De este ungido modo, Esther Peñas

Esther Peñas, De este ungido modo, Devenir, 2005

De amazon

Conocer la frenética actividad literaria de Peñas, sus escrituras, presentaciones, entrevistas, poéticas, novelas… supongo que sería una pista para saber qué encontrar al abrir este libro de poesía.

Cinco o seis cosas previas: prólogo y epílogo maravillosos (de nuevo la alegría por ser quien lea la maravilla sobre la maravilla: Céspedes sobre Calvo Galán, Jiménez Lozano abriendo el libro de Peñas y cerrándolo, Ubach Medina…), en fin, que la compañía en estos casos, es mejor y como lector, me creo hasta mejor. Otra cosa, obviamente es la realidad.

De Jiménez Lozano rescato una dicha y un pesar: la dicha de que esa exactitud de Peñas, la belleza que aportan sus poemas y el desconcierto que embarga nuestra lectura, haya sido por mí vivida al leer el poemario; el pesar es que decir demasiado, puede ser glosa y eso, cómo no, el maestro no puede permitírselo. Así que yo, humildemente, igual llego y defenestro el poemario de Peñas realizando una glosa, aportando nada al libro que de por sí es magnífico, preocupante, comunicativo de otro lenguaje y de esos conceptos otros que a veces las criaturas poéticas saben comunicar.

Pensé realizar una crítica atea del libro, porque resulta que está plagado de dioses, pero inactivos, mencionados, ocupados en otras cosas y terminan siendo una plaga observadora, nada exhaustiva en milagros o dones. Como dice Ubach, quieren entretenerse como quien ve un espectáculo, no con el interés de la representación sino con el tedio de la inmortalidad. Y de hecho ¿haremos spoiler si decimos -con quién hablo- que la epifanía es matizada y disfrutada por el yo lírico con su esfuerzo y agudas observaciones a raíz de las experiencias dichas con esa lengua poética que se convierte en otra cosa? No diré oraciones pero similar función parecen cumplir algunos versos y poemas enteros.

Hablaba de la inmortalidad de los dioses, su propagando y fulgores. Pero mortales somos, y el amor es mortal y Esther Peñas lo sabe. El yo lírico recorre un camino de púas, distorsiones y belleza: o eso leo yo, al menos. Ya decía: el desconcierto de ciertas expresiones, la hermosura de otras, el predicar unos valores necesarios para sobrevivir esta pocilga que a ratos es la existencia (“Que yo misma sepa perdonarme”) y la capacidad creativa de imaginar otra forma de expresión, son unos cuantos rasgos principales de este poemario.

…contra el tedio que siembra sueño enfermo

la esperanza arraigada que siempre tienta.

Lo sublime que tiene el hombre: Peñas se esfuerza en que cada matiz sea preciso y único, adjetive para que brille el color del sustantivo o defina esa sustantivación la función del verbo, para cuya esencia repite, recoge lo dicho, marca el territorio de la imagen o genera imágenes sobre lo insinuado, llegando a envolvernos en una red de esperanza, sentimiento de bondad y temor ante la desaparición de lo sencillo, ya que el panorama pregona un horizonte de desarraigo y dolor que la poeta se empeña en cuestionar, negar y afrontar sabiendo que puede perderse -como cualquiera- por el camino en esa lucha eterna contra sí misma.

Cuando afirma: “Solo el perdón engrandece/y crea entre la miseria/ del descendiente/una torre inmensa con esperanza de dicha” es más que alegría lo que nos embarga: pensamos -pienso, me digo y me pregunto como ese usted que atraviesa el libro, “¿tú no?”- reflexionamos, que es más que una saciedad de paz o relajo lo que nos llega al cerebro. Es una bendición encontrar mensajes así: nos reconcilian con el mundo a la vez que recordamos a Aleixandre, Vallejo, San Juan, fray Luis…

La lealtad frente a la traición, la voluntad frente a la inacción, la soledad de la valiente lucha frente a la ingrata compañía del cobarde.

La espectacular recepción del sacrificio, la sinfónica búsqueda de la esencial palabra no dicha.

El encuentro con la poesía y el reencuentro con una misma.

El olvido de todo lo que no permite a alguien ser persona, el perdón anterior a todo tipo de pensamiento único que desista de razonar: al alejamiento del mundo para ser feliz.

No sé si es spoiler y me importa poco: enorme libro.

Yo soy la única víctima despierta

y un dios inevitable me visita.

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De este ungido modo, Esther Peñas

David Pérez Vega, again: El bar de Lee I: Móstoles.

David Pérez Vega, El bar de Lee, Ediciones de Baile del Sol, 2013

Hace poco hablábamos como si yo fuera alguien sobre poesía, poéticas y trabajo literario. Cada vez me fío menos de mí, de mis lecturas -no de los libros, sino de mi capacidad lectora- y de que esto, la literatura, los libros, todo lo que rodea al mundillo literario, que se sabe a sí mismo extraliteratura, sirva para algo más que opinar, hablar y blablablá.

Leer a Pérez Vega, su poesía, sus versos, impone mucho si quien prologa es Alejandro Céspedes, poeta curtido, reconocido y que escribe los límites de la escritura propios y ajenos. Así que pienso, adentrémonos en algunos textos, a ver qué sucede, si me conmueven o reconozco algo del mundo propuesto por este escritor.

Como la muerte acecha, seré breve: El bar de Lee -que incluye el verbo de la lectura, ja- se compone de un par de libros: el primero se titula ”Móstoles era una fiesta” de 1998 y “El calvo del Sonora” de 2008. Me centro en el primero.

“Móstoles…” dedica a la infancia el primer poema, y de la belleza del recuerdo, Pérez Vega consigue trasladarnos sin temor a nuestro pasado, repleto de llamadas a juegos y ese moroso tiempo en el que la patria chica era nuestra existencia. Me gusta la frase aquella de Panero, esa de que en la infancia se vive y después se sobrevive. Crecer, a largo plazo -si tenemos suerte- es morir. Podría ir poema por poema, pero no es el objetivo: lo que sí hay que leer son las asociaciones que realiza el poeta, los recuerdos clásicos -procedimentales y métricos- que impone el oído y la vista, la capacidad de matizar el apagón vital de una muerte.

El alcohol, la literatura y el deseo representan tres elementos que persisten en los textos, a veces helados témpanos que trastocan la realidad cuando el yo lírico pretende describir la melancolía y en otros momentos candentes pasos de un joven de su tiempo -1998-, cuando la poesía de la experiencia para algunos eran otros y para mí, Javier Egea, pero qué poesía no es de la experiencia, recitaban los mayores como Pepe Ortega, Enrique Morón, Juan J. León, José Lupiáñez y o, aterido de frío y calimocho hartaba de voces la madrugada embriagado de yoísmo y derivados de ficciones y estúpidos y ajenos premios y 20 años. Y Lorca y Hernández, y JL Panero, y pensar que Bukowski terminaba con esos poemas que ya estaban hechos y sí: Góngora era el dios de cíclopes que tanto nos influirían al final a unos cuantos.

Existe la noche, y la calle vibrante; la voluntad literaria de descripciones, enumeraciones necesarias y una comprometida contienda consigo mismo: al menos eso veo yo. Una personal guerra con la certidumbre de que esto vaya a mejorar en un tiempo, cuyo paso, a los 23 o 24 años, Pérez Vega vislumbraba demasiado bien.

Me veo de nuevo buscándote camino de la biblioteca,

comprendiendo lo ridículo de mis quimeras de polen,

la intangible ausencia de mis palabras

no pronunciadas.

Y además, existe la inevitabilidad (?) de la desacralización de la poesía: hay una fuerte voluntad de ruptura de lo esperado, lo lírico, lo poético: es superior al poeta, a la vez, no ser poeta (es de suponer que para no alejarse de nos, digo yo). Decide entonces ser escritor y utiliza todos los recursos mencionados y más. Una brújula rota decidiendo el destino de los versos, un destino colmado de desdicha y feliz por sus diente rotos, un alzamiento urbano ante el palacio de la poesía. Y, extrañamente, consigue captar la atención, recurre a la poética norma de romper las expectativas, como dije, atrayendo nuestra mirada a uno y otro y otro elemento que la coctelera precisa como rarezas de vitrina, encerradas tras el soplado cristal del poeta mas vivas para quienes nos acercamos a su mundo.

Poemas que son homenajes a literaturas, literaturas personales y referencias reconocibles, que quizá sea lo más difícil: ser comunicativo y esperar alguna trascendencia, sabiendo que no hay futuro, aunque el futuro sea lo único que poseamos en la memoria.

Y releo esto y me corrijo para, en fin, sí, decirme “te ha gustado esta fiesta, a ver si vas a Móstoles, y bueno, encontramos el bar de Lee”.

David Pérez Vega, again: El bar de Lee I: Móstoles.

Visitando ‘El país de los imbéciles’

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José Manuel DíezEl país de los imbéciles, Madrid, Hiperión, 2017.

Y sí: darse una vuelta por este país es sentir la estulticia que profesamos, la crítica que silenciamos, el silencio que amparamos.

Me apetecía después de tres libros de José Manuel Díez, disfrutados, anotados y releídos, decir algo, escribir algo: esos son en definitiva los libros que mueven y conmueven, los que después, todavía duran.

Lo conocí como el Duende Josele, en otra historia -musical- diferente. Llevo un tiempo leyendo a Díez y lo sigo diciendo: es un poeta serio. Contribuye a eso que llamamos poesía que vale. Porque hay otra que no, ya sabemos.

Los dioses del instante y El país de los imbéciles son las dos partes del libro.

Creo que sigue una corriente de poesía social, que aún puede practicarse: o siento esto tras releer los poemas de este escritor.

Ayer -para empezar suave- me leía Fernando Soriano:

Imagina un caballo.

Un caballo muy blanco desbocado en la noche.

Y es que cuando algo gusta lo tienes que compartir: Soriano es un poeta enorme y yo, humilde aprendiz de algo, le dije: “échale un vistazo a esto”. Y bueno, parece que algo cuajó.

Díez es capaz de contar historias bellísimas en los versos -…Y comenzó la guerra en el poema. / Y yo te pregunté si me querías.- que conforman el libro, y siempre nos sentimos -me siento- dentro de su retórica. Nos sumerge en sus profundidades; es de imaginar que son las nuestras, las mías, las de todos y todas que leamos esta obra, seamos mayores, jóvenes, niños o niñas. Y eso es grande.

Por sugerencias, caricias del poeta, sutiles vientos: “Memoria del trópico”, “Lo efímero”.

Por amor al otro, a la otra: que no se borre la memoria, que no nos reviente el olvido. Que la risa dure eternamente.

Y todo medido, oigan. No pasa nada por escribir alejandrinos -os lo tengo dicho, dice una de las vocecitas de mi cabeza, y otra contesta: no, claro: pero el verso libre…-, endecasílabos, heptasílabos… De verdad: no es que no os vayan a echar más cuentas.

Uno de los más bellos elogios es “Taller y símbolo”, poema en el Díez consigue que los dos planos -el amor y el arte- sean uno, se fundan, dialoguen y lo más importante: el erotismo de crear con las manos, de sentir con el cuerpo y la mirada, desplieguen cataratas de sensibilidad.

¿Por qué poesía social después -o antes- de todo? Porque el paisaje le importa al poeta: el ir y venir de las personas y lo que las personas han tenido, tuvieron -las tienduchas de barrio, un poner- y espero que tengamos. Porque las personas somos y seremos quienes estemos de una vez peleando contra demonios o poetastros, quienes veamos -miremos- a los que del abuso comprenden que la humanidad es esto: una traición al otro en toda regla. Un beso de la muerte. Una mujer indefensa ante la barbarie machista.

Los “Planos” en los que podemos movernos sin sentir lástima por el otro: justicia es lo que parece que clama el poeta, no pena o disidencia barata: ¡justicia, carajo! (este carajo es mío).

Recomiendo encarecidamente “Los nombres de Sara” y “Pacta sunt servanda”: víctimas, cortejo de fúnebres vencedores y leales derrotados.

La guerra y la diferencia: la defensa de la diferencia; la guerra puesta en relación a la voz de los poetas. A su silencio a veces.

“Escritores suicidas” es un homenaje que ahí quedará y “Justicia poética”, eleva el tono hacia la mudez, el feminismo, el valor y la pétrea condición de los que mandan.

Obviamente, estos son notas de un lector más, pero ojalá -leed, leed, malditos todas- os anime a impregnaros de lo que José Manuel Díez quiere compartir en ‘El país de los imbéciles’.

Porque aún no es el tiempo de entender el silencio,

escribimos poesía.

Visitando ‘El país de los imbéciles’

La palabra y la carne. Javier Díaz Gil.

Javier Díaz Gil, La palabra y la carne, Madrid, Ruleta Rusa Ediciones, 2016.

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No es la primera vez que escribo sobre Javier Díaz Gil y sé que no será la última, ya que es un poeta de formas atractivas, imaginación poderosa y como otros y otras a quienes frecuenta por Madrid, dotado del inteligente vuelo de la elegancia.

El libro contiene un prólogo de José Cereijo, poeta que demuestra entender el mensaje, las sugerencias y lo que hay detrás del velo de las palabras de Díaz Gil.

Comunicativamente el libro es de una construcción asombrosa: la estructura consta de tres partes amplias, un poema brevísimo a manera de entrada y un poema final: un soneto.

Así, desde el primer poema nos atrapa el autor:

Sé los nombres que importan

y el lugar donde está

mi carne sepultada

Ya está el título enunciado: los nombres -las palabras- dirigen su mirada -o Díaz GIl las quiere mirar así- hacia lo básico. La carne está aquietada en un lugar que él conoce. Y a partir de aquí, el arranque, la precisión del camino y las armas retóricas que conoce y utiliza el poeta.

Esta parte, con esta breve incisión en la conciencia, se llama Antepalabra: después, las tres partes más amplias se titulan El verbo, La carne y La negación de la carne; el poemario se cierra con un estupendo soneto que forma la Palabra-Materia. Como avisa el prologuista la conjunción de ambos elementos será lo primordial en la consecución de los objetivos -comunicativos del poeta.

Insisto en la comunicación, la estructura y el público: la recepción del mensaje poético, sabemos que la mayoría de las veces no es fácil.

Díaz Gil utiliza para estar al lado del lector la memoria y el silencio. Recuerda a Valente y experimenta con la emoción sentida, transmitiéndola fuera de su piel -de poeta-. La luz -sangre amarilla de las farolas-, el agua y el náufrago oel viento, serán símbolos o elementos cercanos al símbolo que el poeta utilice para matizar su realidad, la que puede escribir y la que necesita insinuar. En poética y EL recién llegado, pienso que pueden estar las claves de lo que el artista se plantea a veces: el absoluto dejar de realizar arte, el silencio, las sombras, las oscuridades que nos ciegan -ya sean la vanidad, el egoísmo o la falta de generosidad…-

La memoria y el recuerdo de un hecho -el poético cierran esta parte, que al igual que el libro al principio y al final, contiene otro elemento de estructura para que el lector esté cómodo: Díaz Gil construye una décima que es un alegato al trabajo del intelectual, Contra el silencio.

La segunda parte acaba también con una décima: esta parte se titula Carne como decía, y es una bellísima recolección de los temas anteriores, ampliándolos gracias a la seguridad y la falta de dudas que provoca el amor -sí, algo paradójico, pero de ahí la “verdad” que administra el autor-, tamizando el vivir día a dí. Así, escribe el poeta:

Reducir todos

los símbolos

a un símbolo.

                             Tu cuerpo,

la única certeza que me queda.

Y en otro fragmento -este anterior es el poema 17-, diez poemas después dice “Que no te encuentren llorando/los últimos ángeles/de la noche.”, con lo que significan los ángeles en esta parte desde el principio.

Negación de la carne se compone de un poema -por la temática- dividido en piezas breves, llamado Anorexia. Es dura esta parte, directa, llena de olvidos, dolores y sombras. Es la partida del todo que se anunciaba, como avisó Cereijo, en la parte anterior. El cuerpo destrozado y mutilado de conciencia, la piel insensible.

El soneto final es el cierre perfecto a un libro como este: en él desprende la mejor poesía que posee Díaz Gil. EL amor se une a la palabra y la expresión realista y duradera, pervive en la memoria.

Lean, lean malditos.

No se arrepentirán de conocer a un poeta verdadero. Aunque sea de vez en cuando: y en este caso, Díaz Gil vuelve a demostrar que lo es.

La palabra y la carne. Javier Díaz Gil.

En renuncia de Eros, Carmelo Sánchez Muros

En renuncia de Eros, Carmelo Sánchez Muros, Port Royal, 2013.

La última entrega poética de este granadino de la generación del 70 hace honor a su poética: elegante, profunda y de intensas emociones personales. Las imágenes parecen brotarle de lo más interno de su intimidad, de ahí la valentía que practica Sánchez Muros en este volumen y que recibimos con gozosa sorpresa un conjunto de experiencias hermosas, tristes y emotivas, tamizadas por efectos líricos, metáforas y un rico lenguaje de comparaciones que nos transportarán a ese estado donde el poeta nos quiere colocar.

Aunque lógicamente esto no es lo importante, sino si el libro funciona bien poéticamente, cosa que sucede desde el principio: ya el título es una apuesta por estar en contra de ese maldito diosecillo que no deja ni a sol ni a sombra a los futuros enamorados.

Armado con una estructura en cuatro partes, un poema introductorio y uno final, el libro se alza como un canto visiblemente dolorido por la pérdida del amor, la renuncia consciente al mismo y a las ganadas debacles que la edad va imponiendo.

Ven y acaríciame. Tú, sí. Tócame ahora

y méceme en la nada en que transcurro.

sin amor, pero en luz. Pleno de resplandor.

Puro, lavado, etéreo.

Esta va a ser una de las constantes líricas del libro: la pureza asociada -o igual- a la luz, lo puro, lo limpio, lo blanco, lo fulgurante.

Streap-tease frutal o Deseo caníbal dicen así:

Hiende en su cáscara el filo indiferente

del cuchillo lunar que a la noche asesina.

No detengas tu lengua. Paladea mi secreto.

Y: “¡Bésalo ya!¡Lame el músculo vivo!”

Sánchez Muros domina perfectamente la insinuación, el erotismo y la retórica del carne, el pecado y el amante subyugado por la belleza.

Ante la constatación de que el tiempo pasa y se sucede, la afirmación del yo poético:”…envejezco.” para trasegar la segunda parte donde la cita de L. M. Panero da paso al mundo de la imaginación, el agua, el sur y poemas como Oda furtiva o Síndrome de Estocolmo o la revisión de la Odisea dan rienda suelta a los contrastes entre ofrecimientos y pérdidas, al amor y el olvido: a los cuerpos que fueron y serán, tras estos versos, pasto del recuerdo.

La hondura que consigue el poeta en la tercera parte hace que la lectura sea profunda, ensimismada, reflexiva: pocas veces, hoy, leemos algo tan hermoso y de resonancia tan antigua, como los ladridos de esos perros que corren por las venas del que habla por seguir a la amada.

¡Cuánto perro voraz ladrando por mis venas

al escuchar tus pasos y no poder seguirte!

Termina el libro con una parte -aunque el poema final es Hamelin- que introduce , para ser limpiada, la suciedad de las cloacas, el íntimo agujero negro que nos corroe en memoria y acto, en olvido y traición: después volverá el resarcirse de la fulguración, ya que el poeta es un ser de “cuerpo bañado en pureza” o “de luz acumulada”.

Si alguien quiere saber, qué puede ser la poesía social hoy, la empatía con el otro sin perder la elegancia ni hablar de objetos sin lírica, que lea el poema Qué.

Eros y Tánatos, la vida y la muerte, las dos caras de nuestra moneda: poema bellísimo con homenaje a Lorca y que será uno de los poemas inolvidables de este libro.

Un acierto el de Port-Royal publicar este libro.

Y cómo no, el del poeta al entregárselo a un editor como Ángel Moyano.

Un gran poemario de Carmelo Sánchez Muros.

En renuncia de Eros, Carmelo Sánchez Muros