Plagiomenajes: Rodrigo Fresán y su literatura

 Viejoven: dícese del viejo que cree que es joven pero no soporta la visión de los jóvenes -ruidosos, soeces, inmortales y envidiables por ser matemática y químicamente todavía incompletos pero completables- y mucho menos la visión de quienes le avisan del territorio al que se acerca minuto a hora a día a mes a año.

 Siempre fue un problema lo de las palabras unidas para él: una idea obsesiva que lindaba con la provincia de la Obsesión cuya provincia es la reiterada mansión de la gran fiesta preocupada que en Halloween se celebraba en el barrio de la paranoia.

 Me preocupa asimilar mal -decían que contaba antes, por los bares, en petit comité casi sin el comité presente- a los escritores que me fascinan: Gogol, Kennedy Toole, Vian, Borges, Beckett, Panero, Fresán, Bonilla, Vila-Matas. Me preocupa leer poco a Ribeyro, a Sábato, a Cervantes, a Aldana -como si al mezclar un par de clásicos (que leyó con miedo y pasión, pero reverberaba el gong de no entender del todo -como quién- su literatura) se sintiera más cómodo en la incómoda sensación del vacío superfluo que significaba contar carencias, como si alguien -los más- se preocupara, como si lo menos -casi nadie- insistieran en añadir algún nombre a la lista de olvidados escritores pero fundamentales: Onetti, Pitol, Lowry, Conrad, Kafka…

 Así- decían que…- mi vida literaria: descubrir que me preocupa lo que preocupa, por ejemplo -sonrisa de admiración- a Fresán -y rauda sonrisa de entierro- y leer que lo escribe mucho mejor que yo: eso contradice lo que más respeto de Fresán: su división de lectores, esa perfecta conjunción de envidia y admiración, esos que piensan ¿cómo no se me ocurrió a mí? y lo otros ¡qué bien que se le haya ocurrido a alguien!

 Sobredosis de Fresán: dícese de la admiración extraautorreferencial, estudiada releyendo los libros del autor argentino afincado en Barcelona -Alejo y Nina, Martín Mantra, Sad Songs, Caballo, Federico y cierto único ojo que verá lo que será y lo que no podrá ser pero podría haber sido y una canción a la infancia…- y que escribe artículos en periódicos, periódicamente.

 Un placer leer a Fresán -admite- y una alegría extrema -como una buena sesión de bondage ordenada y limpia, con una palabra o dos (averiguar cuál) como ya, no, sult o priieya- averiguar personajes y situaciones, recursos enmascarados de literarios ménage à trois  siempre al servicio de la gran literatura: además de mantener la historia, la enriquece aportando a la trama subtramas, historias dentro de, referencias a su propia obra y a las obras que escribirá: de eso estoy seguro. No hay fe alguno en la linealidad de la historia porque ¿qué vida es principio, medio y fin? ¿Dónde está Dios, los Padres o la Patria? ¿Quién acerca lo lejano sin pensar o meditar y arrepintiéndose no aleja lo cercano, sabiendo que a la mano tiene lo que escupió por preocupación desasistida de los demás? Los demás. El otro. Rimbaud. La metaliteratura como un ente que aparece en tu vida y sirve de autoextinción si no dominas técnicas, figuras, historia literaria. Flashbacks de luces de siglo xx que llega a ser XX y de todas formas eso está más que superado y entramos en cuánticos Siglos XXI. Muchos. Uno. Conforme a las leyes rotas de la física. Sin ciencias pero con sabia ficción. Con la ciencia de la ficción. Con la ficticia cara científica del que siembra dudas, felicidad y eternas charlas sobre su obra. Sin degenerar en olvido de la ciencia-ficción, el terror, el humor o el romanticismo: con arte todo es posible. escribir y escribir sobre sus lecturas, escritores, temas predilectos, preocupaciones, facultades, ignorancias o desarrollos posibles, verosímiles que no verdaderos, entre tanta marabunta de ficciones de salón, editoriales pedigüeñas y estertores de fantasía (Tolkien, Lovecraft, Cortázar… lo ya hecho y repetido hasta la saciedad sin la vuelta de la tuerca o viceversa si el espejo nos devuelve la mirada).

 Cuentan otros: “los que no leemos a Fresán -apenas un cuento, algún artículo en Página/12- concebimos la literatura como algo más lineal, menos heterodoxa, porque quién se preocupa hoy de no contar lo que quieren los lectores.”

 La gran pregunta: ¿quiénes escriben pensando en la gloria del muerto, de la justicia del muerto que le harán los vivos que ya no tengan interés económico, sexual, coyuntural…  si  merece ser memorable, esto es, permanecer en la memoria, recitarlo y recordarlo para que las generaciones futuras no estén tan perdidas como esta, aquella y esa que oh, eran recomendaciones de la Academia, y perdieron la batalla -leo- lo de los acentos, y no nos desviemos, eh? quién no escribe hoy pensando en/soñando con no ser reconocido hoy, esta tarde, en un par de horas, cinco minutos después de escribir un post, artículo, microficción, poema, novela, medio segundo de likes después de feisbuquizar nuestros anhelos, disertaciones o imprecaciones y o perversiones?

 Cierto que la lectura -como la escritura- es una de las actividades más solitarias. Y que la escritura -como la lectura- es la más solitaria de todas.

Preguntas menores:

-¿Quién recomienda hoy un libro ya recomendado como “total”?

-¿Quién -en su sano juicio como lector- advierte que los libros fresanianos de cuentos ya eran totales, desde Historia Argentina y la envidia y la corrosión de tal sentimiento y no ver porque lo impide la ceguera que la corrosión provocada por la envidia ya citada provoca?

-¿Entretener? ¿Esa es la premisa de los best-sellers?

-¿No entretiene y deleita y enseña y hace pensar y provoca y hace disfrutar al lector Fresán?

¿Nadie entiende por qué escribe esos libros tan densamente largos, tan largamente densos?

“Qué grande es usted, señor Fresán -cuentan que susurraba al retirarse cabizbajo de las charlas, con unos cuantos tequilas de más- y cuánto bien produce en la literatura en español”.

De elpezvolador.wordpress.com

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