Bonilla, Maiakovski y reflexiones

Juan Bonilla, Prohibido entrar sin pantalones, Seix Barral, 2013

Bonilla, Prohibido entrar sin pantalones

Es una novela la de Juan Bonilla sobre el poeta ruso Maiakovski. Es una biografía novelada cuando el escritor altera hechos, cambia nombres de personajes, selecciona parte del material consultado sobre el trabajo artístico del ruso. Es una labor de crítica cuando elabora todo un proceso de desarme (deconstrucción que dicen ahora) de los poemas para armarlos y ofrecer al lector la oportunidad de entender por qué era tan poco comprensible la figura de Maiakovski. Es una sátira del poder practicado en Rusia (USA, Europa, Sudamérica, China…) por aquellos que utilizaron las revolucionarias buenas intenciones de los artistas que concebían el arte, la literatura, la poesía, el teatro… como elementos sociales puros con los que comunicarse con el público, educarlo, alegrarlo, entretenerlo y marcar la conciencia de este, con la memoria que los textos pudieran dejar en sus conciencias. Para un futuro. Para el futuro. Para nuestro futuro. Es también –cómo no- un libro metaliterario, ya que las reflexiones sobre la propia literatura que realiza Bonilla, a través del pensamiento del poeta ruso, no tienen desperdicio.

Bonilla sigue teniendo la facultad de cogernos de la mano, mostrarnos un camino difícil –como cualquier lectura seria que se pretenda hacer de un libro serio- y comenzar a contarnos que cuentan que le contaron. Así, cualquier camino lector, es mucho más llevadero: entre lo que cuentan los que contaron, entre los silencios del que no quiso hablar o no lo dejaron expresarse y por supuesto, el afán del escritor por estructurar una vida alrededor del arte, como fue la del poeta ruso, llevará al lector a cuestionarse si el propio Bonilla no estará haciendo un alegato sobre el arte revolucionario. Me pregunto si Juan Bonilla es consciente de lo que puede significar su libro: yo creo que es manifiestamente consciente, pero aun así, me planteo que sus palabras pueden hacer mella en esta sociedad casi inmóvil, en la que cualquier novedad –política ahora, literaria algunas veces, personal siempre- se toma como un ataque a los preceptos aprehendidos y digeridos y por tanto, complicados de expulsar de nuestras leyes diarias, de nuestras particulares cadenas. Bonilla consigue que lo leamos y queramos más, que si tenemos un bolígrafo en la mano o un lápiz, aparte de subrayar los pasajes sobre Maiakovski que más nos sorprendan, impacten o diviertan, escribamos algo, una frase, unas palabras de principio de una cuento, el comienzo ansiado de esa novela que siempre hemos querido escribir: es decir, Bonilla hace del lector, un participante activo, no un receptor pasivo de una palabrería liviana o espesa.

La descacharrante bienvenida de Marinetti por parte de Maiakovski –chillándole en ruso al italiano asustado y sin entender nada, lo equivocado que estaba-, su relación con los Brik –ese trío sagrado, entre sexual, literario y amistoso-, la lucha personal de cada protagonista por no aburguesarse y caer en la normalidad hipócrita de “los otros” o la desesperación del poeta ruso ante la forma en que el poder y los poderosos consiguen perpetuarse, serán algunos de los hilos que Bonilla teja en su particular huso literario, para terminar con un final rotundo, que ya conocemos, después de contarnos las luchas de poder que existieron en Rusia, desde que Maiakovski tiene 18 años y un solo lector, hasta que se despide con treinta y cinco convertido, divinizado y sacrificado por el sistema que le permitió ascender como poeta, refugiarse en el cine, expresarse en el teatro o escribir manifiestos futuristas enfrentándose a los cómodos artistas que preferían no levantar demasiado la voz, no fuera que los visitara a horas intempestiva el poder vestido de militar, acusándolos de alta traición o de poco revolucionarios.

A través de una suerte de magia del diálogo –que no por su brillo no requiere de trabajo literario- Bonilla consigue que las voces del narrador, la del protagonista y el resto de personajes se solapen unas a otras en una armonía perfecta que si bien mantiene al lector en vilo para descubrir quién está hablando u opinando o escribiendo, construye un proceso en la mente del lector de anticipación, ya que la curiosidad actúa como herramienta clave en la lectura, insistiendo en la necesidad de descubrir quién se jacta de, quién recita qué, adónde mandan a quién o qué viaje fue fundamental para el amor de… para de esta manera, completar los capítulos que inventa Bonilla al fragmentar una gran historia, un complejo relato sobre la personalidad de un artista difícil y poliédrico como fuera Maikovski, testigo de una época nada convencional donde Stalin, Trotski, Lenin, Shklovski o Meyerhold tomaban partido en la vida real y Ajmatova o Mendelstam, acompañan o dejan solo en su peregrinaje al gigante ruso, peregrinaje literario, vital y amoroso.

Confieso que en un principio me desconcertó el título del libro: cuando el lector descubre, o mejor, asocia ideas, para entender por qué elige Bonilla el título, solo puede sonreír, releer las páginas de ese capítulo y reconocer que Bonilla es un fabulador a la altura, en mi opinión, de escritores como Lowry, Vila-Matas, Pynchon, Fresán, Monzó y tantos otros que nos desquician y apasionan a algunos.

Confieso que tardé en empezar la novela porque no tenía más material –ya lo había devorado- de Juan Bonilla. Aquel escritor del que leí, hace ya unos quince años o más, un breve librito de relatos titulado Minifundios. A la vez que leí –por primera vez- Historia argentina de Rodrigo Fresán. Fueron unos días inolvidables como lector: decidí que quería ser escritor, como tanta otra gente que se cree que por tener delante y disfrutar de un buen libro, de un libro magnífico y bellamente escrito, eso automáticamente convierte al lector en escritor, así, ¡chas! con un movimiento de prestidigitador aburrido de que el conejo salga de la chistera y un día, en ese oscuro espectáculo que lo hastía, descubre que el conejo se ha ido y decide convertirse, no sé, digamos en funcionario de hacienda, digo, es un poner.

Después del primer libro de Juan Bonilla, leído con fruición y alterada mi conciencia con el objetivo de ser escritor, vinieron tarde y ansiosamente, otras novelas, libros de cuentos y artículos, reflexiones y todas esas piezas literarias que Bonilla nos ofrece al resto de los mortales y que hacen que lo envidiemos por su maestría, pero también que recordemos a Fresán cuando nos advierte que hay dos tipos de lectores así como dos tipos de escritores: unos que piensan qué mal que esta historia no se me haya ocurrido a mí –envidiosos, ególatras…- y otros que habitan en ese lugar, donde intentamos colocarnos algunos, sin alucinógenos externos, ese lugar, decía, maravilloso por definición propia: la tierra de la admiración, el país del orgullo de sentir que alguien haya tenido la inteligencia, la imaginación y el talento literario de plasmar situaciones que nos divierten, nos entretienen, nos dan qué pensar en una época donde se publica mucho y se piensa poco lo que se publica, en que se escribe mucho y se corrige poco, en esta oscura época en la que para encontrar un buen escritor, una decente escritora, hay que bucear en ese mar absurdo de novedades y best-sellers que ofrecen las grandes superficies o intentar no perder un miembro bajo el bombardeo repetitivo y selectivo de los medios de comunicación, a lo que de pronto –ja- les da por esa novela, de una editorial importante desde donde los creativos de turno realizan un video-book magnífico –jaja- en internet, o el despistado de turno te habla del último premio que le dieron, al amigo del jurado que conoció de joven al padre del butanero de su pueblo, sí hombre, aquel que tuvo un rollo extraño con la pintora que fue mujer de aquel editor…

En definitiva, que esto de escribir es un trabajo, una especie de intento de condensar pensamientos que al otro le llamen la atención, distribuidos de manera estratégica que alimente los picos de interés, las curvas demoledoras del aburrimiento y que haga trabajar, moverse al lector.

Es decir, la literatura es lo que hace Bonilla, y no estas humildes, enrevesadas, mezcladas y agitadas –shake it !– palabras.

Lean a Juan Bonilla –leed, leed, malditos-: agradecerán un poco de literatura verdadera en su vida.

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