Entrevista a Esther Peñas

Ha mantenido conversaciones con cantautoras como Rosana o Julieta Venegas, “folklóricas” como Martirio o escritores como Vila-Matas, políticos como Leguina, poetas como Chantal Maillard, filósofos como Savater, escritoras y directoras de cine… Luis Mateo Díez, Merino o Silvio Rodríguez han charlado con ella, Chema Madoz, Gioconda Belli, Luis Aguilé… gente tan diversa de la cultura española como Pasión Vega, Luis Alberto de Cuenca, Javier Ruibal, Mayte Martín o Rosa Montero forman parte de la estupenda serie de Entrevistos, un monumento al arte de entrevistar; escribe sobre personas con discapacidad, mantiene el espíritu de la curiosidad vivito y coleando, es novelista, poeta y disfruta con la lectura como nadie. En su obra narrativa visibiliza la homosexualidad, el respeto y la tolerancia por la diferencia y de sus páginas emanan el jazz, la copla o la música clásica, cosa que hacen que se se le alegren las pajarillas.

En el poema que da título al poemario El paso que se habita (Chamán Ediciones) pide:

Puentes de algas,
de melancólica sospecha,
de paisaje con savia de bruma
y afilados dientes.
Puentes
para este pequeño reino de la fiebre,
puentes.
También primavera.

De su novela La vida, contigo (Editorial Adeshoras) dice Daniel J. Rodríguez en Zenda que “es un libro con la anatomía de un cesto de esparto; natural y antiguo, de centenares de extremos en diálogo, una historia de esquejes verdes de existencia.”

Poco más que añadir, salvo que tiene mucho realizado y aquí no cabe todo.

Las fotos de la escritora son de Lurdes Martínez.

Es un honor para este que escribe que haya accedido a ser entrevistada y formar parte de la galería de honor de este Me no know nothing que hoy, es mucho más grande y feliz y crece como blog.

Con todas y todos ustedes: Esther Peñas.

-Querida Esther, muchísimas gracias por prestarte a esta entrevista: la primera pregunta es obligada después del añito que llevamos: ¿cómo estás, cómo está tu gente?

Qué extraño se me hace contestar en vez de preguntar, querido Juan. Permíteme estas palabras iniciales de agradecimiento por tu generosidad y tu (deliciosa) insensatez de entrevistarme… Estoy… en contemplación de prodigio, a pesar de todo, manteniendo la lumbre de lo alegre. Y mi familia y aquellos a quienes quiero está razonablemente bien, que no es pequeña la trucha…

-Me hacía especial ilusión repasar tu trabajo: eres periodista, tienes ensayo publicado, novelas, libros de poemas… ¿hay algo en la escritura que se te resista?

Sonrío ante esa ilusión tuya y envido: sí, el cuento. Soy una pésima zurcidora de relatos.

-Cuéntame lo importante que es y ha sido la lectura en tu vida. ¿Cómo empiezas a leer y qué libros lee la Esther niña y adolescente?

Leer me salva. Salva el amor, la fe, la belleza, y la lectura. Pocas cosas más. Recuerdo mi primer libro, cortesía del Ratón Pérez, un libro extraño, con ilustraciones, que hablaba de la importancia de mantener vínculos con la naturaleza. Pero el texto con en el que descubrí la fascinación de la lectura, su poder redentor, seductor, vivificador fue un libro que me prestó mi amiga Silvia Botán, con diez u once años, El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fernández Flórez, editado por Espasa Calpe, un texto divertidísimo, que me llevó en mi adolescencia a autores para mí vitales Jardiel, Mihura, Neville, Castelao, Camba…

-¿Por qué tu interés en el periodismo?

No sabría qué decirte… Cuando aguardaba turno para matricularme en la universidad, aún no había escogido qué estudiar… me gustaba Antropología, Psicología, Filología… y de pronto vi allí esa carrera, Periodismo, con un ramillete de asignaturas variadísimas y pensé que eso era lo que quería estudiar, para aprender un poco de todo… En esos años aprendí a caldear el amor a las palabras y a las historias. Y a reconocer la verdad del cuento.  

-Empiezo destacando el Cermi, ¿puedes explicar qué es para quien no lo conozca?

En su acrónimo, Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (en origen, de Minusválidos), es una entidad que representa al movimiento asociativo y preserva sus derechos. Estoy vincula a él desde hace años, por motivos laborales, políticos y sentimentales.

-De esa época salieron varias publicaciones: un trabajo en el que contabas qué quería conseguir el Cermi y tres libros de entrevistas (Entrevistos I, II y III).

Sí, Hoy empieza todo que, tomando en préstamo el título de la maravillosa película de Tavernier, conté, como dices, no solo el devenir de la institución sino a grandes rasgos el de las personas con discapacidad en nuestro país. Entrevistos, juego de palabras entre el adjetivo de la misma grafía y la palabra «entrevista», recogen las conversaciones aparecidas en el periódico del Cermi, en la sección ‘Cuarto de invitados’ que regento mensualmente desde 2003, y por la que han pasado tantísimos escritores, fotógrafos, actores, cantantes…

-Cómo y cuánto ha cambiado, desde la terminología hasta el trato, nuestra relación con las personas con discapacidad: pero queda mucho camino, ¿qué destacas de los avances y dónde tenemos que mejorar?

España es uno de los países más adelantados en materia normativa referida a derechos de personas con discapacidad. Me asombra cuando la realidad se impone y tiene su reflejo en el lenguaje. Sin carga alguna, fueron cayendo de nuestro vocabulario términos como «subnormal», «tullido», «inválido», porque habíamos desterrado a las personas con discapacidad de la esfera vocativa del paternalismo. Creo que el esfuerzo ahora hay que concentrarlo en la formación del colectivo, en estimular su inclusión en los estudios superiores.

-¿Qué piensas de películas como Campeones o series como American Horror Story, o el último anuncio de la ONCE de Campeonas, por citar algunos ejemplos, donde se visibiliza la discapacidad?

Me parece que todavía queda la rémora en ellos de ciertos tics que remiten a convencionalismos o tópicos… la mayor parte de las apariciones de personas con discapacidad en el mundo audiovisual y literario resaltan bien su «capacidad de héroes», bien su lado menos luminoso (como el binomio discapacidad-cierta amargura de personajes como House, por ejemplo). Ambas son extremos de los que hay que huir, ni todos los autistas son Dustin Hoffman en Rain Man, ni los ciegos son seres perversos como los que retrató Sabato en su Informe. Pero esta inclusión de personas con discapacidad como representación de la diversidad existente terminará más pronto que tarde en una normalización del colectivo, con sus bondades y sus impertinencias, propias de cualquier grupo humano.

-¿La entrevista es una manera de conocer a la otra persona?

La entrevista es una manera de entrever (de ahí, entrevistos) a alguien, es una maravillosa forma de practicar la escucha activa, un privilegio, ya que de qué otro modo uno podría conversar con determinadas personas, y una danza sutil en la que todo el tiempo se ponen en juego intuiciones, conocimientos y afectos.

-Te lo preguntaba porque tu manera de entrevistar es, por momentos, personal y directa, nada de objetiva: pasional, si me lo permites, como diciéndole al otro “confíame un secreto”.

Por lo general, conozco bastante bien al entrevistado, ya sea porque hayamos coincidido en otras ocasiones (eso me recuerda la de años que llevo ejerciendo…), ya porque he leído, escuchado o visto la obra que defiende. Eso me permite conseguir pronto el ingrediente indispensable para una buena entrevista: que el entrevistado confíe en ti, que se abandone a las respuestas que le broten, no a las que acciona como resorte. Salvo excepciones de rigor, los asuntos limítrofes con lo sensacionalista, la casquería, el amarillismo, no me interesan los más mínimo; eso ayuda mucho, tanto como suspender cualquier juicio de valor previo, y tener claro que todos podemos tener un mal día (y, por tanto, que alguien sea áspero en la entrevista no significa que sea hirsuto en su día a día).

-De Entrevistos, de esos cientos de conversaciones con personas como Chantal Maillard, Jordi Savall, Joaquín Leguina, Martirio… ¿cuál es el mejor recuerdo si puedes salvar solo uno?

Lo mucho que me han enseñado y las amistades profundas que han surgido de ellas. La vez en que Susana Rinaldi me cantó un trocito de Porque vas a venir, ese tema colosal de Mandy, o cuando en casa de Martirio cantamos por Soledad Bravo, cuando Carmen Calvo me envío al cabo de los días una litografía suya o Mingote me hizo un dibujo en el cuaderno… El modo en cuenta atrás de la emoción absoluta cuando Buero Vallejo me abrió la puerta de su casa disculpándose por recibirme en batín (fue mi primera entrevista), que Hugo Mujica me ungiera la señal de la cruz en la frente, compartir un cigarro con Jaime Urrutia… o un desayuno con Teresa Salgueiro… hay tantos momentos así de bellos, Juan…

-Poetas como Ernesto Cardenal o Jenaro Talens, escritores de la talla de Vila-Matas o José María Merino, poetas como Julia Uceda, directoras como Coixet… ¿cómo se consigue preguntar lo importante a cada quien en su disciplina?

Suponiendo que sea capaz de eso que dices, conociendo bien al personaje, y en mi caso, como marca de la casa, forjando preguntas que le lleven al confín. Por supuesto, teniendo claro que el protagonista no es quien pregunta sino siempre quien responde.

-De tu trabajo de narrativa, destaco la libertad de tus historias, la frescura en el tratamiento de temas como la homosexualidad, las tramas tan cambiantes… ¿qué referentes sigues al escribir tus historias?

Hay dos escritoras que me fascinan, Martín Gaite y Rosa Chacel, a quienes dediqué mi última novela, La vida, contigo. Toda la narrativa de Menchu Gutiérrez me parece un don, como la de Gabriela Llansol, y Mil mamíferos ciegos, de la Isabel González, un templo. Bobin, Quignard, Modiano… sin olvidar Tirano Banderas, las Sonatas, o los pecios impagables de Sánchez Ferlosio. Y después de todo ello, Cortázar, siempre.

-En la novela Los silencios de Babel de 2008, aparecen el engaño y la traición como parte de una historia cotidiana que se convierte en toda una aventura para la protagonista: ¿cómo consigues ser tan natural en ese mencionado cambio de registros?

Pues… gracias por el requiebro… de ser así, como dices, supongo que confiando en mi inconsciente, en todo momento. No sé pensar, en el sentido de que no hago fichas, ni cuando escribo un reportaje ni para una novela, mucho menos para un poema. Tampoco esbozos, ni esquemas, ni borradores. Hay una antorcha que se enciende de pronto en algún lado de mi cabeza y que me habla. Yo transcribo. Ex caelis oblato. Un regalo del cielo. De alguna manera. Pero el poema es la vida misma, es allí donde uno (yo, en este caso) se juega.

-Las mujeres siempre protagonistas, fuertes, decididas, proteicas, sensibles… como en la vida misma, con sus negros y sus blancos.

Las amo, qué le voy a hacer… también porque son frágiles, y están llenas de ternura y sensualidad.

-En El peso de una sombra, novela de 2010, la memoria juega un papel fundamental: ¿es lo que nos queda cuando todo arde, la memoria y el recuerdo?

«Cuando nuestra riqueza sea solo la memoria…», canta Fernando Márquez, el Zurdo, en la canción de La Mode ‘En cualquier fiesta’, un antídoto musical para prevenir la soberbia y egolatría, por cierto. La memoria, sí, nuestro único patrimonio inalienable porque, como dice el poema de Gottfried Benn, «En esta casa no se puede entrar/ en esta casa hay que haber nacido».

-Entre ambas novelas también sobresale el uso de la música como parte de las descripciones, del ambiente y de la constitución de los personajes: el jazz, las grandes señoras de voz negra y deje reconocible, la copla nuestra: el amor, en general, por la canción, el sonido, la otra realidad que significa la música.

Ay, es que soy muy coplera…Es algo que tengo pendiente, escribir un acercamiento a la copla… hay tantísimas imágenes bellas en sus textos… “que se me paren los pulsos si te dejo de querer”, “y así, mirando y mirando, así empezó mi ceguera”, “miente más que parpadea”, “con carbones encendidos, que le quemen esa boca”, “por mi salud yo te juro que eres para mí lo primero, y me duele hasta la sangre de lo mucho que te quiero…” Qué intensidad… qué bien lo dijo Carlos Cano, «se llama copla y cabe dentro la vida». Y la música, así, en general, creo que no sabría, ni podría ni querría vivir sin ella. Como toda belleza, la música hace que la vida merezca la alegría de ser vivida.

-Las relaciones familiares difíciles también aparecen en esta novela: como cuando señalas, nombras y escribes sobre el mundo femenino ¿es una manera de visibilizar ciertos elementos sociales que damos por hecho y que en cambio son más complicados?

No descubro nada si digo que todo es mucho más sencillo y complejo de lo que parece. Seis años de psicoanálisis me han enseñado a escuchar lo que no se dice y a ver lo que no se muestra.

-En 2011, publicas Sesión continua, una divertida historia de personas que hablan y hablan con una profesional de la mente para que les ayude a superar traumas referentes a la homosexualidad, a ver si superan ese “lío” personal y social que su cabeza no es capaz de desenredar por sí sola: aparte de los disparates que pones en boca de algunos personajes, con los que nos reímos mucho, ¿lo más importante son las metamorfosis de los pacientes?

Una de las cosas más importantes, de eso habla esta novela, es el humor. El humor nos coloca allí donde las cosas son (o pueden ser) de una manera muy distinta a como las pensamos. El humor resta gravedad y dignifica derrotas. El humor, etimológicamente, nos abrocha a la tierra. Creo que Sesión continua, junto con La vida, contigo, son los textos narrativos en los que más me reconozco, siendo casi antitéticos. Y sí, se trata de cambiar aquello que nos aleja de nosotros mismos, de cambiar aquello que nos mantiene en el engaño. El cambio lo produce el asombro. Después, uno sonríe. «Ah, era esto», piensa…

-En Una vista inesperada, nouvelle de tema y ambientación griegos, míticos, aparece más acusadamente el tejido de la novela, el texto como tapiz con esa imagen tan hermosa de tejer con hilo púrpura: ¿son importantes los clásicos en nuestra formación lectora? ¿La metaliteratura es una manera de advertir la belleza, la importancia de la disciplina literaria?

Además de esto que dices, que ilumina la belleza, en lo que concuerdo, la metaliteratura nos recuerda que antes de nosotros estuvo Cervantes, y Quevedo, y Unamuno, y Machado, y Gerardo Diego, y Cirlot, y Bachelard… nos ayuda a no perder la cabeza. Y a ser agradecidos. A eso también nos enseña la metaliteratura, al tiempo que es un reflejo del modo en que en el universo queda interrelacionado, en un inmenso rizoma, en el que todo se habla y se contesta.

-No me resisto a reconocer lo sutil, la hermosura, la alegría y la elegancia en las escenas amatorias de cualquier libro tuyo, como si el erotismo fuera tan sagrado que fuera un deber ser tierna y salvaje, feliz y heroica al describirlo literariamente.

Ay, que me sacas los colores… pues sí, soy una rijosa, qué le vamos a hacer… el cristianismo me enseñó que el cuerpo es templo, y que si dios, el dios al que venero, se hizo cuerpo, hombre, el mundo entero alberga constantemente la posibilidad del encuentro con lo sagrado. Dicho esto, ¿qué sería el amor sin el erotismo, sin la fuerza enloquecida, desquiciada, desaforada del sexo?

Espectacular ilustración de Luis Ortega para La vida, contigo

-¿Te parece que hablemos algo sobre tu poesía? Qué libros tan bien construidos: ¿te resulta natural cambiar de género?

Con humildad te digo que me parece que, en la medida en la que eso es posible, mi «género», mi «modo de estar en el mundo» es la poesía. Todo el tiempo. Hay una voluntad poética y un instinto poético en todo aquello que hago. Un peso de lo inútil como brújula, y un paso que busca constantemente el otro lado, habitar el naufragio, escuchar las ruinas, cantar el salmo.

-En 2005, Juan Pastor, en la Editorial Devenir publica De este ungido modo con prólogo de José Jiménez Lozano… Vaya bienvenida.

Jiménez Lozano me fascinaba por sus escritos sobre Simone Weil, especialmente analíticos con el aspecto político de la filósofa judía. Gracias a él conocí el modo en que Weil hace de la clase obrera el epicentro de su palabra y de su acción. Y la vida, como siempre, me regaló la oportunidad. Cuando le dieron el Cervantes, me mandaron a entrevistarle, a Valladolid. Y fue una no-entrevista muy atribulada, dificilísima, en la que al final terminamos hablando de poesía (en concreto de Szymborska). Antes de regresar a Madrid, me pidió que le enviara aquel manuscrito; lo hice, y él me contestó escribiéndome ¡el prólogo!

-…y el epílogo bellísimo también de Ubach Medina.

Ah, Antonio. Un fantástico profesor de los que te hace amar la lectura, los libros. ¡Y que, además, te hace reír! Fue de las mejores cosas que me deparó la universidad, conocerle.

-Este libro pertenece a un yo lírico que, desconcertado, atraviesa la realidad y se pierde pero mantiene un hálito de esperanza siempre.

El hombre es un ser esperanzado, de esto escribió mucho (y de un modo bellísimo) Laín Entralgo. Y como soy una mujer de fe, custodio lo que queda de esa tinaja ovalada que abrió Pandora.

-Esos dioses inactivos, contempladores que aparecen en estas páginas… ¿tienen algo que ver con nuestros deseos, nuestras frustraciones?

Me intriga el hecho de que siendo monoteísta los dioses que aparecen en mis poemas y en mi prosa tienden a ser ramillete… una vez, hablando con un filósofo marxista que admiro mucho, Jacobo Muñoz, me comentó: «qué suerte la suya que puede creer en la divina providencia al tiempo que en el libre albedrío sin que entren en colisión». Pues eso mismo.

-Años después, en 2011, repites con la editorial y aparece Penumbra, un libro de luz y oscuridad, con un rigor léxico tremendo y un despliegue de recursos bellísimos: ¿qué supuso este libro en tu carrera literaria?

Ja, ja, ja, ¡madre mía, «carrera literaria», qué grande me viene la expresión…! en cualquier caso, Penumbra supuso una manera distinta de decir la palabra. Más sencilla, menos maniquea, más libre, mucho más frágil.

-Aparecen la maravilla y lo terrible del mundo: ¿necesitabas nombrar esa doble conciencia que nos habita, la lucha eterna entre la realidad y el deseo como ya escribiera Cernuda?

Los antropólogos hablan de la tendencia de la mente humana a entenderse con esferas binarias de significado, y aunque ahora se habla mucho de que hay que quebrar lo binario me parece que a estas alturas aún no hemos asimilado que todos, en grado distintos, somos una cosa y su contraria. Sí, la realidad y el deseo, el ser y el deber ser kantiano. Las obras y los amores.  

-¿Qué poetas te emocionan?

Juan de la Cruz, María Negroni, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, Lurdes Martínez, Vicente Huidobro, Rafael Soler, Javier Lostalé, Julio Monteverde, Alejandra Pizarnik, Javier Gálvez, Francisco Javier Guerrero, Ina Olvera, Noelia Illán, Olga Orozco, Leticia Vera, Pedro Salinas, Ulalume González de León, Juarroz…

-¿En qué andas metida ahora? Veo tus entrevistas en Youtube, no dejas de escribir: ¿algún poemario a punto, alguna novela en desarrollo?

Estoy muy contenta porque hay tres proyectos hermosísimos para este año, uno, la plaquette Visto así, con la poeta Lurdes Martínez, a quien tanto admiro; el poemario Historia de la lluvia, que editará Chamán, escrito en prosa poética, que creo es lo mejor que he escrito, un prontuario de hallazgos y fulgores, y un sorprendente ensayo sobre amazonas, que aparecerá en Wunderkammer, bajo la advocación de Elisabet Riera, después de verano.

-¿Algún deseo para este año 2021, o “Virgencita, Virgencita que me quede como estoy…”?

Hay una canción de Ángela Muro que dice «Ay, Virgencita bonita (…) yo no te pido nada más que su boca cerquita, arrullando de amor…», pues algo así. Que no me falte nunca el espliego de los días. Eso pido.

 -Quería agradecerte tu magnífica disposición hacia este intento de entrevista: después de leer tus libros y escucharte, sé que es de principiante, pero aun así quería extraer parte de todo lo que sabes sobre la escritura y la lectura: es siempre un privilegio contar contigo, querida Esther.

Juan… has sido tremendamente generoso conmigo desde el primer momento que nos conocimos… y parece mentira, con lo poco que nos hemos visto, lo cerquita que hemos ido estando a través de los años… qué ganas de abrazarte hasta que se ponga el sol… ¡y de brindar con un buen brandy!

Entrevista a Esther Peñas

Objetos frágiles, Inés Mendoza

Inés Mendoza, Objetos frágiles, Páginas de espuma, 2017.

No es la primera vez que se cruza en mi camino lector Inés Mendoza: su elegancia y saber contar ya las disfruté en un ensayo sobre Mary Shelley y su criatura hace un tiempo. Esta vez, invención sobre invención, Mendoza compone un libro bellísimo, pleno de imágenes, narrativa y ternura.

Algo de surrealista tiene la estructura del libro, donde encontramos relatos y algún micro, que serán piezas líricas, engarzadas en esa imaginación libre de la autora, permitiendo que el sueño alcance la realidad y que la realidad se mire con ojos entrecerrados, como sospechando que la mullida colocación de esos adjetivos permitirán que crucemos el puente de sustantivos que nos llevarán finalmente a vivir plenamente un final de cuento memorable.

Así, las partes, tituladas Ritual de las manos, Guantes amarillos y El impuro cabello, la tormenta nos permitirán conocer algunos personajes que pasean por la cabeza de la autora, colocados en situaciones de reflexión y sexualidad compartida, vivencias todas acompañadas por un exquisito gusto que se traduce en el cuidado, el mimo con los que Mendoza acaricia cada parte del texto: desde el lenguaje a los diálogos, desde las descripciones al conjunto del relato, asistimos a una liturgia de la cuentística que confiere a quien esto lee la tranquilidad de saberse en buenas manos, manos de trabajadora de la palabra, con oficio, perspicacia e imaginativas soluciones narrativas a problemas como el tiempo, el espacio o la resolución de conflictos.

Desde el primer cuento, como los buenos libros, ‘Nostalgia del velero’ nos advierte de que una nave cargada de sueños, de memoria, de personas que ya desaparecieron en otros sueños, negativas a participar en la vida por voluntad propia, cruza tranquilamente, líricas páginas que gracias a acciones sutiles, disparatadas a veces de los personajes, colocan a la historia en una cómoda posición de sorpresa epifánica para quien se atreva a acompañar a Mendoza en una suerte de catálogo de pérdidas y posibles encuentros.

Las invasiones: caos, sueño, la otra.

De la belleza a la destrucción, del terror a la alegría, Inés Mendoza construye un libro hermoso donde la pérdida de todo se acompaña del mejor lenguaje posible; un libro de apariencia frágil, como su título, que comprendemos de una fuerza arrolladora precisamente por la libertad que nos otorga para desentrañar esos misterios que la autora propone, acompañando a despistados personajes luminosos que necesitan tanta compañía como nosotros los lectores, y que mediante ciertos elementos que aparecen y desaparecen, que se recuerdan aquí y allá, ciertas melodías que nos reconfortan cuando todo parece extraviado en la mente o el pasado, llegan a ser fundamentales en la narrativa que reconocemos como familiar, cercana, a pesar de llevarnos viajando tan lejos, a playas tan distantes, a parajes tan coloridos y doloridos y atractivos y espectaculares.

Porque esos ‘Objetos frágiles’, que pueden romperse si se manipulan sin cuidado, somos nosotros, nosotras, nuestras manos, nuestra mirada, nuestro lenguaje, el otro, la otra: el mundo.

Objetos frágiles, Inés Mendoza

Fiambres, de Mary Roach

Mary Roach, Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres, Biblioteca Maledicta, 2007.

Desde el título, este fascinante libro hace honor a su título.

Como fascinante es el punto de vista de la escritora.

Alex Gibert, el traductor de la obra, imagino que se lo pasaría en grande, porque es una obra la de Mary Roach, divertida, amena e impredecible. No escatima en contar lo que no queremos oír pero es uno de esos libros que, sabiendo el final, sabiendo las consecuencias de lo que cuenta la autora, el cómo lo cuenta se impone y nos asalta, nos hace sonreír, reflexionar y sentir.

Aunque el tema de la muerte es siempre interesante y llamativo, cómo se tocan los diferentes y numerosos aspectos es delicado: Roach, cuya documentación es impresionante, la investigación de campo, las entrevistas y charlas que ha mantenido, el acto de reflexión y análisis realizado y la propia escritura y corrección del manuscrito, le ha llevado a publicar un libro curioso e imprescindible al menos para quine escribe estas líneas: cuando atenaza la muerte, la idea irracional de nuestro final, nada mejor que recordar con unos divertidos párrafos de Roach sobre el proceso de documentación del libro, por ejemplo, en la biblioteca de Medicina de la Universidad deCalifornia, en San Francisco.

El joven bibliotecario que me atendía se detuvo a consultar los libros que ya tenía en mi cuenta: Principios y procedimientos de embalsamamiento, La química de la muerte, Heridas de bala[…] No me dijo nada, pero tampoco hizo falta. Bastó con su mirada. A menudo, cuando pedía prestado algún libro de la biblioteca, temía que los bibliotecarios empezaran a hacerme preguntas: ¿Para qué quieres este libro? ¿Qué andas tramando? ¿Qué clase de persona eres?

No se ríe de los muertos, consigue que nos riamos de la muerte. Por eso pienso que es un libro necesario: conoceremos las emociones de una autora que, en mi opinión, sufre, se emociona y tiene la necesidad de contagiarnos una tranquilidad sobre el tema difícil de lograr a través del humor. Uno de los rasgos que caracterizan el discurso de Roach es el respeto por los muertos. Otra cosa es cómo contar los diferentes elementos que quiere conjugar y que consigue enlazar para construir un puzle realmente impresionante.

Encontraremos crímenes, accidentes, batallas. Experimentos, descripciones macabras, ternura, canibalismo, cremaciones. Y lo que es más importante: ¿qué hará con sus restos la autora cuando muera? La sonrisa aparece cuando se introduce en el discurso, desde una posición risible, la propia escritora: mujer viva que en un futuro sabe que será criatura muerta, corrupta… o no: la donación de órganos existe y aparece también, así como los estudios que se realizan en el campo forense.

Una de las escenas que más me llamaron la atención fue un campo de cuerpos que parecía estar tomando al sol, en una de las universidades dedicadas a estudiar el fenómeno de la muerte: los cuerpos al sol se corrompían mientras el tiempo pasaba y los investigadores iban tomando notas sobre el proceso. Aprender de la muerte ayuda a combatirla, o al menos, a saber más de ella, sus puntos flacos, si los tiene, las características, los hallazgos médicos.

Aparecerán prolapsos, placentas y necrofilia: Knoxville, la India y la China. Irresistible.

Apocalípticos, síncopes andantes, víctimas de la hipocondría… este es vuestro libro. La risa -lo siento, venerable Jorge- nos hace libres. Al menos eso dicen los impulsos nerviosos que nos llegan cuando leemos este libro.

Fiambres, de Mary Roach

La peste escarlata, Jack London

Jack London, La peste escarlata, Libros del Rorro Rojo, 2012

A Scafati lo descubrí en esta misma editorial, con la Narración de Arthur Gordon Pyn de Poe. Maravillado por el arte del argentino descubrí que ha ilustrado a Orwell, Stevenson, Bradbury, Melville, Piglia… la lista es enorme, de calidad y Zorro Rojo tiene gran parte de la obra publicada en su catálogo.

Jack London, del que algunos dicen que tampoco es tan buen escritor, entretiene y pone sobre la mesa una de las preocupaciones que últimamente, con la realidad y la ciencia-ficción de la mano -digamos que una imagen vale más que mil palabras: recordemos a Trump diciendo tras haberse contagiado que “ha aprendido mucho del virus” (será de lo único que extrajo sabiduría)-: qué pasaría si asolara el mundo un plaga.

Detalle de capitular ilustrada

La narración de London junto a las ilustraciones de Scafati, hacen del libro un bellísimo objeto: la historia atrapa, las ilustraciones seducen: la lectura se convierte en nuevo placer, como ya sabemos. El rojo, el negro, lo amarillo y ocres, juegan un papel fundamental: el apocalipsis vestirá esos colores, la dama de negro, la sangre y el fuego colaboran activamente en nuestro séquito de neuronas enfocadas hacia el fin del mundo y el orgullo del hombre se impone: encontramos a Eva y la culpa, el papel de la mujer inactivo por el hombre, la vanidad materialista, el egoísmo que nos lleva a situaciones evitables… un mundo en poco menos de cien páginas que convierten esta novela corta, al menos para mí, en una de esas obras a la que volveré para repasar cómo se denigra a las personas a la vez que el lenguaje resulta herido.

Porque 2073 no resulta tan diferente, tan lejano: la juventud es cruel, no quiere la vejez y corrompe la lengua. Los viejos serán quienes hablen correcta y concretamente; los jóvenes impulsan su desasosiego rápido, malhablando, generalizando actuaciones. Cuando el viejo está intentando informar a los jóvenes, se contagia de su impureza lingüística, como si el virus inocularar malas lenguas en su corazón, y, milagro: cuando vuelve a su soledad, la lengua se limpia a sí misma, y es muy interesante agrupar soledad y pureza en la lengua como si limpiar incorrecciones necesitara de un ser solitario. Igual resulta en la literatura: cuántas veces quienes escribe se contagian de esa facilidad por servir al resto. Cuánta limpieza es necesaria para poder contar matices, colores, esquinas, detalles como el mechón de pelo que le cae a esa persona que nos fascina mirar de reojo.

Son muy interesantes las ilustraciones de las personas, los escorzos, las telas

Otro de los temas que toca London de manera elegante, entre descripciones imposibles de un mundo derruido, es la identidad: antes, se era alguien, ahora se han perdido referencias, no somos nada en una plaga más que un cuerpo que puede corromperse con la acción carnívora de la muerte.

Quiero destacar los soliloquios del viejo: son los que enmarcan, dentro del silencio, tan ignorante de algún personaje como interesado de otro, engloban y revisten de literatura los ambientes, las descripciones y la historia que poco a poco vamos conociendo, el pasado, la esperanza o no de un futuro mejor, el desastre total.

Encontramos tribus, crítica a la sobreabundancia que tuvimos antaño, la vida misma: así, en plena decadencia, decíamos que el lenguaje -viva el mal, viva el capital- se adapta a los tiempos, muta, se fracciona, rompe, tensa… dando lugar al mejor virus que poseemos, ya que la lengua se rebaja si es necesario para ser entendida: si Shakespeare dota a la lengua inglesa de todos los recursos retóricos para ser una de las mejores, en un momento dado, despojaremos el armazón de la misma para poder dar órdenes, entender las que nos son dadas, encomendarnos a la caza que será lo que nos mantenga en pie.

Si la lectura puede salvarnos, el eterno retorno habrá de ser conocido: el esclavismo, la avricia y el rigor de la muerte.

Desde luego que hay mejores escritores que London. Y mucho peores también.

La solvencia de esta historia, cuya estructura está condenada a ser repetida por su efectividad -y ya ha sido (re-)hecha hasta la saciedad posteriormente, es indiscutible: alguien cuenta qué paso a quienes hoy siguen vivos. No inventa el flashback London, pero sí lo utiliza bien.

Viendo hace unos días, por enésima vez Guerra Mundial Z, virus y muertos, me fascinó de nuevo la gigantesca metáfora del peligro de la religión que encierra la película en la escena donde Brad Pitt -el salvador (lo escribo sin cachondeo) -llega a Israel -¡!- rodeada de muros, a salvo de la epidemia, y comienzan a dar gracias a Dios miles de personas, cantando, gritando y desastre y cierre y fin de fiestas y fundido en negro: por favor vayan saliendo de la tierra para volver a ella, si es que alguien no ha vuelto ya con esa mala cara que arrastran los pobreticos Lázaros que, por cierto, en esta película corren que se las pelan: y en el derbi de hoy… 14 días después 1- George A. Romero 0 (“muy igualado, Matías, muy igualado hasta que la velocidad se impuso y…”).

Y todo esto para animar a leer a London, como si hiciera falta. En fin.

A doble página y protagonista que se mantiene en pie, como puede
La peste escarlata, Jack London

Rubén Martín, Nihiloma

Rubén Martín, Nihiloma, Ediciones Liliputienses, 2020

(Notas inacabadas sobre)

…sorpresas, desvaríos, valentía

Hay a quien, en esto de escribir poesía, le sale bien lo de ser absolutamente moderno: la despreocupación por las rachas del momento, los miramientos de la crítica, el aplauso de la mayoría.

…no sé quién soy

Rubén Martín es un poeta -entre otras cosas- que apuesta sin concesiones por lo que cree que es el discurso poético: la información mostrada se cuestiona a sí misma, se desmorona, se destruye mutándose a sí misma. Esto es lo más interesante de su escritura. Después, podremos estar de acuerdo en el interés, las estructuras y las herramientas que se utilizan para lograr el fin, que imagino que no es otro que comunicar a quien se acerque al libro que a veces, lo que el poeta quiere decir es tan inefable, abarca tanto su voz, que no queda más remedio que dar opciones, alternancias, metamorfosis en l alengua que, lógicamente, afectan a la estructura de los textos, creciendo ese interés en afán de lo que una página puede ofrecernos. Y esas herramientas, la destrucción del orden, el caos generado por la irrupción de secuencias de arte, cine, literatura, informática, lenguajes ajenos al texto, el blanco y el negro de la hoja… un pequeño mundo creado aparentemente de la nada, pero que llama la atención si conocemos algo la poética de este escritor.

…las prisiones, los asedios

El terror forma parte de nuestra vida: no es un libro este sobre el terror, sino que está hecho de terror. Del terror a no saber nombrar la realidad otra que nos invade cuando utilizamos el pensamiento. Cuando observamos el mundo. Cuando el otro nos acecha. De ahí, la expresión confiscada por algo que no importa demasiado, las imperfecciones del gentío oscuro, la desazón de enfrentarnos a nosotros mismos. Veo la otredad más fácilmente al leer a Rubén Martín. Contemplo, con malestar, con cierta inquietud, lo que nos espera. No sabría nombrarlo por cómo lo expresa el poeta, no sabría apenas esbozar unas formas: es la consecución de mirar hacia dentro, el viaje cumplido, el vacío personal.

…quizá los desastres

Quizá los desastres sean lo único que mantiene unida una boca a otra boca: tanto los personales como los colectivos, desastres y el fin del mundo, de una época, de un lenguaje. Quizá el mayor desastre en NIhiloma sea el no dicho, como todo lo que está en la buena literatura, lo que genera el texto en las páginas donde se incrustan esas polillas-mariposas, metamorfoseadas en versos que dicen más de lo que se lee.

…lo maculado

La mancha, la marca, el sucio negror sobre lo inmarcesible. Las letras empiezan a tomar apariencia de otras, comienzan a sentir el peso del uso, de ahí otras letras, de ahí el lenguaje marcado, desecho, ensuciado, alterado. Palabras de palabras en palabras: sin sentido del sinsentido. Todo el infierno que generamos en forma de información. ¿Puede el poeta seleccionar? Puede traducir el sinsentido, quizá: quizá el terror al desastre sea la mudez de quienes trabajan el lenguaje más expresivo, quienes manipulan hasta manchar el sentido que los antiguos preferían darle a la poesía.

…máscaras y elipsis

No sabemos demasiado de nosotros mismos, de nosotras mismas. No sabemos demasiado de nada: esa es la impresión que se posa tras la lectura de este libro. No aminora la sensación de dejadez tras la relectura. El poeta nos ofrece acompañarlo y contemplar la máscara que dice que es nadie quien habla: es un viaje hacia la nada lo que nos propone de manera que las elipsis forman unos abismos que funcionan a la perfección en esa poética expresiva que ofrece el escritor en el libro, en l ahoja, con un lenguaje vendido, inasible e inservible.

identidades

Quién es quien escribe. Quién es yo. De la valentía al sucedáneo del dolor de no ser. Persona. Pessoa. Máscaras. Inconclusos proyectos de personas, malformaciones, lenguajes disueltos en rostros que no llegarán a ser.

Para qué sirve interpretar si no se lee. Para qué escribir si no se lee. Para que nada si no se lee.

…elementos para la destrucción (/construcción de nuevas interpretaciones (no) válidas sobre la (re) interpretación de Nihiloma)

Lobos, polillas, laberintos – MacBeth, Guy Debord, YouTube – Miedo, poesía, lectura.

Traducción, lengua (s), bug – Penélope, tejer: acorralar.

3:58 a.m. Estamos lejos de discernir las consecuencias…

Rubén Martín, Nihiloma