Snail Bounce: potencia musical

Por si todavía no los conocéis: mañana lunes vuelven a tocar en Planta Baja, el mítico pub de Granada (resurgido cual ave Fénix) tras hacerlo ayer sábado en Bora-Bora.

Los Snail Bounce suenan cada vez mejor, consiguen una potencia efectiva y además, las canciones nos transportan, nos hacen sentir otro ambiente, otros lugares, son imaginativas y dios, qué batería, Sergio.

Ver en acción a Nino con su bajo es una gozada tanto visual como auditiva: se entiende a la perfección con la guitarra que Jose acaricia como si no hubiera un mañana al igual que Fernando pone la voz y también toca.

La verdad es que cada vez que los veo me gustan más. Ahí dejo unas fotillos: por ahí habrá documentos audiovisuales mejores porque ayer -como siempre- mucha gente grabó y fotografió a estos cuatro prendas musicales.

Snail Bounce: potencia musical

El Ávila II: una segunda casa en Granada.

Sé que es una obviedad para quien me conozca un poco, decir que me gustan los bares, las tascas, las tabernas, los tugurios, los garitos…

Hace ya años, conocí el Bar Ávila donde se citaba uno de los mejores grupos de poetas de Granada, a quienes tuve la suerte de conocer y mantengo todavía en la nómina de amistades: entre ellos se encuentran los poetas Enrique Morón, y Fernando de Villena, estuvo el entrañable Juan J. León y también el novelista Gregorio Morales o el editor de Port Royal Ángel Moyano, José Ortega Torres, José Gutiérrez, José Rienda… el mago Miguel Aparicio o el librero y anticuario Ignacio Martín Villena… en fin, hubo más, como hoy los hay pero cito con los que más me relacioné yo.

Por aquel entonces, hace ya veinte años, Juanmi no trabajaba allí, pero unos años después sí. Yo conocía a sus padres pero era joven y tímido el que escribe y era un saludo simple el que cruzábamos.

Hoy, Juanmi lleva el bar Ávila II, sigue poniendo el mejor jamón asado de Granada -como sus padres- y es un personaje a tener en cuenta: sincero, claro y directo, como le toques mucho la moral te mandará adonde picó el pollo en un abrir y cerrar de ojos. Ah, y la nueva generación, su hermano Fernando aparece de vez en cuando, cuando se escapa del Ávila para tratar de sosegar los encendidos ánimos de los clientes que colapsan el Ávila II.

Pero esto -carácter o gentío- que no amilane al personal: el otro día, precisamente hablábamos de la malafollá granaína y realmente Juanmi -cara simpática, currante como el que más y metralleta de chistes andante- no cuadra en las esquinas de este nuestro tópico: como tampoco quienes le echan una mano, Gonzalo y Emilio, Emilio y Gonzalo que son como los serviciales y divertidos lugartenientes del jefe, los que organizan y a quienes os tenéis que camelar para que os busquen una mesa si no conocéis a Juanmi o está -como es costumbre- ocupado. Aunque nadie os asegura que estos lugartenientes estén descansando u os puedan guardar mesa ya que si no llegáis pronto -a la una a mediodía, a las ocho por la tarde…- tendréis que estar en una mesa alta, en la barra o en segunda o tercera fila, que la verdad, para lo que nos vamos a encontrar, tampoco es mala opción.

Todo escrito desde el cariño. Se nota, ya, que diría aquella. Se me ve el plumero que diría aquel. Y la verdad, a mucha honra: me siento cómodo en este sitio, en compañía, solo, a horas intempestivas o en su justo momento. Así te tratan cuando te conocen, así los tratas cuando los conoces

Una tapa de jamón asado, otra de rejos (patas fritas de calamar) con guarnición de col (cuyo secreto es su sabor), la carne en salsa o la ensaladilla rusa… ricos platos y populares. Las croquetas de cabrales, por ejemplo, son una delicia si nos gusta de vez en cuando saborear algo cremoso y como sabemos, intenso. De la cocina se encargan Serafín y Nono, que si uno tiene nombre de ángel, el otro de Papa noveno y es que este símil religioso me sirve para ilustrar la baba que se me cae cuando diez o quince minutos antes de llegar al Ávila II, pienso en los celestiales manjares que me van a poner debajo de las barbas estos profesionales de la cocina.

Entre cervezas y tintos -o copas si ya es la hora- conocemos gente, música -sesiones privée, para qué nos vamos a engañar, que DJ Kinki muy de cuando en cuando perpetra-, historias extrañas y contadas con gracejo y además, nos podemos reír y quedar con amigos o amigas si estamos por el centro de Granada, ya que el bar se encuentra en la calle San Isidro: es una calle pararela a la de El Corte Inglés y la calle San Antón. Muy cerca, a dos minutos, por si alguien quisiera conocer el germen, está el Ávila también.

En fin, una selección de cervezas granadinas y de vinos de diferentes procedencias, amén de otras tapas por supuesto como comprobaremos en la carta, seguro que levantan expectación entre quienes no lo conozcan, asienten la certeza de los que probaron y no diga nada nuevo para los habituales del local.

Pero era una cuestión de honor y justicia decir -escribir- todo esto.

Y obviamente, está dedicado al Ávila y a Juanmi y Priscila (y a Emma), los ya nombrados (Gonzalo, Emilio, Nono y Serafín) y a los hermanos cuatreros Carlos y Andrés; a Elena y Hugo, mujer y niño del segundo cuatrero y claro, a Alejandro.

Ea.

El Ávila II: una segunda casa en Granada.

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

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La vuelta al día, Hipólito G. Navarro, Madrid, Páginas de espuma, 2016.

Es cierto lo que escriben de Hipólito G. Navarro: es de los mejores relatistas que se puede echar uno a la cara.

Había leído algunos cuentos suyos en antologías y me habían atraído, tanto por la técnica (o técnicas) como por los temas, las variedad de tono, el humor y cómo no, la imaginación y el uso de la memoria.

Este último volumen imprime en el lector, como saben hacer los mejores, los sentimientos de placer y pena: y es que el placer se va reduciendo conforme avanzamos en su lectura pues la pena de acabarlo nos embarga sabiendo que oh, sí, llega el fin cada vez más rápido. Pero gracias a la sabiduría del escritor, llegamos a la conclusión de que tendrá -seguro- una doble lectura.

Los cuentos y microcuentos que componen esta obra están muy logrados y trabajados: el mismo autor nos cuenta en el prólogo de dónde surgen, cuánto le llevó conseguirlos y cómo el editor le animó a darlos a imprenta. Una experiencia lectora de todos los colores: invención, supuesta autobiografía con una primera y terceras personas totalmente controladas, una ambientación verosímil y un puñado de personajes que retozarán cómodos en nuestra cálida memoria.

El último volumen de relatos de Navarro provoca tanto placer al devorarlo con fruición lectora, como pena al ir leyendo las últimas piezas y saber que hasta cuándo y por qué y cuánto falta para que llegue el siguiente libro de Hipólito G. Navarro y…

Un cuentista ya consolidado no necesita elogios gratuitos así que me conformaré con animar a la lectura del libro proporcionando unos cuantos ejemplos del buen hacer literario del onubense por si algún lector quiere leerlos: aunque mejor haría lo propio con el libro de Navarro.

Antes del que me mencionaré a continuación, hay varios relatos que por sí solos ya merecen la pena: pero en el conjunto hay uno, Los artistas cautivos, en el que podemos encontrar una técnica y un compendio de opiniones sobre el arte y la literatura que junto con la trama nunca olvidada, pueden hacernos disfrutar bastante. Quizá esa tercera parte sea la que más me ha llegado, además del último cuento “La poda y la tala de los árboles frutales” y el emotivo y precioso juego doble de “Tantas veces huérfano” y “Rifa” que me ha prendido en el corazón, emocionándome ambos -por lo que ya sabrá el lector cuando los aborde- como pocos relatos.

Qué gran verdad esa de los relatistas de que la síntesis y la elipsis son dos armas fundamentales, herramientas preciosas en la construcción de tramas e historias. Diría que este libro es un ejemplo de lo que todo buen cuentista ha de hacer, pero no creo que nadie pueda copiar a Navarro, como nadie puede imitar a Fresán o Vila-Matas o cualquier otro reputado escritor de ficciones más o menos cortas de hoy, ni de ayer. Se pueden copiar pero nunca, ya sabemos, será el mismo aroma de la copia que el que desprende el original.

Es muy atractiva la propuesta de Navarro, la verdad. El uso continuado de la memoria, los recuerdos que se entreveran con el presente -como el jamón de su tierra, Jabugo, Cortegana, Aroche… y toda la zona de los pueblos serranos de Aracena hasta Rosal, y de ahí el salto luso, con su geografía tan esplendente y su verde tan rotundamente esmeralda- y adquieren tonalidades melancólicas unas vetas mientras que otras se defienden de la tristeza del paso del tiempo con una alegría arrebatadora, enarbolando la bandera de un buen humor que se siente sincero y una ironía que trata de remedar los malos tragos infantiles o la desazón de la adolescencia y sus puñales amorosos.

El humor le lleva a escribir a Navarro, sobre la castidad de una monja de avanzada edad: ‘de las ansias por romper una doncellez digamos ya gran reserva por aquel entonces’ o la crítica sutil a la España de entonces cuando relata:

‘…a un tipo desgraciado le han robado un vehículo movido por tracción animal, un carro…’

… o en otro cuento dice que hay ‘un profesor nuevo que luce un bigote en la nuca de una cabeza bien brillante’.

Para terminar, no olvidaré el placer estético que sin duda provoca la cuarta parte del libro: el teatro -antes la música tiene otro cuento exquisito- y la observación como metáfora del ascenso y descenso vital, social… y el sexo, la pintura y la invención, como parte integrante de las ansias de vivir y perdurar que, al fin y al cabo, sea a través de los hijos o la literatura o el arte, o sin más, la memoria, es de lo que se trata.

Este libro, La vuelta al día, en el que los delicados y elegantes homenajes a los maestros que Navarro, como Borges -‘exhausta galería’- o Cortázar -desde el título- respeta y admira, es un libro memorable. Y por eso hay que leerlo, recomendarlo y hacerlo llegar por ahí, a los lectores y lectoras que quedan, que alguno habrá.

¡Lean, pues, malditos y malditas, lean a Hipólito G. Navarro!

La vuelta al día de Hipólito G. Navarro

La palabra y la carne. Javier Díaz Gil.

Javier Díaz Gil, La palabra y la carne, Madrid, Ruleta Rusa Ediciones, 2016.

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No es la primera vez que escribo sobre Javier Díaz Gil y sé que no será la última, ya que es un poeta de formas atractivas, imaginación poderosa y como otros y otras a quienes frecuenta por Madrid, dotado del inteligente vuelo de la elegancia.

El libro contiene un prólogo de José Cereijo, poeta que demuestra entender el mensaje, las sugerencias y lo que hay detrás del velo de las palabras de Díaz Gil.

Comunicativamente el libro es de una construcción asombrosa: la estructura consta de tres partes amplias, un poema brevísimo a manera de entrada y un poema final: un soneto.

Así, desde el primer poema nos atrapa el autor:

Sé los nombres que importan

y el lugar donde está

mi carne sepultada

Ya está el título enunciado: los nombres -las palabras- dirigen su mirada -o Díaz GIl las quiere mirar así- hacia lo básico. La carne está aquietada en un lugar que él conoce. Y a partir de aquí, el arranque, la precisión del camino y las armas retóricas que conoce y utiliza el poeta.

Esta parte, con esta breve incisión en la conciencia, se llama Antepalabra: después, las tres partes más amplias se titulan El verbo, La carne y La negación de la carne; el poemario se cierra con un estupendo soneto que forma la Palabra-Materia. Como avisa el prologuista la conjunción de ambos elementos será lo primordial en la consecución de los objetivos -comunicativos del poeta.

Insisto en la comunicación, la estructura y el público: la recepción del mensaje poético, sabemos que la mayoría de las veces no es fácil.

Díaz Gil utiliza para estar al lado del lector la memoria y el silencio. Recuerda a Valente y experimenta con la emoción sentida, transmitiéndola fuera de su piel -de poeta-. La luz -sangre amarilla de las farolas-, el agua y el náufrago oel viento, serán símbolos o elementos cercanos al símbolo que el poeta utilice para matizar su realidad, la que puede escribir y la que necesita insinuar. En poética y EL recién llegado, pienso que pueden estar las claves de lo que el artista se plantea a veces: el absoluto dejar de realizar arte, el silencio, las sombras, las oscuridades que nos ciegan -ya sean la vanidad, el egoísmo o la falta de generosidad…-

La memoria y el recuerdo de un hecho -el poético cierran esta parte, que al igual que el libro al principio y al final, contiene otro elemento de estructura para que el lector esté cómodo: Díaz Gil construye una décima que es un alegato al trabajo del intelectual, Contra el silencio.

La segunda parte acaba también con una décima: esta parte se titula Carne como decía, y es una bellísima recolección de los temas anteriores, ampliándolos gracias a la seguridad y la falta de dudas que provoca el amor -sí, algo paradójico, pero de ahí la “verdad” que administra el autor-, tamizando el vivir día a dí. Así, escribe el poeta:

Reducir todos

los símbolos

a un símbolo.

                             Tu cuerpo,

la única certeza que me queda.

Y en otro fragmento -este anterior es el poema 17-, diez poemas después dice “Que no te encuentren llorando/los últimos ángeles/de la noche.”, con lo que significan los ángeles en esta parte desde el principio.

Negación de la carne se compone de un poema -por la temática- dividido en piezas breves, llamado Anorexia. Es dura esta parte, directa, llena de olvidos, dolores y sombras. Es la partida del todo que se anunciaba, como avisó Cereijo, en la parte anterior. El cuerpo destrozado y mutilado de conciencia, la piel insensible.

El soneto final es el cierre perfecto a un libro como este: en él desprende la mejor poesía que posee Díaz Gil. EL amor se une a la palabra y la expresión realista y duradera, pervive en la memoria.

Lean, lean malditos.

No se arrepentirán de conocer a un poeta verdadero. Aunque sea de vez en cuando: y en este caso, Díaz Gil vuelve a demostrar que lo es.

La palabra y la carne. Javier Díaz Gil.

Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil

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Nada sabe tan bien como la boca del verano,

Guillermo Busutil,

Benalmádena, Málaga, e. d. a., 2005.

Llevaba tiempo con ganas de conocer los cuentos de Busutil, granadino que nace en 1961 y según creo que vive y trabaja en Málaga, como periodista y escritor.

El libro es una pequeña joya literaria y deja un sabor de boca magnífico, como esos veranos que recrean el autor en boca de diferentes narradores, de diferencias palpables los unos con los otros pero medidos todos con la balanza de la belleza.

Desde lugares inolvidables a trabajos que van más allá del esfuerzo, tratando de que la pasión devore la impostura social, el amor a las sandeces morales y el reconocimiento de la diferencia acabe de una vez por todas con ciertos pensamientos únicos.

Acostumbrado a leer -en mayor cantidad- cuentos cuyo final sorprenden, deslumbran y la transformación de personajes o situaciones -o ambos- trastoque la expectativa personal lectora, Busutil utiliza el recurso de la sutileza, de una fina ironía y elegancia que deja pasmado pero sin alharacas, como si después de la marea que soportamos durante el cuento, la resaca no terminara de llegar: y ahí está la tarea de la resaca, el objetivo de tragarnos poco a poco. Inolvidables cuentos, ya digo.

Pandora es una maravilla: el amor, las clases sociales, la memoria, el esfuerzo… todo concentrado en el último relato del libro, que es un pórtico de salida del volumen, literariamente hablando, espectacular y cómo no, una inteligente invitación a seguir leyendo a este autor, a buscar sus otros libros, a devorar sus obras varias. Iguana o Punta de mujeres harán disfrutar a los lectores de manera inequívoca.

De La piel de O´Hara:

Diez años después de aquella mañana, en la que ella desapareció entre los árboles y sin escuchar mi voz llamándola, entre el ardiente canto de las cigarras y las campanas del manantial, todavía me recuerdo tumbado y boquiabierto sobre la hierba, pensando que el verano era una fruta que se abre, se huele y se derrama.

Sebastián Juve, Ezra, Génova Strani, Isabella Martel, Hacke, Coraline… nombres de personajes que llaman la atención: lo especial del nombre acompaña las peripecias que viven y desde el principio sentimos cercanía por la extrañeza del nombre, o al menos, esa fue mi experiencia: lejos de sentirlos raros, los viví cerca de mi gozosa lectura.

Las preocupaciones existenciales, amorosas y personales son descritas con agilidad, decisión y desparpajo literario: los compromisos que adquieren los personajes consigo mismos, en frecuentes ocasiones los desestabilizan de su destino, intentando llegar al nuevo no inermes pero sí en pie.

Un buen libro, sin duda.

Lean a Busutil, disfruten del verano de su libro y ya me contarán.

O no. Qué importa. Lean a este escritor y punto.

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Nada sabe tan bien como la boca del verano, Guillermo Busutil