Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.

VV. AA., Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras, 2016

Esta antología es muy interesante desde el punto de vista artístico: los textos pueden ser leídos desde los tres bloques en que se organiza todo el conjunto y las ilustraciones pueden ser contempladas como elementos que completan, asisten o dialogan con dichos textos.

Es una apuesta bellísima de Adeshoras: desde la cubierta y contracubierta, Lola Castillo se encarga de “coser” ambas partes con un dibujo maravilloso de un hilo que si bien empieza (o termina) en una aguja que desprende una gran gota de sangre, termina (o empieza) en la casa de los sueños, la flamante mansión del terror, aquella a la que quien haya leído sobre el mito ha viajado aunque únicamente sea (y de qué manera) como aquel Randolph Carter de Lovecraft: Villa Diodati espera que abramos sus puertas, conozcamos estas historias y vislumbremos la imaginación de quien ha puesto en juego sus trazos para terminar construyendo una nueva casa, una nueva mansión de relatos, un nuevo Frankenstein hecho de retazos literarios y visuales.

Sugeriré algunas de las maravillas literarias y comentaré por qué este libro es imprescindible en las bibliotecas de amantes de uno de los monstruos más queridos y solitarios del mndo como es el creado por Mary Shelley.

Como todos los libros curiosos y de calidad, ya despertó interés y dejo aquí un par de reseñas que encontré por ahí, alguna más completa que la mía, ya que está dedicada a todos y cada uno de los cuentos:

-la de Julio Jurado en Zasmadrid es muy potente y extensa y comenta cada cuento con apasionamiento y deliberado interés por la literatura.

-la de Libros de Cíbola es muy recomendable, ya que se habla de varios textos y los puntos de vista son diferentes a la anterior.

Esto, estas referencias que dejo, no son ni pretenden ser tan minuciosas: me limitaré a nombrar algunos textos, y disfrutar de ilustraciones y comparaciones que vienen a mi mente.

Susana Noeda, a quien le agradezco la disposición, me mandó este libro a petición personal: le dije que Frankenstein y la ilustración, y me contestó con una rapidez inusitada. He necesitado un tiempo, por varios motivos, para realizar estas anotaciones: en una libreta y en el propio libro llevaba muchas cosas apuntadas, algunos datos, otros recuerdos sobre ilustraciones y me faltaba la búsqueda por internet de quienes ilustran la obra y no conocía y que desde ya, admiro por su trabajo.

En fin, que esto es personal: comentaré todas las ilustraciones -como el acierto de la cubierta y contra, que me parecieron una fascinación laberíntica, ya que parece no acabar nunca de construirse esa casa, así como, pensaba yo, el monstruo nunca deja de aprender, y claro: ha de aprender también eso, que es un monstruo dependiendo de los ojos que lo miran, no una criatura más- y algunos textos.

Olgoso, Shua, Cost, Mendoza, Zapata, Roas: no voy a contar el cuento, no voy a destrozar la trama o las explicaciones, no copio lo que ya cuentan mejor que yo: son pistas para saber qué hace cada quién con su elección personal: no están en su totalidad, pero a quienes elijo son -en mi opinión- muy representativos.

Primer acto: La cuna del monstruo

Olgoso practica el arte y la belleza: en su cuento, ‘Villa Diodati’ no es un lugar, no es una casa, al menos no es solamente algo inanimado sino que puede tener conciencia y memoria. Dos partes fundamentales para que el granadino pueda escribir al margen de la historia oficial del mito y la reunión de esas figuras jóvenes y alocadas -alguna más que otra- que allí forjaron algunos de los textos que perduran hoy día y son una de las bases de la literatura fantástica y de terror. Olgoso medita sobre la propia fantasía, el hastío y la literatura y sutilmente, mediante reiteraciones, nos introduce en el desconocido juego de ser quienes miramos a las criaturas que habitan la casa. Así, la arquitectura aparece para hermanarse con la pintura, la escultura y la más impredecible de las bellezas: la propia naturaleza. Ironía, melancolía y la metaliteratura de manera elegante nos llevarán a convivir a latitudes distantes, a otros tiempos. Un texto, nunca mejor dicho, antológico, en el más puro estilo de Olgoso: sorprendente, sutil, de atmósfera evanescente y literario.

Norberto Fuentes, en ‘Permutación de Villa Diodati’ realiza una potente edificación y de múltiples sugerencias: su ilustración es de las más hermosas, pero cuál no lo es. Me contengo de subir una imagen que tengo en mi móvil para despertar interés, no sé si se logrará. Podemos perdernos en los matices de esos ramajes, por otro lado desquiciantes espectros naturales, bosquejos de líneas inacabadas que confluyen en un perezoso cielo no iluminado del todo. Inspiradora ilustración, ciertamente.

Ana María Shua, la dama del micro, escribe en esta ocasión un texto de varias páginas, preciso y suculento: preciso en lenguaje, como siempre y suculento en la narración de la trágica vida de Mary Shelley. El texto se puede convertir en alegato con ese poder que Shua parece sacarse de la manga literaria que tan bien maneja: los cambios de puntos de vista, de narradora, de opinión parece incluso, nos dejan sin respiración con la última frase del texto, que dice así: no, no la escribo, ya dije que nada de contar lo contado, y no sé si estoy cumpliendo al cien por cien.

Y llegamos a Soledad Velasco: su ilustración, ‘Mary Shelley’ es brutal: así, sin paliativos. Por el contenido, por los referentes y las múltiples conexiones. Aquí sí dejo un par de fotos, una de la ilustración de Velasco y otra de Harry Clarke a quien me acerco bastantes veces para disfrutar su obra: el estilo, las implicaciones religiosas de creación y muerte, casi divinas, los detalles que esconde esta imagen tan misteriosa con esa M. S. tan altiva y sencilla, creando o descreando para volver a empezar, más que creando y destruyendo que es lo menos interesante, porque ¿qué artista destruye pudiendo volver a re-crear? Qué maravilla, la verdad, de ilustración.

De Soledad Velasco
De Harry Clarke

Lola Castillo expresa en ‘La cicatriz’ la tremenda pena y soledad de la criatura: le bastan unas cuantas líneas para insinuar a la memoria de dónde venimos con el arte de quien conoce que una sugerencia impregna más nuestras emociones que lo obvio y poco interpretable.

‘Le rémoleur’ de Alfonso Cost, es en mi opinión, uno de los textos más poéticos del libro: Cost practica desde el léxico a la trama un empedrado de constantes preciosismos que nos guían, bajo un manto de melancólicas precisiones, al lugar donde la música y el misterio confluyen en lo que podemos llamar inconsciencia. Técnicamente, el relato es una maravilla, así como la ilustración para el mismo que Carlos Arrabal consigue: definido, moviéndose en la quietud, recordamos en ese ser, otras criaturas que aguardan en nuestra imaginación para ser descubiertas si nos atrevemos, que en realidad, es como funciona tras la lectura, el relato de Cost. Grande y enigmática conjunción de artes.

En ‘El invierno suizo de la señorita Shelley’, Zapata, un escritor por el que siento especial predilección -como por Olgoso- consigue dos realidades, un único texto ensamblado como homenaje a la criatura, que se especifica en un arrebatado -pero tranquilo, como Zapata sabe hacerlo- texto plagado de recursos técnicos y artísticos, como el elemento metaliterario, que, si no descubrimos, disfrutaremos igual pero que si lo vislumbramos, comprenderemos que la literatura es fondo, forma, metáfora y símbolo de algunas de las partes más ocultas del ser.

Interludio

‘El Romanticismo: tormenta y rebelión’, de Inés Mendoza es uno de los textos más claros y hermosos sobre lo que el capital ha conseguido frente al arte o los lenguajes más revolucionarios. Hay que leerlo unas cuantas veces. Muchas. Y repetirlo para quien se acerque contándonos milongas sobre el posible efecto de la literatura como ente muerto o niña sacrificada en el altar de la posmodernidad. Una defensa sosegada del feminismo que culmina con el tremendo impacto visual de Anamurna (Ana Vázquez Adán) y su ‘Episotomía’: natural, desgarrador, provocativo, suturante y suturado grito de rebeldía que acompaña a la perfección el pequeño ensayo anterior.

Segundo acto: El monstruo sigue vivo

Sabiendo que Lola Castillo organiza la costura sentimental de personajes en sus ilustraciones, ‘El sueño de la razón’ deslumbra por el hilo previsto, pero nuevamente sorprende la ilustradora con los contrastes y el punto de vista que nos ofrece para participar. negro sobre blanco, blanco sobre negro, visualización del interior, opacidad en lo exterior.

Soledad Velasco nos ofrece un retato de espaldas que sera creado en directo, como si la pluma escribiera el retrato y la que ilustra escribiera sobre nuestra imaginación: la parte femenina, la infancia, lo joven y primoroso destacando en lo enorme, lo inacabado, lo que está en proceso.

El ‘Nosferatu’ de Carlos Arrabal me sirve para romper la linealidad de estos comentarios: inolvidables criaturas los vampiros también, presentes junto a Polidor i y sus amigos, parece fundirse con un estado de maldad natural que hace pensar en el aprovechamiento de los mínimos motivos que sirven a un artista para hacer desfilar ante nuestros ojos, seres de todo tipo y calaña.

Norberto Fuentes nos presenta a los protagonistas de la historia ‘En familia’: es un alarde de creatividad, un conjunto de materiales que parece decirnos lo intercambiable que es el buen gusto, es decir, si algo funciona, puede y debe ofrecer varios puntos de vista y relecturas (o re-visionados). Gran ilustración final, que permite contemplar lo más parecido a diferentes técnicas que se amoldan perfectamente al relato de Frankenstein.

He dejado para el final a David Roas: en ‘Agua oscura’, uno de los maestros teóricos de lo fantástico hace gala de su sabiduría, revisando irónicamente el mito, la técnica, el arte y la memoria. Es un proceso de disfrute lector -imaginamos que no menos escritor- el desarrollo de un cuento en el que el teatro, la escritura, la interpretación y la contemplación están presentes: Roas consigue atraparnos en el mundo que vive el protagonista a quien acompañamos en su descubrimiento de lector o espectador, frente al terror de la escritura o el teatro. Magistral, divertido, triste y por momentos apabullante de literario.

Lo dicho: gracias a Susana Noeda por hacerme partícipe de un libro así y quien quiera pasar más de un rato disfrutando arte del bueno, que consiga el libro: volveremos a él una y otra vez.

Villa Diodati. La cuna del monstruo, Editorial Adeshoras.

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