Agustín Calvo Galán, Y habré vivido, La garúa

Agustín Calvo Galán, Y habré vivido, La garúa, 2018

Si es cierto que no tenemos perspectiva hacia las obras literarias que hoy se publican, por la temporalidad cercana con que las frecuentamos, normalmente hago un alto en el camino de esa insinuación cuando llega hasta mis manos algún poemario de Agustín Calvo Galán.

En esta ocasión, ‘Y habré vivido’, está acompañado por un prólogo de Eduardo Moga y tres poemas vertidos al italiano por Paola Laskaris: aún más atractiva la lectura, la demanda poética, las lenguas que se utilizan en el volumen, que, digámoslo ya, es algo muy querido por nuestro poeta. Se siente cómodo utilizando lenguajes diversos, hibridando géneros, utilizando idiomas que no son su lengua materna, canciones de la memoria, actos de vida —a estas alturas, entre catalán, español, italiano, inglés, portugués… me pregunto si Calvo Galán no es un conjunto de lenguas amadas, de músicas vividas y poemas travestidos de experiencias personales e inolvidables— que tejen un riquísimo telar que va cubriendo y descubriendo las obras de arte que su cultura —vasta, heterogénea, selecta— nos muestra en cada libro. Cada poemario será una lectura polifónica, una ensayada y bien dispuesta mezcla de literatura, arte, melodías y sugerencias lectoras.

Este libro se abre con uno de los mejores prólogos con los que me he cruzado, y conozco algunos, sobre todo de poesía, ya que sugiere, explica lo necesario, anima la lectura y proporciona unas cuantas pistas para quienes quieran comprender y “terminar” —o iniciar— el significado de los poemas, significado avisamos, múltiple: pero con las referencias que otorga Moga, su manera diáfana de escribir y lo sucinto de sus datos nos sentiremos satisfechos, tranquilos y libres. Ya digo —decimos—, un prólogo maravilloso, que no destriparé: solo copio una frase espectacular: “Afirmar la creación es afirmar la respiración”. El análisis detallado de Moga, su claridad y concisión y lo medido de sus avances para que iniciemos nuestro viaje, son justos, medidos.

Digo viaje porque el viaje, el arte y la música serán tres constantes en la poesía de Calvo Galán: ya sean tierras cercanas o lejanas, la conciencia lírica del poeta atraviesa de manera narrativa, imprimiendo acción, hibridando el género, a esos movimientos, esas canciones, esa arquitectura y dibujo que aparecen en estos poemas. 

George Grosz en el puerto de Amberes, Alvar Aalto frente a El Escorial y E avrò vissuto (tres poemas vertidos al italiano) son las tres partes del libro.

Recuerda violencia, límites, un pasado marcado por la debilidad: la confesión a media voz, parece estar haciéndosela a cada quien que lee. El personaje lírico es un trasunto del artista que recrea mediante sus devaneos mentales la historia de una época de Europa y España trascendentales para el devenir de la historia. El presente, conformado por literatura, música y esa des-memoria que permite poner negro sobre blanco los recuerdos, se destroza con la ficción, o quizá, se reinventa, nada desaparece, todo se transforma, para dar paso a un hecho singular como es inventar lo que pasó, para sobrellevar lo que sucede.

Y esos versos que avisan, elegancia pura, de lo que va a venir después:

Hoy la música, la arquitectura de mis años.

Nos integramos perfectamente en la segunda parte, nos convertimos en el solitario artista que frente a las órdenes se rebela, su conciencia se dispara y entonces el baile, la música, la orgía de los sentidos pretende solucionar la pudibundez española de aquellos años, el trasiego no logrado hacia la modernidad: el personaje se funde con la primera parte, de manera sutil encontramos palabras, frases que recitan viajes a lo anterior vivido, escrito, donde conoceremos un final emocionante, una asunción del destino estremecedora.

Un poemario interesante, heterogéneo, llamativo, curioso y ante todo, bien escrito.

Agustín Calvo Galán, Y habré vivido, La garúa

GPS, Agustín Calvo Galán

Agustín Calvo Galán, GPS, Amargord, 2014.

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A las puertas de 2015, Calvo Galán, poeta de trayectoria amplia en lírica y en poesía visual, publicó un libro titulado ‘GPS’, con prólogo del también poeta Alejandro Céspedes.

La elección de una introducción -aunque ahora hablen de los epílogos, para que quien se acerque al libro no se contamine de la opinión previa de quien opina- es algo que siempre me ha interesado: ¿por qué esta escritora y no la otra?, ¿dijo previamente x que no, y por eso es y quien organiza el preámbulo…?

Al margen de inquietudes de patán como las anteriores, Calvo Galán demuestra que tiene a gente que lo admira y o reconoce: le pasa en ‘GPS’ (Amargord, 2015), le sucederá en ‘Y habré vivido’ (La Garúa, 2018), sobre el que algo diré también en breve, si soy capaz.

Y escribo “si soy capaz” porque Agustín Calvo Galán está al margen de opiniones poéticas, modas y alharacas de hoy día. Es un poeta complejo, hondo y accesible por medio de emociones que al fin y al cabo, es lo que importa en esto de la poesía: nada frío ni sentimental, se escurre como un dorado pez en las aguas del silencio, que tan bien nombra, que utiliza tan delicadamente.

El prólogo de Céspedes es una maravilla, como el libro se merece: en él, se nos habla de su necesidad o no: “¿Prólogo? ¿Qué clase de prólogo necesitará la poesía? ¿Desde dónde, hacia quién?”, entre otras muchas cosas. Si el espacio del lector es importante, no lo es menos la actividad lectora: somos quienes conformamos los poemas que nos entrega el poeta, quienes minimizamos los riesgos ante la brutalidad impactante de sus desnudos sentimientos o quienes al yo lírico atamos en corto y sonreímos a oscuros por los brillos fatuos que su amor reconoce en el nuestro.

Dice Alejandro Céspedes: “No me siento seguro de afirmar qué ha querido escribir Agustín Calvo Galán, y no me importa.”

La desconfianza del idioma, la sospecha de que ni siquiera él, capaz de nombrar divinidades, abrazos y muertes, será el elegido para desistir de la melancolía o alternar con la alegre esperanza de unos días mejores.

Ese ‘GPS’ será el poeta y será el lector: es decir, el posicionamiento de uno, conllevará inequívocamente el movimiento del otro, crítico o no, amable o no, pero nunca quedaremos en la indiferencia, pues los textos de Calvo remueven.

Obviamente, si alguien como Céspedes, a quien considero un lector sagaz dice que no sabe ni le importa entender del todo a Calvo Galán, no llegaré yo a la palestra para desentrañar entuertos líricos pero sí, al menos, intentará dar unas pistas por si alguien que no conoce el libro, tiene interés en descubrir a un poeta interesante, descontento con lo típico y tópico poéticos y alguien, en fin, que nos hará releer y descubrir en sus versos referencias a otros textos y poetas.

Hay una desposesión feroz en este libro: el yo lírico no es dueño, parece, ni siquiera de sí mismo. EL cuerpo, la voz, la palabra… todo está mediante rupturas, y cómo no, el descubrimiento de ese estar pero mediante fronteras, muros, puertas… molesta, duele, absorbe alegrías y mitos se rompen, acercando miedos, ira, incomprensión. Mas lucha, como veremos, rebeldía, no aguante, pero sí silencio. Porque, parecemos pensar con el poeta, si la palabra es una convención que nombra convenciones… ni esto que pensamos será cierto, pero el poeta chilla: por algo será.

Hay sed y hambre en estos poemas: hambre del otro ser, de la otra persona. Hambre del resto de criaturas que puedan entendernos, comunicarse con nosotros, hambre de matizar la soledad pero en compañía. La visión del poeta se alarga a la sociedad y peculiarmente, como en ráfagas de alucinaciones ve que lo real impera, asusta, envilece. El discurso lírico también estará ahí, no se ovillará en sí mismo para desaparecer en beatíficas imágenes.

No quiero nada más,

poder llamarte

poseer tu nombre…

Hay mucho de querer nombrar el misterio que es vivir, morir, sentir. Hay muchas palabras que quisieran servir para designar lo que degrada, lo que olvida, lo que se venga. El poeta asume el papel de persona que al nombrar, hace realidad dudas, querencias y extravíos, como diría el maestro Krahe.

Ni siquiera el idioma

nos ayuda

a ser.

Entre sospechas y dudas, el poeta adquiere la palabra de la nada y de la nada surge su lamento combativo:

Finjo todo lo que digo,

o no lo digo, o soy

             o lo que sea.

“En extremo peligro, “”Desde la ingle todo el vacío…” o “Nubes como robles, abriéndose…” por citar tres hermosísimos poemas, recogen a mi parecer bastantes elementos de los comentados.

El libro es una joya: desde la edición -ese naranja me fascina, arde entre las manos-, pasando por el prólogo del maestro Céspedes y concluyendo con la voz lírica y plagada de ecos de Agustín Calvo Galán.

GPS, Agustín Calvo Galán