La suave piel de la anaconda de Raúl Ariza

Raúl Ariza, La suave piel de la anaconda, Talentura, 2012

Lo que sucede en cualquier momento y cualquier lugar, a cualquiera: sobre esto escribe Ariza. Los temas, comprometidos, sociales, el hecho de estar contándolos…

Lo más llamativo es el escalpelo estilístico que maneja entre sus manos de doctor en literatura: las operaciones son capitales y Ariza lo sabe, lo lee, lo escribe.

Uno de los maestros del relato, Ángel Olgoso, dice en su prólogo que sus relatos poseen una complicidad extrema y lograr algo así (tanto que Olgoso escriba un prólogo para un libro como que hable maravillas de la obra) ya es un gran avance: si el gran cuentista repara, acoge y apoya la obra de alguien, es un añadido para guiar a quien se quiera acercar a esta piel, a esta anaconda, a este Ariza.

Ariza hay varios, pero su estilo, como también se ha escrito y dicho (Mariano Zurdo, editor de Talentura, habla del estilo Ariza), es muy reconocible. Tomar un cuento de Raúl Ariza es contemplar el abismo de lo que somos, de lo que no queremos ser y además, con esa retórica que no entona cantos, con una precisión brutal y un desgarro muy profundo y personal.

Escribo pensando en que la aparente sencillez con la que el escritor comunica, provoca una envidia y un miedo, que dejan paso a lo que comentaba Olgoso y ya anunciamos antes: más complicidad imposible cuando a veces, retiramos la vista, releemos algunos textos o pensamos (que también por ahí comentan): “no puede estar pasando esto, edulcóramelo o algo”.

Pero para qué: la sintonía es siempre aparecer y quedarse fugazmente, así se escriben lo mejores cuentos, los que hacen pensar y volver sobre ellos.

Hay muchos tipos de cuentos, ya lo sabemos: tanto como artistas de la palabra, porque siempre puede mutar en algo que roce estilo, personajes, trama, autorreferencias… Puede gustar más o menos el tema, lo que está claro es que Ariza nos conduce hacia donde quiere sin titubeos y Carmen Puchol aporta una visión en sus ilustraciones que convierten al libro, tras su cuidada edición (Talentura, qué decir más), en un objeto hermoso, práctico y reutilizable: mirar y leer, tocar y sentir. Nada, envidia.

En Ariza encontramos a alguien que narra con soltura historia poco gratas, complicadas, de hipocresías aprehendidas profundas, experto en matizar la violencia machista, el dolor de la otra persona o el sinvivir de gente azotada por querencias nada sanas.

Es uno de los escritores que participa de las preocupaciones que algunos/as seguimos pensando que existen, mientras que otros/as piensan que no son importantes, no son para tanto o directamente son inventos de un grupo radical que compone un lobby cuyos objetivos no son nada claros: tanto para unos, como para otros.

La valentía, quizá extraliteraria, pero en mi opinión, compañía digna de la literatura, es muy potente: contar una vez, y otra, y otra, que nos acompañan lastres desde hace años que quizá leyendo, seguro que educando -la lectura es uno de los elementos de la educación- quizá vayamos aprendiendo a reconocer; dichos lastres son entre otros, el machismo, la envidia, la hipocresía y el pensamiento único.

Raúl Ariza fulmina todos esto: o lo lo intenta al menos, que no es poco con lo que está cayendo estos días de venenos sin serpientes y de poca capacidad de escuchar -ahí viene, ahí se va- cómo la naturaleza literaria admite y acoge con cariño esa piel que da paso al cuerpo nuevo, esa piel que suavemente avisa de que la anaconda, el estilo de Ariza, vino para quedarse entre quienes queremos leer algo más que retóricas ocurrencias, gracietas momentáneas y chistes supuestamente literarios.

Raúl Ariza es novelista y cuentista. Y también escribe un libro que se llama ‘Glóbulos versos’. Ahí es nada.

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La suave piel de la anaconda de Raúl Ariza

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

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La vuelta al día, Hipólito G. Navarro, Madrid, Páginas de espuma, 2016.

Es cierto lo que escriben de Hipólito G. Navarro: es de los mejores relatistas que se puede echar uno a la cara.

Había leído algunos cuentos suyos en antologías y me habían atraído, tanto por la técnica (o técnicas) como por los temas, las variedad de tono, el humor y cómo no, la imaginación y el uso de la memoria.

Este último volumen imprime en el lector, como saben hacer los mejores, los sentimientos de placer y pena: y es que el placer se va reduciendo conforme avanzamos en su lectura pues la pena de acabarlo nos embarga sabiendo que oh, sí, llega el fin cada vez más rápido. Pero gracias a la sabiduría del escritor, llegamos a la conclusión de que tendrá -seguro- una doble lectura.

Los cuentos y microcuentos que componen esta obra están muy logrados y trabajados: el mismo autor nos cuenta en el prólogo de dónde surgen, cuánto le llevó conseguirlos y cómo el editor le animó a darlos a imprenta. Una experiencia lectora de todos los colores: invención, supuesta autobiografía con una primera y terceras personas totalmente controladas, una ambientación verosímil y un puñado de personajes que retozarán cómodos en nuestra cálida memoria.

El último volumen de relatos de Navarro provoca tanto placer al devorarlo con fruición lectora, como pena al ir leyendo las últimas piezas y saber que hasta cuándo y por qué y cuánto falta para que llegue el siguiente libro de Hipólito G. Navarro y…

Un cuentista ya consolidado no necesita elogios gratuitos así que me conformaré con animar a la lectura del libro proporcionando unos cuantos ejemplos del buen hacer literario del onubense por si algún lector quiere leerlos: aunque mejor haría lo propio con el libro de Navarro.

Antes del que me mencionaré a continuación, hay varios relatos que por sí solos ya merecen la pena: pero en el conjunto hay uno, Los artistas cautivos, en el que podemos encontrar una técnica y un compendio de opiniones sobre el arte y la literatura que junto con la trama nunca olvidada, pueden hacernos disfrutar bastante. Quizá esa tercera parte sea la que más me ha llegado, además del último cuento “La poda y la tala de los árboles frutales” y el emotivo y precioso juego doble de “Tantas veces huérfano” y “Rifa” que me ha prendido en el corazón, emocionándome ambos -por lo que ya sabrá el lector cuando los aborde- como pocos relatos.

Qué gran verdad esa de los relatistas de que la síntesis y la elipsis son dos armas fundamentales, herramientas preciosas en la construcción de tramas e historias. Diría que este libro es un ejemplo de lo que todo buen cuentista ha de hacer, pero no creo que nadie pueda copiar a Navarro, como nadie puede imitar a Fresán o Vila-Matas o cualquier otro reputado escritor de ficciones más o menos cortas de hoy, ni de ayer. Se pueden copiar pero nunca, ya sabemos, será el mismo aroma de la copia que el que desprende el original.

Es muy atractiva la propuesta de Navarro, la verdad. El uso continuado de la memoria, los recuerdos que se entreveran con el presente -como el jamón de su tierra, Jabugo, Cortegana, Aroche… y toda la zona de los pueblos serranos de Aracena hasta Rosal, y de ahí el salto luso, con su geografía tan esplendente y su verde tan rotundamente esmeralda- y adquieren tonalidades melancólicas unas vetas mientras que otras se defienden de la tristeza del paso del tiempo con una alegría arrebatadora, enarbolando la bandera de un buen humor que se siente sincero y una ironía que trata de remedar los malos tragos infantiles o la desazón de la adolescencia y sus puñales amorosos.

El humor le lleva a escribir a Navarro, sobre la castidad de una monja de avanzada edad: ‘de las ansias por romper una doncellez digamos ya gran reserva por aquel entonces’ o la crítica sutil a la España de entonces cuando relata:

‘…a un tipo desgraciado le han robado un vehículo movido por tracción animal, un carro…’

… o en otro cuento dice que hay ‘un profesor nuevo que luce un bigote en la nuca de una cabeza bien brillante’.

Para terminar, no olvidaré el placer estético que sin duda provoca la cuarta parte del libro: el teatro -antes la música tiene otro cuento exquisito- y la observación como metáfora del ascenso y descenso vital, social… y el sexo, la pintura y la invención, como parte integrante de las ansias de vivir y perdurar que, al fin y al cabo, sea a través de los hijos o la literatura o el arte, o sin más, la memoria, es de lo que se trata.

Este libro, La vuelta al día, en el que los delicados y elegantes homenajes a los maestros que Navarro, como Borges -‘exhausta galería’- o Cortázar -desde el título- respeta y admira, es un libro memorable. Y por eso hay que leerlo, recomendarlo y hacerlo llegar por ahí, a los lectores y lectoras que quedan, que alguno habrá.

¡Lean, pues, malditos y malditas, lean a Hipólito G. Navarro!

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil

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Nada sabe tan bien como la boca del verano,

Guillermo Busutil,

Benalmádena, Málaga, e. d. a., 2005.

Llevaba tiempo con ganas de conocer los cuentos de Busutil, granadino que nace en 1961 y según creo que vive y trabaja en Málaga, como periodista y escritor.

El libro es una pequeña joya literaria y deja un sabor de boca magnífico, como esos veranos que recrean el autor en boca de diferentes narradores, de diferencias palpables los unos con los otros pero medidos todos con la balanza de la belleza.

Desde lugares inolvidables a trabajos que van más allá del esfuerzo, tratando de que la pasión devore la impostura social, el amor a las sandeces morales y el reconocimiento de la diferencia acabe de una vez por todas con ciertos pensamientos únicos.

Acostumbrado a leer -en mayor cantidad- cuentos cuyo final sorprenden, deslumbran y la transformación de personajes o situaciones -o ambos- trastoque la expectativa personal lectora, Busutil utiliza el recurso de la sutileza, de una fina ironía y elegancia que deja pasmado pero sin alharacas, como si después de la marea que soportamos durante el cuento, la resaca no terminara de llegar: y ahí está la tarea de la resaca, el objetivo de tragarnos poco a poco. Inolvidables cuentos, ya digo.

Pandora es una maravilla: el amor, las clases sociales, la memoria, el esfuerzo… todo concentrado en el último relato del libro, que es un pórtico de salida del volumen, literariamente hablando, espectacular y cómo no, una inteligente invitación a seguir leyendo a este autor, a buscar sus otros libros, a devorar sus obras varias. Iguana o Punta de mujeres harán disfrutar a los lectores de manera inequívoca.

De La piel de O´Hara:

Diez años después de aquella mañana, en la que ella desapareció entre los árboles y sin escuchar mi voz llamándola, entre el ardiente canto de las cigarras y las campanas del manantial, todavía me recuerdo tumbado y boquiabierto sobre la hierba, pensando que el verano era una fruta que se abre, se huele y se derrama.

Sebastián Juve, Ezra, Génova Strani, Isabella Martel, Hacke, Coraline… nombres de personajes que llaman la atención: lo especial del nombre acompaña las peripecias que viven y desde el principio sentimos cercanía por la extrañeza del nombre, o al menos, esa fue mi experiencia: lejos de sentirlos raros, los viví cerca de mi gozosa lectura.

Las preocupaciones existenciales, amorosas y personales son descritas con agilidad, decisión y desparpajo literario: los compromisos que adquieren los personajes consigo mismos, en frecuentes ocasiones los desestabilizan de su destino, intentando llegar al nuevo no inermes pero sí en pie.

Un buen libro, sin duda.

Lean a Busutil, disfruten del verano de su libro y ya me contarán.

O no. Qué importa. Lean a este escritor y punto.

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Indice

Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil

Los demonios del lugar, Ángel Olgoso

De cualquier modo, basta con hurgar un poco para comprender que el horror es la esencia de la vida (todo nacimiento implica primero la muerte y luego el olvido), sobre todo en esta época de recrudecimiento de la vileza humana por parte de una minoría codiciosa, insaciable y criminal carente, además, de sentido común, empatía y de compasión.

 Tomo de La orilla de las letras, las palabras de Olgoso sobre por qué le atrae el misterio, lo oscuro y las atmósferas extrañadas. Además, cualquier lector de este granadino pude disfrutar bastante del trabajo realizado por Cristina Monteoliva en esta web sobre el escritor.

De La casa del libro

 Leo con auténtica fruición, en dos o tres días -soy muy lento- Los demonios del lugar (Córdoba, ALmuzara, 2007: I Premio Internacional de terror Villa de Maracena) de Ángel Olgoso: 49 ficciones donde la precisión literaria, la concisión lingüística y la belleza cohabitan de manera maravillosa, oscura, simultánea, pavorosa.

  Es imposible dejar el libro: adictivo, pienso. Adictivo por ver cómo acaba Olgoso esas ficciones mínimas, micros, relatos, tres páginas, historias imposibles, finales que son principios y viceversa, sutiles observaciones sobre la naturaleza humana, o peor: libertad a nuestra imaginación.

 Es imposible que el lector se aburra: las tramas se multiplican hasta el infinito en cada libro de relatos, sean de terror -como en este caso- o no. El terror es psicología, las partes internas que no funcionan demasiado bien se bloquean, cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, la nariz -para no respirar agua y blub-, no hablamos, temblamos y escondemos las manos para no tocar páginas que nos recuerden lo patéticos que somos, lo irrisorios que nos ve el autor a algunos que paseamos por el mundo.

 La insistencia en la liberación del lector, en no guiarlo, en tratarlo como adulto.

 La perorata del destino, quebrada por una potente imaginación que nos provoca a pensar, nos invitar a acompañarla y a la vez nos expulsa de nuestros propias certidumbres.

  Muchos de estos relatos -microrrelatos, microficciones- son espeluznantes: casi más por lo que callan e insinúan que por lo que cuentan. Los tenemos de todos los tipos, así que los lectores no se aburrirán: por cierto, no hay repeticiones, sí eterno retorno como tema recurrente en algunas historias, pero de tan buen trazo literario, que nos dejamos llevar y acunar por las garras de algunos personajes que nos descubrirán a nosotros mismos, pensando variantes sobre nuestros límites.

 Lo que más fascina de un autor así, como Olgoso, con tantos relatos escritos, es su capacidad de regeneración, de autoinventarse, de no relajar esa excelencia literaria que queramos o no -y yo como lector, quiero- lo acerca a los clásicos porque podemos rellerlo una y otra vez y la memoria activa esas zonas no aclaradas por desconocimiento o prístinas por reconocer los homenajes que dedica a sus maestros: no en vano lleva treinta años dedicado a esto de contarnos relatos, cuentos, pequeñas ficciones que nos alegran, nos entristecen, nos dan motivos para repensarnos y nunca, nunca, nos dejan indiferentes. Es impresionante, la verdad.

 Un ejemplo de por qué Olgoso: la estructura de “Relámpagos”. Cinco puntos -diferentes historias- que se entrelazan magistralmente y van desde el principio hasta el inicio -¿?- de un relato infinito.

 Otro: “Las manos de Akiburo”. Tradición, respeto, trabajo manual -como el del escritor- y el destino de nuevo, la venganza, el honor. Un relato que lo tiene todo, lo contiene desde un lejano mundo que se convierte en metáfora de las miserias del poder.

 Lo onírico, el tema del doble tan atractivo si se escribe bien, y aquí está ejemplo de buena literatura, de alta literatura con uno de los temas más apasionantes para todos los que disfrutamos de la ficción o el elemento de la sangre.

“El coracero en el bosque ” es antológico: nos devuelve la confianza en los escritores, en la pasión que sienten por contar al lector y que este, acompañe al escritor de la mano que se difumina en el camino de la lectura porque aquel -el escritor- ya es eco de nuestra voz -los lectores.

 Los terrores infantiles, la desesperada inacción de los cadáveres en las tristes guerras, los muertos que ayudan a contarnos lo viles que seguiremos siendo.

 Uno de los cuentos más memorables en mi opinión es “El espanto”: la delicadeza y elegancia, lo bien medido que está el terror dicho y lo sugerente que son los silencios que supone el relato acabado en sí, es terrorífico. Así, terrorífico, de poner los pelos de punta.

 Las enumeraciones; los temas normales extrañados hasta lo obsesivo, lo preocupante, lo médicamente insospechado. Las malformaciones, los sueños recurrentes que superan la memoria onírica ya citada.

 Kafka, el coleccionismo extremo, la belleza sobrenatural, las muertas que hablan con sus hijos.

 Sigo manteniendo que “Gabinete de maravillas” es un cuento de esos que aportan información, una buena historia, unos personajes de preciosista composición y un final rotundo: una joyita literaria del más alto nivel.

 Y -Dios-: los urófagos. Solo por ellos, he de confesar que mi cabeza entendió la fantasía, su libertad, al creador, el joven y a la vez viejo panorama al que nos enfrentamos: mis ojos volvieron a las palabras una y otra vez, releyendo, revisando. Impresionantes y degenerados personajes literarios que no puedo olvidar, supongo que ya, para los restos de mi vida como lector. Agonías difícilmente superables, belleza en el lodo, esperanza en el caos.

 Libro imprescindible en la biblioteca de cualquier lector.

Relatos de Olgoso en la red, por ejemplo, aquí, en Tales of mystery.

Ángel Olgoso
De literaturas.com

Los demonios del lugar, Ángel Olgoso

Carlos de la Fé y su Maldito vicio (II)

(material gráfico de anroarts y spaniards)

Había temas sobre los que se resistía a escribir.

…y aquí los detalles sórdidos.

Nunca me atreví, como de la Fé.

Sabes lo que fatiga matar a un dios cualquiera. 

Nunca me replanteé la fe, o la Fé como oigo que algunos dicen, vaya usted… pero sigo recordando las comuniones y los dejes de mis amigos al tomarlas. Las comuniones me refiero. No sé. Tanto en tan poco… A veces me entran los miedos, el miedo y el miedo al miedo, que ya son plural, ya sabéis -les digo- y me acompaña la literatura, no porque esté el material ofrecido a cambio de nada, no.

O a lo mejor -a lo peor- es que sí.

De pronto, se me ocurrió un micro: ya está, pensé, pensó, ya. Y además… se lo dedico a un teólogo, poeta y teólogo: este será por el que me recuerden, algo más, algo menos. De usar la palabra fin, la expresión punto y final, la estraza de la lija, el sin del con o la
melaza de la limadura de la sensacional lectura de los demás, -que a ratos (¡arratos y arratas!, cuentan que chillaba mi abuelo borracho por las callejuelas del barrio) me importa bien poco- y hablamos luego. El micro, el micro es este, fue este y será este:

 Nunca sospechó que su amor por las lenguas muertas fuera tan grande como para llevarlo a prisión. Pero cuando lo seleccionaron para aquel puesto en la morgue municipal y la vio tumbada, tan pálida, tan quieta, casi triste y con la boca entreabierta no pudo más que besarla y decir Amén.

 p.100 del pdf, corregir y buscar entrañables razones para borrar (hoy se puede tachar y esas cosas modernas antes de darlo a imprenta para que salga tachado en el libro, qué cosas), y decir algo del escritor que escribe y el lector que lee, algo más que la palabra principio, la palabra fin, la expresión punto y final: decirle al lector, hablarle sin miedo: ei, tú, esto es una convención, y además controlo los recursos, las técnicas, los puntos de vista y la teoría que me pudieran achacar los llamados cuentistas, teóricos y ornitorrincos de Reig (a los neoclásicos, me refiero): decir, por ejemplo: Yo solo soy un escritor y tú, indefectiblemente, serás esto o lo otro o cualquier cosa decente.  No sé, algo.

 De todas maneras, si en este preciso instante que está hecho de tiempo, de personajes, tiempo y un escritor que escribe una glosa de quien ya glosó su propia obra -qué es un escritor sino alguien que recoge y pone por escrito lo que tantas -demasiadas- veces ha vivido sin contarlo hasta que se decide un día, y ah, oh, sí, orgasmo- cuando la memoria funcionaba, es decir, la infancia y esa horrorosa manía (tic) de sugerir que ya conoce el cuento porque “amigo, yo me sé tu vida” y entonces se descubren como personaje (tac) y ya no se gustan y no te conocen entonces y recién salidos de tu pluma no quien ni pluma ni cuentos ni conocerte más, ni contarte la última mentira que en su familia recorre pasillos que desembocan en sangre, güisqui o almohadas insomnes, de las que presumen de noches nucleares y de repente un anfibio, la Teoría de la Relatividad, tú leyendo esto.

 No sé, la verdad. No sé si todo esto servirá para algo.

De insulanegra.blogspot.com

Carlos de la Fé y su Maldito vicio (II)