La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

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La vuelta al día, Hipólito G. Navarro, Madrid, Páginas de espuma, 2016.

Es cierto lo que escriben de Hipólito G. Navarro: es de los mejores relatistas que se puede echar uno a la cara.

Había leído algunos cuentos suyos en antologías y me habían atraído, tanto por la técnica (o técnicas) como por los temas, las variedad de tono, el humor y cómo no, la imaginación y el uso de la memoria.

Este último volumen imprime en el lector, como saben hacer los mejores, los sentimientos de placer y pena: y es que el placer se va reduciendo conforme avanzamos en su lectura pues la pena de acabarlo nos embarga sabiendo que oh, sí, llega el fin cada vez más rápido. Pero gracias a la sabiduría del escritor, llegamos a la conclusión de que tendrá -seguro- una doble lectura.

Los cuentos y microcuentos que componen esta obra están muy logrados y trabajados: el mismo autor nos cuenta en el prólogo de dónde surgen, cuánto le llevó conseguirlos y cómo el editor le animó a darlos a imprenta. Una experiencia lectora de todos los colores: invención, supuesta autobiografía con una primera y terceras personas totalmente controladas, una ambientación verosímil y un puñado de personajes que retozarán cómodos en nuestra cálida memoria.

El último volumen de relatos de Navarro provoca tanto placer al devorarlo con fruición lectora, como pena al ir leyendo las últimas piezas y saber que hasta cuándo y por qué y cuánto falta para que llegue el siguiente libro de Hipólito G. Navarro y…

Un cuentista ya consolidado no necesita elogios gratuitos así que me conformaré con animar a la lectura del libro proporcionando unos cuantos ejemplos del buen hacer literario del onubense por si algún lector quiere leerlos: aunque mejor haría lo propio con el libro de Navarro.

Antes del que me mencionaré a continuación, hay varios relatos que por sí solos ya merecen la pena: pero en el conjunto hay uno, Los artistas cautivos, en el que podemos encontrar una técnica y un compendio de opiniones sobre el arte y la literatura que junto con la trama nunca olvidada, pueden hacernos disfrutar bastante. Quizá esa tercera parte sea la que más me ha llegado, además del último cuento “La poda y la tala de los árboles frutales” y el emotivo y precioso juego doble de “Tantas veces huérfano” y “Rifa” que me ha prendido en el corazón, emocionándome ambos -por lo que ya sabrá el lector cuando los aborde- como pocos relatos.

Qué gran verdad esa de los relatistas de que la síntesis y la elipsis son dos armas fundamentales, herramientas preciosas en la construcción de tramas e historias. Diría que este libro es un ejemplo de lo que todo buen cuentista ha de hacer, pero no creo que nadie pueda copiar a Navarro, como nadie puede imitar a Fresán o Vila-Matas o cualquier otro reputado escritor de ficciones más o menos cortas de hoy, ni de ayer. Se pueden copiar pero nunca, ya sabemos, será el mismo aroma de la copia que el que desprende el original.

Es muy atractiva la propuesta de Navarro, la verdad. El uso continuado de la memoria, los recuerdos que se entreveran con el presente -como el jamón de su tierra, Jabugo, Cortegana, Aroche… y toda la zona de los pueblos serranos de Aracena hasta Rosal, y de ahí el salto luso, con su geografía tan esplendente y su verde tan rotundamente esmeralda- y adquieren tonalidades melancólicas unas vetas mientras que otras se defienden de la tristeza del paso del tiempo con una alegría arrebatadora, enarbolando la bandera de un buen humor que se siente sincero y una ironía que trata de remedar los malos tragos infantiles o la desazón de la adolescencia y sus puñales amorosos.

El humor le lleva a escribir a Navarro, sobre la castidad de una monja de avanzada edad: ‘de las ansias por romper una doncellez digamos ya gran reserva por aquel entonces’ o la crítica sutil a la España de entonces cuando relata:

‘…a un tipo desgraciado le han robado un vehículo movido por tracción animal, un carro…’

… o en otro cuento dice que hay ‘un profesor nuevo que luce un bigote en la nuca de una cabeza bien brillante’.

Para terminar, no olvidaré el placer estético que sin duda provoca la cuarta parte del libro: el teatro -antes la música tiene otro cuento exquisito- y la observación como metáfora del ascenso y descenso vital, social… y el sexo, la pintura y la invención, como parte integrante de las ansias de vivir y perdurar que, al fin y al cabo, sea a través de los hijos o la literatura o el arte, o sin más, la memoria, es de lo que se trata.

Este libro, La vuelta al día, en el que los delicados y elegantes homenajes a los maestros que Navarro, como Borges -‘exhausta galería’- o Cortázar -desde el título- respeta y admira, es un libro memorable. Y por eso hay que leerlo, recomendarlo y hacerlo llegar por ahí, a los lectores y lectoras que quedan, que alguno habrá.

¡Lean, pues, malditos y malditas, lean a Hipólito G. Navarro!

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La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil

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Nada sabe tan bien como la boca del verano,

Guillermo Busutil,

Benalmádena, Málaga, e. d. a., 2005.

Llevaba tiempo con ganas de conocer los cuentos de Busutil, granadino que nace en 1961 y según creo que vive y trabaja en Málaga, como periodista y escritor.

El libro es una pequeña joya literaria y deja un sabor de boca magnífico, como esos veranos que recrean el autor en boca de diferentes narradores, de diferencias palpables los unos con los otros pero medidos todos con la balanza de la belleza.

Desde lugares inolvidables a trabajos que van más allá del esfuerzo, tratando de que la pasión devore la impostura social, el amor a las sandeces morales y el reconocimiento de la diferencia acabe de una vez por todas con ciertos pensamientos únicos.

Acostumbrado a leer -en mayor cantidad- cuentos cuyo final sorprenden, deslumbran y la transformación de personajes o situaciones -o ambos- trastoque la expectativa personal lectora, Busutil utiliza el recurso de la sutileza, de una fina ironía y elegancia que deja pasmado pero sin alharacas, como si después de la marea que soportamos durante el cuento, la resaca no terminara de llegar: y ahí está la tarea de la resaca, el objetivo de tragarnos poco a poco. Inolvidables cuentos, ya digo.

Pandora es una maravilla: el amor, las clases sociales, la memoria, el esfuerzo… todo concentrado en el último relato del libro, que es un pórtico de salida del volumen, literariamente hablando, espectacular y cómo no, una inteligente invitación a seguir leyendo a este autor, a buscar sus otros libros, a devorar sus obras varias. Iguana o Punta de mujeres harán disfrutar a los lectores de manera inequívoca.

De La piel de O´Hara:

Diez años después de aquella mañana, en la que ella desapareció entre los árboles y sin escuchar mi voz llamándola, entre el ardiente canto de las cigarras y las campanas del manantial, todavía me recuerdo tumbado y boquiabierto sobre la hierba, pensando que el verano era una fruta que se abre, se huele y se derrama.

Sebastián Juve, Ezra, Génova Strani, Isabella Martel, Hacke, Coraline… nombres de personajes que llaman la atención: lo especial del nombre acompaña las peripecias que viven y desde el principio sentimos cercanía por la extrañeza del nombre, o al menos, esa fue mi experiencia: lejos de sentirlos raros, los viví cerca de mi gozosa lectura.

Las preocupaciones existenciales, amorosas y personales son descritas con agilidad, decisión y desparpajo literario: los compromisos que adquieren los personajes consigo mismos, en frecuentes ocasiones los desestabilizan de su destino, intentando llegar al nuevo no inermes pero sí en pie.

Un buen libro, sin duda.

Lean a Busutil, disfruten del verano de su libro y ya me contarán.

O no. Qué importa. Lean a este escritor y punto.

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Indice
Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil

Las Didascalias de Emilio Ballesteros

Didascalias de Emilio Ballesteros, Monema, 2016

 

Extraño libro que como dice el propio autor no es poesía, no es microrrelato ni es teatro. Así pues, ¿qué nos encontramos ante una obra de este tipo?

El mismo autor, didácticamente, explica que las didascalias son acotaciones en teatro y poemas que pretender ser útiles, si nos referimos al género poético.

Personalmente me parecen muy atractivas estas propuestas: textos breves, teatrales, con la forma aparente de narraciones breves y que líricamente son una delicia. Personajes que descubren, frases que alimentan intelectualmente y finales que al lector cuanto menos, hacen reflexionar.

Me interesa mucho ese género ambiguo, o géneros, donde no aspiran los textos a empotrarse en la concreción de un molde, en los que no sirven las etiquetas pero completan vacíos sociales, poéticos, teatrales…

Además hay varias preocupaciones clásicas en el libro, ya que Ballesteros no descuida el mensaje. El tiempo, la preocupación por el prójimo, el amor sin paliativos y todo ensalzado por la belleza de la palabra, utilizando epifanías como la sorpresa y la maravilla de la infancia, la juventud o la madurez siendo consciente de que la vida es un pasar y transcurrir de necedades, bondades y derivados de la complejidad que es el vivir y el morir.

17 Escenario: un mirador.

EL HOMBRE mira a lo lejos la cumbre de

una montaña en la que hay una ermita.

Grupos de nubes corren sobre la ermita

como un telón de fondo que se desplazara.

EL HOMBRE se siente espectador del

teatro de la vida.

Es solo un ejemplo: el número de textos asciende a 71. Más un acertijo. El autor consigue transportarnos mediante la melancolía, la hermosura de la contemplación y las veladuras insinuantes a un terreno de pensamiento, imaginativo, cercano y a veces de una complejidad espectacular porque lo planteado no está alejado de nuestras vidas cotidianas, sino que precisamente por tener algo cerca -una palabra, un objeto, un espacio público, una lectura…- quizá no lo observamos de manera constante y perdemos de vista la sorpresa que a nuestro alrededor sonríe: sorpresa miseria, sorpresa sonrisa, sorpresa historia.

En el texto 54 Escenario: un estadio, el ESPECTADOR, tras escuchar un himno, reflexiona sobre los escuchados en su infancia y juventud y reflexiona:

… Se da

cuenta de que todos lo emocionaron con

ideas de patria, fronteras y muerte. Ahora

necesitaría uno que hablara de matria,

infinitud y vida para poderse emocionar.

Pero de eso no hablan los himnos.

Sin palabras.

Isabel Fernández Aparicio es la autora de las ilustraciones: las, porque hay una en el interior, de una abrumadora potencia al igual que subyuga la de la cubierta: los textos merecían unas ilustraciones así de espléndidas.

Emilio Ballesteros ha conseguido mostrar nuestras incoherencias, desnudar la retórica de la vida y hacer pensar a través de elegantes y breves textos.

Un acierto en la propuesta, la brevedad y la belleza.

La vida puede ser lenta -piensa- pero acaba por vencer a

la muerte y el abandono.

 

Las Didascalias de Emilio Ballesteros

Los demonios del lugar, Ángel Olgoso

De cualquier modo, basta con hurgar un poco para comprender que el horror es la esencia de la vida (todo nacimiento implica primero la muerte y luego el olvido), sobre todo en esta época de recrudecimiento de la vileza humana por parte de una minoría codiciosa, insaciable y criminal carente, además, de sentido común, empatía y de compasión.

 Tomo de La orilla de las letras, las palabras de Olgoso sobre por qué le atrae el misterio, lo oscuro y las atmósferas extrañadas. Además, cualquier lector de este granadino pude disfrutar bastante del trabajo realizado por Cristina Monteoliva en esta web sobre el escritor.

De La casa del libro

 Leo con auténtica fruición, en dos o tres días -soy muy lento- Los demonios del lugar (Córdoba, ALmuzara, 2007: I Premio Internacional de terror Villa de Maracena) de Ángel Olgoso: 49 ficciones donde la precisión literaria, la concisión lingüística y la belleza cohabitan de manera maravillosa, oscura, simultánea, pavorosa.

  Es imposible dejar el libro: adictivo, pienso. Adictivo por ver cómo acaba Olgoso esas ficciones mínimas, micros, relatos, tres páginas, historias imposibles, finales que son principios y viceversa, sutiles observaciones sobre la naturaleza humana, o peor: libertad a nuestra imaginación.

 Es imposible que el lector se aburra: las tramas se multiplican hasta el infinito en cada libro de relatos, sean de terror -como en este caso- o no. El terror es psicología, las partes internas que no funcionan demasiado bien se bloquean, cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, la nariz -para no respirar agua y blub-, no hablamos, temblamos y escondemos las manos para no tocar páginas que nos recuerden lo patéticos que somos, lo irrisorios que nos ve el autor a algunos que paseamos por el mundo.

 La insistencia en la liberación del lector, en no guiarlo, en tratarlo como adulto.

 La perorata del destino, quebrada por una potente imaginación que nos provoca a pensar, nos invitar a acompañarla y a la vez nos expulsa de nuestros propias certidumbres.

  Muchos de estos relatos -microrrelatos, microficciones- son espeluznantes: casi más por lo que callan e insinúan que por lo que cuentan. Los tenemos de todos los tipos, así que los lectores no se aburrirán: por cierto, no hay repeticiones, sí eterno retorno como tema recurrente en algunas historias, pero de tan buen trazo literario, que nos dejamos llevar y acunar por las garras de algunos personajes que nos descubrirán a nosotros mismos, pensando variantes sobre nuestros límites.

 Lo que más fascina de un autor así, como Olgoso, con tantos relatos escritos, es su capacidad de regeneración, de autoinventarse, de no relajar esa excelencia literaria que queramos o no -y yo como lector, quiero- lo acerca a los clásicos porque podemos rellerlo una y otra vez y la memoria activa esas zonas no aclaradas por desconocimiento o prístinas por reconocer los homenajes que dedica a sus maestros: no en vano lleva treinta años dedicado a esto de contarnos relatos, cuentos, pequeñas ficciones que nos alegran, nos entristecen, nos dan motivos para repensarnos y nunca, nunca, nos dejan indiferentes. Es impresionante, la verdad.

 Un ejemplo de por qué Olgoso: la estructura de “Relámpagos”. Cinco puntos -diferentes historias- que se entrelazan magistralmente y van desde el principio hasta el inicio -¿?- de un relato infinito.

 Otro: “Las manos de Akiburo”. Tradición, respeto, trabajo manual -como el del escritor- y el destino de nuevo, la venganza, el honor. Un relato que lo tiene todo, lo contiene desde un lejano mundo que se convierte en metáfora de las miserias del poder.

 Lo onírico, el tema del doble tan atractivo si se escribe bien, y aquí está ejemplo de buena literatura, de alta literatura con uno de los temas más apasionantes para todos los que disfrutamos de la ficción o el elemento de la sangre.

“El coracero en el bosque ” es antológico: nos devuelve la confianza en los escritores, en la pasión que sienten por contar al lector y que este, acompañe al escritor de la mano que se difumina en el camino de la lectura porque aquel -el escritor- ya es eco de nuestra voz -los lectores.

 Los terrores infantiles, la desesperada inacción de los cadáveres en las tristes guerras, los muertos que ayudan a contarnos lo viles que seguiremos siendo.

 Uno de los cuentos más memorables en mi opinión es “El espanto”: la delicadeza y elegancia, lo bien medido que está el terror dicho y lo sugerente que son los silencios que supone el relato acabado en sí, es terrorífico. Así, terrorífico, de poner los pelos de punta.

 Las enumeraciones; los temas normales extrañados hasta lo obsesivo, lo preocupante, lo médicamente insospechado. Las malformaciones, los sueños recurrentes que superan la memoria onírica ya citada.

 Kafka, el coleccionismo extremo, la belleza sobrenatural, las muertas que hablan con sus hijos.

 Sigo manteniendo que “Gabinete de maravillas” es un cuento de esos que aportan información, una buena historia, unos personajes de preciosista composición y un final rotundo: una joyita literaria del más alto nivel.

 Y -Dios-: los urófagos. Solo por ellos, he de confesar que mi cabeza entendió la fantasía, su libertad, al creador, el joven y a la vez viejo panorama al que nos enfrentamos: mis ojos volvieron a las palabras una y otra vez, releyendo, revisando. Impresionantes y degenerados personajes literarios que no puedo olvidar, supongo que ya, para los restos de mi vida como lector. Agonías difícilmente superables, belleza en el lodo, esperanza en el caos.

 Libro imprescindible en la biblioteca de cualquier lector.

Relatos de Olgoso en la red, por ejemplo, aquí, en Tales of mystery.

Ángel Olgoso
De literaturas.com
Los demonios del lugar, Ángel Olgoso

Expedientes X en la literatura española actual (II)

Hay algo curioso que ronda por las calles de mi ciudad, me contaba Rogelio. Es una sensación epidérmica, creo que verde cuaresma, que es igual que alcantarilla, ese esperanzado color que… pensamos sin sentir demasiado, eh… su olor, ese aroma o decadencia de las pústulas sociales que recorren los suburbios de esta urbe. Uf, recordó, parezco el de la infame turba de nocturnas aves… -rió- qué grande, dijo aspirando una calada del cigarro- y me entiendes: los jóvenes no leen, y los que leen, la mayoría se creen que los garrapateos que escriben son literatura, si conocen a alguien, ya ni te cuento, si ese alguien insiste o ellos o sus padres… ya son escritores, o poetas, o novelistas… Es una cosa.

Bueno, ya sabes cómo es la juventud, Rogelio, siempre andan creyendo que lo suyo es lo mejor, que a los maestros es mejor leerlos muertos… o no leerlos. De qué nos extrañamos, le comenté mientras cambiábamos de parroquia: encendimos otro cigarro, él se quedó fuera y yo pedí dentro dos cervezas: todos pensamos que lo nuestro tiene valor… No, me interrumpió cogiendo el vaso de cerveza y haciendo un gesto de agradecimiento: hasta que alguien que sabe más que tú, y decente, te dice que es una escoria, que no tiene tensión, que la rima es pobre o que el conflicto no está bien descrito.

Tuve que admitir lo obvio.

Siempre hemos querido tener un estandarte, una guía, una banderola sana a la que seguir.

Siempre hemos querido quemar el estandarte, la guía, la banderola. Y el fuego ha de ser capaz de iluminar la oscuridad que otros no lograron aclarar: por idiotas, aprovechados o ignorantes. El atrevimiento de creerse joven, nuevo e iconoclasta. Sin saber coger el martillo para derribar creando, la pluma para enganchar con estéticas verdades sobre las mentiras dichas o el iris para esponsorizar una lectura propia, crítica, llamativa, sensual y sincera tras la hecatombe del maestro ya pulverizado por el éxito y el vocerío.

Nunca tuvimos el pie cambiado, la mano derecha a punto para la hostia consagrada ni la mejilla doble porque nuestros pies actuaban. Nunca nos creímos mejores. Nos hicieron así. Que es como decir que nos dejamos moldear. Y el cansancio está presente. Como el pasado.

Hace ya algunos años, alguien escribió que algunos sobrevivirían y que otros…:

otros serán un nombre

enterrado en la arena.

Quien escribe eso quizá corrigiera el “serán” por un “seremos”, o viceversa y está claro que en ese momento, no entiende que años después hablará con amigos como Rogelio, como Lucas que pena por tener unos sonetos magníficos, cuando ya los tiene,o con Marcos que escribe unos cuentos dignos y entretenidos: no entiende que hay marcas que no se llaman cicatrices sino que nacen en la carne con el opuesto afán: el de borrarse, desaparecer, polvo ceniza, viento, memoria.

No entiende que años después, en esas conversaciones, sus amigos le dirán de la belleza y le recordarán la verdad, en pocas palabras y mejores metáforas -porque son escritores de pro, de lecturas amplias y literarias- que serán olvidados, que no pasarán, ni nombres, sonetos o cuentos, a la historia de la literatura porque al fin y al cabo, quién escribe la historia, quién la historia de la literatura, quién escribe.

Quién.

Expedientes X en la literatura española actual (II)