Chambers, Caruso y El rey de amarillo

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El rey de amarillo, Libros del zorro rojo.

El rey de amarillo, Robert W. Chambers, Libros del zorro rojo, 2015.

Ilustraciones de Santiago Caruso.

Traducción de Marcial Souto.

Chambers es preocupante.

Aunque también lo es Caruso.

Es de imaginar que por eso el segundo ilustra -y de qué manera- lo que cuenta el primero.

Chambers es de la cuerda literaria de Lovecraft, o viceversa: es quien insinúa lo que Lovecraft después escribirá, matizará sin descanso y posteriormente abrirá puertas a escritores tan grandes como Brian Lumley.

Es un poner: es mi poner.

Volviendo a Chambers, los cuatro relatos seleccionados por Libros del Zorro rojo son:

La máscara

El reparador de reputaciones

En el patio del dragón

El signo amarillo

 

Cuatro cuentos que nos enseñan que la chispa es más potente que el fuego, la caricia que el estertor, la elegancia que las hueras alharacas.

Un libro nombrado, unos personajes obsesivos, unas situaciones oníricas… y ¡pam! cuatro relatos inolvidables. Me leeré la edición completa de diez relatos porque promete ser divertida la experiencia.

Y los títulos. El segundo es digno de mención: El reparador de reputaciones. Lo dicho: un gato (¿nos suena?), un loco, un embaucador extraño y enrarecido, un cargadísimo ambiente opresivo… ingredientes de primera, con unas bellísimas descripciones y los fieles  retratos psicológicos que no pasan de moda.

 

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Solapas con las vidas de escritor e ilustrador.

no es el primero de los trabajos de Caruso ni será el último, pero nunca había tenido nada de este artista. Una belleza recorre todo lo que inventa el argentino; una extrañeza impregna nuestra visión, un arte elevado al nivel de lo humanamente incognoscible, o eso al menos da la sensación.

Es un acierto haber elegido a Caruso ya que motiva ver la obra y releer los cuentos: los detalles, el motivo del amarillo, las expresiones dolorosas, la cubierta… Libros del zorro rojo sabe desde hace tiempo lo que quiere y cómo lo quiere.

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El amarillo es un motivo que acompaña durante la lectura.

 

Los espejos, las deformaciones, esa imaginación que es peor que la realidad… La conjugación de lo que cuenta Chambers, traducido por Souto e ilustrado por Caruso, conforma un objeto hermoso, digno de una editorial, agradable para el lector e imprescindible para el amante de los libros de calidad, las historias de terror cósmico y locura y dedicado a quien quiera descifrar lo que la pintura, la literatura y el mundo tienen en común.

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La inventiva de Caruso es apabullante.

Ese misterioso Rey de amarillo -libro, dios, personaje…-, las Híades, Carcosa o Hastur…

Velados lugares, sombras de sombras, leves fulgores de la oscuridad más absoluta.

Noches de placer asegurado leyendo y contemplando. Un lujo de libro.

 

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El despliegue técnico es impresionante, así como los recursos: vemos los rostros de los protagonistas pero no del principal personaje.

 

Chambers, Caruso y El rey de amarillo

Wakefield, Wakefield… creo que hubo alguien con ese nombre por aquí… O Hawthorne… no sé…

De elortiba.org

Leyendo a Nathaniel Hawthorne, los cuentos concretamente, uno tiene la sensación de no conocer nada del mundo. Si este escritor no fuera “uno de los más oscuros” de las letras norteamericanas es de suponer que su obra sería así vendida porque la sensación de extrañeza y hasta malestar que recrea en sus párrafos es insostenible a ratos: como lector, he de apartar la mirada del texto, recrearme en otras ideas, perder el hilo, retomar la lectura.

Esa oscuridad se justifica por la búsqueda de razones sobre el comportamiento humano. No es la recreación pura lo que busca Hawthorne: es más bien, un análisis del ser humano, en ambientes oprimidos por el puritanismo, las buenas costumbres, el “buen vivir”. De estas situaciones “normalizadas”, el autor extrae lenta, morosamente, una serie de personajes que mantienen diálogos difusos, concentrados.

Así, Wakefield es un hombre que decide abandonar su casa, su mujer, su vida, e irse a vivir a la calle que está al lado de su domicilio. Y solo durante veinte años. Ahí es nada.

¿Cuántas veces al comenzar nuestra jornada y salir de casa, nos hemos preguntado íntimamente, entre el sopor del café primero que todavía no ha despejado el sueño por completo y la activación de la memoria sobre lo que tenemos que hacer ese día, cuántas veces nos hemos dicho “y si hoy en vez de salir e ir a la derecha que es mi camino normal para ir a… comprar algo… trabajar en… me lanzo a la desconocida senda de la izquierda y que sea lo Dios quiera (cambiar Dios por destino, suerte, azar…) y que le vayan dando al mundo, a la rutina, a la normalidad de una mañana y otra y otra, de una y otra noche, una y otra tarde…?

Es curioso cómo funciona la imaginación. El cuento de seis o siete páginas, es interrumpido con las cerebraciones del protagonista, que pasan al lector, que abandona las líneas, que procesa de otra manera los deseos del protagonista y los metamorfosea haciéndolos suyos, y de ahí a retomar la lectura hay un paso.

¿Qué pensaría la mujer del protagonista -huidor profesional a los veinte años, pero primerizo al principio de esa decisión- de su marido, de los pensamientos de este, de la vida en solitaria reflexión o no que llevaría su, hasta entonces, buen marido?

¿Qué pasa con los vecinos, el trabajo, los amigos, la familia?

¿Es posible desaparecer -ah, Vila-Matas- entre el gentío, hacerse uno con el aire que atraviesa memorias, rencores y deseos? ¿Es necesario convivir al lado de los demás, jugar sus juegos, succionar sus mieles, beber la falta de ilusión, sancionar lo raro con un comentario prejuicioso?

Releeré Wakefield en breve: creo que Bartleby también. Y alguna puta de Bolaño. Y a Borges. Y me pondré a buscar en Kafka personajes que desaparecen para volver a aparecer en otros autores, en aquel lector que pasa ahora con un libro en la mano y pide un café. Quién sabe si su mujer, sus hijas, su amigo del alma… lleva veinte años esperando, no a que vuelva, sino a que, de una decidida y santa vez, se vaya, se olvide, abandone, se ilumine el adiós, desaparezca, se difumine…

Wakefield, Wakefield… creo que hubo alguien con ese nombre por aquí… O Hawthorne… no sé…

Roberto Bolaño y su Amuleto

Yo no puedo olvidar nada. Dicen que ése es mi problema.

Yo soy la madre de los poetas de México.

Auxilio Lacouture confiesa estas palabras como si fuera la última habitante de México, la última madre de América, la última mujer del mundo.

Amuleto de Bolaño
Bolaño, Anagrama, 1999

Acabo de recordar por qué hacía dos o tres años -por poner- que no leía a Roberto Bolaño. Es tal el chute de literatura y de visionados diferentes que proporciona en una novela o cuento, de la vida, la muerte, la memoria y los perros del ser, que después de 2666, después de Fresán y Pitol y Rulfo y Arlt y Sábato, después de tanta literatura, uno se queda como trasegando palabras, componiendo textos normalitos, encontrando lobeznos que van de tigres

Yo tampoco puedo olvidar 2666. Cómo hacerlo. Es (son) una (s) novela (s) que te atrapa (n). La verdad de la vida; cómo hacer literatura de la buena. Morir leyendo, renacer releyendo. .

Auxilio (Socorro, ayuda, sos!) Lacouture narra una historia que se bifurca en varias: cómo se hizo madre de todos los poetas de México, cómo conoció a arturito Belano y cómo éste salva al amigo del alma del Rey de los Putos del DF. Entre otras cosas.

La novela, de unas 150 pp., menudita, llevadera, al principio me recordó al lector empedernido que se empeña en que todo lo de su autor (llámese Vian, Vila-Matas, Kundera, Clavino, Borges Cortázar, Melville, Fresán, García Márquez o Góngora, por dar la nota poética) predilecto le fascine. La mitad de la novela es presentación, desguace de elementos que luego se interpondrán en nuestro camino bien colocados para reventarnos la nariz, clavícula, espalda oh, dios… ¿acabo de leer lo que acaba de escribir Bolaño? Lo releo…

hay que leer esta novela para entender el proyecto literario de Bolaño. Para matizar Los detectives salvajes. Para redondear 2666. Entre otras cosas escritas por el chileno. Dios, qué bien escribe las epifanías -parece Fresán-, las visiones, los elementos oníricos.

Así que lean a Bolaño, carajo: leed, leed, malditos.

Vosotros, pensad que no somos parte de este mundo si no leemos, que no somos nada sin los libros, sin la literatura, los romances y los cuentos. Sin la poesía. Sin los mensajes intercalados entre las líneas que los buenos retóricos mandan en sus trabajos, no los malos o aprovechados que también coexisten y cohabitan con los reyes de las letras: esos, creen en el dios de la mediocridad, lo avalan con pamplinas pseudoliterarias y dejadeces intelectuales.

Las reiteraciones productivas, los silencios en sus justos momentos -tan importante es lo que se escribe como lo que se obvia para producir en el lector, algo que no se puede conseguir siendo un escritor mediocre, malo, patético, pésimo:

el trabajo intelectual, la curiosidad, las ganas, el compartir algo del esfuerzo que el creador ha colocado -pulido, acariciado, cuidado con mimo- en el umbral de la lengua castellana, española, llamadla comunicación, pero llamadla, a voces si queréis, pero llamadla.

Hoy he vuelto a leer a Bolaño.

Hoy he vuelto a desear con todos mis recuerdos, pasear por el DF, muerto de miedo y con Putas asesinas en la mano.

Roberto Bolaño y su Amuleto

¡Adoro Nueva York! I love this town! Jajajajajajaa….

-¿Quiénes son ustedes?

Los Cazafantasmas.

De unsordovenezolano.blogspot.com

Ivan Reitman dirige en 1984 una película inolvidable, The Ghohstbusters, escrita por Harold Ramis y Dan Aykroyd.

El humor que destila, la ambientación lograda y la extraña pareja que forman Bill Murray y Sigourney Weaver hacen el resto. Y la música, por supuesto.

Contaban hace poco que 1984 fue un año glorioso para el cine americano, pues se habían producido películas en un año tan bueno que no se volvería a repetir en la historia de Hollywood: La mujer de rojo, Indiana Jones y el templo maldito, Pesadilla en Elm Street o Dune son algunos de los ejemplos. Blade runner es de un par de años antes.

En España, hay desastres musicales y cinematográficos en los años 80, desde luego: muertos que reviven porque no fueron bien olvidados, pero también tenemos grupos como Pabellón psiquiátrico, Los toreros muertos, Loquillo, el primer Sabina… y películas como Los santos inocentes, La vaquilla, Mujeres al borde…, Amanece que no es poco, Arrebato, El bosque animado, El crack…

Es difícil hacer cine bueno, como componer una buena canción o escribir un buen libro. Se trata de conjugar público y saber, o de olvidar uno de los dos en favor del otro: muchas veces nos equivocamos al elegir una obra de arte y nos dejamos llevar por los críticos, esos seres que se pasan la vida diciendo cómo hemos de contemplar la belleza: muchas veces no caemos en la cuenta de que están comprados y al servicio de algo mucho más miserable: los intereses personales.

Últimamente leo muchas gilipolleces acerca de que no hay que conocer las reglas, de que lo antiguo está muerto y me da mucha pena de que algunos sean polvo dentro de unos años. Pero se lo están “currando”: están peleando para ser moda, y como tal, efímeros. Leo mucha escoria -ya lo decía Fresán hace poco también: “Se lee y se escribe más, dicen las estadísticas, pero es más mierda: la gente lee y escribe sobre ella, facilitado por artilugios electrónicos: la sublimación de la tontería”.-

Así que esto es un homenaje, pequeño y sin ambiciones, a la categoría intelectual de algunos creadores.

Un pequeñito homenaje a películas que, de formato aparentemente sencillo, como Los cazafantasmas, nos hacen pasar un rato ameno, nos divierten y nos dejan con una sonrisa en la cara, recordando por qué queríamos verlas de nuevo. por cierto, ya comentaré algo de Los goonies, otra de mi época: Willy el tuerto, como Darth Vader, no me abandona por las noches. Qué le vamos a hacer.

De http://www.cinepremiere.com.mx

No sé cuándo, pero volveré. (Terminator es de los 80 también, por cierto, de 1984, concretamente)

Y volviendo a Aykroyd y Rick Moranis:

De giphy.com

-¿Sabe, señor Tulli? Es usted un individuo muy afortunado…

-Lo sé…

-Ha sido partícipe del mayor transimpacto interdimensional desde el de Tunguska en 1909…

-Qué bien me ha sentado…

¡Adoro Nueva York! I love this town! Jajajajajajaa….

¿Ni Johnny Depp, ni fantasía, ni Jack Skeleton? Esta película no es de Tim Burton…

De filmaffinity.com

Big eyes, Tim Burton, 2014

Y cada vez me gusta más Christoph Waltz: completo actor, convincente personaje, histriónico y relajado, metafórico bipolar… Este es su papel, además: el mentiroso que miente tanto, hasta conseguir engañarse a sí mismo. Impresionante.

Y Amy Adams, está perfecta también: es el rostro de la impotencia y la ingenuidad, el alma de la artista que se arroja de las brasas al fuego y continúa reventando la inspiración, con paciencia, sin medida, incombustible.

Siempre me gustó Burton, por lo que peco de “fan” obsesivo-compulsivo (aunque con las de Batman se lució, y me encanta el murcielaguito, pero…). Esta película, salvo por unos cuantos guiños -no muchos-, no parece de Burton. La fantasía queda subyugada por una realidad delirante en la que nos vemos inmersos desde los cinco primeros minutos. Esos ojos grandes, metáfora que usaba la Sra. Margaret Kane y que aprovechaba el señor Walter Kane para intentar pasar a la posteridad, son el símbolo que recorre toda la película, al igual que la firmeza del rostro de la hija de Margaret, primer modelo que posa para que su madre tenga una belleza a su disposición, belleza que se convierte en rareza, como veremos posteriormente en la película.

Recomendable. Sin titubeos de exaltado. Bien dirigida, buenos diálogos e interpretaciones brillantes.

¡Arriba Waltz y Adams! ¿Dónde unos actores así, por ejemplo, pongamos… en España?

De blogdecine.com
¿Ni Johnny Depp, ni fantasía, ni Jack Skeleton? Esta película no es de Tim Burton…