Oda Jaune

 Me dice mi amigo Luis, tras largas conversaciones sobre varios temas o quizás antes de ellas -el tiempo…- que me va a encantar la obra de Oda Jaune.

 Al comprender la magnificencia de la creación humana, lo que viene siendo un previo de lo que llegaremos -si llegamos- a ser creadores, entendemos muchas cosas de un corazón que late, de un híbrido mutante de animal moribundo que sajamos -a lo americano, yo jamás me vi en tal tesitura- y des-entrañamos como si las/los arúspices o -quiénes eran- nigromantas garciamarquesas, (es/es).

 Jaune concibe el mundo como a algunos les gustaría que fuera, no lo dudo. Las parejas debieran ser uno. Los animales, contemplar esos amores intransferibles y puros.

 Jaune tiene el poder de evocación muy desarrollado: prevé y lo que va a venir se funde con el presente: casi nada en estos tiempos de rapidez absoluta y falta de pensamiento crítico.

 Es un juego el sexo, la soledad una canción equívoca: “solo estás, ante tu espejo/ nada más que contar, solo un recuerdo…”, y de ahí la máscara, lo oculto y el qué dirán (de fondo unos amores cantados por Boris Vian).

Not alone

Constantes mutaciones de la realidad, que son la realidad misma. Similares pero diferentes, matices en conjunciones de carne, huesos y cabelleras; ríos, piedras, monos que matizan el espacio que la vista busca, sin encontrar descanso.

 Untitled: recuerdo perfectamente -de otras pinturas, de la pintura, de la mancha, del color y punto, o punto rojo sobre negro- la teoría de algunos escritores sobre los untitled. El gozo de recordar a Bacon es profundo, gozo por la carne y sus transformaciones sin el daño de la violencia contenida, sin la hipocresía que la opinión -pública, cuál si no- ejerce sobre la libertad.

Blue moon

  La perfección de contrastes. Lo sobrevenido por fuerza. El rigor de la vida, previo siempre al mortis.

 De Untitled -para que completemos, pienso: somos los últimos en dar la palabra, así que esforcémonos- a My personal pet, un poner, una idea (con el permiso de Jaune, por supuesto, que si no le puso otro título por lo que sea ese “por lo que sea”, sería lo importante y no mi opinión o propuestas):

 Así pues, sí, me gusta, me provoca pensar este tipo de pintura, y por ello, se lo ha ganado: dedicado a Luis Castellón, este enredado ajuste de cuentas con mi subconsciente, sin miramientos. Por lo que fue. Por lo que vendrá. Y por lo demás.

 Gracias por descubrirme a Jaune: todo un mundo. Toda una memoria ya.

De http://www.berliner-zeitung.de
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Oda Jaune

Jan Saudek, pintor

Lekce hry na mandolínu

Desiste de coronar tus ansias en sonidos,

trata de comprender mi ardiente saliva azul:

esta saliva que preña de alba lava las comisuras de

tu estirpe condenada.

Imprégname de sudor paciente

de albahaca en las ojeras del tiempo,

de humillaciones bendecidas por los dioses.

Sávame -oh, Cernuda-

y descuartiza sin rencor mi pureza de miedo,

a latigazos de besos, a huidizas bofetadas:

márcame como bestia que conoce el infierno entre tu piel y mi espanto

y que culmine al fin el rito líquido tras la resurrección

de la carne.

Jan Saudek, pintor

Piero Manzoni y su merda d’artista

Tríptico  Sforza

Me detengo, ahora que estoy admirando la obra de Rogier van der Weiden (h.1400-1464), en el tríptico de los Sforza; escuchando el don Juan de Gluck, me planteo cómo funciona la cabeza, cómo conecta y desconecta el cerebro y cómo, sin tener la más ligera idea, he llegado a recordar algo que me comentaron hace un tiempo: es de imaginar que por el contraste entre lo que ahora estoy oyendo y disfrutando con la vista.

La noticia es de arte y no muy actual (de los ’60): el artista que se hace famoso por envasar sus deposiciones en tarros cerrados. Es de suponer que la misma cara del que lea esto, es la que a un servidor se le quedó: patttti-diffffuso. Muy difuso y muy pati, la verdad.

A mí que me emociona el Greco, Velázquez, Picasso, Caravaggio (del que por cierto, Christie’s no ha logrado vender uno de sus últimos cuadros que han salido a subasta, entre 3 y 5 millones $)… no me explico cómo alguien, en pleno siglo XXI, sea capaz de querer tomar el pelo así al prójimo.

Pero aún es más surrealista (un respeto a Breton, Eluard, Dalí y compañía) la problemática que acompaña al susodicho Manzoni y sus polémicas piezas: la gente que lo ha comprado no sabe si realmente, dentro del tarrete, viene la… bueno, el… vamos, lo que tiene que venir… pero claro, la segunda parte es que si lo abren, pierde el valor artístico porque la pieza ya no tendría el sentido que el artista le quiso dar. Es decir, que sería como mutilar a Rodin, o escupir en una tela de Beksinski o de Magritte.

Me pareció curioso. Mierda de artista nombró Piero Manzoni (dice que fue una crítica al mercado de arte: lo de firmar y que una obra adquiera un elevado valor económico) a las 90 latas que hoy se cotizan como algo espectacular por lo visto. Ver para creer. Y un cuadro de Caravaggio sin compradores. Mamma mia. Por cierto, Manzoni no llegó a los treinta: un adelantado. La foto es de cultura colectiva.

Es de suponer que Piero Manzoni logró su objetivo. En wikipedia leo que un amigo suyo dijo que sólo contenían yeso las dichosas latitas . Pero claro, nadie se anima a abrir una.

(Tomo la foto de abajo de un curioso blog sobre arte y literatura, de Ronald Alfonso Guido: se llama por la mierda del artista)

No quiero ni imaginar después de 50 años, la conservación de la obra de arte. Ni qué restauradores se animarían a arreglar los desaguisados que el tiempo haya cometido con tan singular material.

Piero Manzoni y su merda d’artista

Un café con un maestro: Jesús Montalvo

Por definición, un maestro es aquella persona que elige una forma de vida basada en transmitir las enseñanzas que ha recogido a lo largo de su vida, y tras contrastarlas con pruebas, verificaciones, ejemplos contrarios y decepciones -muchas-, decide seguir en sus trece: informarse todos los días, renovarse como el Fénix y retener lo que puede -o no- servir para que el futuro sea más apacible, más sabio, más humano.

Por definición, Jesús Montalvo es un maestro: su cabello cano alumbra los comentarios que resuelve en un minuto cuando me gustaría que nos explayáramos en críticas, desvíos, hojarasca. Él no es amigo de perder el tiempo en repetir viejas fórmulas que no sirvieron.

Apareció y me llamó desde una cabina -ignoraba que existieran todavía, la verdad-, quedamos en Recogidas lateralmente, en uno de sus bares preferidos de Granada, al que ya no suele ir si no es para visitar a Mario, el camarero de toda la vida, que cuenta con artritis polirreumatoide desde hace unos lustros, y atiende a cualquier cliente como si lo conociera de toda la vida, respetuoso, cómplice: cerveza y té.

Montalvo desdice mis ambiciones al preguntarme:

-¿Qué… no te animas a hablar con quien tendrías que hablar, no?- y sonríe.

Uno de sus antiguos poemas decía -en parte-:

“Si por luces vendieras artificios,

no extraños sinsabores de tu vida,

no te extrañes del uso

que el poderoso hiciera de los mismos:

magnifica la azul palabrería

con un silencio oscuro”

Me habla de algunos amigos míos que él conoce sólo por los libros que publicaron. Me habla de muertos también. Recuerda mis orígenes y se extraña de que algunos que fueron amigos míos no estén muertos.

-No temas al olvido. Míranos a algunos. Somos libres. Hay que acercarse más a los planteamientos de tu querido Vila-Matas. De Pablo del Águila. De tu admirado Egea. De tu amado  Vallejo. No temas, entonces, por el triunfo del mediocre.

El té se acaba, la conversación muere. Me hace un encargo:

-Lee a Víctor Sosa, Rimbaud, Mallarmé, Góngora, Quevedo, Lorca, Narzeo Antino. No olvides -continúa, mientras apunto como un loco- a Lautréamont, algo de Gil de Biedma y Carnero. Olvida a Panero, hazme el favor. Contempla a Tintoretto y Tiziano… a Caravaggio… sí… y Velázquez , y Bacon y Magritte: repasa los minotauros de Picasso y mira lo de Ukiyo, te divertirá. Revisa a Pasolini y Bergman, déjate de cine de charla de hoy o vete a Truffaut, que no lo vas a hacer ¿eh?. Olvida a Fellini de una vez: olvida a la Ekberg y a Mastroianni… incluso a Paul Newman. No te hace bien tanta autorreferencialidad ni tanta belleza… y mira quién te lo dice. El romancero… ahí está casi todo. Y Villamediana. No olvides a Villamediana ni a Garcilaso. Lee a Cervantes.

Me mira con cariño y me da la mano.

-No te digo nada de Gálvez, ya sabes.

-Pero ¿otra vez…?

-No -me corta-: él pensaba que algo cambiaría después de diciembre… pero todo sigue igual en Granada. Era de esperar. Uno lo sabía y el otro también, pero el otro es Gálvez. Por eso te mandó esa carta. Qué te digo de Isaías.

Asiento mirando a un poeta y me subo el cuello del saquito. Le entrego las Cantatas. Lo agradece. Me dice adiós. Se aleja a través del frío sin volverse, como siempre. Termino de prepararme para el combate con la soledad y este clima horrendo: estoy tentado de seguirlo, a ver dónde va, con quién se ve, qué está leyendo: cruzar la helada muchedumbre de nadie que nos va separando cada vez más.

Pero para qué. No tendría qué decirle, pienso. Y repaso mentalmente los nombres que me dijo.

Y sonrío.

Self-portrait as the Sick Bacchus by Caravaggio.jpg

1593-1594 aproximadamente. Baco enfermo, o Michelangelo Merisi convalenciente.

Un café con un maestro: Jesús Montalvo

Insomnio I: Conozco a Cúrato

Aparece por la izquierda que es como decir malos augurios, entrañas levantadas, descubiertos venenos en los filamentos pulmonares de la noche. Su porte es digno de los reyes muertos, su caballo es la luz de la velocidad cansada, su azabache melena recoge los vientos de los abandonados.

En sus manos un báculo y una criatura.

Desmonta y me observa cíclope y dantesco: o busca amor o requiere miedo. Me inclino por lo segundo cuando alza el labio superior, sección derecha y en la oscura pasión que nos convoca a ambos -a él la aterrorizada máscara que llevo puesta, a mí, las correrías cerebrales que me permito algunas noches-: me habla desde inmemoriales recovecos de gargantas conquistadas a sangre, fuego y espada.

-Escribirás -dice en la penumbra- mi biografía en cantares que repetirá el pueblo. Quizá te salves de que te devore el corazón: me llaman también Olvido, y así recordarán a mi estirpe.

Si existe un infierno de ojeras que nos somete, es una humareda que aromatiza nuestros músculos con la envidia. Cúrato vuelve a montar y me apunta con un deforme dedo.

-Me recordarán si a ti te recuerdan.

Oigo una risa estertórea: no sé si crujir de huesos o amanecer.

Y aparece Beksinski.

Insomnio I: Conozco a Cúrato