Objetos frágiles, Inés Mendoza

Inés Mendoza, Objetos frágiles, Páginas de espuma, 2017.

No es la primera vez que se cruza en mi camino lector Inés Mendoza: su elegancia y saber contar ya las disfruté en un ensayo sobre Mary Shelley y su criatura hace un tiempo. Esta vez, invención sobre invención, Mendoza compone un libro bellísimo, pleno de imágenes, narrativa y ternura.

Algo de surrealista tiene la estructura del libro, donde encontramos relatos y algún micro, que serán piezas líricas, engarzadas en esa imaginación libre de la autora, permitiendo que el sueño alcance la realidad y que la realidad se mire con ojos entrecerrados, como sospechando que la mullida colocación de esos adjetivos permitirán que crucemos el puente de sustantivos que nos llevarán finalmente a vivir plenamente un final de cuento memorable.

Así, las partes, tituladas Ritual de las manos, Guantes amarillos y El impuro cabello, la tormenta nos permitirán conocer algunos personajes que pasean por la cabeza de la autora, colocados en situaciones de reflexión y sexualidad compartida, vivencias todas acompañadas por un exquisito gusto que se traduce en el cuidado, el mimo con los que Mendoza acaricia cada parte del texto: desde el lenguaje a los diálogos, desde las descripciones al conjunto del relato, asistimos a una liturgia de la cuentística que confiere a quien esto lee la tranquilidad de saberse en buenas manos, manos de trabajadora de la palabra, con oficio, perspicacia e imaginativas soluciones narrativas a problemas como el tiempo, el espacio o la resolución de conflictos.

Desde el primer cuento, como los buenos libros, ‘Nostalgia del velero’ nos advierte de que una nave cargada de sueños, de memoria, de personas que ya desaparecieron en otros sueños, negativas a participar en la vida por voluntad propia, cruza tranquilamente, líricas páginas que gracias a acciones sutiles, disparatadas a veces de los personajes, colocan a la historia en una cómoda posición de sorpresa epifánica para quien se atreva a acompañar a Mendoza en una suerte de catálogo de pérdidas y posibles encuentros.

Las invasiones: caos, sueño, la otra.

De la belleza a la destrucción, del terror a la alegría, Inés Mendoza construye un libro hermoso donde la pérdida de todo se acompaña del mejor lenguaje posible; un libro de apariencia frágil, como su título, que comprendemos de una fuerza arrolladora precisamente por la libertad que nos otorga para desentrañar esos misterios que la autora propone, acompañando a despistados personajes luminosos que necesitan tanta compañía como nosotros los lectores, y que mediante ciertos elementos que aparecen y desaparecen, que se recuerdan aquí y allá, ciertas melodías que nos reconfortan cuando todo parece extraviado en la mente o el pasado, llegan a ser fundamentales en la narrativa que reconocemos como familiar, cercana, a pesar de llevarnos viajando tan lejos, a playas tan distantes, a parajes tan coloridos y doloridos y atractivos y espectaculares.

Porque esos ‘Objetos frágiles’, que pueden romperse si se manipulan sin cuidado, somos nosotros, nosotras, nuestras manos, nuestra mirada, nuestro lenguaje, el otro, la otra: el mundo.

Objetos frágiles, Inés Mendoza

‘Herido leve’ de Eloy Tizón

Eloy Tizón, Herido leve, Madrid, Páginas de espuma, 2019

Referirse a Eloy Tizón, nombrarlo como artista, meditar sobre su papel en la literatura como lector, comentarista de textos ajenos, engrandecer textos y alentar el pacto entre lector y escritor, convertir la actividad lectora en mejor acción cada día.

Eso trataré de escribir, profundizando en la importante misión que alguien con una resonancia cultural bastante brillante posee: una responsabilidad de guía, a mi juicio, de corresponsable en los libros que recomienda en ‘Herido leve’, una especie de historia literaria alternativa, jugosa y diversa, pero sin esa pretensión de canonizar nada y dejar inmóvil el patio clásico de la literatura española o universal. El trabajo en este libro de Tizón me recuerda mucho a lo que Claudio Guillén postulaba sobre la tarea del comparatista (‘Entre lo uno y lo diverso’ es una maravilla altamente recomendable): Tizón no teoriza demasiado y es impresión mía pero enlazo el ingente trabajo de aquel, a la belleza con que este logra plasmar sus impresiones al comparar libros diferentes cuyas vibraciones hacen que, por medio de un hilo conductor aparentemente tenue, lleguen a buen puerto a la vez, sin perder la frescura crítica y resguardando las diferencias y características que hacen propias a cada autora, a cada libro, al autor mencionado por Eloy Tizón.

El lector ofrece una multitud de ejemplos, algunos de los cuales conoceremos o habremos incluso releído. Otros no. El libro se divide en ocho partes, y da la sensación de que nuestro escritor pretende pergeñar una extensa biografía literario-lectora. Sus impresiones, recuerdos, multiplicidades lectoras, reconocimientos y sugerencias brillan como destellos sabios y atractivos, en ningún momentos impertinentes o aburridos y esto, ya es bastante en un libro de reseñas de casi seiscientas páginas. Así que la diversión, la sorpresa y el amor por la literatura están presentes en todo el volumen, siendo algunas reseñas espectaculares ejercicios de teoría, ficción, imágenes sorprendentes o verdaderas lecciones de historia literaria.

No desgranaré el libro por completo: pero auguro que en unos años se hará, o al menos, partes de él, porque al ir haciendo calas pequeñas, descubriremos que esos pequeños agujeros que había en el estudio de algún autor, Eloy Tizón los rellena con el platino del cariño por ciertas expresiones y el oro del dominio técnico de la repetición de las ideas fundamentales, el dogmatismo indetectable que utiliza al nombrar sus convicciones de manera franca y plausible. Se convierte el libro en un dechado de lagunas cálidas donde nos sumergimos sin miedo a la incomprensión, a estar equivocados en nuestras lecturas: parecemos más libres de elegir -o no- esos libros que Tizón se demora primorosamente en acariciar con palabras de brujo literario, pero sin trucos baratos, con los mejores recursos de la alta literatura mágica de nuestro tiempo: la claridad, la profundidad, un comedimiento inaudito y una ejemplar falta de arrogancia.

Solo por estas razones, pensé, he de escribir algo sobre Herido leve: todo esto -no soy tan inocente de pensar lo contrario-, no sorprenderá a nadie que conozca la obra de Tizón, ni a él mismo. Los elogios a su obra son legión, como sus lectores. Pero quizá sirva utilizar ciertas herramientas tizonianas para entender sus escritos mejor o disfrutar de su pensamiento literario para conocer sus pócimas secretas, sus pases maravillosos que hipnotizan y que nos hacen leer página tras página sin darnos cuenta de que además de entretenernos, muestra saberes y los comparte con nosotros.

Así que he decidido dar unas cuantas pistas de lo que vamos a encontrar en este libro: podrían ser más, pero ya digo que son mis divagaciones en torno a un libro cuya riqueza es la sugerencia, por lo que a otra persona, le inspirará otras reflexiones, quizá más serias y rigurosas. Pero también podrían ser menos, qué importa. Si algo saco en claro de lo que -y cómo lo- escribe Tizón, es que importa poco tener todo claro sobre la literatura: es recomendable dejar un amplio margen para suposiciones, nuevas disquisiciones e ir poniendo en claro de a poquito férreas y rígidas convicciones intocables. ¿Es la vida así? parece preguntarse Tizón. Nos puede gustar Boris Vian, pero no por eso dejaremos de reconocer el magisterio de Artaud en algunos frentes; podemos idolatrar a Stendhal y no olvidarnos de Hoffmann. En fin, múltiples posibilidades, apertura mental y nada de quemas organizadas. Incluso cuando Tizón escribe una crítica deja un regusto amable en el paladar lector. Y eso ya tiene mérito. Lo que a continuación viene son impresiones después de acabar el libro: una pena, sí; releeremos los cuentos y buscaremos las novelas de este autor, qué vamos a hacer.

1-No perdamos la infancia. Las lecturas de nuestros años mozos y adolescencia marcarán sin duda nuestra memoria plena de recuerdos primerizos: superamos unos encontronazos literarios. Otros nos marcan de por vida.

2-Encontraremos en estas páginas terremotos de sensaciones sobre diversas autoras -por ejemplo, Lispector- que nos harán comprender que la emoción es fundamental al compartir ficciones. Esto es ficción, la crítica de Eloy Tizón, pues no ha de ser de otra manera el contar su experiencia lectora, tan diferente de todas las demás. Lo único es que su experiencia emite juicios más válidos que los de otras personas. Es lo que se llama un experto, como los hay en otros ámbitos, en el derecho o la medicina, y no vamos por ahí interpretando las leyes o sanando enfermos (bueno, algunos sí van por ahí, reventando la mesa con la maza de su opinión o conocen al dedillo la fórmula magistral para ayudar a un gobierno y sus expertos en cómo curar una pandemia; mundial; con dos cojones. Pero esto es otra historia). Así que la emoción, la formación y el conocer los recursos de contar, concluyamos, es importante en la escritura. Emocionar, enganchar y saber cómo hacer ambas cosas, hablando en plata, es cosa de la escritura verdadera. Algo así.

3-Los libros se acaban, pero no se agotan. Como este de Tizón al que volveré unas cuantas veces, por su bibliografía y teoría literaria sin querer ejercer de crítico. Por sus consejos como lector profesional que extrae el jugo literario de las novelas que comenta con total libertad.

4-Tizón no elude las vulgaridades de algunos autores: hay una frase atribuida a Flaubert que dejaré que quien se acerque al libro descubra, una comparación con un cigarro, maravillosa: las biografías de los autores -siempre recuerdo la frase de L. M. Panero- tienen su interés y aunque ya sabemos que no depende la creación del entorno, únicamente, es curioso comprobar ciertos datos de la vida de quienes maquinan historias y relatos extraños, fijados en un punto, desconectados de la realidad en algún sentido y en otros absolutamente dependientes de ella.

5-Somos relatos en medio de otros relatos, todos somos ficciones. No hay más preguntas, señoría: soberbias frases.

6-“Solo nos queda una cosa que hacer por nuestros mayores: escribir bien”. Schwob. Y Tizón cumple. Nos encontramos ante un despliegue de medios retórico que parecen naturales, imágenes de desbordante sensualidad, y sí, metáforas que contienen el sabor añejo y los materiales tradicionales tamizados por esa modernidad tan post que vivimos hoy día, según algunos. No pierde frescura el texto firmado en los años noventa. Por algo será.

7-La ejemplar selección, sin seguir modas, de autores y autoras: hay una gran cantidad de escritoras en estas páginas. Desde hace mucho, lo cual es llamativo y dice mucho de las amplias miras que el autor posee. Y aunque parezca una perogrullada, conozco “intelectuales” que atraviesan esa fase de misoginia, porque sí, querida lecturalia, como en todos sitios, entre ellas también existen malas escritoras que reciben reconocimientos: ya, ya sabemos que hasta hace poco eran ellos solamente quienes recibían los mismos reconocimientos, siendo igual de malos: así se reparte algo el pastel: cada quien sabe cómo escribe, cuál es su calidad, y cuál es la de quien tiene al lado. Y también hay escritoras buenas, y muy buenas. Y excelentes. Vaya, como entre los hombres. En fin, debates aparte de coraje macho: un gran acierto que personalmente, en medio de la vorágine de clásicos y falta de lecturas, me viene bien para conocer mujeres que no conocía y ya tengo ganas de leer.

8-Entre las muchas notas que decoran mi ejemplar de ‘Herido leve’, señalo “qué belleza”: Toda biblioteca es un trabajo de amor. Los libros se merecen (o no), como el mar o la risa.

Por frases como esta, analicémosla con afecto, es Tizón un peligro para la deshonesta capacidad de engañarnos que tenemos. No dice una “acción”, dice un “trabajo”. De amor. Algo que cuesta, un esfuerzo que culmina en un orgasmo y una felicidad. O eso leo yo. porque nos merecemos esas historias como el mar -el todo azul, la dicha marina, la sal que cura, el oleaje que somete y la vida del pez- o esa marca de primates diferenciados y felices que es la risa, y que ya condenara el venerable Jorge ante Guillermo de Baskerville. Nos lo merecemos: ambas potencias, ambas geometrías perfectas -el mar, la risa-. O no. Qué carga de profundidad ese llamamiento sin palabras a herejes que no sientan el amor por los libros. Parece decir que sufrirán las consecuencias de su rebelión ante la cultura. O no.

9-Los rusos, los diarios de Tolstoi, el recordarnos la historia. Siempre que leo sobre la muerte provocada por fascistas y comunistas del siglo pasado, pienso en las dictaduras, los refugiados y en los campos de concentración. (Recuerdo la visita a Sachsenhausen. Recuerdo lo que una mujer alemana nos dijo cuando le pregunté -imbécilmente, sin vocabulario en inglés apenas- si estaba bien para visitarlo: “No —nos dijo en un inglés totalmente comprensible—: no está bien, pero tenéis que verlo”. Lamentable contemplar como un turista los hornos para niños. Lamentable enterarse de que años después del final de la guerra, utilizaran estos con los mismos fines que los nazis, pero con su gente).

La historia no se olvida, o no debiera de olvidarse. Tizón lo sabe.

10-Definiciones posibles de literatura, sucedáneos y modernuras: podremos estar de acuerdo o no, pero es divertidísimo comprobar cómo toca la tecla Tizón y acierta en la melodía de los tiempos. Somos tan modernos que a veces no dejamos pasar una novedad a costa de los clásicos.

11-La literatura fantástica. Sus hallazgos, sus límites. Después, recordar a Roas, por ejemplo, o echarle un vistazo a sus cuentos. Leer la teoría de Todorov, lo que piensa sobre lo neofantástico Alazraki… Un mundo, ya digo, la dispersión organizada que imprime Tizón en estos formidables minicompendios de insinuaciones, veladuras y artificios literarios. Nos conduce ante unas cuantas puertas y nos impele a abrirlas todas, disipa el miedo, fomenta la curiosidad: más no se puede hacer.

12-La felicidad del lector. Miguel Arnas, novelista catalán, hace poco me hablaba de lo mismo: el disfrute de la lectura. Si no hay divertimento, hay que dejar ese libro. Y de nuevo, Tizón lo sabe, y sabe que en la variedad está el gusto, la alegría y no hay un monocorde sentido en este libro por lo que nos hará sonreír cuando impregne de literatura la reseña que leamos. Disfrute estético.

13-Conoceremos los best-sellers, su atractivo, su calidad y por qué leerlos o no. ¿Es la lectura siempre recomendable? Me ciño a los que decían Faemino y Cansado sobre la asistencia a sus espectáculos: “mejor estar aquí que delinquiendo”.

14-Poe y el cuento moderno: no me canso de leer sobre la relación, las implicaciones y los esfuerzos del americano por superar el cuento tradicional. Tizón lo explica a las mil maravillas. Sus reflexiones sobre el cuento en general, en los artículos inéditos que este libro contiene, son oro puro. También la lista de cuentistas jóvenes que da: una lista de la que a mí, conociendo algunos nombres que ahí aparecen, sin menospreciar a nadie pero ensalzando en mi humilde opinión a dos que he leído, Daniel Monedero y Juan Gómez Bárcena son espectaculares o al menos realizan el tipo de espectáculo que a mí me gusta ahora: me enfadan, sorprenden, sojuzgan y maravillan: hablo de ‘Manual de jardinería (para gente sin jardín)’ y ‘Los que duermen’. Para cuentistas y lectores con el interés de leer cada vez mejor.

Porque de eso se trata: de comprender que leyendo cada vez mejor, seremos más libres, nos impondrán menos y podremos ser más felices y vivir con mayor autonomía.

Tengo más notas, pero, como diría un amigo argentino “che, dejate algo para los demás, boludo…”

‘Herido leve’ de Eloy Tizón

David Roas: Invasión

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David Roas, Invasión, Páginas de espuma, 2018

 

Adictivo.

Engancha esta Invasión que escribe Roas: después de Distorsiones y Bienvenidos a Incaland sigue siendo un referente en el cuento fantástica el ensayista catalán: divierte, subvierte y pervierte: es divertido comprobar que lo escrito con calidad nos haga sonreír y que las situaciones creadas con imaginación puedan rebosar de ironía; subvierte el orden que él mismo nos presenta desde la normalidad -también desde la extrañeza- y pervierte la lectura que tranquilamente necesitamos hacer: nuestra capacidad lectora tiembla ante una página, una frase, una escena.

Irrupción

Irrumpe en la normalidad, una extrañeza plagada de unas bellísimas descripciones, justas, medidas: la experiencia de Roas es única para recrear una ambientación creíble -primera persona, lugares que poco a poco nos van siendo familiares, vivencias de profesores y alumnado…- unos diálogos contados y mínimamente marcados en la página lo que nos hace sentir que todo es un compacto bloque literario, sin una interrupción concreta, con una interrupción en el orden, eso sí, que nos hemos creado nosotros.

Roas incomoda, su literatura también: incomoda porque busca el límite de lo real (ensayo) o límites de la fantasía, pero desde un extremo que sigue el lector incómodo, las frases se tornan precisas, los personajes comienzan a enrarecerse y cómo no, las acciones son fundamentalmente las que nos llevan de la mano hasta los finales sorprendentes, tranquilos, abruptos.

El título del libro, como los de las partes, podemos ir poco a poco encontrándolos entre los cuentos que conforman el volumen: además de las autorreferencias (oh, dios, la 201: pensaba yo, al menos no hay una llama… pero sí un koala), los homenajes a Lovecraft o Poe se huelen, se sienten y se viven.

La literatura de Roas se nutre, como todas las literaturas decentes y memorables, de otras: las referencias potentes de Byron, Polidori o Mary Shelley conforman un singular fresco en “Agua oscura”, a mi entender una de las mejores excepciones a la normalidad que Roas nos ofrece.

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Otros imprescindibles que no olvidaremos (lo memorable, recordamos): “Destino”, ejemplo de microrrelato de final espectacular, que fluye naturalmente en esos márgenes que busca el personaje y el escritor nos “introduce en vena” con seis párrafos, explicando lo justo, decidiendo omitir otras perfecciones en aras de lo imperfecto (ese piso 13, no deja más que una habitación, la 201, claro): y es que toda autorreferencia es una asunción de los miedos personales. Así, los personajes (esas primeras personas, esos yo que pululan por el libro intentando ser “normales”) prefieren homenajear a la literatura (comer papeles, ser actores, escribir sueños…), ser uno con quien lee: como lectores no nos resistimos, apenas nos dejamos llevar por unas frases, hemos caído en las redes literarias de Roas.

“Amor de madre” me ha dejado sin palabras: es un claro ejemplo de lo que Roas persigue. El relato aguanto dos, tres y no sé cuántas lecturas. Es único. Enorme. Colosal. Punto.

Termino riéndome de la vida con este libro y de eso se trata también: preocuparnos hasta la risa, y eso lo consigue Roas con una calidad nueva: “Mitos omitiéndose” es, desde el título, de una belleza arrebatadora.

Leed Invasión, maditísimas criaturas. Al menos cuando suceda, moriréis en plenitud de agobio, con una sonrisa, habiendo contemplado mundo y personajes que nos preocupan hasta formar divertidas y delicadas piezas literarias.

 

 

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David Roas: Invasión

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

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La vuelta al día, Hipólito G. Navarro, Madrid, Páginas de espuma, 2016.

Es cierto lo que escriben de Hipólito G. Navarro: es de los mejores relatistas que se puede echar uno a la cara.

Había leído algunos cuentos suyos en antologías y me habían atraído, tanto por la técnica (o técnicas) como por los temas, las variedad de tono, el humor y cómo no, la imaginación y el uso de la memoria.

Este último volumen imprime en el lector, como saben hacer los mejores, los sentimientos de placer y pena: y es que el placer se va reduciendo conforme avanzamos en su lectura pues la pena de acabarlo nos embarga sabiendo que oh, sí, llega el fin cada vez más rápido. Pero gracias a la sabiduría del escritor, llegamos a la conclusión de que tendrá -seguro- una doble lectura.

Los cuentos y microcuentos que componen esta obra están muy logrados y trabajados: el mismo autor nos cuenta en el prólogo de dónde surgen, cuánto le llevó conseguirlos y cómo el editor le animó a darlos a imprenta. Una experiencia lectora de todos los colores: invención, supuesta autobiografía con una primera y terceras personas totalmente controladas, una ambientación verosímil y un puñado de personajes que retozarán cómodos en nuestra cálida memoria.

El último volumen de relatos de Navarro provoca tanto placer al devorarlo con fruición lectora, como pena al ir leyendo las últimas piezas y saber que hasta cuándo y por qué y cuánto falta para que llegue el siguiente libro de Hipólito G. Navarro y…

Un cuentista ya consolidado no necesita elogios gratuitos así que me conformaré con animar a la lectura del libro proporcionando unos cuantos ejemplos del buen hacer literario del onubense por si algún lector quiere leerlos: aunque mejor haría lo propio con el libro de Navarro.

Antes del que me mencionaré a continuación, hay varios relatos que por sí solos ya merecen la pena: pero en el conjunto hay uno, Los artistas cautivos, en el que podemos encontrar una técnica y un compendio de opiniones sobre el arte y la literatura que junto con la trama nunca olvidada, pueden hacernos disfrutar bastante. Quizá esa tercera parte sea la que más me ha llegado, además del último cuento “La poda y la tala de los árboles frutales” y el emotivo y precioso juego doble de “Tantas veces huérfano” y “Rifa” que me ha prendido en el corazón, emocionándome ambos -por lo que ya sabrá el lector cuando los aborde- como pocos relatos.

Qué gran verdad esa de los relatistas de que la síntesis y la elipsis son dos armas fundamentales, herramientas preciosas en la construcción de tramas e historias. Diría que este libro es un ejemplo de lo que todo buen cuentista ha de hacer, pero no creo que nadie pueda copiar a Navarro, como nadie puede imitar a Fresán o Vila-Matas o cualquier otro reputado escritor de ficciones más o menos cortas de hoy, ni de ayer. Se pueden copiar pero nunca, ya sabemos, será el mismo aroma de la copia que el que desprende el original.

Es muy atractiva la propuesta de Navarro, la verdad. El uso continuado de la memoria, los recuerdos que se entreveran con el presente -como el jamón de su tierra, Jabugo, Cortegana, Aroche… y toda la zona de los pueblos serranos de Aracena hasta Rosal, y de ahí el salto luso, con su geografía tan esplendente y su verde tan rotundamente esmeralda- y adquieren tonalidades melancólicas unas vetas mientras que otras se defienden de la tristeza del paso del tiempo con una alegría arrebatadora, enarbolando la bandera de un buen humor que se siente sincero y una ironía que trata de remedar los malos tragos infantiles o la desazón de la adolescencia y sus puñales amorosos.

El humor le lleva a escribir a Navarro, sobre la castidad de una monja de avanzada edad: ‘de las ansias por romper una doncellez digamos ya gran reserva por aquel entonces’ o la crítica sutil a la España de entonces cuando relata:

‘…a un tipo desgraciado le han robado un vehículo movido por tracción animal, un carro…’

… o en otro cuento dice que hay ‘un profesor nuevo que luce un bigote en la nuca de una cabeza bien brillante’.

Para terminar, no olvidaré el placer estético que sin duda provoca la cuarta parte del libro: el teatro -antes la música tiene otro cuento exquisito- y la observación como metáfora del ascenso y descenso vital, social… y el sexo, la pintura y la invención, como parte integrante de las ansias de vivir y perdurar que, al fin y al cabo, sea a través de los hijos o la literatura o el arte, o sin más, la memoria, es de lo que se trata.

Este libro, La vuelta al día, en el que los delicados y elegantes homenajes a los maestros que Navarro, como Borges -‘exhausta galería’- o Cortázar -desde el título- respeta y admira, es un libro memorable. Y por eso hay que leerlo, recomendarlo y hacerlo llegar por ahí, a los lectores y lectoras que quedan, que alguno habrá.

¡Lean, pues, malditos y malditas, lean a Hipólito G. Navarro!

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro