El asombro y la maravilla en la poesía de Esther Peñas: lectura de ‘El paso que se habita’

Esther Peñas, El paso que se habita, Albacete, Chamán Ediciones, 2018

No será la primera ni la última vez: ya es habitual que Peñas se cruce en mi camino de lector. Hace poco la entrevistaba, hace algo más reseñaba sus libros publicados en Devenir y ahora, abro con estupor este libro en Chamán Ediciones, que, a su vez, contiene un pórtico lírico de María Negroni condensando a la perfección lo que el interior ofrece: ternura, una alta densidad en el lirismo propuesto y una conjunción de cuerpo y materia junto a la maravillosa epifanía de encontrase viva, atenta, desmesurada Peñas en su cualidad de poeta abierta a expresiones diferentes, caminos no hollados y herramientas retóricas perfectamente dispuestas como símbolos, metáforas, personajes alegóricos como Hermes-Mercurio y sus alas talarias…

Este dios es uno de los más atractivos del panteón grecorromano: Hermes es un cachondo que se permite una hilarante intervención, por ejemplo, en una escena de cuernos entre un dios y una diosa, medio músico, medio cambista, acompañante de los muertos hacia el Hades… lo tiene todo. Aquí aparecerá en su forma mercurial, acompañando al lector a visitar diferentes partes poéticas que la estructura impuesta por Peñas, sutil como una malla delicada de posibles significados, nos va regalando para guiarnos por donde podríamos ir -un significado- e insinuando varias sendas -diferentes lectoras, lecturas, lectores, dan como posible resultado al menos dos nuevas interpretaciones, contando con que únicamente haya dos clases de lecturas-.

En fin, un libro atractivo, escrito por mano ya experta en sugerencias, carnalidad, belleza y elegancia.

Liga el inicio de la ternura de Negroni, con las primeras palabras de Peñas: la solidaridad y el amor serán un viaje constante, de aprendizaje conjunto y música eterna para quienes quieran desarrollar una relación interpersonal en este mundo.

Maneja la poeta las rupturas de las expectativas -a la manera de la que hablaba Bousoño en su ‘Teoría de la expresión poética’ como un elemento diferenciador de la poesía: el juego entre lo creado y lo esperado, nos deja en pleno estado de asombro constantemente. NO hablo de trucos y cambios gratuitos sino de esa intuición tremenda, del arrojo que entrenada la visión de quien escribe -años de lecturas, observación y síntesis de pensamiento- nos acompaña -como Hermes-Mercurio- hacia otras tierras del pensamiento, intercambiando lo esperado por la sorpresa, que solo viera la poeta pero que con arte y maestría, comparte con quienes nos acercamos a este paso habitable, tanto por la persona como por la palabra, que si bien a veces, ambas fallan y entorpecen nuestros pasos, otras en cambio allanan el terreno y hacen germinar semillas de felicidad que proliferan en jardines, prados, bosques… cada uno en graduales orden y desorden convenientes.

Así, lo memorable, la lucha entre los espacios públicos y privados, la aceptación del dolor y la escritura como forma de testimoniar esas intermedias posiciones con las que la poeta “mira” la realidad, se congregan en estas páginas, plenas de literatura que asalta nuestro consciente y nos posa con levedad en esa onírica caricia que sutilmente nos ofrece el verso

“para que las manos labren nuevos diccionarios

de los que crezcan inesperados árboles, y ramas verdes

de las que, a su vez, brote la lengua que nos hizo seres de nieve,

manos o trazos de tinta, terco golpe de cincel,

manos como escoplo

que abra formas con murmullo de universo;”

El arte, la escultura, la imagen, lo visionario, el cuerpo, el alivio, la tensión del escorzo: la plenitud poética y sus aspiraciones a comunicar (nos) con un algo que está más allá, una otra/un otro al que podemos acercarnos con la lectura de la escritura que se realiza como moldeo de barro, como esculpir la palabra: artesanalmente, con un trabajo previo, in media res y posteriormente a dicha escritura.

Insisto en que siempre, una lectura es mi lectura, como la de otra persona es diversa y quizá incluso más rica en detalles que esta que ahora realizo: el valor de la relectura, la magia de revisitar un libro permite que descubramos significados nuevos, por supuesto, nada acaba en un libro como este y pienso en la torre, el agua, las algas, el sueño y el mar, la roca, contar/cantar-hablar/escribir y en un bellísimo poema que me hace contemplar cómo Penélope, sin esperar a nadie, teje y desteje hilos como quien escribe y borra y vuelve a escribir, precisando aún más lo que quiere decir, mudez y preñez a la vez, no acercarse a lo definitivo apareándose con un significado plural, perfilando la talla sin sentir que se acaba ese trabajo porque queda quien lee, interpreta, relee, se maravilla y cae en el estupor de la contemplación de epifanías que gracias a la poeta podemos disfrutar.

Versos tan primitivos como los siguientes:

“La raíz explica el porqué

de lo visible

pero permanece oculta…”

La poeta parece haber llegado a ese lugar al que aspira quien escribe: condensación, humildad y sabiduría. Para qué más, me pregunto ante tanta estrellita fugaz, juvenil esperanza de las letras patrias o extranjeras: tanto añejo maestro, tanta estulta figura que aborrece los clásicos.

Y recordar es unir.

Poco a poco recogemos lo que sembramos en la lectura: poco a poco se adensa la forma, los significados recolectan lo que se diseminó a la par de nuestra lectura, y los párrafos aparecen, condensados y sin espacios, lo blancos se van ocultando en esa maleza de frases, de estirpes que irán concretándose en los vástagos simbólicos que la poeta aporta y cada vez más, con un contraste bestial que vuelve a sorprendernos, hollaremos mejor ese paso que se habita, el que nos proporciona la habilidad de la poeta para referirse a la vida, al amor y a todo lo que intenta que visualmente adquiramos, tanto en al página como en la mente: transforma la cantidad de información en calidad, belleza y posibilidad.

Qué maravilla de poemas. Qué asombrosa poeta.

El asombro y la maravilla en la poesía de Esther Peñas: lectura de ‘El paso que se habita’

Entrevista a Esther Peñas

Ha mantenido conversaciones con cantautoras como Rosana o Julieta Venegas, “folklóricas” como Martirio o escritores como Vila-Matas, políticos como Leguina, poetas como Chantal Maillard, filósofos como Savater, escritoras y directoras de cine… Luis Mateo Díez, Merino o Silvio Rodríguez han charlado con ella, Chema Madoz, Gioconda Belli, Luis Aguilé… gente tan diversa de la cultura española como Pasión Vega, Luis Alberto de Cuenca, Javier Ruibal, Mayte Martín o Rosa Montero forman parte de la estupenda serie de Entrevistos, un monumento al arte de entrevistar; escribe sobre personas con discapacidad, mantiene el espíritu de la curiosidad vivito y coleando, es novelista, poeta y disfruta con la lectura como nadie. En su obra narrativa visibiliza la homosexualidad, el respeto y la tolerancia por la diferencia y de sus páginas emanan el jazz, la copla o la música clásica, cosa que hacen que se se le alegren las pajarillas.

En el poema que da título al poemario El paso que se habita (Chamán Ediciones) pide:

Puentes de algas,
de melancólica sospecha,
de paisaje con savia de bruma
y afilados dientes.
Puentes
para este pequeño reino de la fiebre,
puentes.
También primavera.

De su novela La vida, contigo (Editorial Adeshoras) dice Daniel J. Rodríguez en Zenda que “es un libro con la anatomía de un cesto de esparto; natural y antiguo, de centenares de extremos en diálogo, una historia de esquejes verdes de existencia.”

Poco más que añadir, salvo que tiene mucho realizado y aquí no cabe todo.

Las fotos de la escritora son de Lurdes Martínez.

Es un honor para este que escribe que haya accedido a ser entrevistada y formar parte de la galería de honor de este Me no know nothing que hoy, es mucho más grande y feliz y crece como blog.

Con todas y todos ustedes: Esther Peñas.

-Querida Esther, muchísimas gracias por prestarte a esta entrevista: la primera pregunta es obligada después del añito que llevamos: ¿cómo estás, cómo está tu gente?

Qué extraño se me hace contestar en vez de preguntar, querido Juan. Permíteme estas palabras iniciales de agradecimiento por tu generosidad y tu (deliciosa) insensatez de entrevistarme… Estoy… en contemplación de prodigio, a pesar de todo, manteniendo la lumbre de lo alegre. Y mi familia y aquellos a quienes quiero está razonablemente bien, que no es pequeña la trucha…

-Me hacía especial ilusión repasar tu trabajo: eres periodista, tienes ensayo publicado, novelas, libros de poemas… ¿hay algo en la escritura que se te resista?

Sonrío ante esa ilusión tuya y envido: sí, el cuento. Soy una pésima zurcidora de relatos.

-Cuéntame lo importante que es y ha sido la lectura en tu vida. ¿Cómo empiezas a leer y qué libros lee la Esther niña y adolescente?

Leer me salva. Salva el amor, la fe, la belleza, y la lectura. Pocas cosas más. Recuerdo mi primer libro, cortesía del Ratón Pérez, un libro extraño, con ilustraciones, que hablaba de la importancia de mantener vínculos con la naturaleza. Pero el texto con en el que descubrí la fascinación de la lectura, su poder redentor, seductor, vivificador fue un libro que me prestó mi amiga Silvia Botán, con diez u once años, El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao Fernández Flórez, editado por Espasa Calpe, un texto divertidísimo, que me llevó en mi adolescencia a autores para mí vitales Jardiel, Mihura, Neville, Castelao, Camba…

-¿Por qué tu interés en el periodismo?

No sabría qué decirte… Cuando aguardaba turno para matricularme en la universidad, aún no había escogido qué estudiar… me gustaba Antropología, Psicología, Filología… y de pronto vi allí esa carrera, Periodismo, con un ramillete de asignaturas variadísimas y pensé que eso era lo que quería estudiar, para aprender un poco de todo… En esos años aprendí a caldear el amor a las palabras y a las historias. Y a reconocer la verdad del cuento.  

-Empiezo destacando el Cermi, ¿puedes explicar qué es para quien no lo conozca?

En su acrónimo, Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (en origen, de Minusválidos), es una entidad que representa al movimiento asociativo y preserva sus derechos. Estoy vincula a él desde hace años, por motivos laborales, políticos y sentimentales.

-De esa época salieron varias publicaciones: un trabajo en el que contabas qué quería conseguir el Cermi y tres libros de entrevistas (Entrevistos I, II y III).

Sí, Hoy empieza todo que, tomando en préstamo el título de la maravillosa película de Tavernier, conté, como dices, no solo el devenir de la institución sino a grandes rasgos el de las personas con discapacidad en nuestro país. Entrevistos, juego de palabras entre el adjetivo de la misma grafía y la palabra «entrevista», recogen las conversaciones aparecidas en el periódico del Cermi, en la sección ‘Cuarto de invitados’ que regento mensualmente desde 2003, y por la que han pasado tantísimos escritores, fotógrafos, actores, cantantes…

-Cómo y cuánto ha cambiado, desde la terminología hasta el trato, nuestra relación con las personas con discapacidad: pero queda mucho camino, ¿qué destacas de los avances y dónde tenemos que mejorar?

España es uno de los países más adelantados en materia normativa referida a derechos de personas con discapacidad. Me asombra cuando la realidad se impone y tiene su reflejo en el lenguaje. Sin carga alguna, fueron cayendo de nuestro vocabulario términos como «subnormal», «tullido», «inválido», porque habíamos desterrado a las personas con discapacidad de la esfera vocativa del paternalismo. Creo que el esfuerzo ahora hay que concentrarlo en la formación del colectivo, en estimular su inclusión en los estudios superiores.

-¿Qué piensas de películas como Campeones o series como American Horror Story, o el último anuncio de la ONCE de Campeonas, por citar algunos ejemplos, donde se visibiliza la discapacidad?

Me parece que todavía queda la rémora en ellos de ciertos tics que remiten a convencionalismos o tópicos… la mayor parte de las apariciones de personas con discapacidad en el mundo audiovisual y literario resaltan bien su «capacidad de héroes», bien su lado menos luminoso (como el binomio discapacidad-cierta amargura de personajes como House, por ejemplo). Ambas son extremos de los que hay que huir, ni todos los autistas son Dustin Hoffman en Rain Man, ni los ciegos son seres perversos como los que retrató Sabato en su Informe. Pero esta inclusión de personas con discapacidad como representación de la diversidad existente terminará más pronto que tarde en una normalización del colectivo, con sus bondades y sus impertinencias, propias de cualquier grupo humano.

-¿La entrevista es una manera de conocer a la otra persona?

La entrevista es una manera de entrever (de ahí, entrevistos) a alguien, es una maravillosa forma de practicar la escucha activa, un privilegio, ya que de qué otro modo uno podría conversar con determinadas personas, y una danza sutil en la que todo el tiempo se ponen en juego intuiciones, conocimientos y afectos.

-Te lo preguntaba porque tu manera de entrevistar es, por momentos, personal y directa, nada de objetiva: pasional, si me lo permites, como diciéndole al otro “confíame un secreto”.

Por lo general, conozco bastante bien al entrevistado, ya sea porque hayamos coincidido en otras ocasiones (eso me recuerda la de años que llevo ejerciendo…), ya porque he leído, escuchado o visto la obra que defiende. Eso me permite conseguir pronto el ingrediente indispensable para una buena entrevista: que el entrevistado confíe en ti, que se abandone a las respuestas que le broten, no a las que acciona como resorte. Salvo excepciones de rigor, los asuntos limítrofes con lo sensacionalista, la casquería, el amarillismo, no me interesan los más mínimo; eso ayuda mucho, tanto como suspender cualquier juicio de valor previo, y tener claro que todos podemos tener un mal día (y, por tanto, que alguien sea áspero en la entrevista no significa que sea hirsuto en su día a día).

-De Entrevistos, de esos cientos de conversaciones con personas como Chantal Maillard, Jordi Savall, Joaquín Leguina, Martirio… ¿cuál es el mejor recuerdo si puedes salvar solo uno?

Lo mucho que me han enseñado y las amistades profundas que han surgido de ellas. La vez en que Susana Rinaldi me cantó un trocito de Porque vas a venir, ese tema colosal de Mandy, o cuando en casa de Martirio cantamos por Soledad Bravo, cuando Carmen Calvo me envío al cabo de los días una litografía suya o Mingote me hizo un dibujo en el cuaderno… El modo en cuenta atrás de la emoción absoluta cuando Buero Vallejo me abrió la puerta de su casa disculpándose por recibirme en batín (fue mi primera entrevista), que Hugo Mujica me ungiera la señal de la cruz en la frente, compartir un cigarro con Jaime Urrutia… o un desayuno con Teresa Salgueiro… hay tantos momentos así de bellos, Juan…

-Poetas como Ernesto Cardenal o Jenaro Talens, escritores de la talla de Vila-Matas o José María Merino, poetas como Julia Uceda, directoras como Coixet… ¿cómo se consigue preguntar lo importante a cada quien en su disciplina?

Suponiendo que sea capaz de eso que dices, conociendo bien al personaje, y en mi caso, como marca de la casa, forjando preguntas que le lleven al confín. Por supuesto, teniendo claro que el protagonista no es quien pregunta sino siempre quien responde.

-De tu trabajo de narrativa, destaco la libertad de tus historias, la frescura en el tratamiento de temas como la homosexualidad, las tramas tan cambiantes… ¿qué referentes sigues al escribir tus historias?

Hay dos escritoras que me fascinan, Martín Gaite y Rosa Chacel, a quienes dediqué mi última novela, La vida, contigo. Toda la narrativa de Menchu Gutiérrez me parece un don, como la de Gabriela Llansol, y Mil mamíferos ciegos, de la Isabel González, un templo. Bobin, Quignard, Modiano… sin olvidar Tirano Banderas, las Sonatas, o los pecios impagables de Sánchez Ferlosio. Y después de todo ello, Cortázar, siempre.

-En la novela Los silencios de Babel de 2008, aparecen el engaño y la traición como parte de una historia cotidiana que se convierte en toda una aventura para la protagonista: ¿cómo consigues ser tan natural en ese mencionado cambio de registros?

Pues… gracias por el requiebro… de ser así, como dices, supongo que confiando en mi inconsciente, en todo momento. No sé pensar, en el sentido de que no hago fichas, ni cuando escribo un reportaje ni para una novela, mucho menos para un poema. Tampoco esbozos, ni esquemas, ni borradores. Hay una antorcha que se enciende de pronto en algún lado de mi cabeza y que me habla. Yo transcribo. Ex caelis oblato. Un regalo del cielo. De alguna manera. Pero el poema es la vida misma, es allí donde uno (yo, en este caso) se juega.

-Las mujeres siempre protagonistas, fuertes, decididas, proteicas, sensibles… como en la vida misma, con sus negros y sus blancos.

Las amo, qué le voy a hacer… también porque son frágiles, y están llenas de ternura y sensualidad.

-En El peso de una sombra, novela de 2010, la memoria juega un papel fundamental: ¿es lo que nos queda cuando todo arde, la memoria y el recuerdo?

«Cuando nuestra riqueza sea solo la memoria…», canta Fernando Márquez, el Zurdo, en la canción de La Mode ‘En cualquier fiesta’, un antídoto musical para prevenir la soberbia y egolatría, por cierto. La memoria, sí, nuestro único patrimonio inalienable porque, como dice el poema de Gottfried Benn, «En esta casa no se puede entrar/ en esta casa hay que haber nacido».

-Entre ambas novelas también sobresale el uso de la música como parte de las descripciones, del ambiente y de la constitución de los personajes: el jazz, las grandes señoras de voz negra y deje reconocible, la copla nuestra: el amor, en general, por la canción, el sonido, la otra realidad que significa la música.

Ay, es que soy muy coplera…Es algo que tengo pendiente, escribir un acercamiento a la copla… hay tantísimas imágenes bellas en sus textos… “que se me paren los pulsos si te dejo de querer”, “y así, mirando y mirando, así empezó mi ceguera”, “miente más que parpadea”, “con carbones encendidos, que le quemen esa boca”, “por mi salud yo te juro que eres para mí lo primero, y me duele hasta la sangre de lo mucho que te quiero…” Qué intensidad… qué bien lo dijo Carlos Cano, «se llama copla y cabe dentro la vida». Y la música, así, en general, creo que no sabría, ni podría ni querría vivir sin ella. Como toda belleza, la música hace que la vida merezca la alegría de ser vivida.

-Las relaciones familiares difíciles también aparecen en esta novela: como cuando señalas, nombras y escribes sobre el mundo femenino ¿es una manera de visibilizar ciertos elementos sociales que damos por hecho y que en cambio son más complicados?

No descubro nada si digo que todo es mucho más sencillo y complejo de lo que parece. Seis años de psicoanálisis me han enseñado a escuchar lo que no se dice y a ver lo que no se muestra.

-En 2011, publicas Sesión continua, una divertida historia de personas que hablan y hablan con una profesional de la mente para que les ayude a superar traumas referentes a la homosexualidad, a ver si superan ese “lío” personal y social que su cabeza no es capaz de desenredar por sí sola: aparte de los disparates que pones en boca de algunos personajes, con los que nos reímos mucho, ¿lo más importante son las metamorfosis de los pacientes?

Una de las cosas más importantes, de eso habla esta novela, es el humor. El humor nos coloca allí donde las cosas son (o pueden ser) de una manera muy distinta a como las pensamos. El humor resta gravedad y dignifica derrotas. El humor, etimológicamente, nos abrocha a la tierra. Creo que Sesión continua, junto con La vida, contigo, son los textos narrativos en los que más me reconozco, siendo casi antitéticos. Y sí, se trata de cambiar aquello que nos aleja de nosotros mismos, de cambiar aquello que nos mantiene en el engaño. El cambio lo produce el asombro. Después, uno sonríe. «Ah, era esto», piensa…

-En Una vista inesperada, nouvelle de tema y ambientación griegos, míticos, aparece más acusadamente el tejido de la novela, el texto como tapiz con esa imagen tan hermosa de tejer con hilo púrpura: ¿son importantes los clásicos en nuestra formación lectora? ¿La metaliteratura es una manera de advertir la belleza, la importancia de la disciplina literaria?

Además de esto que dices, que ilumina la belleza, en lo que concuerdo, la metaliteratura nos recuerda que antes de nosotros estuvo Cervantes, y Quevedo, y Unamuno, y Machado, y Gerardo Diego, y Cirlot, y Bachelard… nos ayuda a no perder la cabeza. Y a ser agradecidos. A eso también nos enseña la metaliteratura, al tiempo que es un reflejo del modo en que en el universo queda interrelacionado, en un inmenso rizoma, en el que todo se habla y se contesta.

-No me resisto a reconocer lo sutil, la hermosura, la alegría y la elegancia en las escenas amatorias de cualquier libro tuyo, como si el erotismo fuera tan sagrado que fuera un deber ser tierna y salvaje, feliz y heroica al describirlo literariamente.

Ay, que me sacas los colores… pues sí, soy una rijosa, qué le vamos a hacer… el cristianismo me enseñó que el cuerpo es templo, y que si dios, el dios al que venero, se hizo cuerpo, hombre, el mundo entero alberga constantemente la posibilidad del encuentro con lo sagrado. Dicho esto, ¿qué sería el amor sin el erotismo, sin la fuerza enloquecida, desquiciada, desaforada del sexo?

Espectacular ilustración de Luis Ortega para La vida, contigo

-¿Te parece que hablemos algo sobre tu poesía? Qué libros tan bien construidos: ¿te resulta natural cambiar de género?

Con humildad te digo que me parece que, en la medida en la que eso es posible, mi «género», mi «modo de estar en el mundo» es la poesía. Todo el tiempo. Hay una voluntad poética y un instinto poético en todo aquello que hago. Un peso de lo inútil como brújula, y un paso que busca constantemente el otro lado, habitar el naufragio, escuchar las ruinas, cantar el salmo.

-En 2005, Juan Pastor, en la Editorial Devenir publica De este ungido modo con prólogo de José Jiménez Lozano… Vaya bienvenida.

Jiménez Lozano me fascinaba por sus escritos sobre Simone Weil, especialmente analíticos con el aspecto político de la filósofa judía. Gracias a él conocí el modo en que Weil hace de la clase obrera el epicentro de su palabra y de su acción. Y la vida, como siempre, me regaló la oportunidad. Cuando le dieron el Cervantes, me mandaron a entrevistarle, a Valladolid. Y fue una no-entrevista muy atribulada, dificilísima, en la que al final terminamos hablando de poesía (en concreto de Szymborska). Antes de regresar a Madrid, me pidió que le enviara aquel manuscrito; lo hice, y él me contestó escribiéndome ¡el prólogo!

-…y el epílogo bellísimo también de Ubach Medina.

Ah, Antonio. Un fantástico profesor de los que te hace amar la lectura, los libros. ¡Y que, además, te hace reír! Fue de las mejores cosas que me deparó la universidad, conocerle.

-Este libro pertenece a un yo lírico que, desconcertado, atraviesa la realidad y se pierde pero mantiene un hálito de esperanza siempre.

El hombre es un ser esperanzado, de esto escribió mucho (y de un modo bellísimo) Laín Entralgo. Y como soy una mujer de fe, custodio lo que queda de esa tinaja ovalada que abrió Pandora.

-Esos dioses inactivos, contempladores que aparecen en estas páginas… ¿tienen algo que ver con nuestros deseos, nuestras frustraciones?

Me intriga el hecho de que siendo monoteísta los dioses que aparecen en mis poemas y en mi prosa tienden a ser ramillete… una vez, hablando con un filósofo marxista que admiro mucho, Jacobo Muñoz, me comentó: «qué suerte la suya que puede creer en la divina providencia al tiempo que en el libre albedrío sin que entren en colisión». Pues eso mismo.

-Años después, en 2011, repites con la editorial y aparece Penumbra, un libro de luz y oscuridad, con un rigor léxico tremendo y un despliegue de recursos bellísimos: ¿qué supuso este libro en tu carrera literaria?

Ja, ja, ja, ¡madre mía, «carrera literaria», qué grande me viene la expresión…! en cualquier caso, Penumbra supuso una manera distinta de decir la palabra. Más sencilla, menos maniquea, más libre, mucho más frágil.

-Aparecen la maravilla y lo terrible del mundo: ¿necesitabas nombrar esa doble conciencia que nos habita, la lucha eterna entre la realidad y el deseo como ya escribiera Cernuda?

Los antropólogos hablan de la tendencia de la mente humana a entenderse con esferas binarias de significado, y aunque ahora se habla mucho de que hay que quebrar lo binario me parece que a estas alturas aún no hemos asimilado que todos, en grado distintos, somos una cosa y su contraria. Sí, la realidad y el deseo, el ser y el deber ser kantiano. Las obras y los amores.  

-¿Qué poetas te emocionan?

Juan de la Cruz, María Negroni, Antonio Gamoneda, José Ángel Valente, Lurdes Martínez, Vicente Huidobro, Rafael Soler, Javier Lostalé, Julio Monteverde, Alejandra Pizarnik, Javier Gálvez, Francisco Javier Guerrero, Ina Olvera, Noelia Illán, Olga Orozco, Leticia Vera, Pedro Salinas, Ulalume González de León, Juarroz…

-¿En qué andas metida ahora? Veo tus entrevistas en Youtube, no dejas de escribir: ¿algún poemario a punto, alguna novela en desarrollo?

Estoy muy contenta porque hay tres proyectos hermosísimos para este año, uno, la plaquette Visto así, con la poeta Lurdes Martínez, a quien tanto admiro; el poemario Historia de la lluvia, que editará Chamán, escrito en prosa poética, que creo es lo mejor que he escrito, un prontuario de hallazgos y fulgores, y un sorprendente ensayo sobre amazonas, que aparecerá en Wunderkammer, bajo la advocación de Elisabet Riera, después de verano.

-¿Algún deseo para este año 2021, o “Virgencita, Virgencita que me quede como estoy…”?

Hay una canción de Ángela Muro que dice «Ay, Virgencita bonita (…) yo no te pido nada más que su boca cerquita, arrullando de amor…», pues algo así. Que no me falte nunca el espliego de los días. Eso pido.

 -Quería agradecerte tu magnífica disposición hacia este intento de entrevista: después de leer tus libros y escucharte, sé que es de principiante, pero aun así quería extraer parte de todo lo que sabes sobre la escritura y la lectura: es siempre un privilegio contar contigo, querida Esther.

Juan… has sido tremendamente generoso conmigo desde el primer momento que nos conocimos… y parece mentira, con lo poco que nos hemos visto, lo cerquita que hemos ido estando a través de los años… qué ganas de abrazarte hasta que se ponga el sol… ¡y de brindar con un buen brandy!

Entrevista a Esther Peñas

Penumbra, Esther Peñas

Penumbra, Esther Peñas, Devenir, 2011.



Cada libro es un aventurarse, luminosa, oscuramente, hacia un destino por conocer.

Esther Peñas lo sabe y en esa sabiduría radica la perfección jamás hallada mas siempre buscada, ansiada.

Peñas consigue hacer poemas con conceptos básicos pero olvidados: la belleza consiste en aplicar el día a día, la piel, los labios, el húmedo afecto de unas manos que acarician, empujan, sostienen, alientan.

Penumbra es la historia de la luz y la oscuridad, hermanas queridas y odiadas a partes iguales por la conciencia lúcida que a veces se oscurece por el alrededor y la historia: leer es un ejercicio de responsabilidad que parte de la escritura responsable, consciente, autónoma de una persona que ejerce el poder que cada palabra otorga: Peñas selecciona con mimo el léxico, aplica su rigor amoroso al contexto y nos hace visitar prados yermos o páramos frondosos. Su guía es excelente: el amor, el desamor a veces; la luz, la oscura semblanza del rostro que no tenemos: una odisea sin nombra pues nos deja libertad suficiente para reconocernos o no mirar el espejo por miedo a nosotros mismos, a no oír los cantos de sirenas por temor a qué nos dirán, a cómo nos nombrarán y cómo no, a obviar labios que pueden nombrarnos, haciéndonos así partícipes de una verdad incognoscible: nuestro verdadera mirada.

La ascensión hacia la luz, la caída ante la oscuridad.

El libro está perfectamente divido en dos pico de interés, siendo la parte central la que nos sirve de alas angélicas para poder admirar el verdadero fulgor con el que cierra la poeta este libro. Son páginas de fuego líquido, lava en estado puro y emocional, contrastes de amor y odio, de comprensión y terror: todo lo abarca el brillo de la vida.

Decir algo obvio antes de continuar: espléndido prólogo de Lostalé. bellísimo elogio a la poesía de Peñas, que no merece menos y el prologuista es otro afortunado de la palabra como sabemos quienes hemos leído sus poemas.

Umbra, Vislumbre, Resplandor, Opaco, Fulgor. Cinco partes como cinco soles: que ciegan o son ciegos, porque todo recoge el verso de Peñas que ella amaestra con diamantina claridad o pétrea y robusta oscuridad.

Elementos que nos suenan como ese eco que atraviesa el poemario serían los pasos, que resuenan desde el amor al desamor, desde esa amistad y honor y sentidos homenajes al estupor ante la maravilla y lo terrible del mundo. Andar, como diría el maestro Machado.

Tantísimo despierta este libro que el estupor, la melancolía y el dolor en diferentes grados (para lo que no duda la artista de la palabra en jugar con la tipografía), frente al silencio que ocupa a veces nuestro diario devenir, frente a no nombra por impotencia o elección, termina preguntando, con la osadía que el valor de saberse invoca: “¿Quién dijo miedo?”.

Libro decididamente bello, hermosamente valiente y de unas relecturas muy potentes, fogonazos de brillos lindos, limpios y -dios, cómo se hace eso- honestos, sinceros, límpidos de alma (con lo que esto quiera significar).

Hay presencias titánicas,

envolventes como arrugas de elefante

que hacen que lo bueno se perpetúe

aunque sea un instante,

un segundo, un parpadeo de tiempo

cuyo fruto resulta infinito.

Hay seres fascinantes

que se rebosan en cada gesto

y nos inundan;

personas

cuyo efecto es permanente.

Su ánimo auténtico,

hercúleo,

obstinado en bondad,

su hechura templada,

como un patrón a medida alzada que nos encaja,

su corazón discreto

los delata.

hacen posible que uno no se rinda

ante el desastre

y sostienen el cuerpo.

Sin embargo

coinciden en fragilidad,

convienen en no sentirse legítimos,

se pierden, se desangran

e ignoran cómo pedir auxilio.

Débiles ante sí mismos,

nos rescatan del asombro

porque existen,

se atestiguan en lo que son,

mas concuerdan en destruirse.

Sé de algunas de estas naturalezas,

las reconozco.

Te vi antes,

creí en ti siempre.

Hoy te tengo.

No te me alejes.

Me he permitido transcribirlo entero porque este texto es de una belleza arrolladora.

Y para terminar: un poemario como este es feminista. Convendría que alguien con mejor preparación, desarrollara una lectura así.

Gran libro. Y terrible, como todos los libros hermosos.

A leer a Esther Peñas.

Penumbra, Esther Peñas

De este ungido modo, Esther Peñas

Esther Peñas, De este ungido modo, Devenir, 2005

De amazon

Conocer la frenética actividad literaria de Peñas, sus escrituras, presentaciones, entrevistas, poéticas, novelas… supongo que sería una pista para saber qué encontrar al abrir este libro de poesía.

Cinco o seis cosas previas: prólogo y epílogo maravillosos (de nuevo la alegría por ser quien lea la maravilla sobre la maravilla: Céspedes sobre Calvo Galán, Jiménez Lozano abriendo el libro de Peñas y cerrándolo, Ubach Medina…), en fin, que la compañía en estos casos, es mejor y como lector, me creo hasta mejor. Otra cosa, obviamente es la realidad.

De Jiménez Lozano rescato una dicha y un pesar: la dicha de que esa exactitud de Peñas, la belleza que aportan sus poemas y el desconcierto que embarga nuestra lectura, haya sido por mí vivida al leer el poemario; el pesar es que decir demasiado, puede ser glosa y eso, cómo no, el maestro no puede permitírselo. Así que yo, humildemente, igual llego y defenestro el poemario de Peñas realizando una glosa, aportando nada al libro que de por sí es magnífico, preocupante, comunicativo de otro lenguaje y de esos conceptos otros que a veces las criaturas poéticas saben comunicar.

Pensé realizar una crítica atea del libro, porque resulta que está plagado de dioses, pero inactivos, mencionados, ocupados en otras cosas y terminan siendo una plaga observadora, nada exhaustiva en milagros o dones. Como dice Ubach, quieren entretenerse como quien ve un espectáculo, no con el interés de la representación sino con el tedio de la inmortalidad. Y de hecho ¿haremos spoiler si decimos -con quién hablo- que la epifanía es matizada y disfrutada por el yo lírico con su esfuerzo y agudas observaciones a raíz de las experiencias dichas con esa lengua poética que se convierte en otra cosa? No diré oraciones pero similar función parecen cumplir algunos versos y poemas enteros.

Hablaba de la inmortalidad de los dioses, su propagando y fulgores. Pero mortales somos, y el amor es mortal y Esther Peñas lo sabe. El yo lírico recorre un camino de púas, distorsiones y belleza: o eso leo yo, al menos. Ya decía: el desconcierto de ciertas expresiones, la hermosura de otras, el predicar unos valores necesarios para sobrevivir esta pocilga que a ratos es la existencia (“Que yo misma sepa perdonarme”) y la capacidad creativa de imaginar otra forma de expresión, son unos cuantos rasgos principales de este poemario.

…contra el tedio que siembra sueño enfermo

la esperanza arraigada que siempre tienta.

Lo sublime que tiene el hombre: Peñas se esfuerza en que cada matiz sea preciso y único, adjetive para que brille el color del sustantivo o defina esa sustantivación la función del verbo, para cuya esencia repite, recoge lo dicho, marca el territorio de la imagen o genera imágenes sobre lo insinuado, llegando a envolvernos en una red de esperanza, sentimiento de bondad y temor ante la desaparición de lo sencillo, ya que el panorama pregona un horizonte de desarraigo y dolor que la poeta se empeña en cuestionar, negar y afrontar sabiendo que puede perderse -como cualquiera- por el camino en esa lucha eterna contra sí misma.

Cuando afirma: “Solo el perdón engrandece/y crea entre la miseria/ del descendiente/una torre inmensa con esperanza de dicha” es más que alegría lo que nos embarga: pensamos -pienso, me digo y me pregunto como ese usted que atraviesa el libro, “¿tú no?”- reflexionamos, que es más que una saciedad de paz o relajo lo que nos llega al cerebro. Es una bendición encontrar mensajes así: nos reconcilian con el mundo a la vez que recordamos a Aleixandre, Vallejo, San Juan, fray Luis…

La lealtad frente a la traición, la voluntad frente a la inacción, la soledad de la valiente lucha frente a la ingrata compañía del cobarde.

La espectacular recepción del sacrificio, la sinfónica búsqueda de la esencial palabra no dicha.

El encuentro con la poesía y el reencuentro con una misma.

El olvido de todo lo que no permite a alguien ser persona, el perdón anterior a todo tipo de pensamiento único que desista de razonar: al alejamiento del mundo para ser feliz.

No sé si es spoiler y me importa poco: enorme libro.

Yo soy la única víctima despierta

y un dios inevitable me visita.

De este ungido modo, Esther Peñas