Ni por favor ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado): María Martín Barranco, en Catarata.

María Martín Barranco, Ni por favor ni por favora. Como hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado), Catarata, 2019.

Escribe el prólogo a un libro tan especial, tan ácido, Coral Herrera, que dice: “…hablar de forma inclusiva es muy sencillo, y no hace falta sacarse un doctorado. Basta con alternar el femenino con el masculino, utilizar términos que engloben a hombres y mujeres, visibilizar el uso patriarcal de la lengua y activar la imaginación para crear nuevos conceptos.”

Por una cuestión formalmente imaginativa, empecemos por el final: Martín Barranco sabe que la teoría no sirve para nada sin unos cuantos supuestos prácticos. Y eso nos regala al final del libro: el último capítulo (‘Lenguaje inclusivo: Manual de uso práctico’) es una joyita para quien lea este libro: yo lo leí, lo leo, como si no conociera el resto, y qué gozada, señores -y digo bien-, que alguien escriba así. Pero ya digo, escribo, afirmo: sigamos el orden establecido por el índice, qué importa.

El final de un libro así no existe.

Quienes se acerquen a esta lectura descubrirán influencias, autoras, escritores, salvedades y confirmaciones que normalmente no nos planteamos. Tampoco esperemos trampas: no hay nada que influya en el lenguaje directo, no hay imposiciones que denieguen el uso de una u otra manera de hablar. Hay, más bien, algo gustoso a quienes estamos acostumbrados a seguir órdenes: no hay ni una. No hay subidas de tono, maneras disformes, desencuentros más allá de la realidad.

Lo que sí hay, y ay, decía aquel, es mucho, mucho de humor. Ya que nos acostumbran a hablar, a comportarnos y a ser, por lo menos, veamos que podemos reírnos de nosotros, de nuestras formas y sobre todo, cómo no, de nuestras palabras.

Porque al nombrar el mundo nombramos a quienes lo habitan. Personas, ya sabéis. Ni más ni menos.

Ni “todos y todas” o “todas y todas”: no va este libro de nombrar a “los miembros y las miembras”. El despiste es disipado, ejemplo tras ejemplo por Martín Barranco. Y no toma uno u otro libro: coge el DLE (Diccionario de la Lengua Española).

Y bueno: si “el feminismo ha pretendido la emancipación colectiva de las mujeres y el reconocimiento de su estatus como sujetos de derecho” es normal que la lengua, lo que nombra y supuestamente nos diferencia o iguala, sea analizada en esta obra.

Decía que María Martín coge -y no lo suelta- el DLE, porque es una de las herramientas más potentes que tenemos. Nuestro diccionario, nuestras definiciones. Cierto es que nunca nos enseñaron la asimetría de trato y que el masculino genérico sirviera para justificar tantas cosas, pero entendemos a la primera -si nos ponemos, como ha hecho la autora y lo comparte con- que hay un sesgo machista con varios ejemplos: “¿Sabías que, por ejemplo, el DLE tiene más de ciento cincuenta sinónimos de la palabra puta y solo dos de puto ?”

Es obvio que mi lectura es sesgada. No quiero contar lo que dice el libro: ya lo cuenta Martín Barranco, y mejor que yo. Y para qué engañarnos: no tengo tanta imaginación a ratos. Me dejo llevar por el vocabulario que es ideología, que es denigrante, que es, al fin y al cabo -ya lo veo así- un arma que al usarla daña, alegra, funciona, reverdece, obliga.

Lo que más me interesa compartir y creo que es fundamental de la lectura, es su tono conciliador, rebelde, comedido, guerrero. El tono de un libro importante. Y este lo es. Nos da claves que nuestras cabezas tienen. Nos comparte informaciones que quizá, no tenemos. A mí, personalmente, me abre otros caminos, me pervierte la rutina, me encumbra en mi miseria de hombre. Y perdonad, es enorme la sensación de caer desde ahí. Este libro, estas palabras, lo hacen. Y me ha fascinado.

Me fascina que me busquen, que me digan, que me provoquen salir de fiesta al abismo. Y que además sea mediante la deconstrucción de falsedades, es decir, dar datos de manipulaciones del lenguaje, de descripciones de palabras, de significados que no llegan a más porque eso es lo estipulado… Espectacular.

Y punto, no tengo tampoco más que escribir. El libro es para leerlo.

Cuando nos demos cuenta de que esta literatura es necesaria porque comparte normalidades, porque transmite feminismos naturales y además nos salen a cuenta, empezaremos a sentir que las letras, las palabras, las frases y demás, no son gritos ni demasías, espectros vitales de este u otro partido político.

El feminismo es esencial, desde la lengua hasta el cuerpo. Primero hay que saber qué significa feminismo. Después, lenguaje inclusivo, cuerpo, identidades…

Empecemos con ‘Ni por favor ni por favora’. María Martín Barranco sabe que hablamos como hablamos y que a veces, dejamos de lado en las conversaciones a una gran parte de quienes pueden escucharnos. Y para ello, empezamos por el final del libro, como hice yo. O no. Qué importa.

Leamos este libro sabiendo que compartir algo, corregir otras cosas y decidir hacer visibles otras, no conlleva la muerte de algo.

Quizá su metamorfosis.

Y qué mejor que cambiar a tiempo, ¿no? Se agradece.

Se pretende algo de esto desde esta animación a la lectura: ¿está escrita en lenguaje inclusivo esta mínima colección de ideas?

Ya digo, metamorfosis. Work in progress.

Ni por favor ni por favora. Cómo hablar con lenguaje inclusivo sin que se note (demasiado): María Martín Barranco, en Catarata.

Sergi Bellver: Variaciones sobre Budapest

Sergi Bellver, Variaciones sobre Budapest, La linea del horizonte Ediciones, 2017.

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Uno de esos libros que nos gustaría escribir por sus mecanismo internos de seducción, capaces de transportarnos a unas tierras lejanas -o no tanto-, plagadas de referencias históricas, literarias y vitales.

Sergi Bellver había marcado la diferencia en su libro de relatos ‘Agua dura’, y la delicadeza, la persistencia simbólica y lo literario no le eran rasgos desconocidos al catalán.

Estas ‘Variaciones…’ funcionan a la perfección como un regalo literario-musical, tanto por la capacidad de sorprender el autor con hallazgos o epifanías que le procura su aguda observación, como por la manera tan hermosa de contarnos/cantarnos su epopeya personal en la ciudad húngara.

Si hemos tenido la suerte de recorrer Budapest, este libro servirá de refuerzo, recuerdo y aprendizaje: sin demasiados aspavientos retóricos pero controlando elementos como los paralelismos o las enumeraciones, Bellver nos acompaña por un recorrido muy especial, en el que nos hablará de su experiencia personal, sus ideas sobre la literatura -reflexionando en torno a la novela, de manera breve pero incisiva- y cómo no, las diferencias entre el viajero y el turista. Hacerse uno, fundirse con el paisaje urbano, recorriendo en nuestra cabeza guerras, revueltas, arquitectura, música o avances democráticos.

Como buen flâneur, la prisa por ver y andar toda la ciudad no forma parte de los planes del escritor: sí en cambio la pasión por la música, sus referencias temáticas al mundo de compositores, el uso de términos que orquestan perfectamente las transiciones suaves que abarcan -incluso- desde el título a las dos partes que forman este volumen.

Descubriremos escritoras como Magda Zsabó -un poner-: ‘La puerta’ es el ejemplo de novela que hay que leer si queremos dedicarnos a contar historias. Ya decía, un ejemplo: porque Bellver aprovecha para mostrarnos conocimientos y desconocimientos sobre la literatura húngara y que gracias a conocidos o amigos va nadando en esas aguas densas de la historia literaria y la Historia a secas de Hungría. Conoceremos momentos del país, a través de sus calles o plazas o aguas agitadas que perviven en nuestra memoria, no porque sean más o menos duras sino por la pasión y la fuerza narrativa con que Bellver lo cuenta, acercándose a la confesión y a la alegría de escribir con libertad, sentir la comunicación plena entre la ciudad y él, y entre él y quienes lean este testimonio vital.

Aunque ciertamente, la obra tiene una última parte: la de los agradecimientos. Porque viajar es vivir, y vivir se puede contar con literatura y nos cruzamos a veces personas maravillosas, a quienes cómo no, hay que agradecerle que existan porque nos hacen este viaje mejor, más apacible, llevadero, ya que sabemos nuestro destino final, qué mejor que realizar este corto trayecto en compañía de quienes hagan las paradas felices: eso parece pensar Bellver y pienso yo: leer este libro, compartir las epifanías de ese yo narrativo, su literatura y la belleza que nos transmite es una de las alegrías que podemos encontrar al acercarnos al libro.

Ya decía: un libro hermoso y seductor, de los que hacen mella, provocan las ganas de conocer más obra de su autor y profundizan en la curiosidad de conocer -o volver a- la capital de Hungría.

Sergi Bellver: Variaciones sobre Budapest

El libro de los condenados de Charles Fort

El libro de los condenados, Fort

El libro de los condenados, Charles Fort, 1919. (Buenos Aires, Edicones Dronte, 1977)

“Una procesión de condenados.

Por condenados, entiendo a los excluidos.

Tendremos una procesión de todos los datos que la  ciencia ha tenido a bien excluir.

Batallones de malditos, dirigidos por los descoloridos datos que yo he exhumado, se pondrán en marcha. Unos lívidos y otros inflamados y algunos podridos.

De este manera tan singular comienzan las trescientas divertidísimas y curiosas páginas que Charles Fort reunió en su momento para deleite del lector más curioso. En ellas recoge Fort, como él mismo dice, todo lo que la ciencia no quiso investigar en su momento, bien por desinterés, bien por no tener una explicación más convincente o bien, precisamente por lo contrario: por razonar con una lógica que llevar hasta donde el científico de turno quería.

A pesar de haber superado muchos fenómenos de los que Fort describe, gracias al avance de las ciencias, el libro es delicioso, y nos lleva a conocer a un personaje espectacular, como es Fort, que llegó a reunir 20.000 notas de variados temas y las tiró porque no era lo que quería. Más tarde, más concentrado si cabe, se centra en más de 1.300 temas diferentes, recolecta más de 40.000 notas y escribe un libro de 600 páginas y lo pule dejándolo en 90 páginas. No es lo que quier. Lo tira.

Era un curioso investigador preocupado por la sociología, la astronomía, la psicología, las exploraciones, lo volcanes, los sexos… Escribía novelas, era intermediarista y se preocupaba por integrar el todo, en las opiniones que expresaba y los estudios tan dispares que llevaba a cabo.

Lo de intermediarista, explicado en el prólogo era que podía ser rebatido en un futuro, al igual que él discutía lo que se argumentaba en las ciencias de su época: él mismo defiende que no buscaba ser concreto, ni que su método de investigación fuera ortodoxo: le importaban los resultados: y los consiguió.

A lo largo de 28 capítulos, nos describe elementos, efectos, fenómenos naturales extraños, raros, posiblemente faltos de explicación en su época, pero lo hace de una manera atractiva, perfectamente descrito y poderosamente llamativo: nuestra atención no deja un instante de estar alerta.

Sólo doy un ejemplo, por si alguien quiere leerlo: es digno maestro de Lovecraft -como el mimso escritor afirmaba-: en el capítulo 3, tras habernos introducido sus opiniones y objetivos, tras hablarnos de puestas de sol o lunas azules, comienza a compartir su preocupación con lo que cae del cielo: lluvia amarilla, materia animal, lluvias o nieves negras, detritus, lluvias rojas y barro: y nos habla de un caso en Génova, otro en Calabria o en Irlanda…

Es sólo un ejemplo de todo lo que rastreaba este hombre: hay otros ejemplos dignos de ser disfrutados con la lectura.

Libro curioso donde los haya, fue comparado con La rama dorada de Frazer, y su autor -Fort- con el mismísimo Edgar Allan Poe.

De magonia.com

El libro de los condenados de Charles Fort

Gil-Albert, un imprescindible

Crónica General, Gil-Albert

Sin duda, uno de los más bellos hallazgos por mis andanzas en librerías de viejo, ha sido el libro de 1995, publicado por Pre-Textos de Juan Gil-Albert, Crónica General.

Acabo de empezar y ya me atrevo a decir que conseguir algo más de este hombre y terminar este volumen, es todo uno; acabo de empezar a vislumbrar sus caminos y ya estoy comprendiendo la audacia de ser elegante, de escribir verdadera literatura sin temor a las modas, que poseía este gran escritor. Habla de todo, sutil, paciente, demorándose en el gusto por el lenguaje y lo observado.

Volveré a hablar de él, sin duda. Y lo recomendaré. Porque no tienen desperdicio sus semblanzas sobre Azorín, Valle-Inclán o Miró. Sus recuerdos forman una tupida red de descripciones, momentos que parece haber vivido, otros que no recuerda y a los que le aplica la ficción justa y mucha, mucha literatura en estado puro.

“Que, lo que fuimos, somos, y que cualquier trozo de nuestra vida no es más que un espacio circunscrito y comunicante de nuestras posesiones en las que, de pronto, se encienden unas luces y la representación comienza.”

Es un poner.

Puede hablar de bailarinas, de ballet o de libros, de maestros o de reyes, de amigos a los que guarda cariño y de gente a la que admira o estima gracias al respeto. De pronto habla de Wilde y ya está recordando a Stendhal porque su intuición le ha sugerido imágenes nuevas o antiguas memorias sobre Goya y la familia de Carlos IV.

Me ha recordado a Rossi, a Bonilla, a Octavio Paz.

Espectacular, sencillo, comedido y desmedido en la fuerza de la sugerencia: ficciones con sabor a ensayo, ensayos con el aroma de la ficción: una maravilla. Un verdadero escritor.

Así que ya saben: lean -¡leed, (con regodeo, parsimonia y ferocidad) malditos!- a Gil-Albert. Aunque sea una página.

Serán ustedes mucho más felices.

Gil-Albert, un imprescindible