Insomnio V

 Al margen de la realidad húmeda y carnal.

 Al margen de la beatitud de la minoría de personajes que pueblan las vigilias, elucubraciones, nocturnos pensamientos.

 Existe la criatura sin extremidades que recorre los pasillos de la casa, el azul resplandor de un rostro aparecido sin dientes, encías puras sus carcajadas apagadas y una hembra, animal perfecto de uñas descarnadas y alma despedida entre las carnes o viceversa.

 Se escuchan respiraciones de botellas de vidrio saltar y agitarse, el traqueteo de traqueas transformadas en trapezoidales herramientas de y para la tortura.

 Ya se esparce el aroma de la insegura hemoglobina en nácares disfrazada: el que la probó, lo sabe. Y el visionado de unas violetas a la puerta y el sendero.

 Elevado, como ofrenda floral a la diosa de las esmeraldas venas y alianzas condenatorias a la humanidad, el cántico oscuro se alza, elevado, pétreo, reventando el aire de la estirpe.

 Húmeda mirada se desdice de sus convicciones, acepta la espera ansiosa visita, sale fuera de sí, se recompone, desquicia el nombre, pierde la agudizada senda de la madrugada.

 Hierbas reunidas al principio del sendero que conduce al bosque donde el laberinto, con mimo y resultados, constructo fue en el interior, tras las milenarias ramas franqueadas de rostros pintados, danzas de antaño, dioses inexistentes ya en nuestra memoria por los que los danzantes -yo entre ellos- parpadeamos sin miedo: dó el craneal cornamentado, los pasajes sin hilar, el recuerdo de una enfermedad medio humana…

 Burbujea el vicio de la curiosidad: no dormir es la opción válida para acompañar, por quinta noche, a la Dama de rostro masculino, agradables formas y contoneo sucinto: caderas de trigo preñado del azabache sol del olvido. Y música en los pasos.

 Y, como siempre, tiñe la zarabanda, el aullido de perros, no lejano.

Otto Dix, de deborafeller.com
Anuncios
Insomnio V

INSOMNIO IV

…y seguía hablando de la demostración lógica sobre la confusión del lenguaje, y me daba una taza de té vacía y sobre la levedad del ser hablaba y no dejaba de mascullar “niño, niño…”. Yo no dejaba de sorprenderme de mi silencio pero arrobaba como un gángster de orejas gachas que alzaba cuando hacía lo propio mi mirada: gángster con pistolas, chaleco y piel albísima, nariz de mostacho rubio, ojillos vivaces, charla inextinguible.

El árbol nos desilusionaba del sol, que lloraba por los rincones: “nunca llegará a rozarnos -decía- pues la luz jamás alcanza al obnubilado por la verdad, y la verdad, niño, es que somos productos de un sistema imaginario que no dominamos nosotros: pero el creador… o creadora… ummm, quizá una hermosa y negrísima criatura funcionando en soledad, acompañada única y exclusivamente por su piel de sensitivas maneras… ummm…”- y quedaba meditabundo.

…pistolas sin empuñadura, cañones oscuros que aromatizan de negro tabaco y de verde cabellera el rostro… humo, humareda, incendio en alguna parte del bosque…

El té no aparecía y la niebla personal era exquisita. Volvía a monologar y el sol esperanzado rozó una pata de este animal parlanchín: él gritó: ¡Marzo, Marzo…!

Yo deserté. Del sueño. Sin más.

olderoticart.tumblr.com/post/95810248803

INSOMNIO IV

INSOMNIO III

De las palabras de las pesadillas, de los silencios de los sueños.

Brota un epítome de la vida que pudiera haber llevado, del deseo de cambiar una anestesia por otra, imposible ya.

Brota un lugarteniente del caos, cara negra, rostro si es rostro, inequívocamente humano, por defenestrado, por no grafía ser -ya escrito- en los comentarios al margen de la esperanza y qué sabían, grita en su medio inconsciencia -verde, aurífera, dónde el bosque prometido- uno de los escribanos, la casa cae, Usher, demonios, dientes.

Qué importó nunca el color de la primavera si marchita era su espléndida figura: la belleza se compone de resultados. Y en ellos se descompone.

Melladas larvas de orígenes desconocidos, cebada que no trasiega el poeta, el trabajador del verso jamás estuvo en mi casa: soy el prócer de naciones de estirpes condenadas, mi labor es el fundamento de la existencia de cuervos y mojadas sinestesias.

Aún no lo entiendes. Pre -opre-sión en pectorales que raudos desembarcan lacrimógenas austeridades en el plexo solar sin karmas ni psicofonías: no entendiste la seriedad de nuestra visita, arguyen, no entendiste jamás que de donde venimos, es adonde te diriges.

Pero queremos corresponder a tu llamada con un detalle sin importancia: mañana recorrerás galerías buscando el recuerdo que pensarás de un cuadro, una melodía, un libro.

Fuimos nosotros los que pusimos la semilla en tu violencia.

Y recibe un cuidado excelso por tu parte.

Ahora, despierta.

INSOMNIO III

Insomnio II

“Porque mi padre me avisó” -me cuenta- “y mi madre no dejó de cantármelo al oído.

Sucumbirán próceres, arderán aldeas, las aldeas nuestras, nuestros líderes que mermaban preocupaciones, caerán, arderán, sucumbirán sin procedimiento alguno que posteriormente contaran -y contarán los sabios alejados del olor a sangre- los que sabían más que la plebe, algo como juglares e historiadores, posteriormente, mucho después de los primero cánticos. Tarde comprendimos que la plebe y el desasimiento del poderoso eran complementarios, no servía uno para marcar el sueño del otro, sino que la realidad -más vulgar y vacua, miembro de la realeza de la melancolía- malva y gris, amplificada en su asueto, claro, era retórica. De lo de abrir las piernas sin tenerlas, nada se habló; de lo que no podrían usar -ni abusar- nuestros mayores, hubo un par de risas, no más. A la imaginación dejamos los pensamientos de felicidad que tras las violaciones -previo ejercicio de las mismas- acudían a la mente de la persona herida, mancillada, polvo, suspiro, memoria, verso si acaso.

Las humaredas escapaban -las humaredas, ya veis. Si ellas solo tuvieran el apego a la carne, al hueso-: comparación merecida.

Me habláis, me hablan y me hablas como si yo, un vulgar esperpento de la caridad del pueblo ardido, tuviese un poco de rencor que compartir: y no es así. Porque jamás lo fue. La tristeza no hizo mella en mi rostro. Mi rostro llama a la muerte para que os recoja.

Yo sé que teméis a la muerte.

Hambrienta de la nada, se consuela con nosotros. Sabemos que la madrugada no servirá de premio al sobreviviente.

Lo sabemos.

Qué importa si es azul el decorado. Si verde la experiencia de la mística que nos suplica piedad: el látigo -cuerinegro de sudor, ancho en la plenitud de su castigo- jamás pensó a través de la mano que aplica su función.

Jamás.

Añadiremos una imagen para que la tranquilidad acuda a vuestro rostro, para que, al mirar las lágrimas de otros -superficialidad, acabamiento, tortura y decadencia (absurdo de vuestra bonhomía) innata- no os dé por pensar en otra cosa: la imagen de vuestro rostro, no otra. El vuestro, ya que no sois inmortales: vuestros padres murieron, tenemos constancia, vuestros hijos morirán, si no lo hicieron ya: no hay salvación, no hay sueños, no hay poetas. Esas facciones bellísimas y contempladas por -tantas veces- vuestros propios ojos, vosotros, vosotras: rasgos de bondad, los buscados poemas, las separaciones con un fin, los estultos viajes sin ruido: los aromas acostumbrados a mediocridad, de eso es de lo que nos hablaban en el templo, aunque repitieran hasta la saciedad las fórmulas que no entendíamos entonces: el aroma a santidad que ninguno llegamos a distinguir, bien porque estábamos luchando contra él, bien por estar dopados en demasía.

Y soy -se lamentaba quedamente- un dios”.

Insomnio II

Insomnio I: Conozco a Cúrato

Aparece por la izquierda que es como decir malos augurios, entrañas levantadas, descubiertos venenos en los filamentos pulmonares de la noche. Su porte es digno de los reyes muertos, su caballo es la luz de la velocidad cansada, su azabache melena recoge los vientos de los abandonados.

En sus manos un báculo y una criatura.

Desmonta y me observa cíclope y dantesco: o busca amor o requiere miedo. Me inclino por lo segundo cuando alza el labio superior, sección derecha y en la oscura pasión que nos convoca a ambos -a él la aterrorizada máscara que llevo puesta, a mí, las correrías cerebrales que me permito algunas noches-: me habla desde inmemoriales recovecos de gargantas conquistadas a sangre, fuego y espada.

-Escribirás -dice en la penumbra- mi biografía en cantares que repetirá el pueblo. Quizá te salves de que te devore el corazón: me llaman también Olvido, y así recordarán a mi estirpe.

Si existe un infierno de ojeras que nos somete, es una humareda que aromatiza nuestros músculos con la envidia. Cúrato vuelve a montar y me apunta con un deforme dedo.

-Me recordarán si a ti te recuerdan.

Oigo una risa estertórea: no sé si crujir de huesos o amanecer.

Y aparece Beksinski.

Insomnio I: Conozco a Cúrato