El asombro y la maravilla en la poesía de Esther Peñas: lectura de ‘El paso que se habita’

Esther Peñas, El paso que se habita, Albacete, Chamán Ediciones, 2018

No será la primera ni la última vez: ya es habitual que Peñas se cruce en mi camino de lector. Hace poco la entrevistaba, hace algo más reseñaba sus libros publicados en Devenir y ahora, abro con estupor este libro en Chamán Ediciones, que, a su vez, contiene un pórtico lírico de María Negroni condensando a la perfección lo que el interior ofrece: ternura, una alta densidad en el lirismo propuesto y una conjunción de cuerpo y materia junto a la maravillosa epifanía de encontrase viva, atenta, desmesurada Peñas en su cualidad de poeta abierta a expresiones diferentes, caminos no hollados y herramientas retóricas perfectamente dispuestas como símbolos, metáforas, personajes alegóricos como Hermes-Mercurio y sus alas talarias…

Este dios es uno de los más atractivos del panteón grecorromano: Hermes es un cachondo que se permite una hilarante intervención, por ejemplo, en una escena de cuernos entre un dios y una diosa, medio músico, medio cambista, acompañante de los muertos hacia el Hades… lo tiene todo. Aquí aparecerá en su forma mercurial, acompañando al lector a visitar diferentes partes poéticas que la estructura impuesta por Peñas, sutil como una malla delicada de posibles significados, nos va regalando para guiarnos por donde podríamos ir -un significado- e insinuando varias sendas -diferentes lectoras, lecturas, lectores, dan como posible resultado al menos dos nuevas interpretaciones, contando con que únicamente haya dos clases de lecturas-.

En fin, un libro atractivo, escrito por mano ya experta en sugerencias, carnalidad, belleza y elegancia.

Liga el inicio de la ternura de Negroni, con las primeras palabras de Peñas: la solidaridad y el amor serán un viaje constante, de aprendizaje conjunto y música eterna para quienes quieran desarrollar una relación interpersonal en este mundo.

Maneja la poeta las rupturas de las expectativas -a la manera de la que hablaba Bousoño en su ‘Teoría de la expresión poética’ como un elemento diferenciador de la poesía: el juego entre lo creado y lo esperado, nos deja en pleno estado de asombro constantemente. NO hablo de trucos y cambios gratuitos sino de esa intuición tremenda, del arrojo que entrenada la visión de quien escribe -años de lecturas, observación y síntesis de pensamiento- nos acompaña -como Hermes-Mercurio- hacia otras tierras del pensamiento, intercambiando lo esperado por la sorpresa, que solo viera la poeta pero que con arte y maestría, comparte con quienes nos acercamos a este paso habitable, tanto por la persona como por la palabra, que si bien a veces, ambas fallan y entorpecen nuestros pasos, otras en cambio allanan el terreno y hacen germinar semillas de felicidad que proliferan en jardines, prados, bosques… cada uno en graduales orden y desorden convenientes.

Así, lo memorable, la lucha entre los espacios públicos y privados, la aceptación del dolor y la escritura como forma de testimoniar esas intermedias posiciones con las que la poeta “mira” la realidad, se congregan en estas páginas, plenas de literatura que asalta nuestro consciente y nos posa con levedad en esa onírica caricia que sutilmente nos ofrece el verso

“para que las manos labren nuevos diccionarios

de los que crezcan inesperados árboles, y ramas verdes

de las que, a su vez, brote la lengua que nos hizo seres de nieve,

manos o trazos de tinta, terco golpe de cincel,

manos como escoplo

que abra formas con murmullo de universo;”

El arte, la escultura, la imagen, lo visionario, el cuerpo, el alivio, la tensión del escorzo: la plenitud poética y sus aspiraciones a comunicar (nos) con un algo que está más allá, una otra/un otro al que podemos acercarnos con la lectura de la escritura que se realiza como moldeo de barro, como esculpir la palabra: artesanalmente, con un trabajo previo, in media res y posteriormente a dicha escritura.

Insisto en que siempre, una lectura es mi lectura, como la de otra persona es diversa y quizá incluso más rica en detalles que esta que ahora realizo: el valor de la relectura, la magia de revisitar un libro permite que descubramos significados nuevos, por supuesto, nada acaba en un libro como este y pienso en la torre, el agua, las algas, el sueño y el mar, la roca, contar/cantar-hablar/escribir y en un bellísimo poema que me hace contemplar cómo Penélope, sin esperar a nadie, teje y desteje hilos como quien escribe y borra y vuelve a escribir, precisando aún más lo que quiere decir, mudez y preñez a la vez, no acercarse a lo definitivo apareándose con un significado plural, perfilando la talla sin sentir que se acaba ese trabajo porque queda quien lee, interpreta, relee, se maravilla y cae en el estupor de la contemplación de epifanías que gracias a la poeta podemos disfrutar.

Versos tan primitivos como los siguientes:

“La raíz explica el porqué

de lo visible

pero permanece oculta…”

La poeta parece haber llegado a ese lugar al que aspira quien escribe: condensación, humildad y sabiduría. Para qué más, me pregunto ante tanta estrellita fugaz, juvenil esperanza de las letras patrias o extranjeras: tanto añejo maestro, tanta estulta figura que aborrece los clásicos.

Y recordar es unir.

Poco a poco recogemos lo que sembramos en la lectura: poco a poco se adensa la forma, los significados recolectan lo que se diseminó a la par de nuestra lectura, y los párrafos aparecen, condensados y sin espacios, lo blancos se van ocultando en esa maleza de frases, de estirpes que irán concretándose en los vástagos simbólicos que la poeta aporta y cada vez más, con un contraste bestial que vuelve a sorprendernos, hollaremos mejor ese paso que se habita, el que nos proporciona la habilidad de la poeta para referirse a la vida, al amor y a todo lo que intenta que visualmente adquiramos, tanto en al página como en la mente: transforma la cantidad de información en calidad, belleza y posibilidad.

Qué maravilla de poemas. Qué asombrosa poeta.

El asombro y la maravilla en la poesía de Esther Peñas: lectura de ‘El paso que se habita’

James Wood, Lo más parecido a la vida

James Wood, Lo más parecido a la vida, Taurus, 2016

Es absolutamente magistral que el discurso literario sea usado como tal por quien nos quiere vender alguna parte del mismo. Es decir, ¿cómo no impostar una voz impostada de por sí, ya que al escribir lo que sea, ya hacemos ficción? Esto mismo que pretende ser un conjunto de reflexiones sobre un libro de Wood, que es Lo más parecido a la vida, desde que me he puesto a transcribir mis pensamientos, se ha convertido en ficción, mejor o peor, más plena de sabiduría o de triste elegancia, o de erizos contaminados o príncipes drogadictos de la noche costeña: qué importa si por definición somos criaturas que cuentan, necesitadas de que nos cuenten, necesariamente complejas en nuestra narrativa.

Y a esto se dedica este señor, que, por cierto, tiene uno de los libros más maravillosos sobre la literatura y la narrativa que he podido leer, titulado Los mecanismos de la ficción, que no es este, y no sé por qué no comento aquel, aunque en realidad sí que lo sé, y lo diré más adelante, o abajo, o en breve.

Wood es un maestro en contar cómo hay que contar para resultar interesante y lo fundamental, para ser profundo: para escribir un libro releído, consumido y vuelto a consumir, no consumido y guardado o vendido a una librería de segunda mano por casi nada o regalado porque no: ese libro no puede formar parte de nuestra biblioteca, junto a Dostoievski, Kafka, Burroughs, Cernuda, Chaucer, Cervantes… Nada de eso.

No recuerdo a quién nombraba como ejemplo uno de nuestros autores actuales pero sí recuerdo que merecería un juicio por esas palabras -juicio literario, claro-, y decía que para llegar -pongamos, porque ya digo, no recuerdo, pero busquen, la noticia está por ahí- a García Márquez, antes había que leer sus libros (los del autor patrio actual). Como si fueran un primer paso, como si ayudaran a llegar a un discurso total que es lo que procuró el autor de Cien años de soledad. Yo, que en mi santa devoción por la inmortalidad pierdo minutos, horas y días intentando conocer lo que se hace hoy, devoré cien páginas de un libro de dicho autor, anotando solo una frase: “me toma por tonto”, sin releer nada de ningún personaje, de la trama, de los pensamientos de la protagonista… Es decir, vende mucho y el esquema es el de hace veinte años de rosacruces y griales: el bueno-el malo-el bueno-…

Vuelvo. Wood habla de la vida, la muerte, la ficción y la pasión de poder contar con honestidad una mentira tras otra, sabiendo que engatusar a lectoras/es es lo más difícil de hacer porque se precisa de conocimiento lingüístico, y de los otros, que son legión. La trama, el espacio, el tiempo, los personajes, el narrador y el punto de vista, ¿a alguien le preocupa que todo cuadre o ese hombre alto y desgarbado que apreció en el capítulo quinto se ha muerto porque un tiesto le cayó en la cocorota del quinto? ¿Cómo que la madre, paralítica, que vivía en Wyoming, aparece en Nuevo Mexico sin una puñetera silla de ruedas y baila con un marinero?

De esto habla Wood: de la suprema libertad que crea la auténtica ficción: mi hermano, hace poco, en plena pandemia tuvo un accidente casero, en la ducha, ya saben. Se quebró el tobillo, y gracias. En el hospital le dijeron que por que no había acudido antes: extrañas placas en la garganta, floraciones ocres en las caras internas de los pulmones, covid, uci y entierro. No tengo ningún hermano. Y si lo tengo ¿acaso importa? Todo el mundo sabe que vive con su amante desde hace años, y que los dos, tras abandonar a sus respectivas mujeres, se dedican al teatro y a grabar discos de ópera. ¿Importa acaso?

Wood nos habla de Walter Benjamin, de Shakespeare, de Cervantes. De la libertad de elección, de la diferencia con la religión que tiene la ficción que es otra religión, o viceversa. De cómo las novelas, la ficción y el aparato retórico que las rodea, la lectura y la maravilla del descubrimiento, nos revelan nuestra magnífica disposición a la vida, a ser juiciosamente críticos, a revolucionar (nos) nuestra manera de pensar y decidir sobre la vida.

Nos habla de la mirada especial, concreta, detallista que la literatura consigue aportarnos, quizá lo más difícil de todo: ser original sin pretensiones de reconocimiento, ver lo que nadie más es capaza de exresar así, de esa precisa manera que hace que la emoción nos embargue y como decía Fresán, en vez de “¿por qué no se me ha ocurrido a mí?”, pensar “¡Qué bueno que se le haya ocurrido a alguien!” (los dos tipos de lectores, en La velocidad de las cosas, ‘Teoría del lector’).

Muy recomendable: Lo más parecido a la vida es la lectura, la literatura, el arte que mucha gente -me incluyo- desearíamos hacer.

James Wood, Lo más parecido a la vida

La huida de la imaginación, Vicente Luis Mora

Vicente Luis Mora, La huida de la imaginación, Valencia, Pretextos, 2019

Como hay que predicar con el ejemplo, Vicente Luis Mora consigue un libro de crítica literaria -incluido ejercicio de comparación- impecable: bien escrito, con unas solidas razones argumentativas y nada del pavoneo intelectual que comprobamos en otras figuras de la literatura española.

Recapitulemos: Mora es poeta, novelista, cuentista y ensayista. Deja exhausto leer su bibliografía. Como ejemplo, hace poco compartió quince artículos sobre literatura, arte y la relación entre ambas disciplinas publicados en las más prestigiosas revistas especializadas del momento. Sus intereses recorren gran parte del mundo artístico y literario y, me puedo equivocar -que por otro lado no tendría nada de extraordinario- pero tras la lectura atenta de este libro, creo que la impostura no ha hecho mella en su discurso, que, como todo, puede agradar más o menos, pero como él mismo afirma en sus páginas, el crítico literario ha de decir la verdad y no vino para hacer amigos.

Valiente principio (afirmo).

Contemplo con estupor cómo el autor no ha sido sacrificado en la pira de la vanidad. Sigue vivo, coleando, trabajando por una literatura mejor, más literaria, menos ególatra.

La lectura de este libro es esencial para quien quiera saber algo sobre la literatura española de los últimos cuarenta años: al menos sobre la que practican autores y autoras de reconocimiento a nivel nacional. Mora parece haber leído todo, parece conocer características, enclaves y terminologías; libros, intencionalidades, conexiones. Y es digno de elogio el conectarnos a quienes no sabemos mucho de esto ni de aquello, con un pensamiento que va más allá de las ocurrencias críticas de cierta gente. O de la fe indómita de quienes defienden a sus diosas o dioses literarios sin la perspectiva del tiempo, la calidad, las certezas comprobables en pos de conseguir un premio, una publicación, la incñusión en algún libro colectivo.

No voy a destripar el libro y voy a ser muy claro: Vicente Luis Mora nos habla de que para escribir -lo siento, hermanos perros, hermanas perras, vagos y vagas- hay que trabajar, sí: leer mucho y cada vez mejor, a ser posible: variadas lecturas, clásicos, novedades, quienes forman la tradición y quienes parece que van a formarlos; conocer normas, leyes, herrameintas métricas, retóricas, leer manuales, novelas, poemarios, ensayos sobre literatura, arte… Y después releer. Y ya si eso, escribir.

Y olvidarnos algo de nosotros mismos, recurrir a la fantasía incluso en el realismo. Que también explica lo que es y no, no es malo. Ni bueno. Depende de quién y cómo lo utilice.

El libro es denso pero está escrito con un afán comunicativo que se agradece. Habla de libros, de lecturas, de poemas. Habla sobre periodismo y música. Y cine y en su bibliografía cita a James Wood pero no a Vila-Matas.

El libro trata de hacernos entender que ser escritor es un trabajo y se cuestiona cuántas de las personas que hoy dicen que lo son, en realidad pueden ser llamados así. Apela a la inteligencia de no venderse al mercado, al mejor postor si eso encadena a tener que seguir el camino cuesta abajo de la facilidad, la mediocridad y la indecencia -esto es mío- a la que han llegado algunos escritores, algunas escritoras, por querer estar ahí, relumbrando ya no por sus obras, porque la obra parece ser lo de menos, sino por ellos o ellas mismas, como si quien escribe fuera más importante que lo que se escribe. Como si escribir fuera más importante que leer.

Un grito esperanzado. Al menos para quien esto escribe. Y valiente. Hace falta tener redaños para criticar a quienes se critica en este libro. Pero Mora es sutil, sencillo, elegante y -oh, no, pensarán algunos- está muy informado y ejecuta con precisión operaciones intelectuales que nos llevan a disfrutar de la lectura de un libro que aparenta ser arduo, pero nada de eso: sabe proporcionar el interés con las verdades, esas certezas que expone, las preguntas que nos lanza. Participaremos en el libro, que en resumen, engancha, es una maravilla y causa estupor, alegría y admiración.

Polémico, sincero y divertido: asombrado y asombroso
La huida de la imaginación, Vicente Luis Mora

El terror, by Mariana Enriquez

Mariana Enriquez, Las cosas que perdimos en el fuego, Barcelona, Anagrama, 2016

Hay una sombra carmesí que recorre este libro de Mariana Enriquez, porque una de las cosas que perdieron en el fuego, ellas, las mujeres, fue el poder de decidir, otra fue la vida, la libertad: los hombres, como antaño Prometeo robara el fuego a los dioses, ahora se lo ofrecemos a la mujer para inmolarla.

Esa sombra carmesí se difumina en amarillo a veces: a veces, se vuelve roja como la sangre y ocasiones anaranjea la pena, el desamor, la incomprensión que desgañitan el texto en muchas de las páginas que intentamos superar porque hay un desierto de recurrencias que atravesaremos y volveremos nuestros sedientos pasos para beber de ellos y comprobar que sí: la autora dejó pistas antes, lo hará después, para que no nos perdamos en resplandores tan brillantes como para quedarnos plenos de ceguera.

Leer el terror de Mariana Enriquez es descubrirse viendo la realidad que a menudo no queremos ver: los detalles superan con creces nuestra imaginación, las herramientas retóricas están colocadas estratégicamente aquí y allá en los relatos, en el trenzado de los mismos -que existe- y en el conjunto del libro: esa realidad nos lleva al lumpen, a las personas desposeídas, a las mujeres olvidadas, abandonadas y asesinadas. Roza, en mi opinión, la lectura lejana pero presente de 2666 del siempre añorado Roberto Bolaño.

La dureza de -permítaseme la comparación- documental, como si cámara en mano recorriera/n la/s protagonista/s las calles que pueblan las ciudades, por las que paseamos de la mano de Enriquez hasta el límite que ella necesita -lo demás nos lo deja al libre albedrío de nuestra imaginación-, esas esquinas donde duerme el principio del mal, el registro específico de un triste corazón enyoncado capaz de olvidar madres, hijos, familia… esas situaciones quebradas por la verdad, que es una y es que la muerte y después, nada.

Así, puede ser incómoda la lectura para ciertos sectores de lectura: personalmente considero necesario un libro así. El espejo es definitivo, el reflejo de la sociedad es real: seguimos sin pertenecer a ese mundo y miramos a otro lado cuando el aroma de la pobreza, es aprovechado por gente sin alma -y a veces, sin pan- y negocia con la miseria, inmigración, promueve prácticas irregulares de trabajo, esclavismo, prostitución, trata de blancas, pederastia, abusos y violaciones, y ese aroma, pasa, transita por debajo de nuestras narices.

Las descripciones son precisas, duras, directas. Tanto de los personajes como de los ambientes. No tarda demasiado la autora en concedernos el privilegio de conocer a quien narra, si es sucio o tiene pinta de demente. Si la humedad puebla las paredes que parecen chorrear maldad, incontinencia, desfloramiento.

Las historias se convertirán en puras mise en abyme cuando nos recuerde la historia que contaba quien cuenta que le cuntan: la literatura de las mil y una noches, como siempre que un libro quiere demostrar que la tradición es fundamental -las tradiciones y voces literarias que se nombran en la faja del libro- y sin cuyo apoyo quedaría cojo el libro.

Las ligazones -algunas- pueden ser esos olores que desprenden las narraciones, los colores, la intemperie en que se encuentran las vidas de los personajes. La adolescencia como fin de la existencia y descubrimiento de que la vida va en serio, de que la feria acabó, la grisalla del vivir se apodera de los cuentos y las cuentas atrás se enquistan en nuestros ojos.

‘Los años intoxicados’, por ejemplo, es un gran relato: contiene todo para entretener, preocupar y admirarse por cómo está contado a partes iguales. De nuevo, crecer, convertirse en seres independientes, el fogonazo de que esto se acaba, el nihilismo de lo que nos tocó vivir. Y crecer es hablar, cada vez más: los diálogos de Enriquez son exhalaciones que ya se ha llevado un huracán de indiferencia en el otro personaje, no así en el lector.

‘La casa de Adela’ está plagado de sueños, mitos, colores: maneras de contar diferentes desde varios puntos temporales, la técnica en beneficio de la narración. Se oye, se saborea, se huele el relato. Se palpa. Se siente.

Existe el camino de conformarse- El de los malos tratos. El de la sorpresa. Cuál escogemos, parece decirnos Enriquez, se convierte en una moneda de múltiples caras que caerá por una desganada ranura de faca devorada por el óxido en la caja donde espera el famoso gato. Tras tanto andar, leer, vivir, no sabemos nada.

Hay desaparecidas, temblores y espacios: personas idas, elementos que doblegan la firmeza, muchos edificios y casas cuyas habitaciones serán privadas hasta el dolor o públicas hasta la última sangre.

Hay mutaciones, violencia contenida, sexo. El catálogo del horror con homenajes pero sin -casi- monstruos. Bueno, no: en realidad hay un sinfín de criaturas horrendas. Hombres que protagonizan el último cuento y otros. Pero el último cuento. Y ellas. Y, cómo no, imprevisible pero esperado, el fuego. El fuego que arrasa con toda esperanza.

Pero el último cuento.

El terror, by Mariana Enriquez

Entrevista a Esther Peñas

Ha mantenido conversaciones con cantautoras como Rosana o Julieta Venegas, “folklóricas” como Martirio o escritores como Vila-Matas, políticos como Leguina, poetas como Chantal Maillard, filósofos como Savater, escritoras y directoras de cine… Luis Mateo Díez, Merino o Silvio Rodríguez han charlado con ella, Chema Madoz, Gioconda Belli, Luis Aguilé… gente tan diversa de la cultura española como Pasión Vega, Luis Alberto de Cuenca, Javier Ruibal, Mayte Martín o Rosa Montero forman parte de la estupenda serie de Entrevistos, un monumento al arte de entrevistar; escribe sobre personas con discapacidad, mantiene el espíritu de la curiosidad vivito y coleando, es novelista, poeta y disfruta con la lectura como nadie. En su obra narrativa visibiliza la homosexualidad, el respeto y la tolerancia por la diferencia y de sus páginas emanan el jazz, la copla o la música clásica, cosa que hacen que se se le alegren las pajarillas.

En el poema que da título al poemario El paso que se habita (Chamán Ediciones) pide:

Puentes de algas,
de melancólica sospecha,
de paisaje con savia de bruma
y afilados dientes.
Puentes
para este pequeño reino de la fiebre,
puentes.
También primavera.

De su novela La vida, contigo (Editorial Adeshoras) dice Daniel J. Rodríguez en Zenda que “es un libro con la anatomía de un cesto de esparto; natural y antiguo, de centenares de extremos en diálogo, una historia de esquejes verdes de existencia.”

Poco más que añadir, salvo que tiene mucho realizado y aquí no cabe todo.

Las fotos de la escritora son de Lurdes Martínez.

Es un honor para este que escribe que haya accedido a ser entrevistada y formar parte de la galería de honor de este Me no know nothing que hoy, es mucho más grande y feliz y crece como blog.

Con todas y todos ustedes: Esther Peñas.

-Querida Esther, muchísimas gracias por prestarte a esta entrevista: la primera pregunta es obligada después del añito que llevamos: ¿cómo estás, cómo está tu gente?

Qué extraño se me hace contestar en vez de preguntar, querido Juan. Permíteme estas palabras iniciales de agradecimiento por tu generosidad y tu (deliciosa) insensatez de entrevistarme… Estoy… en contemplación de prodigio, a pesar de todo, manteniendo la lumbre de lo alegre. Y mi familia y aquellos a quienes quiero está razonablemente bien, que no es pequeña la trucha…

-Me hacía especial ilusión repasar tu trabajo: eres periodista, tienes ensayo publicado, novelas, libros de poemas… ¿hay algo en la escritura que se te resista?

Sonrío ante esa ilusión tuya y envido: sí, el cuento. Soy una pésima zurcidora de relatos.

-Cuéntame lo importante que es y ha sido la lectura en tu vida. ¿Cómo empiezas a leer y qué libros lee la Esther niña y adolescente?

Leer me salva. Salva el amor, la fe, la belleza, y la lectura. Pocas cosas más. Recuerdo mi primer libro, cortesía del Ratón Pérez, un libro extraño, con ilustraciones, que hablaba de la importancia de mantener vínculos con la naturaleza. Pero el texto con en el que descubrí la fascinación de la lectura, su poder redentor, seductor, vivificador fue un libro que me prestó mi amiga Silvia Botán, con diez u once años, El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fernández Flórez, editado por Espasa Calpe, un texto divertidísimo, que me llevó en mi adolescencia a autores para mí vitales Jardiel, Mihura, Neville, Castelao, Camba…

-¿Por qué tu interés en el periodismo?

No sabría qué decirte… Cuando aguardaba turno para matricularme en la universidad, aún no había escogido qué estudiar… me gustaba Antropología, Psicología, Filología… y de pronto vi allí esa carrera, Periodismo, con un ramillete de asignaturas variadísimas y pensé que eso era lo que quería estudiar, para aprender un poco de todo… En esos años aprendí a caldear el amor a las palabras y a las historias. Y a reconocer la verdad del cuento.  

-Empiezo destacando el Cermi, ¿puedes explicar qué es para quien no lo conozca?

En su acrónimo, Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (en origen, de Minusválidos), es una entidad que representa al movimiento asociativo y preserva sus derechos. Estoy vincula a él desde hace años, por motivos laborales, políticos y sentimentales.

-De esa época salieron varias publicaciones: un trabajo en el que contabas qué quería conseguir el Cermi y tres libros de entrevistas (Entrevistos I, II y III).

Sí, Hoy empieza todo que, tomando en préstamo el título de la maravillosa película de Tavernier, conté, como dices, no solo el devenir de la institución sino a grandes rasgos el de las personas con discapacidad en nuestro país. Entrevistos, juego de palabras entre el adjetivo de la misma grafía y la palabra «entrevista», recogen las conversaciones aparecidas en el periódico del Cermi, en la sección ‘Cuarto de invitados’ que regento mensualmente desde 2003, y por la que han pasado tantísimos escritores, fotógrafos, actores, cantantes…

-Cómo y cuánto ha cambiado, desde la terminología hasta el trato, nuestra relación con las personas con discapacidad: pero queda mucho camino, ¿qué destacas de los avances y dónde tenemos que mejorar?

España es uno de los países más adelantados en materia normativa referida a derechos de personas con discapacidad. Me asombra cuando la realidad se impone y tiene su reflejo en el lenguaje. Sin carga alguna, fueron cayendo de nuestro vocabulario términos como «subnormal», «tullido», «inválido», porque habíamos desterrado a las personas con discapacidad de la esfera vocativa del paternalismo. Creo que el esfuerzo ahora hay que concentrarlo en la formación del colectivo, en estimular su inclusión en los estudios superiores.

-¿Qué piensas de películas como Campeones o series como American Horror Story, o el último anuncio de la ONCE de Campeonas, por citar algunos ejemplos, donde se visibiliza la discapacidad?

Me parece que todavía queda la rémora en ellos de ciertos tics que remiten a convencionalismos o tópicos… la mayor parte de las apariciones de personas con discapacidad en el mundo audiovisual y literario resaltan bien su «capacidad de héroes», bien su lado menos luminoso (como el binomio discapacidad-cierta amargura de personajes como House, por ejemplo). Ambas son extremos de los que hay que huir, ni todos los autistas son Dustin Hoffman en Rain Man, ni los ciegos son seres perversos como los que retrató Sabato en su Informe. Pero esta inclusión de personas con discapacidad como representación de la diversidad existente terminará más pronto que tarde en una normalización del colectivo, con sus bondades y sus impertinencias, propias de cualquier grupo humano.

-¿La entrevista es una manera de conocer a la otra persona?

La entrevista es una manera de entrever (de ahí, entrevistos) a alguien, es una maravillosa forma de practicar la escucha activa, un privilegio, ya que de qué otro modo uno podría conversar con determinadas personas, y una danza sutil en la que todo el tiempo se ponen en juego intuiciones, conocimientos y afectos.

-Te lo preguntaba porque tu manera de entrevistar es, por momentos, personal y directa, nada de objetiva: pasional, si me lo permites, como diciéndole al otro “confíame un secreto”.

Por lo general, conozco bastante bien al entrevistado, ya sea porque hayamos coincidido en otras ocasiones (eso me recuerda la de años que llevo ejerciendo…), ya porque he leído, escuchado o visto la obra que defiende. Eso me permite conseguir pronto el ingrediente indispensable para una buena entrevista: que el entrevistado confíe en ti, que se abandone a las respuestas que le broten, no a las que acciona como resorte. Salvo excepciones de rigor, los asuntos limítrofes con lo sensacionalista, la casquería, el amarillismo, no me interesan los más mínimo; eso ayuda mucho, tanto como suspender cualquier juicio de valor previo, y tener claro que todos podemos tener un mal día (y, por tanto, que alguien sea áspero en la entrevista no significa que sea hirsuto en su día a día).

-De Entrevistos, de esos cientos de conversaciones con personas como Chantal Maillard, Jordi Savall, Joaquín Leguina, Martirio… ¿cuál es el mejor recuerdo si puedes salvar solo uno?

Lo mucho que me han enseñado y las amistades profundas que han surgido de ellas. La vez en que Susana Rinaldi me cantó un trocito de Porque vas a venir, ese tema colosal de Mandy, o cuando en casa de Martirio cantamos por Soledad Bravo, cuando Carmen Calvo me envío al cabo de los días una litografía suya o Mingote me hizo un dibujo en el cuaderno… El modo en cuenta atrás de la emoción absoluta cuando Buero Vallejo me abrió la puerta de su casa disculpándose por recibirme en batín (fue mi primera entrevista), que Hugo Mujica me ungiera la señal de la cruz en la frente, compartir un cigarro con Jaime Urrutia… o un desayuno con Teresa Salgueiro… hay tantos momentos así de bellos, Juan…

-Poetas como Ernesto Cardenal o Jenaro Talens, escritores de la talla de Vila-Matas o José María Merino, poetas como Julia Uceda, directoras como Coixet… ¿cómo se consigue preguntar lo importante a cada quien en su disciplina?

Suponiendo que sea capaz de eso que dices, conociendo bien al personaje, y en mi caso, como marca de la casa, forjando preguntas que le lleven al confín. Por supuesto, teniendo claro que el protagonista no es quien pregunta sino siempre quien responde.

-De tu trabajo de narrativa, destaco la libertad de tus historias, la frescura en el tratamiento de temas como la homosexualidad, las tramas tan cambiantes… ¿qué referentes sigues al escribir tus historias?

Hay dos escritoras que me fascinan, Martín Gaite y Rosa Chacel, a quienes dediqué mi última novela, La vida, contigo. Toda la narrativa de Menchu Gutiérrez me parece un don, como la de Gabriela Llansol, y Mil mamíferos ciegos, de la Isabel González, un templo. Bobin, Quignard, Modiano… sin olvidar Tirano Banderas, las Sonatas, o los pecios impagables de Sánchez Ferlosio. Y después de todo ello, Cortázar, siempre.

-En la novela Los silencios de Babel de 2008, aparecen el engaño y la traición como parte de una historia cotidiana que se convierte en toda una aventura para la protagonista: ¿cómo consigues ser tan natural en ese mencionado cambio de registros?

Pues… gracias por el requiebro… de ser así, como dices, supongo que confiando en mi inconsciente, en todo momento. No sé pensar, en el sentido de que no hago fichas, ni cuando escribo un reportaje ni para una novela, mucho menos para un poema. Tampoco esbozos, ni esquemas, ni borradores. Hay una antorcha que se enciende de pronto en algún lado de mi cabeza y que me habla. Yo transcribo. Ex caelis oblato. Un regalo del cielo. De alguna manera. Pero el poema es la vida misma, es allí donde uno (yo, en este caso) se juega.

-Las mujeres siempre protagonistas, fuertes, decididas, proteicas, sensibles… como en la vida misma, con sus negros y sus blancos.

Las amo, qué le voy a hacer… también porque son frágiles, y están llenas de ternura y sensualidad.

-En El peso de una sombra, novela de 2010, la memoria juega un papel fundamental: ¿es lo que nos queda cuando todo arde, la memoria y el recuerdo?

«Cuando nuestra riqueza sea solo la memoria…», canta Fernando Márquez, el Zurdo, en la canción de La Mode ‘En cualquier fiesta’, un antídoto musical para prevenir la soberbia y egolatría, por cierto. La memoria, sí, nuestro único patrimonio inalienable porque, como dice el poema de Gottfried Benn, «En esta casa no se puede entrar/ en esta casa hay que haber nacido».

-Entre ambas novelas también sobresale el uso de la música como parte de las descripciones, del ambiente y de la constitución de los personajes: el jazz, las grandes señoras de voz negra y deje reconocible, la copla nuestra: el amor, en general, por la canción, el sonido, la otra realidad que significa la música.

Ay, es que soy muy coplera…Es algo que tengo pendiente, escribir un acercamiento a la copla… hay tantísimas imágenes bellas en sus textos… “que se me paren los pulsos si te dejo de querer”, “y así, mirando y mirando, así empezó mi ceguera”, “miente más que parpadea”, “con carbones encendidos, que le quemen esa boca”, “por mi salud yo te juro que eres para mí lo primero, y me duele hasta la sangre de lo mucho que te quiero…” Qué intensidad… qué bien lo dijo Carlos Cano, «se llama copla y cabe dentro la vida». Y la música, así, en general, creo que no sabría, ni podría ni querría vivir sin ella. Como toda belleza, la música hace que la vida merezca la alegría de ser vivida.

-Las relaciones familiares difíciles también aparecen en esta novela: como cuando señalas, nombras y escribes sobre el mundo femenino ¿es una manera de visibilizar ciertos elementos sociales que damos por hecho y que en cambio son más complicados?

No descubro nada si digo que todo es mucho más sencillo y complejo de lo que parece. Seis años de psicoanálisis me han enseñado a escuchar lo que no se dice y a ver lo que no se muestra.

-En 2011, publicas Sesión continua, una divertida historia de personas que hablan y hablan con una profesional de la mente para que les ayude a superar traumas referentes a la homosexualidad, a ver si superan ese “lío” personal y social que su cabeza no es capaz de desenredar por sí sola: aparte de los disparates que pones en boca de algunos personajes, con los que nos reímos mucho, ¿lo más importante son las metamorfosis de los pacientes?

Una de las cosas más importantes, de eso habla esta novela, es el humor. El humor nos coloca allí donde las cosas son (o pueden ser) de una manera muy distinta a como las pensamos. El humor resta gravedad y dignifica derrotas. El humor, etimológicamente, nos abrocha a la tierra. Creo que Sesión continua, junto con La vida, contigo, son los textos narrativos en los que más me reconozco, siendo casi antitéticos. Y sí, se trata de cambiar aquello que nos aleja de nosotros mismos, de cambiar aquello que nos mantiene en el engaño. El cambio lo produce el asombro. Después, uno sonríe. «Ah, era esto», piensa…

-En Una vista inesperada, nouvelle de tema y ambientación griegos, míticos, aparece más acusadamente el tejido de la novela, el texto como tapiz con esa imagen tan hermosa de tejer con hilo púrpura: ¿son importantes los clásicos en nuestra formación lectora? ¿La metaliteratura es una manera de advertir la belleza, la importancia de la disciplina literaria?

Además de esto que dices, que ilumina la belleza, en lo que concuerdo, la metaliteratura nos recuerda que antes de nosotros estuvo Cervantes, y Quevedo, y Unamuno, y Machado, y Gerardo Diego, y Cirlot, y Bachelard… nos ayuda a no perder la cabeza. Y a ser agradecidos. A eso también nos enseña la metaliteratura, al tiempo que es un reflejo del modo en que en el universo queda interrelacionado, en un inmenso rizoma, en el que todo se habla y se contesta.

-No me resisto a reconocer lo sutil, la hermosura, la alegría y la elegancia en las escenas amatorias de cualquier libro tuyo, como si el erotismo fuera tan sagrado que fuera un deber ser tierna y salvaje, feliz y heroica al describirlo literariamente.

Ay, que me sacas los colores… pues sí, soy una rijosa, qué le vamos a hacer… el cristianismo me enseñó que el cuerpo es templo, y que si dios, el dios al que venero, se hizo cuerpo, hombre, el mundo entero alberga constantemente la posibilidad del encuentro con lo sagrado. Dicho esto, ¿qué sería el amor sin el erotismo, sin la fuerza enloquecida, desquiciada, desaforada del sexo?

Espectacular ilustración de Luis Ortega para La vida, contigo

-¿Te parece que hablemos algo sobre tu poesía? Qué libros tan bien construidos: ¿te resulta natural cambiar de género?

Con humildad te digo que me parece que, en la medida en la que eso es posible, mi «género», mi «modo de estar en el mundo» es la poesía. Todo el tiempo. Hay una voluntad poética y un instinto poético en todo aquello que hago. Un peso de lo inútil como brújula, y un paso que busca constantemente el otro lado, habitar el naufragio, escuchar las ruinas, cantar el salmo.

-En 2005, Juan Pastor, en la Editorial Devenir publica De este ungido modo con prólogo de José Jiménez Lozano… Vaya bienvenida.

Jiménez Lozano me fascinaba por sus escritos sobre Simone Weil, especialmente analíticos con el aspecto político de la filósofa judía. Gracias a él conocí el modo en que Weil hace de la clase obrera el epicentro de su palabra y de su acción. Y la vida, como siempre, me regaló la oportunidad. Cuando le dieron el Cervantes, me mandaron a entrevistarle, a Valladolid. Y fue una no-entrevista muy atribulada, dificilísima, en la que al final terminamos hablando de poesía (en concreto de Szymborska). Antes de regresar a Madrid, me pidió que le enviara aquel manuscrito; lo hice, y él me contestó escribiéndome ¡el prólogo!

-…y el epílogo bellísimo también de Ubach Medina.

Ah, Antonio. Un fantástico profesor de los que te hace amar la lectura, los libros. ¡Y que, además, te hace reír! Fue de las mejores cosas que me deparó la universidad, conocerle.

-Este libro pertenece a un yo lírico que, desconcertado, atraviesa la realidad y se pierde pero mantiene un hálito de esperanza siempre.

El hombre es un ser esperanzado, de esto escribió mucho (y de un modo bellísimo) Laín Entralgo. Y como soy una mujer de fe, custodio lo que queda de esa tinaja ovalada que abrió Pandora.

-Esos dioses inactivos, contempladores que aparecen en estas páginas… ¿tienen algo que ver con nuestros deseos, nuestras frustraciones?

Me intriga el hecho de que siendo monoteísta los dioses que aparecen en mis poemas y en mi prosa tienden a ser ramillete… una vez, hablando con un filósofo marxista que admiro mucho, Jacobo Muñoz, me comentó: «qué suerte la suya que puede creer en la divina providencia al tiempo que en el libre albedrío sin que entren en colisión». Pues eso mismo.

-Años después, en 2011, repites con la editorial y aparece Penumbra, un libro de luz y oscuridad, con un rigor léxico tremendo y un despliegue de recursos bellísimos: ¿qué supuso este libro en tu carrera literaria?

Ja, ja, ja, ¡madre mía, «carrera literaria», qué grande me viene la expresión…! en cualquier caso, Penumbra supuso una manera distinta de decir la palabra. Más sencilla, menos maniquea, más libre, mucho más frágil.

-Aparecen la maravilla y lo terrible del mundo: ¿necesitabas nombrar esa doble conciencia que nos habita, la lucha eterna entre la realidad y el deseo como ya escribiera Cernuda?

Los antropólogos hablan de la tendencia de la mente humana a entenderse con esferas binarias de significado, y aunque ahora se habla mucho de que hay que quebrar lo binario me parece que a estas alturas aún no hemos asimilado que todos, en grado distintos, somos una cosa y su contraria. Sí, la realidad y el deseo, el ser y el deber ser kantiano. Las obras y los amores.  

-¿Qué poetas te emocionan?

Juan de la Cruz, María Negroni, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, Lurdes Martínez, Vicente Huidobro, Rafael Soler, Javier Lostalé, Julio Monteverde, Alejandra Pizarnik, Javier Gálvez, Francisco Javier Guerrero, Ina Olvera, Noelia Illán, Olga Orozco, Leticia Vera, Pedro Salinas, Ulalume González de León, Juarroz…

-¿En qué andas metida ahora? Veo tus entrevistas en Youtube, no dejas de escribir: ¿algún poemario a punto, alguna novela en desarrollo?

Estoy muy contenta porque hay tres proyectos hermosísimos para este año, uno, la plaquette Visto así, con la poeta Lurdes Martínez, a quien tanto admiro; el poemario Historia de la lluvia, que editará Chamán, escrito en prosa poética, que creo es lo mejor que he escrito, un prontuario de hallazgos y fulgores, y un sorprendente ensayo sobre amazonas, que aparecerá en Wunderkammer, bajo la advocación de Elisabet Riera, después de verano.

-¿Algún deseo para este año 2021, o “Virgencita, Virgencita que me quede como estoy…”?

Hay una canción de Ángela Muro que dice «Ay, Virgencita bonita (…) yo no te pido nada más que su boca cerquita, arrullando de amor…», pues algo así. Que no me falte nunca el espliego de los días. Eso pido.

 -Quería agradecerte tu magnífica disposición hacia este intento de entrevista: después de leer tus libros y escucharte, sé que es de principiante, pero aun así quería extraer parte de todo lo que sabes sobre la escritura y la lectura: es siempre un privilegio contar contigo, querida Esther.

Juan… has sido tremendamente generoso conmigo desde el primer momento que nos conocimos… y parece mentira, con lo poco que nos hemos visto, lo cerquita que hemos ido estando a través de los años… qué ganas de abrazarte hasta que se ponga el sol… ¡y de brindar con un buen brandy!

Entrevista a Esther Peñas