ÁCIDO IV

La marca de la bestia supuso en cambio, un placer corporal.

Las deidades digirieron el golpe porque supieron que uno de sus hermanos -esos idólatras e inconformistas demonios de la piel que fueron como ellos, y sólo eligieron el camino difícil y arduo de la espina en vez del aroma- reclamaba un espacio. Nada dijeron, se retiraron en silencio y contemplaron.

Abajo, muy abajo, donde la luz es iris de oscuridad y brillan sin chillar los cadáveres de las ratas, compungidas criaturas recovequearon un aria. No pregunté con mi boca cosida: el sabor del esparto, en esas situaciones, siempre excitaba a una mente enferma.

Ya sin pulpos en las manos, aprendí de memoria el olvido de los amigos, la ingratitud de la familia, el sinsabor de la verdadera patria. Y la literatura se hizo presente como un color de sinestesias táctiles.

Sin embargo, Beckett aullaba silencios y Pound condicionaba a los negros de entrañas brillantes, purificadas por el vanadio, la plata, la zirconita: espantaba el color de la hiel de los vendedores, en puestos mugrientos que a voces mercadean aún sobre mis cejas: la mirada habla sin demasiados rencores, animal, venado que huye de la hipocresía, sin heridas del otro.

Aumenta el calor, dije. Mañana será peor, contestó el mexicano Huayáscar: piel derruida, cabellos largos y entramados a la cara, ojos verdes de un negror que enfilaba bosques de obsidianas en peregrinación a los más esbeltos cuellos.

El sudor espera una reacción soporífera, de hombre maduro o mujer expectante por sabia.

El perdón no recurre a los niños porque ellos sumergen el odio en leche azul de madres de coral. Esto vi cuando me enviaron abajo, muy abajo. No fue el viaje de mi vida, pero como todos, acabó en mitad del bosque, donde musgos hablaban de las setas y hongos que jamás, escuchad, jamás, me oí gritar, dejaré de lamer, oh, hembra devoradora de otras hembras, oh tú, embridada mujer que a mis ojos reclamas la luz que succionaste a caricias.

Sin el otro mundo que cabalga en estómagos de pétrea falange, las ojeras son argollas que ofuscan el deseo.

De Diane Arbus, en americansuburbx.com

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