Gil-Albert, un imprescindible

Crónica General, Gil-Albert

Sin duda, uno de los más bellos hallazgos por mis andanzas en librerías de viejo, ha sido el libro de 1995, publicado por Pre-Textos de Juan Gil-Albert, Crónica General.

Acabo de empezar y ya me atrevo a decir que conseguir algo más de este hombre y terminar este volumen, es todo uno; acabo de empezar a vislumbrar sus caminos y ya estoy comprendiendo la audacia de ser elegante, de escribir verdadera literatura sin temor a las modas, que poseía este gran escritor. Habla de todo, sutil, paciente, demorándose en el gusto por el lenguaje y lo observado.

Volveré a hablar de él, sin duda. Y lo recomendaré. Porque no tienen desperdicio sus semblanzas sobre Azorín, Valle-Inclán o Miró. Sus recuerdos forman una tupida red de descripciones, momentos que parece haber vivido, otros que no recuerda y a los que le aplica la ficción justa y mucha, mucha literatura en estado puro.

“Que, lo que fuimos, somos, y que cualquier trozo de nuestra vida no es más que un espacio circunscrito y comunicante de nuestras posesiones en las que, de pronto, se encienden unas luces y la representación comienza.”

Es un poner.

Puede hablar de bailarinas, de ballet o de libros, de maestros o de reyes, de amigos a los que guarda cariño y de gente a la que admira o estima gracias al respeto. De pronto habla de Wilde y ya está recordando a Stendhal porque su intuición le ha sugerido imágenes nuevas o antiguas memorias sobre Goya y la familia de Carlos IV.

Me ha recordado a Rossi, a Bonilla, a Octavio Paz.

Espectacular, sencillo, comedido y desmedido en la fuerza de la sugerencia: ficciones con sabor a ensayo, ensayos con el aroma de la ficción: una maravilla. Un verdadero escritor.

Así que ya saben: lean -¡leed, (con regodeo, parsimonia y ferocidad) malditos!- a Gil-Albert. Aunque sea una página.

Serán ustedes mucho más felices.

Gil-Albert, un imprescindible