El terror, by Mariana Enriquez

Mariana Enriquez, Las cosas que perdimos en el fuego, Barcelona, Anagrama, 2016

Hay una sombra carmesí que recorre este libro de Mariana Enriquez, porque una de las cosas que perdieron en el fuego, ellas, las mujeres, fue el poder de decidir, otra fue la vida, la libertad: los hombres, como antaño Prometeo robara el fuego a los dioses, ahora se lo ofrecemos a la mujer para inmolarla.

Esa sombra carmesí se difumina en amarillo a veces: a veces, se vuelve roja como la sangre y ocasiones anaranjea la pena, el desamor, la incomprensión que desgañitan el texto en muchas de las páginas que intentamos superar porque hay un desierto de recurrencias que atravesaremos y volveremos nuestros sedientos pasos para beber de ellos y comprobar que sí: la autora dejó pistas antes, lo hará después, para que no nos perdamos en resplandores tan brillantes como para quedarnos plenos de ceguera.

Leer el terror de Mariana Enriquez es descubrirse viendo la realidad que a menudo no queremos ver: los detalles superan con creces nuestra imaginación, las herramientas retóricas están colocadas estratégicamente aquí y allá en los relatos, en el trenzado de los mismos -que existe- y en el conjunto del libro: esa realidad nos lleva al lumpen, a las personas desposeídas, a las mujeres olvidadas, abandonadas y asesinadas. Roza, en mi opinión, la lectura lejana pero presente de 2666 del siempre añorado Roberto Bolaño.

La dureza de -permítaseme la comparación- documental, como si cámara en mano recorriera/n la/s protagonista/s las calles que pueblan las ciudades, por las que paseamos de la mano de Enriquez hasta el límite que ella necesita -lo demás nos lo deja al libre albedrío de nuestra imaginación-, esas esquinas donde duerme el principio del mal, el registro específico de un triste corazón enyoncado capaz de olvidar madres, hijos, familia… esas situaciones quebradas por la verdad, que es una y es que la muerte y después, nada.

Así, puede ser incómoda la lectura para ciertos sectores de lectura: personalmente considero necesario un libro así. El espejo es definitivo, el reflejo de la sociedad es real: seguimos sin pertenecer a ese mundo y miramos a otro lado cuando el aroma de la pobreza, es aprovechado por gente sin alma -y a veces, sin pan- y negocia con la miseria, inmigración, promueve prácticas irregulares de trabajo, esclavismo, prostitución, trata de blancas, pederastia, abusos y violaciones, y ese aroma, pasa, transita por debajo de nuestras narices.

Las descripciones son precisas, duras, directas. Tanto de los personajes como de los ambientes. No tarda demasiado la autora en concedernos el privilegio de conocer a quien narra, si es sucio o tiene pinta de demente. Si la humedad puebla las paredes que parecen chorrear maldad, incontinencia, desfloramiento.

Las historias se convertirán en puras mise en abyme cuando nos recuerde la historia que contaba quien cuenta que le cuntan: la literatura de las mil y una noches, como siempre que un libro quiere demostrar que la tradición es fundamental -las tradiciones y voces literarias que se nombran en la faja del libro- y sin cuyo apoyo quedaría cojo el libro.

Las ligazones -algunas- pueden ser esos olores que desprenden las narraciones, los colores, la intemperie en que se encuentran las vidas de los personajes. La adolescencia como fin de la existencia y descubrimiento de que la vida va en serio, de que la feria acabó, la grisalla del vivir se apodera de los cuentos y las cuentas atrás se enquistan en nuestros ojos.

‘Los años intoxicados’, por ejemplo, es un gran relato: contiene todo para entretener, preocupar y admirarse por cómo está contado a partes iguales. De nuevo, crecer, convertirse en seres independientes, el fogonazo de que esto se acaba, el nihilismo de lo que nos tocó vivir. Y crecer es hablar, cada vez más: los diálogos de Enriquez son exhalaciones que ya se ha llevado un huracán de indiferencia en el otro personaje, no así en el lector.

‘La casa de Adela’ está plagado de sueños, mitos, colores: maneras de contar diferentes desde varios puntos temporales, la técnica en beneficio de la narración. Se oye, se saborea, se huele el relato. Se palpa. Se siente.

Existe el camino de conformarse- El de los malos tratos. El de la sorpresa. Cuál escogemos, parece decirnos Enriquez, se convierte en una moneda de múltiples caras que caerá por una desganada ranura de faca devorada por el óxido en la caja donde espera el famoso gato. Tras tanto andar, leer, vivir, no sabemos nada.

Hay desaparecidas, temblores y espacios: personas idas, elementos que doblegan la firmeza, muchos edificios y casas cuyas habitaciones serán privadas hasta el dolor o públicas hasta la última sangre.

Hay mutaciones, violencia contenida, sexo. El catálogo del horror con homenajes pero sin -casi- monstruos. Bueno, no: en realidad hay un sinfín de criaturas horrendas. Hombres que protagonizan el último cuento y otros. Pero el último cuento. Y ellas. Y, cómo no, imprevisible pero esperado, el fuego. El fuego que arrasa con toda esperanza.

Pero el último cuento.

El terror, by Mariana Enriquez

Objetos frágiles, Inés Mendoza

Inés Mendoza, Objetos frágiles, Páginas de espuma, 2017.

No es la primera vez que se cruza en mi camino lector Inés Mendoza: su elegancia y saber contar ya las disfruté en un ensayo sobre Mary Shelley y su criatura hace un tiempo. Esta vez, invención sobre invención, Mendoza compone un libro bellísimo, pleno de imágenes, narrativa y ternura.

Algo de surrealista tiene la estructura del libro, donde encontramos relatos y algún micro, que serán piezas líricas, engarzadas en esa imaginación libre de la autora, permitiendo que el sueño alcance la realidad y que la realidad se mire con ojos entrecerrados, como sospechando que la mullida colocación de esos adjetivos permitirán que crucemos el puente de sustantivos que nos llevarán finalmente a vivir plenamente un final de cuento memorable.

Así, las partes, tituladas Ritual de las manos, Guantes amarillos y El impuro cabello, la tormenta nos permitirán conocer algunos personajes que pasean por la cabeza de la autora, colocados en situaciones de reflexión y sexualidad compartida, vivencias todas acompañadas por un exquisito gusto que se traduce en el cuidado, el mimo con los que Mendoza acaricia cada parte del texto: desde el lenguaje a los diálogos, desde las descripciones al conjunto del relato, asistimos a una liturgia de la cuentística que confiere a quien esto lee la tranquilidad de saberse en buenas manos, manos de trabajadora de la palabra, con oficio, perspicacia e imaginativas soluciones narrativas a problemas como el tiempo, el espacio o la resolución de conflictos.

Desde el primer cuento, como los buenos libros, ‘Nostalgia del velero’ nos advierte de que una nave cargada de sueños, de memoria, de personas que ya desaparecieron en otros sueños, negativas a participar en la vida por voluntad propia, cruza tranquilamente, líricas páginas que gracias a acciones sutiles, disparatadas a veces de los personajes, colocan a la historia en una cómoda posición de sorpresa epifánica para quien se atreva a acompañar a Mendoza en una suerte de catálogo de pérdidas y posibles encuentros.

Las invasiones: caos, sueño, la otra.

De la belleza a la destrucción, del terror a la alegría, Inés Mendoza construye un libro hermoso donde la pérdida de todo se acompaña del mejor lenguaje posible; un libro de apariencia frágil, como su título, que comprendemos de una fuerza arrolladora precisamente por la libertad que nos otorga para desentrañar esos misterios que la autora propone, acompañando a despistados personajes luminosos que necesitan tanta compañía como nosotros los lectores, y que mediante ciertos elementos que aparecen y desaparecen, que se recuerdan aquí y allá, ciertas melodías que nos reconfortan cuando todo parece extraviado en la mente o el pasado, llegan a ser fundamentales en la narrativa que reconocemos como familiar, cercana, a pesar de llevarnos viajando tan lejos, a playas tan distantes, a parajes tan coloridos y doloridos y atractivos y espectaculares.

Porque esos ‘Objetos frágiles’, que pueden romperse si se manipulan sin cuidado, somos nosotros, nosotras, nuestras manos, nuestra mirada, nuestro lenguaje, el otro, la otra: el mundo.

Objetos frágiles, Inés Mendoza

Ray Bradbury, again: Crónicas marcianas

Ray Bradbury, Crónicas marcianas, Minotauro, 2020

Esta edición es una maravilla para amantes de la bibliofilia porque además de Les Edwards, que hace unas ilustraciones maravillosas, recoge cuatro textos, cada uno con su sal y su pimienta, diferentes, sugerentes, maravillosos. Colocados antes de las Crónicas, funcionan perfectamente como unos complementos muy interesantes para conocer mejor esta obra magnífica, entretenida y literaria de Bradbury. Estos textos son interpretaciones, experiencias, explicaciones, resoluciones:

Apuntes para una teoría del marciano crónico, por Rodrigo Fresán.

Prólogo, por Jorge Luis Borges.

A los doce años un mago visitó mi ciudad, por John Scalzi.

Green Town, en algún lugar de Marte; Marte, en algún lugar de Egipto, por Ray Bradbury.

El libro puede funcionar perfectamente como una novela o un conjunto de relatos. Bradbury utilizó inteligentemente algunas herramientas a lo largo de los años, como cuenta Fresán, para que el libro pudiera ser tomado por una u otra cosa. Las fechas de los relatos, cronológicamente, avisan de qué ocurre antes y qué después: viajes, expediciones, visitas, vivencias, destrucciones. Los nombres repetidos de algunos personajes, las acciones cometidas o no por estos, las sobreentendidas consecuencias.

El libro esta cargado de símbolos, el primero y más llamativo, como no podía ser de otra manera es la misma escritura: poner de manifiesto que Marte y sus habitantes, significa habla de las personas de la Tierra, y hablar de quienes ya sabemos trae consecuencias, o mejor, las consecuencias se derivan de nuestras posturas, acciones, palabras.

Quién querría ser visitado por una raza que solo piensa en su propio beneficio, egoístas en plena degeneración cuando hemos alcanzado las maravillas intelectuales y tecnológicas que nos permiten enorgullecernos de nuestra sabiduría. No importa: si aquí abajo tenemos holocaustos inhumanos (racismo, imposición de pensamiento único, ataque a minorías) o contra la naturaleza (tala indiscriminada, quema de bosques, polución disparatada) por supuesto allá arriba no seremos menos.

Les Edwards acompaña con maravillas así el movimiento de las Crónicas estupendamente

Es divertida la incorrección sutil y elegante que practica Bradbury: nos critica hasta la saciedad con movimientos imperceptibles, lingüísticamente hablando. Nos remueve lento, insistente. Hasta que caemos en la cuenta de que sería irrisorio si no dijera tantas verdades, si no produjéramos más daño del que somos capaces de recibir.

Hay canciones, poemas, diálogos efectivos para conocer a los personajes, cosa que como sabemos es difícil e imprescindible para que un libro gane enteros.

-¿No ha oído hablar de América? ¡Dice que es de la Tierra y no conoce América!

La capacidad maravillosa de crítica, de sátira absoluta, la consigue Bradbury ajustando al máximo el sentido del humor, por lo que, inteligente como es, la crítica recae en sí mismo, la recoge y la ofrece a quien lea estos cuentos, capítulos o partes de una misma historia.

Burocracia, ecología y enfermedades mentales se dan cita entre otras muchas cosas en este libro: a visibilización de ciertos temas que posteriormente se consideran capitales para nuestra vida convierten al libro en importante representante del género de la ciencia-ficción y lo mejor, no sentimos que nos arrastre una moralina sobre qué tenemos que hacer para mejorar o cambiar o dejar un (posible) futuro mejor a quienes vienen detrás. No hay como parecer neutral para no serlo: o leer de esa manera, y para esto, Bradbury se las pinta solo. Aunque nos sirven de ayude los textos preliminares para comprender el alcance del logro de este libro como él mismo explica.

Un libro divertido que puede tener muchas y dispares lecturas, como toda buena obra literaria: envidiable y de relectura -en mi opinión- obligada.

Ray Bradbury, again: Crónicas marcianas

Entrevista a Miguel A. Zapata

Uno de los escritores más interesantes de su generación es Miguel A. Zapata (Granada, 1974): cuentista, microrrelatista y novelista, ha sido reconocido con multitud de premios y por la crítica especializada. Publica en las mejores editoriales españolas y es divertido, rebosa creatividad y su imaginación parece no tener límite. Esta entrevista es una de las más sugerentes que he realizado por lo que dice el entrevistado y por cómo lo dice, así que le vuelvo a agradecer esa disposición tan buena y que me haya concedido un rato meditado y genial.

Fotografía de autor de Lola C.

-Querido Miguel Ángel, empiezo preguntándote por la salud, la familia, el trabajo… Esta época está siendo especialmente dura y complicada: ¿cómo estás tú, cómo sigue tu gente?

         Muchas gracias por el interés, Juan. Toquemos madera: hasta la fecha no hemos vivido directamente el drama vírico. Eso sí, tengo sensaciones ambivalentes con respecto a estos tiempos de mascarillas e hidroalcoholes: por un lado, siento que se ha roto de forma irreparable el mundo en el que vivía hasta marzo de 2020, o al menos ha cambiado bruscamente de dirección hacia un destino poco previsible; por otro lado, viví el confinamiento como una flexibilización desconocida de mi tiempo que me permitió acabar mi última novela. Como si ese período excepcional de reclusión hubiera desbloqueado las inercias de la vida cómoda y reglada, dándome un tiempo distinto, casi monacal, que me permitió escribir de madrugada en un silencio tan inquietante como agradecido, con la música de Thom Yorke o Corrina Repp de fondo o la compañía también silenciosa de mi mujer, profesora y filóloga, trabajando en su propia burbuja de tiempo y en la misma habitación que yo. Raro.

-Entrando en materia, repasamos tu obra si te parece bien: desde el primer libro Ternuras interrumpidas, de 2003, llevas casi veinte años dedicado a la ficción: ¿cómo recuerdas esa primera etapa de reconocimientos, premios y publicación de tu primera obra?

           Hace ya una eternidad de esa época, y yo hasta hace relativamente poco pensaba que era otro distinto, eso me parecía. Cuando empecé a escribir con la intención de hacer literatura con calidad suficiente como para ser publicado, no tenía más ambición (fíjate qué aspiraciones) que quedar segundo en un certamen de Pinto para ver publicado mi relato en una edición no venal de difusión cero. Ni ganar un primer premio modesto me parecía posible. Luego fueron apareciendo textos míos en revistas y diarios locales, empecé a ganar algunos premios de cuento, me publicaron mi primer libro en una editorial diminuta que no me pagó ni un euro en royalties, luego en editoriales independientes de prestigio, la recepción crítica creciente… Y así hasta hoy, siete libros publicados después, pero sin volvernos locos, eh, que a uno no le paran por la calle ni le reconocen en la cola del cine.

          Sea como sea, cada fase, cada pequeño escaloncito, parecía difuminar al Zapata anterior. Dos décadas después, me veo no lejos de mí, sino casi emparejado con aquel veinteañero primerizo: compartimos la misma necesidad de ser valorados por los otros. Idéntica justificación de existir. El ansia de no sentirse uno excesivamente solo.

           Es curioso: llega un tiempo (o llegas tú hasta él) en que percibes la evolución como una forma barroca de engaño: sigues siendo el mismo perro con los collares distintos de algún Babelia, El Cultural, reconocimientos no universales aunque golosos y reconocimientos al fin y al cabo… Pero, ¿el perro? Exactamente el mismo animal, el mismo deseo bobo de un hueso.

-“Este es un libro de marionetas”: así se abre Propósito y advertencia, que es el pórtico de este volumen de cuentos: ya vemos el juego, lo ficcional, la infancia, la manipulación.

            Sí. Verás, Juan, uno se empeña en hacerse adulto, pero esto es más bien una cuestión cultural y crematística: haces creer al mundo que creces porque ya nadie se va a ocupar de tu indolencia, nada más. Por lo demás, sigues acojonado por casi todo como hace treinta años, sigues jugando cuando sales de dar clase y bromeas con un compañero hasta llorar de risa por una anécdota con los alumnos, sigues siendo un chaval malcriado que reclama atención.

            ‘Ternuras interrumpidas’, y ese pórtico del que hablas lo ejemplifica, es un primer libro con la ingenuidad, la rabia y la despreocupación de las primeras obras. Convertir a los personajes en marionetas tenía dos propósitos: la reafirmación de mi yo autoral como un deus ex machina que maneja los hilos de sus ficciones y realizar un primer esbozo de algo que me ha obsesionado a lo largo de toda mi obra: el estudio de la condición humana como una lucha entre la voluntad individual y las fuerzas que se empeñan en dinamitar ese impulso voluntarista, que con frecuencia parten del propio individuo. Si no nos jode algo, somos expertos en jodernos nosotros mismos, parece. Y el milagro es salir indemne, lo que se le da muy mal a los personajes de ese primer libro mío. En su descargo diré que, a pesar de ello, saben engañarse muy bien y encontrar oro entre las cenizas de su propia existencia. ¿No es eso vivir, al fin y al cabo?

-Títulos tan llamativos como ‘Radiografía de luchas y lluvias (introito)’, ‘Persistencia de la víscera’ o ‘Toxitruédano (boutade a modo de epílogo)’, son de relatos que componen esta obra: la sugerencia desde el título, la insinuación, el doble sentido, el juego lingüístico… ¿qué es necesario para despertar la curiosidad de quienes leemos?

            No lo sé. No me gustaría pensar en una fórmula mágica, alquímica o aritmética en mis textos. Sí que doy mucha importancia a los títulos de cuentos, microrrelatos y novelas, porque son una puerta de entrada o un ventanuco de salida de la obra. La ambigüedad léxica, el juego verbal, el gambeteo semántico forman parte de mi formación lectora (Gómez de la Serna, Ayala, Jarnés, Arconada, la gente del OuLiPo…) y de mi humilde aproximación al arte de la escritura, porque sustentan mi idea de que fondo y forma deben complementarse en un equilibrio casi místico. Un texto meramente informativo, sin más aspiración que narrar hechos, no es literatura; a lo sumo, puede aspirar a ser una escritura notarial. Un texto que sólo sirva para recrearse en los logros de su virtuosismo es una paja para nadie, ni siquiera para uno mismo.

          ¿Son esta certeza y ese equilibrio del que hablaba antes suficientes para atraer al público hacia mis libros? Ni idea. A veces, es una música que suena sólo para uno, tocas su fibra exclusiva. Hay mucho de azar en esto de escribir y ser leído. Sobre todo, porque hay tantos lectores como textos que quieren ser leídos.

-La extrañeza, lo raro que vemos poco a poco moldear tu narrativa será parte importante en tu obra futura.

        Si miro hacia atrás, a lo ya escrito, percibo esa querencia por lo extraño cotidiano de la que hablas, y que también obsesionó a Queneau o Breton, por ejemplo. Pero no hay en mí ni un átomo del escritor con calculadora que sabe cómo epatar al lector. Lo que ocurre es que cuando intento circular por el carril de lo convencional, mi narrativa me tuerce siempre el volante a la vía de servicio de la rareza y la extrañeza del mundo. Ojo, esto no sirve sólo a los intereses del género fantástico, como pueda pensarse con trazo grueso. Mis novelas son realistas pero están preñadas de sucesos inauditos y tramas casi inverosímiles. Es decir, todo lo que sucede en ellas entra dentro de lo poco probable, pero es perfectamente plausible. Ese es el punto de cocción al que yo quería llevar mis guisos literarios: contar las cosas que pueden ocurrirnos cuando pensamos que eso mismo nunca va a pasarnos, llevar la realidad hasta sus extremos, hasta ese punto en que se deforma sin dejar de ser tan tangible como nuestra cara abotargada por el sueño después de una mala noche.

          Puede que mis primeras obras adscritas a mi personal visión de un fantástico poético estén de alguna manera en la base de mi producción novelística, en ese sustrato de extrañeza de lo real. Hay mundos extravagantes en el espacio exterior o en otras dimensiones, no lo pongo en duda, es más, los frecuenté a menudo y con placer en no pocos de mis textos. Pero lo verdaderamente raro e inquietante es lo que le ocurre al ser humano cuando cree que tiene todo bajo control. Quizá porque él mismo es a menudo el responsable de apretar el botón que deshace el orden natural de las cosas.

Sus libros de cuentos Ternuras interrumpidas y Esquina inferior del cuadro

-Tu siguiente obra, cuatro años después, es Baúl de prodigios, donde el título de nuevo es fundamental, como también lo es el cambio de género: abres un mundo de microrrelatos: ¿fue necesidad, experimentación…?

             Cuando era un crío, yo era fan de los dibujos animados del Sr. Rossi, un set dentro de ‘El show de la Pantera Rosa’. Eran dos minutos de minimalismo casi sin diálogos, de un señor con bigote y sombrero y un perro llamado Gastón y que vive deliciosas aventuras en su cotidianeidad descacharrante. Por la misma época, mis abuelos me regalaron un puzle naíf de las cuatro estaciones, colorista y lírico. Bien, pues yo quería vivir en aquellos dos mundos tan sencillos, tan esenciales, como dentro de esas bolas de cristal con copos de nieve que flotan al agitarlas.

            Tengo para mí que esas dos imágenes conforman la raíz de gran parte de los microrrelatos de ‘Baúl de prodigios’: el universo expansivo del juego, la imagen como portadora de significados a los que la palabra sola no basta, la búsqueda de un lenguaje plástico que sólo pudiera existir efímeramente, un copo de nieve en un universo irreal. El microrrelato también satisface, como género híbrido, la necesidad de experimentación de cualquier escritor eminentemente imaginativo, sobre todo por las restricciones en la extensión y la condensación expresiva.

           Mi carpeta rebosante de ideas con alas encontró salida gracias a un género poco transitado en España aunque con brillantes creadores fuera de nuestras fronteras, desde Borges, Denevi o Ramos Sucre en Hispanoamérica a Örkény o Mrozek en la literatura europea. ¿Puedes escribir un cuento largo con un vencejo narcoléptico o luchadores de sumo que devoran niños o ancianos en el parque? No creo. Yo al menos, no. Pero sí brevísimos textos, casi apólogos o poemas narrativos con la misma y libre ingenuidad de los dibujos animados del Sr. Rossi o el puzle naíf de mis abuelos.

-Hablando del micro: ha sido y es uno de los géneros más interesantes por las posibilidades que posee y las mutaciones que ha sufrido: como lector, ¿qué tiene que ofrecerte un microrrelato para que te atrape?

            Condensar un mundo justificado en sí mismo en el que siempre quede la sombra de un misterio, la duda de si ha ocurrido todo lo que parece estar ahí escrito o ha dejado de ocurrir algo que es esencial pero que quizá se nos ha escapado. Esa naturaleza nerviosa e inaprensible. Ese temblor en una naturaleza muerta.

-Realizas espléndidos homenajes a la lectura y a escritores como Perec con ese “Me gusta…” reiterativo que recuerda tanto al “Je me souviens” del francés, o la pieza ‘Bibliofagia’ con su frase inicial: “Yo los libros los devoro. Con fruición. Kafka, Perec, Poe, Buzzati, Capote, Lorca, Zapata(¡!)…” Las exclamaciones son mías: de nuevo el juego, las autorreferencias (o no), Boris Vian, el OuLiPo, la ironía, el humor… ¿es necesario pararse y tomarse la vida un poco a broma siendo la literatura algo tan serio?

             Es que a veces la literatura no tiene ninguna relevancia cuando se pone estupenda y es trascendente cuando juega a desordenar el mundo. No es soportable la escritura que subraya el melodrama o que trampea las emociones. La vida misma no admite tragedias full time sin terminar negándose a sí misma. La ironía o el humor, aun cuando no estén visibles, deben subyacer a todo empeño literario, bien sea a través del argumento, el trazo de los personajes o lo que puede sugerir u ocultar el lenguaje. Y sí, gente como Vian, Crevel, Ramón, Gorey o el propio Kafka lo sabían, quizá porque intuían la fatalidad detrás de cada paso dado.

-Aparecen niñas raras, dementes, el sueño, la memoria, perversidades bajo la nieve… Todo lo oculto y extraño como decía antes, con una precisión y riqueza léxicas que causaron asombro ya a los especialistas, por lo delicado que es el género y las reglas que ha de cumplir.

             Creo que el reto es ese: aunar precisión y rigor técnico con argumentos o iconografía bombásticos. No me seduce la perfección técnica fría con los temas consabidos en el fantástico breve: espacio, tiempo, desdoblamientos, laberintos, mitologías, mundos inauditos… Bufff, qué agotamiento. En el ámbito loco y sin límites de la ficción muy breve, prefiero un jardín en el que crecen zapatos o un árbol de resfriados a un universo paralelo y metafísico quién sabe dónde.

            Prefiero seguir ciertas reglas pero hacerlo en pelotas y con un tricornio verde en la cabeza a entrar tembloroso y reverente en los salones aristocráticos del género. El olvido está lleno de correctos y frondosos fabuladores de la ortodoxia. Para seducir a la literatura, tienes que perderle un poco el respeto. Es la única forma de honrarla, qué coño.

-Cuando en 2009 publicas Revelaciones y magias continúas ofreciendo un microrrelato que hace que uno de los maestros de lo breve, Hipólito G. Navarro escriba que es la “confirmación” de Zapata, J.J. Muñoz Rengel hable de tu “talento” y Ángel Olgoso te llame entre otros elogios “funambulista de lo onírico”: este libro es un estallido hermosísimo de literatura: ¿lo sentiste así cuando lo terminaste, sentiste un avance en tu narrativa?

            Sí que hay un pulido en la escritura, los textos son más precisos y afilados tal vez. Pero el ‘sello Zapata’ (si es que esta cosa existe) ya estaba conformado en ‘Baúl de prodigios’, y mi literatura se apoya en la fuerza expresiva de mi estilo, no tanto en mis posibles estilemas, en los que intento no caer para no ser una copia de mí mismo.

            Un reseñista dijo que despojar del título a los microrrelatos de esta obra (están simplemente numerados) era un riesgo que había salvado muy bien, y mi intención era, precisamente, no dirigir al lector desde el propio título, no engañarle con ese señuelo que lo convierte en aquel concepto cortazariano (lamentable, según suena hoy) del “lector-hembra”. Creo que esa decisión dotó a los textos de la parte de “Magias” de una desnudez a tumba abierta que hace participar a quien los lea de una mayor cuota de interpretación y co-creación de la obra.

-Hay mucho cine, metaliteratura, criaturas inenarrables, fantasmas y un entrañable personaje llamado Priscilla.

           El auténtico salto adelante, según creo, fue la segunda parte del libro, “Revelaciones” (Miguel Ángel Cáliz, mi editor, me sugirió, acertadamente, cambiar el orden de las partes a las que alude el título, para darle una continuidad lógica a ‘Baúl de prodigios’, sobre todo de cara a los lectores de esa obra anterior y seminal). Podríamos considerarla como una obra independiente de “Magias” y adscribirla al género de la micronovela. No es una novela fragmentaria, como se afirma en la contracubierta (cuestión de marketing de la época), sino un trabajo novelístico en el que cada texto breve complementa y a menudo condiciona y modifica el sentido del resto de textos, de tal manera que terminan configurando facetas complementarias o contradictorias de la biografía extraña de Priscilla, esa mujer a veces sometida y otras independiente, perversa y dulce, metafísica y banal.

           Pretendía dibujar una vida con trazos simples, casi impresionistas: cada pieza responde a un rasgo identitario que influye en los demás al tiempo que completa la supuesta unidad que parece ser toda vida humana. La novela fragmentaria es otra cosa, un epítome de la posmodernidad: caleidoscópica, desbrozada, hecha con partes heteróclitas que se desentienden del resto, displicente, descosida, desatenta, abúlica, amateur, a medio terminar o empezar. “Revelaciones” busca la unidad de las partes de principio a fin. Una micronovela, sí, me vale.

Microrrelatos: Revelaciones y Magias; Baúl de prodigios

-De Traspiés, pasas a formar parte del catálogo de Menoscuarto, en la colección que el especialista Fernando Valls dirigía: Esquina inferior del cuadro es la nueva propuesta: visual, pictórica, sensorial. Regresas al cuento, al relato de extensión más larga.

            Yo era un fanático de los libros de Menoscuarto, de esas ediciones elegantes de cuentos de Aldecoa, Delibes, Aparicio o Moyano. Así que fue una satisfacción literaria y estética ser fichado por un sello tan prestigioso. Esos nuevos cuentos eran ya obra de un escritor adulto, sin dubitaciones ni tentativas, así lo veía yo. De hecho, hay una anécdota referente al asunto. El editor, José Ángel Zapatero, me dijo que mi original le llegó tan limpio que la corrección fue insignificante, y eso se tradujo en un texto de contracubierta que decía que yo era “uno de los autores de narrativa breve más cuajados del actual panorama hispano”. Yo le dije a Zapatero que agradecía el elogio, pero que “cuajado” en mi tierra era sinónimo de “atontado” o “despistado” (“estás cuajao, chavea”). Se cambió por el más aséptico “interesantes”. Todos contentos. Y Zapata en la nómina de autores de Menoscuarto.

-A partir de este libro el cuerpo, los miembros, los sentidos… se vuelven especialmente interesantes en tus libros, si no lo eran ya, y de hecho una de las partes de este libro se titula Cuerpos extraños en la periferia del ojo (después serán las manos y posteriormente el oído…). Aparecen entonces temas graves que ya aparecieron antes, como la memoria y el olvido, la senilidad, la fragilidad que quizá avisa lo que en tus novelas aparecerá… ¿Por qué vuelves al cuento y qué destacas de este libro? Por ejemplo, que fue finalista del Premio Setenil, ahí es nada.

            Las historias de ‘Esquina inferior del cuadro’ demandaban un trabajo exhaustivo de personajes, algo que la síntesis extrema del microrrelato no me permitía. Uno debe adaptarse a lo que pide cada historia, no forzar el género para embutir lo que quiere contar. Es un libro cruel, porque muestra la flaqueza y la miseria de los orillados, los freaks, los inadaptados, los viejos, los mutilados que todos llegamos a ser en algún momento de nuestra vida. Pero no juzgo, no condeno, ni siquiera les ofrezco una coartada. Pongo una cámara y filmo fragmentos de sus vidas, como si acabaran de pasar azarosamente ante mis ojos. O les trazo esa atmósfera que muy bien apuntas de textos pictóricos.

           Por eso son cuentos que tienen un enfoque de pintor ante el lienzo o una visión cinematográfica, casi películas en blanco y negro y con apenas sonido. No me interesaba plasmar la figura del marginal literario, del arrinconado por la perversidad del sistema. Mis perdedores no son antihéroes porque no se perciben como víctimas de nada ni nadie: la derrota es lo que los otros ven, mientras que por su parte ellos viven dentro de formas inauditas de vindicación que les puedan ofrecer su particular momento de gloria warholiana. Ese es su triunfo. Personal, exquisito, quizá sólo visible para ellos, lo que no les importa lo más mínimo. Por esa misma razón, pueden ser adorablemente perversos, magnéticamente malignos.

-Aprovecha y sugiere títulos y escritores o escritoras de cuentos y de micros: quiénes te apasionan, quiénes te vuelven la cabeza del revés como lector, en lengua española o extranjera.

            Ufff. Cuando lo he hecho con autores españoles contemporáneos, siempre me he metido en algún lío por las inevitables omisiones, así que quien lea esto debe entenderlo como una aproximación, no como un canon. Aprecio mucho la obra breve de José María Merino, Eloy Tizón, Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Fernando Clemot, Andrés Neuman, Jesús Ortega, Ernesto Calabuig, David Roas, Hipólito Navarro, Trifón Abad, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Miguel Ángel Muñoz, Rubén Abella, Elena Casero, Cristina Cerrada, Pepe Cervera, Juan Carlos Márquez, Manu Espada, Patricia Esteban, Maite Núñez, Andrés Ortiz Tafur, Santiago Eximeno, Almudena Sánchez, Cristina Gálvez, Pilar Adón o Cristian Crusat. De allende la piel de toro destacaría a George Saunders, Ana Blandiana o Gonçalo Tavares.

Las dos novelas de Zapata: en breve publicará la tercera

-En 2014 irrumpes con tu primera novela y además, publicas en Candaya, editorial de referencia también, que edita Las manos, libro en el que consigues un personaje memorable, obsesivo y entrañable…

          Hasta el año 2010 consideraba que no era necesario escribir novela para tener una trayectoria literaria solvente. Pero me di cuenta de que en realidad era pánico a dedicar demasiadas horas a la literatura fuera de mi zona de confort y con la posibilidad de que ese esfuerzo no viera jamás la luz. Me propuse intentar el género de géneros pero con la premisa de que se me presentase un personaje rotundo, incontestable, de esos que te demandan contar su vida como si fuera la tuya.

           El desfile triunfal de la Selección tras la conquista del Mundial, la cara ausente de Fernando Torres en un plano furtivo de televisión y la posibilidad imaginada de que entre el gentío informe que aclamaba a los héroes surgiera un hombre de aspiraciones vulgares buscando una heroicidad que justificara el bostezo de sus días, esos fueron los ingredientes principales y casi azarosos que parecían destinados a encontrarse en el mismo plato.

          Y así nació Mario Parreño, detective amateur, perdedor indolente, neurótico, infantil, inconsciente, tierno. Había novela. Y Candaya, una editorial admirable que según la leyenda sólo publicaba obras singulares y arriesgadas, tuvo a bien ficharme para dar larga vida a mi obra. Una pasada para un novelista principiante y un riesgo editorial que mereció la pena, al menos para mí.

-De nuevo, la realidad y la ficción se entremezclan, así como el recuerdo, la interpretación e incluso la aventura…

              Sí, Juan, como te dije, ese es el leitmotiv de mi obra, breve o extensa, esa línea que desdibuja las fronteras entre lo lógico y lo plausible. La singularidad de Mario Parreño reside en que no es consciente de sus límites, de la pequeñez de sus medios. Es un tipo con gorra de ‘I love Picasso’, camiseta de la Selección y su multidiccionario ‘Idiomas en una hora’ que recorre medio mundo en pos de un trofeo robado, una suerte de grial neopagano y futbolero, y ni siquiera sabe cómo reservar una habitación de hotel. Es el triunfo del infantilismo contemporáneo, de la pérdida de identidad del individuo en pos de logros colectivos de naturaleza banal en los que cree afirmarse personalmente. Esa paradoja irresoluble que es el hombre actual y la idea de no ser más que la proyección de otros me parecían muy atractivas para desarrollarlas como ficción. Y también la concepción del recuerdo falseado como piedra angular en la construcción de un futuro improbable.

         Mario es un jodido fractal con corte de pelo en la peluquería de los chinos de su barrio. Que además sea amante del saxo de Sonny Rollins o el piano de Michel Petrucciani es circunstancial. Es un paria que cree ser un elegido.

-Nos hacen falta héroes y heroínas, búsquedas, objetivos, sueños, griales… Esperanzas en una palabra, ¿verdad? ¿Es la literatura uno de los caminos para vislumbrar algo de eso?

           No lo creo, Juan. La narrativa de la esperanza suele tener poca chicha literaria. Otra cosa es que los personajes de una obra vivan esperanzados o fiados a un milagro, como mi Mario Parreño. Pero el objetivo del escritor serio debería ser mostrar las aristas que se esconden detrás de cada proyecto ilusionante, desenmascarar la impostura de los planes perfectos de ese universo desconocido que conspira para hacernos felices.

           Sin embargo, ojo, esto no debe invitar a la gravedad acartonada en la literatura, todo lo contrario: el humor melancólico nos puede mostrar la miseria más abyecta pero dejándonos claro, muy a lo Manrique, que no importa mucho, que todo pasa. O que nosotros pasaremos y el mundo seguirá en pie.

-¿Cómo recuerdas la publicación de esta primera novela? Críticos como Ayala-Dip o Calabuig ya habían hablado de tu obra en términos de honestidad lingüística y sobre tu imaginación. Con la publicación de ‘Las manos’ se multiplicaron las críticas elogiosas para una primera obra larga e imagino que estarías contento.

           Si echo la vista atrás, recuerdo que recibí el correo con el “sí” de Candaya en el verano de 2013, inmerso en la escritura de mi segunda novela y esperando el nacimiento inminente de mi hijo, así que imagina mi estado emocional. Sentí que me hipervitaminaba como escritor, como hombre, como todo. Luego llegaron, sí, críticas elogiosas, pero también una constatación: publicar una novela no te cambia la vida, no se agolpan multitudes enloquecidas a la puerta de tu casa y ese vecino cabrón sigue mirándote con asco al salir del ascensor. En el mundo literario, eres otro tío más que ha publicado una novela. Pero yo sí me sentí realizado porque se ponía la primera piedra de un proyecto novelístico de largo aliento y la recepción fue muy satisfactoria.

           En la fiesta del X aniversario de Candaya se hizo una pre-presentación de ‘Las manos’ y fue precioso estar junto a numerosos lectores y compañeros de editorial en ese casi bautizo: Jorge Carrión, Carlos Skliar, Sergio Chejfec, Carlos Vitale, Eduardo Ruiz Sosa, Miguel Serrano Larraz y Agustín Fernández Mallo por videoconferencia… La vida se justifica también con momentos así. Todo pasa, pero joder, la memoria no.

-En 2016 recalas en Talentura y de la mano de Mariano Zurdo publicas Voces para un tímpano muerto, un espectacular regreso al microrrelato: es un libro para disfrutar y para aprender, pues vuelves a tocar todos los temas, utilizas multitud de técnicas…

           Mariano Zurdo es un editor heroico, admirable. Construye un palacio con una caja de cerillas. Y se mostró dispuesto desde el primer momento a incluir en el libro los collages prodigiosos de mi padre, fundamentales en la concepción de la obra como objeto físico.

           Creo que ‘Voces para un tímpano muerto’ culmina mi proceso creativo dentro del género ultrabreve, aunque en el volumen se mezclen microrrelatos, cuentos de mayor extensión, poemas en prosa, reflexiones metafísicas… Como dices, el laboratorio se expande y me sentía con ganas de experimentar. Cuando dominas la técnica, te quitas el corsé de las dudas y las inercias del género, desaparecen los lastres de las deudas y “lo que debe hacerse”. De hecho, una de las apreciaciones críticas más elogiosas que me han hecho es la de considerar que lo que yo hacía no era estrictamente microrrelato, sino otra cosa ajena a los condicionamientos del molde genérico. Supongo que sólo así se pueden dar las condiciones idóneas para escribir fábulas sobre una anciana que riega macetas llenas de pollas, la madre que acuna a su bebé-oreja o una muralla hecha con niños para detener una inundación.

-Lo bizarro, lo onírico, la libertad narrativa más absoluta, los temas dispares que eliges, la selección minuciosa del léxico, la impresionante capacidad imaginativa que posees, y todo ello, sin que se note la maestría de las herramientas que utilizas.

           Muchas gracias. Siempre hay bordes que pulir y textos que rematar mejor, uno siempre aprende, como en aquel grabado crepuscular de Goya. Pero supe que había cuadrado una obra decente cuando el maestro José María Merino hizo una reseña elogiosa en Leer, subrayando esos supuestos valores que dices. Aunar fondo y forma en equilibrio me permitió narrar sin límites, sin preocuparme por la verosimilitud de las historias ni por la corrección política de lo narrado, alimentando mi tendencia natural como autor a la extravagancia, lo raro, lo perverso, lo excéntrico y lo insólito. De hecho, no escribiré más microrrelato, he dicho todo lo que tenía que decir en el género, sea excelso o deficiente. Y contento por alcanzar con ese libro algo que bien apuntas tú: libertad. Mi forma de ser completamente libre no es escribir, sino escribiendo.

-Y llegamos a 2018, año de aparición de Arquitectura secreta de las ruinas, tu última novela hasta el momento, editada en Baile del Sol. De nuevo, un hermoso título que nos habla de decadencia, de acabamiento.

           Sí. Hay algo hermoso en la decadencia, en los estragos del paso del tiempo en las personas y las cosas. No me refiero a lo decrépito, sino a la posibilidad de leer las historias que se acumulan en las arrugas y las grietas. También me atrae la posibilidad de la reconstrucción tras cada derrumbe. ‘Arquitectura secreta de las ruinas’ es una obra a mitad de camino entre el informe pericial de un edificio en ruinas y la radiografía espiritual de la debacle o la reconstrucción de sus inquilinos. Quería indagar en la relación que existe entre las personas y los espacios físicos en que se desarrolla su vida, ese hilo umbilical con el tiempo como matrona. Sólo es posible un balance cuando algo llega a su fin, a su disolución última.

          Pero el título de la obra también nos avisa: dentro de cada desplome se encuentran las claves para interpretar la vida de aquello que se vino abajo, sea un edificio o una persona. Indagar en el fin de algo o alguien es conocer la verdadera naturaleza de sus orígenes, de su vida entera. Cartografías del desastre.

-Sin destripar el argumento, aunque lo importante es cómo lo cuentas, digamos que hay un bloque de viviendas donde viven personas: ¿qué o cuánto hay de Perec y ‘La vida. Instrucciones…’ (si es que hay algo)?

          ‘La vida. Instrucciones de uso’ es una obra monumental. Pero también lo es ‘Historia de una escalera’ de Buero Vallejo o ‘El condominio’ de Stanley Elkin. Y no menos apasionantes son las tiras cómicas de ‘13, Rue del Percebe’. O películas como ‘La comunidad’ de Álex de la Iglesia o ‘El fulgor’ de Craig R. Baxley. Todas ellas son obras en torno a las interrelaciones en una comunidad de vecinos, desde lo costumbrista a lo sobrenatural, de la crítica social al humor negro.

           A mí lo que me interesaba era crear para mi segunda novela una estructura asimilable a una escalera de caracol y situarme en su eje para ver las evoluciones piso por piso, inquilino a inquilino, confundir y mezclar sus alturas, sus confidencias, sus secretos confesables o no, atisbar en ese caracoleo engañoso, en el juego intercambiable de subidas y bajadas la forma en que cada personaje se crea y crea a los demás cruzando parte de su biografía con la de otros, de manera que sus identidades se desdibujan y su voluntad individual depende en gran medida de azares y voluntades ajenas.

           Creo que nos construimos de forma deficiente o discontinua, imposibilitados para un proyecto lineal y de una pieza. Nos hacemos a saltos, dejando huecos, fisuras y agujeros en nuestra biografía, como esos materiales porosos que generan con el tiempo amenazadoras grietas en los edificios de cimentación poco firme. La disolución o el derrumbe son inevitables.

-Entonces, la disolución de lo material y lo personal es lo que te preocupaba en esos momentos.

         Entre otras cosas, sí. Y cómo la fragilidad de nuestro entorno vivencial, paralela a nuestro derrumbe íntimo, pone en duda el sacrosanto derecho burgués de propiedad, pilar de nuestra cultura. Cuando la estabilidad de nuestras cuatro paredes se tambalea o se desploman los tabiques, ¿qué queda de ese proyecto de vida que parecía indestructible, cómo mantenernos en pie si se vienen abajo las muletas materiales que sostenían la propia identidad?

          La contemporaneidad fía tanto nuestra vida al sentido de propiedad y a la posesión que al desaparecer la seguridad de lo tangible (nuestra casa, pongamos por caso) quedamos también desposeídos de nosotros mismos, de nuestra individualidad. ¿Qué es entonces disfrutar de algo en propiedad, dónde está el límite de lo privado, qué principio universal garantiza o no su permanencia y cuál es su duración en el tiempo? ¿Qué queda del tallercito derruido en el semiático de Nicolás Maldini y en qué convierte su desaparición al que hasta ese momento era un solvente sastre argentino? Esta novela analiza esa naturaleza porosa y dependiente de apoyos externos propia de las sociedades nacidas y crecidas en épocas de bonanza que tocan a su fin. Y agradezco enormemente a Tito Expósito, uno de los más generosos editores que un escritor pueda tener, y a mi editorial, la luminosa e insular Baile del Sol, el respeto con el que trataron desde el principio una novela escrita en seis meses febriles por un tipo acojonado y emocionado ante el inminente giro que la paternidad iba a dar a su vida. Construí una obra sobre la destrucción de toda obra. Una paradoja bien rica.

-Has comentado en redes sociales que vuelves en 2021 a la novela: ¿puedes adelantar algo sobre el tema, el proceso de trabajo o algo que quieras y puedas comentar? Si no recuerdo mal, escribiste que cierra un ciclo junto a Las manos y Arquitectura…

            Así es. Esta tercera novela que publicaré en 2021 si la virología nos lo permite, cierra lo que podríamos llamar mi “ciclo de la degradación”, un tríptico sobre las diversas formas que adopta la degradación en nuestra cultura y que me ha llevado una década culminar.

            ‘Las manos’ se centró en la decadencia de los iconos y los símbolos representativos de nuestro tiempo como reflejo de la fragilidad identitaria. ‘Arquitectura secreta de las ruinas’ analiza el declive material y emocional de un mundo edificado para ser poseído antes de su caída inevitable. Y de esta tercera obra, que me ha llevado tres años de trabajo y estudio, puedo decir vagamente por ahora que es una fábula prospectiva sobre los límites autoimpuestos a nuestra libertad, los fundamentos del Estado, la perversión del concepto de soberanía popular, la deriva ideológica, política y económica de nuestra época, el lenguaje como manifestación engañosa del poder o la opinión pública como generadora de una nueva moral privada.

           Una vez que se publique la novela creo que habré dicho todo lo que tenía que decir con mis libros, sean chorradas catedralicias o alguna que otra perla lúcida. Depende de los lectores valorarlo. Y después, no sé. Tal vez vuelva a viajar. O me interese por la pesca.

(Voces para un tímpano muerto es el último libro de microrrelatos de Zapata hasta la fecha: en su interior encontramos unos deliciosos collages del padre del autor que convierten la edición en un objeto bellísimo.)

-No podemos terminar esta entrevista, si te parece bien, sin unas cuantas recomendaciones de novelistas y novelas.

             Entiendo que no hay restricción cronológica ni me pides actualidad. Así que nombro, de entre mis cientos de favoritos, ‘El aprendiz de brujo’ de Benjamín Jarnés, ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, ‘Celestino antes del alba’ de Reinaldo Arenas, ‘El tambor de hojalata’ de Gunter Grass y ‘Los helechos arborescentes’ de Francisco Umbral. Porque resumen mis aspiraciones literarias: imaginación, lirismo, ambición artística y libertad absoluta. Entendiendo que esos cinco tipos son inalcanzables, claro.

-Antes de retirarnos cada uno a sus aposentos, una facilita: ¿la literatura ha muerto?

            ¡No, qué va, está más viva que nunca! Pero hoy vive más allá de los libros, se multiplica como un virus: en las redes, en las tertulias televisivas, en la cola de gente separada por mascarillas y distancias de seguridad. Todo el mundo es escritor porque tiene en sus manos lo que tenemos los escritores: una idea y medios para hacerla de dominio público. Ahora el trabajo es arduo: separar nuevamente el grano de la paja, a los auténticos Homeros de los aedos de pega. Casi da pereza pensar en semejante trabajo hercúleo. Mejor yo sigo a lo mío: escribir y que otros me digan si sí o si no, Juan.

-Consejos breves para quienes quieran dedicarse al arte largo de la escritura.

           Paciencia y dos atuendos a vestir de forma alterna: ropa de diario para empaparse de gente en la calle y hábito de monje para volcar pacientemente esos apuntes del natural al procesador de textos, en la soledad del estudio o despachito o cuarto de los trastos. Espero, claro, que nadie tome esto de forma literal. Basta con que piensen que escribir es una pérdida de tiempo gozosa, como todas las cosas innecesarias y, por eso mismo, imprescindibles.

Muy agradecido por tu buenísima disposición y esperando tu novela quedo, querido Zapata. Un placer.

         El placer es mío, Juan. Mil gracias a ti por el trabajo ingente con el que radiografías a tus colegas de letras. Es difícil encontrar entrevistas tan minuciosa y profundamente elaboradas como las que tú haces. Has diseccionado de forma maravillosa mi trabajo creativo de dos décadas. Un abrazo en la distancia que hoy tanto has acortado tú.

Entrevista a Miguel A. Zapata

Cervantes y las Novelas ejemplares

Edición de Harry Sieber para Cátedra

¿Por qué leer las Novelas ejemplares de Cervantes hoy?

Buenas tardes: soy Juan Peregrina, filólogo y lector, y principalmente por eso estoy aquí: por una suerte de enfermedad espero que contagiosa, cuyos virus me encantaría inocularles sutilmente esta tarde: la enfermedad de la lectura, creo que la compartimos quienes estamos aquí, como Paco Gil Craviotto, muy buen escritor y lector a quien agradezco la invitación de esta tarde para poder participar en este ciclo cervantino. Y por supuesto, agradezco a todas y todos ustedes, su presencia en esta tarde granadina.

Y de Cervantes vamos a hablar, de sus Novelas ejemplares, de lo ejemplares o no que son y lo novelas o cuentos que son y de por qué hay que en mi opinión, leerlas hoy. Intentaré ser ameno y entretenido, no abundaré en datos y será esto más bien, una animación a la lectura de las Novelas que un furibundo ensayo especializado. De todas maneras, no soy cervantista ni pretendo imitar a ninguno: es importante la época, la religión, el contexto histórico y el papel de España en esos momentos en el mundo, por supuesto, pero desde mi humilde opinión, creo que eso vendrá más adelante ya que lo primero es un acercamiento a las Novelas ejemplares, a sus temas, su literatura y sus picos de interés. Cómo creaba la magia de la literatura Cervantes y qué pienso yo que puede atraerles a ustedes para que lean La gitanilla o Rinconete y Cortadillo, para que le echen un vistazo a El licenciado Vidriera o les fascine los diálogos de El coloquio de los perros.

Realizaré una introducción, hablaré de las Novelas ejemplares y de por qué creo que tenemos que disfrutarlas y terminaré con una conclusión: este será el esquema de mi charla y después si quiere alguien comentar algo, estaría muy bien debatir ideas diferentes o puntos de vista más sabios, que seguro que habrá, que los míos.

La Novelas ejemplares se escribieron a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII publicándose en 1613, bajo el reinado de Felipe III que aún habría de durar 8 años más, medio siglo después del final del Concilio de Trento (1545-1563) y en pleno auge católico con la Contrarreforma. Quizá la época, el Barroco, el lenguaje, los temas o su tratamiento nos “echen para atrás”, como puede pasarnos con cualquier escritor “antiguo”: pasa con Góngora, puede pasar con Lope o Gracián. Pero para superar ese primer temor, para no arredrarnos y poder disfrutar de los libros de cualquier autor, tenemos la suerte de no ser coetáneos de él, es decir, si alguien publica hoy un libro y no lo entendemos, como no nos pongamos en contacto con el autor o leamos alguna reseña crítica seguiremos perdidos porque además, y es lo principal, no tenemos el factor tiempo a nuestro favor, no sabemos si ese texto resistirá el paso del tiempo, de lectoras y lectores, de críticos y críticas. Repito: las Novelas ejemplares fueron publicadas en 1613. Imagínense ustedes las ediciones comentadas y anotadas que existen, e imaginen por qué las hay, por qué las tenemos a nuestra disposición y si las habría si estas Novelas ejemplares hubieran pasado sin pena ni gloria por el arduo camino de más de cuatrocientos años.

Así que antes de hablar un poco de lo que van a encontrar en las Novelas, sin desvelar, por supuesto el final, les recomendaré a algunos especialistas y algunas ediciones que pueden encontrar fácilmente en librerías y que les harán la lectura más agradable. Incluso pueden buscar guías didácticas para los más pequeños.

El libro de ‘Sentido y forma’ de Casalduero está muy bien escrito y contiene información de valor para quien quiera adentrarse aún más. Existen multitud de estudios como los de Américo Castro, Lapesa, Luis Rosales o Rodríguez Marín entre los españoles –son algunos- y entre los hispanistas extranjeros como Spitzer, Forcione o Lowe.

Harry Sieber realiza la edición para la editorial Cátedra, una de las más accesibles, Lorenzo Hernáiz para Santillana, la de Clásicos Castalia es de Avalle-Arce o la de Austral de los especialistas Florencio Sevilla Arroyo y Antonio Rey Hazas.

Yo, que soy un amante de la ilustración, les recomiendo la edición de Anaya, con un par de cuentos: Rinconete y Cortadillo y La ilustre fregona, con ilustraciones de Enrique Flores y adaptación de Emilio Fontanilla Debesa.

Y estos son solo algunos de los apoyos que pueden encontrar: ya les decía antes que por falta de ayuda no es: hay que aprovechar que estudiosos inteligentes hayan invertido tantas horas de su vida en un tema para podamos ahora disfrutar de una lectura más clara, sencilla y gustosa.

Entrando en materia, las novelas ejemplares son once, aunque la última está dividida en dos, y algunas veces leemos u oímos que son doce: de hecho hay ediciones que incluyen el relato La tía fingida, cuya autoría se discute desde finales del siglo XVIII, no poniéndose de acuerdo críticos que apoyan esta teoría como Gallardo con los que no, como Avalle-Arce. Polémicas aparte, me centraré en el corpus de textos clásico de las once novelas, recordando de nuevo que la última está dividida en dos.

La gitanilla

Esta deliciosa novelita es la historia de una gitana muy joven, inteligente, decorosa y de la que se enamora un noble gracias a sus palabras, gestos y modos. Lo que quisiera comentar es que es la primera novela de cinco que componen las once, en la que Cervantes utiliza lo femenino para titular: la mujer es muy importante para Cervantes y así queda demostrado en La gitanilla, La española inglesa, La ilustre fregona, Las dos doncellas o La señora Cornelia. Desde los títulos, el buen escritor nos da pistas sobre lo que vamos  a encontrarnos en la historia. Además de aventuras, el mundo de los gitanos está muy presente con sus tradiciones, pasados, vocabulario y enseñanzas de la calle. Quizá lo más llamativo para los protagonistas masculinos de la historia, sea la belleza de la gitana, a lo que ella replica en verso:

En esta empresa amorosa

donde entretengo,

por mayor ventura tengo

ser honesta que hermosa.

Porque esta es una de las características que Cervantes expone también: las mujeres de sus relatos serán hermosísimas, pero también y casi lo primero honestas, virtuosas, es decir, moralmente intachables, ya que como dicen los especialistas, la belleza física renacentista se convierte en el Barroco en belleza moral.

Encontramos en esta historia poemas, canciones, trama y una descripción de Preciosa –de nuevo el nombre es fundamental-, que se equipara a la Poesía: casta, bella, discreta, aguda… Así abre Cervantes el volumen de sus Novelas ejemplares, con una magnífica historia que nos llevará a conocer a una protagonista femenina espectacular, dispuesta, sin miedo, de una valentía que deja asombrados a los hombres con los que se va cruzando.

El amante liberal

Cervantes vivió el cautiverio, la cultura árabe y se formó como especialista en armas y letras, dos mundos entre los que algunos de sus personajes se encuentran. Volvemos a ver la importancia del título: la liberalidad de un amante y qué mayor característica de liberal que dejar que el amor vuele en pos de lo que él considera adecuado: esta novela plagada de aventuras atraerá a lectoras y lectores que gusten de viajes, secuestros y rescates, ya que Cervantes consigue transmitirnos con escenas exteriores, una serie de momentos en los que la interioridad de los protagonistas combatirá con lo de fuera.

Las intrigas de la propia aventura se enriquecen gracias a la imaginación de Cervantes, a quien le gustan las metamorfosis y los cambios: los nombres serán otro elemento que irá cambiando en algunos personajes, ya sea por su bien, o por no ser conocido en algunos ambientes, ambientes esto que Cervantes pintará con una paleta de colores especial, funcionando los claroscuros. Estudiosos como Casalduero inciden en algo en lo que Cervantes también es el primero en ir más allá -como en otras cuestiones-: en esta novela, el protagonista se convierte gracias al esfuerzo del escritor, en héroe, pero no en el héroe clásico que lucha contra las adversidades de fuera, enemigos, monstruos o ejércitos, sino en el héroe moderno, aquel que tiene que asumir con decisión, arrojo y valentía, la lucha más fiera jamás hallada: la lucha consigo mismo que será la que de veras le sirva al hombre moderno, el aguantarse y vivir día a día: ya que hemos llegado a darnos cuenta de que somos el centro de todo, las personas han de superar sus miedos y servirse a sí mismos de lo aprendido, para utilizarlo en su beneficio y compartirlo en tiempos de necesidades con los demás.

Rinconete y Cortadillo

La novela picaresca siempre ha estado presente en la literatura española desde nuestro Lazarillo, que como se sabe, es una pequeña pero hermosa y perfecta novela. Los pícaros son gente que se busca la vida y que aprende a base de palos, disgustos y requiebros del destino, encarnado normalmente por personajes mayores, más sabios y astutos que el o los protagonistas.

Sevilla es el marco de la novela, y sus dos protagonistas también mudarán el nombre, las actitudes y sus esperanzas de vida tras conocer al rey de reyes entre los ladrones y chusma del lugar: el gran Monipodio, personaje donde los haya. Nada más por conocer a Monipodio, dónde vive y quiénes son sus acompañantes, la novela ya merece la pena. Creo que se nota que esta es una de las piezas que más me gustan: el ambiente, el lenguaje, las explicaciones que podemos encontrar tras la lectura, todo lo lumpen siempre me ha atraído: la definición de lumpen es aquel tipo de clase que no tiene conciencia de la existencia de ellas, las clases. Esto es muy personal: en la novela de Cervantes, de hecho, no sucede como en las picarescas ya que los muchachos, Rinconete y Cortadillo, están como dirían en Cádiz, “aprendidos”: ni siquiera tienen que pasar prueba alguna o pasarlo mal como novatos para ser reconocidos como miembros del grupo de malhechores que irán cometiendo fechorías por las calles de Sevilla. El humor que impone el escritor desde el propio lenguaje nos llevará a recorrer callejuelas y callejones cruzándonos con sus miembros o los más insospechados visitantes de la ciudad.

Notaremos la falta de confianza por haber sufrido, y precisamente ese sufrimiento de los que viven o malviven en la calle, nos llevará a contemplar la mentira, el desengaño y la palabra en discursos de una bestial sinrazón. Viviremos el maltrato masculino a una mujer, y sentiremos lo que hoy sentimos cuando ella misma defiende su situación, aunque en la narración de Cervantes el ambiente y los personajes son tan bajos que casi vemos normal esa pobre y patética situación. En fin, hay mucho más pero se lo dejo a ustedes por si, como pretendo, les he generado el suficiente interés a través de mi pasión por esta novela para que lean tranquilamente y disfruten: desde el lenguaje utilizado hasta la trama, ya les digo, es una interesante maravilla la que consigue Cervantes.

La española inglesa

De nuevo desde el título y como sucede a menudo, el autor nos da un contraste: una española de Inglaterra o viceversa (igual pasará en La ilustre fregona). Y de nuevo la mujer es la protagonista desde el título. Lo más interesante en esta historia de amor, aparte de los viajes y aventuras, es la transformación que sufre la protagonista. Recordemos cuántas transformaciones hay a lo largo de la historia de la literatura y por qué no decirlo, algunas de las mejores están en las Metamorfosis de Ovidio, como ya sabemos, aunque la diferencia estriba en que los dioses de aquel, son las personas de este: me refiero a que Cervantes, ateniéndose a la verosimilitud, elige personas como protagonistas, y lógicamente al escoger así, la trama va a viajar por diferentes derroteros tanto en nuestra imaginación y capacidad lectoras como por supuesto en la creación cervantina.

Hablaba de Ovidio porque algunos críticos muy agudos han perfilado las escenas donde aparenta ser pintor Cervantes, y dibuja un Marte, el dios de la guerra, que de bello parecía Venus, la diosa del amor. Cervantes es capaz de todo, y la sorpresa que nos deparan los ambientes extranjeros, las ciudades ajenas y su colorido, no lo es menos que cuando nos perfila un rostro, un cuerpo, una persona. Es muy grande Cervantes describiéndonos física y moralmente a sus personajes: de hecho, como veremos, es capaz de hacer de una casa -en El celoso extremeño-, un personaje.

Hay peregrinaciones, viajes religiosos, viajes interiores, cambios de actitudes, metas de la virtud como el matrimonio –que es un elemento elaborado siempre por Cervantes en sus narraciones- y el problema religioso que sacudía por entonces a España, intentando reunir esa realidad material con la esperada realidad espiritual.

El licenciado vidriera

Sin duda es una de las piezas más divertidas y profundas del conjunto o al menos, así lo pienso yo: un licenciado que se cree de cristal y tiene varios nombres, según el estado en el que lo encontremos: sano, loco y curado. Si cree que es de cristal, la monomanía está asegurada, el trance para encontrar la felicidad también y el conjunto de personajes que acompañan a este loco querido hará lo imposible por entender de qué habla, de dónde le llega la sabiduría y cómo es capaz de afrontar un problema tan grande –ser de vidrio- y a la vez tener tantísima consciencia de ser especial y sabio y de que socialmente es una de las piezas claves para que funcione su alrededor, pues da puntos de vista diferentes pero juiciosos y acertados; esta novela nos sirve para diferenciar al loco del cuerdo, al recto del hipócrita y sobre todo, algo fundamental: reconocer que hay muchas ideas diferentes, muchos espacios diversos y que debemos respetarlos. El pensamiento único, el fascismo, el extremismo del color que sea ha de ser combatido, y más hoy que algunos piensan que lo nuevo es extremista y no miran ni ven que a veces, los antiguos, los de siempre, son más radicales pues fomentan el miedo a lo novedoso que quizá es mejor. Así que fíjense cuánto surge tras leer la novela de El licenciado Vidriera. Todos los personajes socialmente vivos aparecen en la narración y para todos tiene Vidriera algo que decir: reparte sin medida, ya que la única medida es la de su mente, su juicio, su sensatez. Sus dichos populares cargados de ironía pueden ser actuales, nos dejan intranquilos, nos preocupan. Parece que nos vemos reflejados en sus palabras que son como una torrentera. Todo el conocimiento es expuesto para nosotros, como una forma de epifanía: encontrar el conocimiento es la vida y la muerte, es un renacer con palabras.

También hay una mención exquisita al vino: el vino como cultura y acompañante popular de las personas, de la sociedad: es decir, ya tenemos otro elemento para disfrutar aún más de estas páginas que conocemos bien en países como Francia, Italia o España, ya que los caldos son sentidos como patrimonio de cada cultura y de esto, sabemos bastante, de bebida y gastronomía, del buen beber y buen yantar: qué decir de la cocina mediterránea y las viñas de nuestro país, la diferencia del norte, el sur, el este y el oeste: Ribeiros, Riberas, Valdepeñas, Riojas… qué decir. Tiene multitud de atractivos el cuento, culturales y sociales.

La fuerza de la sangre

Un título así de sugerente encierra una familia, un acto cruel y una reparación. Los especialistas, como no podía ser menos hablan del pecado y su perdón. Es normal que de Cervantes se escriba tanto pues tienen tanta potencia sus historias, están tan llenas de equívocos y nombres cambiados, de decepciones y alegrías que no puede ser menos estudiada que otras obras. Contiene la primera escena, solo para despertar su interés ahora que me escuchan, un encuentro bestial: entre lobos y ovejas, entre el negro y el blanco, entre los que al principio se comportan mal y los que siempre son buenos. Los contrastes y oposiciones son fundamentales en la narrativa cervantina.

Otro detalle que aparece en varias novelas es el “viaje a Italia”: viaje cultural, de aprendizaje o simplemente para expandir fronteras personales y mentales. Italia es madre, padre e hija. Es un país donde todo puede ser porque todo estuvo, está y estará: es principio, medio y fin. Las maravillas, las construcciones, la Universidad y el conocimiento, la filosofía, la cultura, los mitos, el saber… Cervantes no podía obviar un país así pues complementa lo genial que tiene el escritor, sus lecturas de autores italianos, sus influencias y la renovación de las letras españolas, el arte de narrar. No olvidemos las novelas de Boccaccio como La fiammetta, por ejemplo, o ese espléndido conjunto de relatos que es el Decamerón.

Por supuesto, la belleza, el matrimonio y elementos importantes para que la trama se solucione, coexisten de manera natural y con el gracejo que Cervantes imponía a sus escritos, haciendo de los personajes criaturas verosímiles para quien lea la historia.

El celoso extremeño

El título es masculino, pero las protagonistas son nuevamente ellas: la mujer que quiere y ansía la libertad –fíjense en el título-, sus cuidadoras y su cubículo: la casa. Cervantes dota a la vivienda de tal vida que se convierte en espacio y personaje. De hecho al leer esta entretenidísima historia, de amena trama y personajes tan bien caracterizados, nos somete el narrador con su pluma, ya que no podemos dejar de leer qué va a suceder con esa chica tan joven y tan casada con un hombre tan mayor. Y obviamente, sucede lo que tiene que suceder, pero antes, para dejar que ustedes lo descubran advertiré que como Cervantes, puedo estar haciendo ficción: he dicho que “sucede lo que tiene que suceder” pero únicamente ustedes pueden descubrir el final, y leyendo esas páginas atravesarán conciertos nocturnos delicadísimos, conocerán a un negro aficionado al sonido y unas ayudantes enamoradas del otro, porque el otro, el único, el amante futuro, la idea de lo que puede venir parece que siempre es más adecuada a pensar que lo mejor es lo que tenemos al lado.

Ya digo: de un caso patológico que se vislumbra desde el título y lo podemos contemplar hasta la última página, Cervantes comete, perpetra una historia atrevida, valiente y diáfana, que entenderemos perfectamente y disfrutaremos como si nos la estuviera contando alguien de nuestros días, ya que hay temas universales como el matrimonio entre dos personas de muy diferente edad, sea por los motivos que sean, o el delirio celotípico, provenga del sexo que provenga y quería de nuevo romper o más bien machacar esa lanza que a veces se convierte en cuchillo para las mujeres y acaban con veinte o más puñaladas en su cuerpo: tengo el deber de ser desde estas palabras justo: antes decía que Cervantes respeta a la mujer, desde sus tramas hasta las palabras que emplea para contarlas. Leerlo también nos ayuda a comprender que las mujeres son personas que sienten, padecen y eligen. Igual que los hombres. Hoy no lo entendemos y si seguimos así, las estadísticas de asesinatos de mujeres este año en España, se disparará como los años anteriores ya lo hicieron. Ahí lo dejo. La literatura puede enseñar, educar y ojalá salvar. Respetemos a la mujer como nos respetamos a nosotros mismos. No es ni fácil ni difícil, ya digo: se trata de ser justo. Que nos respeten y respetemos. Seguimos adelante.

La ilustre fregona

Volvemos a contemplar a una mujer en el título, y además, un título en contraposición perfecta: alguien, una mujer que limpia y sobresale porque es ilustre: lo ilustre es de nivel superior, así que una primera impresión nos desconcierta y llama poderosamente la atención: en esto, el escritor ha de ser raudo, inteligente y excepcional, pues cuántas novelas desde el propio título, no nos dicen nada de nada. Reconocemos a Cervantes como uno de los maestros colocando títulos entonces.

Podemos encontrar en esta historia un dramatismo continuado y una acción que no podemos dejar de leer. Como en otras ocasiones Cervantes echa mano de la poesía, su género preferido y por el que quiso ser recordado, y nos explica la diferencia, sutil y poderosa entre la poesía culta y la popular, en una especie de duelo lírico, una escena hermosa de enfrentamiento entre dos maneras de pensar que personalmente creo que se da hoy y que podemos encontrar en cualquier momento si hablamos o escuchamos a gente que se dedica a esto. Recordemos, ya que estamos en Granada, a Lorca cómo no. El propio Federico compuso el Romancero gitano y también los exquisitos Sonetos del amor oscuro: desde el nombre -qué importancia tienen los nombres esta tarde-, se sabe que el romance es popular y el soneto culto: aunque sea únicamente la forma y después quienes escriban elijan uno u otro tema. Poetas de la claridad y la oscuridad, poetas de colores; lectores que prefieren textos cristalinos o más azabaches. Hay de todo y es lo que Cervantes nos ofrece y nos matiza: disfrutemos de todos los palos, como en el flamenco, conozcámoslos por lo menos y luego dilucidemos y elijamos, ya que somos libres cuanto más conocimiento tengamos de las cosas, la literatura, el cine, la política, las relaciones sociales…

La belleza y la virtud serán dos características que estarán presentes en este relato: la unión de lo bello y lo virtuoso, desde el personaje femenino hasta las diferentes situaciones familiares y sociales que se precipitan en el relato, y las soluciones que se nos ofrecen con una imaginación tremenda por parte del escritor, harán que nos maravillemos con esta historia.

Las dos doncellas

Las mujeres vuelven a ser protagonistas: ahora se travisten, se visten de hombre para lograr la consecución de sus deseos, que no son otros que saber la verdad. Hay peleas, luchas y heridas desgarradoras. Cervantes utiliza inteligentemente toda la materia narrativa de la que tiene conocimiento mezclando, dividiendo y asumiendo riesgos. El placer de encontrar todo ese magma así de fantástico es comparar la realidad y la imaginación y ponerlas al servicio de la literatura y la lectura, aprovechando los recursos que se tienen. Si sn tienes todos como el caso que nos ocupa, imaginen lo que se puede conseguir. Los desafíos, la falta de reconocimiento entre familiares y sobre todo, las tragedias salvadas por una intercesión a tiempo… componen un mosaico de lucidez extrema.

Una de las ideas que mejor nos comunica Cervantes es que la mujer es autónoma en el amor, y que no puede ser seducida contra su voluntad. Es digno de mención: en la época y hoy día. Cuántas historias leemos, noticias conocemos y en fin, comentarios que se convierten en trágicos sucesos en contra de lo que esperamos que sería lo ideal: compartir la libertad que el hombre tiene, y que debiera tener la mujer, como insinuábamos antes.

La mirada primera, el enamoramiento con la sonrisa de las pupilas aparece y ciertamente mantiene una deferencia Cervantes con el respeto, la vivacidad y el orgullo de reconocer la belleza y sentirla como propia, asumiendo que si la otra persona nos acepta, la felicidad plena nos acompañará durante toda la vida. El privilegio de un alma enamorada comienza por la vista, continúa por las palabras y puede concluir con la narración del hecho, ya pura acción narrativa para atraer desde el mismo contenido y despertar nuestra curiosidad lectora.

También contemplaremos la virtud en no criticar la debilidad humana, porque los poderosos de verdad, los héroes y discretos, no abusan neciamente de las murmuraciones, algo que solo está al alcance de los débiles y pusilánimes como expresan los que más saben de esta novela.

La señora Cornelia

Volvemos a las intrigas, a Italia, la religión y ciertos valores trascendentales como la generosidad, el valor y la nobleza: desde enfrentamientos con espadas hasta unos maquiavélicos planes que se descubrirán poco a poco, iremos conociendo la belleza de la protagonista: y de nuevo, una mujer como protagonista, con el atractivo que suma a lo ya dicho sobre la postura que mantiene Cervantes respecto a las mujeres, el amor, los hombres y sobre todo las relaciones que se conforman entre unas y otros.

Las equivocaciones nos llevan a contemplar una rápida acción tras otra que nos moverá de lugares, consiguiendo que tras esos movimientos y gracias a los diálogos conozcamos a personajes que averiguarán el valor humanista de país italiano y el valor de la astucia y la habilidad. De hecho, es preferible la maña a la fuerza y Cervantes lo demuestra en el mismo relato con las palabras: consigue desplazar la acción al juego de palabras, al ingenio que su inteligencia le procura. Es la época del pensamiento enlazado y la fascinante elaboración de textos con dominio intelectual, asociaciones de palabras y conceptos que sorprendan la capacidad mental del lector.

Es curioso que la misma novela despierte tanto interés dispar entre los críticos: unos dicen que es la novela con menos interés y más superficial de las que escribiera nuestro admirado Cervantes, como afirma Miguel Ángel Tejeiro, de la Universidad de Extremadura. Otros afirman que está sorprendentemente bien hecha. Ya sabemos que hay opiniones diferentes sobre un mismo trabajo, y personalmente creo que así ha de ser: en esta misma sala seguro que hay dos o más opiniones enfrentadas sobre esta novela u otras del propio Cervantes.

Sí me gustaría citar a este especialista, porque el final de su artículo ‘La trágica comedia de La señora Cornelia’ me parece revelador de la modernidad de Cervantes, tanto en el tratamiento de la obra como por los temas que toca, admira y defiende. Dice Tejeiro:

“En el fondo, los personajes de la novela cervantina son personajes de condición noble a quienes se les obliga a mantener intactos los valores de una sociedad ideal en la que Cervantes todavía parece creer: el amor a través del matrimonio sincero, el honor como defensa de la intimidad, y la solidaridad entre los individuos sin mirar su sexo ni su lugar de nacimiento, una actitud que sin duda le sigue convirtiendo en un autor moderno”.

El casamiento engañoso y El coloquio de los perros

De una historia de amores y desamores, de engaños y malos pensamientos llegamos al final de la composición cervantina con un placer inenarrable: el más perfecto cuento, el más metaliterario, el más divertido sin duda es el repaso que hacen Cipión y Berganza de sus vidas, ordenadas, caóticas…

El principio -la primera historia-, es el de un mentiroso que quiere engañar a otra mentirosa: es decir, el engaño no puede ser consumado, pero la ficción se impone. La buena vida, la mentira, el amor y el desparpajo son elementos de exhibición y disfrute lector.

Uno de los personajes se inventa una historia y vamos leyéndola a la par que el otro la lee: construimos mientras se construye y eso es un logro de quien escribe, que inventa a un escritor que inventa a su vez un sueño o pesadilla lúcida de dos perros que dialogan sobre la vida y la muerte, la sociedad del momento, el amor, la brujería, las falsedades del estado y los poderosos, y que ellos, los perros, al comunicarlas, se maravillan de su propia capacidad de hablar. Es magnífica como pieza narrativa, como gran ejemplo de metaliteratura o literatura que habla de sí misma, de sus armas retóricas: la retórica clásica que tan bien maneja Cervantes mantenía la inventio, la dispositio y la elocutio (y memoria y actio) como herramientas puras del discurso literario. Es decir: recoger, ordenar y mostrar, para quien lea con agradecimiento el discurso así construido: unos perros que hablan ya son sorprendentes pero lo más sorprendente y maravilloso, como ellos mismo mantienen, es que razonen casi mejor que los humanos y den rienda suelta a la crítica social, como sin querer criticar, pues durante todo el diálogo no están conformes con la murmuración, ya que a Cervantes no le apasiona la crítica por la crítica, de ahí “ejemplares” las novelas, y no tanto, me explico: no es que se pueda sacar enseñanzas de ellas, pero sí podemos recorrer ciertas ideas que nos ponen en aviso de lo que pasaba, pasa y pasará. Y además, cómo no, asistimos a la fundación de las novelas cortas modernas. Este cuento es un compendio de lo que realmente el libro entero de Cervantes supone: un conjunto exquisito de propuestas literarias y vitales, pues cada una tiene lo que tiene este cuento: un mundo absoluto de inteligencia, respeto y literatura, que en definitiva es lo que matizan estos perros inolvidables en su discurso, ya decía, ordenado, caótico, memorable.

Así que llegamos a la conclusión, que como siempre será personal y no pretende más que señalar el acierto del gran genio que fue Cervantes: su afán por superar la novela que se hacía entonces fue recompensado porque logró que el público aceptara su obra, además de saber que estaba cambiando el panorama narrativo en España e incluso el europeo. No son tan ejemplares las novelas como él mismo dice: sí son nuevas, los planteamientos son novedosos, el trenzado de ellas también, así como los puntos de vista, las tramas y la manera de exponer los hechos, y también la metaliteratura que ya practicara en su obra magna y que sin duda es uno de los elementos más divertidos y atractivos de estas exquisitas e inteligentes novelas. El léxico utilizado por Miguel de Cervantes es digno de reseñar, porque es rico, inquieto, polifónico, excelso y además, comprensible.

Ya lo dije antes: no dejemos de lado a los clásicos: son nuestras fuentes de donde beber la sabiduría antigua, la literatura e historia de donde venimos: hoy, en la era de internet, tenemos muchísima información, podemos buscar las palabras o conceptos que no entendamos, algo de la época y la religión y un poquito de nuestra historia. La vida es un continuo aprendizaje y Cervantes enseña bastante de todo e incluso puede servirnos su trabajo para que trabajemos en nuestros proyectos literarios personales. No olvidemos que tenemos guías, ediciones comentadas, artículos y libros sobre los grandes autores, y qué decir de Cervantes: los y las cervantistas están ahí, no los obviemos, qué mejor que aprender de quienes más saben del maestro.

Lean las ‘Novelas ejemplares’ y descubrirán valores modernos, actitudes solidarias y defensa de lo femenino entre otras cosas: respeto por los diferentes y una apuesta por el amor verdadero como si fuera a llegar el Apocalipsis y tuviéramos que amar a la otra persona sin medida. Son un gozo para los sentidos estas novelas, un privilegio el poder leerlas en nuestra lengua, la española, que tan bien usaban Garcilaso, Góngora, Lope, Quevedo y cómo no, Cervantes, entre otros escritores españoles reconocidos y de los que mejor guardamos memoria: los estudiamos, los leemos, los apreciamos e incluso a quienes nos dedicamos a esto, influyen, ayudan y provocan, por qué no decirlo, envidia: envidia por el trabajo constante que dedicaban a su obra, por el afán de ensalzar nuestra lengua, enriqueciéndola con temas controvertidos o estructuras narrativas o poéticas nuevas. Ayer mismo, hablando con el escritor Carlos de la Fé, me recordaba lo que decía Antonio Carvajal sobre Cervantes: “si queréis leer buena poesía, leed el Persiles”. También recuerdo las tertulias y entrañables conversaciones que he tenido con otros amigos escritores como Enrique Morón y Fernando de Villena: en especial recuerdo que este último me ha insistido en que no olvide a Cervantes en mi lista de lecturas, y constantemente cuando sale el tema, se deshace en elogios al referirse al escritor nacido en Alcalá de Henares, un 29 de septiembre de 1547,  y que muriera en Madrid, el 22 de abril de 1616, legándonos lo que ha sido una herencia escritora que ya es patrimonio de España y de la humanidad entera.

Termino deseándoles que lean y que sean felices haciéndolo, al menos tanto como yo al preparar esta intervención: sigo creyendo que la lectura y la literatura, al igual que el sexo, el alcohol y ciertas drogas pueden salvarnos, en ocasiones, de nosotros mismos, de nosotras mismas. Y necesitamos desesperadamente ayuda, porque estamos muy perdidos, somos cada vez más asesinos de mujeres y estamos cada vez más desquiciados y más fascistas y menos críticos.

Ojalá la lectura alumbrara en sus corazones un punto de crítica, una luz de transformación, una llamarada de comprensión hacia el diferente.

Muchísimas gracias por su atención y lean, lean, lean.

Cervantes y las Novelas ejemplares