La lluvia amarilla de Julio Llamazares

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Julio Llamazares, La lluvia amarilla, Seix Barral, 1988.

Para quienes recuerdan a sus seres queridos

Hay escritores de los que uno recuerda la limpieza narrativa, la elegancia del contar y los pocos artificios retóricos que parecen necesitar para ejecutar una buena historia.

Esto ocurre con Llamazares y La lluvia amarilla. Si bien aparenta ser un libro de lectura ágil y fácil, que lo es, por debajo, en las entrañas o los infiernos del libro y de cada uno de sus lectores, su lectura puede convertirse en algo personal, desestimado en ocasiones porque no queremos pensar o recordar o volver a vivir ciertas situaciones al comprometer nuestra cordura, como le sucede al protagonista de la historia, último habitante de un mundo que se derrumba, excepcional testigo de un apocalipsis que por avisado, no pierde fuerza o interés.

De este libro se ha escrito mucho y mejor, pero me gustaría reflexionar sobre los grandes temas que trata Llamazares a través del personaje (y personajes, que son los que quizá organizan mejor lo sucedido y procesado en la mente del narrador) y sus semejanzas con cualquiera de nosotros: plantearse la soledad hasta extremos ignotos, la locura como alternativa a la vida tan racional que nos hacen llevar y romper las cadenas de la normalidad ¿a quién no se le ha ocurrido?

Cierto es que cuentan que la soledad no trae nada bueno, pero la enfermedad es de uno mismo, y la persona que requiere cuidados, paliativos o una muerte digna, si está en sus cabales, comprende que hay momentos en la vida en que la soledad es el único camino que nos llevará a un fin decente, porque hay momentos que no pueden ser compartidos con nadie, como cuando nos asaltan esas ideas en una reunión de amigos y callamos sabiendo que si pronunciáramos en voz alta esos pensamientos, no dudarían nuestros compañeros de tildarnos cuanto menos de locos, extravagante o peligrosos.

Y recuerdo que recordar es volver a vivir, pero también volver a morir: uno de mis peores recuerdos es el atragantarme comiendo queso; me entran sudores cada vez que recuerdo esos segundo hasta que la muerte decidió dejar de oprimirme la garganta: pasé miedo por mi vida y como tal, lo recuerdo. Así que, qué decir del dolor de la memoria, de la melancolía incrustada en las páginas de Llamazares como si fueran puntas de flecha envenenadas, cuya acción fatal fuera deshaciendo nuestro poder de aguante, horadando la capacidad de subsistir sin dejar que esos muertos nos devoren, que aquel amigo de la infancia vuelva ahora travestido de señor con mostachón, hijos rubios y hablándote desde un grasiento puro y JA JA JA, qué mayor te veo y cuántas canas tienes, o ese ser querido, que saltó la valla de la vida decidiendo decirnos adiós desde el valle lejano de los colores sin matices. En fin, que todos, todas, llevamos una crucifixión en la memoria, o más de una (ah, Vallejo, tú sí que.).

Después me dirán que para qué leer. No sé si servirá esta sarta de minucias para que la gente reflexione; ojalá sirva para que se acerquen al libro.

Así que para quien quiera más información, dejo unos cuanto enlaces sobre el libro: supongo que los análisis narrativos estarán mejor que lo que he realizado aquí, una especie de crónica del recuerdo y la memoria personal que en definitiva son mis deseos, y que un libro los alimente, despierte o enfurezca, ya es bastante: así que lean -leed, leed, malditos- La lluvia amarilla y descubrirán lo cerca que están de Llamazares, la melancolía, la desesperación a aveces, la solitaria sensación de estar acompañados y abandonadas y olvidadas y neutralizados por la pena.

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De Libros y opiniones.

De Solo de libros.

Y Jordi Pardo Pastor, firma una crítica sobre la metáfora bastante interesante

 

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