La palabra y la carne. Javier Díaz Gil.

Javier Díaz Gil, La palabra y la carne, Madrid, Ruleta Rusa Ediciones, 2016.

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No es la primera vez que escribo sobre Javier Díaz Gil y sé que no será la última, ya que es un poeta de formas atractivas, imaginación poderosa y como otros y otras a quienes frecuenta por Madrid, dotado del inteligente vuelo de la elegancia.

El libro contiene un prólogo de José Cereijo, poeta que demuestra entender el mensaje, las sugerencias y lo que hay detrás del velo de las palabras de Díaz Gil.

Comunicativamente el libro es de una construcción asombrosa: la estructura consta de tres partes amplias, un poema brevísimo a manera de entrada y un poema final: un soneto.

Así, desde el primer poema nos atrapa el autor:

Sé los nombres que importan

y el lugar donde está

mi carne sepultada

Ya está el título enunciado: los nombres -las palabras- dirigen su mirada -o Díaz GIl las quiere mirar así- hacia lo básico. La carne está aquietada en un lugar que él conoce. Y a partir de aquí, el arranque, la precisión del camino y las armas retóricas que conoce y utiliza el poeta.

Esta parte, con esta breve incisión en la conciencia, se llama Antepalabra: después, las tres partes más amplias se titulan El verbo, La carne y La negación de la carne; el poemario se cierra con un estupendo soneto que forma la Palabra-Materia. Como avisa el prologuista la conjunción de ambos elementos será lo primordial en la consecución de los objetivos -comunicativos del poeta.

Insisto en la comunicación, la estructura y el público: la recepción del mensaje poético, sabemos que la mayoría de las veces no es fácil.

Díaz Gil utiliza para estar al lado del lector la memoria y el silencio. Recuerda a Valente y experimenta con la emoción sentida, transmitiéndola fuera de su piel -de poeta-. La luz -sangre amarilla de las farolas-, el agua y el náufrago oel viento, serán símbolos o elementos cercanos al símbolo que el poeta utilice para matizar su realidad, la que puede escribir y la que necesita insinuar. En poética y EL recién llegado, pienso que pueden estar las claves de lo que el artista se plantea a veces: el absoluto dejar de realizar arte, el silencio, las sombras, las oscuridades que nos ciegan -ya sean la vanidad, el egoísmo o la falta de generosidad…-

La memoria y el recuerdo de un hecho -el poético cierran esta parte, que al igual que el libro al principio y al final, contiene otro elemento de estructura para que el lector esté cómodo: Díaz Gil construye una décima que es un alegato al trabajo del intelectual, Contra el silencio.

La segunda parte acaba también con una décima: esta parte se titula Carne como decía, y es una bellísima recolección de los temas anteriores, ampliándolos gracias a la seguridad y la falta de dudas que provoca el amor -sí, algo paradójico, pero de ahí la “verdad” que administra el autor-, tamizando el vivir día a dí. Así, escribe el poeta:

Reducir todos

los símbolos

a un símbolo.

                             Tu cuerpo,

la única certeza que me queda.

Y en otro fragmento -este anterior es el poema 17-, diez poemas después dice “Que no te encuentren llorando/los últimos ángeles/de la noche.”, con lo que significan los ángeles en esta parte desde el principio.

Negación de la carne se compone de un poema -por la temática- dividido en piezas breves, llamado Anorexia. Es dura esta parte, directa, llena de olvidos, dolores y sombras. Es la partida del todo que se anunciaba, como avisó Cereijo, en la parte anterior. El cuerpo destrozado y mutilado de conciencia, la piel insensible.

El soneto final es el cierre perfecto a un libro como este: en él desprende la mejor poesía que posee Díaz Gil. EL amor se une a la palabra y la expresión realista y duradera, pervive en la memoria.

Lean, lean malditos.

No se arrepentirán de conocer a un poeta verdadero. Aunque sea de vez en cuando: y en este caso, Díaz Gil vuelve a demostrar que lo es.

La palabra y la carne. Javier Díaz Gil.

En renuncia de Eros, Carmelo Sánchez Muros

En renuncia de Eros, Carmelo Sánchez Muros, Port Royal, 2013.

La última entrega poética de este granadino de la generación del 70 hace honor a su poética: elegante, profunda y de intensas emociones personales. Las imágenes parecen brotarle de lo más interno de su intimidad, de ahí la valentía que practica Sánchez Muros en este volumen y que recibimos con gozosa sorpresa un conjunto de experiencias hermosas, tristes y emotivas, tamizadas por efectos líricos, metáforas y un rico lenguaje de comparaciones que nos transportarán a ese estado donde el poeta nos quiere colocar.

Aunque lógicamente esto no es lo importante, sino si el libro funciona bien poéticamente, cosa que sucede desde el principio: ya el título es una apuesta por estar en contra de ese maldito diosecillo que no deja ni a sol ni a sombra a los futuros enamorados.

Armado con una estructura en cuatro partes, un poema introductorio y uno final, el libro se alza como un canto visiblemente dolorido por la pérdida del amor, la renuncia consciente al mismo y a las ganadas debacles que la edad va imponiendo.

Ven y acaríciame. Tú, sí. Tócame ahora

y méceme en la nada en que transcurro.

sin amor, pero en luz. Pleno de resplandor.

Puro, lavado, etéreo.

Esta va a ser una de las constantes líricas del libro: la pureza asociada -o igual- a la luz, lo puro, lo limpio, lo blanco, lo fulgurante.

Streap-tease frutal o Deseo caníbal dicen así:

Hiende en su cáscara el filo indiferente

del cuchillo lunar que a la noche asesina.

No detengas tu lengua. Paladea mi secreto.

Y: “¡Bésalo ya!¡Lame el músculo vivo!”

Sánchez Muros domina perfectamente la insinuación, el erotismo y la retórica del carne, el pecado y el amante subyugado por la belleza.

Ante la constatación de que el tiempo pasa y se sucede, la afirmación del yo poético:”…envejezco.” para trasegar la segunda parte donde la cita de L. M. Panero da paso al mundo de la imaginación, el agua, el sur y poemas como Oda furtiva o Síndrome de Estocolmo o la revisión de la Odisea dan rienda suelta a los contrastes entre ofrecimientos y pérdidas, al amor y el olvido: a los cuerpos que fueron y serán, tras estos versos, pasto del recuerdo.

La hondura que consigue el poeta en la tercera parte hace que la lectura sea profunda, ensimismada, reflexiva: pocas veces, hoy, leemos algo tan hermoso y de resonancia tan antigua, como los ladridos de esos perros que corren por las venas del que habla por seguir a la amada.

¡Cuánto perro voraz ladrando por mis venas

al escuchar tus pasos y no poder seguirte!

Termina el libro con una parte -aunque el poema final es Hamelin- que introduce , para ser limpiada, la suciedad de las cloacas, el íntimo agujero negro que nos corroe en memoria y acto, en olvido y traición: después volverá el resarcirse de la fulguración, ya que el poeta es un ser de “cuerpo bañado en pureza” o “de luz acumulada”.

Si alguien quiere saber, qué puede ser la poesía social hoy, la empatía con el otro sin perder la elegancia ni hablar de objetos sin lírica, que lea el poema Qué.

Eros y Tánatos, la vida y la muerte, las dos caras de nuestra moneda: poema bellísimo con homenaje a Lorca y que será uno de los poemas inolvidables de este libro.

Un acierto el de Port-Royal publicar este libro.

Y cómo no, el del poeta al entregárselo a un editor como Ángel Moyano.

Un gran poemario de Carmelo Sánchez Muros.

En renuncia de Eros, Carmelo Sánchez Muros

Los 33 sueños de Juan Carlos Garvayo

De la web de Nazarí

Publicado en la Editorial Nazarí, en 2015, 33 sueños es uno de esos libros en los que el género está definido por la (carga de) profundidad que el mensaje va posando en nuestro subconsciente: nunca mejor escrito, pienso ahora, pues en el libro el líquido, el agua, Nemo, 20.000 leguas de viaje submarino, Verne y esa especie de derramamiento por el que aparece la belleza, la muerte y la música, son elementos que funcionarán en todo el poemario.

 Decía que el género poético, gana un adepto cuando el mensaje es profundo, ambiguo y resuena en nuestro interior más allá de una primera lectura: prueba superada para Garvayo, pues si unos poemas emocionan, otros preocupan, aquellos interesan, estos encogen el corazón. Es decir, que por ahora, el libro puede ir defendiéndose solo.

 Después, cómo no, las referencias. Además de Verne, que sirve como excusa para iniciarnos en esos ritos acuáticos -somos agua y vivimos por ella- pienso en Lovecraft, Aleixandre, Lorca, Breton… y (¿Burroughs… Castaneda?) no sé por qué en Artaud: imagino que hay una parte de la locura del francés que aporta algo conocido en mis recuerdos, algún sueño de Garvayo, alguna reflexión inacabada.

 Pienso que Garvayo, como todos nosotros, conoce cine y literatura de nuestro tiempo donde se someten la actividad inconsciente a la pantalla o la página: 8 1/2 de Fellini o La celda (por nombrar los extremos y tener algo gráfico en la cabeza) o alguna novela o cuento o poema donde el autor se deje llevar por el subconsciente y los símbolos, pesadillas/sueños recurrentes, anécdotas u obsesiones fluyen, surgen y nos violentan el descanso: bien, el caso es que Garvayo -tras una relectura de sus poemas- se ha comedido. Me explico.

 Como Andrés Ibáñez dice en el prólogo, el libro está plagado de contrastes y de una poesía “intelectual” -para darle vueltas al magín- “instintiva” -se reflejan mis pupilas en hechos de espejos reconocibles y oh, me muevo bien entre los versos y vuelvo atrás y empiezo por el final porque es algo conocido o no, pero no incómodo- y “violentamente apasionada”: y estoy de acuerdo con el prologuista pero ¿qué habría pasado si el músico y poeta hubiera ido más allá? Ahí dejo esa pregunta, sabiendo que lo sutil es más bello, pero el ansia de leer experiencias oníricas es la que es en mí: ciclópea.

 Cito unos versos:

 Construir una casa

en medio del mar.

Fundar los cimientos

en las profundidades.

Alzar los muros

hasta la superficie

y allí vivir absorto,

conversando con los vientos

preñados de cielo.

 El Sueño XXVIII parece predecir los dioses de Lovecraft, pero es solo un ejemplo. Del sueño XXVI recojo unos versos hermosos sobre la venida de la muerte, como son:

Regresó tantas veces, que llegué a acoger

su juego con ternura. Cuando la acaricié,

mudó su piel áspera y desapareció para siempre.

 El Corazón de la forma, el centro del centro, las espirales -por cierto, Sueños V y XXXII, Manual de espirales I y II respectivamente, nos darán idea de qué necesita comunicar Garvayo- los ascensos y descensos, los perros que aparecen y las escalas… me daban por pensar leyéndolo en Piranesi y Escher, Brueghel y el Bosco, y a Magritte o Michael Hussar pero ya digo, impresiones personales pictóricas, porque ya comenté que el poeta es comedido y si hay algo que nos descoloca es la fuerza de las imágenes pero no el derrumbe de nuestra esperanza, ni por supuesto el léxico utilizado: insinúa más que cuenta, que es una acierto siempre -lo único que como lector, y a título personal, me gustaría leer alguna pesadilla más del autor.

 El Sueño XI es de lo más misterioso, que es como no decir nada, habrá que releerlo y el Sueño XIV es de los que marcan el libro, los ritos, las empresas divinas y que irán construyendo la memoria, el inconsciente colectivo.

 El Sueño XIX es un juego con el lector que sigue siendo activo, e imagina las preguntas que el autor se dedica a contestar.

 En fin, ejemplos, ejemplos… el maestro Garvayo realiza una interesante incursión en la poesía, disciplina hermosa y musical, de sueños y palabras profundas: él, que imagino que posee un privilegiado oído por (de)formación profesional, nos regala 33 sueños cargados de significado, simbolismo y necesidades: como la vida misma y la muerte, como la vigilia y su reverso, solo leyéndolo, solo palpando esas superficies a veces olvidadas, como se dice en el prólogo, esas sedas o erizos que se nos clavarán en la lengua o el costado, podremos consentir en nuestra realidad: porque el sueño, los sueños son la otra realidad, quizá la realidad donde mejor nos conocemos, aunque a veces nos cueste reconocerlo, y libros como el de Garvayo nos recuerden zonas que tardamos demasiado en revisitar.

De http://www.katarinagurska.com
Los 33 sueños de Juan Carlos Garvayo

Los oficios de Pablo Acevedo: emoción, intensidad, deslumbramiento.

de http://www.mexicanculturalcentre.com

Decir yo: ser todos los yoes.

 En la práctica poética de Acevedo, contribuye bastante su saber teórico, sus múltiples lecturas y su constancia investigadora. Así, el libro último del poeta cordobés, se abre con un magnífico prólogo sobre el oficio, el beneficio o no del trabajo, la realización de la poesía y sus buenas (o no tanto) prácticas diferentes. Es, digamos, el apoyo que Acevedo utiliza con magistral lucidez para lo que va a venir posteriormente. Ya decimos: las perfectas reflexiones sobre la corrupción moral que vivimos, los cambios que produjeron que los oficios fueran competitivos, el descenso cualitativo de la creación y la entrega del artesano a la misma cuando lo pecuniario se interpone entre la imaginación y la supervivencia… hacen de estos pensamientos muy meditados un ensayo que nos deja meditabundos, pensando en qué quiere el hombre, qué el poeta, qué el público lector. El carnaval de la palabra, la hierofanía más deslumbrante y el brillante jergón donde sueñan las esperanzas de los ángeles… todo es posible decirlo todavía: la palabra es la herramienta del saber, de la belleza, del comunicar, del solidarizarse con la soledad que padece el hombre.

Los oficios

 Es un libro brillante, deslumbra su reparto de alegres tristezas y tristes regocijos. Es uno más de Acevedo pero no lo mismo. Se experimenta una emoción constante ante el despertar de la conciencia del poeta. Sus hierofanías son solidarias con el lector, con su lector, porque Acevedo busca un lector capaz de descifrar sus errores, sus metafísicas, sus enigmas. La imagen recorre el libro como un lobo antropomorfo deseoso y en celo, cuya única espina es desordenar el mundo en el que vivimos a dentelladas de colores, a abrazos de luciérnagas: con la tempestad hermosa de la palabra tranquilamente violada por labios que la adoran.

 Desde Onirisma (2001) han pasado 14 años: aquel libro no se olvida fácilmente y posteriormente, en 2006 con Cazamariposas y en 2012 con Estrella varada Acevedo materializó lo que era de esperar: una poética muy personal, escorada a la pura imagen que desborda las expectativas del lector, que no puede más que rendirse y con una amplia sonrisa (como ya dije que dijo Fresán) pensar que menos mal que esto se le ha ocurrido a alguien y dejar a un lado la envidia (¿por qué no se me ocurrió a mí?) que genera el estilo de este artista de la palabra.

Anécdota que no puedo olvidar: hace años un somnoliento presentador le preguntó a Pablo Acevedo, públicamente y sin pudor, tras escuchar al poeta, parapetado tras una cerveza y un chupito de güisqui, comentar sus oníricas impresiones resueltas en unos poemas en prosa tan bellos como son los de su primer libro, preguntó, decíamos, que en qué estado escribía: todos los asistentes a aquella charla recordamos las carcajadas que provocó Acevedo al contestar:

-¿Estado… que en qué estado escribo? Pues verás, no sé si escribo en el estado de Oklahoma o de Wyoming…

Y es que ya avisa Acevedo de la incomprensión a la que el verdadero poeta está sometido, mediante las citas que disemina en este su cuarto libro, mediante los recursos que se “saca de la manga” -chistera de prestidigitador, dígitos de vate, vate que canta las maravillas que otros no son capaces de contemplar- que no es otra que su privilegiado cerebro por el que se metamorfosean ideas, contenidos, brillos tétricos y ángeles susurrantes y que, para qué obviarlo, Acevedo traduce a nuestro lenguaje: luminoso, espectacular, sagrado, rebosante de esperanza ante el ser humano. El constante trabajo de Pablo Acevedo es su inspiración, le resultado es la recompensa -compartida con los demás- resuelta en poemas rotundamente hermosos.

 Tener siete folios garrapateados con notas, alusiones, elusiones, juegos de palabras, alucinaciones y visiones poéticas ayuda a saber que una segunda lectura no es suficiente. Este libro tiene múltiples lecturas, variantes y metamorfosis, alegrías y “desesperos”.

 Tener el libro marcado de palabras, de sustantivos subrayados y llamadas de atención que recuerdan al primer libro, o al segundo o a esa cita que no puedes olvidar de un poeta… ayuda a saber, ya digo, que lo que merece este libro es una profunda reflexión, un gozo interior de disfrutar la más alta expresión poética que nos pueden entregar.

 Así que ahí van mis impresiones, preocupaciones, reflexiones.

 El sereno abre el libro acompañándonos durante la tarea del que vigila el insomnio, de quien yace sobre sus pasos, con la tranquilidad (sereno) de saber que todo lo expresado es el mundo en que vive, ayudando a ver lo escondido, lo oculto que a nuestros ojos (nos) sustraen ciertas criaturas que se empeñan en ese intento fallido de hacernos creer que la inspiración sin trabajo es posible, de que el lector ansía ser pasivo, de que en fin, los catálogos de las bibliotecas aburridas no serán pasto de las llamas del tiempo.

Porque el tiempo es otra constante en la poesía de Acevedo, no reniega de la realidad: la expresa con una temporalidad asombrosa, y recuerda a Manuel Álvarez Ortega o a Machado: la muerte, la infancia como reverso, la patria perdida y hallada en las nocturnas visiones de un mundo por la mirada embellecido.

Para ser justo, para ser ético junto al poeta, no desvelaré demasiados hallazgos, porque lo que el poeta quiere es que lo lean, lo paladeen, se dejen maravillar por los colores y la música de sus versos, por los símbolos que se difuminan y aparecen, mariposas, abejas, ángeles, palabras al fin, palabras que tienen en común una importante característica: nos hacen visitar lugares (callejones, recovecos del cielo, hontanares del alma), conocer personajes trabajadores (panadero, sereno, profesor, poeta…) o criaturas míticas (quimeras), animales (osos -anhelo, azar- pájaros, peces, monos…) estrechar lazos con los desposeídos que son los solitarios, todo transido de una luz pura y alada, el vuelo permite mirar desde otro punto de vista, el hacer del poeta -del buen poeta- es contagiar al otro, irradiando ese necesario virus que es la belleza y abrazarnos, en un lejano y solitario -sí, la soledad del creador, la soledad sonora, la pureza de la solitaria figura del cantor- cántico.

El cántico más bello jamás expuesto.

Los versos que a la memoria excitan, que corazón apasionan, que al “Temblor” convocan.

Del árbol de las catástrofes cuelgan

los ahorcados como colmenas:

derviches bajo el oscuro manto de la Musa,

giran ebrios de incandescente lujuria.

 

El poeta, apicultor de luz,

recoge la miel para el oso anhelo,

mientras una zarpa incurable

hiere la superficie de las cosas,

horada su azogue

y hace brotar surtidores mágicos

en los límites del silencio.

 

Yo, que uso la pelliza de los días

y enmiendo las sombras de mis noches,

pruebo esa miel del mas allá…

Y ostento en el alma un aguijón

como el temblor de un ángel

en la pipa del verano.

 Mágicas y hermosas rendiciones para nosotros, afortunados lectores.

 Conocedores de Los oficios, de su expresividad y sus logros, leamos sus precipicios, caigamos en lo hondo, renazcamos como tan solo el cantar de Acevedo -con sus quiebros lunares y sus huellas de hacedor poético- sabe ofrecernos.

Estos son Los oficios. Bienvenidos.

Los oficios de Pablo Acevedo: emoción, intensidad, deslumbramiento.

Carta abierta a Pablo Acevedo

Querido Pablo:

tú bien sabes de mi afán por la poesía, por la crítica, por la literatura.

Bien conoces mis amores, mis pasiones, mis enfados.

Querido poeta Acevedo: sigues desplegando la magia que buscamos otros, con la constancia quizá fallida y la impaciencia que nos proporciona el haber errado en las lecturas, la falta de motivación o el agrio sabor de la desesperanza.

Querido Pablo, cuántos años ha de aquel Onirisma, de aquellas prosas esquizoides y auténticas, reforzadas por los poemas de ese Cazamariposas, las chispas de universo que mediste y nos entregaste con una sonrisa y media para advertirnos del peligro que corría la poesía, el verso, el lenguaje que los dioses nos ofrecieron y transmutados sacrificio tras sacrificio en inmoral pamplina de maestros corruptos. Todo bajo tu mirada de ojeras malvas y límpidas de las noches que optaste por no dormir, obligado al insomnio poético, al deslumbramiento de la madrugada: descendiendo al núcleo del sueño cuando otros mamábamos sempiternos la teta de la rutina.

 Durero nos anunciaba melancólicamente Estrella varada, un compendio del surrealismo que nos emociona, pleno de contenido y brillo, el latir completo de un poeta que en verdad habla, en verdad lee y escribe. El amolador de la noche. El amolador.

Ahora nos regalas un nuevo libro, del que dicen ya cosas magníficas.

Ahora tenemos Los oficios. Impresionante.

Ahora me toca relectura, pero ya, porque te quiero ofrecer una opinión por escrito, como hace años, como siempre que te leo; así que me despido como nos despedíamos antaño.

¡Salud y poesía, hermano!

Carta abierta a Pablo Acevedo