Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.

VV. AA., Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras, 2016

Esta antología es muy interesante desde el punto de vista artístico: los textos pueden ser leídos desde los tres bloques en que se organiza todo el conjunto y las ilustraciones pueden ser contempladas como elementos que completan, asisten o dialogan con dichos textos.

Es una apuesta bellísima de Adeshoras: desde la cubierta y contracubierta, Lola Castillo se encarga de “coser” ambas partes con un dibujo maravilloso de un hilo que si bien empieza (o termina) en una aguja que desprende una gran gota de sangre, termina (o empieza) en la casa de los sueños, la flamante mansión del terror, aquella a la que quien haya leído sobre el mito ha viajado aunque únicamente sea (y de qué manera) como aquel Randolph Carter de Lovecraft: Villa Diodati espera que abramos sus puertas, conozcamos estas historias y vislumbremos la imaginación de quien ha puesto en juego sus trazos para terminar construyendo una nueva casa, una nueva mansión de relatos, un nuevo Frankenstein hecho de retazos literarios y visuales.

Sugeriré algunas de las maravillas literarias y comentaré por qué este libro es imprescindible en las bibliotecas de amantes de uno de los monstruos más queridos y solitarios del mndo como es el creado por Mary Shelley.

Como todos los libros curiosos y de calidad, ya despertó interés y dejo aquí un par de reseñas que encontré por ahí, alguna más completa que la mía, ya que está dedicada a todos y cada uno de los cuentos:

-la de Julio Jurado en Zasmadrid es muy potente y extensa y comenta cada cuento con apasionamiento y deliberado interés por la literatura.

-la de Libros de Cíbola es muy recomendable, ya que se habla de varios textos y los puntos de vista son diferentes a la anterior.

Esto, estas referencias que dejo, no son ni pretenden ser tan minuciosas: me limitaré a nombrar algunos textos, y disfrutar de ilustraciones y comparaciones que vienen a mi mente.

Susana Noeda, a quien le agradezco la disposición, me mandó este libro a petición personal: le dije que Frankenstein y la ilustración, y me contestó con una rapidez inusitada. He necesitado un tiempo, por varios motivos, para realizar estas anotaciones: en una libreta y en el propio libro llevaba muchas cosas apuntadas, algunos datos, otros recuerdos sobre ilustraciones y me faltaba la búsqueda por internet de quienes ilustran la obra y no conocía y que desde ya, admiro por su trabajo.

En fin, que esto es personal: comentaré todas las ilustraciones -como el acierto de la cubierta y contra, que me parecieron una fascinación laberíntica, ya que parece no acabar nunca de construirse esa casa, así como, pensaba yo, el monstruo nunca deja de aprender, y claro: ha de aprender también eso, que es un monstruo dependiendo de los ojos que lo miran, no una criatura más- y algunos textos.

Olgoso, Shua, Cost, Mendoza, Zapata, Roas: no voy a contar el cuento, no voy a destrozar la trama o las explicaciones, no copio lo que ya cuentan mejor que yo: son pistas para saber qué hace cada quién con su elección personal: no están en su totalidad, pero a quienes elijo son -en mi opinión- muy representativos.

Primer acto: La cuna del monstruo

Olgoso practica el arte y la belleza: en su cuento, ‘Villa Diodati’ no es un lugar, no es una casa, al menos no es solamente algo inanimado sino que puede tener conciencia y memoria. Dos partes fundamentales para que el granadino pueda escribir al margen de la historia oficial del mito y la reunión de esas figuras jóvenes y alocadas -alguna más que otra- que allí forjaron algunos de los textos que perduran hoy día y son una de las bases de la literatura fantástica y de terror. Olgoso medita sobre la propia fantasía, el hastío y la literatura y sutilmente, mediante reiteraciones, nos introduce en el desconocido juego de ser quienes miramos a las criaturas que habitan la casa. Así, la arquitectura aparece para hermanarse con la pintura, la escultura y la más impredecible de las bellezas: la propia naturaleza. Ironía, melancolía y la metaliteratura de manera elegante nos llevarán a convivir a latitudes distantes, a otros tiempos. Un texto, nunca mejor dicho, antológico, en el más puro estilo de Olgoso: sorprendente, sutil, de atmósfera evanescente y literario.

Norberto Fuentes, en ‘Permutación de Villa Diodati’ realiza una potente edificación y de múltiples sugerencias: su ilustración es de las más hermosas, pero cuál no lo es. Me contengo de subir una imagen que tengo en mi móvil para despertar interés, no sé si se logrará. Podemos perdernos en los matices de esos ramajes, por otro lado desquiciantes espectros naturales, bosquejos de líneas inacabadas que confluyen en un perezoso cielo no iluminado del todo. Inspiradora ilustración, ciertamente.

Ana María Shua, la dama del micro, escribe en esta ocasión un texto de varias páginas, preciso y suculento: preciso en lenguaje, como siempre y suculento en la narración de la trágica vida de Mary Shelley. El texto se puede convertir en alegato con ese poder que Shua parece sacarse de la manga literaria que tan bien maneja: los cambios de puntos de vista, de narradora, de opinión parece incluso, nos dejan sin respiración con la última frase del texto, que dice así: no, no la escribo, ya dije que nada de contar lo contado, y no sé si estoy cumpliendo al cien por cien.

Y llegamos a Soledad Velasco: su ilustración, ‘Mary Shelley’ es brutal: así, sin paliativos. Por el contenido, por los referentes y las múltiples conexiones. Aquí sí dejo un par de fotos, una de la ilustración de Velasco y otra de Harry Clarke a quien me acerco bastantes veces para disfrutar su obra: el estilo, las implicaciones religiosas de creación y muerte, casi divinas, los detalles que esconde esta imagen tan misteriosa con esa M. S. tan altiva y sencilla, creando o descreando para volver a empezar, más que creando y destruyendo que es lo menos interesante, porque ¿qué artista destruye pudiendo volver a re-crear? Qué maravilla, la verdad, de ilustración.

De Soledad Velasco
De Harry Clarke

Lola Castillo expresa en ‘La cicatriz’ la tremenda pena y soledad de la criatura: le bastan unas cuantas líneas para insinuar a la memoria de dónde venimos con el arte de quien conoce que una sugerencia impregna más nuestras emociones que lo obvio y poco interpretable.

‘Le rémoleur’ de Alfonso Cost, es en mi opinión, uno de los textos más poéticos del libro: Cost practica desde el léxico a la trama un empedrado de constantes preciosismos que nos guían, bajo un manto de melancólicas precisiones, al lugar donde la música y el misterio confluyen en lo que podemos llamar inconsciencia. Técnicamente, el relato es una maravilla, así como la ilustración para el mismo que Carlos Arrabal consigue: definido, moviéndose en la quietud, recordamos en ese ser, otras criaturas que aguardan en nuestra imaginación para ser descubiertas si nos atrevemos, que en realidad, es como funciona tras la lectura, el relato de Cost. Grande y enigmática conjunción de artes.

En ‘El invierno suizo de la señorita Shelley’, Zapata, un escritor por el que siento especial predilección -como por Olgoso- consigue dos realidades, un único texto ensamblado como homenaje a la criatura, que se especifica en un arrebatado -pero tranquilo, como Zapata sabe hacerlo- texto plagado de recursos técnicos y artísticos, como el elemento metaliterario, que, si no descubrimos, disfrutaremos igual pero que si lo vislumbramos, comprenderemos que la literatura es fondo, forma, metáfora y símbolo de algunas de las partes más ocultas del ser.

Interludio

‘El Romanticismo: tormenta y rebelión’, de Inés Mendoza es uno de los textos más claros y hermosos sobre lo que el capital ha conseguido frente al arte o los lenguajes más revolucionarios. Hay que leerlo unas cuantas veces. Muchas. Y repetirlo para quien se acerque contándonos milongas sobre el posible efecto de la literatura como ente muerto o niña sacrificada en el altar de la posmodernidad. Una defensa sosegada del feminismo que culmina con el tremendo impacto visual de Anamurna (Ana Vázquez Adán) y su ‘Episotomía’: natural, desgarrador, provocativo, suturante y suturado grito de rebeldía que acompaña a la perfección el pequeño ensayo anterior.

Segundo acto: El monstruo sigue vivo

Sabiendo que Lola Castillo organiza la costura sentimental de personajes en sus ilustraciones, ‘El sueño de la razón’ deslumbra por el hilo previsto, pero nuevamente sorprende la ilustradora con los contrastes y el punto de vista que nos ofrece para participar. negro sobre blanco, blanco sobre negro, visualización del interior, opacidad en lo exterior.

Soledad Velasco nos ofrece un retato de espaldas que sera creado en directo, como si la pluma escribiera el retrato y la que ilustra escribiera sobre nuestra imaginación: la parte femenina, la infancia, lo joven y primoroso destacando en lo enorme, lo inacabado, lo que está en proceso.

El ‘Nosferatu’ de Carlos Arrabal me sirve para romper la linealidad de estos comentarios: inolvidables criaturas los vampiros también, presentes junto a Polidor i y sus amigos, parece fundirse con un estado de maldad natural que hace pensar en el aprovechamiento de los mínimos motivos que sirven a un artista para hacer desfilar ante nuestros ojos, seres de todo tipo y calaña.

Norberto Fuentes nos presenta a los protagonistas de la historia ‘En familia’: es un alarde de creatividad, un conjunto de materiales que parece decirnos lo intercambiable que es el buen gusto, es decir, si algo funciona, puede y debe ofrecer varios puntos de vista y relecturas (o re-visionados). Gran ilustración final, que permite contemplar lo más parecido a diferentes técnicas que se amoldan perfectamente al relato de Frankenstein.

He dejado para el final a David Roas: en ‘Agua oscura’, uno de los maestros teóricos de lo fantástico hace gala de su sabiduría, revisando irónicamente el mito, la técnica, el arte y la memoria. Es un proceso de disfrute lector -imaginamos que no menos escritor- el desarrollo de un cuento en el que el teatro, la escritura, la interpretación y la contemplación están presentes: Roas consigue atraparnos en el mundo que vive el protagonista a quien acompañamos en su descubrimiento de lector o espectador, frente al terror de la escritura o el teatro. Magistral, divertido, triste y por momentos apabullante de literario.

Lo dicho: gracias a Susana Noeda por hacerme partícipe de un libro así y quien quiera pasar más de un rato disfrutando arte del bueno, que consiga el libro: volveremos a él una y otra vez.

Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.

Ni por favor ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado): María Martín Barranco, en Catarata.

María Martín Barranco, Ni por favor ni por favora. Como hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), Catarata, 2019.

Escribe el prólogo a un libro tan especial, tan ácido, Coral Herrera, que dice: “…hablar de forma inclusiva es muy sencillo, y no hace falta sacarse un doctorado. Basta con alternar el femenino con el masculino, utilizar términos que engloben a hombres y mujeres, visibilizar el uso patriarcal de la lengua y activar la imaginación para crear nuevos conceptos.”

Por una cuestión formalmente imaginativa, empecemos por el final: Martín Barranco sabe que la teoría no sirve para nada sin unos cuantos supuestos prácticos. Y eso nos regala al final del libro: el último capítulo (‘Lenguaje inclusivo: Manual de uso práctico’) es una joyita para quien lea este libro: yo lo leí, lo leo, como si no conociera el resto, y qué gozada, señores -y digo bien-, que alguien escriba así. Pero ya digo, escribo, afirmo: sigamos el orden establecido por el índice, qué importa.

El final de un libro así no existe.

Quienes se acerquen a esta lectura descubrirán influencias, autoras, escritores, salvedades y confirmaciones que normalmente no nos planteamos. Tampoco esperemos trampas: no hay nada que influya en el lenguaje directo, no hay imposiciones que denieguen el uso de una u otra manera de hablar. Hay, más bien, algo gustoso a quienes estamos acostumbrados a seguir órdenes: no hay ni una. No hay subidas de tono, maneras disformes, desencuentros más allá de la realidad.

Lo que sí hay, y ay, decía aquel, es mucho, mucho de humor. Ya que nos acostumbran a hablar, a comportarnos y a ser, por lo menos, veamos que podemos reírnos de nosotros, de nuestras formas y sobre todo, cómo no, de nuestras palabras.

Porque al nombrar el mundo nombramos a quienes lo habitan. Personas, ya sabéis. Ni más ni menos.

Ni “todos y todas” o “todas y todas”: no va este libro de nombrar a “los miembros y las miembras”. El despiste es disipado, ejemplo tras ejemplo por Martín Barranco. Y no toma uno u otro libro: coge el DLE (Diccionario de la Lengua Española).

Y bueno: si “el feminismo ha pretendido la emancipación colectiva de las mujeres y el reconocimiento de su estatus como sujetos de derecho” es normal que la lengua, lo que nombra y supuestamente nos diferencia o iguala, sea analizada en esta obra.

Decía que María Martín coge -y no lo suelta- el DLE, porque es una de las herramientas más potentes que tenemos. Nuestro diccionario, nuestras definiciones. Cierto es que nunca nos enseñaron la asimetría de trato y que el masculino genérico sirviera para justificar tantas cosas, pero entendemos a la primera -si nos ponemos, como ha hecho la autora y lo comparte con- que hay un sesgo machista con varios ejemplos: “¿Sabías que, por ejemplo, el DLE tiene más de ciento cincuenta sinónimos de la palabra puta y solo dos de puto ?”

Es obvio que mi lectura es sesgada. No quiero contar lo que dice el libro: ya lo cuenta Martín Barranco, y mejor que yo. Y para qué engañarnos: no tengo tanta imaginación a ratos. Me dejo llevar por el vocabulario que es ideología, que es denigrante, que es, al fin y al cabo -ya lo veo así- un arma que al usarla daña, alegra, funciona, reverdece, obliga.

Lo que más me interesa compartir y creo que es fundamental de la lectura, es su tono conciliador, rebelde, comedido, guerrero. El tono de un libro importante. Y este lo es. Nos da claves que nuestras cabezas tienen. Nos comparte informaciones que quizá, no tenemos. A mí, personalmente, me abre otros caminos, me pervierte la rutina, me encumbra en mi miseria de hombre. Y perdonad, es enorme la sensación de caer desde ahí. Este libro, estas palabras, lo hacen. Y me ha fascinado.

Me fascina que me busquen, que me digan, que me provoquen salir de fiesta al abismo. Y que además sea mediante la deconstrucción de falsedades, es decir, dar datos de manipulaciones del lenguaje, de descripciones de palabras, de significados que no llegan a más porque eso es lo estipulado… Espectacular.

Y punto, no tengo tampoco más que escribir. El libro es para leerlo.

Cuando nos demos cuenta de que esta literatura es necesaria porque comparte normalidades, porque transmite feminismos naturales y además nos salen a cuenta, empezaremos a sentir que las letras, las palabras, las frases y demás, no son gritos ni demasías, espectros vitales de este u otro partido político.

El feminismo es esencial, desde la lengua hasta el cuerpo. Primero hay que saber qué significa feminismo. Después, lenguaje inclusivo, cuerpo, identidades…

Empecemos con ‘Ni por favor ni por favora’. María Martín Barranco sabe que hablamos como hablamos y que a veces, dejamos de lado en las conversaciones a una gran parte de quienes pueden escucharnos. Y para ello, empezamos por el final del libro, como hice yo. O no. Qué importa.

Leamos este libro sabiendo que compartir algo, corregir otras cosas y decidir hacer visibles otras, no conlleva la muerte de algo.

Quizá su metamorfosis.

Y qué mejor que cambiar a tiempo, ¿no? Se agradece.

Se pretende algo de esto desde esta animación a la lectura: ¿está escrita en lenguaje inclusivo esta mínima colección de ideas?

Ya digo, metamorfosis. Work in progress.

Ni por favor ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado): María Martín Barranco, en Catarata.

Penumbra, Esther Peñas

Penumbra, Esther Peñas, Devenir, 2011.



Cada libro es un aventurarse, luminosa, oscuramente, hacia un destino por conocer.

Esther Peñas lo sabe y en esa sabiduría radica la perfección jamás hallada mas siempre buscada, ansiada.

Peñas consigue hacer poemas con conceptos básicos pero olvidados: la belleza consiste en aplicar el día a día, la piel, los labios, el húmedo afecto de unas manos que acarician, empujan, sostienen, alientan.

Penumbra es la historia de la luz y la oscuridad, hermanas queridas y odiadas a partes iguales por la conciencia lúcida que a veces se oscurece por el alrededor y la historia: leer es un ejercicio de responsabilidad que parte de la escritura responsable, consciente, autónoma de una persona que ejerce el poder que cada palabra otorga: Peñas selecciona con mimo el léxico, aplica su rigor amoroso al contexto y nos hace visitar prados yermos o páramos frondosos. Su guía es excelente: el amor, el desamor a veces; la luz, la oscura semblanza del rostro que no tenemos: una odisea sin nombra pues nos deja libertad suficiente para reconocernos o no mirar el espejo por miedo a nosotros mismos, a no oír los cantos de sirenas por temor a qué nos dirán, a cómo nos nombrarán y cómo no, a obviar labios que pueden nombrarnos, haciéndonos así partícipes de una verdad incognoscible: nuestro verdadera mirada.

La ascensión hacia la luz, la caída ante la oscuridad.

El libro está perfectamente divido en dos pico de interés, siendo la parte central al que nos sirve de alas angélicas para poder admirar el verdadero fulgor con el que cierra la poeta este libro. Son páginas de fuego líquido, lava en estado puro y emocional, contrastes de amor y odio, de comprensión y terror: todo lo abarca el brillo de la vida.

Decir algo obvio antes de continuar: espléndido prólogo de Lostalé. bellísimo elogio a la poesía de Peñas, que no merece menos y el prologuista es otro afortunado de la palabra como sabemos quienes hemos leído sus poemas.

Umbra, Vislumbre, Resplandor, Opaco, Fulgor. Cinco partes como cinco soles: que ciegan o son ciegos, porque todo recoge el verso de Peñas que ella amaestra con diamantina claridad o pétrea y robusta oscuridad.

Elementos que nos suenan como ese eco que atraviesa el poemario serían los pasos, que resuenan desde el amor al desamor, desde esa amistad y honor y sentidos homenajes al estupor ante la maravilla y lo terrible del mundo. Andar, como diría el maestro Machado.

Tantísimo despierta este libro que el estupor, la melancolía y el dolor en diferentes grados (para lo que no duda la artista de la palabra en jugar con la tipografía), frente al silencio que ocupa a veces nuestro diario devenir, frente a no nombra por impotencia o elección, termina preguntando, con la osadía que el valor de saberse invoca: “¿Quién dijo miedo?”.

Libro decididamente bello, hermosamente valiente y de unas relecturas muy potentes, fogonazos de brillos lindos, limpios y -dios, cómo se hace eso- honestos, sinceros, límpidos de alma (con lo que esto quiera significar).

Hay presencias titánicas,

envolventes como arrugas de elefante

que hacen que lo bueno se perpetúe

aunque sea un instante,

un segundo, un parpadeo de tiempo

cuyo fruto resulta infinito.

Hay seres fascinantes

que se rebosan en cada gesto

y nos inundan;

personas

cuyo efecto es permanente.

Su ánimo auténtico,

hercúleo,

obstinado en bondad,

su hechura templada,

como un patrón a medida alzada que nos encaja,

su corazón discreto

los delata.

hacen posible que uno no se rinda

ante el desastre

y sostienen el cuerpo.

Sin embargo

coinciden en fragilidad,

convienen en no sentirse legítimos,

se pierden, se desangran

e ignoran cómo pedir auxilio.

Débiles ante sí mismos,

nos rescatan del asombro

porque existen,

se atestiguan en lo que son,

mas concuerdan en destruirse.

Sé de algunas de estas naturalezas,

las reconozco.

Te vi antes,

creí en ti siempre.

Hoy te tengo.

No te me alejes.

Me he permitido transcribirlo entero porque este texto es de una belleza arrolladora.

Y para terminar: un poemario como este es feminista. Convendría que alguien con mejor preparación, desarrollara una lectura así.

Gran libro. Y terrible, como todos los libros hermosos.

A leer a Esther Peñas.

Penumbra, Esther Peñas

De este ungido modo, Esther Peñas

Esther Peñas, De este ungido modo, Devenir, 2005

De amazon

Conocer la frenética actividad literaria de Peñas, sus escrituras, presentaciones, entrevistas, poéticas, novelas… supongo que sería una pista para saber qué encontrar al abrir este libro de poesía.

Cinco o seis cosas previas: prólogo y epílogo maravillosos (de nuevo la alegría por ser quien lea la maravilla sobre la maravilla: Céspedes sobre Calvo Galán, Jiménez Lozano abriendo el libro de Peñas y cerrándolo, Ubach Medina…), en fin, que la compañía en estos casos, es mejor y como lector, me creo hasta mejor. Otra cosa, obviamente es la realidad.

De Jiménez Lozano rescato una dicha y un pesar: la dicha de que esa exactitud de Peñas, la belleza que aportan sus poemas y el desconcierto que embarga nuestra lectura, haya sido por mí vivida al leer el poemario; el pesar es que decir demasiado, puede ser glosa y eso, cómo no, el maestro no puede permitírselo. Así que yo, humildemente, igual llego y defenestro el poemario de Peñas realizando una glosa, aportando nada al libro que de por sí es magnífico, preocupante, comunicativo de otro lenguaje y de esos conceptos otros que a veces las criaturas poéticas saben comunicar.

Pensé realizar una crítica atea del libro, porque resulta que está plagado de dioses, pero inactivos, mencionados, ocupados en otras cosas y terminan siendo una plaga observadora, nada exhaustiva en milagros o dones. Como dice Ubach, quieren entretenerse como quien ve un espectáculo, no con el interés de la representación sino con el tedio de la inmortalidad. Y de hecho ¿haremos spoiler si decimos -con quién hablo- que la epifanía es matizada y disfrutada por el yo lírico con su esfuerzo y agudas observaciones a raíz de las experiencias dichas con esa lengua poética que se convierte en otra cosa? No diré oraciones pero similar función parecen cumplir algunos versos y poemas enteros.

Hablaba de la inmortalidad de los dioses, su propagando y fulgores. Pero mortales somos, y el amor es mortal y Esther Peñas lo sabe. El yo lírico recorre un camino de púas, distorsiones y belleza: o eso leo yo, al menos. Ya decía: el desconcierto de ciertas expresiones, la hermosura de otras, el predicar unos valores necesarios para sobrevivir esta pocilga que a ratos es la existencia (“Que yo misma sepa perdonarme”) y la capacidad creativa de imaginar otra forma de expresión, son unos cuantos rasgos principales de este poemario.

…contra el tedio que siembra sueño enfermo

la esperanza arraigada que siempre tienta.

Lo sublime que tiene el hombre: Peñas se esfuerza en que cada matiz sea preciso y único, adjetive para que brille el color del sustantivo o defina esa sustantivación la función del verbo, para cuya esencia repite, recoge lo dicho, marca el territorio de la imagen o genera imágenes sobre lo insinuado, llegando a envolvernos en una red de esperanza, sentimiento de bondad y temor ante la desaparición de lo sencillo, ya que el panorama pregona un horizonte de desarraigo y dolor que la poeta se empeña en cuestionar, negar y afrontar sabiendo que puede perderse -como cualquiera- por el camino en esa lucha eterna contra sí misma.

Cuando afirma: “Solo el perdón engrandece/y crea entre la miseria/ del descendiente/una torre inmensa con esperanza de dicha” es más que alegría lo que nos embarga: pensamos -pienso, me digo y me pregunto como ese usted que atraviesa el libro, “¿tú no?”- reflexionamos, que es más que una saciedad de paz o relajo lo que nos llega al cerebro. Es una bendición encontrar mensajes así: nos reconcilian con el mundo a la vez que recordamos a Aleixandre, Vallejo, San Juan, fray Luis…

La lealtad frente a la traición, la voluntad frente a la inacción, la soledad de la valiente lucha frente a la ingrata compañía del cobarde.

La espectacular recepción del sacrificio, la sinfónica búsqueda de la esencial palabra no dicha.

El encuentro con la poesía y el reencuentro con una misma.

El olvido de todo lo que no permite a alguien ser persona, el perdón anterior a todo tipo de pensamiento único que desista de razonar: al alejamiento del mundo para ser feliz.

No sé si es spoiler y me importa poco: enorme libro.

Yo soy la única víctima despierta

y un dios inevitable me visita.

De este ungido modo, Esther Peñas

David Pérez Vega, again: El bar de Lee I: Móstoles.

David Pérez Vega, El bar de Lee, Ediciones de Baile del Sol, 2013

Hace poco hablábamos como si yo fuera alguien sobre poesía, poéticas y trabajo literario. Cada vez me fío menos de mí, de mis lecturas -no de los libros, sino de mi capacidad lectora- y de que esto, la literatura, los libros, todo lo que rodea al mundillo literario, que se sabe a sí mismo extraliteratura, sirva para algo más que opinar, hablar y blablablá.

Leer a Pérez Vega, su poesía, sus versos, impone mucho si quien prologa es Alejandro Céspedes, poeta curtido, reconocido y que escribe los límites de la escritura propios y ajenos. Así que pienso, adentrémonos en algunos textos, a ver qué sucede, si me conmueven o reconozco algo del mundo propuesto por este escritor.

Como la muerte acecha, seré breve: El bar de Lee -que incluye el verbo de la lectura, ja- se compone de un par de libros: el primero se titula ”Móstoles era una fiesta” de 1998 y “El calvo del Sonora” de 2008. Me centro en el primero.

“Móstoles…” dedica a la infancia el primer poema, y de la belleza del recuerdo, Pérez Vega consigue trasladarnos sin temor a nuestro pasado, repleto de llamadas a juegos y ese moroso tiempo en el que la patria chica era nuestra existencia. Me gusta la frase aquella de Panero, esa de que en la infancia se vive y después se sobrevive. Crecer, a largo plazo -si tenemos suerte- es morir. Podría ir poema por poema, pero no es el objetivo: lo que sí hay que leer son las asociaciones que realiza el poeta, los recuerdos clásicos -procedimentales y métricos- que impone el oído y la vista, la capacidad de matizar el apagón vital de una muerte.

El alcohol, la literatura y el deseo representan tres elementos que persisten en los textos, a veces helados témpanos que trastocan la realidad cuando el yo lírico pretende describir la melancolía y en otros momentos candentes pasos de un joven de su tiempo -1998-, cuando la poesía de la experiencia para algunos eran otros y para mí, Javier Egea, pero qué poesía no es de la experiencia, recitaban los mayores como Pepe Ortega, Enrique Morón, Juan J. León, José Lupiáñez y o, aterido de frío y calimocho hartaba de voces la madrugada embriagado de yoísmo y derivados de ficciones y estúpidos y ajenos premios y 20 años. Y Lorca y Hernández, y JL Panero, y pensar que Bukowski terminaba con esos poemas que ya estaban hechos y sí: Góngora era el dios de cíclopes que tanto nos influirían al final a unos cuantos.

Existe la noche, y la calle vibrante; la voluntad literaria de descripciones, enumeraciones necesarias y una comprometida contienda consigo mismo: al menos eso veo yo. Una personal guerra con la certidumbre de que esto vaya a mejorar en un tiempo, cuyo paso, a los 23 o 24 años, Pérez Vega vislumbraba demasiado bien.

Me veo de nuevo buscándote camino de la biblioteca,

comprendiendo lo ridículo de mis quimeras de polen,

la intangible ausencia de mis palabras

no pronunciadas.

Y además, existe la inevitabilidad (?) de la desacralización de la poesía: hay una fuerte voluntad de ruptura de lo esperado, lo lírico, lo poético: es superior al poeta, a la vez, no ser poeta (es de suponer que para no alejarse de nos, digo yo). Decide entonces ser escritor y utiliza todos los recursos mencionados y más. Una brújula rota decidiendo el destino de los versos, un destino colmado de desdicha y feliz por sus diente rotos, un alzamiento urbano ante el palacio de la poesía. Y, extrañamente, consigue captar la atención, recurre a la poética norma de romper las expectativas, como dije, atrayendo nuestra mirada a uno y otro y otro elemento que la coctelera precisa como rarezas de vitrina, encerradas tras el soplado cristal del poeta mas vivas para quienes nos acercamos a su mundo.

Poemas que son homenajes a literaturas, literaturas personales y referencias reconocibles, que quizá sea lo más difícil: ser comunicativo y esperar alguna trascendencia, sabiendo que no hay futuro, aunque el futuro sea lo único que poseamos en la memoria.

Y releo esto y me corrijo para, en fin, sí, decirme “te ha gustado esta fiesta, a ver si vas a Móstoles, y bueno, encontramos el bar de Lee”.

David Pérez Vega, again: El bar de Lee I: Móstoles.