Breviario negro: Ángel Olgoso

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Leí Cuentos de otro mundo, hace años, cuando lo publicaron en Granada Dauro e Ideal: enmudecí, por supuesto, con lo planteado y sus soluciones.

Hoy, unos 16 años después, envidio a Paolo Remorini y a Luis Alberto de Cuenca: cosas de la vida.

Ángel Olgoso escribe literatura: abstenerse quienes deseen anécdotas y chismes extraliterarios.

Rendir pleitesía  a escritores como Olgoso es fácil:  nos recuerda a García Márquez, a Lovecraft,a Chateaubriand, a Shakespeare, a Cervantes… y bien recordados: nos crea la necesidad de conocer a esos escritores, pero no por la wikipedia, sino conocer su obra, leerlos, palparlos, degustarlos.

Si el miedo es un arma narrativa, Olgoso recrea la atmósfera del miedo a la perfección; como la de los planteamientos filosóficos, trascendentales o metafísicos, no se puede explicar el cruce de sensaciones rápidas, difusas y contradictorias que embargan su lectura, las pausas, el poso que queda, la mirada perdida de trasiego vital que utilizamos cuando levantamos la cara de las páginas de este libro.

Considero que lo bueno y breve es mejor, como decía Gracián, así que ahí va: dos de los mejores cuentos son La Rosa Azul y Últimas voluntades. Son dos cuentos o piezas, como dice Merino en el prólogo, o algo más que cuentos que no son piezas… que hablábamos José Luis Gartner y yo hace poco, recordando su presentación en Granada de este volumen raro. Qué importa: literatura de la más alta calidad. No hay sorpresa gratuita al final: hay un encuentro o epifanía con la verdad de lo relatado, algo consustancial que no nos extraña más que lo disfrutado o sufrido antes pero que no deja indiferente.

Y con esto no digo que los finales no sean espectaculares: lean un cuento -…-, el que quieran, al azar. Inesperado, contundente, fresco… un final como nos gusta a los lectores de cuentos. Merino, cita las enumeraciones que imagina Olgoso, y cierto es que son un recurso bien distribuido, del que el propio escritor se ríe en un momento dado, cuando el escritor que escribe se parodia a sí mismo. Signo de inteligencia.

La Rosa Azul está dedicado a Luis Alberto de Cuenca: lean este cuento. Al igual que Ultimas voluntades, para Paolo Remorini, disfrútenlo.

Así que envidio a estas dos personas -uno, poeta, y otro editor- porque quieran o no, además de por sus tareas diversas relacionadas con la cultura, ya forman parte de la historia de la literatura española, porque presumo que estos dos cuentos se citarán como ejemplos -al menos yo así lo haré- de cómo han de escribirse buenos cuentos, de cómo la buena literatura nos lleva a los clásicos y por qué los clásicos sin referentes, y qué hacen estando ahí y que es cierto: son lo que son por lo que dijeron y cómo lo dijeron, y gente… hay que conocerlos.

E inevitablemente, diremos -dirán, citarán- a quiénes están dedicadas estas dos piezas bellísimas de la historia del cuento español: y serán envidiados, como otros a los que Olgoso tiene a bien dedicarles historias excelentes de una prodigiosa imaginación.

Lean a Olgoso, si no este libro, otro: al menos conozcan a este autor. No habrá arrepentimiento posible.

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