Objetos frágiles, Inés Mendoza

Inés Mendoza, Objetos frágiles, Páginas de espuma, 2017.

No es la primera vez que se cruza en mi camino lector Inés Mendoza: su elegancia y saber contar ya las disfruté en un ensayo sobre Mary Shelley y su criatura hace un tiempo. Esta vez, invención sobre invención, Mendoza compone un libro bellísimo, pleno de imágenes, narrativa y ternura.

Algo de surrealista tiene la estructura del libro, donde encontramos relatos y algún micro, que serán piezas líricas, engarzadas en esa imaginación libre de la autora, permitiendo que el sueño alcance la realidad y que la realidad se mire con ojos entrecerrados, como sospechando que la mullida colocación de esos adjetivos permitirán que crucemos el puente de sustantivos que nos llevarán finalmente a vivir plenamente un final de cuento memorable.

Así, las partes, tituladas Ritual de las manos, Guantes amarillos y El impuro cabello, la tormenta nos permitirán conocer algunos personajes que pasean por la cabeza de la autora, colocados en situaciones de reflexión y sexualidad compartida, vivencias todas acompañadas por un exquisito gusto que se traduce en el cuidado, el mimo con los que Mendoza acaricia cada parte del texto: desde el lenguaje a los diálogos, desde las descripciones al conjunto del relato, asistimos a una liturgia de la cuentística que confiere a quien esto lee la tranquilidad de saberse en buenas manos, manos de trabajadora de la palabra, con oficio, perspicacia e imaginativas soluciones narrativas a problemas como el tiempo, el espacio o la resolución de conflictos.

Desde el primer cuento, como los buenos libros, ‘Nostalgia del velero’ nos advierte de que una nave cargada de sueños, de memoria, de personas que ya desaparecieron en otros sueños, negativas a participar en la vida por voluntad propia, cruza tranquilamente, líricas páginas que gracias a acciones sutiles, disparatadas a veces de los personajes, colocan a la historia en una cómoda posición de sorpresa epifánica para quien se atreva a acompañar a Mendoza en una suerte de catálogo de pérdidas y posibles encuentros.

Las invasiones: caos, sueño, la otra.

De la belleza a la destrucción, del terror a la alegría, Inés Mendoza construye un libro hermoso donde la pérdida de todo se acompaña del mejor lenguaje posible; un libro de apariencia frágil, como su título, que comprendemos de una fuerza arrolladora precisamente por la libertad que nos otorga para desentrañar esos misterios que la autora propone, acompañando a despistados personajes luminosos que necesitan tanta compañía como nosotros los lectores, y que mediante ciertos elementos que aparecen y desaparecen, que se recuerdan aquí y allá, ciertas melodías que nos reconfortan cuando todo parece extraviado en la mente o el pasado, llegan a ser fundamentales en la narrativa que reconocemos como familiar, cercana, a pesar de llevarnos viajando tan lejos, a playas tan distantes, a parajes tan coloridos y doloridos y atractivos y espectaculares.

Porque esos ‘Objetos frágiles’, que pueden romperse si se manipulan sin cuidado, somos nosotros, nosotras, nuestras manos, nuestra mirada, nuestro lenguaje, el otro, la otra: el mundo.

Objetos frágiles, Inés Mendoza

La peste escarlata, Jack London

Jack London, La peste escarlata, Libros del Rorro Rojo, 2012

A Scafati lo descubrí en esta misma editorial, con la Narración de Arthur Gordon Pyn de Poe. Maravillado por el arte del argentino descubrí que ha ilustrado a Orwell, Stevenson, Bradbury, Melville, Piglia… la lista es enorme, de calidad y Zorro Rojo tiene gran parte de la obra publicada en su catálogo.

Jack London, del que algunos dicen que tampoco es tan buen escritor, entretiene y pone sobre la mesa una de las preocupaciones que últimamente, con la realidad y la ciencia-ficción de la mano -digamos que una imagen vale más que mil palabras: recordemos a Trump diciendo tras haberse contagiado que “ha aprendido mucho del virus” (será de lo único que extrajo sabiduría)-: qué pasaría si asolara el mundo un plaga.

Detalle de capitular ilustrada

La narración de London junto a las ilustraciones de Scafati, hacen del libro un bellísimo objeto: la historia atrapa, las ilustraciones seducen: la lectura se convierte en nuevo placer, como ya sabemos. El rojo, el negro, lo amarillo y ocres, juegan un papel fundamental: el apocalipsis vestirá esos colores, la dama de negro, la sangre y el fuego colaboran activamente en nuestro séquito de neuronas enfocadas hacia el fin del mundo y el orgullo del hombre se impone: encontramos a Eva y la culpa, el papel de la mujer inactivo por el hombre, la vanidad materialista, el egoísmo que nos lleva a situaciones evitables… un mundo en poco menos de cien páginas que convierten esta novela corta, al menos para mí, en una de esas obras a la que volveré para repasar cómo se denigra a las personas a la vez que el lenguaje resulta herido.

Porque 2073 no resulta tan diferente, tan lejano: la juventud es cruel, no quiere la vejez y corrompe la lengua. Los viejos serán quienes hablen correcta y concretamente; los jóvenes impulsan su desasosiego rápido, malhablando, generalizando actuaciones. Cuando el viejo está intentando informar a los jóvenes, se contagia de su impureza lingüística, como si el virus inocularar malas lenguas en su corazón, y, milagro: cuando vuelve a su soledad, la lengua se limpia a sí misma, y es muy interesante agrupar soledad y pureza en la lengua como si limpiar incorrecciones necesitara de un ser solitario. Igual resulta en la literatura: cuántas veces quienes escribe se contagian de esa facilidad por servir al resto. Cuánta limpieza es necesaria para poder contar matices, colores, esquinas, detalles como el mechón de pelo que le cae a esa persona que nos fascina mirar de reojo.

Son muy interesantes las ilustraciones de las personas, los escorzos, las telas

Otro de los temas que toca London de manera elegante, entre descripciones imposibles de un mundo derruido, es la identidad: antes, se era alguien, ahora se han perdido referencias, no somos nada en una plaga más que un cuerpo que puede corromperse con la acción carnívora de la muerte.

Quiero destacar los soliloquios del viejo: son los que enmarcan, dentro del silencio, tan ignorante de algún personaje como interesado de otro, engloban y revisten de literatura los ambientes, las descripciones y la historia que poco a poco vamos conociendo, el pasado, la esperanza o no de un futuro mejor, el desastre total.

Encontramos tribus, crítica a la sobreabundancia que tuvimos antaño, la vida misma: así, en plena decadencia, decíamos que el lenguaje -viva el mal, viva el capital- se adapta a los tiempos, muta, se fracciona, rompe, tensa… dando lugar al mejor virus que poseemos, ya que la lengua se rebaja si es necesario para ser entendida: si Shakespeare dota a la lengua inglesa de todos los recursos retóricos para ser una de las mejores, en un momento dado, despojaremos el armazón de la misma para poder dar órdenes, entender las que nos son dadas, encomendarnos a la caza que será lo que nos mantenga en pie.

Si la lectura puede salvarnos, el eterno retorno habrá de ser conocido: el esclavismo, la avricia y el rigor de la muerte.

Desde luego que hay mejores escritores que London. Y mucho peores también.

La solvencia de esta historia, cuya estructura está condenada a ser repetida por su efectividad -y ya ha sido (re-)hecha hasta la saciedad posteriormente, es indiscutible: alguien cuenta qué paso a quienes hoy siguen vivos. No inventa el flashback London, pero sí lo utiliza bien.

Viendo hace unos días, por enésima vez Guerra Mundial Z, virus y muertos, me fascinó de nuevo la gigantesca metáfora del peligro de la religión que encierra la película en la escena donde Brad Pitt -el salvador (lo escribo sin cachondeo) -llega a Israel -¡!- rodeada de muros, a salvo de la epidemia, y comienzan a dar gracias a Dios miles de personas, cantando, gritando y desastre y cierre y fin de fiestas y fundido en negro: por favor vayan saliendo de la tierra para volver a ella, si es que alguien no ha vuelto ya con esa mala cara que arrastran los pobreticos Lázaros que, por cierto, en esta película corren que se las pelan: y en el derbi de hoy… 14 días después 1- George A. Romero 0 (“muy igualado, Matías, muy igualado hasta que la velocidad se impuso y…”).

Y todo esto para animar a leer a London, como si hiciera falta. En fin.

A doble página y protagonista que se mantiene en pie, como puede
La peste escarlata, Jack London

‘Herido leve’ de Eloy Tizón

Eloy Tizón, Herido leve, Madrid, Páginas de espuma, 2019

Referirse a Eloy Tizón, nombrarlo como artista, meditar sobre su papel en la literatura como lector, comentarista de textos ajenos, engrandecer textos y alentar el pacto entre lector y escritor, convertir la actividad lectora en mejor acción cada día.

Eso trataré de escribir, profundizando en la importante misión que alguien con una resonancia cultural bastante brillante posee: una responsabilidad de guía, a mi juicio, de corresponsable en los libros que recomienda en ‘Herido leve’, una especie de historia literaria alternativa, jugosa y diversa, pero sin esa pretensión de canonizar nada y dejar inmóvil el patio clásico de la literatura española o universal. El trabajo en este libro de Tizón me recuerda mucho a lo que Claudio Guillén postulaba sobre la tarea del comparatista (‘Entre lo uno y lo diverso’ es una maravilla altamente recomendable): Tizón no teoriza demasiado y es impresión mía pero enlazo el ingente trabajo de aquel, a la belleza con que este logra plasmar sus impresiones al comparar libros diferentes cuyas vibraciones hacen que, por medio de un hilo conductor aparentemente tenue, lleguen a buen puerto a la vez, sin perder la frescura crítica y resguardando las diferencias y características que hacen propias a cada autora, a cada libro, al autor mencionado por Eloy Tizón.

El lector ofrece una multitud de ejemplos, algunos de los cuales conoceremos o habremos incluso releído. Otros no. El libro se divide en ocho partes, y da la sensación de que nuestro escritor pretende pergeñar una extensa biografía literario-lectora. Sus impresiones, recuerdos, multiplicidades lectoras, reconocimientos y sugerencias brillan como destellos sabios y atractivos, en ningún momentos impertinentes o aburridos y esto, ya es bastante en un libro de reseñas de casi seiscientas páginas. Así que la diversión, la sorpresa y el amor por la literatura están presentes en todo el volumen, siendo algunas reseñas espectaculares ejercicios de teoría, ficción, imágenes sorprendentes o verdaderas lecciones de historia literaria.

No desgranaré el libro por completo: pero auguro que en unos años se hará, o al menos, partes de él, porque al ir haciendo calas pequeñas, descubriremos que esos pequeños agujeros que había en el estudio de algún autor, Eloy Tizón los rellena con el platino del cariño por ciertas expresiones y el oro del dominio técnico de la repetición de las ideas fundamentales, el dogmatismo indetectable que utiliza al nombrar sus convicciones de manera franca y plausible. Se convierte el libro en un dechado de lagunas cálidas donde nos sumergimos sin miedo a la incomprensión, a estar equivocados en nuestras lecturas: parecemos más libres de elegir -o no- esos libros que Tizón se demora primorosamente en acariciar con palabras de brujo literario, pero sin trucos baratos, con los mejores recursos de la alta literatura mágica de nuestro tiempo: la claridad, la profundidad, un comedimiento inaudito y una ejemplar falta de arrogancia.

Solo por estas razones, pensé, he de escribir algo sobre Herido leve: todo esto -no soy tan inocente de pensar lo contrario-, no sorprenderá a nadie que conozca la obra de Tizón, ni a él mismo. Los elogios a su obra son legión, como sus lectores. Pero quizá sirva utilizar ciertas herramientas tizonianas para entender sus escritos mejor o disfrutar de su pensamiento literario para conocer sus pócimas secretas, sus pases maravillosos que hipnotizan y que nos hacen leer página tras página sin darnos cuenta de que además de entretenernos, muestra saberes y los comparte con nosotros.

Así que he decidido dar unas cuantas pistas de lo que vamos a encontrar en este libro: podrían ser más, pero ya digo que son mis divagaciones en torno a un libro cuya riqueza es la sugerencia, por lo que a otra persona, le inspirará otras reflexiones, quizá más serias y rigurosas. Pero también podrían ser menos, qué importa. Si algo saco en claro de lo que -y cómo lo- escribe Tizón, es que importa poco tener todo claro sobre la literatura: es recomendable dejar un amplio margen para suposiciones, nuevas disquisiciones e ir poniendo en claro de a poquito férreas y rígidas convicciones intocables. ¿Es la vida así? parece preguntarse Tizón. Nos puede gustar Boris Vian, pero no por eso dejaremos de reconocer el magisterio de Artaud en algunos frentes; podemos idolatrar a Stendhal y no olvidarnos de Hoffmann. En fin, múltiples posibilidades, apertura mental y nada de quemas organizadas. Incluso cuando Tizón escribe una crítica deja un regusto amable en el paladar lector. Y eso ya tiene mérito. Lo que a continuación viene son impresiones después de acabar el libro: una pena, sí; releeremos los cuentos y buscaremos las novelas de este autor, qué vamos a hacer.

1-No perdamos la infancia. Las lecturas de nuestros años mozos y adolescencia marcarán sin duda nuestra memoria plena de recuerdos primerizos: superamos unos encontronazos literarios. Otros nos marcan de por vida.

2-Encontraremos en estas páginas terremotos de sensaciones sobre diversas autoras -por ejemplo, Lispector- que nos harán comprender que la emoción es fundamental al compartir ficciones. Esto es ficción, la crítica de Eloy Tizón, pues no ha de ser de otra manera el contar su experiencia lectora, tan diferente de todas las demás. Lo único es que su experiencia emite juicios más válidos que los de otras personas. Es lo que se llama un experto, como los hay en otros ámbitos, en el derecho o la medicina, y no vamos por ahí interpretando las leyes o sanando enfermos (bueno, algunos sí van por ahí, reventando la mesa con la maza de su opinión o conocen al dedillo la fórmula magistral para ayudar a un gobierno y sus expertos en cómo curar una pandemia; mundial; con dos cojones. Pero esto es otra historia). Así que la emoción, la formación y el conocer los recursos de contar, concluyamos, es importante en la escritura. Emocionar, enganchar y saber cómo hacer ambas cosas, hablando en plata, es cosa de la escritura verdadera. Algo así.

3-Los libros se acaban, pero no se agotan. Como este de Tizón al que volveré unas cuantas veces, por su bibliografía y teoría literaria sin querer ejercer de crítico. Por sus consejos como lector profesional que extrae el jugo literario de las novelas que comenta con total libertad.

4-Tizón no elude las vulgaridades de algunos autores: hay una frase atribuida a Flaubert que dejaré que quien se acerque al libro descubra, una comparación con un cigarro, maravillosa: las biografías de los autores -siempre recuerdo la frase de L. M. Panero- tienen su interés y aunque ya sabemos que no depende la creación del entorno, únicamente, es curioso comprobar ciertos datos de la vida de quienes maquinan historias y relatos extraños, fijados en un punto, desconectados de la realidad en algún sentido y en otros absolutamente dependientes de ella.

5-Somos relatos en medio de otros relatos, todos somos ficciones. No hay más preguntas, señoría: soberbias frases.

6-“Solo nos queda una cosa que hacer por nuestros mayores: escribir bien”. Schwob. Y Tizón cumple. Nos encontramos ante un despliegue de medios retórico que parecen naturales, imágenes de desbordante sensualidad, y sí, metáforas que contienen el sabor añejo y los materiales tradicionales tamizados por esa modernidad tan post que vivimos hoy día, según algunos. No pierde frescura el texto firmado en los años noventa. Por algo será.

7-La ejemplar selección, sin seguir modas, de autores y autoras: hay una gran cantidad de escritoras en estas páginas. Desde hace mucho, lo cual es llamativo y dice mucho de las amplias miras que el autor posee. Y aunque parezca una perogrullada, conozco “intelectuales” que atraviesan esa fase de misoginia, porque sí, querida lecturalia, como en todos sitios, entre ellas también existen malas escritoras que reciben reconocimientos: ya, ya sabemos que hasta hace poco eran ellos solamente quienes recibían los mismos reconocimientos, siendo igual de malos: así se reparte algo el pastel: cada quien sabe cómo escribe, cuál es su calidad, y cuál es la de quien tiene al lado. Y también hay escritoras buenas, y muy buenas. Y excelentes. Vaya, como entre los hombres. En fin, debates aparte de coraje macho: un gran acierto que personalmente, en medio de la vorágine de clásicos y falta de lecturas, me viene bien para conocer mujeres que no conocía y ya tengo ganas de leer.

8-Entre las muchas notas que decoran mi ejemplar de ‘Herido leve’, señalo “qué belleza”: Toda biblioteca es un trabajo de amor. Los libros se merecen (o no), como el mar o la risa.

Por frases como esta, analicémosla con afecto, es Tizón un peligro para la deshonesta capacidad de engañarnos que tenemos. No dice una “acción”, dice un “trabajo”. De amor. Algo que cuesta, un esfuerzo que culmina en un orgasmo y una felicidad. O eso leo yo. porque nos merecemos esas historias como el mar -el todo azul, la dicha marina, la sal que cura, el oleaje que somete y la vida del pez- o esa marca de primates diferenciados y felices que es la risa, y que ya condenara el venerable Jorge ante Guillermo de Baskerville. Nos lo merecemos: ambas potencias, ambas geometrías perfectas -el mar, la risa-. O no. Qué carga de profundidad ese llamamiento sin palabras a herejes que no sientan el amor por los libros. Parece decir que sufrirán las consecuencias de su rebelión ante la cultura. O no.

9-Los rusos, los diarios de Tolstoi, el recordarnos la historia. Siempre que leo sobre la muerte provocada por fascistas y comunistas del siglo pasado, pienso en las dictaduras, los refugiados y en los campos de concentración. (Recuerdo la visita a Sachsenhausen. Recuerdo lo que una mujer alemana nos dijo cuando le pregunté -imbécilmente, sin vocabulario en inglés apenas- si estaba bien para visitarlo: “No —nos dijo en un inglés totalmente comprensible—: no está bien, pero tenéis que verlo”. Lamentable contemplar como un turista los hornos para niños. Lamentable enterarse de que años después del final de la guerra, utilizaran estos con los mismos fines que los nazis, pero con su gente).

La historia no se olvida, o no debiera de olvidarse. Tizón lo sabe.

10-Definiciones posibles de literatura, sucedáneos y modernuras: podremos estar de acuerdo o no, pero es divertidísimo comprobar cómo toca la tecla Tizón y acierta en la melodía de los tiempos. Somos tan modernos que a veces no dejamos pasar una novedad a costa de los clásicos.

11-La literatura fantástica. Sus hallazgos, sus límites. Después, recordar a Roas, por ejemplo, o echarle un vistazo a sus cuentos. Leer la teoría de Todorov, lo que piensa sobre lo neofantástico Alazraki… Un mundo, ya digo, la dispersión organizada que imprime Tizón en estos formidables minicompendios de insinuaciones, veladuras y artificios literarios. Nos conduce ante unas cuantas puertas y nos impele a abrirlas todas, disipa el miedo, fomenta la curiosidad: más no se puede hacer.

12-La felicidad del lector. Miguel Arnas, novelista catalán, hace poco me hablaba de lo mismo: el disfrute de la lectura. Si no hay divertimento, hay que dejar ese libro. Y de nuevo, Tizón lo sabe, y sabe que en la variedad está el gusto, la alegría y no hay un monocorde sentido en este libro por lo que nos hará sonreír cuando impregne de literatura la reseña que leamos. Disfrute estético.

13-Conoceremos los best-sellers, su atractivo, su calidad y por qué leerlos o no. ¿Es la lectura siempre recomendable? Me ciño a los que decían Faemino y Cansado sobre la asistencia a sus espectáculos: “mejor estar aquí que delinquiendo”.

14-Poe y el cuento moderno: no me canso de leer sobre la relación, las implicaciones y los esfuerzos del americano por superar el cuento tradicional. Tizón lo explica a las mil maravillas. Sus reflexiones sobre el cuento en general, en los artículos inéditos que este libro contiene, son oro puro. También la lista de cuentistas jóvenes que da: una lista de la que a mí, conociendo algunos nombres que ahí aparecen, sin menospreciar a nadie pero ensalzando en mi humilde opinión a dos que he leído, Daniel Monedero y Juan Gómez Bárcena son espectaculares o al menos realizan el tipo de espectáculo que a mí me gusta ahora: me enfadan, sorprenden, sojuzgan y maravillan: hablo de ‘Manual de jardinería (para gente sin jardín)’ y ‘Los que duermen’. Para cuentistas y lectores con el interés de leer cada vez mejor.

Porque de eso se trata: de comprender que leyendo cada vez mejor, seremos más libres, nos impondrán menos y podremos ser más felices y vivir con mayor autonomía.

Tengo más notas, pero, como diría un amigo argentino “che, dejate algo para los demás, boludo…”

‘Herido leve’ de Eloy Tizón

La entreplanta, Nicholson Baker, La navaja suiza

Nicholson Baker, La entreplanta, traducción de Ce Santiago, Madrid, La navaja suiza, 2018.

Este será un libro muy especial para quien se anime a leerlo. Así que no me limitaré a hablar únicamente de lo que es, una novela, sino de la edición y la traducción y el prólogo.

Digo que es una novela por acotar: es mucho más, pero para empezar con orden y concierto, empezaremos por la edición: La navaja suiza, sus integrantes, tienen un gusto exquisito y es un placer tener un libro de la editorial en las manos. Cubierta y contracubierta ilustradas, a dos colores —alguno más hay intermedio— al igual que entre el título y el autor: negro y verde predominan sobre los grises. Además, tras las páginas de cortesía y una falsa guarda verde, en realidad es una hoja, ya que no llega a ser guarda, pero parece acompañar perfectamente el diseño del libro, por el color. Y justo antes la portada, Laura Moreno realiza una magnífica ilustración del autor -parte izquierda del rostro- que se repite al final -parte derecha de la faz- sin ser el mismo gesto.

Así que ya tenemos algo bastante importante y aún no hemos entrado en materia: ¿o sí? Por supuesto: tan importante es la estructura externa de un libro como la interna, lo agradable y gustoso que es disfrutar de la vista, el tacto… que hacen que lleguemos a aspirar las cubiertas del libro, y nos preparemos para su lectura, es fundamental como entrada a esta joya.

Esta edición de ‘La entreplanta’ de Nicholson Baker, viene precedida por ‘And yes I said yes I will Yes. Siete notas sobre La entreplanta’ de Patricio Pron, casi nada. La frase, nos recuerda este autor es la que dice Molly Bloom en el Ulises, y despierta el afán por la disposición que hemos de tener para enfrentarnos al arte, en este caso, la literatura. Es muy potente esta parte escrita por Pron, como no podía ser de otra manera y da una lección magistral sobre cómo introducir un libro sin reventarlo. Es mejor leerlo, claro, pero apunto algunos temas que siempre me han interesado: el argumento, la forma, la conciencia que se contradice a sí misma, la obra literaria como tal ¿qué necesita para serlo?, la crítica literaria y su trato a Nicholson Baker, en fin, un conjunto de cuestiones fundamentales que Pron acerca a nuestros ojos.

La novela. Ah sí, la novela: la novela, ese artefacto narrativo donde prima todo lo narrativo, acción, reflexión -aunque parezca que me contradigo-, diálogos… se ha hablado tanto y escrito más sobre el género, que no hay nada como un libro parecido a este para desmentir todo, divertirse de lo lindo y asombrarse -creo que es lo más destacable de su lectura- cuando el autor se plantea algo. Porque es un planteamiento de planteamientos el libro: dudas, preguntas, aseveraciones para ser cuestionadas, negadas o vueltas del revés. De hecho, muchas de las sorpresas que el libro tiene reservadas para quien lo lea, es la historia de la evolución moderna que más o menos habremos vivido todo el mundo. La aparición de cosas, objetos, enseres… y las actitudes que acompañan a esas cosas, diferentes, totales, parciales… que hemos tenido o no, serán los puntos fuertes con los que Baker no deja de hacerse/nos preguntas. Cómo ha cambiado todo, desde una melancolía a ratos irónica y siempre lúcida, con esa conciencia que se contradice -que ya advertía Pron- y que, oh, sorpresa, nos añade información como quien no quiere en las notas a pie de página -otro punto fuerte según el escritor que introduce la obra-.

El detalle por el detalle, la minuciosidad con la que Baker nos coge de la mano y después nos suelta y somos, quienes lo leemos, quienes queremos seguir de la mano de ese guía, para no perdernos, hasta que descubrimos que no importa, no importa la trama, el argumento, porque lo realmente sagrado es la palabra. Encontramos analepsis (flashbacks orgullosos de serlo) que nos llevan a un tiempo que inmediatamente se utiliza para hablarnos del presente, compara ambos momentos y decir si la cosa ha mejorado (la Historia, nuestra historia, cualquier tipo de historia paralela o circundante al objeto o a lo que se le venga a la cabeza al protagonista) o ha empeorado, si nos hemos dado cuenta de su mejoría o su empeoramiento y todo esto, con una cantidad de detalles, como decía, que forman por sí solos el estilo del autor, al menos en esta obra.

El papel, el plástico, el medio ambiente. Las tiendas, el instituto, los hogares. Está todo porque de todo se puede escribir al tener esa mirada: la mirada curiosa que observa, fotografía, decide escribirlo a través de un discurso literario y llega la conciencia y promueve descargas en forma de recuerdos, o aprovechar la sabiduría y los hechos actuales del narrador.

Si nos fijamos, por decir algo apasionante pero no necesario para disfrutar la historia [(¿qué historia? -diría alguien-)] es esto mismo que he tratado de reflejar, sin conseguirlo, porque no es una nota a pie de página el primer signo, el corchete, que he utilizado: en algunas partes, Baker es capaz de inaugurar un segundo nivel, que a su vez tiene un tercero, que se completa con un cuarto nivel narrativo. Y se entiende. Ya digo, algo sorprendente y que exige ser celebrado, pues nos hunde o eleva en diferentes lugares, para extraer pepitas de oro literarias y regalárnoslas.

Tengo decenas de notas. Creo que mejor leer este libro, es una aventura, una apuesta y una alegría. Un personaje, definido por un pensamiento recurrente del que nos hace partícipes (quiere pensar más, y mejor) no es para abandonarlo a su suerte.

Termino felicitando a Ce Santiago -gesto que no creo que le haga falta, pues sabe qué ha hecho, qué ha conseguido: pero es impresionante-: no soy experto en traducción pero las palabras que coloca el traductor al final de la novela, son precisas, hermosas y de enamorado. Enamorado del arte, la literatura y el compromiso con los lectores y lectoras que se acerquen al libro.

Me quedo con lo de que al acabar la traducción, Ce Santiago tuvo “agujetas mentales”.

Qué grande.

La entreplanta, Nicholson Baker, La navaja suiza

Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.

VV. AA., Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras, 2016

Esta antología es muy interesante desde el punto de vista artístico: los textos pueden ser leídos desde los tres bloques en que se organiza todo el conjunto y las ilustraciones pueden ser contempladas como elementos que completan, asisten o dialogan con dichos textos.

Es una apuesta bellísima de Adeshoras: desde la cubierta y contracubierta, Lola Castillo se encarga de “coser” ambas partes con un dibujo maravilloso de un hilo que si bien empieza (o termina) en una aguja que desprende una gran gota de sangre, termina (o empieza) en la casa de los sueños, la flamante mansión del terror, aquella a la que quien haya leído sobre el mito ha viajado aunque únicamente sea (y de qué manera) como aquel Randolph Carter de Lovecraft: Villa Diodati espera que abramos sus puertas, conozcamos estas historias y vislumbremos la imaginación de quien ha puesto en juego sus trazos para terminar construyendo una nueva casa, una nueva mansión de relatos, un nuevo Frankenstein hecho de retazos literarios y visuales.

Sugeriré algunas de las maravillas literarias y comentaré por qué este libro es imprescindible en las bibliotecas de amantes de uno de los monstruos más queridos y solitarios del mndo como es el creado por Mary Shelley.

Como todos los libros curiosos y de calidad, ya despertó interés y dejo aquí un par de reseñas que encontré por ahí, alguna más completa que la mía, ya que está dedicada a todos y cada uno de los cuentos:

-la de Julio Jurado en Zasmadrid es muy potente y extensa y comenta cada cuento con apasionamiento y deliberado interés por la literatura.

-la de Libros de Cíbola es muy recomendable, ya que se habla de varios textos y los puntos de vista son diferentes a la anterior.

Esto, estas referencias que dejo, no son ni pretenden ser tan minuciosas: me limitaré a nombrar algunos textos, y disfrutar de ilustraciones y comparaciones que vienen a mi mente.

Susana Noeda, a quien le agradezco la disposición, me mandó este libro a petición personal: le dije que Frankenstein y la ilustración, y me contestó con una rapidez inusitada. He necesitado un tiempo, por varios motivos, para realizar estas anotaciones: en una libreta y en el propio libro llevaba muchas cosas apuntadas, algunos datos, otros recuerdos sobre ilustraciones y me faltaba la búsqueda por internet de quienes ilustran la obra y no conocía y que desde ya, admiro por su trabajo.

En fin, que esto es personal: comentaré todas las ilustraciones -como el acierto de la cubierta y contra, que me parecieron una fascinación laberíntica, ya que parece no acabar nunca de construirse esa casa, así como, pensaba yo, el monstruo nunca deja de aprender, y claro: ha de aprender también eso, que es un monstruo dependiendo de los ojos que lo miran, no una criatura más- y algunos textos.

Olgoso, Shua, Cost, Mendoza, Zapata, Roas: no voy a contar el cuento, no voy a destrozar la trama o las explicaciones, no copio lo que ya cuentan mejor que yo: son pistas para saber qué hace cada quién con su elección personal: no están en su totalidad, pero a quienes elijo son -en mi opinión- muy representativos.

Primer acto: La cuna del monstruo

Olgoso practica el arte y la belleza: en su cuento, ‘Villa Diodati’ no es un lugar, no es una casa, al menos no es solamente algo inanimado sino que puede tener conciencia y memoria. Dos partes fundamentales para que el granadino pueda escribir al margen de la historia oficial del mito y la reunión de esas figuras jóvenes y alocadas -alguna más que otra- que allí forjaron algunos de los textos que perduran hoy día y son una de las bases de la literatura fantástica y de terror. Olgoso medita sobre la propia fantasía, el hastío y la literatura y sutilmente, mediante reiteraciones, nos introduce en el desconocido juego de ser quienes miramos a las criaturas que habitan la casa. Así, la arquitectura aparece para hermanarse con la pintura, la escultura y la más impredecible de las bellezas: la propia naturaleza. Ironía, melancolía y la metaliteratura de manera elegante nos llevarán a convivir a latitudes distantes, a otros tiempos. Un texto, nunca mejor dicho, antológico, en el más puro estilo de Olgoso: sorprendente, sutil, de atmósfera evanescente y literario.

Norberto Fuentes, en ‘Permutación de Villa Diodati’ realiza una potente edificación y de múltiples sugerencias: su ilustración es de las más hermosas, pero cuál no lo es. Me contengo de subir una imagen que tengo en mi móvil para despertar interés, no sé si se logrará. Podemos perdernos en los matices de esos ramajes, por otro lado desquiciantes espectros naturales, bosquejos de líneas inacabadas que confluyen en un perezoso cielo no iluminado del todo. Inspiradora ilustración, ciertamente.

Ana María Shua, la dama del micro, escribe en esta ocasión un texto de varias páginas, preciso y suculento: preciso en lenguaje, como siempre y suculento en la narración de la trágica vida de Mary Shelley. El texto se puede convertir en alegato con ese poder que Shua parece sacarse de la manga literaria que tan bien maneja: los cambios de puntos de vista, de narradora, de opinión parece incluso, nos dejan sin respiración con la última frase del texto, que dice así: no, no la escribo, ya dije que nada de contar lo contado, y no sé si estoy cumpliendo al cien por cien.

Y llegamos a Soledad Velasco: su ilustración, ‘Mary Shelley’ es brutal: así, sin paliativos. Por el contenido, por los referentes y las múltiples conexiones. Aquí sí dejo un par de fotos, una de la ilustración de Velasco y otra de Harry Clarke a quien me acerco bastantes veces para disfrutar su obra: el estilo, las implicaciones religiosas de creación y muerte, casi divinas, los detalles que esconde esta imagen tan misteriosa con esa M. S. tan altiva y sencilla, creando o descreando para volver a empezar, más que creando y destruyendo que es lo menos interesante, porque ¿qué artista destruye pudiendo volver a re-crear? Qué maravilla, la verdad, de ilustración.

De Soledad Velasco
De Harry Clarke

Lola Castillo expresa en ‘La cicatriz’ la tremenda pena y soledad de la criatura: le bastan unas cuantas líneas para insinuar a la memoria de dónde venimos con el arte de quien conoce que una sugerencia impregna más nuestras emociones que lo obvio y poco interpretable.

‘Le rémoleur’ de Alfonso Cost, es en mi opinión, uno de los textos más poéticos del libro: Cost practica desde el léxico a la trama un empedrado de constantes preciosismos que nos guían, bajo un manto de melancólicas precisiones, al lugar donde la música y el misterio confluyen en lo que podemos llamar inconsciencia. Técnicamente, el relato es una maravilla, así como la ilustración para el mismo que Carlos Arrabal consigue: definido, moviéndose en la quietud, recordamos en ese ser, otras criaturas que aguardan en nuestra imaginación para ser descubiertas si nos atrevemos, que en realidad, es como funciona tras la lectura, el relato de Cost. Grande y enigmática conjunción de artes.

En ‘El invierno suizo de la señorita Shelley’, Zapata, un escritor por el que siento especial predilección -como por Olgoso- consigue dos realidades, un único texto ensamblado como homenaje a la criatura, que se especifica en un arrebatado -pero tranquilo, como Zapata sabe hacerlo- texto plagado de recursos técnicos y artísticos, como el elemento metaliterario, que, si no descubrimos, disfrutaremos igual pero que si lo vislumbramos, comprenderemos que la literatura es fondo, forma, metáfora y símbolo de algunas de las partes más ocultas del ser.

Interludio

‘El Romanticismo: tormenta y rebelión’, de Inés Mendoza es uno de los textos más claros y hermosos sobre lo que el capital ha conseguido frente al arte o los lenguajes más revolucionarios. Hay que leerlo unas cuantas veces. Muchas. Y repetirlo para quien se acerque contándonos milongas sobre el posible efecto de la literatura como ente muerto o niña sacrificada en el altar de la posmodernidad. Una defensa sosegada del feminismo que culmina con el tremendo impacto visual de Anamurna (Ana Vázquez Adán) y su ‘Episotomía’: natural, desgarrador, provocativo, suturante y suturado grito de rebeldía que acompaña a la perfección el pequeño ensayo anterior.

Segundo acto: El monstruo sigue vivo

Sabiendo que Lola Castillo organiza la costura sentimental de personajes en sus ilustraciones, ‘El sueño de la razón’ deslumbra por el hilo previsto, pero nuevamente sorprende la ilustradora con los contrastes y el punto de vista que nos ofrece para participar. negro sobre blanco, blanco sobre negro, visualización del interior, opacidad en lo exterior.

Soledad Velasco nos ofrece un retato de espaldas que sera creado en directo, como si la pluma escribiera el retrato y la que ilustra escribiera sobre nuestra imaginación: la parte femenina, la infancia, lo joven y primoroso destacando en lo enorme, lo inacabado, lo que está en proceso.

El ‘Nosferatu’ de Carlos Arrabal me sirve para romper la linealidad de estos comentarios: inolvidables criaturas los vampiros también, presentes junto a Polidor i y sus amigos, parece fundirse con un estado de maldad natural que hace pensar en el aprovechamiento de los mínimos motivos que sirven a un artista para hacer desfilar ante nuestros ojos, seres de todo tipo y calaña.

Norberto Fuentes nos presenta a los protagonistas de la historia ‘En familia’: es un alarde de creatividad, un conjunto de materiales que parece decirnos lo intercambiable que es el buen gusto, es decir, si algo funciona, puede y debe ofrecer varios puntos de vista y relecturas (o re-visionados). Gran ilustración final, que permite contemplar lo más parecido a diferentes técnicas que se amoldan perfectamente al relato de Frankenstein.

He dejado para el final a David Roas: en ‘Agua oscura’, uno de los maestros teóricos de lo fantástico hace gala de su sabiduría, revisando irónicamente el mito, la técnica, el arte y la memoria. Es un proceso de disfrute lector -imaginamos que no menos escritor- el desarrollo de un cuento en el que el teatro, la escritura, la interpretación y la contemplación están presentes: Roas consigue atraparnos en el mundo que vive el protagonista a quien acompañamos en su descubrimiento de lector o espectador, frente al terror de la escritura o el teatro. Magistral, divertido, triste y por momentos apabullante de literario.

Lo dicho: gracias a Susana Noeda por hacerme partícipe de un libro así y quien quiera pasar más de un rato disfrutando arte del bueno, que consiga el libro: volveremos a él una y otra vez.

Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.