FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez, en E.D.A.: literatura, juego, diversión.

Pablo Martín Sánchez, FrICCIONES, Benalmádena, E.D.A libros, 2011

No es la primera vez que comento algo de E.D.A. libros, ya que tienen libros interesantes y propuestas como la que traigo hoy y que tenía muchas ganas de leer.

Pablo Martín Sánchez —‘El anarquista que se llamaba como yo’, por ejemplo— es un escritor preocupado por la forma que le da a sus textos y por cómo esta puede hacer que nos lleguen a quienes lo leemos. Hasta aquí, parecería que hay gente que se dedica a escribir a la que no le importa la forma: muy bien, hemos llegado a la misma conclusión. No es este el caso, decía, porque el lenguaje le sirve al autor para, desde el mismo título, crear sensaciones: sé que es amante de palabras y significados y juegos y variaciones y permutaciones -digno miembro de OuLiPo- así que empezaremos haciendo algo que creo intentó él mismo: la palabra FrICCIONES atenta contra la unilateralidad de significado. Restregar, rozar (se) dos cuerpos: mucha fricción provoca calor y ahí lo dejo. Pero ¿y el cálido roce de la inventio, la dispositio y la elocutio? La ficción, el relato, la historia, el placer de contar, una vez pensado un argumento y derivar hacia la lengua y la literatura todo el interés probable. De esos roces, ya se encarga Martín Sánchez -al igual que de la calidez, lo sensual que acecha en el libro en espera de que lo hallemos y lo hagamos nuestro- en la estructura del libro, dividido en tres partes, quizá de menor a mayor intensidad: me refiero a los términos, no a calidad o importancia de lo tratado, porque en esto, nos ha salido exquisito don Pablo: cuida hasta el último detalle, sin pedantería ni aspavientos, el lenguaje, sus múltiples funciones y las tramas y finales de los cuentos.

27 piezas, si no me fallan las cuentas, entre Roces, Caricias y Abrazos. Es una relación de amor la que intenta entablar el autor mediante la vía de la literatura hacia quien lo está leyendo, y viceversa: nos entrega amorosamente el lenguaje -pulcro, literario, listo para fascinar- para arroparnos hasta que el libro concluye. Así, consigue un libro digno, entretenido, inverosímil, divertidísimo en ciertos momentos absolutamente desquiciados y muy literario.

Para empezar con lo irónico cita a Monterroso, como prologuista, con un texto de este escritor como es La letra e. Algo sobre la unidad, y su imposición en la obra de arte. Por si todo lo anterior que escribí no sirviera para nada, empezamos la reseña de nuevo.

Tras Monterroso -¿dijimos que prologa el libro hablando de la unidad que ciertos elementos de ficción han de poseer para realizar una tarea mayor como (dice Monterroso) si la vida fuera de tal manera y no nos sorprendiéramos de lo deslavazado que es todo?- comienza la juerga literaria, el festival de palabras, tramas, personajes y finales.

No destripo por costumbre, no lo voy a hacer ahora: nombraré solo algunas de las maravillas que logra Pablo Martín Sánchez para encandilarnos mediante FrICCIONES cada vez más certeras, porque en esto hay gradación, y la técnica aparece para conseguir que nos impresionemos del placer literario que sentimos.

Casi todo lo peor que le pueda pasar a alguien aparece en la primera parte, temáticamente hablando: los recursos son diversos y el autor no deja que decaiga en ningún momento la acción y los conflictos a lo que someten: la soledad y Borges, hasta dónde podemos llevar un texto en su interpretación, la infancia y sus momentos, la memoria y sus lagunas queridas o la composición de un beso integran esta parte. Hay mucho más, pero hay que leerlo y descubrirlo: los engranajes están perfectamente engrasados y unos ayudan a girar a otros, una delicia descubrir recovecos que ha ido abriendo el escritor por los que nos podemos asomar para ver al protagonista sonriendo extrañado que no corresponde en ese cuento mientras que respira en su pieza de manera normal. Uno de los recursos que más me fascinan, la historia dentro de otra historia, dentro de otra…, el de la mise en abyme, aparece en De sueños y versos, y por favor, retengamos versos, retengamos sueños. Por eso son Roces, a veces duelen, a veces cicatrizan.

En Caricias, aparece una ironía tremenda, un buen humor que nos invade como suponemos que poseyó al autor: los nombres, las metamorfosis, los hechos que padecen personajes y ambientes surgen en una bacanal literaria: Vila-Matas, la composición de la obra literaria, rodrigo Fresán asoma el ojo, Carpentier el nacimiento y las citas, la metaliteratura y los apoyos, verdaderos o ficticios, recordados o nuevos, dejan paso a la teoría de cómo ha de escribirse un relato. O no. Al final de alguna pieza, pensé muerto de risa: qué poca vergüenza, qué humor qué derroche de simpatía como una corriente común que compartimos, mediante palabras y frases, tramas y soluciones magistrales, quien escribe y quien lee: esto, como antes, retengámoslo también. El tiempo y erotismo cobran protagonismo: del roce a la caricia hay unas páginas.

Los Abrazos son la constatación de la buena intencionalidad del autor: armar un pequeño puzle literario-lingüístico para que nos lo pasemos muy bien desarmándolo y volviéndolo a armar en nuestra (s) lectura (s): por ejemplo, en Faustine, la fabulación es bilateral y va desde el narrador a la narrataria, que se convierte en narradora para hacer narratario al narrador. Más metamorfosis, más juego, más literatura. Encontramos cuentistas de lo que otros contaron, revistas literarias, humorismo, el lenguaje diverso y sus usos, y la pieza Accidente, que hay que leerla, releerla y ponerle un piso en el Parnaso.

El volumen concluye con Entropía, -el tiempo de nuevo, o siempre- otra pieza para enmarcar.

Todo lo escrito se resume, y mejor, en la ilustración de cubierta de Chema Lumbreras: un conejo escuálido vestido como un runner atraviesa un espejo que a la vez es un reloj, que ha sido de-fragmentado de una pared donde hay un agujero negro, y a sus pies un cubo de Rubik. El conejo introduciéndose, acción pura, y debajo, o detrás o ahí, el hueco de una pieza de puzle.

Eso es la literatura. Al menos esa es la que escribe Pablo Martín Sánchez. Y ahora, leo por ahí con alegría, que los franceses dicen que oui, monsieur Martín: c’est la grande littérature!

FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez, en E.D.A.: literatura, juego, diversión.

Siempre soy cualquiera: a propósito de ‘Esta bruma insensata’ de Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, Esta bruma insensata, Seix Barral, 2019.

Contar algo a estas alturas de Vila-Matas es casi una imprudencia. Decir algo original porque ya sabemos que el escritor es capaz, como decía Fresán, de hacer que sus obsesiones pasen a ser nuestras desde el momento en que abrimos el libro, leemos la primera frase del artista citador –ya hay que tener confianza en que todo sea normal, para que haya un citador que sea artista- y descubramos que lo anormal es lo que no entra entre páginas y párrafos cuyas líneas expresan la amable concupiscencia de la literatura.

Porque de lo que se trata, entre florestas que no existen y fuego fatuos de Barcelona y provincia, es de insinuar que la lectura es tan importante para la formación de personas e individuales pensamientos que siempre estará la literatura: qué importa quién y cómo y cuándo y por qué.

La literatura sobrepasa al arcipreste de Hita o a Cervantes. O no se habría escrito nada sin citarlos.

Santa Teresa habló de la confianza y la fe viva y que la gloria del mundo es vana: nada más cerca, al leer a Vila-Matas, a veces. Nada más lejana de su impostura. La grandeza de la literatura es confirmar que otros mundos son posibles, que la fe existe en Pynchon y qué, preguntamos, si Pynchon no existe pero alguien creó lo que leemos, ¿no es así como formamos mitologías y héroes y heroínas y nos colocamos en la posición del otro como lectores al comprobar que la experiencia lectora es una, personal e indiscutible para probar que entendemos la historia, que somos parte de ella y que al final, si hubiera solo uno, podemos compartir el trofeo?

Pero qué trofeo, parece contarnos Enrique Vila-Matas. ¿Hay algún premio en comprender que nuestra historia o la de otras personas sobreviene gracias a la invención, la memoria y que la ficción compone y desentona esa memoria y esas invenciones que tanto bien nos hicieron?

Vila-Matas estructura una ficción desde cero. Al menos nadie soporta, por gusto literario, la presión de componer un agónico y bellísimo canto a uno de los escritores más invisibles pero presentes del momento como lo hace el catalán.

Vila-Matas sigue, como siempre que abrimos al azar una página cualquiera de sus libros, provocando la curiosidad, las ganas de leer, el sentimiento de querer seguir leyendo por si alguna vez se le ocurre a alguien escribir —y ya aventuro, que la osadía se convertirá, como casi siempre en humildad—  que se plantee la laboriosidad de ser escritor, el encuentro con la más experimental serendipia y tener la capacidad de oh, sí, trasladarlo a lenguaje literario, con las precisas herramientas y de verdad, de verdad, creernos absolutamente que Vila-Matas no existe, que siempre ha sido traducido por otra gente, que, en definitiva, llegan manuscritos de Nueva York a Barcelona, vía, cómo no, Layetana, Florencia, Manhattan…

Importa algo si ‘Esta bruma insensata’ es una más, de las vilamateces geniales…

Siempre soy cualquiera: a propósito de ‘Esta bruma insensata’ de Vila-Matas

Agustín Calvo Galán, Y habré vivido, La garúa

Agustín Calvo Galán, Y habré vivido, La garúa, 2018

Si es cierto que no tenemos perspectiva hacia las obras literarias que hoy se publican, por la temporalidad cercana con que las frecuentamos, normalmente hago un alto en el camino de esa insinuación cuando llega hasta mis manos algún poemario de Agustín Calvo Galán.

En esta ocasión, ‘Y habré vivido’, está acompañado por un prólogo de Eduardo Moga y tres poemas vertidos al italiano por Paola Laskaris: aún más atractiva la lectura, la demanda poética, las lenguas que se utilizan en el volumen, que, digámoslo ya, es algo muy querido por nuestro poeta. Se siente cómodo utilizando lenguajes diversos, hibridando géneros, utilizando idiomas que no son su lengua materna, canciones de la memoria, actos de vida —a estas alturas, entre catalán, español, italiano, inglés, portugués… me pregunto si Calvo Galán no es un conjunto de lenguas amadas, de músicas vividas y poemas travestidos de experiencias personales e inolvidables— que tejen un riquísimo telar que va cubriendo y descubriendo las obras de arte que su cultura —vasta, heterogénea, selecta— nos muestra en cada libro. Cada poemario será una lectura polifónica, una ensayada y bien dispuesta mezcla de literatura, arte, melodías y sugerencias lectoras.

Este libro se abre con uno de los mejores prólogos con los que me he cruzado, y conozco algunos, sobre todo de poesía, ya que sugiere, explica lo necesario, anima la lectura y proporciona unas cuantas pistas para quienes quieran comprender y “terminar” —o iniciar— el significado de los poemas, significado avisamos, múltiple: pero con las referencias que otorga Moga, su manera diáfana de escribir y lo sucinto de sus datos nos sentiremos satisfechos, tranquilos y libres. Ya digo —decimos—, un prólogo maravilloso, que no destriparé: solo copio una frase espectacular: “Afirmar la creación es afirmar la respiración”. El análisis detallado de Moga, su claridad y concisión y lo medido de sus avances para que iniciemos nuestro viaje, son justos, medidos.

Digo viaje porque el viaje, el arte y la música serán tres constantes en la poesía de Calvo Galán: ya sean tierras cercanas o lejanas, la conciencia lírica del poeta atraviesa de manera narrativa, imprimiendo acción, hibridando el género, a esos movimientos, esas canciones, esa arquitectura y dibujo que aparecen en estos poemas. 

George Grosz en el puerto de Amberes, Alvar Aalto frente a El Escorial y E avrò vissuto (tres poemas vertidos al italiano) son las tres partes del libro.

Recuerda violencia, límites, un pasado marcado por la debilidad: la confesión a media voz, parece estar haciéndosela a cada quien que lee. El personaje lírico es un trasunto del artista que recrea mediante sus devaneos mentales la historia de una época de Europa y España trascendentales para el devenir de la historia. El presente, conformado por literatura, música y esa des-memoria que permite poner negro sobre blanco los recuerdos, se destroza con la ficción, o quizá, se reinventa, nada desaparece, todo se transforma, para dar paso a un hecho singular como es inventar lo que pasó, para sobrellevar lo que sucede.

Y esos versos que avisan, elegancia pura, de lo que va a venir después:

Hoy la música, la arquitectura de mis años.

Nos integramos perfectamente en la segunda parte, nos convertimos en el solitario artista que frente a las órdenes se rebela, su conciencia se dispara y entonces el baile, la música, la orgía de los sentidos pretende solucionar la pudibundez española de aquellos años, el trasiego no logrado hacia la modernidad: el personaje se funde con la primera parte, de manera sutil encontramos palabras, frases que recitan viajes a lo anterior vivido, escrito, donde conoceremos un final emocionante, una asunción del destino estremecedora.

Un poemario interesante, heterogéneo, llamativo, curioso y ante todo, bien escrito.

Agustín Calvo Galán, Y habré vivido, La garúa

La entreplanta, Nicholson Baker, La navaja suiza

Nicholson Baker, La entreplanta, traducción de Ce Santiago, Madrid, La navaja suiza, 2018.

Este será un libro muy especial para quien se anime a leerlo. Así que no me limitaré a hablar únicamente de lo que es, una novela, sino de la edición y la traducción y el prólogo.

Digo que es una novela por acotar: es mucho más, pero para empezar con orden y concierto, empezaremos por la edición: La navaja suiza, sus integrantes, tienen un gusto exquisito y es un placer tener un libro de la editorial en las manos. Cubierta y contracubierta ilustradas, a dos colores —alguno más hay intermedio— al igual que entre el título y el autor: negro y verde predominan sobre los grises. Además, tras las páginas de cortesía y una falsa guarda verde, en realidad es una hoja, ya que no llega a ser guarda, pero parece acompañar perfectamente el diseño del libro, por el color. Y justo antes la portada, Laura Moreno realiza una magnífica ilustración del autor -parte izquierda del rostro- que se repite al final -parte derecha de la faz- sin ser el mismo gesto.

Así que ya tenemos algo bastante importante y aún no hemos entrado en materia: ¿o sí? Por supuesto: tan importante es la estructura externa de un libro como la interna, lo agradable y gustoso que es disfrutar de la vista, el tacto… que hacen que lleguemos a aspirar las cubiertas del libro, y nos preparemos para su lectura, es fundamental como entrada a esta joya.

Esta edición de ‘La entreplanta’ de Nicholson Baker, viene precedida por ‘And yes I said yes I will Yes. Siete notas sobre La entreplanta’ de Patricio Pron, casi nada. La frase, nos recuerda este autor es la que dice Molly Bloom en el Ulises, y despierta el afán por la disposición que hemos de tener para enfrentarnos al arte, en este caso, la literatura. Es muy potente esta parte escrita por Pron, como no podía ser de otra manera y da una lección magistral sobre cómo introducir un libro sin reventarlo. Es mejor leerlo, claro, pero apunto algunos temas que siempre me han interesado: el argumento, la forma, la conciencia que se contradice a sí misma, la obra literaria como tal ¿qué necesita para serlo?, la crítica literaria y su trato a Nicholson Baker, en fin, un conjunto de cuestiones fundamentales que Pron acerca a nuestros ojos.

La novela. Ah sí, la novela: la novela, ese artefacto narrativo donde prima todo lo narrativo, acción, reflexión -aunque parezca que me contradigo-, diálogos… se ha hablado tanto y escrito más sobre el género, que no hay nada como un libro parecido a este para desmentir todo, divertirse de lo lindo y asombrarse -creo que es lo más destacable de su lectura- cuando el autor se plantea algo. Porque es un planteamiento de planteamientos el libro: dudas, preguntas, aseveraciones para ser cuestionadas, negadas o vueltas del revés. De hecho, muchas de las sorpresas que el libro tiene reservadas para quien lo lea, es la historia de la evolución moderna que más o menos habremos vivido todo el mundo. La aparición de cosas, objetos, enseres… y las actitudes que acompañan a esas cosas, diferentes, totales, parciales… que hemos tenido o no, serán los puntos fuertes con los que Baker no deja de hacerse/nos preguntas. Cómo ha cambiado todo, desde una melancolía a ratos irónica y siempre lúcida, con esa conciencia que se contradice -que ya advertía Pron- y que, oh, sorpresa, nos añade información como quien no quiere en las notas a pie de página -otro punto fuerte según el escritor que introduce la obra-.

El detalle por el detalle, la minuciosidad con la que Baker nos coge de la mano y después nos suelta y somos, quienes lo leemos, quienes queremos seguir de la mano de ese guía, para no perdernos, hasta que descubrimos que no importa, no importa la trama, el argumento, porque lo realmente sagrado es la palabra. Encontramos analepsis (flashbacks orgullosos de serlo) que nos llevan a un tiempo que inmediatamente se utiliza para hablarnos del presente, compara ambos momentos y decir si la cosa ha mejorado (la Historia, nuestra historia, cualquier tipo de historia paralela o circundante al objeto o a lo que se le venga a la cabeza al protagonista) o ha empeorado, si nos hemos dado cuenta de su mejoría o su empeoramiento y todo esto, con una cantidad de detalles, como decía, que forman por sí solos el estilo del autor, al menos en esta obra.

El papel, el plástico, el medio ambiente. Las tiendas, el instituto, los hogares. Está todo porque de todo se puede escribir al tener esa mirada: la mirada curiosa que observa, fotografía, decide escribirlo a través de un discurso literario y llega la conciencia y promueve descargas en forma de recuerdos, o aprovechar la sabiduría y los hechos actuales del narrador.

Si nos fijamos, por decir algo apasionante pero no necesario para disfrutar la historia [(¿qué historia? -diría alguien-)] es esto mismo que he tratado de reflejar, sin conseguirlo, porque no es una nota a pie de página el primer signo, el corchete, que he utilizado: en algunas partes, Baker es capaz de inaugurar un segundo nivel, que a su vez tiene un tercero, que se completa con un cuarto nivel narrativo. Y se entiende. Ya digo, algo sorprendente y que exige ser celebrado, pues nos hunde o eleva en diferentes lugares, para extraer pepitas de oro literarias y regalárnoslas.

Tengo decenas de notas. Creo que mejor leer este libro, es una aventura, una apuesta y una alegría. Un personaje, definido por un pensamiento recurrente del que nos hace partícipes (quiere pensar más, y mejor) no es para abandonarlo a su suerte.

Termino felicitando a Ce Santiago -gesto que no creo que le haga falta, pues sabe qué ha hecho, qué ha conseguido: pero es impresionante-: no soy experto en traducción pero las palabras que coloca el traductor al final de la novela, son precisas, hermosas y de enamorado. Enamorado del arte, la literatura y el compromiso con los lectores y lectoras que se acerquen al libro.

Me quedo con lo de que al acabar la traducción, Ce Santiago tuvo “agujetas mentales”.

Qué grande.

La entreplanta, Nicholson Baker, La navaja suiza

Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.

VV. AA., Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras, 2016

Esta antología es muy interesante desde el punto de vista artístico: los textos pueden ser leídos desde los tres bloques en que se organiza todo el conjunto y las ilustraciones pueden ser contempladas como elementos que completan, asisten o dialogan con dichos textos.

Es una apuesta bellísima de Adeshoras: desde la cubierta y contracubierta, Lola Castillo se encarga de “coser” ambas partes con un dibujo maravilloso de un hilo que si bien empieza (o termina) en una aguja que desprende una gran gota de sangre, termina (o empieza) en la casa de los sueños, la flamante mansión del terror, aquella a la que quien haya leído sobre el mito ha viajado aunque únicamente sea (y de qué manera) como aquel Randolph Carter de Lovecraft: Villa Diodati espera que abramos sus puertas, conozcamos estas historias y vislumbremos la imaginación de quien ha puesto en juego sus trazos para terminar construyendo una nueva casa, una nueva mansión de relatos, un nuevo Frankenstein hecho de retazos literarios y visuales.

Sugeriré algunas de las maravillas literarias y comentaré por qué este libro es imprescindible en las bibliotecas de amantes de uno de los monstruos más queridos y solitarios del mndo como es el creado por Mary Shelley.

Como todos los libros curiosos y de calidad, ya despertó interés y dejo aquí un par de reseñas que encontré por ahí, alguna más completa que la mía, ya que está dedicada a todos y cada uno de los cuentos:

-la de Julio Jurado en Zasmadrid es muy potente y extensa y comenta cada cuento con apasionamiento y deliberado interés por la literatura.

-la de Libros de Cíbola es muy recomendable, ya que se habla de varios textos y los puntos de vista son diferentes a la anterior.

Esto, estas referencias que dejo, no son ni pretenden ser tan minuciosas: me limitaré a nombrar algunos textos, y disfrutar de ilustraciones y comparaciones que vienen a mi mente.

Susana Noeda, a quien le agradezco la disposición, me mandó este libro a petición personal: le dije que Frankenstein y la ilustración, y me contestó con una rapidez inusitada. He necesitado un tiempo, por varios motivos, para realizar estas anotaciones: en una libreta y en el propio libro llevaba muchas cosas apuntadas, algunos datos, otros recuerdos sobre ilustraciones y me faltaba la búsqueda por internet de quienes ilustran la obra y no conocía y que desde ya, admiro por su trabajo.

En fin, que esto es personal: comentaré todas las ilustraciones -como el acierto de la cubierta y contra, que me parecieron una fascinación laberíntica, ya que parece no acabar nunca de construirse esa casa, así como, pensaba yo, el monstruo nunca deja de aprender, y claro: ha de aprender también eso, que es un monstruo dependiendo de los ojos que lo miran, no una criatura más- y algunos textos.

Olgoso, Shua, Cost, Mendoza, Zapata, Roas: no voy a contar el cuento, no voy a destrozar la trama o las explicaciones, no copio lo que ya cuentan mejor que yo: son pistas para saber qué hace cada quién con su elección personal: no están en su totalidad, pero a quienes elijo son -en mi opinión- muy representativos.

Primer acto: La cuna del monstruo

Olgoso practica el arte y la belleza: en su cuento, ‘Villa Diodati’ no es un lugar, no es una casa, al menos no es solamente algo inanimado sino que puede tener conciencia y memoria. Dos partes fundamentales para que el granadino pueda escribir al margen de la historia oficial del mito y la reunión de esas figuras jóvenes y alocadas -alguna más que otra- que allí forjaron algunos de los textos que perduran hoy día y son una de las bases de la literatura fantástica y de terror. Olgoso medita sobre la propia fantasía, el hastío y la literatura y sutilmente, mediante reiteraciones, nos introduce en el desconocido juego de ser quienes miramos a las criaturas que habitan la casa. Así, la arquitectura aparece para hermanarse con la pintura, la escultura y la más impredecible de las bellezas: la propia naturaleza. Ironía, melancolía y la metaliteratura de manera elegante nos llevarán a convivir a latitudes distantes, a otros tiempos. Un texto, nunca mejor dicho, antológico, en el más puro estilo de Olgoso: sorprendente, sutil, de atmósfera evanescente y literario.

Norberto Fuentes, en ‘Permutación de Villa Diodati’ realiza una potente edificación y de múltiples sugerencias: su ilustración es de las más hermosas, pero cuál no lo es. Me contengo de subir una imagen que tengo en mi móvil para despertar interés, no sé si se logrará. Podemos perdernos en los matices de esos ramajes, por otro lado desquiciantes espectros naturales, bosquejos de líneas inacabadas que confluyen en un perezoso cielo no iluminado del todo. Inspiradora ilustración, ciertamente.

Ana María Shua, la dama del micro, escribe en esta ocasión un texto de varias páginas, preciso y suculento: preciso en lenguaje, como siempre y suculento en la narración de la trágica vida de Mary Shelley. El texto se puede convertir en alegato con ese poder que Shua parece sacarse de la manga literaria que tan bien maneja: los cambios de puntos de vista, de narradora, de opinión parece incluso, nos dejan sin respiración con la última frase del texto, que dice así: no, no la escribo, ya dije que nada de contar lo contado, y no sé si estoy cumpliendo al cien por cien.

Y llegamos a Soledad Velasco: su ilustración, ‘Mary Shelley’ es brutal: así, sin paliativos. Por el contenido, por los referentes y las múltiples conexiones. Aquí sí dejo un par de fotos, una de la ilustración de Velasco y otra de Harry Clarke a quien me acerco bastantes veces para disfrutar su obra: el estilo, las implicaciones religiosas de creación y muerte, casi divinas, los detalles que esconde esta imagen tan misteriosa con esa M. S. tan altiva y sencilla, creando o descreando para volver a empezar, más que creando y destruyendo que es lo menos interesante, porque ¿qué artista destruye pudiendo volver a re-crear? Qué maravilla, la verdad, de ilustración.

De Soledad Velasco
De Harry Clarke

Lola Castillo expresa en ‘La cicatriz’ la tremenda pena y soledad de la criatura: le bastan unas cuantas líneas para insinuar a la memoria de dónde venimos con el arte de quien conoce que una sugerencia impregna más nuestras emociones que lo obvio y poco interpretable.

‘Le rémoleur’ de Alfonso Cost, es en mi opinión, uno de los textos más poéticos del libro: Cost practica desde el léxico a la trama un empedrado de constantes preciosismos que nos guían, bajo un manto de melancólicas precisiones, al lugar donde la música y el misterio confluyen en lo que podemos llamar inconsciencia. Técnicamente, el relato es una maravilla, así como la ilustración para el mismo que Carlos Arrabal consigue: definido, moviéndose en la quietud, recordamos en ese ser, otras criaturas que aguardan en nuestra imaginación para ser descubiertas si nos atrevemos, que en realidad, es como funciona tras la lectura, el relato de Cost. Grande y enigmática conjunción de artes.

En ‘El invierno suizo de la señorita Shelley’, Zapata, un escritor por el que siento especial predilección -como por Olgoso- consigue dos realidades, un único texto ensamblado como homenaje a la criatura, que se especifica en un arrebatado -pero tranquilo, como Zapata sabe hacerlo- texto plagado de recursos técnicos y artísticos, como el elemento metaliterario, que, si no descubrimos, disfrutaremos igual pero que si lo vislumbramos, comprenderemos que la literatura es fondo, forma, metáfora y símbolo de algunas de las partes más ocultas del ser.

Interludio

‘El Romanticismo: tormenta y rebelión’, de Inés Mendoza es uno de los textos más claros y hermosos sobre lo que el capital ha conseguido frente al arte o los lenguajes más revolucionarios. Hay que leerlo unas cuantas veces. Muchas. Y repetirlo para quien se acerque contándonos milongas sobre el posible efecto de la literatura como ente muerto o niña sacrificada en el altar de la posmodernidad. Una defensa sosegada del feminismo que culmina con el tremendo impacto visual de Anamurna (Ana Vázquez Adán) y su ‘Episotomía’: natural, desgarrador, provocativo, suturante y suturado grito de rebeldía que acompaña a la perfección el pequeño ensayo anterior.

Segundo acto: El monstruo sigue vivo

Sabiendo que Lola Castillo organiza la costura sentimental de personajes en sus ilustraciones, ‘El sueño de la razón’ deslumbra por el hilo previsto, pero nuevamente sorprende la ilustradora con los contrastes y el punto de vista que nos ofrece para participar. negro sobre blanco, blanco sobre negro, visualización del interior, opacidad en lo exterior.

Soledad Velasco nos ofrece un retato de espaldas que sera creado en directo, como si la pluma escribiera el retrato y la que ilustra escribiera sobre nuestra imaginación: la parte femenina, la infancia, lo joven y primoroso destacando en lo enorme, lo inacabado, lo que está en proceso.

El ‘Nosferatu’ de Carlos Arrabal me sirve para romper la linealidad de estos comentarios: inolvidables criaturas los vampiros también, presentes junto a Polidor i y sus amigos, parece fundirse con un estado de maldad natural que hace pensar en el aprovechamiento de los mínimos motivos que sirven a un artista para hacer desfilar ante nuestros ojos, seres de todo tipo y calaña.

Norberto Fuentes nos presenta a los protagonistas de la historia ‘En familia’: es un alarde de creatividad, un conjunto de materiales que parece decirnos lo intercambiable que es el buen gusto, es decir, si algo funciona, puede y debe ofrecer varios puntos de vista y relecturas (o re-visionados). Gran ilustración final, que permite contemplar lo más parecido a diferentes técnicas que se amoldan perfectamente al relato de Frankenstein.

He dejado para el final a David Roas: en ‘Agua oscura’, uno de los maestros teóricos de lo fantástico hace gala de su sabiduría, revisando irónicamente el mito, la técnica, el arte y la memoria. Es un proceso de disfrute lector -imaginamos que no menos escritor- el desarrollo de un cuento en el que el teatro, la escritura, la interpretación y la contemplación están presentes: Roas consigue atraparnos en el mundo que vive el protagonista a quien acompañamos en su descubrimiento de lector o espectador, frente al terror de la escritura o el teatro. Magistral, divertido, triste y por momentos apabullante de literario.

Lo dicho: gracias a Susana Noeda por hacerme partícipe de un libro así y quien quiera pasar más de un rato disfrutando arte del bueno, que consiga el libro: volveremos a él una y otra vez.

Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.