Wakefield, Wakefield… creo que hubo alguien con ese nombre por aquí… O Hawthorne… no sé…

De elortiba.org

Leyendo a Nathaniel Hawthorne, los cuentos concretamente, uno tiene la sensación de no conocer nada del mundo. Si este escritor no fuera “uno de los más oscuros” de las letras norteamericanas es de suponer que su obra sería así vendida porque la sensación de extrañeza y hasta malestar que recrea en sus párrafos es insostenible a ratos: como lector, he de apartar la mirada del texto, recrearme en otras ideas, perder el hilo, retomar la lectura.

Esa oscuridad se justifica por la búsqueda de razones sobre el comportamiento humano. No es la recreación pura lo que busca Hawthorne: es más bien, un análisis del ser humano, en ambientes oprimidos por el puritanismo, las buenas costumbres, el “buen vivir”. De estas situaciones “normalizadas”, el autor extrae lenta, morosamente, una serie de personajes que mantienen diálogos difusos, concentrados.

Así, Wakefield es un hombre que decide abandonar su casa, su mujer, su vida, e irse a vivir a la calle que está al lado de su domicilio. Y solo durante veinte años. Ahí es nada.

¿Cuántas veces al comenzar nuestra jornada y salir de casa, nos hemos preguntado íntimamente, entre el sopor del café primero que todavía no ha despejado el sueño por completo y la activación de la memoria sobre lo que tenemos que hacer ese día, cuántas veces nos hemos dicho “y si hoy en vez de salir e ir a la derecha que es mi camino normal para ir a… comprar algo… trabajar en… me lanzo a la desconocida senda de la izquierda y que sea lo Dios quiera (cambiar Dios por destino, suerte, azar…) y que le vayan dando al mundo, a la rutina, a la normalidad de una mañana y otra y otra, de una y otra noche, una y otra tarde…?

Es curioso cómo funciona la imaginación. El cuento de seis o siete páginas, es interrumpido con las cerebraciones del protagonista, que pasan al lector, que abandona las líneas, que procesa de otra manera los deseos del protagonista y los metamorfosea haciéndolos suyos, y de ahí a retomar la lectura hay un paso.

¿Qué pensaría la mujer del protagonista -huidor profesional a los veinte años, pero primerizo al principio de esa decisión- de su marido, de los pensamientos de este, de la vida en solitaria reflexión o no que llevaría su, hasta entonces, buen marido?

¿Qué pasa con los vecinos, el trabajo, los amigos, la familia?

¿Es posible desaparecer -ah, Vila-Matas- entre el gentío, hacerse uno con el aire que atraviesa memorias, rencores y deseos? ¿Es necesario convivir al lado de los demás, jugar sus juegos, succionar sus mieles, beber la falta de ilusión, sancionar lo raro con un comentario prejuicioso?

Releeré Wakefield en breve: creo que Bartleby también. Y alguna puta de Bolaño. Y a Borges. Y me pondré a buscar en Kafka personajes que desaparecen para volver a aparecer en otros autores, en aquel lector que pasa ahora con un libro en la mano y pide un café. Quién sabe si su mujer, sus hijas, su amigo del alma… lleva veinte años esperando, no a que vuelva, sino a que, de una decidida y santa vez, se vaya, se olvide, abandone, se ilumine el adiós, desaparezca, se difumine…

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Wakefield, Wakefield… creo que hubo alguien con ese nombre por aquí… O Hawthorne… no sé…

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