Bradbury alucinante: Fantasmas de lo nuevo (I sing the body electric!)

Ray Bradbury, Fantasmas de lo nuevo, Buenos Aires, Minotauro, 1974

Algo sorprendente enfrentarse a la lectura de Ray Bradbury. La expectativas quebradas y altas y fuertes parecían haber llegado.

Tras la lectura de Farenheit 451 y Cuentos espaciales con una diferencia entre ambos libros, de unos veinte años, leo Fantasmas de lo nuevo (con ese título whitmaniano I sing the body electric!) y la sensación de haberme estado perdiendo en otras lares, en otros libros, no me abandona, cuando Bradbury estaba ahí, aquí. Es de suponer que quien lo ha leído más, dirá “qué envidia que lo puedas descubrir”, como me dijo un día Antonio César Morón sobre Valle-Inclán.

Tremendas metáforas, viajes e intertextualidades: Hemingway, una abuela mecánica, o recién nacidos de otra dimensión. Impredecible y de una libertad apabullante.

Divertido y caótico, Bradbury es capaz de transportarnos a otro tiempo como en el relato ‘Terrible conflagración en la casa’: el argumento parece simple, la resolución, lo fascinante del estilo, la vuelta que el escritor es capaz de darle a un castigo, es alucinante. La ruptura entre el pueblo y la nobleza, la lucha entre clases, el no poder asumir la carga —por parte del populacho— de lo que sostiene el noble y este de poder salvar el pellejo, la casa, el arte… en nombre de su patria, la ironía escondida y terrible que hay en lo que parece un único destino: la conflagración. Impresionante.

La paternidad, la maternidad y el ser hijo: la extrañeza del deseo superior a cualquier cosa y el asistir a las metamorfosis necesarias tanto temporales como espaciales, guiándonos con un poderoso bagaje de lecturas y escritura: se nota la comodidad del escritor al contar lo que la imaginación le dicta sin preocuparse más que por hacer disfrutar a quien lo lea.

Encontraremos sirenas y dudas, máquinas humanas o humanos robotizados y política, historia de Estados Unidos y un culturista joven, solitario, preocupado por el interior que no consigue compartir por la pasión viril que impone el músculo. Aparecerá Dickens también, aplicará una técnica descriptiva de personajes tan efectiva que casi olvidaremos la primera parte del relato ‘La ciudad perdida de Marte’, olvidaremos Marte, el espacio. La trama se impone y cómo construye esa trama nos atrapará.

‘El hombre de la camisa de Rorschach’. Poderoso, libérrimo, los monólogos del protagonista conforman el pensamiento de los demás, el nuestro: al describir lo que se ve, quienes leen el cuento ya lo han imaginado, ya lo vislumbraron por las sugerencias ofrecidas. Cristo Apolo, el poema donde todo empieza y todo termina: imágenes de secuencias temporales y negación construida sobre Dios y su Hijo y la desaparición de ambos.

La destrucción de lo antiguo, de las tradiciones y la naturaleza, en ‘Sí, nos reuniremos en el Río”, puede leerse en clave de denuncia sobre lo que estamos viviendo ahora, cuando pesa más la rentabilidad de las operaciones financieras que un resto verde de vida en el campo.  

Una historia bellísima es ‘Fantasmas de lo nuevo’: la decadencia y la vejez, muy a lo lejos, se asoman para saludar desde una Irlanda que tenemos que conocer leyéndola. Una maravilla de elipsis nos acompañan, deslumbrándonos, cegándonos, aclarando prístinas las dudas.

Hay un relato de esos que habría que salvar si alguien, por fin, lograra silenciar lecturas e imponer un gusto único, un sentido lector, una dictadura cultural. He imaginado tantas veces que alguien asistía a la quema de libros, a la violencia que vemos por las calles, que ‘El motel de la Gallina Inspirada’ merece un sitio en el hueco de nuestros corazones lectores.  Como si un viaje alucinatorio y familiar nos poseyera. Como si habláramos desde otro cuerpo a nuestro cuerpo sabiendo que no es el nuestro.

Salvación para el libro entero, sinceramente.

Bradbury alucinante: Fantasmas de lo nuevo (I sing the body electric!)

FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez, en E.D.A.: literatura, juego, diversión.

Pablo Martín Sánchez, FrICCIONES, Benalmádena, E.D.A libros, 2011

No es la primera vez que comento algo de E.D.A. libros, ya que tienen libros interesantes y propuestas como la que traigo hoy y que tenía muchas ganas de leer.

Pablo Martín Sánchez —‘El anarquista que se llamaba como yo’, por ejemplo— es un escritor preocupado por la forma que le da a sus textos y por cómo esta puede hacer que nos lleguen a quienes lo leemos. Hasta aquí, parecería que hay gente que se dedica a escribir a la que no le importa la forma: muy bien, hemos llegado a la misma conclusión. No es este el caso, decía, porque el lenguaje le sirve al autor para, desde el mismo título, crear sensaciones: sé que es amante de palabras y significados y juegos y variaciones y permutaciones -digno miembro de OuLiPo- así que empezaremos haciendo algo que creo intentó él mismo: la palabra FrICCIONES atenta contra la unilateralidad de significado. Restregar, rozar (se) dos cuerpos: mucha fricción provoca calor y ahí lo dejo. Pero ¿y el cálido roce de la inventio, la dispositio y la elocutio? La ficción, el relato, la historia, el placer de contar, una vez pensado un argumento y derivar hacia la lengua y la literatura todo el interés probable. De esos roces, ya se encarga Martín Sánchez -al igual que de la calidez, lo sensual que acecha en el libro en espera de que lo hallemos y lo hagamos nuestro- en la estructura del libro, dividido en tres partes, quizá de menor a mayor intensidad: me refiero a los términos, no a calidad o importancia de lo tratado, porque en esto, nos ha salido exquisito don Pablo: cuida hasta el último detalle, sin pedantería ni aspavientos, el lenguaje, sus múltiples funciones y las tramas y finales de los cuentos.

27 piezas, si no me fallan las cuentas, entre Roces, Caricias y Abrazos. Es una relación de amor la que intenta entablar el autor mediante la vía de la literatura hacia quien lo está leyendo, y viceversa: nos entrega amorosamente el lenguaje -pulcro, literario, listo para fascinar- para arroparnos hasta que el libro concluye. Así, consigue un libro digno, entretenido, inverosímil, divertidísimo en ciertos momentos absolutamente desquiciados y muy literario.

Para empezar con lo irónico cita a Monterroso, como prologuista, con un texto de este escritor como es La letra e. Algo sobre la unidad, y su imposición en la obra de arte. Por si todo lo anterior que escribí no sirviera para nada, empezamos la reseña de nuevo.

Tras Monterroso -¿dijimos que prologa el libro hablando de la unidad que ciertos elementos de ficción han de poseer para realizar una tarea mayor como (dice Monterroso) si la vida fuera de tal manera y no nos sorprendiéramos de lo deslavazado que es todo?- comienza la juerga literaria, el festival de palabras, tramas, personajes y finales.

No destripo por costumbre, no lo voy a hacer ahora: nombraré solo algunas de las maravillas que logra Pablo Martín Sánchez para encandilarnos mediante FrICCIONES cada vez más certeras, porque en esto hay gradación, y la técnica aparece para conseguir que nos impresionemos del placer literario que sentimos.

Casi todo lo peor que le pueda pasar a alguien aparece en la primera parte, temáticamente hablando: los recursos son diversos y el autor no deja que decaiga en ningún momento la acción y los conflictos a lo que someten: la soledad y Borges, hasta dónde podemos llevar un texto en su interpretación, la infancia y sus momentos, la memoria y sus lagunas queridas o la composición de un beso integran esta parte. Hay mucho más, pero hay que leerlo y descubrirlo: los engranajes están perfectamente engrasados y unos ayudan a girar a otros, una delicia descubrir recovecos que ha ido abriendo el escritor por los que nos podemos asomar para ver al protagonista sonriendo extrañado que no corresponde en ese cuento mientras que respira en su pieza de manera normal. Uno de los recursos que más me fascinan, la historia dentro de otra historia, dentro de otra…, el de la mise en abyme, aparece en De sueños y versos, y por favor, retengamos versos, retengamos sueños. Por eso son Roces, a veces duelen, a veces cicatrizan.

En Caricias, aparece una ironía tremenda, un buen humor que nos invade como suponemos que poseyó al autor: los nombres, las metamorfosis, los hechos que padecen personajes y ambientes surgen en una bacanal literaria: Vila-Matas, la composición de la obra literaria, rodrigo Fresán asoma el ojo, Carpentier el nacimiento y las citas, la metaliteratura y los apoyos, verdaderos o ficticios, recordados o nuevos, dejan paso a la teoría de cómo ha de escribirse un relato. O no. Al final de alguna pieza, pensé muerto de risa: qué poca vergüenza, qué humor qué derroche de simpatía como una corriente común que compartimos, mediante palabras y frases, tramas y soluciones magistrales, quien escribe y quien lee: esto, como antes, retengámoslo también. El tiempo y erotismo cobran protagonismo: del roce a la caricia hay unas páginas.

Los Abrazos son la constatación de la buena intencionalidad del autor: armar un pequeño puzle literario-lingüístico para que nos lo pasemos muy bien desarmándolo y volviéndolo a armar en nuestra (s) lectura (s): por ejemplo, en Faustine, la fabulación es bilateral y va desde el narrador a la narrataria, que se convierte en narradora para hacer narratario al narrador. Más metamorfosis, más juego, más literatura. Encontramos cuentistas de lo que otros contaron, revistas literarias, humorismo, el lenguaje diverso y sus usos, y la pieza Accidente, que hay que leerla, releerla y ponerle un piso en el Parnaso.

El volumen concluye con Entropía, -el tiempo de nuevo, o siempre- otra pieza para enmarcar.

Todo lo escrito se resume, y mejor, en la ilustración de cubierta de Chema Lumbreras: un conejo escuálido vestido como un runner atraviesa un espejo que a la vez es un reloj, que ha sido de-fragmentado de una pared donde hay un agujero negro, y a sus pies un cubo de Rubik. El conejo introduciéndose, acción pura, y debajo, o detrás o ahí, el hueco de una pieza de puzle.

Eso es la literatura. Al menos esa es la que escribe Pablo Martín Sánchez. Y ahora, leo por ahí con alegría, que los franceses dicen que oui, monsieur Martín: c’est la grande littérature!

FrICCIONES, Pablo Martín Sánchez, en E.D.A.: literatura, juego, diversión.

La suave piel de la anaconda de Raúl Ariza

Raúl Ariza, La suave piel de la anaconda, Talentura, 2012

Lo que sucede en cualquier momento y cualquier lugar, a cualquiera: sobre esto escribe Ariza. Los temas, comprometidos, sociales, el hecho de estar contándolos…

Lo más llamativo es el escalpelo estilístico que maneja entre sus manos de doctor en literatura: las operaciones son capitales y Ariza lo sabe, lo lee, lo escribe.

Uno de los maestros del relato, Ángel Olgoso, dice en su prólogo que sus relatos poseen una complicidad extrema y lograr algo así (tanto que Olgoso escriba un prólogo para un libro como que hable maravillas de la obra) ya es un gran avance: si el gran cuentista repara, acoge y apoya la obra de alguien, es un añadido para guiar a quien se quiera acercar a esta piel, a esta anaconda, a este Ariza.

Ariza hay varios, pero su estilo, como también se ha escrito y dicho (Mariano Zurdo, editor de Talentura, habla del estilo Ariza), es muy reconocible. Tomar un cuento de Raúl Ariza es contemplar el abismo de lo que somos, de lo que no queremos ser y además, con esa retórica que no entona cantos, con una precisión brutal y un desgarro muy profundo y personal.

Escribo pensando en que la aparente sencillez con la que el escritor comunica, provoca una envidia y un miedo, que dejan paso a lo que comentaba Olgoso y ya anunciamos antes: más complicidad imposible cuando a veces, retiramos la vista, releemos algunos textos o pensamos (que también por ahí comentan): “no puede estar pasando esto, edulcóramelo o algo”.

Pero para qué: la sintonía es siempre aparecer y quedarse fugazmente, así se escriben lo mejores cuentos, los que hacen pensar y volver sobre ellos.

Hay muchos tipos de cuentos, ya lo sabemos: tanto como artistas de la palabra, porque siempre puede mutar en algo que roce estilo, personajes, trama, autorreferencias… Puede gustar más o menos el tema, lo que está claro es que Ariza nos conduce hacia donde quiere sin titubeos y Carmen Puchol aporta una visión en sus ilustraciones que convierten al libro, tras su cuidada edición (Talentura, qué decir más), en un objeto hermoso, práctico y reutilizable: mirar y leer, tocar y sentir. Nada, envidia.

En Ariza encontramos a alguien que narra con soltura historia poco gratas, complicadas, de hipocresías aprehendidas profundas, experto en matizar la violencia machista, el dolor de la otra persona o el sinvivir de gente azotada por querencias nada sanas.

Es uno de los escritores que participa de las preocupaciones que algunos/as seguimos pensando que existen, mientras que otros/as piensan que no son importantes, no son para tanto o directamente son inventos de un grupo radical que compone un lobby cuyos objetivos no son nada claros: tanto para unos, como para otros.

La valentía, quizá extraliteraria, pero en mi opinión, compañía digna de la literatura, es muy potente: contar una vez, y otra, y otra, que nos acompañan lastres desde hace años que quizá leyendo, seguro que educando -la lectura es uno de los elementos de la educación- quizá vayamos aprendiendo a reconocer; dichos lastres son entre otros, el machismo, la envidia, la hipocresía y el pensamiento único.

Raúl Ariza fulmina todos esto: o lo lo intenta al menos, que no es poco con lo que está cayendo estos días de venenos sin serpientes y de poca capacidad de escuchar -ahí viene, ahí se va- cómo la naturaleza literaria admite y acoge con cariño esa piel que da paso al cuerpo nuevo, esa piel que suavemente avisa de que la anaconda, el estilo de Ariza, vino para quedarse entre quienes queremos leer algo más que retóricas ocurrencias, gracietas momentáneas y chistes supuestamente literarios.

Raúl Ariza es novelista y cuentista. Y también escribe un libro que se llama ‘Glóbulos versos’. Ahí es nada.

La suave piel de la anaconda de Raúl Ariza

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

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La vuelta al día, Hipólito G. Navarro, Madrid, Páginas de espuma, 2016.

Es cierto lo que escriben de Hipólito G. Navarro: es de los mejores relatistas que se puede echar uno a la cara.

Había leído algunos cuentos suyos en antologías y me habían atraído, tanto por la técnica (o técnicas) como por los temas, las variedad de tono, el humor y cómo no, la imaginación y el uso de la memoria.

Este último volumen imprime en el lector, como saben hacer los mejores, los sentimientos de placer y pena: y es que el placer se va reduciendo conforme avanzamos en su lectura pues la pena de acabarlo nos embarga sabiendo que oh, sí, llega el fin cada vez más rápido. Pero gracias a la sabiduría del escritor, llegamos a la conclusión de que tendrá -seguro- una doble lectura.

Los cuentos y microcuentos que componen esta obra están muy logrados y trabajados: el mismo autor nos cuenta en el prólogo de dónde surgen, cuánto le llevó conseguirlos y cómo el editor le animó a darlos a imprenta. Una experiencia lectora de todos los colores: invención, supuesta autobiografía con una primera y terceras personas totalmente controladas, una ambientación verosímil y un puñado de personajes que retozarán cómodos en nuestra cálida memoria.

El último volumen de relatos de Navarro provoca tanto placer al devorarlo con fruición lectora, como pena al ir leyendo las últimas piezas y saber que hasta cuándo y por qué y cuánto falta para que llegue el siguiente libro de Hipólito G. Navarro y…

Un cuentista ya consolidado no necesita elogios gratuitos así que me conformaré con animar a la lectura del libro proporcionando unos cuantos ejemplos del buen hacer literario del onubense por si algún lector quiere leerlos: aunque mejor haría lo propio con el libro de Navarro.

Antes del que me mencionaré a continuación, hay varios relatos que por sí solos ya merecen la pena: pero en el conjunto hay uno, Los artistas cautivos, en el que podemos encontrar una técnica y un compendio de opiniones sobre el arte y la literatura que junto con la trama nunca olvidada, pueden hacernos disfrutar bastante. Quizá esa tercera parte sea la que más me ha llegado, además del último cuento “La poda y la tala de los árboles frutales” y el emotivo y precioso juego doble de “Tantas veces huérfano” y “Rifa” que me ha prendido en el corazón, emocionándome ambos -por lo que ya sabrá el lector cuando los aborde- como pocos relatos.

Qué gran verdad esa de los relatistas de que la síntesis y la elipsis son dos armas fundamentales, herramientas preciosas en la construcción de tramas e historias. Diría que este libro es un ejemplo de lo que todo buen cuentista ha de hacer, pero no creo que nadie pueda copiar a Navarro, como nadie puede imitar a Fresán o Vila-Matas o cualquier otro reputado escritor de ficciones más o menos cortas de hoy, ni de ayer. Se pueden copiar pero nunca, ya sabemos, será el mismo aroma de la copia que el que desprende el original.

Es muy atractiva la propuesta de Navarro, la verdad. El uso continuado de la memoria, los recuerdos que se entreveran con el presente -como el jamón de su tierra, Jabugo, Cortegana, Aroche… y toda la zona de los pueblos serranos de Aracena hasta Rosal, y de ahí el salto luso, con su geografía tan esplendente y su verde tan rotundamente esmeralda- y adquieren tonalidades melancólicas unas vetas mientras que otras se defienden de la tristeza del paso del tiempo con una alegría arrebatadora, enarbolando la bandera de un buen humor que se siente sincero y una ironía que trata de remedar los malos tragos infantiles o la desazón de la adolescencia y sus puñales amorosos.

El humor le lleva a escribir a Navarro, sobre la castidad de una monja de avanzada edad: ‘de las ansias por romper una doncellez digamos ya gran reserva por aquel entonces’ o la crítica sutil a la España de entonces cuando relata:

‘…a un tipo desgraciado le han robado un vehículo movido por tracción animal, un carro…’

… o en otro cuento dice que hay ‘un profesor nuevo que luce un bigote en la nuca de una cabeza bien brillante’.

Para terminar, no olvidaré el placer estético que sin duda provoca la cuarta parte del libro: el teatro -antes la música tiene otro cuento exquisito- y la observación como metáfora del ascenso y descenso vital, social… y el sexo, la pintura y la invención, como parte integrante de las ansias de vivir y perdurar que, al fin y al cabo, sea a través de los hijos o la literatura o el arte, o sin más, la memoria, es de lo que se trata.

Este libro, La vuelta al día, en el que los delicados y elegantes homenajes a los maestros que Navarro, como Borges -‘exhausta galería’- o Cortázar -desde el título- respeta y admira, es un libro memorable. Y por eso hay que leerlo, recomendarlo y hacerlo llegar por ahí, a los lectores y lectoras que quedan, que alguno habrá.

¡Lean, pues, malditos y malditas, lean a Hipólito G. Navarro!

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil

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Nada sabe tan bien como la boca del verano,

Guillermo Busutil,

Benalmádena, Málaga, e. d. a., 2005.

Llevaba tiempo con ganas de conocer los cuentos de Busutil, granadino que nace en 1961 y según creo que vive y trabaja en Málaga, como periodista y escritor.

El libro es una pequeña joya literaria y deja un sabor de boca magnífico, como esos veranos que recrean el autor en boca de diferentes narradores, de diferencias palpables los unos con los otros pero medidos todos con la balanza de la belleza.

Desde lugares inolvidables a trabajos que van más allá del esfuerzo, tratando de que la pasión devore la impostura social, el amor a las sandeces morales y el reconocimiento de la diferencia acabe de una vez por todas con ciertos pensamientos únicos.

Acostumbrado a leer -en mayor cantidad- cuentos cuyo final sorprenden, deslumbran y la transformación de personajes o situaciones -o ambos- trastoque la expectativa personal lectora, Busutil utiliza el recurso de la sutileza, de una fina ironía y elegancia que deja pasmado pero sin alharacas, como si después de la marea que soportamos durante el cuento, la resaca no terminara de llegar: y ahí está la tarea de la resaca, el objetivo de tragarnos poco a poco. Inolvidables cuentos, ya digo.

Pandora es una maravilla: el amor, las clases sociales, la memoria, el esfuerzo… todo concentrado en el último relato del libro, que es un pórtico de salida del volumen, literariamente hablando, espectacular y cómo no, una inteligente invitación a seguir leyendo a este autor, a buscar sus otros libros, a devorar sus obras varias. Iguana o Punta de mujeres harán disfrutar a los lectores de manera inequívoca.

De La piel de O´Hara:

Diez años después de aquella mañana, en la que ella desapareció entre los árboles y sin escuchar mi voz llamándola, entre el ardiente canto de las cigarras y las campanas del manantial, todavía me recuerdo tumbado y boquiabierto sobre la hierba, pensando que el verano era una fruta que se abre, se huele y se derrama.

Sebastián Juve, Ezra, Génova Strani, Isabella Martel, Hacke, Coraline… nombres de personajes que llaman la atención: lo especial del nombre acompaña las peripecias que viven y desde el principio sentimos cercanía por la extrañeza del nombre, o al menos, esa fue mi experiencia: lejos de sentirlos raros, los viví cerca de mi gozosa lectura.

Las preocupaciones existenciales, amorosas y personales son descritas con agilidad, decisión y desparpajo literario: los compromisos que adquieren los personajes consigo mismos, en frecuentes ocasiones los desestabilizan de su destino, intentando llegar al nuevo no inermes pero sí en pie.

Un buen libro, sin duda.

Lean a Busutil, disfruten del verano de su libro y ya me contarán.

O no. Qué importa. Lean a este escritor y punto.

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Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil