La parte inventada, de Rodrigo Fresán

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 Y bueno: terminé -incumpliendo el propósito de relectura de Kensington Gardens y El fondo del cielo- el último libro de Fresán: impresionante libertad creativa, manjar de ficción sin miramientos, gozo pleno en la saturada sociedad literaria que vivimos.

 De qué no habla Fresán en La parte inventada, por qué no apuesta, qué se calla este lector, escritor, inventor: preguntas.

 De todas maneras, -por si hubiera preocupación- la inventiva de Fresán parece no tener límites. Hay una edad, un poso de sabiduría. La estirpe Karma, la locura y la escritura. La enfermedad y los hospitales. La animación a la lectura, a la educación, la reflexión sobre las relaciones de amor, de poder -¿las mismas?-. La infancia exquisitamente diluida a través de recuerdos vaporosos, párrafos de humanidad enaltecida, palabras que al dolor de la melancolía -con su alegre poso de pasado- convocan.

 Es uno de los libros -cuál no- imprescindible del argentino afincado en Barcelona. Y no es ya, devoción ciega. Es no dejar de apuntar sus manías (referencias personales, citar autores ya citados, apoyarse en las citas para amplificar su discurso…) en los márgenes de las páginas, en las hojas de cortesía, en folios y papeles que se destruyen a sí mismos por ya estar recogidas las frases en otros pero no tanto, no tan bien, no tan completos.

 Al avanzar en la lectura -sobre la propia lectura, algún guiño fresaniano…- la felicidad invadía mi ser, el cerebro bullía de ideas, las manos temblaban de alegría, la risa acude a mi boca y las neuronas quemadas cantan arias. Un viaje. Un ácido lector. Una tramontana en vendaval de tsunamis hacia los planetas lejanos de la ficción pura: pero en mi cabeza.

 Los elogios se quedan cortos. Las relecturas son necesarias. Para releer, hace falta leer, obvio. Y así, volvemos a las citas, al patrón estudiado de la educación y sus lastres. Todo lo que nos falta y es insinuado en la novela. Todo aquello que nos faltará y lo asumimos, y sin detenernos a mirar la fugaz epifanía que ante nosotros provoca el escorzo de la estatua -conseguido logro y ya- giramos la cabeza hacia lo siguiente, y la prisa, y el dinero, y la muerte. Y la tecnología mal usada.

 Ahora -disculpen la interrupción que diría Fresán- hemos de rebuscar los añadidos, las correcciones posibles, las ediciones extrañas. Hemos llegado hasta aquí para algo.

 Habrá que leer todo lo que recomienda. Todo lo que cita. Y descubrir si algo de ello hay en su prosa.

 Estudiar los comportamientos, las fijaciones y las imágenes que más atraen al escritor. Que no deja de leer, porque leer es la vida. Y después, escribir. Y no al revés. Formación, intensidad, estudio, lecturas, charlas con expertos, imaginación, música, lecturas. Y leer después. Y conocer algo de los escritores, no mucho, no demasiado fuera de su obra.

 Y no molestarlos.

 Y escribirles poco, leerlos mucho, releerlos más.

 (De los paréntesis, ya hablamos otro día… y de Burroughs y Fitzgerald y…)

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