El terror, by Mariana Enriquez

Mariana Enriquez, Las cosas que perdimos en el fuego, Barcelona, Anagrama, 2016

Hay una sombra carmesí que recorre este libro de Mariana Enriquez, porque una de las cosas que perdieron en el fuego, ellas, las mujeres, fue el poder de decidir, otra fue la vida, la libertad: los hombres, como antaño Prometeo robara el fuego a los dioses, ahora se lo ofrecemos a la mujer para inmolarla.

Esa sombra carmesí se difumina en amarillo a veces: a veces, se vuelve roja como la sangre y ocasiones anaranjea la pena, el desamor, la incomprensión que desgañitan el texto en muchas de las páginas que intentamos superar porque hay un desierto de recurrencias que atravesaremos y volveremos nuestros sedientos pasos para beber de ellos y comprobar que sí: la autora dejó pistas antes, lo hará después, para que no nos perdamos en resplandores tan brillantes como para quedarnos plenos de ceguera.

Leer el terror de Mariana Enriquez es descubrirse viendo la realidad que a menudo no queremos ver: los detalles superan con creces nuestra imaginación, las herramientas retóricas están colocadas estratégicamente aquí y allá en los relatos, en el trenzado de los mismos -que existe- y en el conjunto del libro: esa realidad nos lleva al lumpen, a las personas desposeídas, a las mujeres olvidadas, abandonadas y asesinadas. Roza, en mi opinión, la lectura lejana pero presente de 2666 del siempre añorado Roberto Bolaño.

La dureza de -permítaseme la comparación- documental, como si cámara en mano recorriera/n la/s protagonista/s las calles que pueblan las ciudades, por las que paseamos de la mano de Enriquez hasta el límite que ella necesita -lo demás nos lo deja al libre albedrío de nuestra imaginación-, esas esquinas donde duerme el principio del mal, el registro específico de un triste corazón enyoncado capaz de olvidar madres, hijos, familia… esas situaciones quebradas por la verdad, que es una y es que la muerte y después, nada.

Así, puede ser incómoda la lectura para ciertos sectores de lectura: personalmente considero necesario un libro así. El espejo es definitivo, el reflejo de la sociedad es real: seguimos sin pertenecer a ese mundo y miramos a otro lado cuando el aroma de la pobreza, es aprovechado por gente sin alma -y a veces, sin pan- y negocia con la miseria, inmigración, promueve prácticas irregulares de trabajo, esclavismo, prostitución, trata de blancas, pederastia, abusos y violaciones, y ese aroma, pasa, transita por debajo de nuestras narices.

Las descripciones son precisas, duras, directas. Tanto de los personajes como de los ambientes. No tarda demasiado la autora en concedernos el privilegio de conocer a quien narra, si es sucio o tiene pinta de demente. Si la humedad puebla las paredes que parecen chorrear maldad, incontinencia, desfloramiento.

Las historias se convertirán en puras mise en abyme cuando nos recuerde la historia que contaba quien cuenta que le cuntan: la literatura de las mil y una noches, como siempre que un libro quiere demostrar que la tradición es fundamental -las tradiciones y voces literarias que se nombran en la faja del libro- y sin cuyo apoyo quedaría cojo el libro.

Las ligazones -algunas- pueden ser esos olores que desprenden las narraciones, los colores, la intemperie en que se encuentran las vidas de los personajes. La adolescencia como fin de la existencia y descubrimiento de que la vida va en serio, de que la feria acabó, la grisalla del vivir se apodera de los cuentos y las cuentas atrás se enquistan en nuestros ojos.

‘Los años intoxicados’, por ejemplo, es un gran relato: contiene todo para entretener, preocupar y admirarse por cómo está contado a partes iguales. De nuevo, crecer, convertirse en seres independientes, el fogonazo de que esto se acaba, el nihilismo de lo que nos tocó vivir. Y crecer es hablar, cada vez más: los diálogos de Enriquez son exhalaciones que ya se ha llevado un huracán de indiferencia en el otro personaje, no así en el lector.

‘La casa de Adela’ está plagado de sueños, mitos, colores: maneras de contar diferentes desde varios puntos temporales, la técnica en beneficio de la narración. Se oye, se saborea, se huele el relato. Se palpa. Se siente.

Existe el camino de conformarse- El de los malos tratos. El de la sorpresa. Cuál escogemos, parece decirnos Enriquez, se convierte en una moneda de múltiples caras que caerá por una desganada ranura de faca devorada por el óxido en la caja donde espera el famoso gato. Tras tanto andar, leer, vivir, no sabemos nada.

Hay desaparecidas, temblores y espacios: personas idas, elementos que doblegan la firmeza, muchos edificios y casas cuyas habitaciones serán privadas hasta el dolor o públicas hasta la última sangre.

Hay mutaciones, violencia contenida, sexo. El catálogo del horror con homenajes pero sin -casi- monstruos. Bueno, no: en realidad hay un sinfín de criaturas horrendas. Hombres que protagonizan el último cuento y otros. Pero el último cuento. Y ellas. Y, cómo no, imprevisible pero esperado, el fuego. El fuego que arrasa con toda esperanza.

Pero el último cuento.

El terror, by Mariana Enriquez