus gentes y amigos.

A pesar de la miseria y las fatiguitas, la ciudad también albergaba una calidez y una alegría que nunca sería derrotada.

Obviamente, me limitaré a decir por qué esta novela merece la pena y no a contar nada de la trama:

1-Por acercarse al sur del sur. Nunca es tarde si la picha es buena (como cantaban Las viudas de los bisabuelos…). Cái es mucho Cái y un respeto de sardinas por favor, para la Tacita de Plata y su provincia. De ahí salieron pibitos como Alberti o Quiñones; ahora los Serrano Cueto, y están afincados poetas y escritores como Javier Vela (madrileño que se ocupa de la Fundación Carlos Edmundo de Ory, que lleva el nombre de un pedazo poeta de allí también). Sus obras avalan lo que digo. Buena tierra artística donde vieron el amanecer Camarón, Paco de Lucía, Chano Lobato… entre otros y otras, los Delinqüentes, Sara Baras…

2-Porque David Monthiel controla los recursos del género que toca, organiza los elementos para sorprendernos como lectores y además, ajusta un exquisito vocabulario gaditano al argumento que nos quiere contar: no hay líos, despistes ni olvidos. Todo está medido, ajustado y perfectamente estructurado, para hacernos disfrutar de una rocambolesca época de carnaval en Cádiz.

3-Me gusta la organización del libro: por ahí dejo una foto. Nos presenta el contenido y los personajes. La estructura del libro es como la actuación de un grupo en el Teatro Falla: presentación, pasodobles (tanguillo si es coro), cuplés y popurrí (estos tres elementos dan vida a las tres partes del libro) y cierra como no podía ser de otra manera, el Carnaval chiquito.

Después hay referencias -docenas de ellas, para que no digamos “no entiendo” y nos conteste alguno: ¡Tú no eres de Cádiz!- donde se aclaran cánticos, estribillos, personajes y lugares populares de Cádiz y su geografía carnavalesca o física.

Un inventario de peñas y bares. Y claro, agradecimientos populares.

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4-La geografía de Cádiz: si conocemos la ciudad, iremos paseando de una plaza a otra (De plaza en plaza, como los palomos de El Yuyu, a quien sinceramente, echo mucho de menos en estas páginas), renombraremos barrios y volveremos a la Caleta. Es un placer dejarse guiar por Bechiarelli y sus pasos, el destino que Monthiel le otorga y los caminos insospechadamente gaditanos que nos regala el escritor.

5-Ya hablamos del lenguaje típicamente gaditano,las expresiones de Cái, Cái y su escritura y ortografía: un goce para la vista y el oído, tener a mano un adaluz tan puro, tan noble y tan bien utilizado por estos personajes que no fingen lo que no son, que son lo que nos muestran y que poco a poco se hacen un huequito en nuestro corazón y nuestra fonética.

6-Las exagraciones, hipérboles y demás gaditanadas: geniales soportes para entender los matices que tenemos en ciertas partes de Andalucía para corroborar o afirmar lo que contamos; somo exagerados pero además, en Cádiz (Málaga, Cádiz…) cierto toque de ironía, condimenta esa exageración, es más líquida que en Graná (la malafollá es la gracia seca, estropajosa, que hay que sacudirse a carcajadas porque si no, se queda pegada y horada como un ácido), es salada, chistosa, se deja acompañar, es diferente.

7-Y esto nos lleva a la crítica: no todo es maravilla en Cádiz, nos advierte Bechiarelli. Claro que no. EL paro, la miseria, la mentira… como en cualquier sitio castigado -pero aquí más- por el olvido, la denigración y la envidia, gaditanas y gaditanos sufren con desesperación el engaño de políticos y paisanos, gente que intenta sobrevivir y otra que intenta vivir a costa de los demás.

Y en este punto es muy interesante la novela de Monthiel porque juega a dar guerra y lo consigue. Critica a las corporaciones gaditanas, al carnaval, a los autores del mismo, a sus acompañantes, al futuro que ya está aquí, a las autoridades y a los/las gaditas. Mucha valentía y salvajes argumentos pero con respeto, distancia y autocrítica (esa gran novela del carnaval, escrita e imposible de escribirse).

Ternura por aquellas mujeres tan hermosas, tanto como en cualquier otro lugar, pero con una sal escondida y una piel balsamizada por los vientos fríos que le incitaban a soñar con una patria desnuda bajo el cobertor.

Es un poner de cómo describe sentimientos Monthiel. Un lujo; perlas por todo el libro sin perder agilidad ni viveza. Y quedaría por decir algo de las referencias musicales, literarias y culturales que atraviesan el libro, desde las referencias citadas y explicaciones hasta títulos de libros y de discos escondidos y hallados entre los títulos que encontraremos de los capítulos o subcapítulos.

Un prodigio de carnaval y de Cádiz, así que lean este libro, alégrense la vista y los sentidos, con los colores, sabores y aromas de la fiesta más divertida del sur del sur, y su relato no desmerece nada en la pluma de este escritor.

Monthiel -gritémoslo- “¡sí es de Cádiz!”

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Carne de carnaval de David Monthiel