Entrevista a Agustín Márquez: sobre su novela ‘La última vez que fue ayer’, en Candaya.

De conversación amable y carácter conciliador, las ideas muy claras sobre lo que se nos ha venido encima, Agustín Márquez es y noes, como él mismo dice en la entrevista, muchas cosas: escribidor, ingeniero de telecomunicaciones, creador junto a otras dos amistades literarias la Editorial La Navaja Suiza…

Cuando iba a salir esta novela, en Candaya tuvieron que “fabricar” más ejemplares antes de la primera presentación porque lo había vendido todo. Su novela ‘La última vez que fue ayer’ es literariamente de una potencia salvaje a ratos, divertida y tierna: el barrio manda y los personajes crecen, viven y aman en él, como buenamente pueden.

-Agustín, muchísimas gracias por aceptar esta especie de entrevista. ¿Te parece empezar contando quién eres y a qué te dedicas?

Ahora mismo soy y no soy muchas cosas, tal vez demasiadas. Soy ingeniero de telecomunicaciones, y a ello me dedico. Por otra parte, soy uno de los editores de La Navaja Suiza, un proyecto que comenzamos hace dos años y medio, en el que vamos publicando basado en nuestros gustos lectores, por eso publicamos tanto en castellano como traducciones. Y por último, de momento no me atrevo a decir que soy escritor, al menos por ahora, prefiero decir, como dice mi sobrino, que soy escribidor. Por supuesto, esto que digo ser no está en orden de importancia.

-Cuéntame cómo se da el paso a dedicarse a las letras, tener un blog, fundar una editorial, publicar una novela… ¿qué te queda por hacer?

Me quedan por hacer muchas cosas, casi todas. Esta es la suerte que tenemos, que podemos hacer innumerables cosas e interesantes. Pero por no salirme por la tangente, lo que ahora mismo me queda por hacer, o más bien, lo que quiero hacer es dar continuidad a mis proyectos de letras, tanto al de escritura como al de edición.

-Alberto Olmos en Zenda hace poco te ha realizado una entrevista en la que comenta la tardía publicación de tu primera novela, respecto a las edades y formación de otras figuras literarias: es importante leer, formarse, conocer… ¿no te da la sensación de que la prisa y la fama acompañan demasiado a la literatura última?

Lo de la fama… creo que es un error hacer algo, ya sea escribir u cualquier otra actividad, pensando en la fama. Sobre las prisas, estoy de acuerdo contigo, hoy en día no solo pasa con la literatura, ocurre con todo, tenemos prisa, aunque si preguntásemos a las personas que para qué tienen prisa posiblemente no sabrían que contestar. Y no me refiero a las prisas para coger al autobús. Vivimos en un momento en el que a la gente les parece que esperan demasiado tiempo para que se caliente una Nespresso, o que ver un anuncio de treinta segundos de Youtube es algo inaceptable, cuando antiguamente nos tragábamos sí o sí entre cinco y diez minutos de anuncios. Esto que puede parecer una tontería, creo que afecta, y bastante, a la paciencia. Estamos aprendiendo que todo ha de ser inmediato, y si no es inmediato no es bueno. Creo que hemos pasado del utilitarismo al inmediatismo, es decir, es bueno porque es inmediato.

-Te lo decía también porque hay diferentes técnicas, perspectivas… en tu novela: y eso es algo que es premeditado, no por obra del espíritu santo o la inspiración (tan de moda también).

Posiblemente los genios tengan esa inspiración, pero los que no lo somos tenemos que echarle a lo que hacemos pasión y perseverancia. No veo que haya otra forma de conseguir algo.

-En la presentación de Granada, Alejandro Pedregosa y tú matizasteis que a pesar de ser una novela de barrio, con sus toques sociales, no solo es una novela social.

No está escrita con la pretensión de una novela social, sin ser esto ni bueno ni malo. Ahora bien, como la acción ocurre en un espacio y un tiempo en el que los cambios sociales fueron importantes, los temas sociales atraviesan la novela.

-La novela adquiere tintes duros de vez en cuando. La vida es así y te acercas al realismo pero el tratamiento es diferente, ya que utilizas el humor, la distorsión… ¿se acerca uno mejor a la verdad mediante la ironía y la hipérbole?

He intentado acércame a la realidad tal y como la recuerdo. Es decir, en la vida no existe la tristeza o la alegría de forma continuada, hay momentos alegres que a veces se ven interrumpidos por momentos tristes, y viceversa. Eso es lo que he intentado plasmar en la novela, esos momentos que considero auténticos.

-El anonimato de los personajes es fundamental durante la historia: ¿puedes contarnos algo más sobre tu intención al no nombrar a quienes desfilan por ese barrio?

La intención está relacionada con la idea subterránea, que es la del progreso. Si algo nos ha traído el progreso es la cosificación de las personas y la personificación de las cosas. Por eso, las personas no tienen nombre (incluso Yessi al principio era Chica A, pero decidí ponerle un apodo para que no pudiese haber confusión entre Chico A y Chica A), y los únicos que tienen nombres son el perro y el pez.

-Me interesó mucho escucharte hablar sobre el progreso: los barrios cambian, las personas mutan pero el futuro ¿es como nos lo imaginábamos?

Sería hipócrita decir que el progreso no ha traído cosas positivas; sin embargo, tampoco creo que el progreso sea la panacea, es decir, el progreso ha dejado en la cuneta a muchas personas que no han sabido amoldarse a la velocidad a la que el progreso avanza. Esto se deja entrever en un momento de la novela donde dice: «El barrio continúa progre- sando, como si el progreso fuese una máquina de apartar nieve, avanza a velocidad constante sin importar la nieve que se queda a los lados».

El arranque la historia promete…

-La educación es otro tema que apuntas mediante varios ejemplos en el libro: ¿podemos ser optimistas y pensar que leer, formarnos… nos puede ayudar a sobrevivir? ¿Está tan equivocada la gente que solo piensa en hacer negocio, que también aparece en varias partes del relato –para sobrevivir-, y ganar más y más dinero –por codicia o hábito?

Siempre he pensado que he sido (o soy) muy idealista con el tema de la lectura y la formación, pero cada vez estoy más convencido de que no es idealismo, sino que lo que pienso es así, es decir, leer nos hace ser menos manejables, menos moldeables, al menos, nos permite darnos cuenta, poco o mucho, de lo que están haciendo con nosotros. A veces en los medios o en los discursos de los políticos lanzan alguna frase a modo de titular que parece decir algo y en realidad no están aportando información, pero no nos damos cuenta. Creo que leer nos permite leer entre líneas y darnos cuenta de estos asuntos. Como digo, leer al menos nos sirve para ser conscientes de que nos están engañando.

-La religión en España es un tema candente que aparece y desaparece. Hay otras tendencias que amalgaman a los habitantes de una zona o una barriada. ¿El poder condiciona que nos juntemos, que tengamos reuniones y discutamos sobre posibilidades de mejora o son los condicionantes tan fuertes que al final no sirve para nada? Pienso en el 15M, sus consecuencias y los resultados de hoy.

El capitalismo es el poder de hoy en día y se enfoca en el individuo y no en el grupo. El capitalismo no podría sobrevivir sin las individualidades. Siempre cuento que en el bloque de vecinos donde crecí había una máquina taladradora para todo el bloque. Ahora eso ya no es posible, porque el capitalismo necesita que cada uno tengamos nuestra máquina, si no, el capitalismo no se sostiene.

-Todo lo que cuentas, en mi opinión, está convertido al lenguaje literario: utilizas metáforas, imágenes, descripciones divertidísimas… pero no dejas de comunicar en ningún momento. ¿Qué referentes tienes para construir tu discurso literario sin apartarte de la comunicación?

Me gusta mucho Ángel Gabilondo, el filósofo. Como político no puedo opinar mucho sobre él, pero como comunicador me parece excelente y para mí es un referente.

-Nos ofreces un compendio de ‘El perfume’ parece: ¿puedes decirnos por qué es tan importante el olfato en las vivencias de los personajes?

Creo que tengo un trauma con el olfato, y eso hace que este sentido sea muy importante para mí, fundamental, por eso introduje ese trauma en el narrador de la novela. Aparte, el olfato me hace rememorar situaciones que no consigo con otros sentidos. El olfato es un sentido muy intenso, para lo bueno y para lo malo.

-Esa deshumanización que en algunos momentos muestras, mediante el olvido, los cambios de los lugares y las metamorfosis personales… ¿crees que ha concluido o está en proceso? Pensaba en Boris Vian cuando animaba objetos y el punto de vista cambia de la persona al objeto: ¿el supuesto progreso nos permite la contradicción de conceder más importancia a las cosas que a las personas?

Pues de momento creo que vamos a más, así que no creo que haya concluido. Cuándo concluirá, espero que pronto.

Contraportada

-Añade si quieres algo más, Agustín, como si tienes futuros proyectos tanto de La navaja suiza, tu editorial o si hay algo ya rondando en tu mente como autor.

Como autor ando metido en un segundo proyecto, que tenía más o menos centrado, pero ahora se me ha metido un narrador en medio que va a cambiar un poco el texto. Esto es algo que me gusta mucho, para mí es lo bonito de escribir, cuando el propio texto vuelque tus ideas.

Sobre La Navaja Suiza, en septiembre publicamos la primera novela de William H. Gass, La suerte de Omensetter. Nunca he dicho de nuestros textos que sean obras maestras, más que nada porque tengo mucho respeto a utilizar este apelativo sobre cualquier texto, se utiliza demasiado a la ligera; pero en el caso de La suerte de Omensetter, tengo que decir que es una auténtica obra maestra.

En octubre vamos a publicar a una autora novel de nacionalidad ecuatoriana, Natalia G. Freire. Su novela tiene por título Nuestra piel muerta. Es una obra breve, pero tiene embrujo y unas imágenes vívidas que te dejan poso. En cuanto la leímos los tres tuvimos claro que queríamos publicarla.

-Gracias por tu tiempo, Agustín, y muchísimo ánimo con lo que te propongas.

Entrevista a Agustín Márquez: sobre su novela ‘La última vez que fue ayer’, en Candaya.

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