Los sin voz: de donde el autor opina -quizá sin mucho fundamento- sobre algún desconocido para él en su momento, como Olgoso, Ribeyro, Antino, Monzó… olvidando a gente tan insólita como Vian, Bernhard, Galdós o Vonnegut (es un poner): ¿alguien sabe algo de Fresán, Reig… y de Onetti?

De http://www.tempusnoticias.com

Una de las obsesiones que me aguardan si reflexiono seriamente sobre la literatura, es la de concederle la voz (como si fuera mía) a los que no pueden manifestarse. No es ficción de lo que hablo aunque con esta frase ya me doy cuenta de que la estoy practicando.

El poema, el cuento, la novela… posee un alto grado de egocentrismo. No lo discuto: quien escribe (y publica, sobre todo), expone una cierta expresión, más o menos acertada, digamos literaria (más o menos, hay de todo, ya saben, la viña del señor, el orégano y el monte, con sus cabritas pastando y saltando…) que busca o cumple con, en el mejor de los casos, la función comunicativa, para que un público (más o menos amplio, más o menos culto… qué importa) reconozca el arte, compre la obra, la elogie, la critique: la transmita ¿cuál si no es la finalidad de la muestra? Desde luego no el silenciamiento, que por otro lado, es lo más fácil de conseguir, ya que los circuitos culturales están demasiado organizados para intentar pasearse por ellos.

No soy experto en nada y algún amigo o conocido (que algunos tengo en ambos gremios) podría decirlo mejor con palabras técnicas y teóricas.

Pero el caso es que cada vez me atrae más lo ajeno: la experiencia de leer al otro, promover al otro, hablar del otro y vender su trabajo literario como si te pagaran por ello. Ya esté muerto o sea un vivo sin presente (que no futuro).

Recuerdo el título de los cuentos completos de Ribeyro, La palabra del mudo, que no sin un acto freudiano por medio, yo insistía en que era La palabra del mundo: no hay diferencia, ya digo: ¿cuántas personas son silenciadas por uno u otro motivo, en el mundo literario y el cotidiano? Aunque por supuesto es mucho más interesante el título del maestro peruano: dice más, con menos, que es todo, el silencio y su defensa, las páginas escritas por un escritor inmenso para deleite de nuestros paladares literarios.

Por eso, por ellos que no pueden, por ellas a las que no dejan, escribo este pequeño texto, sin más afán de que quien lo lea, reflexione sobre los muertos y los vivos: los muertos prudentes y los vivos imprudentes; los muertos pertinentes y los vivos impertinentes.

Pienso en Egea, en Pablo del Águila, en Narzeo Antino… poetas que conozco y de los que casi no nos hablan, cuando su obra merece la pena y mucho. Como la de otros de los que sí hablan, por supuesto: pero de cuántos hablan que no merecen ni la más ligera pena.

Pienso en Javier Krahe frente a Sabina, amigos y compañeros de profesión. En la inteligencia y la capacidad mediática, el interés por figurar, el arte de aparecer y desaparecer como escribiría Fresán.

Pienso en Ángel Olgoso, del que nadie me hablaba hasta que Ideal publicó Cuentos de otro mundo en colaboración con Dauro, en Quim Monzó, reconocido en Cataluña pero de quien nadie me comentó nada en su momento y que ahora es un imprescindible en mi antología mental del cuento. Manifiesto mi ignorancia pasada -y la que queda…- al no haber conocido antes a estos autores. Quiero decir que si alguien me hubiera animado, en la facultad, a los dieciocho añitos, podría haber perdido menos el tiempo, con ciertas lecturas que realicé, que tenía que hacer porque eran las del momento, y tal vez habría sido mejor leer otras cosas: ya saben, por si las moscas.

Ya digo, es una de las obsesiones que intento paliar -quizá es una forma de aliviar mi conciencia porque estoy en deuda con algunas figuras artísticas, qué sé yo…- cuando tengo oportunidad: recomiendo lecturas, recojo impresiones de los amigos que me insisten en que conozca a alguien, escucho lo que me explican que es de calidad, intento no quedarme en lo de siempre, abrir un poco las expectativas que sé que con ciertos escritores, se van a cumplir porque ya los conozco, los leo y releo y no dejo de maravillarme del esfuerzo que personas dedicadas a la inutilidad del arte -inútil para algunos, necesario para todos- que por otra parte es síntoma de belleza, vitalidad e inconformismo.

No hay mayor placer que desviar la petición de alguien en una lectura, cuando le piden a uno un poema propio, y tomar la voz de otro, desistir de ser tan uno mismo y decidir que el otro va a hablar por medio de nuestra voz, en una suerte de trance que adquiere tintes sobrenaturales y preciosistas y decir:

“…este magnífico texto no es mío, es de… y dice así:”

Ya nos veremos por ahí, protagonistas. No se preocupen. Un saludo.

De http://www.elcorreo.com
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Los sin voz: de donde el autor opina -quizá sin mucho fundamento- sobre algún desconocido para él en su momento, como Olgoso, Ribeyro, Antino, Monzó… olvidando a gente tan insólita como Vian, Bernhard, Galdós o Vonnegut (es un poner): ¿alguien sabe algo de Fresán, Reig… y de Onetti?

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