Los oficios de Pablo Acevedo: emoción, intensidad, deslumbramiento.

de http://www.mexicanculturalcentre.com

Decir yo: ser todos los yoes.

 En la práctica poética de Acevedo, contribuye bastante su saber teórico, sus múltiples lecturas y su constancia investigadora. Así, el libro último del poeta cordobés, se abre con un magnífico prólogo sobre el oficio, el beneficio o no del trabajo, la realización de la poesía y sus buenas (o no tanto) prácticas diferentes. Es, digamos, el apoyo que Acevedo utiliza con magistral lucidez para lo que va a venir posteriormente. Ya decimos: las perfectas reflexiones sobre la corrupción moral que vivimos, los cambios que produjeron que los oficios fueran competitivos, el descenso cualitativo de la creación y la entrega del artesano a la misma cuando lo pecuniario se interpone entre la imaginación y la supervivencia… hacen de estos pensamientos muy meditados un ensayo que nos deja meditabundos, pensando en qué quiere el hombre, qué el poeta, qué el público lector. El carnaval de la palabra, la hierofanía más deslumbrante y el brillante jergón donde sueñan las esperanzas de los ángeles… todo es posible decirlo todavía: la palabra es la herramienta del saber, de la belleza, del comunicar, del solidarizarse con la soledad que padece el hombre.

Los oficios

 Es un libro brillante, deslumbra su reparto de alegres tristezas y tristes regocijos. Es uno más de Acevedo pero no lo mismo. Se experimenta una emoción constante ante el despertar de la conciencia del poeta. Sus hierofanías son solidarias con el lector, con su lector, porque Acevedo busca un lector capaz de descifrar sus errores, sus metafísicas, sus enigmas. La imagen recorre el libro como un lobo antropomorfo deseoso y en celo, cuya única espina es desordenar el mundo en el que vivimos a dentelladas de colores, a abrazos de luciérnagas: con la tempestad hermosa de la palabra tranquilamente violada por labios que la adoran.

 Desde Onirisma (2001) han pasado 14 años: aquel libro no se olvida fácilmente y posteriormente, en 2006 con Cazamariposas y en 2012 con Estrella varada Acevedo materializó lo que era de esperar: una poética muy personal, escorada a la pura imagen que desborda las expectativas del lector, que no puede más que rendirse y con una amplia sonrisa (como ya dije que dijo Fresán) pensar que menos mal que esto se le ha ocurrido a alguien y dejar a un lado la envidia (¿por qué no se me ocurrió a mí?) que genera el estilo de este artista de la palabra.

Anécdota que no puedo olvidar: hace años un somnoliento presentador le preguntó a Pablo Acevedo, públicamente y sin pudor, tras escuchar al poeta, parapetado tras una cerveza y un chupito de güisqui, comentar sus oníricas impresiones resueltas en unos poemas en prosa tan bellos como son los de su primer libro, preguntó, decíamos, que en qué estado escribía: todos los asistentes a aquella charla recordamos las carcajadas que provocó Acevedo al contestar:

-¿Estado… que en qué estado escribo? Pues verás, no sé si escribo en el estado de Oklahoma o de Wyoming…

Y es que ya avisa Acevedo de la incomprensión a la que el verdadero poeta está sometido, mediante las citas que disemina en este su cuarto libro, mediante los recursos que se “saca de la manga” -chistera de prestidigitador, dígitos de vate, vate que canta las maravillas que otros no son capaces de contemplar- que no es otra que su privilegiado cerebro por el que se metamorfosean ideas, contenidos, brillos tétricos y ángeles susurrantes y que, para qué obviarlo, Acevedo traduce a nuestro lenguaje: luminoso, espectacular, sagrado, rebosante de esperanza ante el ser humano. El constante trabajo de Pablo Acevedo es su inspiración, le resultado es la recompensa -compartida con los demás- resuelta en poemas rotundamente hermosos.

 Tener siete folios garrapateados con notas, alusiones, elusiones, juegos de palabras, alucinaciones y visiones poéticas ayuda a saber que una segunda lectura no es suficiente. Este libro tiene múltiples lecturas, variantes y metamorfosis, alegrías y “desesperos”.

 Tener el libro marcado de palabras, de sustantivos subrayados y llamadas de atención que recuerdan al primer libro, o al segundo o a esa cita que no puedes olvidar de un poeta… ayuda a saber, ya digo, que lo que merece este libro es una profunda reflexión, un gozo interior de disfrutar la más alta expresión poética que nos pueden entregar.

 Así que ahí van mis impresiones, preocupaciones, reflexiones.

 El sereno abre el libro acompañándonos durante la tarea del que vigila el insomnio, de quien yace sobre sus pasos, con la tranquilidad (sereno) de saber que todo lo expresado es el mundo en que vive, ayudando a ver lo escondido, lo oculto que a nuestros ojos (nos) sustraen ciertas criaturas que se empeñan en ese intento fallido de hacernos creer que la inspiración sin trabajo es posible, de que el lector ansía ser pasivo, de que en fin, los catálogos de las bibliotecas aburridas no serán pasto de las llamas del tiempo.

Porque el tiempo es otra constante en la poesía de Acevedo, no reniega de la realidad: la expresa con una temporalidad asombrosa, y recuerda a Manuel Álvarez Ortega o a Machado: la muerte, la infancia como reverso, la patria perdida y hallada en las nocturnas visiones de un mundo por la mirada embellecido.

Para ser justo, para ser ético junto al poeta, no desvelaré demasiados hallazgos, porque lo que el poeta quiere es que lo lean, lo paladeen, se dejen maravillar por los colores y la música de sus versos, por los símbolos que se difuminan y aparecen, mariposas, abejas, ángeles, palabras al fin, palabras que tienen en común una importante característica: nos hacen visitar lugares (callejones, recovecos del cielo, hontanares del alma), conocer personajes trabajadores (panadero, sereno, profesor, poeta…) o criaturas míticas (quimeras), animales (osos -anhelo, azar- pájaros, peces, monos…) estrechar lazos con los desposeídos que son los solitarios, todo transido de una luz pura y alada, el vuelo permite mirar desde otro punto de vista, el hacer del poeta -del buen poeta- es contagiar al otro, irradiando ese necesario virus que es la belleza y abrazarnos, en un lejano y solitario -sí, la soledad del creador, la soledad sonora, la pureza de la solitaria figura del cantor- cántico.

El cántico más bello jamás expuesto.

Los versos que a la memoria excitan, que corazón apasionan, que al “Temblor” convocan.

Del árbol de las catástrofes cuelgan

los ahorcados como colmenas:

derviches bajo el oscuro manto de la Musa,

giran ebrios de incandescente lujuria.

 

El poeta, apicultor de luz,

recoge la miel para el oso anhelo,

mientras una zarpa incurable

hiere la superficie de las cosas,

horada su azogue

y hace brotar surtidores mágicos

en los límites del silencio.

 

Yo, que uso la pelliza de los días

y enmiendo las sombras de mis noches,

pruebo esa miel del mas allá…

Y ostento en el alma un aguijón

como el temblor de un ángel

en la pipa del verano.

 Mágicas y hermosas rendiciones para nosotros, afortunados lectores.

 Conocedores de Los oficios, de su expresividad y sus logros, leamos sus precipicios, caigamos en lo hondo, renazcamos como tan solo el cantar de Acevedo -con sus quiebros lunares y sus huellas de hacedor poético- sabe ofrecernos.

Estos son Los oficios. Bienvenidos.

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Los oficios de Pablo Acevedo: emoción, intensidad, deslumbramiento.

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