Los demonios del lugar, Ángel Olgoso

De cualquier modo, basta con hurgar un poco para comprender que el horror es la esencia de la vida (todo nacimiento implica primero la muerte y luego el olvido), sobre todo en esta época de recrudecimiento de la vileza humana por parte de una minoría codiciosa, insaciable y criminal carente, además, de sentido común, empatía y de compasión.

 Tomo de La orilla de las letras, las palabras de Olgoso sobre por qué le atrae el misterio, lo oscuro y las atmósferas extrañadas. Además, cualquier lector de este granadino pude disfrutar bastante del trabajo realizado por Cristina Monteoliva en esta web sobre el escritor.

De La casa del libro

 Leo con auténtica fruición, en dos o tres días -soy muy lento- Los demonios del lugar (Córdoba, ALmuzara, 2007: I Premio Internacional de terror Villa de Maracena) de Ángel Olgoso: 49 ficciones donde la precisión literaria, la concisión lingüística y la belleza cohabitan de manera maravillosa, oscura, simultánea, pavorosa.

  Es imposible dejar el libro: adictivo, pienso. Adictivo por ver cómo acaba Olgoso esas ficciones mínimas, micros, relatos, tres páginas, historias imposibles, finales que son principios y viceversa, sutiles observaciones sobre la naturaleza humana, o peor: libertad a nuestra imaginación.

 Es imposible que el lector se aburra: las tramas se multiplican hasta el infinito en cada libro de relatos, sean de terror -como en este caso- o no. El terror es psicología, las partes internas que no funcionan demasiado bien se bloquean, cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, la nariz -para no respirar agua y blub-, no hablamos, temblamos y escondemos las manos para no tocar páginas que nos recuerden lo patéticos que somos, lo irrisorios que nos ve el autor a algunos que paseamos por el mundo.

 La insistencia en la liberación del lector, en no guiarlo, en tratarlo como adulto.

 La perorata del destino, quebrada por una potente imaginación que nos provoca a pensar, nos invitar a acompañarla y a la vez nos expulsa de nuestros propias certidumbres.

  Muchos de estos relatos -microrrelatos, microficciones- son espeluznantes: casi más por lo que callan e insinúan que por lo que cuentan. Los tenemos de todos los tipos, así que los lectores no se aburrirán: por cierto, no hay repeticiones, sí eterno retorno como tema recurrente en algunas historias, pero de tan buen trazo literario, que nos dejamos llevar y acunar por las garras de algunos personajes que nos descubrirán a nosotros mismos, pensando variantes sobre nuestros límites.

 Lo que más fascina de un autor así, como Olgoso, con tantos relatos escritos, es su capacidad de regeneración, de autoinventarse, de no relajar esa excelencia literaria que queramos o no -y yo como lector, quiero- lo acerca a los clásicos porque podemos rellerlo una y otra vez y la memoria activa esas zonas no aclaradas por desconocimiento o prístinas por reconocer los homenajes que dedica a sus maestros: no en vano lleva treinta años dedicado a esto de contarnos relatos, cuentos, pequeñas ficciones que nos alegran, nos entristecen, nos dan motivos para repensarnos y nunca, nunca, nos dejan indiferentes. Es impresionante, la verdad.

 Un ejemplo de por qué Olgoso: la estructura de “Relámpagos”. Cinco puntos -diferentes historias- que se entrelazan magistralmente y van desde el principio hasta el inicio -¿?- de un relato infinito.

 Otro: “Las manos de Akiburo”. Tradición, respeto, trabajo manual -como el del escritor- y el destino de nuevo, la venganza, el honor. Un relato que lo tiene todo, lo contiene desde un lejano mundo que se convierte en metáfora de las miserias del poder.

 Lo onírico, el tema del doble tan atractivo si se escribe bien, y aquí está ejemplo de buena literatura, de alta literatura con uno de los temas más apasionantes para todos los que disfrutamos de la ficción o el elemento de la sangre.

“El coracero en el bosque ” es antológico: nos devuelve la confianza en los escritores, en la pasión que sienten por contar al lector y que este, acompañe al escritor de la mano que se difumina en el camino de la lectura porque aquel -el escritor- ya es eco de nuestra voz -los lectores.

 Los terrores infantiles, la desesperada inacción de los cadáveres en las tristes guerras, los muertos que ayudan a contarnos lo viles que seguiremos siendo.

 Uno de los cuentos más memorables en mi opinión es “El espanto”: la delicadeza y elegancia, lo bien medido que está el terror dicho y lo sugerente que son los silencios que supone el relato acabado en sí, es terrorífico. Así, terrorífico, de poner los pelos de punta.

 Las enumeraciones; los temas normales extrañados hasta lo obsesivo, lo preocupante, lo médicamente insospechado. Las malformaciones, los sueños recurrentes que superan la memoria onírica ya citada.

 Kafka, el coleccionismo extremo, la belleza sobrenatural, las muertas que hablan con sus hijos.

 Sigo manteniendo que “Gabinete de maravillas” es un cuento de esos que aportan información, una buena historia, unos personajes de preciosista composición y un final rotundo: una joyita literaria del más alto nivel.

 Y -Dios-: los urófagos. Solo por ellos, he de confesar que mi cabeza entendió la fantasía, su libertad, al creador, el joven y a la vez viejo panorama al que nos enfrentamos: mis ojos volvieron a las palabras una y otra vez, releyendo, revisando. Impresionantes y degenerados personajes literarios que no puedo olvidar, supongo que ya, para los restos de mi vida como lector. Agonías difícilmente superables, belleza en el lodo, esperanza en el caos.

 Libro imprescindible en la biblioteca de cualquier lector.

Relatos de Olgoso en la red, por ejemplo, aquí, en Tales of mystery.

Ángel Olgoso
De literaturas.com
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Los demonios del lugar, Ángel Olgoso

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