Carlos de la Fé y su Maldito vicio (II)

(material gráfico de anroarts y spaniards)

Había temas sobre los que se resistía a escribir.

…y aquí los detalles sórdidos.

Nunca me atreví, como de la Fé.

Sabes lo que fatiga matar a un dios cualquiera. 

Nunca me replanteé la fe, o la Fé como oigo que algunos dicen, vaya usted… pero sigo recordando las comuniones y los dejes de mis amigos al tomarlas. Las comuniones me refiero. No sé. Tanto en tan poco… A veces me entran los miedos, el miedo y el miedo al miedo, que ya son plural, ya sabéis -les digo- y me acompaña la literatura, no porque esté el material ofrecido a cambio de nada, no.

O a lo mejor -a lo peor- es que sí.

De pronto, se me ocurrió un micro: ya está, pensé, pensó, ya. Y además… se lo dedico a un teólogo, poeta y teólogo: este será por el que me recuerden, algo más, algo menos. De usar la palabra fin, la expresión punto y final, la estraza de la lija, el sin del con o la
melaza de la limadura de la sensacional lectura de los demás, -que a ratos (¡arratos y arratas!, cuentan que chillaba mi abuelo borracho por las callejuelas del barrio) me importa bien poco- y hablamos luego. El micro, el micro es este, fue este y será este:

 Nunca sospechó que su amor por las lenguas muertas fuera tan grande como para llevarlo a prisión. Pero cuando lo seleccionaron para aquel puesto en la morgue municipal y la vio tumbada, tan pálida, tan quieta, casi triste y con la boca entreabierta no pudo más que besarla y decir Amén.

 p.100 del pdf, corregir y buscar entrañables razones para borrar (hoy se puede tachar y esas cosas modernas antes de darlo a imprenta para que salga tachado en el libro, qué cosas), y decir algo del escritor que escribe y el lector que lee, algo más que la palabra principio, la palabra fin, la expresión punto y final: decirle al lector, hablarle sin miedo: ei, tú, esto es una convención, y además controlo los recursos, las técnicas, los puntos de vista y la teoría que me pudieran achacar los llamados cuentistas, teóricos y ornitorrincos de Reig (a los neoclásicos, me refiero): decir, por ejemplo: Yo solo soy un escritor y tú, indefectiblemente, serás esto o lo otro o cualquier cosa decente.  No sé, algo.

 De todas maneras, si en este preciso instante que está hecho de tiempo, de personajes, tiempo y un escritor que escribe una glosa de quien ya glosó su propia obra -qué es un escritor sino alguien que recoge y pone por escrito lo que tantas -demasiadas- veces ha vivido sin contarlo hasta que se decide un día, y ah, oh, sí, orgasmo- cuando la memoria funcionaba, es decir, la infancia y esa horrorosa manía (tic) de sugerir que ya conoce el cuento porque “amigo, yo me sé tu vida” y entonces se descubren como personaje (tac) y ya no se gustan y no te conocen entonces y recién salidos de tu pluma no quien ni pluma ni cuentos ni conocerte más, ni contarte la última mentira que en su familia recorre pasillos que desembocan en sangre, güisqui o almohadas insomnes, de las que presumen de noches nucleares y de repente un anfibio, la Teoría de la Relatividad, tú leyendo esto.

 No sé, la verdad. No sé si todo esto servirá para algo.

De insulanegra.blogspot.com
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