Penumbra, Esther Peñas

Penumbra, Esther Peñas, Devenir, 2011.



Cada libro es un aventurarse, luminosa, oscuramente, hacia un destino por conocer.

Esther Peñas lo sabe y en esa sabiduría radica la perfección jamás hallada mas siempre buscada, ansiada.

Peñas consigue hacer poemas con conceptos básicos pero olvidados: la belleza consiste en aplicar el día a día, la piel, los labios, el húmedo afecto de unas manos que acarician, empujan, sostienen, alientan.

Penumbra es la historia de la luz y la oscuridad, hermanas queridas y odiadas a partes iguales por la conciencia lúcida que a veces se oscurece por el alrededor y la historia: leer es un ejercicio de responsabilidad que parte de la escritura responsable, consciente, autónoma de una persona que ejerce el poder que cada palabra otorga: Peñas selecciona con mimo el léxico, aplica su rigor amoroso al contexto y nos hace visitar prados yermos o páramos frondosos. Su guía es excelente: el amor, el desamor a veces; la luz, la oscura semblanza del rostro que no tenemos: una odisea sin nombra pues nos deja libertad suficiente para reconocernos o no mirar el espejo por miedo a nosotros mismos, a no oír los cantos de sirenas por temor a qué nos dirán, a cómo nos nombrarán y cómo no, a obviar labios que pueden nombrarnos, haciéndonos así partícipes de una verdad incognoscible: nuestro verdadera mirada.

La ascensión hacia la luz, la caída ante la oscuridad.

El libro está perfectamente divido en dos pico de interés, siendo la parte central al que nos sirve de alas angélicas para poder admirar el verdadero fulgor con el que cierra la poeta este libro. Son páginas de fuego líquido, lava en estado puro y emocional, contrastes de amor y odio, de comprensión y terror: todo lo abarca el brillo de la vida.

Decir algo obvio antes de continuar: espléndido prólogo de Lostalé. bellísimo elogio a la poesía de Peñas, que no merece menos y el prologuista es otro afortunado de la palabra como sabemos quienes hemos leído sus poemas.

Umbra, Vislumbre, Resplandor, Opaco, Fulgor. Cinco partes como cinco soles: que ciegan o son ciegos, porque todo recoge el verso de Peñas que ella amaestra con diamantina claridad o pétrea y robusta oscuridad.

Elementos que nos suenan como ese eco que atraviesa el poemario serían los pasos, que resuenan desde el amor al desamor, desde esa amistad y honor y sentidos homenajes al estupor ante la maravilla y lo terrible del mundo. Andar, como diría el maestro Machado.

Tantísimo despierta este libro que el estupor, la melancolía y el dolor en diferentes grados (para lo que no duda la artista de la palabra en jugar con la tipografía), frente al silencio que ocupa a veces nuestro diario devenir, frente a no nombra por impotencia o elección, termina preguntando, con la osadía que el valor de saberse invoca: “¿Quién dijo miedo?”.

Libro decididamente bello, hermosamente valiente y de unas relecturas muy potentes, fogonazos de brillos lindos, limpios y -dios, cómo se hace eso- honestos, sinceros, límpidos de alma (con lo que esto quiera significar).

Hay presencias titánicas,

envolventes como arrugas de elefante

que hacen que lo bueno se perpetúe

aunque sea un instante,

un segundo, un parpadeo de tiempo

cuyo fruto resulta infinito.

Hay seres fascinantes

que se rebosan en cada gesto

y nos inundan;

personas

cuyo efecto es permanente.

Su ánimo auténtico,

hercúleo,

obstinado en bondad,

su hechura templada,

como un patrón a medida alzada que nos encaja,

su corazón discreto

los delata.

hacen posible que uno no se rinda

ante el desastre

y sostienen el cuerpo.

Sin embargo

coinciden en fragilidad,

convienen en no sentirse legítimos,

se pierden, se desangran

e ignoran cómo pedir auxilio.

Débiles ante sí mismos,

nos rescatan del asombro

porque existen,

se atestiguan en lo que son,

mas concuerdan en destruirse.

Sé de algunas de estas naturalezas,

las reconozco.

Te vi antes,

creí en ti siempre.

Hoy te tengo.

No te me alejes.

Me he permitido transcribirlo entero porque este texto es de una belleza arrolladora.

Y para terminar: un poemario como este es feminista. Convendría que alguien con mejor preparación, desarrollara una lectura así.

Gran libro. Y terrible, como todos los libros hermosos.

A leer a Esther Peñas.

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Penumbra, Esther Peñas

David Pérez Vega, again: El bar de Lee I: Móstoles.

David Pérez Vega, El bar de Lee, Ediciones de Baile del Sol, 2013

Hace poco hablábamos como si yo fuera alguien sobre poesía, poéticas y trabajo literario. Cada vez me fío menos de mí, de mis lecturas -no de los libros, sino de mi capacidad lectora- y de que esto, la literatura, los libros, todo lo que rodea al mundillo literario, que se sabe a sí mismo extraliteratura, sirva para algo más que opinar, hablar y blablablá.

Leer a Pérez Vega, su poesía, sus versos, impone mucho si quien prologa es Alejandro Céspedes, poeta curtido, reconocido y que escribe los límites de la escritura propios y ajenos. Así que pienso, adentrémonos en algunos textos, a ver qué sucede, si me conmueven o reconozco algo del mundo propuesto por este escritor.

Como la muerte acecha, seré breve: El bar de Lee -que incluye el verbo de la lectura, ja- se compone de un par de libros: el primero se titula ”Móstoles era una fiesta” de 1998 y “El calvo del Sonora” de 2008. Me centro en el primero.

“Móstoles…” dedica a la infancia el primer poema, y de la belleza del recuerdo, Pérez Vega consigue trasladarnos sin temor a nuestro pasado, repleto de llamadas a juegos y ese moroso tiempo en el que la patria chica era nuestra existencia. Me gusta la frase aquella de Panero, esa de que en la infancia se vive y después se sobrevive. Crecer, a largo plazo -si tenemos suerte- es morir. Podría ir poema por poema, pero no es el objetivo: lo que sí hay que leer son las asociaciones que realiza el poeta, los recuerdos clásicos -procedimentales y métricos- que impone el oído y la vista, la capacidad de matizar el apagón vital de una muerte.

El alcohol, la literatura y el deseo representan tres elementos que persisten en los textos, a veces helados témpanos que trastocan la realidad cuando el yo lírico pretende describir la melancolía y en otros momentos candentes pasos de un joven de su tiempo -1998-, cuando la poesía de la experiencia para algunos eran otros y para mí, Javier Egea, pero qué poesía no es de la experiencia, recitaban los mayores como Pepe Ortega, Enrique Morón, Juan J. León, José Lupiáñez y o, aterido de frío y calimocho hartaba de voces la madrugada embriagado de yoísmo y derivados de ficciones y estúpidos y ajenos premios y 20 años. Y Lorca y Hernández, y JL Panero, y pensar que Bukowski terminaba con esos poemas que ya estaban hechos y sí: Góngora era el dios de cíclopes que tanto nos influirían al final a unos cuantos.

Existe la noche, y la calle vibrante; la voluntad literaria de descripciones, enumeraciones necesarias y una comprometida contienda consigo mismo: al menos eso veo yo. Una personal guerra con la certidumbre de que esto vaya a mejorar en un tiempo, cuyo paso, a los 23 o 24 años, Pérez Vega vislumbraba demasiado bien.

Me veo de nuevo buscándote camino de la biblioteca,

comprendiendo lo ridículo de mis quimeras de polen,

la intangible ausencia de mis palabras

no pronunciadas.

Y además, existe la inevitabilidad (?) de la desacralización de la poesía: hay una fuerte voluntad de ruptura de lo esperado, lo lírico, lo poético: es superior al poeta, a la vez, no ser poeta (es de suponer que para no alejarse de nos, digo yo). Decide entonces ser escritor y utiliza todos los recursos mencionados y más. Una brújula rota decidiendo el destino de los versos, un destino colmado de desdicha y feliz por sus diente rotos, un alzamiento urbano ante el palacio de la poesía. Y, extrañamente, consigue captar la atención, recurre a la poética norma de romper las expectativas, como dije, atrayendo nuestra mirada a uno y otro y otro elemento que la coctelera precisa como rarezas de vitrina, encerradas tras el soplado cristal del poeta mas vivas para quienes nos acercamos a su mundo.

Poemas que son homenajes a literaturas, literaturas personales y referencias reconocibles, que quizá sea lo más difícil: ser comunicativo y esperar alguna trascendencia, sabiendo que no hay futuro, aunque el futuro sea lo único que poseamos en la memoria.

Y releo esto y me corrijo para, en fin, sí, decirme “te ha gustado esta fiesta, a ver si vas a Móstoles, y bueno, encontramos el bar de Lee”.

David Pérez Vega, again: El bar de Lee I: Móstoles.

La suave piel de la anaconda de Raúl Ariza

Raúl Ariza, La suave piel de la anaconda, Talentura, 2012

Lo que sucede en cualquier momento y cualquier lugar, a cualquiera: sobre esto escribe Ariza. Los temas, comprometidos, sociales, el hecho de estar contándolos…

Lo más llamativo es el escalpelo estilístico que maneja entre sus manos de doctor en literatura: las operaciones son capitales y Ariza lo sabe, lo lee, lo escribe.

Uno de los maestros del relato, Ángel Olgoso, dice en su prólogo que sus relatos poseen una complicidad extrema y lograr algo así (tanto que Olgoso escriba un prólogo para un libro como que hable maravillas de la obra) ya es un gran avance: si el gran cuentista repara, acoge y apoya la obra de alguien, es un añadido para guiar a quien se quiera acercar a esta piel, a esta anaconda, a este Ariza.

Ariza hay varios, pero su estilo, como también se ha escrito y dicho (Mariano Zurdo, editor de Talentura, habla del estilo Ariza), es muy reconocible. Tomar un cuento de Raúl Ariza es contemplar el abismo de lo que somos, de lo que no queremos ser y además, con esa retórica que no entona cantos, con una precisión brutal y un desgarro muy profundo y personal.

Escribo pensando en que la aparente sencillez con la que el escritor comunica, provoca una envidia y un miedo, que dejan paso a lo que comentaba Olgoso y ya anunciamos antes: más complicidad imposible cuando a veces, retiramos la vista, releemos algunos textos o pensamos (que también por ahí comentan): “no puede estar pasando esto, edulcóramelo o algo”.

Pero para qué: la sintonía es siempre aparecer y quedarse fugazmente, así se escriben lo mejores cuentos, los que hacen pensar y volver sobre ellos.

Hay muchos tipos de cuentos, ya lo sabemos: tanto como artistas de la palabra, porque siempre puede mutar en algo que roce estilo, personajes, trama, autorreferencias… Puede gustar más o menos el tema, lo que está claro es que Ariza nos conduce hacia donde quiere sin titubeos y Carmen Puchol aporta una visión en sus ilustraciones que convierten al libro, tras su cuidada edición (Talentura, qué decir más), en un objeto hermoso, práctico y reutilizable: mirar y leer, tocar y sentir. Nada, envidia.

En Ariza encontramos a alguien que narra con soltura historia poco gratas, complicadas, de hipocresías aprehendidas profundas, experto en matizar la violencia machista, el dolor de la otra persona o el sinvivir de gente azotada por querencias nada sanas.

Es uno de los escritores que participa de las preocupaciones que algunos/as seguimos pensando que existen, mientras que otros/as piensan que no son importantes, no son para tanto o directamente son inventos de un grupo radical que compone un lobby cuyos objetivos no son nada claros: tanto para unos, como para otros.

La valentía, quizá extraliteraria, pero en mi opinión, compañía digna de la literatura, es muy potente: contar una vez, y otra, y otra, que nos acompañan lastres desde hace años que quizá leyendo, seguro que educando -la lectura es uno de los elementos de la educación- quizá vayamos aprendiendo a reconocer; dichos lastres son entre otros, el machismo, la envidia, la hipocresía y el pensamiento único.

Raúl Ariza fulmina todos esto: o lo lo intenta al menos, que no es poco con lo que está cayendo estos días de venenos sin serpientes y de poca capacidad de escuchar -ahí viene, ahí se va- cómo la naturaleza literaria admite y acoge con cariño esa piel que da paso al cuerpo nuevo, esa piel que suavemente avisa de que la anaconda, el estilo de Ariza, vino para quedarse entre quienes queremos leer algo más que retóricas ocurrencias, gracietas momentáneas y chistes supuestamente literarios.

Raúl Ariza es novelista y cuentista. Y también escribe un libro que se llama ‘Glóbulos versos’. Ahí es nada.

La suave piel de la anaconda de Raúl Ariza

Los insignes, (o no tanto) de David Pérez Vega

David Pérez Vega, Los insignes, Sloper, 2015.

Qué felicidad se esconde en estas páginas: la cara de, lo dice todo

Si es que al final, de eso se trata: de reírnos de nosotros mismos.

David Pérez Vega es poeta y novelista y alguna que otra cosa más, y se le nota. Ferocísima y dulce crítica la que hace al mundo de la cultura, centrada en la escritura de poemas, en el mundo de la lírica actual y pasado porque como diría Javier Krahe, cualquier tiempo pasado fue anterior.

Un poeta verdadero, o así se siente él, entabla comunicación y amistad con Kim Jong-un. Y esta es la premisa para repasar unos tiempos grises y oscurísimos sobre nuestra concepción de lo que es la literatura, y como decía antes, la cultura en general, plagada de pobreza crítica, mucho ayuntamiento carnal y primate (de primos/as) e intereses extraliterarios.

Y con un fino sentido del humor que provoca a quienes leemos esta novela, maravillosamente estructura entre una inverosímil relación, el buen carácter de un dictador y las penalidades de un poeta exquisitamente poco atractivo, pero preparado, leído y con ganas de triunfar como el que más, merecedor de coronas y laureles que no llegan pero que nos suenan.

La facilidad que Pérez Vega tiene de componer un drama es apabullante, la verdad. Nos -me- invade raudamente la vergüenza al reconocer ajenas formas y reacciones propias en esto de escribir. Y una envidia poco sana al reconocer a un buen novelista que es capaz de transportarnos al otro lado de mí mismo, es decir, reconozco la calidad de lo intentado, que llega a ser un triunfo de la aparente sencillez y pocas ínfulas que el escritor tiene, comparado con el narrador, el protagonista de la historia y su compañero de fatigas.

Muy recomendable lectura para quienes quiera saber de qué va la película lírica que nos obligan a ver en el cine de la actualidad cultural. Y me atrevo a decir que el arco de edad para leer estas páginas es muy elástico, algo que no es fácil de hacer si tenemos en cuenta que lo que quiere comunicar Pérez Vega es una desazón que podemos sentir desde tempranas edades -cuando vemos que la suerte en premio o publicaciones de nuestro amigo avanzan, como avanzan sus visitas al despacho de, o la casa de, pero no sus calidad de sus versos- o ya mayorcitos si lo que queremos es tomárnoslo como una radiografía divertidísima de lo que nos esperará cuando crezcamos. Más de un/a artista se sentirá reconocido/a.

Y es que somos “unos artistas, todos”, como decía un amigo de Cádiz: o como decimos en Granada, que “hay más Lorcas que panes” y no leemos a Federico. En fin, Bolaño, los poetas chinos y españoles, poetas hispanoamericanas, la decadencia y un pasacalles surrealista de editores, hacedoras de versos, supuestos escritores y otros seres del sinvivir poético que componen un mosaico que despierta simpatía y pena, miradas crueles y sensatas, paradojas entre el bien y el mal y las eternas preguntas que nos hacemos todos los días, algunas como las siguientes:

-¿vendería yo, poeta puro que no me vendo -ni vendo veinte ejemplares de mi último poemario- vendería yo, pregunto, clamo al cielo, a mi madre por un premio literario? Mejor no contestamos.

-¿recomendaría a mi amigo si es mejor que yo a una editora que me propone publicar un par de poemas en una revista extranjera?

-¿se contribuye desde las editoriales a forzar un tipo de lectura para mantener a flote una empresa?

-¿es la autoedición digna y sabemos qué hacemos al mencionar a JRJ o a Lorca?

-¿puede alguien contar con tanta gracia la desaparición de Kafka de la historia de la literatura?

-¿la corrupción moral es inherente al ser humano; al español y al mundo de la economía, la cultura…? ¿en cualquier ámbito está normaliza la corruptela?

-¿dudamos sobre la limpieza de los premios?

-¿sinceramente es para tanto escribir libros?

A leer, malditos seres hermosos que disfrutáis con la lectura: horas de diversión y reflexiones os aguardan tras la carita feliz del amado y supremo líder.

Y no, no sabemos quiénes serán esos insignes de los que nos habla el señor Pérez Vega. La risa nos impide hablar a veces.

Gran frase de contraportada
Los insignes, (o no tanto) de David Pérez Vega

GPS, Agustín Calvo Galán

Agustín Calvo Galán, GPS, Amargord, 2014.

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A las puertas de 2015, Calvo Galán, poeta de trayectoria amplia en lírica y en poesía visual, publicó un libro titulado ‘GPS’, con prólogo del también poeta Alejandro Céspedes.

La elección de una introducción -aunque ahora hablen de los epílogos, para que quien se acerque al libro no se contamine de la opinión previa de quien opina- es algo que siempre me ha interesado: ¿por qué esta escritora y no la otra?, ¿dijo previamente x que no, y por eso es y quien organiza el preámbulo…?

Al margen de inquietudes de patán como las anteriores, Calvo Galán demuestra que tiene a gente que lo admira y o reconoce: le pasa en ‘GPS’ (Amargord, 2015), le sucederá en ‘Y habré vivido’ (La Garúa, 2018), sobre el que algo diré también en breve, si soy capaz.

Y escribo “si soy capaz” porque Agustín Calvo Galán está al margen de opiniones poéticas, modas y alharacas de hoy día. Es un poeta complejo, hondo y accesible por medio de emociones que al fin y al cabo, es lo que importa en esto de la poesía: nada frío ni sentimental, se escurre como un dorado pez en las aguas del silencio, que tan bien nombra, que utiliza tan delicadamente.

El prólogo de Céspedes es una maravilla, como el libro se merece: en él, se nos habla de su necesidad o no: “¿Prólogo? ¿Qué clase de prólogo necesitará la poesía? ¿Desde dónde, hacia quién?”, entre otras muchas cosas. Si el espacio del lector es importante, no lo es menos la actividad lectora: somos quienes conformamos los poemas que nos entrega el poeta, quienes minimizamos los riesgos ante la brutalidad impactante de sus desnudos sentimientos o quienes al yo lírico atamos en corto y sonreímos a oscuros por los brillos fatuos que su amor reconoce en el nuestro.

Dice Alejandro Céspedes: “No me siento seguro de afirmar qué ha querido escribir Agustín Calvo Galán, y no me importa.”

La desconfianza del idioma, la sospecha de que ni siquiera él, capaz de nombrar divinidades, abrazos y muertes, será el elegido para desistir de la melancolía o alternar con la alegre esperanza de unos días mejores.

Ese ‘GPS’ será el poeta y será el lector: es decir, el posicionamiento de uno, conllevará inequívocamente el movimiento del otro, crítico o no, amable o no, pero nunca quedaremos en la indiferencia, pues los textos de Calvo remueven.

Obviamente, si alguien como Céspedes, a quien considero un lector sagaz dice que no sabe ni le importa entender del todo a Calvo Galán, no llegaré yo a la palestra para desentrañar entuertos líricos pero sí, al menos, intentará dar unas pistas por si alguien que no conoce el libro, tiene interés en descubrir a un poeta interesante, descontento con lo típico y tópico poéticos y alguien, en fin, que nos hará releer y descubrir en sus versos referencias a otros textos y poetas.

Hay una desposesión feroz en este libro: el yo lírico no es dueño, parece, ni siquiera de sí mismo. EL cuerpo, la voz, la palabra… todo está mediante rupturas, y cómo no, el descubrimiento de ese estar pero mediante fronteras, muros, puertas… molesta, duele, absorbe alegrías y mitos se rompen, acercando miedos, ira, incomprensión. Mas lucha, como veremos, rebeldía, no aguante, pero sí silencio. Porque, parecemos pensar con el poeta, si la palabra es una convención que nombra convenciones… ni esto que pensamos será cierto, pero el poeta chilla: por algo será.

Hay sed y hambre en estos poemas: hambre del otro ser, de la otra persona. Hambre del resto de criaturas que puedan entendernos, comunicarse con nosotros, hambre de matizar la soledad pero en compañía. La visión del poeta se alarga a la sociedad y peculiarmente, como en ráfagas de alucinaciones ve que lo real impera, asusta, envilece. El discurso lírico también estará ahí, no se ovillará en sí mismo para desaparecer en beatíficas imágenes.

No quiero nada más,

poder llamarte

poseer tu nombre…

Hay mucho de querer nombrar el misterio que es vivir, morir, sentir. Hay muchas palabras que quisieran servir para designar lo que degrada, lo que olvida, lo que se venga. El poeta asume el papel de persona que al nombrar, hace realidad dudas, querencias y extravíos, como diría el maestro Krahe.

Ni siquiera el idioma

nos ayuda

a ser.

Entre sospechas y dudas, el poeta adquiere la palabra de la nada y de la nada surge su lamento combativo:

Finjo todo lo que digo,

o no lo digo, o soy

             o lo que sea.

“En extremo peligro, “”Desde la ingle todo el vacío…” o “Nubes como robles, abriéndose…” por citar tres hermosísimos poemas, recogen a mi parecer bastantes elementos de los comentados.

El libro es una joya: desde la edición -ese naranja me fascina, arde entre las manos-, pasando por el prólogo del maestro Céspedes y concluyendo con la voz lírica y plagada de ecos de Agustín Calvo Galán.

GPS, Agustín Calvo Galán