James Wood, Lo más parecido a la vida

James Wood, Lo más parecido a la vida, Taurus, 2016

Es absolutamente magistral que el discurso literario sea usado como tal por quien nos quiere vender alguna parte del mismo. Es decir, ¿cómo no impostar una voz impostada de por sí, ya que al escribir lo que sea, ya hacemos ficción? Esto mismo que pretende ser un conjunto de reflexiones sobre un libro de Wood, que es Lo más parecido a la vida, desde que me he puesto a transcribir mis pensamientos, se ha convertido en ficción, mejor o peor, más plena de sabiduría o de triste elegancia, o de erizos contaminados o príncipes drogadictos de la noche costeña: qué importa si por definición somos criaturas que cuentan, necesitadas de que nos cuenten, necesariamente complejas en nuestra narrativa.

Y a esto se dedica este señor, que, por cierto, tiene uno de los libros más maravillosos sobre la literatura y la narrativa que he podido leer, titulado Los mecanismos de la ficción, que no es este, y no sé por qué no comento aquel, aunque en realidad sí que lo sé, y lo diré más adelante, o abajo, o en breve.

Wood es un maestro en contar cómo hay que contar para resultar interesante y lo fundamental, para ser profundo: para escribir un libro releído, consumido y vuelto a consumir, no consumido y guardado o vendido a una librería de segunda mano por casi nada o regalado porque no: ese libro no puede formar parte de nuestra biblioteca, junto a Dostoievski, Kafka, Burroughs, Cernuda, Chaucer, Cervantes… Nada de eso.

No recuerdo a quién nombraba como ejemplo uno de nuestros autores actuales pero sí recuerdo que merecería un juicio por esas palabras -juicio literario, claro-, y decía que para llegar -pongamos, porque ya digo, no recuerdo, pero busquen, la noticia está por ahí- a García Márquez, antes había que leer sus libros (los del autor patrio actual). Como si fueran un primer paso, como si ayudaran a llegar a un discurso total que es lo que procuró el autor de Cien años de soledad. Yo, que en mi santa devoción por la inmortalidad pierdo minutos, horas y días intentando conocer lo que se hace hoy, devoré cien páginas de un libro de dicho autor, anotando solo una frase: “me toma por tonto”, sin releer nada de ningún personaje, de la trama, de los pensamientos de la protagonista… Es decir, vende mucho y el esquema es el de hace veinte años de rosacruces y griales: el bueno-el malo-el bueno-…

Vuelvo. Wood habla de la vida, la muerte, la ficción y la pasión de poder contar con honestidad una mentira tras otra, sabiendo que engatusar a lectoras/es es lo más difícil de hacer porque se precisa de conocimiento lingüístico, y de los otros, que son legión. La trama, el espacio, el tiempo, los personajes, el narrador y el punto de vista, ¿a alguien le preocupa que todo cuadre o ese hombre alto y desgarbado que apreció en el capítulo quinto se ha muerto porque un tiesto le cayó en la cocorota del quinto? ¿Cómo que la madre, paralítica, que vivía en Wyoming, aparece en Nuevo Mexico sin una puñetera silla de ruedas y baila con un marinero?

De esto habla Wood: de la suprema libertad que crea la auténtica ficción: mi hermano, hace poco, en plena pandemia tuvo un accidente casero, en la ducha, ya saben. Se quebró el tobillo, y gracias. En el hospital le dijeron que por que no había acudido antes: extrañas placas en la garganta, floraciones ocres en las caras internas de los pulmones, covid, uci y entierro. No tengo ningún hermano. Y si lo tengo ¿acaso importa? Todo el mundo sabe que vive con su amante desde hace años, y que los dos, tras abandonar a sus respectivas mujeres, se dedican al teatro y a grabar discos de ópera. ¿Importa acaso?

Wood nos habla de Walter Benjamin, de Shakespeare, de Cervantes. De la libertad de elección, de la diferencia con la religión que tiene la ficción que es otra religión, o viceversa. De cómo las novelas, la ficción y el aparato retórico que las rodea, la lectura y la maravilla del descubrimiento, nos revelan nuestra magnífica disposición a la vida, a ser juiciosamente críticos, a revolucionar (nos) nuestra manera de pensar y decidir sobre la vida.

Nos habla de la mirada especial, concreta, detallista que la literatura consigue aportarnos, quizá lo más difícil de todo: ser original sin pretensiones de reconocimiento, ver lo que nadie más es capaza de exresar así, de esa precisa manera que hace que la emoción nos embargue y como decía Fresán, en vez de “¿por qué no se me ha ocurrido a mí?”, pensar “¡Qué bueno que se le haya ocurrido a alguien!” (los dos tipos de lectores, en La velocidad de las cosas, ‘Teoría del lector’).

Muy recomendable: Lo más parecido a la vida es la lectura, la literatura, el arte que mucha gente -me incluyo- desearíamos hacer.

James Wood, Lo más parecido a la vida

La huida de la imaginación, Vicente Luis Mora

Vicente Luis Mora, La huida de la imaginación, Valencia, Pretextos, 2019

Como hay que predicar con el ejemplo, Vicente Luis Mora consigue un libro de crítica literaria -incluido ejercicio de comparación- impecable: bien escrito, con unas solidas razones argumentativas y nada del pavoneo intelectual que comprobamos en otras figuras de la literatura española.

Recapitulemos: Mora es poeta, novelista, cuentista y ensayista. Deja exhausto leer su bibliografía. Como ejemplo, hace poco compartió quince artículos sobre literatura, arte y la relación entre ambas disciplinas publicados en las más prestigiosas revistas especializadas del momento. Sus intereses recorren gran parte del mundo artístico y literario y, me puedo equivocar -que por otro lado no tendría nada de extraordinario- pero tras la lectura atenta de este libro, creo que la impostura no ha hecho mella en su discurso, que, como todo, puede agradar más o menos, pero como él mismo afirma en sus páginas, el crítico literario ha de decir la verdad y no vino para hacer amigos.

Valiente principio (afirmo).

Contemplo con estupor cómo el autor no ha sido sacrificado en la pira de la vanidad. Sigue vivo, coleando, trabajando por una literatura mejor, más literaria, menos ególatra.

La lectura de este libro es esencial para quien quiera saber algo sobre la literatura española de los últimos cuarenta años: al menos sobre la que practican autores y autoras de reconocimiento a nivel nacional. Mora parece haber leído todo, parece conocer características, enclaves y terminologías; libros, intencionalidades, conexiones. Y es digno de elogio el conectarnos a quienes no sabemos mucho de esto ni de aquello, con un pensamiento que va más allá de las ocurrencias críticas de cierta gente. O de la fe indómita de quienes defienden a sus diosas o dioses literarios sin la perspectiva del tiempo, la calidad, las certezas comprobables en pos de conseguir un premio, una publicación, la incñusión en algún libro colectivo.

No voy a destripar el libro y voy a ser muy claro: Vicente Luis Mora nos habla de que para escribir -lo siento, hermanos perros, hermanas perras, vagos y vagas- hay que trabajar, sí: leer mucho y cada vez mejor, a ser posible: variadas lecturas, clásicos, novedades, quienes forman la tradición y quienes parece que van a formarlos; conocer normas, leyes, herrameintas métricas, retóricas, leer manuales, novelas, poemarios, ensayos sobre literatura, arte… Y después releer. Y ya si eso, escribir.

Y olvidarnos algo de nosotros mismos, recurrir a la fantasía incluso en el realismo. Que también explica lo que es y no, no es malo. Ni bueno. Depende de quién y cómo lo utilice.

El libro es denso pero está escrito con un afán comunicativo que se agradece. Habla de libros, de lecturas, de poemas. Habla sobre periodismo y música. Y cine y en su bibliografía cita a James Wood pero no a Vila-Matas.

El libro trata de hacernos entender que ser escritor es un trabajo y se cuestiona cuántas de las personas que hoy dicen que lo son, en realidad pueden ser llamados así. Apela a la inteligencia de no venderse al mercado, al mejor postor si eso encadena a tener que seguir el camino cuesta abajo de la facilidad, la mediocridad y la indecencia -esto es mío- a la que han llegado algunos escritores, algunas escritoras, por querer estar ahí, relumbrando ya no por sus obras, porque la obra parece ser lo de menos, sino por ellos o ellas mismas, como si quien escribe fuera más importante que lo que se escribe. Como si escribir fuera más importante que leer.

Un grito esperanzado. Al menos para quien esto escribe. Y valiente. Hace falta tener redaños para criticar a quienes se critica en este libro. Pero Mora es sutil, sencillo, elegante y -oh, no, pensarán algunos- está muy informado y ejecuta con precisión operaciones intelectuales que nos llevan a disfrutar de la lectura de un libro que aparenta ser arduo, pero nada de eso: sabe proporcionar el interés con las verdades, esas certezas que expone, las preguntas que nos lanza. Participaremos en el libro, que en resumen, engancha, es una maravilla y causa estupor, alegría y admiración.

Polémico, sincero y divertido: asombrado y asombroso
La huida de la imaginación, Vicente Luis Mora

Fiambres, de Mary Roach

Mary Roach, Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres, Biblioteca Maledicta, 2007.

Desde el título, este fascinante libro hace honor a su título.

Como fascinante es el punto de vista de la escritora.

Alex Gibert, el traductor de la obra, imagino que se lo pasaría en grande, porque es una obra la de Mary Roach, divertida, amena e impredecible. No escatima en contar lo que no queremos oír pero es uno de esos libros que, sabiendo el final, sabiendo las consecuencias de lo que cuenta la autora, el cómo lo cuenta se impone y nos asalta, nos hace sonreír, reflexionar y sentir.

Aunque el tema de la muerte es siempre interesante y llamativo, cómo se tocan los diferentes y numerosos aspectos es delicado: Roach, cuya documentación es impresionante, la investigación de campo, las entrevistas y charlas que ha mantenido, el acto de reflexión y análisis realizado y la propia escritura y corrección del manuscrito, le ha llevado a publicar un libro curioso e imprescindible al menos para quine escribe estas líneas: cuando atenaza la muerte, la idea irracional de nuestro final, nada mejor que recordar con unos divertidos párrafos de Roach sobre el proceso de documentación del libro, por ejemplo, en la biblioteca de Medicina de la Universidad deCalifornia, en San Francisco.

El joven bibliotecario que me atendía se detuvo a consultar los libros que ya tenía en mi cuenta: Principios y procedimientos de embalsamamiento, La química de la muerte, Heridas de bala[…] No me dijo nada, pero tampoco hizo falta. Bastó con su mirada. A menudo, cuando pedía prestado algún libro de la biblioteca, temía que los bibliotecarios empezaran a hacerme preguntas: ¿Para qué quieres este libro? ¿Qué andas tramando? ¿Qué clase de persona eres?

No se ríe de los muertos, consigue que nos riamos de la muerte. Por eso pienso que es un libro necesario: conoceremos las emociones de una autora que, en mi opinión, sufre, se emociona y tiene la necesidad de contagiarnos una tranquilidad sobre el tema difícil de lograr a través del humor. Uno de los rasgos que caracterizan el discurso de Roach es el respeto por los muertos. Otra cosa es cómo contar los diferentes elementos que quiere conjugar y que consigue enlazar para construir un puzle realmente impresionante.

Encontraremos crímenes, accidentes, batallas. Experimentos, descripciones macabras, ternura, canibalismo, cremaciones. Y lo que es más importante: ¿qué hará con sus restos la autora cuando muera? La sonrisa aparece cuando se introduce en el discurso, desde una posición risible, la propia escritora: mujer viva que en un futuro sabe que será criatura muerta, corrupta… o no: la donación de órganos existe y aparece también, así como los estudios que se realizan en el campo forense.

Una de las escenas que más me llamaron la atención fue un campo de cuerpos que parecía estar tomando al sol, en una de las universidades dedicadas a estudiar el fenómeno de la muerte: los cuerpos al sol se corrompían mientras el tiempo pasaba y los investigadores iban tomando notas sobre el proceso. Aprender de la muerte ayuda a combatirla, o al menos, a saber más de ella, sus puntos flacos, si los tiene, las características, los hallazgos médicos.

Aparecerán prolapsos, placentas y necrofilia: Knoxville, la India y la China. Irresistible.

Apocalípticos, síncopes andantes, víctimas de la hipocondría… este es vuestro libro. La risa -lo siento, venerable Jorge- nos hace libres. Al menos eso dicen los impulsos nerviosos que nos llegan cuando leemos este libro.

Fiambres, de Mary Roach

Una historia de la lectura, Alberto Manguel

Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Círculo de lectores, 1998

De Alberto Manguel y su larguísima trayectoria como autor, rescato hoy su faceta como amante de libros, lector, bibliófilo, un poco loco por las páginas escritas desde que era muy pequeño y aprendió a leer para poder disfrutar historias, aventuras, dramas y experiencias ajenas: porque sobre todo, si de algo sirve leer, puede ser para tener la capacidad de decirle a alguien que no conoce a esta autora o a aquel autor: “qué suerte, vas a poder leer sus libros, conocerlos, vivirlos por vez primera” y eso, que a todo el mundo nos ha pasado con algún escritor, es ciertamente una suerte.

La edición de este libro es una maravilla: cuidada, ilustrada con ilustraciones tanto en texto como en páginas completas, de tapa dura, con sobrecubierta también ilustrada y con unas maravillosas guardas queya avisan de lo que vamos a ir encontrando en su interior.

Manguel es especialista en libros y aporta muchísimos datos, bastantes fechas y contrastadas interpretaciones que serán relevantes y fundamentales para saciar nuestra curiosidad como lectores, tanto si queremos recopilar información o simplemente somos enfermos de la lectura, de esa ralea que piensa que a veces un libro es mejor que una conversación depende de con quién.

Guardas del libro

Las partes del libro son ‘La última página’, ‘Lecturas’, ‘Los poderes del lector’, y ‘Las guardas del libro’; se incluyen unas Notas plagadas de reflexiones y lo más interesante, una bibliografía que nos ayudará a investigar o curiosear más el tema por Manguel estudiado; el libro termina con un Índice onomástico que facilita la tarea de buscar nombres, que en el libro los hay y muchos, de todas las épocas, categorías y pelaje.

EL autor escribe una historia de la lectura, desde los orígenes hasta hoy, pasando por la parte oral -y fundamental- de la historia literaria hasta la invención de la imprenta, lo popular llevado al libro -o viceversa- y los libros electrónicos. Aquí aparece el antiguo Egipto y Oscar Wilde, las perdidas y desparecidas y quemadas bibliotecas de la antigüedad y Borges, concilios cristianos y la Inquisición, fetuas y nazis, bombardeos y páginas exquisitas de escritoras desconocidas.

Un escritor ha de contar su historia y Manguel la describe con elegancia y sin pedantería: cómo aprendió a leer, cómo trabajo en librerías y cómo oh, Borges le pidió que le leyera. Quizá eso sea lo más llamativo. Lo profundo es cómo alguien escribe un libro como este: cuánta lectura hay que tener detrás para recordar vívidamente cuando se aprendió a leer, cuando se empezó a escribir y cómo disfrutamos enterándonos de algo más sobre el cerebro, las capacidades cognitivas, qué significó la lectura en las diferentes épocas de la humanidad y sobre todo, la importancia -o no- de la figura de quien escribe.

James Hillman y los cuentos infantiles -conocidos en nuestra niñez-: Maguel afirma que vuelve una y otra vez a esas lecturas. La literatura conocida en nuestra verdadera patria, como afirmaba el poeta Rilke, que también deambula por estas páginas, hace mella en nuestra cabeza y Hillman afirma como psicólogo que es, que quien se acerca a lecturas desde temprano se enfrenta a la vida de otra manera, con otra disposición.

Ilustraciones magníficas que ejemplifican las actividades lectora y escritora

La manera de leer también aparece en el libro: las maneras de leer sería más apropiado escribir, la del disfrute y la del análisis, por resumirlas pronta y quizá groseramente: dejarse llevar o escudriñar cada palabra, cada frase, cada combinación de párrafos o estrofas y versos, intentando dilucidar lo que esa persona ha querido decir en lo más profundo del significado. Lo ideal, como siempre, es hacer copular estas dos maneras para que den a luz una nueva manera de leer.

Qué supone leer, tener un libro u otro en la mano, una edición u otra: este papel, ese crujido de cubierta: ese aroma a nuevo, que es divino, o a viejo, que es más divino todavía como decía Bradbury, alguien a quien -como afirma el mismo autor en el prólogo a Crónicas marcianas-, los libros electrónicos no le preocupaban lo más mínimo pero sí los libros físicos, la lectura, el tacto, el olor, la vista. Y de la vista habla Manguel también: de los anteojos y gafas que ayudan, y la ceguera y las enfermedades que impiden. Pero también de escuchar: equizá fue Bradbury del que Fresán cuenta que aprendió a leer a los siete años, no por pereza sino por el disfrute de escuchar y escuchar cómo le leían las historias que en breve él conocería por sí mismo.

Manguel nos habla de cómo recordamos al leer: de cómo revivimos nuestra vida, otras lecturas, fenómenos que no conocemos y partes de nuestra existencia que quizá fueran de otra manera, escenas de otras novelas, partes de ese poema que brilla en lo más oscuro de nuestro pecho y que salta como una pantera en la noche de nuestros sentimientos. De la memoria y sus complejos mecanismos: de sus palacios, brillantes y elevados, de sus húmedas mazmorras que se hunden.

Y nos habla, entre otras muchas cosas, de cómo el poder está enfrentado con la cultura, la literatura, la lectura: del control que ejercen sobre nuestra libertad lectora quienes no nos quieren bien. De la censura, de la falta de pensamiento libre. Del poderoso que teme más un libro que una contestación.

A nosotros, los lectores de hoy, todavía nos queda por aprender qué es la lectura.

Un libro que es muchos libros: donde aparecen las primeras manifestaciones de la escritura y las últimas adquisiciones de libros por parte de bibliófilos de manos largas; donde los reyes y los papas se codean con Sherezade, Italo Calvino aparece con cuentos metaliterarios o Umberto Eco desfila entre sus ejemplares: yo, desde que vi en un documental el piso del italiano atestado de libros, no dejo de imaginarme al autor de El nombre de la rosa o Baudolino recorriendo esos pasillos enormes con estanterías a un lado y a otro, buscando un ensayo de la Sontag o encontrando el Godot de Beckett.

De Durero, para La nave de los locos de Sebastian Brant

Una invitación magnífica a conocer la pasión de la escritura y la lectura, un libro exquisito y amable, de difusión bibliófila y de advertencias severas contra el poder; de rescate de algunas escritoras omitidas por la historia y la animación a su descubrimiento y lectura: un ejercico espléndido de recuperación de la memoria donde Flaubert, Mansfield, la literatura japonesa femenina o el poder de la palabra, son unos pocos de los cientos de temas que toca Manguel.

Una historia de la lectura, Alberto Manguel

Cualquier cosa que esto quiera decir: sobre Chejfec y su Teoría del ascensor

Sergio Chejfec,, Teoría del ascensor, Madrid, Jekyll & Jill, 2016.

(Lo que sigue son las pocas cosas que logro rescatar de una historia que conozco.)

Hay escritores que recuerdan a otros, que nos trasladan a otras propuestas y consiguen que expandamos nuestras expectativas lectoras, reflexivas, literarias.

Sergio Chejfec es un privilegio lector.

Es la expansión de la conciencia lectora en nuestras manos: tomo ‘Teoría del ascensor’ y abra por donde abra el libro, sus ensayos son diferentes y uno, diversos y unitarios, sencillos y complejos. Con razón afirma Vila-Matas en la contraportada que es “adicto a Chejfec”. Conociendo la literatura que propone el autor de ‘Bartleby y compañía’, tanto en sus cuentos y novelas como los ensayos -expansivos, regresivos, múltiples, plenos de referencias y autorreferencias-, por ejemplo, de ‘Impón tu suerte’, el tejer y destejer referencias, crónicas, prólogos, arte, literatura… lo multidisciplinar es marca de la casa vilamatesca. Y Chejfec, en un afán personal por abarcar varios temas, termina por abarcarlo todo: el dibujo, la pintura, la arquitectura, la descripción de (posibles) ciudades, los libros y la poesía, los narradores, las poetas, el universo mínimo de un paisaje tan enorme como su palabra y las metáforas que utiliza.

Da un poco de vértigo enfrentarse a un libro de Sergio Chejfec: el detalle nimio y aparentemente líquido se coagula en una visión, el rastro de tradición al recoger elogios justificados a otros artistas, el replantearse su pensamiento por si estuviera equivocado, ante la lectura de versos, poemas o novelas.

“Desprecio lo claro y lo explícito”, escribe en referencia a la ciudad, a la literatura: al todo que compone nuestro mirar, añadiría yo. Deja algo anonadado este tipo de literatura hipnótica: hablaba antes del detalle pero no es únicamente eso lo que hace que crezca por momentos mi admiración por Chejfec: es, cómo decirlo, esa fijación que tiene el escritor por alimentar la realidad con su lenguaje. Todo está ahí, pero no lo vemos, parece decirnos: por eso hay que practicar una literatura total, sin aspavientos ni intenciones de cerrar el círculo. Más bien, diría yo, Chejfec quiere ampliar nuestra visión de todos y cada uno de los temas que toca, maneja, sugiere.

Como una de esas sustancias psicoactivas que permite ver y vernos, nos contemplamos contemplando lo escrito por Chejfec como si fuera algo totalmente nuevo.

La literatura investiga problemas de revelación: pero lo mas misterioso de todo es que no la muestra, no la descubre. La verdadera literatura, parece decir, insinúa pero no desvela, dejándonos la maravillosa sensación de ser nosotros quienes descubrimos al asesino tras las cortinas, la oculta estrella tras las nubes, el deseo que no soporta más estar atrapado en el cuerpo deseante.

Hacer de lo estético una presencia sacra.

Es un libro enorme, extenso por lo que propone y profundo por cómo lo dispone. Un ejemplo sería las reflexiones sobre Barreto y su historia literaria, que es de antología.

La sensación es que hay mucho más: todo lo que no dice, escribe Chejfec y que hemos de componer los lectores. Como si la libertad otorgada nos supiera a poco, queremos más, sin darnos cuenta de que nos ha ofrecido lo más preciado que un escritor tiene: su desnudez ante la diversidad cultural que el mundo revela para él. Es un compromiso tanto para sí mismo, de honestas funciones investigadoras, como para quienes lo leemos, ya que decidimos en un momento prestar atención a algo que ni nos habíamos planteado que pudiera tener conexiones, poniéndonos en marcha mentalmente, o físicamente ya que leemos y buscamos informaciones, libros… que completen lo que el autor ha dejado en el aire.

No podía dejar de pensar en ‘Manual del distraído’ de Alejandro Rossi, del que guardo un magnífico recuerdo y multitud de notas.

Cualquier cosa que esto quiera decir.

Cualquier cosa que esto quiera decir: sobre Chejfec y su Teoría del ascensor