Insomnio II

“Porque mi padre me avisó” -me cuenta- “y mi madre no dejó de cantármelo al oído.

Sucumbirán próceres, arderán aldeas, las aldeas nuestras, nuestros líderes que mermaban preocupaciones, caerán, arderán, sucumbirán sin procedimiento alguno que posteriormente contaran -y contarán los sabios alejados del olor a sangre- los que sabían más que la plebe, algo como juglares e historiadores, posteriormente, mucho después de los primero cánticos. Tarde comprendimos que la plebe y el desasimiento del poderoso eran complementarios, no servía uno para marcar el sueño del otro, sino que la realidad -más vulgar y vacua, miembro de la realeza de la melancolía- malva y gris, amplificada en su asueto, claro, era retórica. De lo de abrir las piernas sin tenerlas, nada se habló; de lo que no podrían usar -ni abusar- nuestros mayores, hubo un par de risas, no más. A la imaginación dejamos los pensamientos de felicidad que tras las violaciones -previo ejercicio de las mismas- acudían a la mente de la persona herida, mancillada, polvo, suspiro, memoria, verso si acaso.

Las humaredas escapaban -las humaredas, ya veis. Si ellas solo tuvieran el apego a la carne, al hueso-: comparación merecida.

Me habláis, me hablan y me hablas como si yo, un vulgar esperpento de la caridad del pueblo ardido, tuviese un poco de rencor que compartir: y no es así. Porque jamás lo fue. La tristeza no hizo mella en mi rostro. Mi rostro llama a la muerte para que os recoja.

Yo sé que teméis a la muerte.

Hambrienta de la nada, se consuela con nosotros. Sabemos que la madrugada no servirá de premio al sobreviviente.

Lo sabemos.

Qué importa si es azul el decorado. Si verde la experiencia de la mística que nos suplica piedad: el látigo -cuerinegro de sudor, ancho en la plenitud de su castigo- jamás pensó a través de la mano que aplica su función.

Jamás.

Añadiremos una imagen para que la tranquilidad acuda a vuestro rostro, para que, al mirar las lágrimas de otros -superficialidad, acabamiento, tortura y decadencia (absurdo de vuestra bonhomía) innata- no os dé por pensar en otra cosa: la imagen de vuestro rostro, no otra. El vuestro, ya que no sois inmortales: vuestros padres murieron, tenemos constancia, vuestros hijos morirán, si no lo hicieron ya: no hay salvación, no hay sueños, no hay poetas. Esas facciones bellísimas y contempladas por -tantas veces- vuestros propios ojos, vosotros, vosotras: rasgos de bondad, los buscados poemas, las separaciones con un fin, los estultos viajes sin ruido: los aromas acostumbrados a mediocridad, de eso es de lo que nos hablaban en el templo, aunque repitieran hasta la saciedad las fórmulas que no entendíamos entonces: el aroma a santidad que ninguno llegamos a distinguir, bien porque estábamos luchando contra él, bien por estar dopados en demasía.

Y soy -se lamentaba quedamente- un dios”.

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