Álex Chico y Un final para Benjamin Walter

 

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Álex Chico, Un final para Benjamin Walter , Barcelona, Candaya, 2017.

Con alegría inmensa terminamos este libro; con pena profunda. Se acaba una aventura espléndida, un morir y renacer a la par: Álex Chico ha conseguido escribir un libro impresionante, de prosa limpia y clara, de contrastes oscuros y brillos azabaches. Un interesante ejemplar de esos que se ocultan entre otros que hacen que nos preguntemos si es novela, ensayo, libro de viajes, crítica literaria o filosofía.

Este final es un inicio para conocer a Walter benjamin, Portbou y todo lo que rodea la muerte de este pensador, su vida, sus compañías y reflexiones.

El libro es delicado, salvaje en su originalidad y nebuloso como pocos. Mucho parece dudar Chico, mucho sabe y demuestra con una herramienta esencial en su prosa: el material seleccionado es bueno, la disposición por parte del autor es perfecta y el léxico que requiere algo así -un medio ensayo reflexivo novelado…- es dominado y bruñido por las manos de un muy buen escritor.

1-Quiero conocer todo lo que escribió Walter Benjamin: si no se consigue crear expectación, no hay nada. Chico tiene una gran sensibilidad y no precisa de aspavientos retóricos. Sí hay retórica, por supuesto: Chico es un escritor que domina el arte y así se nota apenas rasquemos la superficie. Pero es que hasta dicha superficie es interesante.

 2-Quiero conocer todo lo que ha escrito Chico. Es decir, ya es uno de mis escritores actuales. Chico tiene poesía, ensayo, ficción… Practica la crítica, escribe artículos, forma parte de la revista Quimera…

3-Las referencias que utiliza el autor son muchas y variadas: recuerda a Arendt, Bufalino, Clébert, Kertész, Levi, Sebald, Kafka… Por citar unas pocas. Personas que son en sí personajes cuyas vidas llaman la atención, historias de historias y literatura que nos lleva y transporta a otros lugares y tiempos.

4-Narrar el pasado para superarlo. Superar el pasado hablando, escribiendo, narrando. Un cuento ayuda a cualquiera a sentirse mejor si está escrito con la verdad o verosimilitud que la historia puede aportar. Las ausencias cobran forma, las metamorfosis que nos hace contemplar el autor en los lugares visitados cobran vida y justificamos el espacio y el tiempo a medida que avanzamos la lectura de este vigoroso y dúctil libro.

Una sensación de clandestinidad que se filtra en cada uno de los rincones, en cada una de las calles y vías, como si todo formara parte de una terrible amenaza. Como si, en lugar de simples viajeros, fuéramos prófugos que intentan huir de un gran ejército que lleva tiempo siguiéndonos los pasos.

5-No se es consciente quizá, al escribir algo de esta categoría, pero es un libro de paz, de arreglo personal, de tranquilidad suprema. La capacidad para transmitir no resta el lirismo de algunas imágenes de Chico, y esa parte profundamente lírica de su visión nos contagia armonía, sencillez, paz de espíritu. Es difícil de explicar con palabras lo que tan bien provoca el autor en el ánimo del lector.

6-Es un libro plagado de contrastes: la armonía con la brutalidad, las fronteras con los brazos abiertos: la historia contada por los vencedores y los vencidos recitando retazos de esa misma historia, con el respeto de la memoria y la obligada referencia a la memoria. Dignos seres, indignas personas… todos se dan cita en las páginas que va montando Álex Chico como si fuera un puzle que le ha tocado armar, en vez de haberlo decidido.

7-Capítulos XIX y XL, por diferentes razones, imprescindibles.

8-Las interferencias que logra con sus pensamientos son francamente notables: la historia que investiga el narrador, cumplen una misión otra: el autor es capaz de reflexionar sobre el totalitarismo, la literatura, el exilio, la educación y el futuro. Y el pasado que nos espera si lo descubrimos, casi peor que su hermano ficticio, el mañana. Ficticio hasta que nos devora, claro.

9-Sílvia Monferrer. Vaya personaje. Qué vida. Qué aventura. Qué caminos toma a veces nuestra existencia.

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¿De verdad confías en la literatura como un medio para rectificar el pasado?

 

Un libro repleto de literatura, de insinuaciones, de vacíos que se unen a ausencias y estas, como no podía ser de otra manera, nos recogen y arrullan, nos abrazan y atenazan, nos acarician y nos dejan con ganas de más.

De más Walter Benjamin. De más Álex Chico.

 

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Álex Chico y Un final para Benjamin Walter

Carne de carnaval de David Monthiel

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David Monthiel, Carne de carnaval, El Paseo Editorial, Sevilla, 2017.

 

Una novela del carnaval, sobre el carnaval, para el carnaval, por el carnaval.

El carnaval de Cádiz reflejado en una historia de trama deliciosa y clásica -la novela negra bien escrita no tiene por qué ser repetitiva- con un detective guasón, melancólico y cargado de memoria, una ambientación de las que hay que vivir pero muy bien contada y cómo no, anécdotas, chirigotas y vivencias gaditanas, todo aderezado con un leguaje particular y una filosofía muy “del sur del sur”.

Este año que El equipo A ha ganado en la modalidad de cuartetos, reivindicando un personaje (“el Trinchera”) a “don Antonio” Martínez Ares, el niño de Santa María, y otro, (“el Gadita” ) a su tierra, Cádiz y sus tópicos, con la frasecita de: ¿que no te gusta…? ¡Tú no eres de Cádiz! (cuarteto del Morera), es también digno de reconocer una novela como esta de David Monthiel, autor de poemarios y un libro de cuentos, y que ya tiene en marcha la casi publicación de la segunda novela protagonizada por el detective Bechiarelli, amante de las coplas carnavaleras y porreta sempiternamente melancólico de su tierra y sus años, sus gentes y amigos.

A pesar de la miseria y las fatiguitas, la ciudad también albergaba una calidez y una alegría que nunca sería derrotada.

Obviamente, me limitaré a decir por qué esta novela merece la pena y no a contar nada de la trama:

1-Por acercarse al sur del sur. Nunca es tarde si la picha es buena (como cantaban Las viudas de los bisabuelos…). Cái es mucho Cái y un respeto de sardinas por favor, para la Tacita de Plata y su provincia. De ahí salieron pibitos como Alberti o Quiñones; ahora los Serrano Cueto, y están afincados poetas y escritores como Javier Vela (madrileño que se ocupa de la Fundación Carlos Edmundo de Ory, que lleva el nombre de un pedazo poeta de allí también). Sus obras avalan lo que digo. Buena tierra artística donde vieron el amanecer Camarón, Paco de Lucía, Chano Lobato… entre otros y otras, los Delinqüentes, Sara Baras…

2-Porque David Monthiel controla los recursos del género que toca, organiza los elementos para sorprendernos como lectores y además, ajusta un exquisito vocabulario gaditano al argumento que nos quiere contar: no hay líos, despistes ni olvidos. Todo está medido, ajustado y perfectamente estructurado, para hacernos disfrutar de una rocambolesca época de carnaval en Cádiz.

3-Me gusta la organización del libro: por ahí dejo una foto. Nos presenta el contenido y los personajes. La estructura del libro es como la actuación de un grupo en el Teatro Falla: presentación, pasodobles (tanguillo si es coro), cuplés y popurrí (estos tres elementos dan vida a las tres partes del libro) y cierra como no podía ser de otra manera, el Carnaval chiquito.

Después hay referencias -docenas de ellas, para que no digamos “no entiendo” y nos conteste alguno: ¡Tú no eres de Cádiz!- donde se aclaran cánticos, estribillos, personajes y lugares populares de Cádiz y su geografía carnavalesca o física.

Un inventario de peñas y bares. Y claro, agradecimientos populares.

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4-La geografía de Cádiz: si conocemos la ciudad, iremos paseando de una plaza a otra (De plaza en plaza, como los palomos de El Yuyu, a quien sinceramente, echo mucho de menos en estas páginas), renombraremos barrios y volveremos a la Caleta. Es un placer dejarse guiar por Bechiarelli y sus pasos, el destino que Monthiel le otorga y los caminos insospechadamente gaditanos que nos regala el escritor.

5-Ya hablamos del lenguaje típicamente gaditano,las expresiones de Cái, Cái y su escritura y ortografía: un goce para la vista y el oído, tener a mano un adaluz tan puro, tan noble y tan bien utilizado por estos personajes que no fingen lo que no son, que son lo que nos muestran y que poco a poco se hacen un huequito en nuestro corazón y nuestra fonética.

6-Las exagraciones, hipérboles y demás gaditanadas: geniales soportes para entender los matices que tenemos en ciertas partes de Andalucía para corroborar o afirmar lo que contamos; somo exagerados pero además, en Cádiz (Málaga, Cádiz…) cierto toque de ironía, condimenta esa exageración, es más líquida que en Graná (la malafollá es la gracia seca, estropajosa, que hay que sacudirse a carcajadas porque si no, se queda pegada y horada como un ácido), es salada, chistosa, se deja acompañar, es diferente.

7-Y esto nos lleva a la crítica: no todo es maravilla en Cádiz, nos advierte Bechiarelli. Claro que no. EL paro, la miseria, la mentira… como en cualquier sitio castigado -pero aquí más- por el olvido, la denigración y la envidia, gaditanas y gaditanos sufren con desesperación el engaño de políticos y paisanos, gente que intenta sobrevivir y otra que intenta vivir a costa de los demás.

Y en este punto es muy interesante la novela de Monthiel porque juega a dar guerra y lo consigue. Critica a las corporaciones gaditanas, al carnaval, a los autores del mismo, a sus acompañantes, al futuro que ya está aquí, a las autoridades y a los/las gaditas. Mucha valentía y salvajes argumentos pero con respeto, distancia y autocrítica (esa gran novela del carnaval, escrita e imposible de escribirse).

Ternura por aquellas mujeres tan hermosas, tanto como en cualquier otro lugar, pero con una sal escondida y una piel balsamizada por los vientos fríos que le incitaban a soñar con una patria desnuda bajo el cobertor.

Es un poner de cómo describe sentimientos Monthiel. Un lujo; perlas por todo el libro sin perder agilidad ni viveza. Y quedaría por decir algo de las referencias musicales, literarias y culturales que atraviesan el libro, desde las referencias citadas y explicaciones hasta títulos de libros y de discos escondidos y hallados entre los títulos que encontraremos de los capítulos o subcapítulos.

Un prodigio de carnaval y de Cádiz, así que lean este libro, alégrense la vista y los sentidos, con los colores, sabores y aromas de la fiesta más divertida del sur del sur, y su relato no desmerece nada en la pluma de este escritor.

Monthiel -gritémoslo- “¡sí es de Cádiz!”

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Carne de carnaval de David Monthiel

Las niñas prodigio de Sabina Urraca

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Sabina Urraca, Las niñas prodigio, Fulgencio Pimentel, La Rioja, 2017.

 

Con nombre espectacular y literatura epifánica, Sabina Urraca engendra estas verdaderas niñas prodigio. Un libro particular, insensato, llamativo y que captura desde un primer momento la atención de quien se acerca a él. Hasta el final, que ya es decir.

Lo que Urraca desdramatiza lo convierte en oro literario y viceversa: sus dramas son extraños, mentalmente insostenibles, paradójicos y sencillos. Como su literatura: es sencilla mediante complejos procesos de escritura, como la diseminación-recolección, las metáforas que surgen fluidas y de una densidad espeluznante y sobre todo, en mi opinión, es sencilla -no simple- porque es como la vida misma: la vida es una mezcla de géneros, unas veces el drama nos corroe y otras, la comedia más horrenda nos melifica la columna vertebral: así, la escritora formada como es el caso de Urraca, se desprende de complejos y adquiere la voz de una periodista a veces, de una mujer que escribe su diario y recuerdos, o de la chica que practica la autoficción hasta límites insospechados. Porque -qué importa- si lo que nos cuenta es verdad o no, mientras sea verosímil y oh mfg, si lo es.

Tengo unas veinte citas anotadas, si no más frases que merecen la pena, pero no reventaré el libro, siendo estas palabras una animación a la lectura de un libro bien escrito, falto de sentimentalismos baratos y de los que quiero devorar otra vez al acabar de leerlo. Casi nada.

 

He nacido en el sistema capitalista. Quiero tenerlo todo, verlo todo, vivirlo todo. No puedo perderme nada.

Si te presentas así, permíteme que te diga los capítulos que posteriormente van a quedar en la memoria, sí o sí, querida Sabina: 18, 21, 23. Como poco.

La infancia y sus correlaciones son excelentes en la pluma de esta mujer. Dos palabras: placenta y metáfora.

Esa infancia perdida, la pérdida de la identidad y su búsqueda -quiénes somos, si somos alguien-, los trastornos mentales y la incomprensión más profunda del otro, son algunos de lo temas dolorosos que trata la autora, cuando la protagonista escarba en la maldad, fealdad o lo pútrido que el mundo le ofrece y ella pretende sacar, extraer, libar la belleza que incluso estos elementos -de mierda- prometen en su interior, a través de la mirada diamantina de quien nos cuenta estas peripecias.

Creo que la vida es confusa y hay cierta belleza en que sea así.

La ruptura con todo, con todos. La honda herida de saberse un animal antisocial, asocial, irredento ante sí mismo y los demás.

No tener la moral establecida ni practicarla.

Hay mucho más que decir de este libro: como los choques generacionales que procrean sus páginas en cabezas como la del que esto escribe. Como las mentiras no soportadas y enfundadas en matrimonios, hijos, familias, ciudades o estados.

Como los sistemas que nos hacen sobrevivir y a la vez nos van ejecutando lentamente.

Florecer o no florecer, “that is the question”, parece chillar la niña,chica, mujer. Y es que el sexo es un componente vital en el libro; como en la vida. Sin remilgos, Urraca nos describe su despertar y sus vivencias -no ella, la protagonista, claro-, sus apogeos y hundimientos; la maravilla y el delirio, la muerte suprema y el desenlace felicísimo. Todo cabe, nada sobra.

El pasado, el presente… son del dominio de la escritora, que gracias a las sutilezas y la elegancia que practica, la memoria que tan bien utiliza y las transiciones suaves a las que somete el relato, nos guía por donde quiere y comprendemos los saltos temporales y es más, parece que los vivimos en primera persona.

Porque todas esas mujeres son las niñas prodigio: con un principio arrebatador; con un final inolvidable.

Leed, leed, malditas, malditos… Leed Las niñas prodigio.

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Las niñas prodigio de Sabina Urraca

Visitando ‘El país de los imbéciles’

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José Manuel DíezEl país de los imbéciles, Madrid, Hiperión, 2017.

Y sí: darse una vuelta por este país es sentir la estulticia que profesamos, la crítica que silenciamos, el silencio que amparamos.

Me apetecía después de tres libros de José Manuel Díez, disfrutados, anotados y releídos, decir algo, escribir algo: esos son en definitiva los libros que mueven y conmueven, los que después, todavía duran.

Lo conocí como el Duende Josele, en otra historia -musical- diferente. Llevo un tiempo leyendo a Díez y lo sigo diciendo: es un poeta serio. Contribuye a eso que llamamos poesía que vale. Porque hay otra que no, ya sabemos.

Los dioses del instante y El país de los imbéciles son las dos partes del libro.

Creo que sigue una corriente de poesía social, que aún puede practicarse: o siento esto tras releer los poemas de este escritor.

Ayer -para empezar suave- me leía Fernando Soriano:

Imagina un caballo.

Un caballo muy blanco desbocado en la noche.

Y es que cuando algo gusta lo tienes que compartir: Soriano es un poeta enorme y yo, humilde aprendiz de algo, le dije: “échale un vistazo a esto”. Y bueno, parece que algo cuajó.

Díez es capaz de contar historias bellísimas en los versos -…Y comenzó la guerra en el poema. / Y yo te pregunté si me querías.- que conforman el libro, y siempre nos sentimos -me siento- dentro de su retórica. Nos sumerge en sus profundidades; es de imaginar que son las nuestras, las mías, las de todos y todas que leamos esta obra, seamos mayores, jóvenes, niños o niñas. Y eso es grande.

Por sugerencias, caricias del poeta, sutiles vientos: “Memoria del trópico”, “Lo efímero”.

Por amor al otro, a la otra: que no se borre la memoria, que no nos reviente el olvido. Que la risa dure eternamente.

Y todo medido, oigan. No pasa nada por escribir alejandrinos -os lo tengo dicho, dice una de las vocecitas de mi cabeza, y otra contesta: no, claro: pero el verso libre…-, endecasílabos, heptasílabos… De verdad: no es que no os vayan a echar más cuentas.

Uno de los más bellos elogios es “Taller y símbolo”, poema en el Díez consigue que los dos planos -el amor y el arte- sean uno, se fundan, dialoguen y lo más importante: el erotismo de crear con las manos, de sentir con el cuerpo y la mirada, desplieguen cataratas de sensibilidad.

¿Por qué poesía social después -o antes- de todo? Porque el paisaje le importa al poeta: el ir y venir de las personas y lo que las personas han tenido, tuvieron -las tienduchas de barrio, un poner- y espero que tengamos. Porque las personas somos y seremos quienes estemos de una vez peleando contra demonios o poetastros, quienes veamos -miremos- a los que del abuso comprenden que la humanidad es esto: una traición al otro en toda regla. Un beso de la muerte. Una mujer indefensa ante la barbarie machista.

Los “Planos” en los que podemos movernos sin sentir lástima por el otro: justicia es lo que parece que clama el poeta, no pena o disidencia barata: ¡justicia, carajo! (este carajo es mío).

Recomiendo encarecidamente “Los nombres de Sara” y “Pacta sunt servanda”: víctimas, cortejo de fúnebres vencedores y leales derrotados.

La guerra y la diferencia: la defensa de la diferencia; la guerra puesta en relación a la voz de los poetas. A su silencio a veces.

“Escritores suicidas” es un homenaje que ahí quedará y “Justicia poética”, eleva el tono hacia la mudez, el feminismo, el valor y la pétrea condición de los que mandan.

Obviamente, estos son notas de un lector más, pero ojalá -leed, leed, malditos todas- os anime a impregnaros de lo que José Manuel Díez quiere compartir en ‘El país de los imbéciles’.

Porque aún no es el tiempo de entender el silencio,

escribimos poesía.

Visitando ‘El país de los imbéciles’

El Mirador de Akasha. Granada.

Un espectacular sitio: empezamos subiendo al Albaycín, buscando las Veredillas de San Cristóbal: el paseo ya promete, porque vamos a ver Granada desde diferentes perspectivas y alturas. Una espléndida compañía al resuello que ofreceremos a Helios si andandito hacemos el camino, que, pienso, es como se debe hacer, al menos alguien como yo, granaíno y con tanto que conocer de uno de los barrios más representativos de la ciudad nazarita.

Daniela y María viven en el Mirador de Akasha, una casa muy particular, porque la vistamos como si fuera nuestra: es un lujo poder convivir con tantas personas durante un concierto como el que vivimos el domingo pasado; por cierto, no tengo fotos de  Trigo sucio porque me dediqué a escuchar -como dicen los flamencos, “vamos a escuchar”- y los muchachos cordobeses tocaron de manera excepcional: recuerdo entre otras la canción sobre Palestina, y el buen rollo que su música propagaba por este sitio mágico.

Lo que es de admirar, repito, es la confianza de las dueñas: podemos recorrer el lugar de varias plantas, de varios sentidos, sin temor: de hecho te indican dónde está esto o lo otro, así que el espacio es una delicia si quieres integrarte o estar de solateras.

Dejo unas fotos, y la promesa de que volveré: quizá este domingo, que hay música mediterránea.

Los viernes y domingos realizan conciertos pero durante la semana quizá encuentres un taller de cerámica, de encuadernación…

Un lujo y no es un vacuo elogio. Una casa de ensueño que además, tiene a tu disposición, si eres artista, de una habitación abuhardillada para ti.

Mi admiración y mi ánimo para ellas dos: incluso Mario está por ahí, tremendo juglar y transformista, divertido y amable: me trató como si me conociera de toda la vida: ahí una foto. Otra foto, sin la calidad de las que hace ella, es la que aparece el grupo y una chica de perfil: es Serena, italiana y fotógrafa que no dejó de trabajar la imagen de la tarde y noche (detrás del flash total de la otra foto).

Ya digo, un grupo muy chulo, normal y encantador: conocí a Rubén Darío, que también está por ahí, en el grupo.

Los pelos de Daniela, inconfundibles: como la amabilidad de María y ella.

¡Salud y que por lo dioses, dure el Mirador de Akasha!

 

El Mirador de Akasha. Granada.