Ashaverus el libidinoso: la novela de Miguel Arnas

De http://www.editorialnazari.com/es/catalogo.html

Miguel Arnas, Ashaverus el libidinoso, Editorial Nazarí, 2014.

 No es la primera vez que escribo sobre Miguel Arnas, sobre sus lecturas, recomendaciones o trabajo literario propio. Arnas es una referencia de la narrativa española, ya que consigue sin esfuerzo aparente y con una prosa limpia y hermosa adentrarnos en mundos desconocidos por sabidos, olvidados por la dejadez de la historia que nos contaron o simplemente por el desconocimiento que a veces manejamos desde nuestra estrecha perspectiva vital.

 Por estas razones ya tendríamos que estar leyendo el libro. Son tan válidas como las que se expondrán a continuación, que no son otras que las de un ferviente lector, apuntador de ideas al margen de los libros y que ha disfrutado enormemente con la historia de Todros, ese judío predicador de amorosas intenciones, de Enrique Fuster, el buscador sempiterno del mal (o viceversa) y de Miguel Arnas, creo yo, como intentaré mostrar para que los futuros lectores obtengan algunas pistas que creo haber encontrado en esta gran novela.

 Bien, pues esto es: ¿una novela histórica, una novela de aventuras, un manuscrito hallado por un protagonista que relata hechos de nuestra más reciente historia política y militar o una bellísima historia de amor? Todo eso y más.

 Dividida en dos partes que son un bloque por el buen hacer literario de Arnas, conocemos la historia de Enrique Fuster, judío español de mitad de siglo XX que encuentra un manuscrito sobre las aventuras y desventuras de Todros, judío del siglo XV que padece persecuciones, querellas y desmedidas soluciones a lo que va predicando en sus viajes.

 El personaje de Enrique Fuster se hace querer desde el principio: el humor contagioso, esa mezcla de realismo cínico y crítica al poder -político, militar y religioso- ahonda en uestra percepción de conocer a personajes así en nuestras lecturas anteriores, inolvidables ya de la literatura.

 Recuerdo una anécdota con Arnas y Alejandro (Pepo) Pedregosa: estábamos tomando un refrigerio en un bar granadino y Miguel insinuó que estaba terminando una nueva novela y que el trabajo que le estaba imprimiendo era un gozo y disfrute, con sus rutinas de horas y teclas, como todo escritor que se precie, a lo que Pepo Pedregosa, como novelista que es también, le contestó que no entendía la sorpresa de la gente al contar que él tenía también una rutina de escritor, sus códigos horarios, sus métodos… su trabajo, en definitiva, y que había personas que pensaban que una novela, un libro, sale de eso que llamamos inspiración.

 Introduzco esta anécdota porque se nota -pero qué bien difuminado se encuentra con el arte literario utilizado- que esta novela tiene detrás lecturas, estudios, investigaciones… y ya lo avisa en las primeras páginas el autor. Las épocas, difíciles, como lo son el siglo XV y el siglo XX, con la persecución o protección de judíos allá, y la ascensión del nazismo, el franquismo y la religión española de esos años, acá. Épocas difíciles, y difícil recrealas en una sólida novela, en un libro que pretenda quedar en la memoria (ser memorable, ¿recordamos?) y sí, el de Arnas pasa la prueba con creces.

 Arnas hace desfilar en el mismo escenario a políticos, artistas, militares, escritores, músicos, sátrapas y diabólicos líderes que ríen cuando piensan en torturar al semejante -pero diferente- o matarlo y olvidarlo en una cuneta.

 Pienso que la novela es terapéutica y que la búsqueda de Fuster, esa búsqueda sobre los orígenes del mal, su naturaleza, sus ramificaciones, su futuro, sirve a Miguel Arnas para interrogarse después de todo lo que este hombre lee, escribe y discute, a sí mismo: preguntarse ¿de qué ha servido todo, hemos aprendido algo?

 Y nos da lecciones -sin quererlo de historia, a través de Fuster y de los chispeantes diálogos con su familia amiga u otros protagonistas de las dos historias. Siempre me han gustado los diálogos de Arnas en sus novelas: espontáneos, naturales, su toque de ironía y unos razonamientos elegantemente expuestos. Con lo difícil que es escribir un buen diálogo, limpiarlo de artificialidad y que sea útil a la narración. en realidad, Arnas consigue unir entre el pensamiento y el diálogo de los personajes la realización del carácter, el reflejo de lo íntimo que nos muestran esas figuras -algunas inhumanas en su maldad intrínseca- y que Arnas, inteligente prosista, comparte con nosotros.

Nos lleva por donde quiere, con mañas de novelista que hasta él mismo se plantea:

“Lo que a partir de aquí suceda o sea contado, que es lo mismo, no sorprenderá pero sí extrañará por la forma adoptada. El problema, siempre, es quién narra…”

Las páginas 52 y 53 se convierten, merced a las bondades y sutilezas narrativas de Arnas, en un pequeño compendio de teoría d la novela, del cuento, de la fábula porque Arnas es un consumado fabulador.

 Como buen lector que es, rastrearemos a escritores -que se acercan a investigar formas de maldad como el autor de Dagon, con esa imagen tan hermosa y destructiva como es el hundimiento del templo o algún matiz, diseminado en el manuscrito hallado, de ciencia-ficción -de la que Vonnegut nos regala, el tiempo, el pasado, el futuro…- y no puedo dejar de recordar a Pynchon, que hace una radiografía de su país y su época, del pasado y del posible futuro que nos espera.

 En fin, tengo muchas cosas que decir más, porque he ido admirando pieza por pieza esta recomendable construcción de la búsqueda del mal, y más adelante creo que citaré más párrafos del libro, porque se prestan a charlar, discutirlos, disfrutarlos y degustarlos como manjares que son: literarios, sí, pero de una una factura impecable y de un sabor auténtico.

 Olé por Nazarí que sigue ampliando un apetecible catálogo y olé por Arnas por dejar en manos de esta editorial su libro que nos llega en un ejemplar de esmerada atención: no podía ser menos el continente que el contenido, y ya digo…

Leed, leed -malditos- la novela de Arnas. Igual aprendemos algo sobre el mal. O mejor, reflexionamos sobre él, que creo que es una de las esperanzas del autor. Para cambiar el futuro. Para cambiar la vida.

Ashaverus el libidinoso: la novela de Miguel Arnas

La culpa fue de Miguel Arnas: Pynchon, Anderson y Phoenix: Puro vicio

Inherente vice, Paul Thomas Anderson, 2014

Miedo me daba esta película, sabiendo quién era el autor del libro. Pánico, los ojos de Phoenix, mírenlos, mírenlos en el cartel…

Quería leerme la novela -una de las pocas que no conozco aún de Thomas Pynchon- pero Joaquin Phoenix y Anderson (Magnolia, The master)… juntos… Buf, imposible resistirse.

Como las novelas de Pynchon (que hay que volver a ellas, después de quedarse medio lelo al leerlas), la película hay que verla un par de veces o más, porque el ambiente hippy, la atmósfera canábica y los silencios del personaje de Phoenix -Doc Sportello, extraño y fumado detective- hacen que la película sea un zambullirse en sensaciones visuales y auditivas de espectacularidad brutal.

La violencia no falta, las reflexiones sobre el sistema -Pynchon, ya saben- no dejan indiferente al espectador al conocer o recordar una época gloriosa de la incoherencia, las drogas y la revolución social de U.S.A. y los pensamientos y las palabras se convierten en fluidos de coctelera.

Cada vez me parece más interesante Joaquin Phoenix: lo veo como un actor en crecimiento y los personajes a los que consigue dar vida en la pantalla, me parecen de lo mejorcito que últimamente se ha logrado en cine: definidos, coherentes y equilibrados.

Y hablar de equilibrio en esta película de casi dos horas y media es complicado: el sexo, las libertades que se oyen lingüísticamente, sin la política correcta del “bien hablar” y el pensamiento o la moral caducos de hoy día, cuando se dicen y hacen “cosas” contradictorias: Doc Sportello es un derrotado que se sabe muerto, acabado, y que quizá, utilizando las pocas neuronas que le van quedando entre juerga y juerga -no premeditadas algunas- puede hacer el bien sin recibir nada a cambio, o al menos, nada material para él mismo. Esta grandeza lo convierten en uno de los personajes que hacen reflexionar, pensar que en el mundo, en cualquier época, hasta un fantoche -como lo ven los demás- enamorado -como se siente él- puede ser un buen tipo, una persona que lucha por los demás, dejándose por el camino mandíbulas y costillas en puños y patadas que le llegan a través de una mental niebla musical deliciosa, deliberadamente transmitida.

Leeré el libro –La subasta del lote 69, V, Vineand, El arco iris de la gravedad… hay posibilidades de elegir (Mason y Dixon, que no conozco…)- y hagan lo mismo si les apetece. Empecé por La subasta creo: me lo regaló el gran novelista Miguel Arnas, y es uno de los presentes que guardo, tras leerlo, con más cariño: ¡gracias, Arnas, por introducirme en ese raro y vital universo de Pynchon!

Ahora: si entran en esos mundos, quizá no quieran salir… quizá no puedan, y quieran más.

Avisados quedan.

De histeriasdecine.wordpress.com
La culpa fue de Miguel Arnas: Pynchon, Anderson y Phoenix: Puro vicio

El insigne Miguel Arnas, novelista.

XVII Premio Francisco Umbral de Majadahonda
La insigne chimenea, Arnas Coronado, 2010.

Miguel Arnas Coronado, La insigne chimenea,  Everest Editorial, 2010.

  Escribir como oficio, escribir como postura ética y estética –cuestiones tan debatidas- se convierten hoy en opciones perfectamente conjugadas: el libro de Arnas Coronado es así, una especie de ideal ético –por lo que insinúa- y una práctica estética –por cómo cuenta lo que leemos.

Es curioso que el jurado del XVII Premio de novela de Majadahonda Francisco Umbral, se fijara en este gran libro: curioso digo, por la rareza que es encontrar en estos últimos años, libros galardonados que correspondan con la calidad que de ellos se exige. Pero no hablamos de premios, hablamos de ficción de la buena.

Seamos ordenados: la novela lleva un título que para el lector –no para el escritor- va a ser el primer referente: ¿por qué insigne esa chimenea? ¿puede una chimenea aspirar a tan noble cualidad –humana para más inri? Además de famosa –sigo el DRAE- puede ser “que llame la atención por ser muy singular y extravagante”: bingo.

Lo singular del encargo que vamos descubriendo poco a poco durante la novela y lo extravagante de la solución propuesta por el arquitecto que lleva a cabo el proyecto concuerda con el espacio donde es colocado tan ilustre “remate” arquitectónico: y una precisión, que como lectores vivimos al leer la novela: la chimenea es el gran receptor de atención como iremos descubriendo e incluso el símbolo de una o más luchas internas en algunos personajes, pero, si es el alto, erguido y erecto ejemplo del poder de una época, también hemos de admitir que alta o baja, rechoncha o modernista, de pueblo o de marqueses, la chimenea es el camino último no de los desperdicios de un edificio sino de los restos de esos desperdicios, quemados, trasegados y convertidos en gases, carbono, partículas… Quizá esta descomposición es la que los personajes van sufriendo de manera acelerada, cuando Arnas Coronado imprime ritmo al relato.

¿Cómo imprime ritmo? Una historia magnífica, un escenario muy bien trabajado –la memoria- y un lenguaje del que nos quedamos cortos si decimos tres adjetivos: castizo, rico, excelso.

No nos duelen prendas en matizar que el tema de la novela es tema antiguo: el poder y los que a su alrededor viven.

Conviven en la novela protagonistas de la Guerra Civil, muertos injustamente, asesinos de seres entrañables, hermanos que parecen no tener la misma sangre ni motivaciones semejantes, un músico con una bellísimo historia de amor y una psicóloga y unas monjas, pescadores acusados de abusos sexuales, consellers de cultura y abogados que intentan aprovecharse del sistema para corromperlo más todavía, una puta encantadora –Pili Pilón- y un santo putero con un nombre tan exquisito como irrisorio: Pañoburdo. Qué elenco literario.

El dinero público utilizado por políticos que son peces globo cuando hablan antes de las elecciones y después de ellas, son los prepotentes señores del cortijo de la democracia, es el elemento que Arnas Coronado expone como partícula que provoca la combustión del carácter de aquellos que abusan del poder y lo malgastan enriqueciéndose, propagando el actual cáncer de la desconfianza en la clase política por parte de la mayoría de la sociedad: ningún político con influencia real escapa a la crítica si no personal, colectiva, aunque sea porque forman grupos con ideales que estén escritos sobre el papel: ya sabemos qué pasa cuando pasan los días de elegir representante y cómo se eligen los representantes en nuestra monarquía parlamentaria o parlamento monárquico o…

La crítica constructiva al servicio de la literatura, hecha novela del más alto nivel lingüístico, expresivo y narrativo con unos diálogos trabajados hasta la naturalidad.

Más podría decir si tuviera ingenio, pero para eso, ya está Arnas, que en cada texto que ofrece se muestra cercano a lo que su persona es: de calidad, irónica, inteligente.

Así que lean esta novela de Miguel Arnas –leed, leed, malditos- y sirvan de vez en cuando la buena literatura en su mesa, para que su paladar se solace en estos amargos días.

(Por cierto, no se pierdan su blog)

El insigne Miguel Arnas, novelista.