James Wood, Lo más parecido a la vida

James Wood, Lo más parecido a la vida, Taurus, 2016

Es absolutamente magistral que el discurso literario sea usado como tal por quien nos quiere vender alguna parte del mismo. Es decir, ¿cómo no impostar una voz impostada de por sí, ya que al escribir lo que sea, ya hacemos ficción? Esto mismo que pretende ser un conjunto de reflexiones sobre un libro de Wood, que es Lo más parecido a la vida, desde que me he puesto a transcribir mis pensamientos, se ha convertido en ficción, mejor o peor, más plena de sabiduría o de triste elegancia, o de erizos contaminados o príncipes drogadictos de la noche costeña: qué importa si por definición somos criaturas que cuentan, necesitadas de que nos cuenten, necesariamente complejas en nuestra narrativa.

Y a esto se dedica este señor, que, por cierto, tiene uno de los libros más maravillosos sobre la literatura y la narrativa que he podido leer, titulado Los mecanismos de la ficción, que no es este, y no sé por qué no comento aquel, aunque en realidad sí que lo sé, y lo diré más adelante, o abajo, o en breve.

Wood es un maestro en contar cómo hay que contar para resultar interesante y lo fundamental, para ser profundo: para escribir un libro releído, consumido y vuelto a consumir, no consumido y guardado o vendido a una librería de segunda mano por casi nada o regalado porque no: ese libro no puede formar parte de nuestra biblioteca, junto a Dostoievski, Kafka, Burroughs, Cernuda, Chaucer, Cervantes… Nada de eso.

No recuerdo a quién nombraba como ejemplo uno de nuestros autores actuales pero sí recuerdo que merecería un juicio por esas palabras -juicio literario, claro-, y decía que para llegar -pongamos, porque ya digo, no recuerdo, pero busquen, la noticia está por ahí- a García Márquez, antes había que leer sus libros (los del autor patrio actual). Como si fueran un primer paso, como si ayudaran a llegar a un discurso total que es lo que procuró el autor de Cien años de soledad. Yo, que en mi santa devoción por la inmortalidad pierdo minutos, horas y días intentando conocer lo que se hace hoy, devoré cien páginas de un libro de dicho autor, anotando solo una frase: “me toma por tonto”, sin releer nada de ningún personaje, de la trama, de los pensamientos de la protagonista… Es decir, vende mucho y el esquema es el de hace veinte años de rosacruces y griales: el bueno-el malo-el bueno-…

Vuelvo. Wood habla de la vida, la muerte, la ficción y la pasión de poder contar con honestidad una mentira tras otra, sabiendo que engatusar a lectoras/es es lo más difícil de hacer porque se precisa de conocimiento lingüístico, y de los otros, que son legión. La trama, el espacio, el tiempo, los personajes, el narrador y el punto de vista, ¿a alguien le preocupa que todo cuadre o ese hombre alto y desgarbado que apreció en el capítulo quinto se ha muerto porque un tiesto le cayó en la cocorota del quinto? ¿Cómo que la madre, paralítica, que vivía en Wyoming, aparece en Nuevo Mexico sin una puñetera silla de ruedas y baila con un marinero?

De esto habla Wood: de la suprema libertad que crea la auténtica ficción: mi hermano, hace poco, en plena pandemia tuvo un accidente casero, en la ducha, ya saben. Se quebró el tobillo, y gracias. En el hospital le dijeron que por que no había acudido antes: extrañas placas en la garganta, floraciones ocres en las caras internas de los pulmones, covid, uci y entierro. No tengo ningún hermano. Y si lo tengo ¿acaso importa? Todo el mundo sabe que vive con su amante desde hace años, y que los dos, tras abandonar a sus respectivas mujeres, se dedican al teatro y a grabar discos de ópera. ¿Importa acaso?

Wood nos habla de Walter Benjamin, de Shakespeare, de Cervantes. De la libertad de elección, de la diferencia con la religión que tiene la ficción que es otra religión, o viceversa. De cómo las novelas, la ficción y el aparato retórico que las rodea, la lectura y la maravilla del descubrimiento, nos revelan nuestra magnífica disposición a la vida, a ser juiciosamente críticos, a revolucionar (nos) nuestra manera de pensar y decidir sobre la vida.

Nos habla de la mirada especial, concreta, detallista que la literatura consigue aportarnos, quizá lo más difícil de todo: ser original sin pretensiones de reconocimiento, ver lo que nadie más es capaza de exresar así, de esa precisa manera que hace que la emoción nos embargue y como decía Fresán, en vez de “¿por qué no se me ha ocurrido a mí?”, pensar “¡Qué bueno que se le haya ocurrido a alguien!” (los dos tipos de lectores, en La velocidad de las cosas, ‘Teoría del lector’).

Muy recomendable: Lo más parecido a la vida es la lectura, la literatura, el arte que mucha gente -me incluyo- desearíamos hacer.

James Wood, Lo más parecido a la vida

La huida de la imaginación, Vicente Luis Mora

Vicente Luis Mora, La huida de la imaginación, Valencia, Pretextos, 2019

Como hay que predicar con el ejemplo, Vicente Luis Mora consigue un libro de crítica literaria -incluido ejercicio de comparación- impecable: bien escrito, con unas solidas razones argumentativas y nada del pavoneo intelectual que comprobamos en otras figuras de la literatura española.

Recapitulemos: Mora es poeta, novelista, cuentista y ensayista. Deja exhausto leer su bibliografía. Como ejemplo, hace poco compartió quince artículos sobre literatura, arte y la relación entre ambas disciplinas publicados en las más prestigiosas revistas especializadas del momento. Sus intereses recorren gran parte del mundo artístico y literario y, me puedo equivocar -que por otro lado no tendría nada de extraordinario- pero tras la lectura atenta de este libro, creo que la impostura no ha hecho mella en su discurso, que, como todo, puede agradar más o menos, pero como él mismo afirma en sus páginas, el crítico literario ha de decir la verdad y no vino para hacer amigos.

Valiente principio (afirmo).

Contemplo con estupor cómo el autor no ha sido sacrificado en la pira de la vanidad. Sigue vivo, coleando, trabajando por una literatura mejor, más literaria, menos ególatra.

La lectura de este libro es esencial para quien quiera saber algo sobre la literatura española de los últimos cuarenta años: al menos sobre la que practican autores y autoras de reconocimiento a nivel nacional. Mora parece haber leído todo, parece conocer características, enclaves y terminologías; libros, intencionalidades, conexiones. Y es digno de elogio el conectarnos a quienes no sabemos mucho de esto ni de aquello, con un pensamiento que va más allá de las ocurrencias críticas de cierta gente. O de la fe indómita de quienes defienden a sus diosas o dioses literarios sin la perspectiva del tiempo, la calidad, las certezas comprobables en pos de conseguir un premio, una publicación, la incñusión en algún libro colectivo.

No voy a destripar el libro y voy a ser muy claro: Vicente Luis Mora nos habla de que para escribir -lo siento, hermanos perros, hermanas perras, vagos y vagas- hay que trabajar, sí: leer mucho y cada vez mejor, a ser posible: variadas lecturas, clásicos, novedades, quienes forman la tradición y quienes parece que van a formarlos; conocer normas, leyes, herrameintas métricas, retóricas, leer manuales, novelas, poemarios, ensayos sobre literatura, arte… Y después releer. Y ya si eso, escribir.

Y olvidarnos algo de nosotros mismos, recurrir a la fantasía incluso en el realismo. Que también explica lo que es y no, no es malo. Ni bueno. Depende de quién y cómo lo utilice.

El libro es denso pero está escrito con un afán comunicativo que se agradece. Habla de libros, de lecturas, de poemas. Habla sobre periodismo y música. Y cine y en su bibliografía cita a James Wood pero no a Vila-Matas.

El libro trata de hacernos entender que ser escritor es un trabajo y se cuestiona cuántas de las personas que hoy dicen que lo son, en realidad pueden ser llamados así. Apela a la inteligencia de no venderse al mercado, al mejor postor si eso encadena a tener que seguir el camino cuesta abajo de la facilidad, la mediocridad y la indecencia -esto es mío- a la que han llegado algunos escritores, algunas escritoras, por querer estar ahí, relumbrando ya no por sus obras, porque la obra parece ser lo de menos, sino por ellos o ellas mismas, como si quien escribe fuera más importante que lo que se escribe. Como si escribir fuera más importante que leer.

Un grito esperanzado. Al menos para quien esto escribe. Y valiente. Hace falta tener redaños para criticar a quienes se critica en este libro. Pero Mora es sutil, sencillo, elegante y -oh, no, pensarán algunos- está muy informado y ejecuta con precisión operaciones intelectuales que nos llevan a disfrutar de la lectura de un libro que aparenta ser arduo, pero nada de eso: sabe proporcionar el interés con las verdades, esas certezas que expone, las preguntas que nos lanza. Participaremos en el libro, que en resumen, engancha, es una maravilla y causa estupor, alegría y admiración.

Polémico, sincero y divertido: asombrado y asombroso
La huida de la imaginación, Vicente Luis Mora

Entrevista a Esther Peñas

Ha mantenido conversaciones con cantautoras como Rosana o Julieta Venegas, “folklóricas” como Martirio o escritores como Vila-Matas, políticos como Leguina, poetas como Chantal Maillard, filósofos como Savater, escritoras y directoras de cine… Luis Mateo Díez, Merino o Silvio Rodríguez han charlado con ella, Chema Madoz, Gioconda Belli, Luis Aguilé… gente tan diversa de la cultura española como Pasión Vega, Luis Alberto de Cuenca, Javier Ruibal, Mayte Martín o Rosa Montero forman parte de la estupenda serie de Entrevistos, un monumento al arte de entrevistar; escribe sobre personas con discapacidad, mantiene el espíritu de la curiosidad vivito y coleando, es novelista, poeta y disfruta con la lectura como nadie. En su obra narrativa visibiliza la homosexualidad, el respeto y la tolerancia por la diferencia y de sus páginas emanan el jazz, la copla o la música clásica, cosa que hacen que se se le alegren las pajarillas.

En el poema que da título al poemario El paso que se habita (Chamán Ediciones) pide:

Puentes de algas,
de melancólica sospecha,
de paisaje con savia de bruma
y afilados dientes.
Puentes
para este pequeño reino de la fiebre,
puentes.
También primavera.

De su novela La vida, contigo (Editorial Adeshoras) dice Daniel J. Rodríguez en Zenda que “es un libro con la anatomía de un cesto de esparto; natural y antiguo, de centenares de extremos en diálogo, una historia de esquejes verdes de existencia.”

Poco más que añadir, salvo que tiene mucho realizado y aquí no cabe todo.

Las fotos de la escritora son de Lurdes Martínez.

Es un honor para este que escribe que haya accedido a ser entrevistada y formar parte de la galería de honor de este Me no know nothing que hoy, es mucho más grande y feliz y crece como blog.

Con todas y todos ustedes: Esther Peñas.

-Querida Esther, muchísimas gracias por prestarte a esta entrevista: la primera pregunta es obligada después del añito que llevamos: ¿cómo estás, cómo está tu gente?

Qué extraño se me hace contestar en vez de preguntar, querido Juan. Permíteme estas palabras iniciales de agradecimiento por tu generosidad y tu (deliciosa) insensatez de entrevistarme… Estoy… en contemplación de prodigio, a pesar de todo, manteniendo la lumbre de lo alegre. Y mi familia y aquellos a quienes quiero está razonablemente bien, que no es pequeña la trucha…

-Me hacía especial ilusión repasar tu trabajo: eres periodista, tienes ensayo publicado, novelas, libros de poemas… ¿hay algo en la escritura que se te resista?

Sonrío ante esa ilusión tuya y envido: sí, el cuento. Soy una pésima zurcidora de relatos.

-Cuéntame lo importante que es y ha sido la lectura en tu vida. ¿Cómo empiezas a leer y qué libros lee la Esther niña y adolescente?

Leer me salva. Salva el amor, la fe, la belleza, y la lectura. Pocas cosas más. Recuerdo mi primer libro, cortesía del Ratón Pérez, un libro extraño, con ilustraciones, que hablaba de la importancia de mantener vínculos con la naturaleza. Pero el texto con en el que descubrí la fascinación de la lectura, su poder redentor, seductor, vivificador fue un libro que me prestó mi amiga Silvia Botán, con diez u once años, El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fernández Flórez, editado por Espasa Calpe, un texto divertidísimo, que me llevó en mi adolescencia a autores para mí vitales Jardiel, Mihura, Neville, Castelao, Camba…

-¿Por qué tu interés en el periodismo?

No sabría qué decirte… Cuando aguardaba turno para matricularme en la universidad, aún no había escogido qué estudiar… me gustaba Antropología, Psicología, Filología… y de pronto vi allí esa carrera, Periodismo, con un ramillete de asignaturas variadísimas y pensé que eso era lo que quería estudiar, para aprender un poco de todo… En esos años aprendí a caldear el amor a las palabras y a las historias. Y a reconocer la verdad del cuento.  

-Empiezo destacando el Cermi, ¿puedes explicar qué es para quien no lo conozca?

En su acrónimo, Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (en origen, de Minusválidos), es una entidad que representa al movimiento asociativo y preserva sus derechos. Estoy vincula a él desde hace años, por motivos laborales, políticos y sentimentales.

-De esa época salieron varias publicaciones: un trabajo en el que contabas qué quería conseguir el Cermi y tres libros de entrevistas (Entrevistos I, II y III).

Sí, Hoy empieza todo que, tomando en préstamo el título de la maravillosa película de Tavernier, conté, como dices, no solo el devenir de la institución sino a grandes rasgos el de las personas con discapacidad en nuestro país. Entrevistos, juego de palabras entre el adjetivo de la misma grafía y la palabra «entrevista», recogen las conversaciones aparecidas en el periódico del Cermi, en la sección ‘Cuarto de invitados’ que regento mensualmente desde 2003, y por la que han pasado tantísimos escritores, fotógrafos, actores, cantantes…

-Cómo y cuánto ha cambiado, desde la terminología hasta el trato, nuestra relación con las personas con discapacidad: pero queda mucho camino, ¿qué destacas de los avances y dónde tenemos que mejorar?

España es uno de los países más adelantados en materia normativa referida a derechos de personas con discapacidad. Me asombra cuando la realidad se impone y tiene su reflejo en el lenguaje. Sin carga alguna, fueron cayendo de nuestro vocabulario términos como «subnormal», «tullido», «inválido», porque habíamos desterrado a las personas con discapacidad de la esfera vocativa del paternalismo. Creo que el esfuerzo ahora hay que concentrarlo en la formación del colectivo, en estimular su inclusión en los estudios superiores.

-¿Qué piensas de películas como Campeones o series como American Horror Story, o el último anuncio de la ONCE de Campeonas, por citar algunos ejemplos, donde se visibiliza la discapacidad?

Me parece que todavía queda la rémora en ellos de ciertos tics que remiten a convencionalismos o tópicos… la mayor parte de las apariciones de personas con discapacidad en el mundo audiovisual y literario resaltan bien su «capacidad de héroes», bien su lado menos luminoso (como el binomio discapacidad-cierta amargura de personajes como House, por ejemplo). Ambas son extremos de los que hay que huir, ni todos los autistas son Dustin Hoffman en Rain Man, ni los ciegos son seres perversos como los que retrató Sabato en su Informe. Pero esta inclusión de personas con discapacidad como representación de la diversidad existente terminará más pronto que tarde en una normalización del colectivo, con sus bondades y sus impertinencias, propias de cualquier grupo humano.

-¿La entrevista es una manera de conocer a la otra persona?

La entrevista es una manera de entrever (de ahí, entrevistos) a alguien, es una maravillosa forma de practicar la escucha activa, un privilegio, ya que de qué otro modo uno podría conversar con determinadas personas, y una danza sutil en la que todo el tiempo se ponen en juego intuiciones, conocimientos y afectos.

-Te lo preguntaba porque tu manera de entrevistar es, por momentos, personal y directa, nada de objetiva: pasional, si me lo permites, como diciéndole al otro “confíame un secreto”.

Por lo general, conozco bastante bien al entrevistado, ya sea porque hayamos coincidido en otras ocasiones (eso me recuerda la de años que llevo ejerciendo…), ya porque he leído, escuchado o visto la obra que defiende. Eso me permite conseguir pronto el ingrediente indispensable para una buena entrevista: que el entrevistado confíe en ti, que se abandone a las respuestas que le broten, no a las que acciona como resorte. Salvo excepciones de rigor, los asuntos limítrofes con lo sensacionalista, la casquería, el amarillismo, no me interesan los más mínimo; eso ayuda mucho, tanto como suspender cualquier juicio de valor previo, y tener claro que todos podemos tener un mal día (y, por tanto, que alguien sea áspero en la entrevista no significa que sea hirsuto en su día a día).

-De Entrevistos, de esos cientos de conversaciones con personas como Chantal Maillard, Jordi Savall, Joaquín Leguina, Martirio… ¿cuál es el mejor recuerdo si puedes salvar solo uno?

Lo mucho que me han enseñado y las amistades profundas que han surgido de ellas. La vez en que Susana Rinaldi me cantó un trocito de Porque vas a venir, ese tema colosal de Mandy, o cuando en casa de Martirio cantamos por Soledad Bravo, cuando Carmen Calvo me envío al cabo de los días una litografía suya o Mingote me hizo un dibujo en el cuaderno… El modo en cuenta atrás de la emoción absoluta cuando Buero Vallejo me abrió la puerta de su casa disculpándose por recibirme en batín (fue mi primera entrevista), que Hugo Mujica me ungiera la señal de la cruz en la frente, compartir un cigarro con Jaime Urrutia… o un desayuno con Teresa Salgueiro… hay tantos momentos así de bellos, Juan…

-Poetas como Ernesto Cardenal o Jenaro Talens, escritores de la talla de Vila-Matas o José María Merino, poetas como Julia Uceda, directoras como Coixet… ¿cómo se consigue preguntar lo importante a cada quien en su disciplina?

Suponiendo que sea capaz de eso que dices, conociendo bien al personaje, y en mi caso, como marca de la casa, forjando preguntas que le lleven al confín. Por supuesto, teniendo claro que el protagonista no es quien pregunta sino siempre quien responde.

-De tu trabajo de narrativa, destaco la libertad de tus historias, la frescura en el tratamiento de temas como la homosexualidad, las tramas tan cambiantes… ¿qué referentes sigues al escribir tus historias?

Hay dos escritoras que me fascinan, Martín Gaite y Rosa Chacel, a quienes dediqué mi última novela, La vida, contigo. Toda la narrativa de Menchu Gutiérrez me parece un don, como la de Gabriela Llansol, y Mil mamíferos ciegos, de la Isabel González, un templo. Bobin, Quignard, Modiano… sin olvidar Tirano Banderas, las Sonatas, o los pecios impagables de Sánchez Ferlosio. Y después de todo ello, Cortázar, siempre.

-En la novela Los silencios de Babel de 2008, aparecen el engaño y la traición como parte de una historia cotidiana que se convierte en toda una aventura para la protagonista: ¿cómo consigues ser tan natural en ese mencionado cambio de registros?

Pues… gracias por el requiebro… de ser así, como dices, supongo que confiando en mi inconsciente, en todo momento. No sé pensar, en el sentido de que no hago fichas, ni cuando escribo un reportaje ni para una novela, mucho menos para un poema. Tampoco esbozos, ni esquemas, ni borradores. Hay una antorcha que se enciende de pronto en algún lado de mi cabeza y que me habla. Yo transcribo. Ex caelis oblato. Un regalo del cielo. De alguna manera. Pero el poema es la vida misma, es allí donde uno (yo, en este caso) se juega.

-Las mujeres siempre protagonistas, fuertes, decididas, proteicas, sensibles… como en la vida misma, con sus negros y sus blancos.

Las amo, qué le voy a hacer… también porque son frágiles, y están llenas de ternura y sensualidad.

-En El peso de una sombra, novela de 2010, la memoria juega un papel fundamental: ¿es lo que nos queda cuando todo arde, la memoria y el recuerdo?

«Cuando nuestra riqueza sea solo la memoria…», canta Fernando Márquez, el Zurdo, en la canción de La Mode ‘En cualquier fiesta’, un antídoto musical para prevenir la soberbia y egolatría, por cierto. La memoria, sí, nuestro único patrimonio inalienable porque, como dice el poema de Gottfried Benn, «En esta casa no se puede entrar/ en esta casa hay que haber nacido».

-Entre ambas novelas también sobresale el uso de la música como parte de las descripciones, del ambiente y de la constitución de los personajes: el jazz, las grandes señoras de voz negra y deje reconocible, la copla nuestra: el amor, en general, por la canción, el sonido, la otra realidad que significa la música.

Ay, es que soy muy coplera…Es algo que tengo pendiente, escribir un acercamiento a la copla… hay tantísimas imágenes bellas en sus textos… “que se me paren los pulsos si te dejo de querer”, “y así, mirando y mirando, así empezó mi ceguera”, “miente más que parpadea”, “con carbones encendidos, que le quemen esa boca”, “por mi salud yo te juro que eres para mí lo primero, y me duele hasta la sangre de lo mucho que te quiero…” Qué intensidad… qué bien lo dijo Carlos Cano, «se llama copla y cabe dentro la vida». Y la música, así, en general, creo que no sabría, ni podría ni querría vivir sin ella. Como toda belleza, la música hace que la vida merezca la alegría de ser vivida.

-Las relaciones familiares difíciles también aparecen en esta novela: como cuando señalas, nombras y escribes sobre el mundo femenino ¿es una manera de visibilizar ciertos elementos sociales que damos por hecho y que en cambio son más complicados?

No descubro nada si digo que todo es mucho más sencillo y complejo de lo que parece. Seis años de psicoanálisis me han enseñado a escuchar lo que no se dice y a ver lo que no se muestra.

-En 2011, publicas Sesión continua, una divertida historia de personas que hablan y hablan con una profesional de la mente para que les ayude a superar traumas referentes a la homosexualidad, a ver si superan ese “lío” personal y social que su cabeza no es capaz de desenredar por sí sola: aparte de los disparates que pones en boca de algunos personajes, con los que nos reímos mucho, ¿lo más importante son las metamorfosis de los pacientes?

Una de las cosas más importantes, de eso habla esta novela, es el humor. El humor nos coloca allí donde las cosas son (o pueden ser) de una manera muy distinta a como las pensamos. El humor resta gravedad y dignifica derrotas. El humor, etimológicamente, nos abrocha a la tierra. Creo que Sesión continua, junto con La vida, contigo, son los textos narrativos en los que más me reconozco, siendo casi antitéticos. Y sí, se trata de cambiar aquello que nos aleja de nosotros mismos, de cambiar aquello que nos mantiene en el engaño. El cambio lo produce el asombro. Después, uno sonríe. «Ah, era esto», piensa…

-En Una vista inesperada, nouvelle de tema y ambientación griegos, míticos, aparece más acusadamente el tejido de la novela, el texto como tapiz con esa imagen tan hermosa de tejer con hilo púrpura: ¿son importantes los clásicos en nuestra formación lectora? ¿La metaliteratura es una manera de advertir la belleza, la importancia de la disciplina literaria?

Además de esto que dices, que ilumina la belleza, en lo que concuerdo, la metaliteratura nos recuerda que antes de nosotros estuvo Cervantes, y Quevedo, y Unamuno, y Machado, y Gerardo Diego, y Cirlot, y Bachelard… nos ayuda a no perder la cabeza. Y a ser agradecidos. A eso también nos enseña la metaliteratura, al tiempo que es un reflejo del modo en que en el universo queda interrelacionado, en un inmenso rizoma, en el que todo se habla y se contesta.

-No me resisto a reconocer lo sutil, la hermosura, la alegría y la elegancia en las escenas amatorias de cualquier libro tuyo, como si el erotismo fuera tan sagrado que fuera un deber ser tierna y salvaje, feliz y heroica al describirlo literariamente.

Ay, que me sacas los colores… pues sí, soy una rijosa, qué le vamos a hacer… el cristianismo me enseñó que el cuerpo es templo, y que si dios, el dios al que venero, se hizo cuerpo, hombre, el mundo entero alberga constantemente la posibilidad del encuentro con lo sagrado. Dicho esto, ¿qué sería el amor sin el erotismo, sin la fuerza enloquecida, desquiciada, desaforada del sexo?

Espectacular ilustración de Luis Ortega para La vida, contigo

-¿Te parece que hablemos algo sobre tu poesía? Qué libros tan bien construidos: ¿te resulta natural cambiar de género?

Con humildad te digo que me parece que, en la medida en la que eso es posible, mi «género», mi «modo de estar en el mundo» es la poesía. Todo el tiempo. Hay una voluntad poética y un instinto poético en todo aquello que hago. Un peso de lo inútil como brújula, y un paso que busca constantemente el otro lado, habitar el naufragio, escuchar las ruinas, cantar el salmo.

-En 2005, Juan Pastor, en la Editorial Devenir publica De este ungido modo con prólogo de José Jiménez Lozano… Vaya bienvenida.

Jiménez Lozano me fascinaba por sus escritos sobre Simone Weil, especialmente analíticos con el aspecto político de la filósofa judía. Gracias a él conocí el modo en que Weil hace de la clase obrera el epicentro de su palabra y de su acción. Y la vida, como siempre, me regaló la oportunidad. Cuando le dieron el Cervantes, me mandaron a entrevistarle, a Valladolid. Y fue una no-entrevista muy atribulada, dificilísima, en la que al final terminamos hablando de poesía (en concreto de Szymborska). Antes de regresar a Madrid, me pidió que le enviara aquel manuscrito; lo hice, y él me contestó escribiéndome ¡el prólogo!

-…y el epílogo bellísimo también de Ubach Medina.

Ah, Antonio. Un fantástico profesor de los que te hace amar la lectura, los libros. ¡Y que, además, te hace reír! Fue de las mejores cosas que me deparó la universidad, conocerle.

-Este libro pertenece a un yo lírico que, desconcertado, atraviesa la realidad y se pierde pero mantiene un hálito de esperanza siempre.

El hombre es un ser esperanzado, de esto escribió mucho (y de un modo bellísimo) Laín Entralgo. Y como soy una mujer de fe, custodio lo que queda de esa tinaja ovalada que abrió Pandora.

-Esos dioses inactivos, contempladores que aparecen en estas páginas… ¿tienen algo que ver con nuestros deseos, nuestras frustraciones?

Me intriga el hecho de que siendo monoteísta los dioses que aparecen en mis poemas y en mi prosa tienden a ser ramillete… una vez, hablando con un filósofo marxista que admiro mucho, Jacobo Muñoz, me comentó: «qué suerte la suya que puede creer en la divina providencia al tiempo que en el libre albedrío sin que entren en colisión». Pues eso mismo.

-Años después, en 2011, repites con la editorial y aparece Penumbra, un libro de luz y oscuridad, con un rigor léxico tremendo y un despliegue de recursos bellísimos: ¿qué supuso este libro en tu carrera literaria?

Ja, ja, ja, ¡madre mía, «carrera literaria», qué grande me viene la expresión…! en cualquier caso, Penumbra supuso una manera distinta de decir la palabra. Más sencilla, menos maniquea, más libre, mucho más frágil.

-Aparecen la maravilla y lo terrible del mundo: ¿necesitabas nombrar esa doble conciencia que nos habita, la lucha eterna entre la realidad y el deseo como ya escribiera Cernuda?

Los antropólogos hablan de la tendencia de la mente humana a entenderse con esferas binarias de significado, y aunque ahora se habla mucho de que hay que quebrar lo binario me parece que a estas alturas aún no hemos asimilado que todos, en grado distintos, somos una cosa y su contraria. Sí, la realidad y el deseo, el ser y el deber ser kantiano. Las obras y los amores.  

-¿Qué poetas te emocionan?

Juan de la Cruz, María Negroni, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, Lurdes Martínez, Vicente Huidobro, Rafael Soler, Javier Lostalé, Julio Monteverde, Alejandra Pizarnik, Javier Gálvez, Francisco Javier Guerrero, Ina Olvera, Noelia Illán, Olga Orozco, Leticia Vera, Pedro Salinas, Ulalume González de León, Juarroz…

-¿En qué andas metida ahora? Veo tus entrevistas en Youtube, no dejas de escribir: ¿algún poemario a punto, alguna novela en desarrollo?

Estoy muy contenta porque hay tres proyectos hermosísimos para este año, uno, la plaquette Visto así, con la poeta Lurdes Martínez, a quien tanto admiro; el poemario Historia de la lluvia, que editará Chamán, escrito en prosa poética, que creo es lo mejor que he escrito, un prontuario de hallazgos y fulgores, y un sorprendente ensayo sobre amazonas, que aparecerá en Wunderkammer, bajo la advocación de Elisabet Riera, después de verano.

-¿Algún deseo para este año 2021, o “Virgencita, Virgencita que me quede como estoy…”?

Hay una canción de Ángela Muro que dice «Ay, Virgencita bonita (…) yo no te pido nada más que su boca cerquita, arrullando de amor…», pues algo así. Que no me falte nunca el espliego de los días. Eso pido.

 -Quería agradecerte tu magnífica disposición hacia este intento de entrevista: después de leer tus libros y escucharte, sé que es de principiante, pero aun así quería extraer parte de todo lo que sabes sobre la escritura y la lectura: es siempre un privilegio contar contigo, querida Esther.

Juan… has sido tremendamente generoso conmigo desde el primer momento que nos conocimos… y parece mentira, con lo poco que nos hemos visto, lo cerquita que hemos ido estando a través de los años… qué ganas de abrazarte hasta que se ponga el sol… ¡y de brindar con un buen brandy!

Entrevista a Esther Peñas

Fiambres, de Mary Roach

Mary Roach, Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres, Biblioteca Maledicta, 2007.

Desde el título, este fascinante libro hace honor a su título.

Como fascinante es el punto de vista de la escritora.

Alex Gibert, el traductor de la obra, imagino que se lo pasaría en grande, porque es una obra la de Mary Roach, divertida, amena e impredecible. No escatima en contar lo que no queremos oír pero es uno de esos libros que, sabiendo el final, sabiendo las consecuencias de lo que cuenta la autora, el cómo lo cuenta se impone y nos asalta, nos hace sonreír, reflexionar y sentir.

Aunque el tema de la muerte es siempre interesante y llamativo, cómo se tocan los diferentes y numerosos aspectos es delicado: Roach, cuya documentación es impresionante, la investigación de campo, las entrevistas y charlas que ha mantenido, el acto de reflexión y análisis realizado y la propia escritura y corrección del manuscrito, le ha llevado a publicar un libro curioso e imprescindible al menos para quine escribe estas líneas: cuando atenaza la muerte, la idea irracional de nuestro final, nada mejor que recordar con unos divertidos párrafos de Roach sobre el proceso de documentación del libro, por ejemplo, en la biblioteca de Medicina de la Universidad deCalifornia, en San Francisco.

El joven bibliotecario que me atendía se detuvo a consultar los libros que ya tenía en mi cuenta: Principios y procedimientos de embalsamamiento, La química de la muerte, Heridas de bala[…] No me dijo nada, pero tampoco hizo falta. Bastó con su mirada. A menudo, cuando pedía prestado algún libro de la biblioteca, temía que los bibliotecarios empezaran a hacerme preguntas: ¿Para qué quieres este libro? ¿Qué andas tramando? ¿Qué clase de persona eres?

No se ríe de los muertos, consigue que nos riamos de la muerte. Por eso pienso que es un libro necesario: conoceremos las emociones de una autora que, en mi opinión, sufre, se emociona y tiene la necesidad de contagiarnos una tranquilidad sobre el tema difícil de lograr a través del humor. Uno de los rasgos que caracterizan el discurso de Roach es el respeto por los muertos. Otra cosa es cómo contar los diferentes elementos que quiere conjugar y que consigue enlazar para construir un puzle realmente impresionante.

Encontraremos crímenes, accidentes, batallas. Experimentos, descripciones macabras, ternura, canibalismo, cremaciones. Y lo que es más importante: ¿qué hará con sus restos la autora cuando muera? La sonrisa aparece cuando se introduce en el discurso, desde una posición risible, la propia escritora: mujer viva que en un futuro sabe que será criatura muerta, corrupta… o no: la donación de órganos existe y aparece también, así como los estudios que se realizan en el campo forense.

Una de las escenas que más me llamaron la atención fue un campo de cuerpos que parecía estar tomando al sol, en una de las universidades dedicadas a estudiar el fenómeno de la muerte: los cuerpos al sol se corrompían mientras el tiempo pasaba y los investigadores iban tomando notas sobre el proceso. Aprender de la muerte ayuda a combatirla, o al menos, a saber más de ella, sus puntos flacos, si los tiene, las características, los hallazgos médicos.

Aparecerán prolapsos, placentas y necrofilia: Knoxville, la India y la China. Irresistible.

Apocalípticos, síncopes andantes, víctimas de la hipocondría… este es vuestro libro. La risa -lo siento, venerable Jorge- nos hace libres. Al menos eso dicen los impulsos nerviosos que nos llegan cuando leemos este libro.

Fiambres, de Mary Roach

Una historia de la lectura, Alberto Manguel

Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Círculo de lectores, 1998

De Alberto Manguel y su larguísima trayectoria como autor, rescato hoy su faceta como amante de libros, lector, bibliófilo, un poco loco por las páginas escritas desde que era muy pequeño y aprendió a leer para poder disfrutar historias, aventuras, dramas y experiencias ajenas: porque sobre todo, si de algo sirve leer, puede ser para tener la capacidad de decirle a alguien que no conoce a esta autora o a aquel autor: “qué suerte, vas a poder leer sus libros, conocerlos, vivirlos por vez primera” y eso, que a todo el mundo nos ha pasado con algún escritor, es ciertamente una suerte.

La edición de este libro es una maravilla: cuidada, ilustrada con ilustraciones tanto en texto como en páginas completas, de tapa dura, con sobrecubierta también ilustrada y con unas maravillosas guardas queya avisan de lo que vamos a ir encontrando en su interior.

Manguel es especialista en libros y aporta muchísimos datos, bastantes fechas y contrastadas interpretaciones que serán relevantes y fundamentales para saciar nuestra curiosidad como lectores, tanto si queremos recopilar información o simplemente somos enfermos de la lectura, de esa ralea que piensa que a veces un libro es mejor que una conversación depende de con quién.

Guardas del libro

Las partes del libro son ‘La última página’, ‘Lecturas’, ‘Los poderes del lector’, y ‘Las guardas del libro’; se incluyen unas Notas plagadas de reflexiones y lo más interesante, una bibliografía que nos ayudará a investigar o curiosear más el tema por Manguel estudiado; el libro termina con un Índice onomástico que facilita la tarea de buscar nombres, que en el libro los hay y muchos, de todas las épocas, categorías y pelaje.

EL autor escribe una historia de la lectura, desde los orígenes hasta hoy, pasando por la parte oral -y fundamental- de la historia literaria hasta la invención de la imprenta, lo popular llevado al libro -o viceversa- y los libros electrónicos. Aquí aparece el antiguo Egipto y Oscar Wilde, las perdidas y desparecidas y quemadas bibliotecas de la antigüedad y Borges, concilios cristianos y la Inquisición, fetuas y nazis, bombardeos y páginas exquisitas de escritoras desconocidas.

Un escritor ha de contar su historia y Manguel la describe con elegancia y sin pedantería: cómo aprendió a leer, cómo trabajo en librerías y cómo oh, Borges le pidió que le leyera. Quizá eso sea lo más llamativo. Lo profundo es cómo alguien escribe un libro como este: cuánta lectura hay que tener detrás para recordar vívidamente cuando se aprendió a leer, cuando se empezó a escribir y cómo disfrutamos enterándonos de algo más sobre el cerebro, las capacidades cognitivas, qué significó la lectura en las diferentes épocas de la humanidad y sobre todo, la importancia -o no- de la figura de quien escribe.

James Hillman y los cuentos infantiles -conocidos en nuestra niñez-: Maguel afirma que vuelve una y otra vez a esas lecturas. La literatura conocida en nuestra verdadera patria, como afirmaba el poeta Rilke, que también deambula por estas páginas, hace mella en nuestra cabeza y Hillman afirma como psicólogo que es, que quien se acerca a lecturas desde temprano se enfrenta a la vida de otra manera, con otra disposición.

Ilustraciones magníficas que ejemplifican las actividades lectora y escritora

La manera de leer también aparece en el libro: las maneras de leer sería más apropiado escribir, la del disfrute y la del análisis, por resumirlas pronta y quizá groseramente: dejarse llevar o escudriñar cada palabra, cada frase, cada combinación de párrafos o estrofas y versos, intentando dilucidar lo que esa persona ha querido decir en lo más profundo del significado. Lo ideal, como siempre, es hacer copular estas dos maneras para que den a luz una nueva manera de leer.

Qué supone leer, tener un libro u otro en la mano, una edición u otra: este papel, ese crujido de cubierta: ese aroma a nuevo, que es divino, o a viejo, que es más divino todavía como decía Bradbury, alguien a quien -como afirma el mismo autor en el prólogo a Crónicas marcianas-, los libros electrónicos no le preocupaban lo más mínimo pero sí los libros físicos, la lectura, el tacto, el olor, la vista. Y de la vista habla Manguel también: de los anteojos y gafas que ayudan, y la ceguera y las enfermedades que impiden. Pero también de escuchar: equizá fue Bradbury del que Fresán cuenta que aprendió a leer a los siete años, no por pereza sino por el disfrute de escuchar y escuchar cómo le leían las historias que en breve él conocería por sí mismo.

Manguel nos habla de cómo recordamos al leer: de cómo revivimos nuestra vida, otras lecturas, fenómenos que no conocemos y partes de nuestra existencia que quizá fueran de otra manera, escenas de otras novelas, partes de ese poema que brilla en lo más oscuro de nuestro pecho y que salta como una pantera en la noche de nuestros sentimientos. De la memoria y sus complejos mecanismos: de sus palacios, brillantes y elevados, de sus húmedas mazmorras que se hunden.

Y nos habla, entre otras muchas cosas, de cómo el poder está enfrentado con la cultura, la literatura, la lectura: del control que ejercen sobre nuestra libertad lectora quienes no nos quieren bien. De la censura, de la falta de pensamiento libre. Del poderoso que teme más un libro que una contestación.

A nosotros, los lectores de hoy, todavía nos queda por aprender qué es la lectura.

Un libro que es muchos libros: donde aparecen las primeras manifestaciones de la escritura y las últimas adquisiciones de libros por parte de bibliófilos de manos largas; donde los reyes y los papas se codean con Sherezade, Italo Calvino aparece con cuentos metaliterarios o Umberto Eco desfila entre sus ejemplares: yo, desde que vi en un documental el piso del italiano atestado de libros, no dejo de imaginarme al autor de El nombre de la rosa o Baudolino recorriendo esos pasillos enormes con estanterías a un lado y a otro, buscando un ensayo de la Sontag o encontrando el Godot de Beckett.

De Durero, para La nave de los locos de Sebastian Brant

Una invitación magnífica a conocer la pasión de la escritura y la lectura, un libro exquisito y amable, de difusión bibliófila y de advertencias severas contra el poder; de rescate de algunas escritoras omitidas por la historia y la animación a su descubrimiento y lectura: un ejercico espléndido de recuperación de la memoria donde Flaubert, Mansfield, la literatura japonesa femenina o el poder de la palabra, son unos pocos de los cientos de temas que toca Manguel.

Una historia de la lectura, Alberto Manguel