Antonio César Morón y El límite de las inercias

Portadas
De Devenir.es

Podíamos hablar del título, dijo él. Céntrate en la forma, dijo el otro. ¿Y si habláramos de los temas? ¿O de cómo la retórica atraviesa el poemario o de cómo inteligentemente, van siendo aquí y allá, esparcidos los símbolos?

Yo, argumentó ella, quisiera demostrar que los referentes poéticos son concisos y claros: sin conocer todas las lecturas del autor, podemos esperar que el público prevea cómo va a comportarse el sujeto poético, con todo lo que esto conlleva.

No es fácil enfrentarse a El límite de las inercias (Madrid, Devenir, 2015) por lo que supone de diálogo con la modernidad: por lo que supone de monólogo ante el que quiera escuchar lo que el Antonio César Morón tiene que contar.

No es gratuito el “tiene que”: la obligación de mostrar en un discurso literario -poético, en nuestro caso- una odisea amorosa como la que propone Morón, resucita nuestra perdida esperanza de entendernos con el mundo, en el que -sin duda alguna- el amor impone reglas cada vez más personales, por mucho que queramos dar rienda suelta a la imaginación, las experiencias personales o los espectaculares recursos retóricos de los que quiera o pueda -por saber literario- utilizar el poeta. Y en el caso que nos ocupa, es una rica muestra de saber estético: mostrar para compartir, compartir para no exhibir, simplemente, como ya habláramos de otra faceta de este polifacético escritor.

¿Cuándo empieza la crítica? Ahora mismo:

el primer poema, la apertura del libro, el umbral ante el que el poeta se asoma, es el lenguaje: de ahí que sea “un” reino de lenguaje. Uno de los posibles, pero el que le es útil a Morón. La epifanía sistemática que podemos encontrar en un poemario de amor (con las consabidas reglas de encuentro-atracción-amor-sorpresa-desamor-dolor-olvido… y vuelta a empezar- no es ya la guía de nuestro poeta. Ni siquiera cuenta con el consabido favor de las musas, porque no son ellas quienes lo buscan para que en su nombre, hable de la amada: atención a las palabras, que lejos de ser una inspiración, son la forma de acompañar a la sabiduría. No entenderemos este primer poema, sin leer las tres partes que componen el conjunto, claro. Quizá los tres romances que están aparte -entre la segunda y tercera parte- nos entonen un cántico de belleza, nos librarán de toda la reflexión que el primer poemario intenta comunicar, su esfuerzo -el del poeta, el de las palabras, por hacerse presentes durante toda la obra: el ocultamiento de figuras, procesos creativos -que no duden que los hay, y son los que a su vez, a fuerza de no ser obvios, los que hace funcionar el texto, los textos, las reflexiones entre ellos, las comparación obligada de la evolutiva y casi natural de sentir la poética moroniana-.

Si Juan Ramón está presente (Saber en cada caso la palabra es un verso que si ya en la concisa expresión es fundamental -por lo que avisa-, su repetición instruye al lector en algo fundamental: el poeta no juega con el lenguaje, porque al ser el paradigma que fundamenta la vida poética del libro, es la herramienta que da sentido a que la construcción de las partes resulta ejecutada con belleza, proporción (si hay diez poemas (Ego/Amor), once y once poemas, podemos simétricamente leer el primero del libro (Prólogo) junto con el “Primer poema” de la segunda parte (Sobre el Atlántico) o “Decadencia del reino del lenguaje”,  de la tercera parte (Boicot de la estructura).

Lo que nos interesa contar, es la intención que Morón quiere compartir con el lector: si creemos que la historia personal del poeta está presente en sus versos, si creemos que el filtro del lenguaje ha de aparecer como en cualquier diálogo, Mórón hace lo imposible -sin que se note para un consumidor ideal de poesía- por contactar con su posible observador, oyente o lector. La costumbre de escribir lo primero que se le ocurra al poeta, con expresiones cercanas, facilonas y “normales” aquí se fractura: la historia lo merece, Morón lo sabe, lo siente, y de ahí su afán por encontrar una expresión justa: como el lector que espera tener: justo, a medida de la gran historia que cuenta y que quiere -entrega al público- que otros lean.

No sabemos si nuestras pequeñas señales, servirán para que un libro tan bello se lea con la fruición, el interés y la pasión que el poeta ha imbuido a sus versos. Decimos señales -por no hablar de guía, interpretación o parámetros- porque es un libro absolutamente abierto, contradictorio para el mismo lector que lee uno u otro poema, dependiendo del orden, dependiendo del estado de ánimo, dependiendo del momento en que vivamos una parte u otra en que está divido el poemario.

Ya decimos: tres partes preñadas de sonetos -endecasílabos, alejandrinos, dodecasílabos- cuartetos, una sextina…,- tres romances al margen, poemas en verso blanco (el Prólogo, Ingrata y azul) de musicalidad fantástica… Un compendio de aprendizaje para el poeta joven y no tanto. Los objetivos -no sabemos si al cien por cien- pero son y están ampliamente cubiertos, superados, disfrutados-.

No queremos que el libro sea la lectura que realizamos, crítica o técnica: queremos que se lea, por lo que nombrar en su lectura al “sueño” es importante. Nombrar los sentidos también: la piel que siente, el olfato, la mirada, el tacto, el gusto el oído que escucha al poeta entonar sus versos. Ya decimos, estos son pistas, extremadas y deliciosas señales para quien quiera echarle un vistazo a cualquier poema del libro. Si en la primera parte la derrota y la ansiedad son palpables, no lo son menos, la humedad y el continente donde reposa nuestras expectativas de futuro: la sangre, la estirpe, nuestros deseos no están realizados todavía, porque la persona que elegimos para convivir -el otro, sí, el otro- todavía no ha demostrado que sea la adecuada. Dolores, fracasos y aflicciones se ven recompensadas por la noche, el sueño, el olvido. La valentía del poeta llega a contagiar hasta a las rimas (desliz/feliz, con rimas internas con ese mismo adjetivo, a manera de reiteración).  Hay ceniza, énfasis en la decadencia de las relaciones personales y dureza en expresiones de dolor. Hay un planteamiento de creador: ¿servirá de algo la literatura aunque exprese lo que al mundo puede interesar, sea un sentimiento, sea un razonamiento?

El libro está construido perfectamente, y recoge la segunda parte el ego de la primera el primer soneto en dodecasílabos termina con un verso tremendo: Quiero que estos versos alivien tu mal: ¿referidos a ella, referidos a él? El subjuntivo desbroza líquenes que se interponen (recordemos el sueño) entre las expresiones del poeta y sus vivencias, si algunas exclusivamente mentales, proceso ansiosos que no son ciertos pero se inclinan a serlo, también el lirismo del recuerdo puede imponerse, ser casi persona, hacerse poema. El desequilibrio aparece. El sueño sigue presente -fantasía, deseo o pesadilla- en la búsqueda de una aurora no tan cercana como quisiera el yo poético. Al contemplar el abismo, el poeta que se mira en él, Narciso enamorado de la destrucción, descubre advirtiendo a la amada con el lenguaje, de que la única salvación será destrozar la rutina que vivieron: salvación doble para dos enamorados que vivieron su dicha en plenitud de condiciones, y a sí, mueren su desdicha de desamor:

De repente la sed de mi inercia salvaje

se reventó en un límite de tacto iridiscente:

amor lo denominan los sabios de las horas.

La tercera parte del libro. Dejé a un lado la estrecha senda de la armonía. O: …combatir es la justa ganancia del poeta/cuando  tanta derrota lo aleja de sí mismo. regresé a la noche más larga de mi vida. Y esto, entre otras hermosas reflexiones, lo dice en el primer poema, el ya nombrado “Decadencia del reino del lenguaje”.

La “Sextina del desdichado” merece comentario aparte. La memoria, el oficio de poeta, los argumentos mal utilizados y de nuevo esos elementos de sangre, familia o profesión.

Si la piel sigue paseando sus erguidos contoneos, si la ansiedad resulta ser una solución bien dirigida al uso de la palabra, cuando la derrota llega el poeta, digno ser ante la creación y la destrucción -que ya ni propagan los dioses, porque no existen- se da cuenta de que la palabra es el arma, la poesía es la lucha activa, el verso es el recurso con el que reforzar las idolatrías verdaderas que mantenía el poeta desde el principio: entregar en el campo de batalla el alma, no significa que no podamos vengarnos de manera poética de un mal, más antiguo que el amor del hombre, promiscuo en cavernas, deseoso de libertad y deseo animal: el destino que cada uno se procura sin que precedentes o experiencias sirvan para evitar venganzas cuando la dolorida servidumbre del mundo se postra a nuestros pies.

De la “Carta de amor”:

Amor, me deshiciste, y a mi bondad conmigo.

No hay templo que recoja esta moral oscura

ni feudo que no tema la rabia de mi espada.

Y lo dicho: El “Soliloquio del poeta en la New York Public Library”, como la Sextina del desdichado”, merece un comentario aparte: las referencias a Egea, a Lovecraft, a Lupiáñez, a Darío…. hacen merecedor al poema de una lectura más atenta, más compleja, par entreverar algún recoveco escondido, lo que no quiere decir que el lector no deba disfrutar de este poema, casi como si fuera el primer(-último) dardo que lanza el poeta a la cordura, a la poética, a la literatura como síntoma de que la vida late en los textos de quien lo necesita, de quienes lo ansían: la literatura es vida y viceversa.

Termina el libro con un hermoso y contundente poema, que adquiere la forma de catalizador de símbolos moronianos:

Reconozco el dolor, pero no sé su nombre.

Reconozco su nombre, pero no sé el dolor.

Mi nombre no es un nombre: es sangre de ser hombre.

Mi dolor no es dolor: es ley de ser amor.

No seré yo quien silencie mi admiración ante un libro así de pleno, por lo expuesto y logrado: por ampliar miras, campos y sutiles encuentros con la verdad.

No seré yo quien le sustraiga a la lectura de este libro, más vida, otras lecturas, otras interpretaciones, otras voces: tengo pendientes las notas a los tres romances, así que se prometen felices las relecturas, los repasos, las reinterpretaciones.

Es un libro digno de vivir: y qué mejor manera que leerlo, disfrutarlo, comentarlo.

De moraleslomas.blogspot.com

Anuncios
Antonio César Morón y El límite de las inercias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s