Rol, lecturas, imaginación.

De whitewolf, cómo no

 Por esto tan bien informado y con tanta precisión, de Miguel Tébar Tamarit, reflexiono sobre los juegos de rol.

Recuerdo que con mi primo Jose, Manolo y mi primo chico, Jesus (así, sin acento porque oprimíamos la e al nombrarlo) nos reuníamos en los bajos de la casa de mis amigos, y organizábamos bajo la dirección de Manuel normalmente, unas partidas de rol ambientadas en los sitios más insospechados, divirtiéndonos con las creaciones del Directo de Juego (a quien llamábamos master por influjo anglosajón) e intentando sobrevivir -nuestro personaje- mediante los recurso de la dramatización y el azar que nos procuraban los dados.

 Éramos vampiros, bestias, proteicos bastardos de la noche. Éramos inmortales durante un par de horas y como tales nos comportábamos: personajes de una ficción experimental que a mediados de los 90, nos parecía lo más brutal del mundo, un mundo que decaía y oscurecía los rincones normalizados de la sociedad, convirtiéndonos en señores de la noche y esclavos del día, temiendo a todo el mundo porque el mundo no quiere inmortales rondando por las calles, la ley es otra, los dioses son otros y presentando nuestros respetos al Sire del lugar.

 Después crecimos. Olvidamos la imaginativa creación de ambientes, personajes y situaciones de tragedias, triunfos, derrotas y traiciones. Vivimos. La gente se mataba y sobrevivía como podía. Llegaron guerras, continuaron atentados y a veces, oíamos desastres unidos al nombre de “juego de rol”, a los que yo unía el adjetivo “penosos”, porque los muchachos que provocaban asesinatos o palizas o “bonzos” con mendigos, taxistas o cualquier persona, poco sabían de rol, poco estaban interesados en dilucidar un arte narrativo -como otro cualquiera, pero más parecido al juglaresco, a la improvisación porque el ros es vida, azar y sorpresa- de sus insensibles deseos de provocar el dolor ajeno.

 En fin: hoy obtengo placer de la lectura de esos mismos libros y de otros. Ya no juego demasiado. Llevo años sin hacerlo y sin escribir una historia como aquella de tantos años ha: una buena historia porque era para hacer disfrutar a mis tres compinches, una historia escrita con dieciséis o diecisiete años, a las tantas de la madrugada en la cocina con una luz que no despertara a mis padres. Una historia de ojeras, terror y compañerismo.

 Si Miguel Tébar, a quien aprovecho para dedicarle este humilde texto, no se hubiera dado una vuelta por mi santa ignorancia -porque sigo igual, me no know nothing– quizá no me habría animado a recordar un tiempo pasado -que Krahe diría que es anterior- y seguiría nostálgico perdido sin saber por qué. Ahora me alivia un poco esta terapia de poner por escrito lo feliz que fui creando personajes, tirando dados, interpretando un perdido de la vida y cómo no, de la muerte. Y compartiéndolo con amigos.

De turbiales.blospot.com
Rol, lecturas, imaginación.