Las niñas prodigio de Sabina Urraca

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Sabina Urraca, Las niñas prodigio, Fulgencio Pimentel, La Rioja, 2017.

 

Con nombre espectacular y literatura epifánica, Sabina Urraca engendra estas verdaderas niñas prodigio. Un libro particular, insensato, llamativo y que captura desde un primer momento la atención de quien se acerca a él. Hasta el final, que ya es decir.

Lo que Urraca desdramatiza lo convierte en oro literario y viceversa: sus dramas son extraños, mentalmente insostenibles, paradójicos y sencillos. Como su literatura: es sencilla mediante complejos procesos de escritura, como la diseminación-recolección, las metáforas que surgen fluidas y de una densidad espeluznante y sobre todo, en mi opinión, es sencilla -no simple- porque es como la vida misma: la vida es una mezcla de géneros, unas veces el drama nos corroe y otras, la comedia más horrenda nos melifica la columna vertebral: así, la escritora formada como es el caso de Urraca, se desprende de complejos y adquiere la voz de una periodista a veces, de una mujer que escribe su diario y recuerdos, o de la chica que practica la autoficción hasta límites insospechados. Porque -qué importa- si lo que nos cuenta es verdad o no, mientras sea verosímil y oh mfg, si lo es.

Tengo unas veinte citas anotadas, si no más frases que merecen la pena, pero no reventaré el libro, siendo estas palabras una animación a la lectura de un libro bien escrito, falto de sentimentalismos baratos y de los que quiero devorar otra vez al acabar de leerlo. Casi nada.

 

He nacido en el sistema capitalista. Quiero tenerlo todo, verlo todo, vivirlo todo. No puedo perderme nada.

Si te presentas así, permíteme que te diga los capítulos que posteriormente van a quedar en la memoria, sí o sí, querida Sabina: 18, 21, 23. Como poco.

La infancia y sus correlaciones son excelentes en la pluma de esta mujer. Dos palabras: placenta y metáfora.

Esa infancia perdida, la pérdida de la identidad y su búsqueda -quiénes somos, si somos alguien-, los trastornos mentales y la incomprensión más profunda del otro, son algunos de lo temas dolorosos que trata la autora, cuando la protagonista escarba en la maldad, fealdad o lo pútrido que el mundo le ofrece y ella pretende sacar, extraer, libar la belleza que incluso estos elementos -de mierda- prometen en su interior, a través de la mirada diamantina de quien nos cuenta estas peripecias.

Creo que la vida es confusa y hay cierta belleza en que sea así.

La ruptura con todo, con todos. La honda herida de saberse un animal antisocial, asocial, irredento ante sí mismo y los demás.

No tener la moral establecida ni practicarla.

Hay mucho más que decir de este libro: como los choques generacionales que procrean sus páginas en cabezas como la del que esto escribe. Como las mentiras no soportadas y enfundadas en matrimonios, hijos, familias, ciudades o estados.

Como los sistemas que nos hacen sobrevivir y a la vez nos van ejecutando lentamente.

Florecer o no florecer, “that is the question”, parece chillar la niña,chica, mujer. Y es que el sexo es un componente vital en el libro; como en la vida. Sin remilgos, Urraca nos describe su despertar y sus vivencias -no ella, la protagonista, claro-, sus apogeos y hundimientos; la maravilla y el delirio, la muerte suprema y el desenlace felicísimo. Todo cabe, nada sobra.

El pasado, el presente… son del dominio de la escritora, que gracias a las sutilezas y la elegancia que practica, la memoria que tan bien utiliza y las transiciones suaves a las que somete el relato, nos guía por donde quiere y comprendemos los saltos temporales y es más, parece que los vivimos en primera persona.

Porque todas esas mujeres son las niñas prodigio: con un principio arrebatador; con un final inolvidable.

Leed, leed, malditas, malditos… Leed Las niñas prodigio.

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Las niñas prodigio de Sabina Urraca

Visitando ‘El país de los imbéciles’

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José Manuel DíezEl país de los imbéciles, Madrid, Hiperión, 2017.

Y sí: darse una vuelta por este país es sentir la estulticia que profesamos, la crítica que silenciamos, el silencio que amparamos.

Me apetecía después de tres libros de José Manuel Díez, disfrutados, anotados y releídos, decir algo, escribir algo: esos son en definitiva los libros que mueven y conmueven, los que después, todavía duran.

Lo conocí como el Duende Josele, en otra historia -musical- diferente. Llevo un tiempo leyendo a Díez y lo sigo diciendo: es un poeta serio. Contribuye a eso que llamamos poesía que vale. Porque hay otra que no, ya sabemos.

Los dioses del instante y El país de los imbéciles son las dos partes del libro.

Creo que sigue una corriente de poesía social, que aún puede practicarse: o siento esto tras releer los poemas de este escritor.

Ayer -para empezar suave- me leía Fernando Soriano:

Imagina un caballo.

Un caballo muy blanco desbocado en la noche.

Y es que cuando algo gusta lo tienes que compartir: Soriano es un poeta enorme y yo, humilde aprendiz de algo, le dije: “échale un vistazo a esto”. Y bueno, parece que algo cuajó.

Díez es capaz de contar historias bellísimas en los versos -…Y comenzó la guerra en el poema. / Y yo te pregunté si me querías.- que conforman el libro, y siempre nos sentimos -me siento- dentro de su retórica. Nos sumerge en sus profundidades; es de imaginar que son las nuestras, las mías, las de todos y todas que leamos esta obra, seamos mayores, jóvenes, niños o niñas. Y eso es grande.

Por sugerencias, caricias del poeta, sutiles vientos: “Memoria del trópico”, “Lo efímero”.

Por amor al otro, a la otra: que no se borre la memoria, que no nos reviente el olvido. Que la risa dure eternamente.

Y todo medido, oigan. No pasa nada por escribir alejandrinos -os lo tengo dicho, dice una de las vocecitas de mi cabeza, y otra contesta: no, claro: pero el verso libre…-, endecasílabos, heptasílabos… De verdad: no es que no os vayan a echar más cuentas.

Uno de los más bellos elogios es “Taller y símbolo”, poema en el Díez consigue que los dos planos -el amor y el arte- sean uno, se fundan, dialoguen y lo más importante: el erotismo de crear con las manos, de sentir con el cuerpo y la mirada, desplieguen cataratas de sensibilidad.

¿Por qué poesía social después -o antes- de todo? Porque el paisaje le importa al poeta: el ir y venir de las personas y lo que las personas han tenido, tuvieron -las tienduchas de barrio, un poner- y espero que tengamos. Porque las personas somos y seremos quienes estemos de una vez peleando contra demonios o poetastros, quienes veamos -miremos- a los que del abuso comprenden que la humanidad es esto: una traición al otro en toda regla. Un beso de la muerte. Una mujer indefensa ante la barbarie machista.

Los “Planos” en los que podemos movernos sin sentir lástima por el otro: justicia es lo que parece que clama el poeta, no pena o disidencia barata: ¡justicia, carajo! (este carajo es mío).

Recomiendo encarecidamente “Los nombres de Sara” y “Pacta sunt servanda”: víctimas, cortejo de fúnebres vencedores y leales derrotados.

La guerra y la diferencia: la defensa de la diferencia; la guerra puesta en relación a la voz de los poetas. A su silencio a veces.

“Escritores suicidas” es un homenaje que ahí quedará y “Justicia poética”, eleva el tono hacia la mudez, el feminismo, el valor y la pétrea condición de los que mandan.

Obviamente, estos son notas de un lector más, pero ojalá -leed, leed, malditos todas- os anime a impregnaros de lo que José Manuel Díez quiere compartir en ‘El país de los imbéciles’.

Porque aún no es el tiempo de entender el silencio,

escribimos poesía.

Visitando ‘El país de los imbéciles’

El Mirador de Akasha. Granada.

Un espectacular sitio: empezamos subiendo al Albaycín, buscando las Veredillas de San Cristóbal: el paseo ya promete, porque vamos a ver Granada desde diferentes perspectivas y alturas. Una espléndida compañía al resuello que ofreceremos a Helios si andandito hacemos el camino, que, pienso, es como se debe hacer, al menos alguien como yo, granaíno y con tanto que conocer de uno de los barrios más representativos de la ciudad nazarita.

Daniela y María viven en el Mirador de Akasha, una casa muy particular, porque la vistamos como si fuera nuestra: es un lujo poder convivir con tantas personas durante un concierto como el que vivimos el domingo pasado; por cierto, no tengo fotos de  Trigo sucio porque me dediqué a escuchar -como dicen los flamencos, “vamos a escuchar”- y los muchachos cordobeses tocaron de manera excepcional: recuerdo entre otras la canción sobre Palestina, y el buen rollo que su música propagaba por este sitio mágico.

Lo que es de admirar, repito, es la confianza de las dueñas: podemos recorrer el lugar de varias plantas, de varios sentidos, sin temor: de hecho te indican dónde está esto o lo otro, así que el espacio es una delicia si quieres integrarte o estar de solateras.

Dejo unas fotos, y la promesa de que volveré: quizá este domingo, que hay música mediterránea.

Los viernes y domingos realizan conciertos pero durante la semana quizá encuentres un taller de cerámica, de encuadernación…

Un lujo y no es un vacuo elogio. Una casa de ensueño que además, tiene a tu disposición, si eres artista, de una habitación abuhardillada para ti.

Mi admiración y mi ánimo para ellas dos: incluso Mario está por ahí, tremendo juglar y transformista, divertido y amable: me trató como si me conociera de toda la vida: ahí una foto. Otra foto, sin la calidad de las que hace ella, es la que aparece el grupo y una chica de perfil: es Serena, italiana y fotógrafa que no dejó de trabajar la imagen de la tarde y noche (detrás del flash total de la otra foto).

Ya digo, un grupo muy chulo, normal y encantador: conocí a Rubén Darío, que también está por ahí, en el grupo.

Los pelos de Daniela, inconfundibles: como la amabilidad de María y ella.

¡Salud y que por lo dioses, dure el Mirador de Akasha!

 

El Mirador de Akasha. Granada.

ABASTOS & VIANDAS, MARBELLA.

Ahora, buscando el vermú mejor del mundo -en mi humilde opinión- recalé en lo que es uno de los mejores sitios para disfrutar, comer y beber en Marbella: Abastos y Viandas.

Frente a la Pastelería Goyo de toda la vida, y en lo que -algunos con años recordamos- era el Cine Alfil -pleno centro-, encontramos lo que Begoña Castillo y Francisco Gómez han ideado tras recorrer mercados por toda España y elegir cuidadosamente, como me contaban, lo mejor de lo mejor.

No es fácil concentrar en un mismo espacio lo que estos dos empresarios han conseguido: puestos de comidas, con lo mejor de la gastronomía nacional e internacional, el servicio en mesas y una gente profesional atendiendo a cada petición de la clientela. Que la hay variada, variopinta, extranjera y nacional: lo sé porque yo he formado parte de ella, que ya es decir.

La parte central, la de las bebidas, está regida durante el día por Marina, que es la mirada de este mercado gourmet: unos ojos azules y una sonrisa te dan la bienvenida, entre quien llegue por uno u otro lado. La amabilidad es la tónica general de camareras y camareros y bueno, se agradece, por supuesto. En un momento dado, necesitamos cargar el móvil, la tablet o lo que llevemos indispensable para vivir, y ahí siempre hay una Coca-Cola, o algo preparado para que conectemos nuestros dispositivos. Cateto de mí, mis ojos fueron el dos de oros obviamente cuando me dijo Marina que podía llevarme ese invento del diablo a la mesa donde estuviera. Como esto va de turnos, Juan Carlos, simpático y picarón, recoge a media tarde el testigo de la anterior y nos sirve también cervezas variadas, refrescos… no sé, chupitos de Jager…

Entre quienes atienden en terraza -que tiene dos este espacio genial- un argentino llamado Maxi te hará la vida y la carta más fácil: porque esa es otra, la carta. Tienen más de una decena de puestos y cada uno con un tipo de comida diferente, o hasta de bebida -Divinísimo, de vinos, es para quedarse a vivir allí.

Fuera recorre Jorge -peligroso experto en sushi- mesas, o Jose -muy atento- o dentro están Lisette, Ali o Javi, que pendientes de lo que necesitamos nos buscan con la mirada e interrogan sobre las viandas que necesitamos con un gesto, o MariCarmen que está en todo, o el simpar Dani que, si lo dejamos, nos recomendará un viaje gastronómico por lo más variado que el local le permite: aparte de que derrocha simpatía y su sonrisa cautiva, es un profesional -como todos y todas- que si lo dejamos, realizará su trabajo si un ápice de rubor y nos dedicará los minutos suficientes para que degustemos algo -en mi caso, comprobado- que no habíamos probado jamás.

Todo esto, aderezado por campanillas y timbres de los diferentes puestos: toque que avisa del plato preparado y que habíamos pedido previamente.

Podemos llegar y pedir y pagar. Y llevarlo a una mesa o quedarnos de pie, o salir o movernos. Sentarnos y que nos traigan la comida y la bebida. Es lo mejor: la libertad otorgada por el sitio.

Y acercarnos y preguntar a la gente que trabaja en los diferentes puestos, qué tienen de tapa del día, cuál es el vinillo que nos recomiendan o qué carne -Roni sabe de lo que hablo- es la que nos puede interesar.

Cada semana organizan menús diferentes, cartas especiales de diferentes puestos y che, que dirían mis amigos argentinos: si hay que esperar un poco, se espera. No todo llega cuando se pide, porque además de que lo hacen en directo, a veces las comandas pueden coincidir y bueno, todos somos humanos, la gente del sushi -cada una, cada uno, tienen dos manos- y Da Bruno tiene a uno o dos cocineros allí, no cinco. Quiero decir que la organización es buena, pero como todo, hay momentos en que la hora de comer y beber -las horas- reúnen a muchas personitas, y todos queremos a la vez muchas cosas.

Que se puede esperar y no pasa nada, sería el mensaje.

De La celioteca, por decir algo: el rollo -a mi manera, mejor mirar la carta- de calabacín con brandada de bacalao, la pata de cordero o los postres -pijama 2.0 o la tarta de ron, sin no recuerdo mal- ni probarlos, que ya sabéis: se acaban y no hay para quien escribe sobre ellos y los adora; del puesto del jamón ni hablamos, al igual qu el de los quesos: la maravilla de variedad, y el disfrute en el paladar de las tablas o la cecina… son otra historia.

He descubierto el sushi -nada para quienes tengan costumbre- gracias a la insistencia sana de Dani, pero Jorge me enseñó cómo coger los palillos como un auténtico comedor de pescado crudo y arroz envuelto en algas. El pez mantequilla es un hallazgo.

Las cocinas tradicional y saludable son exquisitas: cordobeses y gente de bien, ei, comparten un espacio donde las croquetas y las ensaladas son protagonistas -y más cosas: probé una ensalada griega que Juan aderezó al punto y una quinoa que buena, buena, sembró en mí una ilusión de probador de alimentos desconocidos. Las croquetas líquidas, creo que era su nombre, eran espectaculares, tradicionales, imperativas en boca, restallantes. Me quedo sin adjetivos.

Soy de carne y la entraña o las diferentes piezas, o las diversas vacas o el buey que te sirven en el puesto de carne, es para pegar fotos, enmarcarlas, comerte la imagen y después pedirte una de las hamburguesas que tienen: la chile burguer o la doble steak palace, no digo más.

Pescaíto frito no falta al igual que el marisco que queramos.

Hay helado de la Casa Mira que ya es decir y Almudena tiene un puesto de postres también.

A ver, esto es mi impresión. Comí más, bebí más y sentí mucho. Porque no solo de pan vive el hombre ni la mujer y las épocas raras se compensan con extrañas delicadezas.

Bebí vino. Que ya es decir. Y lo disfruté. Que es decir mucho más.

Con Paco y Begoña tengo que hablar otra vez. Hay algo que puede surgir de nuestro encuentro.

Dejo unas fotos con quienes más me relacioné esos días y cómo no, les pido excusas a todos y todas -que vi- y trabajan allí y no nombro.

Esto va especialmente dirigido a Dani por los comentarios que oí, dije y escuchamos, y Jorge (por verme más en el mercado algunos días que tú a tu gente), Jose (por las atenciones recibidas) y Juan Carlos (por tu rostro de amable profesional y tu amplia sonrisa): nadie sabe si nos dedicaremos a esto eternamente, a hacer lo que hacemos, pero desde fuera os puedo decir que lo que hacéis hoy, sea o no lo vuestro, hay gente que lo recibe como una inmensa alegría. Y punto.

Un abrazo.

ABASTOS & VIANDAS, MARBELLA.

Migue Benítez, Los Delinqüentes y Rockberto

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Esto no es lo que le prometí al autor de ese pedazo de libro sobre los diez años de Los Delinqüentes, pero creo que entre el Canijo, Diego Pozo y demás Delinqüentes sabrán perdonarme: quería que esto fuera para Migue. Y para Roberto.

Santiago Secades tuvo la fortuna de vivir al lado de los escenarios cuando esta banda erizadora de vello tocaba.

El libro ‘Los Delinqüentes. 10 Años De Filosofía Garrapatera’ (Una Décima de Segundo Producciones, 2013) no tiene desperdicio, por fotos, comentarios, reflexiones y demás.

‘Me estoy quitando’ es de Tabletom como ‘A la luz del Lorenzo’ es de Los Delinqüentes.

Escuchar los discos del grupo, la voz de Migue Benítez -después de leer algo, recordar mucho- hace que me plantee la alegría que me siguen provocando y que me provocaron.

El libro es una gozada: material gráfico, anécdotas del grupo -de todos los que fueron muy Delinqüentes y no nombro- y sobre todo, la evolución de una gente musical por naturaleza: innatamente “yo nunca paro de cantar” y estoy “to’ el día en la calle”, como cualquier garrapatero.

Nada que ver con lo andaluz que solo se “reconoce” o se nos ve por ahí. ‘El aire de la calle’ es otra historia, tan de por ahí como de por aquí, como saben garrapateros y garrapateras del mundo.

Si alguien curioseando entre grupos españoles quiere, tiene una oportunidad de oro para escapar de lo típico: Migue Benítez, Canijo y Diego Pozo -ya digo, no nombro a tela de gente que sigue ahí, -“y ya no existe medicina”- hicieron, deshicieron, tomaron lo mejor de la gente que los rodeaba, rehicieron y soltaron: y vaya si lo recibimos bien.

Supongo que la memoria -“cae la noche llenita de estrellas”- es lo que os queda para diferenciarnos de los que hacen del pensamiento único un dogma: “solo quiero mirar a las nubes”, carajo-; así que si queremos endosarnos un tanto a nuestro favor, escuchar al grupo de Jerez será tener a “un gitano que cantaba blues muy americano” en nuestra propia casa, sentir que las ‘Condiciones pajareras’ no nos son ajenas y qué coño, echar de menos a un tío como Migue Benítez cada vez que vemos al Canijo con sus proyectos en directo, guste más o menos lo que hace el amigo de aquel que era un garrapatero de madrugada a madrugada.

Descubrir directos con Diego Pozo, el Canijo y Roberto -sabiendo las coplas- es la felicidad, porque el camino normal -‘La primavera trompetera’- tenía que llegar.

“Y ponerme a gusto hasta petalear… ay que a las flores les dé el agua…”

Letras para hacer -todo a su tiempo- un pequeño estudio -pequeño por mi capacidad- y porque a veces la alegría no se puede expresar en todo su esplendor.

Y venía esto, Migue, Canijo, Diego… a que el libro de Secades es un documento de una época, un testimonio de lo vivimos, vivíamos y ha de ser recordado.

Manu Benítez sabrá de lo que hablo. O eso espero: el corazón y la voz siguen presentes.

Cantidad de garrapatería así lo siente también.

Y a todo esto: “que no te enteras…”

Bueno, pues eso: que quería recordar a Roberto y a Migue. Y sus coplas son lo que de vez en cuando hace que me escape y no tenga tan presente el dolor que embarga la vida y blablablá.

Que Tabletom y Los Delinqüentes. Con todo lo que conlleva esto. Y orgullo garrapatero y malaguita.

Simplemente eso.

Que, para mí, no es poco.

Migue Benítez, Los Delinqüentes y Rockberto