El libro de los condenados de Charles Fort

El libro de los condenados, Fort

El libro de los condenados, Charles Fort, 1919. (Buenos Aires, Edicones Dronte, 1977)

“Una procesión de condenados.

Por condenados, entiendo a los excluidos.

Tendremos una procesión de todos los datos que la  ciencia ha tenido a bien excluir.

Batallones de malditos, dirigidos por los descoloridos datos que yo he exhumado, se pondrán en marcha. Unos lívidos y otros inflamados y algunos podridos.

De este manera tan singular comienzan las trescientas divertidísimas y curiosas páginas que Charles Fort reunió en su momento para deleite del lector más curioso. En ellas recoge Fort, como él mismo dice, todo lo que la ciencia no quiso investigar en su momento, bien por desinterés, bien por no tener una explicación más convincente o bien, precisamente por lo contrario: por razonar con una lógica que llevar hasta donde el científico de turno quería.

A pesar de haber superado muchos fenómenos de los que Fort describe, gracias al avance de las ciencias, el libro es delicioso, y nos lleva a conocer a un personaje espectacular, como es Fort, que llegó a reunir 20.000 notas de variados temas y las tiró porque no era lo que quería. Más tarde, más concentrado si cabe, se centra en más de 1.300 temas diferentes, recolecta más de 40.000 notas y escribe un libro de 600 páginas y lo pule dejándolo en 90 páginas. No es lo que quier. Lo tira.

Era un curioso investigador preocupado por la sociología, la astronomía, la psicología, las exploraciones, lo volcanes, los sexos… Escribía novelas, era intermediarista y se preocupaba por integrar el todo, en las opiniones que expresaba y los estudios tan dispares que llevaba a cabo.

Lo de intermediarista, explicado en el prólogo era que podía ser rebatido en un futuro, al igual que él discutía lo que se argumentaba en las ciencias de su época: él mismo defiende que no buscaba ser concreto, ni que su método de investigación fuera ortodoxo: le importaban los resultados: y los consiguió.

A lo largo de 28 capítulos, nos describe elementos, efectos, fenómenos naturales extraños, raros, posiblemente faltos de explicación en su época, pero lo hace de una manera atractiva, perfectamente descrito y poderosamente llamativo: nuestra atención no deja un instante de estar alerta.

Sólo doy un ejemplo, por si alguien quiere leerlo: es digno maestro de Lovecraft -como el mimso escritor afirmaba-: en el capítulo 3, tras habernos introducido sus opiniones y objetivos, tras hablarnos de puestas de sol o lunas azules, comienza a compartir su preocupación con lo que cae del cielo: lluvia amarilla, materia animal, lluvias o nieves negras, detritus, lluvias rojas y barro: y nos habla de un caso en Génova, otro en Calabria o en Irlanda…

Es sólo un ejemplo de todo lo que rastreaba este hombre: hay otros ejemplos dignos de ser disfrutados con la lectura.

Libro curioso donde los haya, fue comparado con La rama dorada de Frazer, y su autor -Fort- con el mismísimo Edgar Allan Poe.

De magonia.com

El libro de los condenados de Charles Fort

Gil-Albert, un imprescindible

Crónica General, Gil-Albert

Sin duda, uno de los más bellos hallazgos por mis andanzas en librerías de viejo, ha sido el libro de 1995, publicado por Pre-Textos de Juan Gil-Albert, Crónica General.

Acabo de empezar y ya me atrevo a decir que conseguir algo más de este hombre y terminar este volumen, es todo uno; acabo de empezar a vislumbrar sus caminos y ya estoy comprendiendo la audacia de ser elegante, de escribir verdadera literatura sin temor a las modas, que poseía este gran escritor. Habla de todo, sutil, paciente, demorándose en el gusto por el lenguaje y lo observado.

Volveré a hablar de él, sin duda. Y lo recomendaré. Porque no tienen desperdicio sus semblanzas sobre Azorín, Valle-Inclán o Miró. Sus recuerdos forman una tupida red de descripciones, momentos que parece haber vivido, otros que no recuerda y a los que le aplica la ficción justa y mucha, mucha literatura en estado puro.

“Que, lo que fuimos, somos, y que cualquier trozo de nuestra vida no es más que un espacio circunscrito y comunicante de nuestras posesiones en las que, de pronto, se encienden unas luces y la representación comienza.”

Es un poner.

Puede hablar de bailarinas, de ballet o de libros, de maestros o de reyes, de amigos a los que guarda cariño y de gente a la que admira o estima gracias al respeto. De pronto habla de Wilde y ya está recordando a Stendhal porque su intuición le ha sugerido imágenes nuevas o antiguas memorias sobre Goya y la familia de Carlos IV.

Me ha recordado a Rossi, a Bonilla, a Octavio Paz.

Espectacular, sencillo, comedido y desmedido en la fuerza de la sugerencia: ficciones con sabor a ensayo, ensayos con el aroma de la ficción: una maravilla. Un verdadero escritor.

Así que ya saben: lean -¡leed, (con regodeo, parsimonia y ferocidad) malditos!- a Gil-Albert. Aunque sea una página.

Serán ustedes mucho más felices.

Gil-Albert, un imprescindible